Descubriréis qué era lo que Teresa tenía en la mente cuando estaba siendo consolada por Ana en el despacho de ésta. Había tomado una decisión. Una buena para unos y una malísima para otros. Hummm... No será la única sorpresa que os espera.
TERESA
Capítulo 19
Domingo, 22 de diciembre de 1963.
Anécdota histórica: John F. Kennedy es asesinado el 22 de Noviembre en la ciudad de Dallas.
- ¡Qué monada es Ruth! - exclamó Mariana, sujetando el bebé de un mes.
- Sí, lo es. - Afirmó Teresa, pegada al hombro de su amiga, acariciando la pequeña nariz de la criatura. - Y eso que Marcelino estaba tan convencido que esta vez se les saldría un niño. - dijo entre risas.
- Pobre Marcelino, que sigue sin tener ningún refuerzo masculino para enfrentar a un ejército temible de mujeres. - bromeó el esposo de Mariana llamado David.
- ¡Os he oído! - apareció Manolita detrás de ellos. - Pese a todo, Marce está totalmente convencido que Ruth será una colchonera hasta las médulas. ¿Sabéis que os digo? Casi prefiero que se le conceda el deseo. A ver si así se le quita de una vez por todas la obsesión de engendrarme criaturas hasta que salga un "hombrecito" como dice él. Porque para mí Ruth es la última.
- No sé cómo lo hacéis para apañaros con tantas niñas. Porque mis niños, ellos dos solitos, me están dando canas. Y con lo joven que soy. - se quejó Mariana.
- Creo que los niños son más brutos. - opinó Manolita. - Las niñas son más dóciles. No es por presumir, pero la verdad es que he sido una suertuda con mis niñas. Me ayudan, colaboran,... ¿Sabéis qué quiere ser de mayor Leonor? ¡Quiere ser escritora!
- Anda, sí que promete esta niña. - Mariana clamó, admirada. - Lo digo porque prácticamente todas las niñas sueñan con ser princesas, actrices e... incluso esposas. - La última palabra fue pronunciada con un casi imperceptible resentimiento.
- No sé, no es un empleo para mujeres. Quiero decir, no hay escritoras. Al menos, famosas no hay. Vaya, que yo sepa. - discrepó, un tanto escéptico, el esposo de Mariana.
- ¡David! No le cortes alas sólo porque sea una niña. Si no las hay, demos las gracias a los misóginos como tú, que desprecian el talento de la mujer. - Mariana le espetó, toda indignada.
- Pero bueno... no es para tanto. - intentó mediar Manolita sin éxito, mientras la pareja se enzarzaba en una discusión airada.
Al ver que no daba resultado, Manolita cogió de los brazos de Mariana su hija protegiendo los pequeños oídos vírgenes de los duros comentarios que intercambiaba el matrimonio.
Teresa suspiró. No era nada nuevo verlos discutiendo acaloradamente en público. Por su parte, notó que la calor comenzaba a sofocarla, por lo que decidió tomarse un trago fresco.
Pero no hizo ninguna falta porque una voz cargada de excitación a su lado se encargó de dejarla "fresca", por no decir, helada.
- Eh, tenemos un anuncio.
Los ojos de Teresa se abrieron como los platos, mirando con desdén a su esposo. Intentó hablar mentalmente con él, tratando de disuadirlo. No estaba lista. Pero Héctor hizo oídos sordos (y vista ciega), continuando.
- Chicos, chicos, por favor, prestadme atención. Queremos contaros una cosa muy importante. - Héctor habló más alto para hacerse oír entre el jaleo.
Finalmente Mariana y David se callaron abruptamente, dedicándose a ignorarse el uno a la otra. Teresa hiperventilaba, sintiendo toda la atención puesta en ellos. "Héctor, ¿pero qué estás haciendo? ¡No es lo que acordamos!", pensó furiosa. Al notar la mirada preocupada de Manolita, hizo un gran esfuerzo para sonreír en sintonía con la felicidad de Héctor.
- Amigos, queremos deciros que vamos a... ¡adoptar un crío! - soltó un tanto exultante Héctor, rodeando con fuerza los hombros de Teresa. Se sintió pequeña, deseando más que nunca ser tragada por la tierra.
- ¡Pero eso es genial! - gritaron casi al unísono.
De pronto, Teresa se vio engullida por los abrazos de Manolita y Mariana mientras Héctor recibía palmadas por todos los lados.
- Dios mío, es el mejor regalo que me podrías haber dado, Teresa. - declaró Manolita, visiblemente emocionada con los ojos humedecidos. Bajó la vista, arrullando a su bebé. - ¡Ruth, vas a tener una compañera de juegos! - Levantó la vista, corrigiéndose de inmediato. - O un compañero, por supuesto. Ays, es fantástico. No me lo puedo creer. - Abrazó de nuevo a Teresa.
- Sí, desde luego. Me alegro tanto por vosotros. Os lo merecéis. - asintió Mariana, toda sonriente.
- Muchas... gracias... - titubeó Teresa, abrumada por la situación.
- ¿Cuándo lo habéis decidido? ¿Ya habéis empezado a mirar los críos? ¿Qué preferís, un niño o una niña? ¿Un bebé o un muchacho?
La mareaban con un sinfín de preguntas que disparaban sin cesar. Teresa sólo quería esconderse pero los brazos opresivos de Héctor la impedían a huirse de ahí mismo.
- ¿Eh, a qué viene tanto alboroto? - protestó a medias Pelayo, detrás suyo.
- ¡Suegro! Acércase, acércase. - Manolita hablaba un tanto excitada, que casi asustó a Pelayo, quien pese a todo se acercaba receloso. - Pelayo, Héctor y Teresa van a adoptar un crío.
- Ah, pero eso es fantástico. - Los ojos de César Pelayo se engrandecieron, con las gafas a punto de caerse de la nariz. De inmediato, abrazó efusivamente a Héctor y a continuación a Teresa. - Mis grandes enhorabuenas. No hay otra mejor bendición que traer las criaturas en nuestras vidas. Son nuestro mejor legado que pervivirá siempre en la historia de la humanidad.
- Gracias, hombre.- dijo entre risas Héctor, quien acto seguido plantó un beso afectuoso en la cabeza de Teresa, todavía aturdida.
Pese a su promesa que se hizo el día anterior, aún no estaba lista. En especial no para someterse al sentimentalismo público. Su mente retrocedió a los sucesos de la noche anterior.
Oyó el ruido del cierre de la puerta. Respiró hondo, con los ojos cerrados. Los abrió cuando a su lado una silla se movió. Lo que vio le rompió el corazón. Ojos inusualmente apagados. Cabello sin brillo. Cara grasienta. Corbata mal anudada. Dedos amarillentos a causa del hábito de fumar. Hedor a alcohol. No le cabía ninguna duda de dónde venía Héctor.
- Héctor, ¿quieres sopa? Te la puedo calentar. - preguntó en voz baja, no queriendo desentonarse en el ambiente sombrío.
- No, gracias. - se limitó a contestar, a la vez que rebuscaba el bolsillo del pantalón. Sacó la cajetilla de tabaco. Puso un cigarro en sus labios y lo encendió con el mechero dorado que Teresa le regaló años atrás.
Pasaron dos largos minutos sumidos en el silencio. Sin saber qué decir. A cabezón no le ganaba nadie a Héctor, que también se gastaba muy mal humor. Pero el suyo era infinitamente peor dado que, en vez de expresar la rabia como lo hacía ella, se mantenía silencioso sin dar alguna pista mínima de lo que le rodeaba en la cabeza. Ni de cómo se sentía. Teresa conocía muy bien la causa de su estado anímico pero a menudo no sabía cómo enfrentarse ni cómo reaccionarse. Héctor Perea podía ser imprevisible. Era un hombre difícil de leer.
Teresa decidió que no podía más con el castigo que le sometía Héctor: el silencio. No lo soportaba.
- Héctor, por favor, debemos hablar. - La única respuesta que recibió era más silencio y nubarrones de tabaco negro. En ese instante, sólo quería esconderse en su cuarto y llorar. Pero sabía que sólo lo empeoraría. Uno de ellos debería cederse. Y Teresa era quien solía dar el primer paso. Comenzando con la maniobra que sabía muy bien que surtiría efecto en su esposo. - Héctor, no seas criatura.
- ¡No te atrevas a llamarme criatura! - se explotó, dando un golpe con la mano en la mesa que se tambaleó.
Teresa, habituada a sus reacciones explosivas, prosiguió con aparente serenidad.
- Entonces hablemos como unos adultos.
- Si eso es lo que quieres, pues hagámonos. - respondió con enojo, con el cigarrillo aplastado sin piedad en el cenicero. - Primero, explícame por qué diablos no me apoyaste en esa reunión de la campaña. Eso es algo que se me escapa. ¿No se supone que debemos apoyarnos y cuidarnos el uno a la otra? - acabó esa última frase con cierta sorna.
- Héctor, sabes muy bien que no tiene nada que ver con nuestro matrimonio. Se trata de ti y de Ana. - Debajo de la mesa, sus manos se apretaron con fuerza tratando de calmar los nervios.
- ¡Ah! Increíble, ahora la llamas por su nombre. ¿Desde cuándo sois tan amigas? Que yo recuerde, hace dos días no la soportabas. Sigo sin entenderlo del todo.
- Héctor, ya te lo he dicho muchas veces. Se trata del bienestar de Alicia. Merece un ambiente sano y libre de rencores. Mi madre me lo hizo reflexionar. No soporto que Alicia sufra por culpa de nuestros resentimientos que debimos haber olvidado hace mucho tiempo. El pasado es el pasado. Creo que debes hacer un pensamiento de cambiar de actitud acerca de A... - se corrigió. - de la madre de Alicia. Sé que no os soportáis, pero hasta ahora nunca te ha faltado el respeto.
- ¿Cómo que nunca? ¿¡Acaso te has olvidado de que me ha dejado en evidencia más de una vez y lo peor de todo, delante de nuestros amigos? Y tú ni siquiera me has defendido.
- No te confundas. Sí que te apoyé. Pero te repito que no hay que mezclar el trabajo con...
- Bla, bla, bla... - la interrumpió de manera abrupta. - Recuerda el juramento del matrimonio: cuidarnos en la salud y en la enfermedad. Es decir, por las buenas y por las malas.- golpeó por segunda vez la mano, que hizo espantar a Teresa.
- No seas injusto.- replicó.- Y no armes jaleo que mis padres están durmiendo.
Dicho esto, Héctor se levantó tan bruscamente que casi hizo caer la silla. Andó en círculos el salón. Encendió otro cigarro y se puso a fumar ávidamente. Teresa hizo ejercicios de respiración, en un intento de reunir toda la calma que podía tener. Se sentía terriblemente cansada. Las discusiones con Héctor solían dejarla exhausta y desmoralizada. Con los codos sobre la mesa, se refregó la cara con las manos para aclarar la mente.
- Siento que te estoy perdiendo.
Levantó el rostro, toda sorprendida, ante la voz rota de Héctor. Lo miró, de pie y de aspecto abatido. Mirándola con añoranza. Ni siquiera en tiempos de crisis, lo había visto tan compungido. Tras el aborto, sin la determinación de Héctor, estaría sumida en las profundidades de la depresión... Y... en ese instante, lo vio empequeñeciéndose, suplicando la salvación como un niño perdido en el desierto. Fue cuando lo supo. Que lo necesitaba tanto. En la misma medida que él la necesitaba. Fue ese momento que hizo reafirmar su decisión tomada horas atrás en el despacho de Ana.
Lo haría feliz con todo lo que estuviera en sus manos.
Se levantó de la silla y se acercó a su esposo. Lo abrazó con fuerza y lo susurró al oído:
- Nunca me perderás. Te quiero. - Héctor no dijo nada, limitándose a soltar un largo suspiro de alivio. Con el caballero sin armadura en sus brazos, Teresa obtuvo al fin la respuesta que Héctor estuvo esperando tanto tiempo... y que ella tanto evitaba. La expresó en voz alta. - Héctor, estoy lista.
- ¿Cómo? - preguntó, todo confuso. Se apartó ligeramente y la miró a la cara.
Teresa lo miró y no pudo evitar de esbozarse una amplía sonrisa. Agarró el rostro masculino con ambas manos. Comenzó a hablar.
- Estoy lista para formar familia. Contigo, Héctor.
Su esposo la miró boquiabierto, sin poder creer lo que acababa de oír. Una vez digerida la información, gritó y la levantó del suelo.
- ¡Vamos a ser padres! - dijo besando sin cesar todo el rostro de Teresa. - No te defraudaré, ya lo verás. Me has hecho el hombre más feliz del mundo.
Un grito la sacó violentamente de su ensimismamiento. Se aclaró la mente, concentrándose en el objeto del revuelo. Vio a una Alicia cruzando a toda prisa el salón del local, pasando por su lado. El rostro infantil reflejaba alegría. Teresa, curiosa, se giró.
- ¡Tía, has venido! - gritó Alicia, jubilosa. - ¿Qué haces aquí?
- ¡Alicia! No armes jaleo. - replicó Ana, pese a la sonrisa que la delataba. - Hola a ti también, hija.
- Déjala. Yo también me alegro tanto de verte, Alicia. Cariño, estoy aquí para verte.
La mujer, que estaba siendo aprisionada por los brazos de Alicia, se quitó el gorro y las gafas de sol, dejando al desnudo el bello rostro. Teresa arrugó la frente, no pudiendo disimular el disgusto que le producía la presencia de aquella mujer. También se preguntaba qué demonios hacía ahí. "Encima, con gafas de sol en medio de diciembre. ¿Se cree que le da glamour? Por favor, si sólo le hace quedar ridícula.", caviló en su fuero interno.
Pero los hombres al parecer tenían formada otra opinión. Pelayo no perdió tiempo, yéndose como un rayo atendiendo a la recién llegada. Teresa observó de reojo los rostros. Comprobó con desagrado que los presentes, mayormente masculinos, miraban embelesados a la mujer.
- Mis ojos no pueden creerse lo que acaban de ver. Mi hermosa damisela, es todo un honor recibirla a este humilde local. Soy su mayor admirador, señora Cortés. - Pelayo besó fugazmente la mano, junto con una reverencia.
Mónica Cortés era el nombre artístico de Rosa Fernández, la querídisima amiga de Ana. La nueva cara publicitaria de los Almacenes Rivas. La tía postiza de Alicia. La patética actriz que regresa tras su marcha triunfal en Hollywood.
Teresa tuvo la desagradable sensación de que esa mujerzuela conquistaba todo lo que pisaba. Ahí tenía un ejemplo: Marcelino que apartaba sin miramientos a su padre, para brindar todos sus encantos a la actriz, que eran supuestamente reservados a Manolita.
- Soy el mayor de sus mayores admiradores. - dijo Marcelino, con el pecho inflado, ignorando la mirada furibunda de Pelayo. Estrechó fervorosamente la mano de Rosa sin soltarla.
- Son ustedes todos unos galanes. - Rosa rió (a oídos de Teresa, la risa sonó patéticamente falsa). - Ana, ¿ves? Ha valido la pena venir aquí. - Ana giró los ojos a modo de exasperación. Rosa se giró, buscando con la vista a alguien. - Mira ahí viene Arturo.
Esa vez fue el público femenino que giró la cabeza para verlo, casi desmayándose al no poder creerse que quien acababa de entrar no era otro que Arturo Salgado, el galán más cotizado del teatro español. Arturo y Rosa eran la pareja de moda en el mundo de espectáculo. Ambos habían conseguido llegar al cima de la fama. Jóvenes, apuestos, ambiciosos. Eran la pareja de oro.
Arturo, tras saludar con cortesía a la gente, se unió al grupo. Plantó un beso en la mejilla de Rosa. Teresa pudo apreciar que era un hombre muy apuesto, con un porte elegante.
- Cariño, acabo de encontrar dos hombres que podían rivalizarte los afectos por mí. - Rosa insinuó con un deje de provocación.
"Imbécil." pensó Teresa.
- No me tientes, mi querida. - Arturo sonrió con una arrogancia mal disimulada. Se volteó.- Hola pequeñaja, ¿no me besas?
Alicia cumplió sin rechistar, plantando dos besos sonoros en las mejillas perfectamente rasuradas de Arturo.
- Señor, no nos malinterprete. Sólo profesamos nuestra admiración que sentimos por esta bella... quiero decir... magnífica mujer... no quiero decir... magnífica actriz. Es su cuer... no su trabajo, quiero decir... - balbuceaba sin cesar Marcelino, evidentemente intimidado por la presencia de la pareja de Rosa, quien pese a su baja altura desprendía un aplomo envidiable.
- No seas bobo, Marce. - Se exasperó, proporcionando una pequeña colleja en la nuca de su marido. Se presentó. - Hola, soy Manolita. Sois bienvenidos. Es todo un gran honor tenerlos. Dejadme que os coja los abrigos.
Al acabar de quitarse el pesado abrigo y el gorro, Ana habló a modo de disculpa:
- Disculpadnos, todo ha sido una casualidad. Vieron a visitarme en el despacho cuando estaba lista para venir aquí. E insistieron mucho en venir conmigo. Espero que no os haya molestado. - Las cabezas negaron con vehemencia, claramente encantadísimos con la presencia de dos profesionales de espectáculo del país, por no decir, los más famosos del momento. - Ah, casi se me olvidaba. Por favor, coged la bolsa. - Levantó una bolsa de papel y la alargó a Manolita.
- ¡No era necesario! - Manolita insistió débilmente, aunque sus ojos saltaban chispas ante la idea prometedora de recibir un regalo de lujo. Con el bebé en brazos, la cogió y se la pasó a Marcelino. - Ábrela.
El hombre larguirucho sacó de la bolsa un paquete y quitó con brío el papel que lo cubría. Ambos exclamaron con sorpresa al ver que era un álbum de fotos con una lámina de oro sobre la cual el nombre de Ruth estaba bellamente grabado.
"Un excelente regalo. Como era de esperar. Sobrio, sin pecar de ostentación." aprobó Teresa, admirada con el buen gusto de Ana. Mientras que, a su lado, Héctor no hacía más que resoplar con irritación.
- ¡Es tan bonito! ¡Nos encanta! Muchas gracias, doña Ana. ¡Marce, ahora que lo pienso, podemos pedir a Sole que haga unas fotos muy chulas de Ruth! Doña, Sole es mi amiga y es una fotógrafa de primera. Muchas gracias. - Manolita repetía sin cesar, casi rayando la histeria.
- De nada, mujer. Me alegra saber que os haya gustado. Si os soy sincera, no sabía qué regalaros. He de confesar que la idea la tuvo Rosa. - indicó con el cabeza a su amiga.
"¡Por favor! No le des más motivos para subir el ego que ya es bastante insufrible. Si hasta yo te podría dar mejores ideas."- Teresa pensó rabiosa viendo cómo Rosa sacudía la mano en un gesto de falsa modestia, quitando méritos a su idea.
- ¿Es tu hija? - Rosa preguntó. Manolita asintió. - Qué bonita.
- Sí, lo es. ¡Qué pequeñina! - dijo Ana. - ¿Me dejas cogerla?
Teresa, al ver que nadie reclamaba su atención, decidió ir a una de las mesas para tomar un refresco. Antes de encaminarse, se lo hizo saber a Héctor, que estaba entretenido dialogando con otros.
Se acercó a una de las mesas envueltas por un mantel de cuadrados rojos y blancos. Llenó el vaso de gaseosa y bebió a pequeños sorbos, disfrutando del pequeño momento de privacidad, olvidando felizmente por un instante del anuncio público de la adopción y de la inoportuna presencia de Rosa. Frunció el ceño cuando notó una mano posando sobre su hombro. Se giró y se relajó, no pudiéndose evitar de sonreír al ver que ante ella se plantaba Ana, mirándola con cierta timidez.
- Hola, Teresa. No podía saludarte antes. Hay mucho ambiente aquí, ¿eh? - Teresa asintió con la cabeza. - Por cierto, ¿dónde están tus padres?
- Se fueron hace poco. Mi madre no está muy fina. Está algo acatarrada.
- Vaya. Una pena. Me habría gustado verlos. Bueno, espero que tu madre se recupere lo más pronto posible. Un catarro suele ser traicionero.
- Sí. Hay un remedio del pueblo que va de maravilla para los resfriados. Agua caliente con miel y limón. Es muy eficaz.
- Caray. Nunca lo he probado. Espero recordarlo para cuando Alicia se acatarre.
- Sí, deberías probarlo. - sugirió Teresa.
Tras estas palabras, ambas mujeres se sumieron en un silencio incómodo sin saber qué decir. Teresa se sentía como una idiota, intentando encontrar palabras que no formaran parte del estricto protocolo de cortesía.
- ¿Sabes que Alicia...? - ambas comenzaron al unísono para luego callarse abruptamente, sorprendidas por haber tenido el mismo pensamiento.
Rieron forzosamente. Teresa se reprochaba por su intento pésimo de retomar la conversación. Alicia solía ser el tema reserva en caso de que se quedaran sin saber de qué hablar. Tristemente, todavía habían cosas que resolver pese a la reciente re-amistad con Ana. Teresa odiaba sentirse extraña en presencia de la hija de los Rivas. Y más, cuando el día anterior ambas experimentaron la resucitada camaradería, seguían sin saber cómo comportarse.
Ambas se sobresaltaron ligeramente cuando Rosa apareció detrás de ellas.
- ¿De qué os reís? - preguntó con sincera curiosidad.
- Nada, nada. Tonterías. - Ana saltó un tanto apurada. - Disculpadme. Debo llevar a Alicia al aseo, que tiene el vestido hecho un desastre. - Tras esto, la mujer alta se esfumó, agarrando a su sorprendida hija y arrastrándola hasta el aseo.
Teresa aún no se había recuperado de la sorpresa. Para su cruz, debía soportar la voz de pito de la queridísima Rosa. Hizo el asomo de buscar con la mirada a quienquiera estuviera ahí, para quitarse de encima a aquella mujerzuela. Pero por desgracia aquella mujer tenía cerebro, adelantándose rápidamente a sus actos.
- Teresa, tengo una pregunta que me ronda en la cabeza. - Rosa dijo, con un dedo tamborileando el mentón.
"Cabeza de chorlito es lo que tienes." pensó maliciosamente. No le daba la menor gana de escucharla, por lo que decidió irse de ahí. Pero Rosa le bloqueó el paso con su cuerpo, mirándola persistentemente sin dejar de sonreír.
- Creo que no me ha oído usted. Le decía que tengo una pregunta.
- Ya. ¿Y? - Teresa contestó con aspereza, dándole entender que no tenía paciencia para sus juegos.
- Me estaba preguntando cuál prefiere usted: carne o pescado.
"¡Qué idiotez de la pregunta! Retiro la frase. Esa mujer no tiene cerebro, sino paja." La miró con perplejidad como si hubiera perdido el juicio.
- Ja, ja, ja. - La mujerzuela rió a carcajadas. - No he perdido el juicio si es lo que piensas. Todo lo contrario. Estoy más cuerda que nunca.
Aquello no le aseguraba nada. La sonrisa llena de satisfacción de Rosa sólo lograba irritarla más. La amiga de Ana no esperó a que hablara, tomando de nuevo las riendas de la conversación que tenía toda la pinta de ser una charla de besugos.
- Bien, si Ana no exagera en sus calificativos hacia usted, le daré gratuitamente un consejo. Tómalo tanto si lo desea como si no. Piense bien en sus preferencias porque el pescado suele ser más escurridizo que la carne, menos paciente con la espera. Aunque debo reconocer que la carne es de buena calidad. - Vio que Rosa señalaba con la cabeza a un hombre de cabello rubio que no era otro que Héctor.
Teresa no podía dar crédito a sus oídos. No sabía de qué demonios hablaba la idiota. No le gustaba ni lo mínimo que Rosa no tuviera la decencia de simular la mirada de aprecio sobre el cuerpo esbelto de su esposo.
- Pues mira, también me permito darle gratuitamente otro consejo. Más le vale no cruzarse en mi camino. Ni en el de nadie que no le pertenece. - pese a hablar en voz baja, su tono no hacía más que acentuar la repulsión que sentía hacia esa mujer.
Se congratuló al ver el rostro de Rosa arrugándose, borrando todo rastro de belleza por la cual medio país suspiraba. Pero algo tembló en su interior cuando la mujer le dirigió una mirada oscura. Presintió que aquello no aguardaba nada bueno. Su espalda se enderezó cuando Rosa se le acercó al oído, susurrándole.
- Lástima porque hay alguien que no le pertenece. Sé muy bien que a usted le habría encantado poseer esa persona. Pues bien, para su información, me perteneció durante un breve tiempo. Ya sabe lo que quiere decir "Breve pero intenso". - Tras esto, el semblante de Rosa se iluminó, volviendo a su aspecto elegante e inofensivo.
Una gata cuyas uñas le acababan de proporcionar una arañada letal. El primer pensamiento que le asaltó era la imagen de Héctor removiéndose de placer en las sábanas junto con esa arpía. Lo irónico de todo era que siempre presintió que su esposo acabaría en los brazos de una mujer, tarde o temprano.
Pero Rosa aún no había acabado con ella.
- Mira, ahí viene mi pescado escurridizo. - dijo victoriosa, mirando a través del hombro de Teresa a quienquiera fuera.
Teresa seguía trastornada por la agresión verbal y más cuando no comprendía del todo el significado de esas palabras. Se giró, siguiendo con la mirada de Rosa. Su confusión no hizo más que acrecentar cuando observó que ese alguien a quien acababa de referirse Rosa era Ana Rivas, que estaba discutiendo con su hija.
Su mundo se derrumbó cuando Rosa le habló al oído, detrás de su espalda, repitiendo en susurros. "Breve pero intenso."
Se quedó petrificada. Instantáneamente lo comprendió todo. Jamás en su vida había deseado tanto permanecer feliz en la oscuridad. Cerrar los ojos y apagar los oídos a la verdad. La Verdad que todos reclamaban para liberarlos. Pero para ella, la verdad sólo era una prisión en la que recordaba una y otra vez las penitencias.
- ¡Ana! Deja de discutir con Alicia. Haznos compañía. - gritó Rosa detrás suyo.
Teresa no podía ver nada, que tenía la vista ofuscada. Las palabras le llegaban sólo para rebotar. "No era Héctor... sino ella... pero ¿¡cómo podía hacer! ¡Aquello es una herejía!" Pero lo peor de todo era que se sentía culpable sin saber el porqué. Le disgustaba profundamente la idea de Ana juntándose con otra mujer. No era nada natural. Su pecho se oprimía ante el pensamiento.
Notó unas suaves sacudidas en su hombro. Confusa, dejó de lado los sombríos pensamientos, volviendo a la realidad.
- ¿Estás bien? - La sincera preocupación en la voz de Ana sólo hacía desgarrar más su alma.
- Ah... Perdona, sólo estoy un poco mareada con tanto jaleo. - mintió Teresa, apartando la mano de Ana. Quería estar lejos. - Me parece que debo irme...
- ¿Cómo? - preguntó alarmada.
- No debería irse, señora. - Rosa simuló ser cortés. Teresa la odiaba más que nunca.
- Gracias... pero...
En ese instante, se unió Héctor.
- ¿Qué pasa aquí? - Su esposo, preocupado, pasó el brazo por los hombros de Teresa.
En esa ocasión, la rica voz masculina que normalmente le infundía seguridad sólo incrementaba la sensación de culpabilidad. "¿De qué?", se preguntó furiosa y confusa, sin entender el vorágine de esos extraños sentimientos.
- Creo que no se encuentra bien. - contestó Ana, olvidándose de sus enemistades con Héctor. - Ayer... - Teresa la miró agitada, intentando hablarle con los ojos. No deseaba que su marido estuviera al tanto de su momento de debilidad el día anterior. Ana se percató de ello, ya que se corrigió enseguida. - Ah, nada...
- ¿Estás bien? Siéntate, cariño. - Héctor le acercó la silla. - Te vamos a traer un vaso de agua.
Teresa no se sentía digna de las atenciones que le brindaba Héctor. De algún modo, tenía la impresión de que traicionaba a su amado esposo.
- No hace falta. Tranquilo, sólo es un pequeño mareo. Ya estoy bien. - aseguró, sentándose en la silla.
- Si tú lo dices. - Ana murmuró, no del todo convencida. - Lo mejor sería que nos sentamos todos.
- Sí, sería lo mejor. - dijo Rosa sin emoción, con la ceja enarcada.
Cogieron asientos alrededor de una pequeña mesa, apretujándose un poco. Ana y Alicia de frente, con Rosa y Arturo quien acababa de unirse a la derecha y, por último, Héctor y Teresa a la izquierda.
- ¿También trabajáis en los Almacenes? - preguntó Arturo en tono casual.
- Sí, desde hace muchos años.- respondió Héctor.
- Se nota que entre vosotros hay una pequeña familia y unida. Como en el mundo del teatro. - Arturo habló animadamente. - ¿Verdad, Rosa?
- Sí, cariño. - Se giró, atravesando con la mirada a Teresa, que tenía la vista baja. - Unos más que otros, por lo que veo. Quiero decir, me siento tranquila sabiendo que Ana no está sola, que tiene a su familia apoyándola. Y más con unos cuñados que adoran a Alicia.
La cabeza de Teresa levantó rápidamente, cerciorándose de los propósitos de Rosa. La falsa amabilidad de aquella mujer perversa sólo era un pretexto para atacarla una y otra vez. Sin tregua. Teresa apartó la cabeza, topándose con la mirada sospechosa de Ana.
- Alicia es una buena chica. - Héctor contestó con un amago de sonrisa.
Reinaba un embarazoso silencio, salvo Alicia que estaba enfrascada en sorber con placer la cola.
- Ah. - exclamó Rosa como si le acabara de ocurrir una idea brillante. Se volteó hacia Ana y se lo soltó de sopetón. - Ana, ¿cuál prefieres el pescado o la carne?
Teresa comenzó a temblarse... de miedo... cuando observó los ojos de Ana abriéndose como los platos. Supuso que, al contrario que ella, su cuñada entendió a la primera el significado que escondía tras aquella frase extraña.
En vez de contestar Ana que seguía sin dar señales de reacción, Arturo fue quien habló:
- ¿Tenemos una comida, Rosa? ¿Cuándo? Bueno, ya sabes que respecto a mí prefiero la carne.
Los ojos de las tres mujeres giraron a modo de exasperación ante la inocencia de Arturo.
- No, Arturo. Sé muy bien que te gusta la carne. Los hombres sois muy predecibles. - dicho esto, Rosa plantó un beso afectuoso en los labios de Arturo. Se volteó para mirar a Ana en espera de una respuesta. - ¿Ana, cuál lo prefieres? - reiteró con insistencia.
Teresa, sin estar consciente, aguardaba nerviosa la respuesta.
- No sé por qué lo preguntas. - Ana casi balbuceaba, inquieta.
- ¡Ana! - Rosa gruñó, con la paciencia a punto de agotar. - La pregunta es bien sencilla. ¿Qué prefieres, el...?
- El pescado, puaj. No sé cómo le gusta. Lo odio.
Salvo Héctor y Arturo ignorantes del asunto, las mujeres giraron bruscamente la cabeza, contemplando boquiabiertas a Alicia, de cuya boca salió la respuesta inesperada.
La niña estaba ausente sorbiendo la cola. Pero todavía no había acabado. Parecía que tenía más cosas de que hablar. Alicia soltó la pajita para abrir la boca, con el ceño fruncido a modo pensativo.
- Cuando a mamá le pone un plato de pescado con salsa, se porta como una niña, peor que yo. Se pone a comer a una velocidad de tortuga como si estuviera haciendo una di-se-cción. - le costó pronunciar esa palabra... - Como si no quisiera acabar nunca. Me recuerda a la clase de anatomía de la rana. - Puso una cara traumatizada. - Hasta hace ruidos raros. Así como... - Alicia hizo una simulación paupérrima de un ruido conocido como el gemido de placer. - Como cuando me como un bollo de chocolate... Aunque no me ensucio tanto como a mamá. A veces se le corre la salsa por el cuello. Mira que le tengo dicho que se ponga servilleta al cuello. - replicó con severidad.
El oxigeno no filtraba correctamente al cerebro de Teresa, bastante ocupada con la imagen visual de Ana, descubriendo la fisonomía del ser extraño, diseccionándolo con sumo cuidado y habilidad, saboreando los placeres de carne... "¡Del pescado, quiero decir!" Sacudió furiosamente la cabeza, expulsando la alucinación que parecía estar sufriendo. Pero cometió un error cuando su mirada resbaló accidentalmente sobre el cuello de Ana, ese vaivén hermoso que parecía invitarla a recorrerlo. "...la salsa por el cuello." Recordó las palabras de su sobrina, asaltándole de nuevo la imagen.
Levantó la vista. Creyó que se moriría ahí mismo cuando los ojos avellanas de Ana la miraban con una mezcla a partes iguales de perplejidad y confusión.
- ¡Alicia! ¡Bebe! - ordenó Ana, a la vez frenéticamente presionaba con la mano la cabeza de Alicia hacia abajo, a la altura del vaso. El rostro normalmente pálido de Ana estaba teñido de color rojo oscuro.
- ¡Mamá! Ya sé beber sola. - protestó, zafando la mano opresiva de su madre.
- Pero bueno, estoy impresionado... esta niña llegará lejos. - murmuró Arturo, un tanto perplejo.
- Sí, más que nosotros. - se secundó Rosa, con la vista todavía pegada a la niña. Parecía entre divertida y admirada.
Mientras que Teresa todavía no se salía del asombro. Igual que Héctor, que por una vez tenía la decencia de no importunar la situación ya de por sí violenta.
- Cuando tengamos un crío, invitaremos a comer a Alicia. Carne, está claro. - bromeó Arturo, en su intento de aplacar la tensión.
- ¡No! - gritaron las tres mujeres al unísono.
La idea de Alicia comiendo carne con el futuro muchacho resultaba un tanto prohibido y censurable para las mujeres. Era demasiado prematuro para asimilarlo.
- Uau... ¿acaso dije algo raro? - se puso a la defensiva Arturo, sorprendido por los ojos feroces de las mujeres. Ni Héctor comprendía la súbita reacción protectora de las mujeres.
- No, no. Debe ser el calor. No nos hagas caso. - Disculpó Teresa, perturbada por todo lo sucedido. - Héctor, creo que es hora de irnos.
No podía soportar las miradas inquisitivas de Rosa, quien debía estar riendo a sus anchas. Pero lo peor de todo era que Ana Rivas la miraba como si le hubiera crecido dos cabezas. De hecho, Teresa se sentía otra mujer, aquel ser extraño que creyó ahogarlo años atrás en las profundidades del alma para no ser encontrado ni rescatado.
- Espera un momento. - Héctor, desprevenido por el repentino cambio de humor de Teresa, la retuvo de levantarse de la silla. - ¿No te olvidabas de algo?
- ¿Cómo? - preguntó, descolocada. No sabía a qué demonios se refería. Sólo quería irse.
Héctor no le contestó. Se limitó a sonreír compasivamente como si la perdonara... el olvido de un detalle importante que en ese instante ignoraba. Le esperó expectante. Héctor con un brazo le rodeó los hombros y la estrechó. El rostro masculino se giró, mirando de frente a los presentes.
- Queremos deciros que Teresa y yo vamos a adoptar un crío. ¡Alicia, vas a tener un primo! - anunció.
Si media hora atrás Teresa estaba desesperada por salir de ese lugar, en ese preciso instante sentía un desasosiego claustrofóbico que le producía la impresión de que la salida (la puerta de la salvación) se situaba a kilómetros de ella. Sus sentidos se cerraron por completo, reduciéndose a un capullo invirtiendo el proceso del metamorfosis de la mariposa.
Su pesadilla parecía no tener fin.
- ¡Eso es genial! Mis enhorabuenas. - felicitó con efusividad Arturo, cuya mano alargó para estrechar la mano de Héctor.
- Gracias. Estamos encantados.
- Vaya, sí que es una buena sorpresa. - Teresa frunció la boca, sorprendida, pareciendo captar una ligera decepción en el tono de la voz de Rosa. - En fin, la vida da muchas vueltas. Felicidades. - Rosa dijo con una hueca sonrisa que estaba muy lejos del júbilo sincero de Arturo.
En contra de su voluntad, Teresa levantó la vista e instintivamente buscó el rostro de Ana. Pese a sus miedos, quería conocer su reacción. De pronto el desasosiego dio paso a una gran desesperanza, un vacío hondo en su alma.
Ana llevaba una cara de póquer. Ausente de emociones. Dura, gélida, impasible, firme, contundente.
- Me alegro mucho por vosotros. Como bien dice ella, es una buena sorpresa. Mis enhorabuenas. - Ana dijo con sinceridad pero sin alegría. Teresa sabía muy bien que estaba siendo simplemente cortés. Al fin y al cabo, Ana Rivas Llanos era la diplomacia andante. - Os lo merecéis. Es un sueño por el cual vale la pena luchar.
Quería llorar. Aborrecía esa versión de Ana, cuya candidez parecía haberse esfumado. Su frialdad era como una puñalada mortífera. Teresa sentía un sabor metálico en su boca. Creyó estar al borde de la locura cuando notó que su cuerpo ansiaba revivir las sensaciones del abrazo entre ambas el día anterior... que calaron muy hondo en su alma atormentada. Pese a conocerla poco tiempo, sentía una gran culpa... no, no sólo esto, sino también se sentía impura. Como si acabara de ensuciar la amistad de Ana. Apartó la vista del rostro de Ana y se encontró con la cara de Héctor que era la viva imagen de pura dicha. Reunió todas las fuerzas para contener las ganas de lloriquearse.
- ¿Puedo escoger el bebé? Prefiero una niña con quien poder jugar. Los niños son sólo unos brutos. - Alicia pidió toda excitada.
Pese a todo, Teresa no pudo reprimirse una sonrisa. A esa niña adorable la quería con todo el corazón. Nunca había anhelado tanto de unirse a la comunión de felicidad que compartían Héctor y Alicia. Pero por algún motivo, era incapaz.
Dios la estaba castigando.
- Espero no llegar en un mal momento, caballeros y damas. - anunció una voz achispada detrás de ellos.
Todos centraron la atención sobre esa persona que acababa de irrumpir. Los ojos de Teresa se engrandecieron al reconocer el rostro familiar.
Un rostro que no había visto en tanto tiempo.
Era Pedro Fuentes. El padre de Alicia. El ex-esposo de Ana Rivas.
