TERESA
Capítulo 20
Miércoles, 25 de diciembre de 1963
Anécdota histórica: El 6 de noviembre de 1963 muere, en México, a los 62 años, el poeta español Luis Cernuda.
- Nos alegramos tanto de que te hayas decidido visitarnos. Pedro, como bien sabes, siempre serás bienvenido. - Habló melosamente doña Encarna.
- Gracias. Siempre me he sentido muy a gusto con ustedes. Guardo muy buenos recuerdos de los veranos que pasé aquí.
- Pedro, ¿cómo van los pleitos? Ana me contó que dispones de una clientela bastante envidiable. Políticos de alto poder. Hasta la família Kennedy.- dijo don Ramón, impresionado.
El patriarca de los Rivas regresó de Bilbao a fin de pasar las fechas navideñas en compañía de la familia.
- Por favor, no le hagas caso. Las mujeres son propensas a la exageración. - Pedro respondió con sincera modestia.
- En esto estoy de acuerdo. - masculló Héctor, con la boca llena.
Teresa le dedicó una mirada furibunda. Héctor se encogió de hombros a la defensiva. Suspiró antes de volver la vista al plato. Sinceramente no tenía apetito. Pero prefería con muchos creces la atención de la fantástica colección gastronómica a la comparecencia de las personas indeseables. Ni la presencia de sus padres, Carmen y Pascual, aliviaba su ansiedad. La visita inesperada de Pedro Fuentes no era la única causa de su inquietud.
Tocados por la Virgen de la Generosidad, o amenazados por el espectro de las Navidades (¡quién sabía!), los señores Rivas también extendieron la invitación de la comida tradicional a la queridísima Rosa y su pareja Arturo. Esa perversa sanguinaria riendo las gracias a los patrones de los Almacenes para los cuales trabajaba como cara publicitaria.
Se percató de que no era la única incómoda. Ana estaba inusualmente callada. Más dedicada a la bebida que a la comida, ignorando los elogios que dedicaba incansablemente su madre a Pedro. No sólo ella se dio cuenta del gris estado anímico de Ana, puesto que Pedro le lanzaba continuas miradas de auxilio. Ana, pero, no daba cuenta de ello. O bien, si se daba cuenta, lo ignoraba.
- Estamos un tanto pesarosos por el asesinato de John Kennedy. - Rosa comentó con pena, para sorpresa de Teresa que no notó petulancia en su voz por una vez a lo largo de la comida. - No nos lo podíamos creer cuando lo supimos. Era un hombre lleno de carisma que creía de veras en el progreso.
- Sí, una gran pérdida. Estábamos todos atónitos por la pronta muerte de un presidente que tenía todos los números de pasar a la historia. Me lo enteré por megáfono durante la travesía en avión.- contó Pedro, compungido.
- Pero estoy bien seguro que habrá alguien que le seguirá el ejemplo. - manifestó Arturo, el eterno optimista.
- ¿Lo conocéis personalmente? - preguntó don Ramón muy interesado.
- Sí, más de una vez. Vino a congratularme en persona tras la obra. Casi me lo podía creer. Era tan apuesto. - explicó, soñolienta, Rosa.
"Ésa es la queridísima Rosa de siempre." Teresa pensó para adentros mientras cortaba el filete. Egoísta, arrogante, petulante... Podría escribir una lista interminable de calificativos que se le ocurrían para la queridísima amiga de Ana. Pero el mejor adjetivo que iba como un guante a la personalidad de la actriz era "insufrible".
- Es bueno saber que se aprecia el talento español. Es el mejor producto que podemos vender, sacando provecho de nuestras capacidades.
"Ya salió la vena empresarial de doña Encarna" fue el primer pensamiento de Teresa.
- Bien dicho, doña Encarna. - aprobó Carmen.
Pese a no ver directamente el rostro de la matriarca, Teresa podía visualizar sin esfuerzos el tic en el ojo derecho que raramente mostraba la doña. No le gustaba recordarse de la presencia de sus antiguos empleados del servicio. En todas las ocasiones, se dedicaba gustosamente a ignorarlos. Los García y los Perea era, para doña Encarna, una "pequeña" inconveniencia insalvable. Un ejemplo de ello era el anuncio de la adopción que hizo Héctor una hora atrás. Al saberlo, doña Encarna les congratuló sin efusividad añadiendo... "mientras no afecte vuestro rendimiento profesional". Muy propio de ella. Mientras que don Ramón fue más considerado deseándolos lo mejor en la nueva etapa.
"Pues esa pequeña inconveniencia insalvable es un paquete adicional que te buscaste tú solita por encamarte con un hombre casado." Teresa pensó socarronamente antes de volver a la realidad, donde hubiera sido de extrañar que salieran de la comida sin tener las mandíbulas doloridas por la tensión que reinaba.
- Bien, sólo basta con morirse para hacer célebre a un personaje. Los demás que hoy lloran su muerte mañana se frotarán las manos sacando provecho de su talento anteriormente ignorado o mal aprovechado. La historia lo demuestra. Un personaje se mantiene anónimo o incluso despreciado por los demás hasta que la muerte le sorprenda de un modo tragicómico. - ironizó Ana, quien tras acabar se dio otro largo trago de vino.
Teresa tuvo la fortuna de no estar comiendo ni bebiendo en el preciso momento que Ana hizo ese polémico argumento. Porque, más de uno, desprevenido por la sorpresa, se atragantó, provocando unas furiosas toses que para apaciguarlas tuvieron que beber grandes cantidades de agua. Mientras que otros se dedicaban a no despegarse del plato no queriendo presenciar la cólera que podían oler y palpar en los señores Rivas. El resto la miraban todos perplejos, incapaces de reaccionar. Salvo Rosa, quien miraba con deferencia a su amiga.
- No seas arisca, Ana. Y no digas estas obscenidades. Estás de suerte de que el padre no se encuentre aquí para escuchar tus blasfemias. - reprobó gélidamente doña Encarna.
Ana, en vez de contestar, se limitó a sonreír de forma provocativa, desafiándola abiertamente.
- Tiene razón tu madre. - se secundó don Ramón, más decepcionado que furioso.
Si el comentario de Ana era ya de por sí un disparo que cortó el ambiente tenso, lo que diría Rosa a continuación caería como una bomba, estallando a la cara de todos:
- Pese a la crudeza, el comentario de Ana contiene toda la verdad. Ya conocéis el dicho: "Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver." Como el joven James Dean. Y, por cierto, no es su frase como todos piensan. En realidad, forma parte del guión de una película dirigida por Nicholas Ray. Si no recuerdo mal, era "Knock on Any Door". En inglés, "Llamad a cualquier puerta".
Dicho esto, Rosa sonrió complacida antes de meter un bocado de carne en su boca.
Al lado de Teresa, Carmen no pudo ahogar un grito sordo ante la frase. Para ser franca, ese comentario estaba totalmente fuera de lugar. Todos, incluido Arturo que estaba pálido, la miraban mortificados como si a Rosa le hubiera crecido otra cabeza. Contrariamente, Ana la miró risueña. Teresa no sabía cómo sentir. Por una parte, agradecía la intervención de Rosa como apoyo a Ana y, por otra, aquello sólo era una demostración más de la idiotez de Rosa, quien sin saberlo (o, vaya, siendo muy consciente de ello) acababa de perder todos los puntos en una milésima de segundo a los ojos de los señores Rivas.
Lo que vio seguidamente Teresa le produjo tal satisfacción que le hizo olvidar toda la ansiedad que estaba padeciendo durante toda la comida. El rostro de doña Encarna se ruborizó, clara señal de la ira que sentía por la humillación recibida (pese a que el comentario de Rosa no iba dirigido a ella ni era su intención). Observó los nudillos blancos, apretando con fuerza los cubiertos, en un intento de mantener la compostura. Teresa sonrió para adentros, imaginándola echando pestes y tirando de los pelos a Rosa. Pese a que tenía la certeza de que desgraciadamente esa imagen visual nunca se haría realidad.
Doña Encarna era una mujer que valoraba ante todo la dignidad.
- Ana, ¿dónde está Alicia? - preguntó don Ramón, en un intento de desviar el tema. Teresa figuró que el señor tampoco podía permitirse perder la poca dignidad que les había dejado.
- Ya lo sabes. Está jugando. - contestó sin emoción.
- Deberías enseñar a Alicia a comportarse como se es debido. ¡Irse durante la comida para ensuciarse! Llámala que pronto llega el postre. - ordenó secamente doña Encarna.
- Alicia ya es así. Tan inquieta que no se sabe estar quieta durante cinco minutos. - Pedro salió en defensa de Ana.
Ana miró aburrida a su madre, probablemente acostumbrada a oír las lecciones de educación que daba generosamente su madre. Teresa decidió que era su momento.
- Ya la busco yo. - anunció, levantándose rápidamente del asiento.
Salió de la sala sin dar tiempo a nadie para replicar. Llevaba más de tres horas deseando huirse de la hipocresía y de la falsa generosidad navideña. No podía más con ello. Así encontró en ese instante el perfecto pretexto para respirar aire libre de la contaminación que llenaba la mansión.
Hasta entonces, los señores Rivas jamás les habían invitado a la comida navideña. La culpable de los cambios era Ana Rivas. Supuso que lo hizo, pensando en Alicia. Días atrás, Ana junto con su hija apareció en el taller de Pascual donde se encontraba casualmente toda la familia de Teresa para anunciarles la comida de Navidad en la Villa Fortuna. Se llevaron una gran sorpresa, la mayoría dispuestos a declinar la invitación pero Carmen, que de tan buena era tonta, se les adelantó aceptándola. Y ya no había marcha atrás.
Pedro Fuentes. Otra cuestión que la martirizaba.
Se preguntaba qué demonios hacía Pedro Fuentes, quien se presentó por sorpresa el día anterior en Los Asturianos. Ignoraba sus propósitos, aparte del evidente deseo de estar con su hija. Pero a lo largo de la mañana, vio a Pedro conversando largamente con Ana. Sus rostros no le daban ninguna indicación Leyó en sus posturas y gestos varias reacciones contradictorias. Complicidad. Resentimiento. Alegría. Amargura. No tenía ni la menor idea de cómo interpretarlas.
Exhaló un largo suspiro cuando su mente revivió la memoria del pequeño desacuerdo que tuvo con Héctor la noche anterior. Tras la fiesta del bautizo, de vuelta a casa, Héctor insinuó que probablemente Pedro regresó para recuperar a la mujer y llevársela junto con Alicia a Estados Unidos. Frunció el ceño cuando repasó su propia reacción que tuvo al oír la teoría de su esposo. Cuando la escuchó, se indignó de inmediato, respondiendo a gritos que aquello no pasaría nunca. Héctor la miraba atónito unos segundos, sin habla. Una vez recuperado del asombro, se enfureció apartándose de ella. Le recordó que ella no podía saberlo.
El resto del camino caminaron en silencio sepulcral, sumidos en sus propios pensamientos.
Héctor tenía razón. Teresa no podía saberlo. Pero, por algún motivo, aquellas palabras produjeron tanto caos en el interior de su alma. La mera idea de no verlas más le causaba tanta desazón que hacía contraerse su corazón. Cuando justo ahora comenzaba a disfrutar de la amistad de Ana. Y más cuando había cogido tanto afecto a Alicia, la pequeña revoltosa de ojos azules.
Hablando de Alicia, la estuvo buscando por toda la casa. Concluyó que probablemente estaba fuera, en los jardines. Fue al vestíbulo para coger el abrigo. Atravesó la cocina, donde los empleados atareados pararon súbitamente sorprendidos por su presencia pero volvieron de seguida a la tarea al ver el gesto de Teresa, indicándolos que continuaran lo que estaban haciendo. Se quedó plantada unos segundos, respirando y guardando todos los detalles de aquel lugar que fue su hogar durante una gran parte de su infancia. Pero no había tiempo para añoranza. Salió por la puerta al exterior, poniéndose el abrigo. El frío húmedo golpeó contra la piel desnuda de su rostro. Se maldijo por no coger la bufanda. Se frotó los brazos, tratando de calentarse. Atravesó el jardín. Sonrió al localizarla finalmente. Las suposiciones de doña Encarna fueron acertadas. Raras veces se equivocaba. Alicia estaba repleta de tierra, de arriba a abajo. Arruinando no sólo el abrigo sino también las medias de lana y la falda de su vestido azul marino. Estaba de espaldas, no percatándose de su presencia. Se acercó sigilosamente a la niña.
- Alicia, debes volver. Que el postre está a punto de llegar.
Se pegó un brinco cuando su sobrina gritó, girándose bruscamente con las manos detrás de la espalda escondiendo algo lo suficientemente valioso como para no querer ponerlo a la vista de todos.
- ¡Tía Teresa! Me has asustado. Debes avisarme antes. Es lo que me decís siempre. - Protestó un tanto nerviosa con voz aguda, como si Teresa acabara de invadir un momento muy sagrado para ella.
- Anda que tú, seguro que mañana me despertaré con más canas. - Dijo medio divertida y medio enfurruñada, con una mano puesta sobre su corazón, tratando de sosegarlo.
- Si tú lo dices. - Alicia habló ausentemente, con la vista baja.
Teresa se tomó unos segundos mirándola con sospecha, sabiendo perfectamente que la acababa de poner en un compromiso. Aguardó pacientemente a que Alicia le contara lo que estaba haciendo antes de verse interrumpida. Su sobrina, que parecía no soportar el escrutinio visual y todavía menos el silencio, acabó espetándole:
- ¿No vas a moverte?
- Estoy bien aquí, gracias. - Sonrió, con los brazos cruzados.
Intuyó que la paciencia de Alicia estaba a punto de sobrepasar el límite, haciendo mella en su fachada aparentemente desinteresada. Así que Teresa se mantuvo callada. Su estrategia dio frutos cuando notó que la niña comenzaba a emitir señales de exaltación, mirando frenética a ambos lados como si se estuviera planeando una rápida salida. Pero Teresa no se lo iba a poner fácil. Quería saber qué era lo que escondía Alicia con tanto ímpetu como si en ello le hubiera ido la vida.
- Ah, ¡mira Dionisio! - señaló con el dedo hacia detrás de Alicia.
Reprimió con grandes esfuerzos las risas que cosquilleaban su garganta. Su sobrina cayó en la simple pero eficaz treta, volteándose bruscamente. Dejando al descubierto el objeto que escondía. Era una caja.
- ¡Pero si no está! - dijo toda confusa. Cuando Alicia observó su sonrisa inocente, supo enseguida que había jugado sucio. -¡ Tía, me has engañado!
- ¿Yo? Creía haberlo visto. - Se señaló con el dedo, haciéndose la inocente. Los ojos indignados de Alicia le hacían saber que no era estúpida. - Vale, vale. No te enfades. Anda, muéstrame la caja, por favor.
Alicia, que de pronto se acordó de la caja, trató de esconderla inútilmente. Teresa se compadeció de ella, ladeando la cabeza.
- Juro no decir nada a nadie. - concedió.
- Mi madre dice que no se debe jurar nunca. - puntualizó Alicia, con aire de superioridad.
- Tienes razón. Tu madre es muy lista. - rió a carcajadas.
- Lo sé. - Afirmó pero el rostro pecoso adquirió una expresión derrotista. - De todas formas, necesito tu ayuda. No puedo abrir la caja.
- Chica, no pongas esta cara. Soy mujer de palabra. Explícame dónde la has encontrado.
- Ahí. - señaló con el dedo un árbol que se situaba cerca del lago.
- No debiste irte sola por ahí. Es peligroso. - Reprendió.
- Ya, pero aquí estoy, sana y salva. - Alicia respondió indiferente, con toda la atención puesta en la caja. Teresa suspiró, sabiendo que esa niña delgada era irremediable. - Estaba caminando por ahí, buscando piedras preciosas. Y me tropecé con esto. Sólo se veía la punta. Tuve que excavar para poder sacarla. ¡Nunca había encontrado un tesoro hasta ahora! ¡Creía que todo esto sólo era un cuento de hadas! - Alicia saltaba, toda excitada y emocionada. Súbitamente se paró mientras su rostro se tornó serio. - ¿Tía, crees que encontraremos oro? - Comenzó a hiperventilarse ante la idea. - ¡Podemos ser millonarias! - Chilló tan alto que casi hizo romper los tímpanos de Teresa.
- ¡Baja la voz! Respecto al oro, lo dudo mucho. - Rió entre dientes. Se apenó cuando el rostro infantil se tiñó de decepción al esfumarse la posibilidad de encontrar oro. "Maravillosa ingenuidad", pensó Teresa. Más cuando Alicia no parecía ser consciente de su estatus social y, todavía más, de su condición de la futura heredera del imperio Rivas. Su voz se dulcificó. - Pero estoy segura de que encontraremos objetos de valor incalculable.- Su pecho se llenó de felicidad cuando la cara de su sobrina se iluminó, brindándole una sonrisa de oreja a oreja. Su entusiasmo era tan contagioso. - Dame la caja, cariño. A ver si la puedo abrir.
Alicia la extendió. Teresa la cogió y probó sin éxito de abrirla. Meneó la cabeza.
- Está muy oxidada. Hazme un favor, Alicia. ¿Puedes ir a la cocina y pides un abrelatas? Dile que vas de mi parte.
La niña asintió con la cabeza y corrió a toda velocidad. Mientras esperaba su regreso, aprovechó ese minuto para estudiar el estado de la caja. Era grande y rectangular. Parecía muy vieja. Completamente degradada no sólo por el tiempo, sino también por el lugar del escondite. La oxidación era de un color cobrizo. Trató de abrirla de nuevo. En vano. Dudaba que pudiera abrirse con ayuda del cuchillo. El estado estaba realmente lamentable. Pero recordó la expresión triste de su sobrina. Se prometió poner todos sus esfuerzos en la tarea.
- ¡Aquí tienes el abrelatas! - anunció, casi jadeando, más por la excitación que por la carrera.
- Gracias. A ver si tenemos suerte. Antes vayamos a sentarnos en el banco.
Una vez cómodas en el banco más cercano, Teresa comenzó la tarea que resultó más ardua de lo previsto, al mismo tiempo procurando no ensuciar su abrigo. Para facilitar la obertura, primero rascó con ayuda de abrelatas la oxidación en los bordes de la tapa. Le llevó unos cinco minutos para acabarlo. En más de una ocasión se detenía para acallar a la quejica de su sobrina, quien no cesaba de protestar por su lentitud.
- ¡Ya está! - pronunció toda satisfecha con su trabajo. - No me la cojas aún. - Retuvo la caja de las manos impacientes de Alicia. - Debo abrirla primero. - La niña gruñó pero se lo permitió.
Ambas exclamaron de emoción cuando escucharon el agradable "clic". Esta vez Teresa permitió que Alicia le arrebatara la caja, otorgándole los honores de abrir el tesoro. La palabra tesoro hizo encender una parte de la mente, resucitando una serie de memorias olvidadas. Sus ojos se engrandecieron cuando reconoció algunos objetos contenidos en el interior de la caja.
Se llevó la mano en la boca. "Dios mío", murmuró débilmente. Alicia no la oyó, muy enfrascada en su deleite con su descubrimiento. La vista de Teresa se ofuscó, inundándose de lágrimas que no llegaron a derramar. "Casualidades de la vida", pensó. "¿O no, es cosa del destino?" Se recriminaba por no haber reconocido antes la indudablemente familiar caja que muchos años atrás acabó en sus manos.
- ¡No me lo puedo creer!
El grito asombrado de su sobrina interrumpió los pensamientos, dejándola momentáneamente fuera del combate. Tras situarse, sonrió al ver la cara de la niña que se iluminó como si acabara de encontrar algo muy valioso. Alicia miraba embobada lo que parecía ser un fragmento de papel. Teresa se apretó contra el cuerpo de su sobrina, apoyando el mentón sobre el hombro. Echó un vistazo al fragmento sujetado por las manos infantiles. Era una foto, en realidad. En color sepia.
- ¡Ya sé! ¡Tía Teresa! ¡Ya sé! ¡Tía Teresa! - Exclamó como una posesa, levantándose del banco, saltando y agitando la foto. Teresa la miraba confusa. Sin aviso previo, Alicia puso la foto delante de sus narices, a pocos centímetros. - ¡Mira, mira, mira!
- Cariño, así tan de cerca no la veo. Por favor, dámela y déjame mirarla bien.
Alicia a regañadientes la entregó y se sentó de nuevo, pegada al hombro de Teresa. Estudió minuciosamente la foto, cuyos bordes estaban en estado precario. Era una niña de cabello rubio claro, abrazada a un hermoso perro de tamaño grande, cuya altura superaba la de la niña. Tenía un porte elegante y orgulloso.
- ¿Y bien? - soltó impaciente Alicia.
- Muy bonito perro. Y una niña preciosa. - argumentó, mirando a los ojos expectantes de su sobrina. Ésta levantó los brazos, exasperada.
- ¡No! Mira bien. ¿No te suena? - gruñó.
Teresa suspiró largamente antes de mirar por segunda vez la foto. Entrecerró los ojos, en un intento de divisar mejor las facciones de la criatura. La cara de la niña rubia tampoco se salvó de la degradación, con algunos pequeños desgarros. Transcurrieron unos largos segundos hasta que captó un detalle que le resultó un tanto familiar. Esos ojazos eran brillantes, inocentes, risueños, cándidos. Que parecían estar riendo de ella. El tiempo se detuvo al reconocerlos finalmente.
- Es...es... - tartamudeó.
- ¡Sí, sí, sí! ¡Es mamá! ¡En nuestra casa, tenemos una foto igual! ¡Cuando se lo contemos, no se lo creerá!
- Espérate, espérate. - habló rápidamente, reteniendo el brazo de su sobrina, impidiéndole ir hacia Ana.
No sabía por qué no la dejaba irse. Ni ella misma entendía sus acciones. Se dijo que simplemente quería disfrutar un rato junto con Alicia la caja de recuerdos que al parecer pasó también por las manos de Ana. "Es eso", se dijo.
- Antes disfrutamos tu tesoro, ¿vale? - sugirió.
Alicia la miró dubitativa. Sus ojos resbalaron sobre la caja. Brillaron ante la idea prometedora de encontrar cosas inimaginables.
- Alicia, esta caja tiene sorpresas. Te lo contaré. Siéntate, anda.
Aquello finalmente la convenció. La niña movió la cabeza afirmativamente. Sujetó la caja, sacando primero una muñeca que estaba muy maltrecha, muy ennegrecida. Rió cuando Alicia frunció la nariz a modo de disgusto.
- ¡No me gustan las muñecas! ¡Encima, sin cabeza! Qué mal gusto.
- ¡Eh! No me insultes. - Sonrió para adentros al leer la confusión en los ojos azules de la niña. - Antes debes prometerme una cosa. - Alicia asintió con la cabeza, instándole a continuar. - Que no vas a revelar nada de esto. Que esto quedará entre nosotras.
- ¿Por q...?
- Eh, que no he acabado. - Interrumpió. - Ya sabrás el porqué. Mira, esta muñeca sin cabeza es mía. La puse cuando tenía tu edad. También la encontré en el mismo lugar que tú. - Ante la mueca de perplejidad absoluta de Alicia, siguió. - Sí, yo misma. Añadí mis cosas en esta caja y la enterré de nuevo. Para esto, son los tesoros. Me alegro tanto de que fueras tú la que la hayas encontrado.
- Es increíble... - balbuceó. Intentó continuar pero no le salió ninguna palabra, aún alelada. Teresa podía entender su reacción ya que, unos minutos atrás, se encontró en semejante estado. La mujer rebuscó el contenido de la caja. Su respiración se cortó, al reconocer la forma curvilínea que le regaló tantos momentos felices. La cogió como si fuera un objeto altamente frágil.
- ¿Qué es? - preguntó curiosa Alicia.
- Es una peonza, cariño. ¿Sabes qué? Era toda una maestra. Nadie ni los chicos fue capaz de superarme. Sabes que, en realidad, perteneció a mi hermano. Pero era un negado. - Rió recordando las lágrimas de frustración de su hermano por ser incapaz de tirar la cuerda y hacer girar elegantemente la peonza. Cuando sus ojos castaños divisaron una foto en la caja, la cogió rápidamente devolviendo la peonza en su lugar. - Mira, Alicia, es una foto de nuestra familia. Aquí está el patoso de mi hermano. - Señaló con el dedo la cara enfadada del niño. - Alfonsito siempre estaba de morros. - Rió de nuevo. - Oh, aquí están mis padres. Carmen y Pascual. Sí, eran jóvenes. Oh, ésta soy yo. La menuda Teresina.
Hasta entonces, no cayó en la cuenta de lo mucho que había echado de menos aquellos tiempos en los que los García disfrutaban al pleno como familia, discutiendo, riendo, llorando, creciendo y soñando. Las cosas habían cambiado tanto. Alfonso en las tierras americanas como boxeador. Los padres abandonando la "servidumbre". Y ella misma... subdirectora de los Almacenes. El mejor futuro que jamás habrían soñado. A cambio de grandes sacrificios. Dolor. Aborto. Lazos esclavizados. Rotas viejas amistades. La distancia... que ni el tiempo podía salvar.
Cuando al fin se percató del largo silencio de su sobrina, la miró observándola con interés.
- ¿Qué ocurre, cariño? - acarició la mejilla fría de la muchacha.
- Nada...- Alicia apartó la vista, ruborizada, antes de volver a mirarla. Confesó tímidamente. - Me gusta cómo hablas. Y cómo te ríes. Nunca te he oído reírte así. Quiero decir, siempre estás seria.
Los ojos de Teresa se humedecieron. Las palabras de Alicia fueron tanto enternecedores como dolorosas. Era cierto que hacía tanto tiempo que no reía tan libremente. Había olvidado tanto de lo que significaba ser Teresa García Guerrero. Bajó la vista. Miró su propia cara en la foto. De diez años. Ingenua. Feliz. Llena de sueños. Se espantó cuando una gota de agua rebotó contra la foto. Se tocó con la mano la mejilla, descubriendo que estaba llorando sin darse cuenta. Miró a Alicia, quien parecía preocupada.
- Ah, tranquila. No estoy triste. Al revés, me alegro tanto de que hayas encontrado la caja. Me has hecho recordar cómo era yo. - La sonrisa se ensanchó mientras las lágrimas continuaban recorriendo por la cara sin tregua. Alicia continuaba mirándola, insegura. Impulsada por una intensa oleada de afecto, la estrechó con fuerza entre sus brazos. - Cariño, te quiero mucho, ¿lo sabes, no?- Pese a no oír ninguna palabra de la boca de la muchacha, notó la pequeña cabeza sobre su hombro moviendo afirmativamente. Se apartó sin soltar Alicia. Con el reverso de la mano, enjugó las lágrimas. - Continuemos.
Sin despegarse la una de la otra, comentaban, reían y discutían a medida que iban sacando uno por uno los objetos. Botones, cromos, piedras. Una estilográfica. Los ojos oscuros de Teresa emitieron un fulgor instantáneo cuando se toparon contra una pieza de ajedrez. Aquello sí lo recordaba.
- Es un caballo del ajedrez. - declaró Alicia.
- ¿Ah, sabes jugar?
- Sí. Me lo enseñó mamá. - contestó. - Dice que es un arte. A mamá se lo enseñó el abuelito. Ah, ver si lo recuerdo. Me suele decir: "El ajedrez es una lucha, en la que, como en la vida, el adversario más peligroso es uno mismo". - Recitó lentamente.
- Es una verdad como un templo. - apreció Teresa, realmente impresionada.
- Eso lo dice ella. Pero no encuentro duro el juego. Más bien, divertido. - Se encogió de hombros. Como si diera a entender que a su madre le gustaba dramatizar.
Teresa la miró largamente y deseó con todo el alma que la vida no fuera tan injusta con Alicia como lo había sido con ella. De súbito, se encendió una bombilla en la mente.
- Ah, ahora lo que dices, es muy posible que esta caja fuera de tu madre. Busquemos una pista para verificarlo.
- ¡De acuerdo!
Entre ambas trataron buscar un nombre o iniciales en los objetos y en la caja. Pero no vieron nada. No podían rechazar la posibilidad de que pudiera pertenecer a alguien del servicio antes de la llegada de la familia García. Pero Teresa lo dudaba mucho ya que no creía que alguien tuviera la osadía (o la locura) de coger cosas que no le pertenecían, y aún más si procedían de la familia Rivas. Ningún en su sano juicio se atrevería a tentar la furia del diablo.
- ¡Ah, mira, tía Teresa! Parece que aquí hay algo. - Alicia, entusiasta, señaló con el dedo la parte interna de la tapa.
Teresa entrecerró los ojos, divisando una borrosa línea entre la oxidación y suciedad. Podría formar parte de una letra.
- Tienes razón. Aquí no la hemos mirado. Pero no podemos arriesgarnos rascándola con el abrelatas. Podría estropearlo. - Se paró para pensar en las alternativas. Finalmente la encontró. Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó un pañuelo que bordó su madre. - Vamos a intentar con el pañuelo. Así no lo vamos a estropear.
- ¡Buena idea! Pero date prisa.
- A sus órdenes, señorita. - respondió ligeramente ofendida.
Tras dos minutos, pudieron ver la primera letra. "A". Se miraron un tanto excitadas y continuaron con la tarea. Alicia exclamó de felicidad cuando apareció "n".
- ¡Sí, es de mamá!
- Sí, cariño. No sabía que pertenecía a tu madre. Bueno, no la conocía de pequeña.
- ¿Se la enseñamos?
Pensó largamente antes de darle una respuesta, sopesando los pros y contras. Tuvo una ocurrencia.
- Creo que no. Al menos, no de momento. Hagamos una cosa. Tú haz como lo hice yo. Añade algunas cosas tuyas que consideres valiosas que merezcan ser guardadas en esta caja. Es nuestra guardiana de nuestros tesoros, ¿entiendes? Y la entierras otra vez.
- Pero... no quiero... - negó débilmente, no queriendo deshacerse tan pronto de la caja.
- Espera, que no he acabado. Primero, metes cosas en esta caja y la vuelves a dejar en el mismo sitio donde la encontraste. Y a cambio... te entregaré un libro que saqué de la caja. Lo conservé en vez de volver a meterlo. Me ayudó a guiar en uno de los momentos más difíciles de mi vida. En otro momento, te contaré la historia. Además, doy fe de que te encantará. No te arrepentirás. Además, ¿no te parece genial que seas la heredera de este libro que primero pasó por tu madre y luego por mí? . ¿Te parece bien? Algún día, se lo entregarás a alguien muy querido como lo eres para mí.
El rostro de Alicia contenía una expresión pensativa. Tras unos segundos de silencio, habló:
- De acuerdo. - pronunció con solemnidad. - Será nuestro secreto. Pero ¿qué pasa con mamá?
- Un día se lo contaremos. Lo importante es el momento.
- Vale, si tú lo dices. - se encogió de hombros, sin estar del todo convencida. Sus facciones se tornaron súbitamente serias.- Pero, tía Teresa, no sirve el pacto sin el juramento.
- Tú mandas. - rió. - ¿Cómo sellamos el pacto? - Alicia la miraba como si no pudiera dar crédito a su ignorancia sobre las reglas.
- Si es fácil. Escupir las manos y juntarlas.
- ¡Dios! ¿Así es cómo pactas con todos? - la miró entre perpleja y asqueada.
- ¡Sí! Me lo enseñó mamá. - respondió toda orgullosa.
- Ajá, no podía ser otra.
Los ojos de Teresa giraron a modo de exasperación. Pese al poco tiempo que conoció a Ana Rivas durante aquel verano, sabía que Ana no sólo tenía una lista innumerable de atributos virtuosos, sino también un lado salvaje que la cautivó en aquel verano.
- ¡Alicia! Aquí estás. - Una voz llegó desde del interior.
Se giraron. Era Ana, en el umbral de la puerta exterior de la cocina. Teresa y su sobrina se miraron momentáneamente antes de asentir en silencio. Alicia envolvió la caja con el pañuelo de Teresa y la ocultó tras la espalda. Se levantó, corrió y se plantó ante su madre. Teresa no pudo oír la conversación entre Ana y su hija. Pero dedujo, por la expresión contrariada de Ana, que la mujer estaba disgustada al ver la ropa arruinada y que la mandó a su mayordomo para cambiarse de vestido. Alicia no dijo nada, haciendo los ojos de cordero degollado, mientras ocultaba la caja detrás de su espalda.
- ¡Anda, vete antes de que te ponga un castigo! - gruñó Ana.
Alicia se giró y miró a Teresa. Le mostró una sonrisa victoriosa, guiñándole con complicidad. "Nuestro secreto está a salvo." Parecía decirle antes de perderse en el interior de la mansión. Teresa centró la atención en la figura de la mujer alta. Se le veía ligeramente demacrada. Se levantó del banco y anduvo lentamente hacia la puerta. Mientras tanto, ambas se dedicaban a mirarse, estudiarse y hablarse en silencio.
- Hace frío. - dijo de pronto Ana, como si no se hubiera dado cuenta de ello hasta entonces. Los brazos se estrecharon alrededor de la cintura, protegiéndose de las ráfagas de aire que trataban de entrar tozudamente en el interior de la cocina.
- Sí.
Volvieron a sumirse en el silencio. Pero, contrariamente a otras ocasiones, era un silencio agradable y lleno de entendimiento. La voz de Ana sonó fatigada cuando dijo lo siguiente:
- Pedro me ha pedido llevarse unas semanas a Alicia.
- Oh... - no supo qué decir más.
Ana asintió con la cabeza, haciéndole saber que comprendía su falta de palabras. El corazón de Teresa aulló de dolor al ver las facciones de Ana que parecían haber envejecido de pronto unos diez años más.
- Alicia se pondrá contenta cuando se lo cuenten en el postre. - mostró una sonrisa pese a que no correspondía con el vacío de los ojos. Nunca hasta entonces la había visto tan vulnerable. Ana se frotó la frente con una mano. - No sé qué hacer sin ella estos días. Si ya es bastante duro convivir con mi madre. - Su voz se quebró, que acabó en un sollozo cortado.
- Oh, ven aquí.
Teresa cogió el cuerpo esbelto entre sus brazos, estrechándola con gentilidad. Intentó transmitirle lo que su boca no pudo hacer. Apoyo. Comprensión. Afecto. Confianza. Y... amor. ¿Quién no podía querer a esta mujer? Esta idea se le concebía como algo imposible. Por primera vez, se dio cuenta de la gran suerte que tenía de tenerla como parienta. La misma mujer quien trajo un milagro, una criatura angelical de ojos que le había enseñado a reír, llorar y a amar de nuevo. Ante estos pensamientos, la estrechó entre sus brazos con tal fuerza que hizo soltar a su amiga un sonido de sorpresa. Pero no le importó lo que pudiera pensar ni si el personal de la cocina las veía. Simplemente necesitaba hacerlo.
Como dos días atrás en el despacho de Ana. Necesitaba el calor como una flor necesitaba la polinización.
Con los ojos cerrados, olisqueó el familiar aroma del perfume que siempre llevaba Ana.
- ¿No os habré interrumpido?
Se apartaron rápidamente ante la voz cargada de pasmo. Teresa sintió el corazón galopándose contra el pecho.
- Oh, parece que hice mal la pregunta. Porque ahora sí he interrumpido el acto de hermandad. O debería decir, el acto amoroso de cuñadas. - enfatizó esas palabras con un deje de socarronería. Su rostro adquirió una expresión meditabunda. - Pero ahora que lo pienso, ni siquiera lo sois... En fin. siempre me ha parecido compleja la genealogía.
Teresa metió la mano en el bolsillo del abrigo para tocar el objeto punzante. El abrelatas. ¡Cómo le habría encantado cortar el cabello de la arpía por la vía de lo más doloroso imaginable!
Por otro lado, Ana recuperó rápidamente la compostura como si el abrazo no hubiera tenido lugar, poniéndose la máscara de indiferencia y aparente seguridad.
- Bueno, Rosa, debo irme. Ya sabes, en esta genealogía no sólo soy cuñada, sino también la queridísima hija. Y debo hacer este papel con mis queridísimos padres. - satirizó antes de pasar por Rosa.
- Jajaja, me encanta tu sentido de humor, mi queridísima amiga. - El hombro de Rosa empujó amistosamente contra el de Ana.
Ana le sacó la lengua. Con la espalda a la vista y sin girarse, sacudió la mano a modo de despedida. Teresa se dispuso a seguir los pasos de Ana, pero Rosa la retuvo con la mano en su brazo. Le susurró a los oídos.
- Tengo la impresión de que conoces el perfume. Bien, tengo un dato que te podría interesar. ¿Sabías que Coco Chanel suele sugerir a las mujeres con la frase: "Ponte perfume donde quieres que te besen"?
El cuerpo de Teresa se endureció cuando le asaltó el recuerdo del cuerpo esbelto y delgado de Ana que aún tenía imprimido en el suyo como una huella. Vulnerable, suave, elegante, sugerente, cálido, suave. Rizos tentadores. Rostro hermosamente esculpido. Ojos expresivos. Labios rojos. Cuello tentador.
- Ah, pero quiero añadir una cosa. Esta vez, es una frase de cosecha propia. "Todo tiene fecha de caducidad", mi querida amiga.
Tras esta frase, Rosa soltó el brazo, dejándola sola.
Confusa. Aterrorizada. Excitada.
Excitación era lo último que debería sentir. Bien lo sabía. Ante la incapacidad del corazón, la razón hizo lo mejor que sabía. Algo que había estado haciendo durante tantos años:
Ignorar. Ignorar. Ignorar.
De vuelta a la realidad donde todos (y ella misma) esperaban ver a la Teresa que todos conocen.
La Teresa que era la esposa de Héctor Perea.
La Teresa que era la hija de los García.
La Teresa que será la futura madre.
Y nada más.
