TERESA
Capítulo 18
Lunes, 02 de diciembre de 1963
Anotación histórica: El boxeador nacionalizado español Ben Alí campeón de Europa de los pesos gallos.
- Como pueden ver las muestras, se trata de una campaña agresiva para captar futuros clientes. Y con resultados totalmente garantizados. - explicó Héctor, en calidad de director comercial.
- Es interesante. - opinó Don Leonardo. - Puede funcionar. Es una excelente solución a corto plazo para deshacernos de las existencias.
- Tiene razón. - declaró Manolita.
Teresa estaba tremendamente orgullosa de su marido. Cuando aseguró que nadie le prestaba atención, lanzó una pequeña sonrisa de complicidad a Héctor, quien le devolvió con otra suya. Pero la felicidad era efímera.
- Debo reconocer que es una propuesta agresiva. Pero no es eficaz a largo plazo. Don Perea, tiene razón en decir que tiene resultados garantizados, pero sólo para una campaña tan breve. Es decir, lo que pretendemos es que la campaña se oriente principalmente al sector femenino. - argumentó Ana sin dejar de estudiar las muestras.
La espalda de Teresa se tensó cuando una chispa instantánea de odio apareció en los ojos azules de Héctor. Fue cuando decidió intervenir a su favor.
- Pero va dirigido al sector femenino. Además, han hecho un excelente trabajo fotográfico con la modelo. - habló, obviando a propósito el nombre de la nueva cara de los Almacenes Rivas.
- No voy a restarle méritos. Pero me temo que no me he explicado bien. Por favor, os ruego mirad bien las muestras. Tomad unos segundos antes de explicaros con detalles mi propuesta. - pidió Ana.
Nadie, excepto Héctor, puso reparos a su sugerencia. Se tomaron unos segundos a mirar detenidamente las muestras.
- ¿Qué veis en ellas comparando con las presentadas por nuestros más directos competidores? - animó Ana.
- Me parece una tontería analizar... - Héctor contradijo con un deje de mofa. Ana le interrumpió, replicando con severidad.
- Por favor, preste unos segundos a esta tontería como usted lo llama. Le agradecería mucho su colaboración.
La cara de Héctor se enrojeció con tal velocidad que alarmó a todos. Salvo a Ana, que permanecía impertérrita. Teresa logró captar la atención de su esposo, sosteniendo largamente su mirada. "No hagas ninguna idiotez. Por favor escucha primero.", suplicó mentalmente. Héctor pareció entender el mensaje visual para alivio de Teresa, al comprobar cómo su esposo hacía un enorme esfuerzo de morder la lengua, manteniéndose silencioso.
Cuando Ana pareció estar satisfecha con su actitud, prosiguió:
- Bien, volviendo a la pregunta, ¿tenéis algún argumento?
- No sé... ahora que lo dice, veo que las campañas son bastante idénticas. El eslogan y las poses de la modelo, quiero decir. - aventuró Manolita.
- No está mal para empezar. Pero no es a lo que iba yo. ¿Y usted, don Leonardo?
- Eh... no soy muy entendido en estos temas, doña Rivas. - esquivó, prefiriendo quedarse al margen de la tormenta entre sus dos superiores más directos: doña Rivas y don Perea.
- Me parece que infravalora sus capacidades, pero no insistiré. - Ana dijo ligeramente decepcionada. - Bien, les comento que...
Los ojos de Héctor brillaron peligrosamente, a sabiendas de que se acababa de ganar un tanto. Teresa lo sabía. Pero no estaba dispuesta a dejar que los temas personales interfirieran en el trabajo, menos cuando estaban enfrentando a unos problemas bastante serios que requerían soluciones urgentes.
- Doña Ana – Teresa interrumpió. - Si no le importa, me gustaría exponer mi punto de vista.
Leyó sorpresa mayúscula en los ojos de todos los presentes pero no se dejó arrugarse por esto.
En presencia de Héctor, la gerente no solía pedir su opinión. "Probablemente para no ponerme entre la espada y la pared. Escogiendo entre mi lealtad a Héctor y el respeto a la autoridad." supuso. Teresa agradecía sus buenas intenciones, pero esta vez intuyó que Ana tenía motivos suficientes para poner pegas a la propuesta de Héctor.
Pese a sus ocasionales impulsos, Ana Rivas había demostrado ser una sagaz emprendedora, con muchas ideas novedosas. "Quien no se arriesga, no vive.", era su proverbio personal.
- Adelante, doña Teresa. - concedió Ana en tono neutral.
Pese a la tregua firmada dos semanas atrás, acordaron en continuar llamándose con el tratamiento habitual en el trabajo, en especial, delante de los empleados a fin de evitar más habladurías. Mientras fuera del trabajo, eran a secas Ana y Teresa para gran felicidad de Alicia y Carmen, exultantes con el progreso entre ellas. Por otro lado, Héctor y doña Encarnación no saltaron de alegría como era de imaginar.
Carraspeó la garganta antes de hablar:
- Tal como ha remarcado doña Manolita, hay similitudes en las campañas. Parecen que vayan más dirigidas al público masculino que al femenino. Los poses de la modelo son insinuantes y nada cercanos a la realidad de la mujer. Me atrevo a decir que más del 90% de las mujeres no somos realmente insinuantes ni espectaculares. Y me incluyo.- acabó con un amago de sonrisa.
- Tienes toda la razón, Teresa. - Manolita respaldó, entre risas. - Y el 100% de los hombres nos aseguran que somos las mujeres de sus vidas y miran por otro lado cuando ven pasar a otra mujer de ese otro 10%.
- Me parece que está siendo muy dada a juicios subjetivos, doña Manolita. - don Leonardo reprobó con su habitual expresión agria, ajustando las gafas.
- Bueno, bueno. Don Leonardo, un poco de humor no hace daño. - dijo Ana, sonriendo. - Doña Teresa, debo aplaudir su inteligencia. Ha dado en el clavo. - Felicitó.
Teresa no pudo evitar de sentirse muy halagada por los elogios de su amiga. Se sentía flotando... sólo para rebotarse contra el suelo cuando Héctor lanzó la siguiente ofensiva.
- De todos modos, es el sector masculino quien paga los caprichos de la mujer. - ironizó.
Todos se quedaron estupefactos ante el comentario misógino de Héctor, incluso don Leonardo movía la cabeza a modo reprobatorio. Teresa, furibunda, le fulminó con una larga mirada. Héctor se escudó con un encogimiento de hombros.
El ambiente era tan tenso que se podía palpar. Fue Ana quien cortó el silencio.
- Debería saber que la mujer no goza de estos derechos, don Perea. No se le permite abrir una cuenta bancaria ni sacar dinero sin el permiso del cónyuge. - Héctor abría la boca para cerrarla bruscamente cuando Teresa le lanzó una mirada de advertencia. - Pero no es ésa la cuestión. Volvamos al tema. Como han remarcado las doñas, las campañas son en general idénticas. Nuestro meta es diferenciarnos dentro de un sector tan homogéneo. Sólo un pequeño aspecto puede diferenciarnos, algo que sea fácilmente reconocible para la clientela. Es cierto que esta campaña solucionaría el dilema de las existencias a corto plazo, pero no a largo plazo. ¿De qué serviría agotar existencias para luego tenerlas de nuevo por falta de clientela permanente y fiel? Para lograr la fidelidad de la clientela, debemos ofrecerles un producto cercano, real y directo. Mi sugerencia es que la modelo siga los cánones de la mujer actual, pero sin perder al mismo tiempo la esencia de los Almacenes Rivas: moderna, elegante y discreta. Estaría bien que la cara publicitaria se vista en unas poses menos insinuantes pero más cándidas como lo son el 90% del sector femenino. Y menos maquillaje. También he pensado que, junto con los carteles, un día durante las Navidades nuestra modelo estrella podría trabajar como una vendedora más en nuestras dependencias. Eso aumentaría como la espuma las ventas. Sin decir que incentivaría la promoción de los productos del resto de secciones tales como la cosmética, la bisutería...
- Me parece una propuesta inteligente. - aprobó don Leonardo, un tanto impresionado.
- Ya somos dos. - se secundó doña Manolita.
- Dudo mucho que una actriz de prestigio como ella quiera trabajar como una vendedora más.- rebatió Héctor, obstinado en poner en duda la eficacia del plan de la gerente.
- No se preocupe por esto. Tiene experiencia de sobra. - Ana contraatacó con una sonrisa victoriosa, dándole a entender que le había marcado no sólo uno, sino dos goles.
- ¿Quiere decir que nuestra Rosa trabajó como vendedora? - Manolita preguntó toda perpleja.
- Sí. - contestó monosilábicamente, haciendo saber que no permitía más preguntas personales.
- Dudo que tu padre permitiría semejante ordinariez. - Héctor lanzó el último ataque.
Ana se sumió en un silencio sepulcral. Nadie se atrevió a respirar. Teresa maldijo mentalmente una y otra vez a Héctor por su empeño en mezclar el trabajo con los asuntos personales. No era la primera vez que Héctor cuestionaba abiertamente la autoridad de la hija de los señores Rivas. Siempre se había mostrado comprensiva con su esposo, simpatizando con su resignación hacia los señores Rivas quienes siempre le dejaban en un segundo plano. Pero Ana jamás le dejaba en evidencia, pese a profesarle un profunda enemistad. Bien lo sabía Teresa. Para ser franca, estaba hastiada de estar en medio, intentando apaciguar los nervios... Comenzó a notar unas molestias incipientes en las sienes, anunciando la llegada de una migraña.
Al fin apreciaron alguna reacción en Ana, cuyos labios oscilaron hacia el lado izquierdo. Era un gesto similar a una sonrisa pero de cariz peligrosa, que hacía presagiar los peores temores. Esos temores se cumplieron cuando Ana pronunció las siguientes palabras, cada de las cuales era una puñalada mortal.
- Para su información, ahora soy quien está al mando de los Almacenes Rivas. Y tengo el placer de añadir que don Ramón está al tanto de la ordinariez. Está sumamente encantado. - Ana parecía estar saboreando las palabras.
Fue un golpe bajo para Héctor. Y muy doloroso. Teresa estaba compungida por él, pero sabía que no podía reprochar nada a Ana, cuando ésta estaba siendo injustamente atacada una y otra vez. Por mucho que le pesara, Héctor se lo tenía bien merecido. Y esperaba que hubiera aprendido bien las lecciones. No era muy inteligente por su parte intentar destruir la reputación de doña Ana, que había demostrado ser muy hábil en esgrimar los golpes letales.
- Bien, parece que todos apoyan mi plan. Doña Teresa y don Perea, deben comunicar las nuevas directrices para comenzar la nueva campaña. Por mi parte, informaré a doña Rosa sobre el cambio de imagen y también la oferta de trabajar un día a los Almacenes Rivas. La semana próxima, don Perea traerá nuevas muestras que espero que sean las definitivas para cambiar por las actuales. ¿De acuerdo?
Todos salvo Héctor asintieron con la cabeza, cerrando las libretas. Antes de que salieran del despacho, Manolita hizo un anuncio.
- Les recuerdo que están invitados al bautizo de Inés que tendrá lugar dentro de dos semanas.
- Doña Manolita, no sé si podré asistir pero no se preocupe porque Alicia irá con doña Teresa y don Perea. Intentaré poder escapar un rato. Pero muchas gracias por la invitación. - dijo Ana, algo pesarosa.
- De nada. Entiendo completamente sus responsabilidades. De todos modos, espero que pueda ir porque habrá un banquete que le hará chupar los dedos.
- No lo dudo. - Ana sonrió.
A don Leonardo casi le daba un ictus por la "informalidad" con la que hablaba Manolita. En otras circunstancias, Teresa pagaría por disfrutar las expresiones cómicas de su compañero. Pero esa mañana no estaba de humor para risas. Salieron todos, cerrando la puerta del despacho.
- ¿Manolita, puedes llevar mi libreta que voy un momento al baño? - pidió Teresa.
- Sí, claro. - Cuando Manolita cogió su libreta, Teresa se echó a andar hacia el baño
Sólo quería estar alejada, en especial muy lejos del objeto de su mal humor. Se detuvo cuando una mano agarró violentamente su brazo. Sabía muy bien quién era. Cerró los ojos e hizo los ejercicios de respiración.
- ¡Teresa! ¿Por qué no te has parado cuando te he llamado? ¿Se puede saber por qué puñetas no me apoyabas? - habló por lo bajo, con la furia apenas contenida.
Abrió los ojos y escudriñó el pasillo. Aguardó a que dos compañeros pasasen por su lado. Cuando se aseguró de que estaban solos, lejos de los oídos indiscretos, se zafó de la mano que la aprisionaba.
- Mira, Héctor. Me alejo de ti porque estoy muy muy muy enfadada. - murmuró con voz teñida de ira y decepción. - Y no te conviene que me obligues a hablar ahora mismo. Y me voy al lavabo. Nos vemos en casa. - El tono de su voz no permitía ninguna réplica.
Entró en el baño de señoras y cerró el pestillo Se dejó apoyar sobre la puerta, sintiendo por fin libre de la furia tóxica que la hizo estar al borde de los nervios. No oyó los pasos acercándose, señal de que Héctor tomó su consejo. Su cuerpo experimentó una súbita flojera, provocando que sus piernas se doblaran dejándose resbalar por la puerta hasta sentarse en el suelo.
Le esperaba un largo día.
Sábado, 21 de diciembre de 1963 (19 días después)
Anotación histórica: El viernes 20 de diciembre, nace la Infanta Dña. Elena de Borbón, la hija primogénita de los Reyes de Borbón.
- ¡Cuánto jaleo! - anunció una voz detrás suyo.
Teresa se giró. Sonrió al ver a su padre que venía indudablemente del taller, con su mono puesto.
- Sí, padre. Ya le dije que hoy era el día que venía esa actriz. - dijo sin molestarse a fingir la irritación.
- Sí, sí. - respondió ausentemente.
Las cejas de Teresa se arquearon interrogativamente al ver que su padre no la escuchaba, más interesado en lo que había delante. Pascual trató de poner de puntillas, estirando lo máximo el cuello entre el gentío. Los ojos castaños de la mujer giraron a modo de exasperación. Sabía muy bien a qué venía su padre.
A ver a la queridísima Rosa, la glamourosa actriz.
No podía ser otra cosa. Pascual García no pisaba el suelo de los Almacenes Rivas si no era estrictamente necesario.
Esa evidencia sólo logró agriar más su humor de perros. Su pesadilla parecía interminable.
En contra de los pronósticos de acorde con el mito que envolvía a los grandes personajes del cine, la queridísima Rosa llegó puntual, en compañía de Ana Rivas. Marifé, tras hacerle una reverencia exagerada que casi tocó el suelo, le preguntó si deseaba desayunar. Como respuesta, Rosa miró largamente a Teresa antes de sonreír maliciosamente y anunciar que venía muy bien desayunada gracias a las ricas tostadas que preparó Ana. Personalmente. Enfatizó esta palabra la desalmada con esa voz de pito. Teresa sólo quería estrangular ese cuello precioso. Para colmo, Ana la miraba con adoración.
Al cabo de tres cuartos de hora (un mito que sí se cumplía), Rosa salió del vestuario, transformada en una humilde y atractiva empleada de los Almacenes Rivas. A más de uno se le caían los ojos. Unas la miraban con envidia, otras suspiraban admiradas. Tras media hora de instrucciones y consejos, Rosa fue conducida por Ana hasta la planta baja, la más frecuentada por la clientela. Bajaron por las escaleras. Con una Ana sonriente a su lado, Rosa fue recibida con múltiples vítores. Y millones de flashes. Una vez acabada la sesión de fotos, se posaron detrás de la mesa y comenzaron a atender a la clientela. Jamás se había visto un gentío masculino que superara en número al público femenino.
Su padre era uno de tantos ejemplos vivos.
- Veo que la estrategia os está funcionando. - apreció su padre.
- Sí, eso parece. La idea fue de Ana. - asintió Teresa, con los ojos fijos en la mesa donde Ana y Rosa atendían incansablemente junto con otras dependientas.
- Hablando de Ana, estáis siendo buenas amigas.
Teresa, ante el tono tentativo de su padre, desvió la mirada para toparse con los ojos inquisitivos.
- Por favor, no quiero discutir con usted. - advirtió en un tono que casi sonó a súplica.
Ya tenía suficiente con Héctor. Desde hacía dos semanas, su esposo llegaba a unas horas inusuales. No le hacía falta un don para adivinar que venía de los garitos debido al agobiante hedor del tabaco junto con un agrío aliento de alcohol. Apenas cruzaban palabras entre ellos, pese a dormir juntos en la cama de matrimonio.
- Oh, no, no. Al contrario de lo que piensas, no me parece mal. Me parece una buena mujer. Nada que ver con los señores Rivas. Eso sin ninguna duda. - sacudía la cabeza entre incrédulo y serio. Acto seguido, suavizó el tono de su voz. - Sé que lo haces por Alicia y por tu madre. Eso ya es suficiente para mí. Y, respecto a Héctor, no te preocupes. - Teresa se dispuso a abrir la boca pero su padre levantó la mano. - Espera que no he acabado. Sé que no estáis en el mejor momento. No somos ciegos. - Sonrió débilmente antes de proseguir. - Pero habéis pasado por todo y por esto estoy seguro de que también lo superaréis.
Teresa apartó la vista. Se abstuvo de decir nada, limitándose con un ligero meneo de cabeza. Con los brazos cruzados, repasó las caras del gentío que contemplaban ansiosos a la actriz. Cuando vio a Ana, sonrió. Al lado derecho de la actriz, la alta mujer atendía con infinita paciencia, soportando el parloteo interminable de algunas clientas y esquivando con cortesía los no tan sutiles flirteos de los varones, sucumbidos a la belleza de la hija de los Rivas.
Escuchó de pronto unas carcajadas a su lado, por lo que se volteó mirando sorprendida a su padre. El sonido que emergió de la garganta era gratificante de oír. Sonoro. Vivaracho. Alegre. Contagioso.
- ¿De qué te ríes? - preguntó, picada por la curiosidad.
- Me acabo de acordar de aquella vez que te fugaste. Menudo susto nos diste. Querías irte sí o sí a la fiesta mayor. Eras una niña cabezota. Pero estabas tan llena de sueños. Cuando se te metía algo en la cabeza, no dejabas de luchar hasta lograrlo. Una mujer tan capaz. Tan inteligente. Tan alegre.
- Padre... - intentó decir, ruborizándose.
- ¿Sabes qué? En un principio, me costó digerir cuando nos anunciaste el noviazgo con Héctor. Supongo que ya lo sabes... Vaya, para mí, ¡era toda una locura! Un todo señor con la hija de sus sirvientes. - Exclamó perplejo. Acto seguido, su rostro se tornó pensativo sin dejar de sonreír. - Pero ahora entiendo por qué Héctor cayó rendido a tus encantos. Quiero decir, ¡mira dónde estás ahora! Jamás en mis sueños habría imaginado que llegarías a ejercer de subdirectora. Nunca he dudado de tus capacidades... Pero... - se paró con una expresión reflexiva.
- ¿Pero? - inquirió Teresa. Frunció el ceño cuando los ojos negros de su padre posaron en ella, con amago de tristeza y... con un toque de añoranza.
- Pero que ya no pareces perseguir más tus sueños. Oh, no me entiendas mal. Tienes todo. Un buen empleo. Una buena casa. Pero sé muy bien lo que es vivir sin sueños. O peor aún, tener sueños y no luchar nada por ellos. Si no fuera por vosotros, jamás saldría de la Villa Fortuna ni ser propietario del taller...- Los ojos de su padre se humedecieron. Habló con voz quebrada. - Sólo quiero que mi hija sea feliz. Que seas feliz.
- Oh, padre. - Teresa lo estrechó con tal fuerza. Unos brazos sólidos respondieron a su abrazo, rodeando su cintura. Agradecía a que el gentío estuviera tan enfrascado en el espectáculo que no les prestaban atención - No se preocupe por mí. - aseguró.
- Pides algo imposible... Pero sí haré una cosa. Mejor dicho, haremos una cosa.
- ¿Cómo? - Se apartó ligeramente sin soltarlo, mirándolo confusa.
- Quiero que dediques estos días a recuperar tus sueños que te hicieron ser la Teresa García que conocemos todos.
- No le sigo.
- Seré franco. El próximo jueves nos iremos de visita a nuestro pueblo.
- ¿Qué? - clamó con sorpresa.
- Sólo son unos días. - tranquilizó - Como unas vacaciones. Aunque no lo diga, tu madre desea tanto volver a ver a sus hermanas. Probablemente volveremos el día 5 de enero. Tu madre... mejor dicho, nosotros hemos pensado que sería una gran oportunidad para ti... quiero decir para recuperar terreno con Héctor. Arreglarlo. Lo que necesites. - Pese a sus palabras, su voz sonó un tanto dubitativa como si no creyera verdaderamente en ello. Teresa supo por qué.
- Padre, sé que la idea no es suya. Ha sido la madre. Y no me diga que no. Que le conozco. - advirtió al notar en los ojos de su padre la determinación de convencerla de lo contrario. - Mira, no quiero que os preocupéis por mí. No va tan mal la cosa como pensáis. - Ante la mueca de escepticismo que hizo su padre, resopló. - Vale, no va bien pero se arreglará como siempre. Como usted ha dicho antes. - Puso tanto empeño en sonreír de un modo convincente que no surtió efecto.
- Hija mía, te conozco. Y sí, tienes razón. Es la idea de tu madre. - suspiró resignadamente. - Pero aún así, no me parece tan mala. Aunque... ays, no sé si debo decirlo... - La cabeza de su padre meneó repetidas veces, como si estuviera luchando una batalla entre razón y intuición.
- Padre, dímelo. - Teresa asió gentilmente los brazos de su padre, forzándolo a mirarla. Esos ojos, envueltos por las gallas de pato, parecían decir tantas cosas que no supo transmitir de otro modo. Miedo. Esperanza. Amor. Tristeza.
- Sólo quiero decir que, pase lo que pase, siempre nos tendrás. Recuérdalo siempre. ¿De acuerdo? - habló en susurros pero con tal fervor que la asustó. A Teresa se le cruzó por la mente que aquello sonaba como un adiós.
- Padre... ¿qué quiere decir con esto? - preguntó temerosa.
- Nada. Simplemente que siempre nos tienes. Te apoyaremos en cualquier decisión que tomes. - Antes de que Teresa siguiera preguntando a qué se refería, su padre se separó precipitadamente. - Teresa, ¿te veremos luego en la comida?
- Eeeh... Pero, ¿adónde va...?
La dejó con la palabra en la boca cuando su padre se esfumó por la puerta de salida, sin darle tiempo de reaccionar. No entendió qué era lo que había causado esa marcha precipitada.
La respuesta no se hizo esperar. En forma de una de las mujeres más detestables que surgió de la nada.
- ¿Qué haces aquí? - Aquello no era ninguna pregunta. Más bien una exigencia de saber porqué aún seguía ahí. Como si esperara que por arte de magia se esfumara. Pues bien, Teresa no le iba a dar ese gusto.
- Doña Encarna, estoy aquí siguiendo las instrucciones de doña Ana. Supervisando que todo está en orden. - Teresa irguió la espalda, en alerta.
Su sorpresa fue mayúscula cuando la matriarca contestó lo siguiente.
- Ya.
La palabra monosilábica fue articulada con indiferencia. Pero con aquello no bastaba para hacerle bajar la guardia. Esa mujer era tanto imprevisible como letal. Teresa aguardó con aprensión el próximo ataque verbal.
Y no llegó nunca.
En lugar de las palabras, doña Encarna se dedicaba a mirarla hermética y largamente. Aquello le gustaba mucho menos. Teresa podía con las palabras, pero no con el escrutinio visual que le producía un perpetuo desasosiego. En aquel preciso momento, habría dado la vida por estar en los zapatos de su padre. Lejos de esa pantera disfrazada de mujer reputada. Libre de sus garras. A salvo de su hostigamiento visual.
Las facciones de su propio rostro comenzaron a sufrir síntomas de rigidez debido a la tensión que le causaba el silencio de doña Encarna. Tras unos minutos interminables, la doña desvió la mirada hacia donde se encontraba su hija Ana. Teresa, aliviada, soltó aire que parecía haber retenido sin darse cuenta.
- ¿Sabes qué? - doña Encarna habló sin preámbulos, con voz sospechosamente amistosa. Teresa la miró recelosa. - Conmigo, te puedes ahorrar el papel.
- Perd... - Tartamudeó, toda atónita.
- Sí, lo has oído bien. - cortó bruscamente, sin mirarla. - Habla las cosas por su nombre. Llámala Ana delante mío. - Teresa estaba sin habla, en shock. - No puedo con tanta hipocresía. Ah, no vayas a pensar que apruebo vuestra amistad... o lo que sea. Sólo espero – A Teresa le pareció oír "exijo" en vez de "espero". - que tus fantasías no estropeen vuestro rendimiento. Los Almacenes Rivas no tienen tiempo para vuestras tonterías. - Aquello hizo reaccionar a Teresa, llena de indignación. Pero a la lengua viperina de doña Encarna todavía le quedaba veneno para salpicar. - Ah, me olvidaba de una cosa. Es Héctor. Suerte de él que está ligado a Ramón. De lo contrario no permitiríamos en ningún caso su continuo e injustificado absentismo. Cóntrolalo. O tomaré medidas.
Mientras el rostro aristocrático no daba ninguna señal de peligro, la mirada decía otra cosa. Teresa sabía muy bien que doña Encarna hablaba en serio. Si las palabras de doña Encarna nunca podían ser tomadas a la ligera, sus amenazas mucho menos.
Teresa, obcecada, no se dignó a contestarle. Estaba enfurecida. Notó vagamente un dolor punzante en las manos, con las uñas clavándose en la piel. No le importó. Al contrario. Cualquier emoción que no fuera humillación y vergüenza era bienvenida.
Se apartó abruptamente del veneno en forma de mujer, alejándose en medio de la multitud ignorando las protestas de las personas que tuvieron que apartarse para cederle el paso. Notó los ojos humedeciéndose. Ira hirviendo en la sangre. Vista ofuscada. Corazón rugiendo. Respiración agitada.
Subió a toda prisa por las escaleras, en dirección a su despacho. En su cabeza resonó el vago eco de las palabras que probablemente le dirigía más de una persona que pasó por su lado. Sus oídos se cerraron por completo. Cuando estuvo a punto de alcanzar la manilla de su oficina, un brazo rodeó sus hombros y se vio arrastrada. En el proceso, irritada por la intrusión, trató de apartarse de ese brazo instruso pero unas palabras expresadas con firmeza la frenaron a seco.
- Estáte quieta. Vayamos adentro.
Obediente, entró en el despacho. Parpadeó varias veces antes de situarse. Estudió la decoración. Se sorprendió al descubrir unos pequeños detalles en los que no había reparado hasta entonces. Como una pequeña figura de barro pintada con colores vivos que desentonaba en ese lugar ligeramente espartano pero que al mismo tiempo le daba un toque personal.
- Siéntate. - La voz sonó ahora más gentil.
Teresa no puso objeciones a la orden, dado que estaba exhausta. Se sentó en la cómoda silla, pese a que se encontraba del todo menos tranquila. Con las manos en el regazo, bajó la vista.
- Aquí la tienes. - Teresa alzó los ojos. A pocos centímetros de su rostro sujetaba una copa que contenía un líquido oro. - Tómalo. Te irá bien. - Insegura, la cogió. Tomó el primer trago. El líquido atravesó por la garganta, causando un quemazón agradable. Repitió la operación, hasta vaciar el contenido.
- ¿Estás mejor? - preguntó de nuevo la voz. Le asaltó un pensamiento extraño. Pensó que esa voz ejercía un efecto similar a ese líquido oro que acababa de beber. Un quemazón agradable y cálido que purificaba su alma.
- Sí, Ana. Gracias. - Sus manos fueron asidas afectuosamente por Ana, quien se sentó en la silla de enfrente. Mirándola ligeramente inquieta.
- Dime qué te ocurre. Te vi bastante alterada cuando cruzaste la planta.
- Ah...
Se acordó de pronto el motivo por el cual había acabado en el despacho de Ana. Las palabras avinagradas de doña Encarna. Miró el rostro angelical de su amiga. No podía creerse que Ana fuera una criatura maravillosa fruto de la unión entre Ramón y Encarna, dos seres distantes cuyos objetivos eran alcanzar las metas, pisando sin contemplaciones las víctimas que dejaban atrás en el camino.
Al darse cuenta de que Ana estaba aguardando una respuesta suya, habló pese a que la lengua se le hacía algo pesada. Probablemente a causa del líquido oro.
- No, no me hagas caso. Son cosas mías.
- Teresa, mírame. - Pese al tono suplicante, rechazó a mirarla. - Confía en mí... por favor.
Esas palabras murmuradas con dulzura hicieron derribar el muro que se había levantado durante tantos años. Levantó la vista. La respiración se le cortó, con el pecho contraído. Vio en esos ojos avellanas sincero afecto, preocupación, honestidad, candor. Esos mismos ojos que la embrujaron años atrás.
Bajo influjo del hechizo, salieron palabras de su boca. Sin que pudiera detenerlas. El traumático aborto. Su incapacidad de gestar. Los ataques de ansiedad. El sabor del fracaso. Las malas rachas de su matrimonio. No sabía cuánto rato pasó soltando todo ese peso que había cargado durante tanto tiempo. Pero no le importaba. Por alguna razón extraña, se sentía segura y a salvo.
- Teresa...
La llamada de su nombre la hizo despertar del trance. Clavó los ojos en el rostro de Ana. Ésta apretó las manos entrelazadas de ambas. Teresa bajó la vista, con el ceño fruncido, siendo consciente por primera vez de las manos refinadas de Ana que sujetaban las suyas.
- Teresa... - Pronunció de nuevo su nombre, esta vez con ternura. Teresa levantó el rostro, mirándola curiosa. - Todo irá bien.
Aquello no sonó como un mero aseguramiento sino como una promesa. Acompañada de una sonrisa que no había visto en tanto tiempo. Su famosa sonrisa. Que caracterizaba su personalidad carismática. Una comisura oscilando hacia arriba, dando paso a los dientes blancos. Una sonrisa que producía el efecto de una sábana envolviéndola, transmitiéndole calor y seguridad.
- Lo sé. - murmuró sin ser consciente de lo que acababa de decir.
Se miraron largamente, en silencio. Sin previo aviso, Teresa se lanzó. Abrazándola. Fuertemente. De rodillas. Rodeando la cintura estrecha. Con la cabeza hundiendo en el pecho de Ana. No sabía cómo ni porqué se había dejado llevar por el impulso. Pero no quería pensar. No en ese instante. Sólo reaccionar. Y abrazar ese calor que tanto había echado de menos. Un calor generoso, sin condiciones. Un calor que no ponía expectativas en ella. Notó una mejilla apoyada sobre su cabeza mientras unos brazos delgados rodearon sus hombros, estrechándola más.
- Todo irá bien... Teresa. - repitió, susurrando a sus oídos.
Unas lágrimas empezaron a recorrer por las mejillas. Esas palabras tan cargadas de ternura e inocencia. En su fuero interno, sabía que mañana esas palabras se convertirían en un sueño. Porque la pesadilla continuaba sin tregua.
Saliendo de la nada, las palabras de su padre resonaron con rabia en su mente. "Debes recuperar tus sueños." le decía.
Una débil luz creció en su alma.
Su mente empezó a trabajar a toda velocidad. Por primera vez en varios días, notó de cerca la esperanza que parecía estar esquivándola tanto tiempo.
"Todo irá bien." Imitó las palabras de su amiga, hundiendo más su cabeza en el cuerpo esbelto.
