TERESA
Capítulo 22
Sábado, 28 de diciembre de 1963
Anotación histórica: Se aprueba el Primer Plan cuatrienal de Desarrollo para potenciar la economía.
- ¡Qué cara se trae! Además, ¿qué hace usted aquí? Doña Ana me dijo que estaba usted guardando la cama. - dijo en tono de reproche.
- Ya, ya, ya. Y por favor, hazme el favor de bajar la voz. Mi cabeza se va a explotar. - emitió unos gruñidos que hicieron disuadir a Marifé de toda idea de hablar. - ¿Doña Ana se encuentra disponible?
- Discúlpala. Créeme cuando le digo que intenté todo lo que estaba en mis manos para quitarle la obsesión de salir de la casa. - Alfonso vio la mirada de recelo en los ojos de la mujer rubia. - Ah, perdona, no nos hemos presentado. Soy Alfonso García, su hermano. - Alargó la mano junto con una sonrisa galante que hacía suspirar a las mujeres. El rostro de Marifé se tiñó de rubor, tomando la mano.
- Oh, disculpa. Soy Marifé. - Se hizo una pausa, mirándolo. - Su nombre me resulta un tanto familiar. - Ajustó las gafas de concha. Acto seguido, los ojos engrandecieron en señal de reconocimiento. - ¡Es usted el campeón de boxeo! Mi marido le admira mucho... No tenía ni idea de que ustedes son hermanos...
- No me sorprende. Teresa me tiene escondido para tenerme sólo para ella. - Alfonso le lanzó un guiño. Marifé hizo una risita que resultó ser patética a los oídos de Teresa.
- Es muy reservada y...
- Disculpa pero queremos saber si se encuentra disponible. - Teresa la interrumpió sin consideración.
Sabía muy bien por la sombría expresión de Marifé que acababa de dejarla ridiculizada. Pero no tenía tiempo para ser considerada con los sentimientos de los demás. Y mucho menos, para tolerar el peloteo.
Se maldijo más de una vez por su tozudez de ir a los Almacenes Rivas. Debió hacer caso al consejo de su hermano, de no salir de la cama. Y ahora, tenía que soportar un vertiginoso caleidoscopio de luces, ruidos y voces. El exceso de maquillaje ni siquiera podía ocultar su cara demacrada, compuesta por unas ojeras grisáceas, unos ojos vidriosos y una palidez alarmante.
- Permitidme consultar la agenda.- respondió Marifé, con un aire de superioridad.
Teresa le lanzó una mirada gélida que desgraciadamente no le acobardó. Marifé le estaba haciendo pagar el precio por la humillación. En otras circunstancias, la hubiera puesto en su sitio, pero dado su estado precario, no tenía fuerzas para nada. Así que le concedió el gusto de lamer el orgullo herido.
- En estos instantes, no se encuentra ocupada. Voy a avisarla. - anunció al fin, cogiendo el auricular del teléfono.
La paciencia de Teresa se agotó por completo, por lo que arrastró a su hermano sin dar tiempo a Marifé a marcar el botón del aparato.
- Pero no pueden... - La palabra murió en la boca de la secretaria cuando Teresa abrió la puerta del despacho y entró.
La menor de los García cerró momentáneamente los ojos, cegada por la luz molesta. En su mente recitó todos los insultos conocidos en el vocabulario español. La sorpresa en la voz de la ocupante del despacho la hizo abrir los ojos. Frunció el ceño, entrecerrando la vista. Ana estaba de pie, mirándolos atónita.
- Lo siento. Han entrado sin darme tiempo de avisarle. - Marifé, que pasó por su lado, se justificó un tanto apurada. Ana sacudió la mano, quitando la importancia a la irrupción de los visitantes.
- Entrad por favor. Y Marifé, traednos... ¿café?. - Miró a los García a modo interrogativo. Ambos asintieron. - Sí, café. Y leche. Puedes retirarte, gracias.
Marifé hizo una ligera inclinación de la cabeza, dándose por enterada. En silencio, se apartó y salió del despacho. Cerró la puerta.
Ana Rivas, dejando a un lado las formalidades, se acercó a toda prisa a Teresa. Tomó entre las manos el rostro de la mujer morena y lo inspeccionó con detenimiento.
- ¿Qué haces aquí? - exclamó Ana a modo reprobatorio. - Se te ve horrible.
De pronto perdió todo sentido. Enterrándose en la agradable calidez que proporcionaba el contacto de las manos. Escuchó, detrás suyo, a su hermano eximiéndose de responsabilidad en su decisión de venirse a los Almacenes.
- ¡Teresa! A cabezona no te gana nadie. - regañó Ana. - Anda, siéntate. - Teresa bufó pidiendo que no hablara tan fuerte.
Un brazo pasó por sus hombros, encaminándola hasta dejarla en el acolchado sofá marrón. Su hermano se arrellanó en la butaca situada al lado de ellas.
- ¿Quieres agua? - preguntó. Teresa asintió, notando la lengua reseca.
- Tiene un bonito despacho. - apreció su hermano, estudiando la oficina, mientras Ana preparaba el vaso de agua.
- Gracias. - Murmuró, al tiempo que extendió el vaso a Teresa.
Ana se sentó a su lado y acarició su espalda en lentos y continuos círculos. Ese movimiento rítmico logró desentumecer los músculos de Teresa, renovando su energía que se encontraba por los suelos.
En cuanto hubo bebido, devolvió el vaso a Ana y ésta lo dejó en la mesa de centro. Los ojos castaños de Teresa se fijaron primero en la postura, luego en la actitud, y por último, en las facciones del rostro de su amiga. Frunció la boca.
- Te veo demasiado bien para ser resacosa. - refunfuñó.
- Te advertí que soy una bebedora fantástica. - habló entre risas. - ¿O no lo recuerdas?
El tono ligeramente inquisitivo de la voz de Ana no le pasó desapercibido. Había algo extraño en su actitud. Era como si estuviera aliviada e inquieta al mismo tiempo. Teresa se encogió de hombros, achacándolo a una mala jugada que le hacía su mente traicionera.
Mientras tanto, su mente hizo un esfuerzo titánico por hacer memoria de los sucesos de la noche anterior. Para ser franca, sólo recordaba a duras penas algunos fragmentos. Todos ellos no le comportaban ningún consuelo. En ese preciso momento, se desmoralizó, añorando desesperadamente el confort de su cama.
Para su desgracia, se acordaba perfectamente de las revelaciones que tuvo... revelaciones que le empujaron a su decisión de enterrarse en las promesas del alcohol. Lo que vino después no lo recordaba apenas. Excepto la presencia de su amiga y las sesiones interminables de risas.
Unas horas antes... Cuando se despertó, en un principio se sintió desorientada en su propia cama, sorprendida por el dolor que martilleaba su cabeza. Pero el sabor metálico en la boca y la pesadez en los músculos le recordaron de la noche anterior.
El primer pensamiento que le cruzó fue Ana, con quien tuvo unos momentos increíbles. Asomó una débil sonrisa que se esfumó al asaltarle la voz de la conciencia, recordándole su rendición
Al poder de la verdad.
A la libertad de la revelación.
A la esclavitud del secreto.
Al poder del amor.
A la crueldad de la soledad.
Recordó de pronto que en esos instantes se encontraba nada más que en la cama de matrimonio con la cual compartía su amado esposo.
Héctor Perea, a quien debería apoyar, adorar y querer con todo su ser.
La imagen de su caballero rubio se rompió en pedazos.
Su caballero valiente y leal se ha convertido en un caballero sin honor.
Su caballero burlado. Traicionado. Derrotado.
Su caballero no estaba consciente del juramento roto por su bella damisela a quien adoraba sin reservas.
Ahora ella, la damisela, quien una vez fue segura de su amor por su caballero como el aire que respiraba, baja la cabeza, incapaz de soportar el sentimiento de la vergüenza.
Su corazón roto entonaba con lamento dos canciones.
Una por su caballero sin honor.
Otra por su amor desleal a otra "hidalga", menos ruda, más elegante. Confidente en sus luchas y dulce en sus palabras.
No pudiendo más con el dolor, se formó un ovillo y llorando en silencio, acunándose en el tortuoso mar de las aflicciones.
El dolor era bienvenido.
El dolor ahogaba la voz del arrepentimiento.
El dolor multiplicaba la voz del amor roto y del amor redescubierto.
Héctor Peresa, su caballero sin honor. Ana Rivas, la hidalga de su corazón.
Miró la mujer de enfrente. Sólo hizo reafirmar lo que ya sabía. Amor que censuraba y abrazaba por partes iguales.
Ana Rivas Llanos. Su preciosa hidalga.
Expulsó los pensamientos sombríos, no pudiéndose más con ello. Encontró enseguida una distracción: su hermano que hablaba en tono burlón.
- Creo que Teresa no te avisó de que por su parte siempre ha sido una bebedora pésima, incapaz de beber más de un trago con la lucidez intacta.
Para tortura de su maltrecha cabeza, Ana y Alfonso rieron.
- ¡Callaros! - bramó.
- Oh, perdóname, hermanita. Espero que esto te haya servido de lección.
Pese a las burlas, agradeció el gesto de su hermano quien se preocupó de disminuir considerablemente el volumen de su voz.
- Nunca más beberé. - juró solemnemente. Estaba determinada a llevar su promesa hasta su muerte.
- Jajaja, es el juramento preferido de los resacosos. Raras veces se cumple. - se jactó su hermano.
Marifé entró en el despacho con una bandeja. Teresa inhaló el agradable olor del café negro. Aunque ya había tomado uno en su casa, su cuerpo ansiaba por recibir otra dosis de cafeína para recargar las energías aún muy mermadas y resucitar su mente. En cuanto les preparó las tazas de café, la secretaria salió. Teresa cerró los ojos, abriendo las fosas nasales para aspirar el grato aroma. Bebió a pequeños sorbos, degustando el líquido oscuro. Cada sorbo era como una dosis de gasolina que iba llenando el depósito vacío.
- No sabía que los señores tenían una hija. Mi madre me lo contó hace años. Y eso que vivíamos unos cuantos años sin conocer tu existencia, ¿verdad, hermanita? - la miró aguardando la confirmación.
- ¿Hace falta que siempre me llames hermanita delante de todos? - le fulminó con una mirada asesina. - Tengo más de treinta años.
- Lo siento, pero no cambia el hecho de que eres la hermanita. Soy mayor que tú. Y no puedes hacer nada al respecto. - concluyó con una sonrisa satisfecha.
- ¡Bruto! Es lo que eres. - le espetó.
En realidad, era una maniobra de Teresa para evitar que su amiga tuviera que sacar a la luz temas incómodos relacionados con su familia. Sin decir que era todo un placer oír las carcajadas tan vivarachas de su amiga.
- Sois afortunados. Siempre he deseado tener un hermano. O una hermana. - confesó Ana.
- Pero... Héc... - El cuerpo de Teresa se tensó sabiendo muy bien qué era lo que iba a decir su hermano.
- Ah, antes de que se me olvide. - Teresa lo interrumpió, ignorando la mirada ofendida de su hermano. El tortolito de su hermano no estaba al tanto de las complejidades de las relaciones familiares. Ni estaba lista para oír el nombre de su esposo de la boca de nadie. Oírlo, letra por letra, era como recibir un puño en el estómago. Oírlo era recordarle de su traición. - He venido para buscar el informe y entregártelo ya que lo necesitas para hoy.
- ¡Teresa! ¡Por el amor de Dios, no me digas que has venido para esto! No era necesario. Manolita ya se encargó de entregármelo. No debiste haber venido. - recriminó Ana.
- Ya se lo dije. Pero no hay manera. Es pequeña pero jolines, es más difícil domarla que a un toro. - Alfonso suspiró.
- Todo un halago viniendo de un boxeador. - ironizó. - Suerte de ti que te quiero tanto que no voy a escampar el rumor de que el mejor boxeador de España es incapaz de ganar a una pequeñaja. - esbozó una sonrisa maliciosa.
- ¡Serás...! - La propinó un débil empujón. Todos se rieron.
- ¡Qué divertidos sois! - dijo Ana.
Teresa leyó la gratitud en los ojos de la heredera del imperio Rivas por evitarle situaciones violentas. Ladeó la cabeza, dándole a entender sin palabras que era todo un gusto ayudarla.
Apartaron la mirada cuando Alfonso se levantó de golpe de la silla. Lo miraron interrogativamente.
Anunció lo siguiente en un porte caballeresco, con una ligera reverencia.
- Cumpliendo mi deber de caballero galante, os invito a comer. Y no se admite un no.
Las mujeres se miraron de nuevo. Teresa observó la expresión de incertidumbre de su amiga. Por su parte, la idea de digerir un alimento le resultaba nauseabundo pero le pesaba más la perspectiva de comer con dos de las personas que más amaba en el mundo. Quería deleitar cada minuto con ellos antes de que regresaran sus padres y su esposo.
Antes de regresar al castigo de la vida gris. Al castigo de la verdad. Al castigo de los secretos.
En su mente, ya tenía formada la decisión. Se levantó con lentitud del asiento, reprimiendo la sensación del mareo. Pasó el brazo por el de su hermano.
- Somos dos contra una. - declaró a modo de desafío. Los hermanos se irguieron con orgullo como unas torres poderosas sobre la hija de los Rivas.
Se sonrieron victoriosos al ver la rendición en las facciones de Ana.
- ¡Ojos dichosos! ¿A qué se debe el honor de regalarnos con vuestras presencias tan hermosas, mis damas? A vuestro lado, la belleza de la diosa Venus palidece. Desde luego, con el permiso de mis mujeres que en paz descansen. Caballero, es usted afortunado porque mi época de Adonis se acabó. De lo contrario, se encontraría ante usted el contrincante más duro de vencer. - Levantó el puño a modo de desafío mientras Alfonso miraba frenéticamente a los lados como si quisiera huirse despavorido de su Goliat.
Las mujeres se rieron.
- Pelayo, es usted incorregible. - dijo Teresa en tono afectuoso. - Venimos a comer. Porque, aunque sus capacidades de Adonis no se han menguado con el tiempo, sus dotes culinarios siguen intactos. Es más, los dioses sí que se morirían de envidia por no poder tener a su alcance sus manjares exquisitos.
- Totalmente de acuerdo. - afirmó Ana.
- Oh, creo que ustedes se exceden en los halagos. Pero se agradece de todos modos. - Les lanzó un guiño pícaro. - ¡Bueno, no os quedéis quietos! Damas y caballero, seguidme.
Le siguieron hasta la mesa situada al fondo, dándoles un poco de intimidad. César apartó la silla en espera de que Teresa se sentara. Repitió la acción con Ana. Ambas le agradecieron el gesto de galantería.
- Ey, eso debería hacerlo yo. Me deja usted en mal lugar, señor. - se quejó Alfonso.
- Puede que en los combates lleve usted el mando. Pero se encuentra usted en mis dominios, por lo que me corresponde esta tarea que hago muy gustosamente. Y más con estas señoritas tan encantadoras. - rebatió César con una sonrisa amplía.
- Tiene razón, Alfonso. Además, tiene una arma secreta que es muy infalible que ni tú puedes rebatir. Es el mejor orador que haya conocido. Sin decir que está a la altura del mismísimo Casanova. No como tú, el bruto, mi hermanito. - Acabó con una sonrisa socarrona.
Alfonso, lejos de ofenderse, estalló en carcajadas. Pelayo, el padre de Marcelino, le fulminó con una mirada.
- Eh, me hiere usted su escepticismo. Por mucho que deteste presumir, le haré saber que cuando tenía su edad, cientos de jovencitas besaban cada paso que daba. - explicó César Pelayo con los brazos cruzados.
- Puedo dar fe de ello. - dijo una voz detrás de la espalda de César. - Mi madre era una de sus interminables pretendientas. Sin decir que de vez en cuando se le echa el ojo cuando viene de visita.
- ¿Ve? - saltó Pelayo con el mentón alzado.
- Oh, le pido perdón por ponerlo en duda. – se rindió Alfonso, con las manos en alto.
César se hizo rogar, no disculpándolo de inmediato. Pero Manolita le propinó un codazo en las costillas, murmurando por lo bajo que se le perdonara. Con un bufido de exasperación, se le concedió el perdón. Les hizo saber que volvería enseguida en cuanto supervisara los quehaceres (o mejor dicho, evitara los desastres) de Marcelino en la cocina.
- ¡Hombres! - Manolita sacudió la cabeza. Las mujeres sentadas se limitaron a asentir con la cabeza, estando de acuerdo con ella.
- No todos serán iguales, digo yo. - Alfonso puso ojos de corderito degollado.
Las mujeres se miraron las unas a las otras, suspirando al unísono. Pensaban igual: "Todos los hombres son iguales." Notando el desacuerdo de las mujeres, Alfonso soltó un bufido de exasperación.
- Por cierto, ¿qué haces aquí Teresa? ¿No deberías estar en la cama? ¡Tienes una cara más espantosa! - Manolita exclamó preocupada.
- Como si no lo supiera. De todos modos, gracias por ser sincera. - ironizó. - Yo estoy aquí porque... - Se vio interrumpida por Manolita que le lanzó un guiño de complicidad.
- Ya lo sé. Porque un pajarito me ha dicho que venías muy bien acompañada con un hombre guapo. - "¿Por casualidad, ese pajarito lleva gafas horripilantes?" Teresa quiso decir pero se contuvo. - Y aquí estáis todos. Anda, hombretón, levántate. Déjame darte un abrazo. Hace tiempo que no te veíamos. - Alfonso se levantó y se fundieron en un largo abrazo. - Ya verás cómo Marcelino en cuanto sepa algo vendrá en un plis plas. - Enfatizó lo último con un chasquido de los dedos.
En ese mismo instante, giraron los cuellos hacia la cocina, donde se armaba un revuelo.
- Oh, ya está. Ahora cuento hasta tres. Un... dos... tres.
Nada más pronunciar el número tres, salió un hombre rubio, larguirucho, de cara alargada. Más que un hombre, parecía un niño grande. Se dirigió rápidamente hacia la mesa. Tenía la cara enrojecida y jadeaba como si hubiera recorrido miles de kilómetros.
- Dios, no me lo puedo creer. Cuando me lo dijo padre, creía que me estaba echando una broma de mal gusto... Y usted...está aquí. En pleno auge. Es usted mi dios. - Marcelino tartamudeaba, con voz quebrada de emoción. - ¡Manolita, está aquí! ¡Está aquí! - agarró desesperadamente los brazos de Manolita, como si necesitara que alguien le confirmara que no estaba en un sueño. Manolita consiguió zafarse de él entre gruñidos.
- ¡Suéltame, cateto! Tengo dos ojos. Sí, ya veo que está aquí. Deja de montarnos una escena, que me estás avergonzando.
- Oh, perdona. - Se giró hacia Alfonso, que lo miraba divertido. - Es que... señor, no se imagina cuánto me emocioné escuchando la crónica de su último combate. Un derechazo lo deja tieso que se cae para no levantarse nunca más. - Recitó con un aire soñador. Se despertó de sopetón cuando Manolita le propinó una buena colleja.
- No digas tonterías. Están aquí para comer, y no para perder tiempo escuchándote. Toma la nota, anda ya. - Ante los ojos amenazadores, Marcelino no se atrevió a contradecirle.
- Sí... sí... ¿Qué desean ustedes? - Tanteó el bolsillo del delantal. Arrugó la frente. - Esperadme un momento, por favor. Debo buscar mi libreta y un lápiz. No tardo nada. - Se fue rápidamente a la barra.
- Es todo un amor, pero qué patán más inútil... ¡ni siquiera es capaz de memorizar tres pedidos de ná! No le digáis nada, pero suerte de que mis niñas no le han salido. Pá ná.- murmuró por lo bajo, pero lo suficiente para oírla.
Teresa y Ana taparon la boca con la mano, conteniendo las risas. Siempre resultaba entretenido viéndolos discutir. Alfonso ladeó la cabeza a modo de compasión, hacia Marcelino. "A muerte con los hombres", era el lema de la camaradería masculina.
- En fin, he venido para darle el jarabe que he comprado para mi niña que está malita. Con la cabeza que tiene Marcelino, he preferido ser yo quien lo compre. - explicó el motivo de su presencia.
- Vaya, espero que esté mejor. ¿Por qué no te quedas con tu hija a cuidarla? Ya recuperarás otra tarde, ya sabes que por mí no debes preocuparte. - dijo Ana.
- Oh, no, no. Muchas gracias por su preocupación, doña. Mi niña está en muy buenas manos.
- Pero... - intentó persuadirla. Manolita la interrumpió cuando tras echar un vistazo a su reloj exclamó que era tarde.
- Lo siento, debo irme. Me alegro de veros. Y a ti sobre todo, Alfonso. Espero verte en otro momento.
- Lo mismo digo. Estaré por aquí unos días.
Se despidieron al unísono, contemplando cómo Manolita dejó el frasco encima de la barra recordando (más bien, ordenando) a Marcelino que en cuanto tuviera un rato libre debía ir a casa para dar la primera dosis a la niña enferma.
- ¡Qué personajes! - Alfonso exclamó con una sonrisa.
Tras unos cinco minutos de charla unilateral de Marcelino que de no ser por la presencia de su padre les recitaría de memoria todas las crónicas de los combates de Alfonso, tomó los pedidos. Prefirieron optar por varias tapas en vez de una comida copiosa.
- ¡Díos! Todavía no me entra en la cabeza de que a estas alturas puedes tomar vino. - La vista del vino negro que bebía Ana le producía interminables naúseas.
- Ja, ja, ja. No soy quien sufre una bendita resaca, mi pobrecita Teresa. - Mofó Ana, acariciando juguetonamente la cabeza de Teresa, quien la apartó de un manotazo.
- Hagamos un brindis en honor de la resacosa. Ya que no puede brindar. Para que veas que tu hermano se preocupa de tu bienestar, mi hermanita. - Ante el comentario jocoso, Teresa le pegó un bofetón en el brazo musculoso de Alfonso.
- ¡Ya te vale!
- Anda, un brindis para ella. - Ana, toda sonriente, alzó la copa de vino, entrechocando contra la de Alfonso.
- Estáis confabulando contra mí. - bufó, con los brazos cruzados.
- ¡Qué quejica! Suerte de que hemos traído a esta damisela para hacerme mejor compañía. Se ve de lejos que tu amiga o cuñada...- los ojos de Alfonso no se despegaban de los de Ana. Algo que no le gustó nada a Teresa. - es una mujer inteligente, divertida, refinada, amable. - se giró a Teresa. - Vamos, nada que ver contigo.
- Oye, no te pases con ella. - Ana reprobó pese al rubor que teñía sus pómulos.
Marcelino les trajo varias tapas que pese a parecer deliciosas sólo lograban hacer perder el apetito de Teresa. Picoteó algo, más por orden de su cuñada que por gana. Pero no era sólo su único malestar. Transcurrían los minutos y el humor de Teresa se agrió. Se mantuvo callada contemplando cómo el flirteo entre Alfonso y Ana iba a crescendo, pese a que más de una vez trataron sin éxito de unirla a su conversación. Para colmo, apenas pudo probar las tapas debido a que los síntomas de la resaca regresaron. Con más fuerza.
Se sintió ignorada.
Aquello era algo a lo cual no estaba acostumbrada. Ni de lejos. Comprendía que su hermano no pudiera quitar la vista de la belleza de su amiga. Pero otra cosa era piropearla, galantearla, halagarla, seducirla... abiertamente ¡para colmo, delante de ella! Lo que menos le gustó era atestiguar cómo Ana seguía el juego... rechazando travesuramente los avances de su hermano pero, al mismo tiempo, alentarlo aún más a entrar en las arenas movedizas.
Notó cierto malestar en el estómago. Lo achacó primero a las náuseas. Pero no tardó en identificarlo. Eran los celos comiéndola. Hubiera deseado golpear la mesa con todas las fuerzas para detener el odioso flirteo pero aún le quedaba restos de decoro. Así que pasó un buen rato sufriendo, enloqueciéndose, desesperándose... Deseó con todo su alma que el tiempo pasara rápidamente para aligerar su calvario.
Pero no, sus segundos se convirtieron en minutos. Minutos en horas. Horas en siglos.
El tiempo era cruelmente infinito para su desquicio.
El nudo que sentía en el estómago se aflojó momentáneamente cuando hermano se disculpó para ir al aseo. Por fin, estaban a solas. Las señales de peligro que resonaban sin cesar en su alma se aplacaron.
Sólo por unos segundos cuando Ana dijo lo siguiente:
- ¡Qué interesante es tu hermano! Definitivamente los García son tan divertidos.
- Pero lo mío es más sutil. - saltó, no pudiéndose más con el tormento. - Más inteligente, más pícaro. - Refiriéndose a su humor.
- Ostras, no te ofendas pero me refería solamente a los varones. - Su sonrisa se ensanchó, rayando la burla. - Pero sí, tienes razón, tienes armas adorables que descubrí no hace mucho. - Si no fuera por el brillo en los ojos, uno pensaría que hablaba en serio.
- Eh...- El cuello de Teresa se enrojeció violentamente, subiendo el color hasta adornar las mejillas. No pudo articular palabra alguna, lamentándose de su ridiculez en saltarse en defensa de su... ¿qué?... "honor"... "dignidad"... no tenía ni la remota idea de porqué había dicho semejante sandez. ¡Sólo quería que la tierra la tragara!
Por fortuna, su hermano no tardó nada en volver, salvándola de tener que justificarse.
- Ya estamos. ¿Queréis tomar algo más?
- ¡No, por Dios! - gimió ante la idea de visualizar más la comida que sólo le producía mareos.
- Teresa, ¿estás bien? Tienes mala cara. - se preocupó Ana. - Casi no has comido nada. Deberías ir a casa, meterte en la cama.
- ¡Sí, buena idea! - exclamó fervorosamente Alfonso.
Precisamente, antes de que abriera la boca de su hermano, estuvo considerando seriamente la sugerencia de Ana pero, al leer el lenguaje del cuerpo de su hermano que hablaba a gritos "excitación", se olvidó inmediatamente de la cama esperándola con calor y silencio. El peligro resonaba de nuevo, con más fuerza, en su alma.
- No. - respondió.
Su boca dibujó una sonrisa malvada al ver la expresión de desilusión en las facciones duras de Alfonso. Los planes de su hermano de estar a solas con la hija de los Rivas se fueron al traste. Sabía que estaba siendo egoísta pero... era tan potente el instinto de posesión con su preciosa Ana.
Se volteó para mirar a su querida amiga y le cogió la mano. El contacto encendió su corazón y murmuró con voz llena de adoración.
- Gracias por preocuparte, pero me recuperaré enseguida.
Ana suspiró largamente.
- No insisto porque sé que no hay manera de convencerte. Entonces, ¿qué proponéis? ¿Queréis estirar un poco las piernas?
Antes de que los dos hermanos pudieran articular palabra alguna, en ese instante se plantó ante la mesa un Marcelino sobreexcitado.
- Perdona, no he podido evitar escuchándolos. No es que estuviera fisgoneando. - se justificó rápidamente. - Que me parta el rayo. Pero es que pasaba por aquí. Y mi oído que es tan fino como un lince... - Se paró a secas cuando detrás suyo oyó una risita burlona. - ¿De qué se ríe, padre? - Frunció el ceño.
- No, no. Nada. - Pelayo se hizo el inocente mientras sacaba brillo a los vasos. - Pero, ahora que tus oídos están bien engrasados, para tu información, se dice "vista de lince" que, pese a ese magnífico felino es reputado por sus innumerables habilidades: vista, oído, velocidad; alude a Linceo, hijo del rey de los mesenios, de quien se decía que era capaz de ver y contar a simple vista los barcos de una flota de guerra que alcanzaban hasta 240 km por hora... - se dispuso a continuar pero su hijo le interrumpió.
- Padre, ya me quedó claro. Y ahora no nos interesa oír más lecciones de esa blasfemia.
- No es blasfemia. Es mitología, cateto. - corrigió un tanto indignado.
- Ya, ya, lo que usted diga.
El padre y el hijo se enzarzaron en una disputa de miradas nada amistosas.
- ¿Qué decía, Marcelino? - preguntó Ana en un intento de zanjar la discusión.
- Eh... - se giró, olvidándose enseguida de su padre. - Ah sí, lo que decía, pues pasaba por aquí y, por casualidad, que conste que nunca lo hago...
- Caballero, ¿podría irse directo al grano? - casi gruñó Alfonso, no pudiéndose más con los rodeos.
- Ah, perdone usted, cuando pasaba por vuestro lado, oí que os habéis acabado de comer. Que conste que no he querido interrumpiros hasta ahora. - Ante la mirada de amenaza de Alfonso, instintivamente se irguió la espalda y soltó finalmente lo que deseaba decir al principio. - Ah, esperaba que se uniera a nosotros, tomando unos chatitos con esos amigos. - señaló con el dedo hacia a unos hombres que se encontraban al otro lado de la taberna. Éstos les saludaron con una ligera sacudida de cabeza. - Nos preguntábamos si tiene la cortesía de unirse a nosotros, para contarnos sobre sus combates. Nos honraría si escuchamos de usted en directo y en persona... Ah, esos chatitos los invita la casa. - Añadió con una sonrisa tan amplía que parecía salir de la cara, aguardando impaciente la respuesta de Alfonso.
Se veía de lejos que el hermano de Teresa no compartía el entusiasmo de Marcelino ante la perspectiva de perder su tiempo precioso con unos borregos en vez de continuar galanteando a la atractiva heredera del imperio Rivas. Teresa podía intuir perfectamente sus intenciones, por lo que decidió anticipar sus acciones. Antes de que Alfonso dispusiera a abrir la boca para rechazar, Teresa intervino rápidamente.
- Alfonso, vete con ellos. No te preocupes por nosotras. Estaremos perfectamente. - Los ojos castaños de su hermano primero se tiñeron de asombro que dieron paso luego a una resignación mal contenida. Teresa se dirigió a Ana. - ¿Verdad, Ana?
- Sí, desde luego. - confirmó Ana, sonriente. No le parecía afectar mucho la idea como a su hermano. Aquello le animó el humor.
- Bueno, si ustedes lo desean... - murmuró resignado. No lo dejó acabar porque Marcelino agarró su brazo, forzándolo a levantarse.
Ambas se rieron cuando Alfonso les ponía ojos de corderito degollado mientras lo arrastraban hasta la mesa donde lo esperaban varios hombres de todas las edades.
- Ni que lo mandaran a la guerra. - dijo Teresa, meneando la cabeza en gesto atónito ante la actitud infantil de su hermano. Las mujeres se echaron a reír de nuevo. Pero la resaca de Teresa lo impidió disfrutar plenamente cuando le atacó de nuevo una fuerte jaqueca. - Dios, mi cabeza.
- ¿Estás bien? - Ana se preocupó de inmediato, acariciando en círculos la espalda de Teresa. - Ya te hemos dicho una y otra vez que deberías estar en la cama. Pero tú erre que erre.
- Por favor, no me lo recuerdes una y otra vez. Además, es la calor que me está afectando. Necesito un poco de aire fresco.
- Sí, tienes razón. Te ayudará a despejar un poco la cabeza. Demos un paseo. Anda, levántate. Voy a pagar la cuenta.
- De eso ni hablar. Que lo pague el caballero andante.
- No digas tonter...
No lo dejó acabar porque Teresa llamó a Pelayo que se encontraba en la barra escuchando embobado las anécdotas pugilísticas de Alfonso. En cuanto tuvo su atención, le informó que la cuenta corría a cargo de su hermano. Pelayo asintió con la cabeza.
- Teresa. - Ana llamó por su nombre.
Teresa se limitó a mirarla con satisfacción, dándole a entender sin palabras que no se admitía ninguna réplica. Ana cruzó los brazos y suspiró largamente a sabiendas que acababa de perder otra batalla.
Las mujeres se levantaron. En cuanto se abrigaron, se despidieron de todos quienes les devolvieron el saludo con alegría. Salvo Alfonso, que sacudía ligeramente la mano. Mirándolas tristemente mientras la puerta se cerraba.
El aire gélido les abofeteó en plena cara. Teresa lo recibió con agrado, sintiéndose renovada con todo el malestar olvidado. Mientras que Ana se arrebujaba en las prendas protegiéndose del frío. Las cejas de Teresa se levantaron cuando unos brazos delgados envolvieron su brazo, atrayéndola contra sí misma.
- ¡Caminemos! Así no cogemos frío. - apremió Ana, casi tiritándose.
Teresa ladeó la cabeza en gesto afirmativo, apretándose más contra el costado de su amiga para darse calor la una a la otra.
Caminaron en silencio. Gozando la proximidad de la otra. Admirando el bello paisaje de varias tonalidades blancas. Blanco puro adornando los capós de los automóviles, tan puro que encegaba. Blanco fangoso a lo largo de las calles concurridas. Blanco transparente en forma de las estrellas de hielo colgando de las farolas. Blanco marfil recibiendo en brazos abiertos los recién llegados copitos de nieve, tan inocentes y tan puros como los bebés traídos de París.
- ¡Mira! - dijo Teresa, con el dedo señalando la escena que atrajo su atención.
Lo que vieron les hizo sonreír.
Era un grupo de niños haciendo guerra de nieve.
En cada lado se formaron unas magníficas barricadas para protegerse de los ataques de las bolas. En medio de la calle, se plantaba una cómica figura, que recordaba más a un espantapájaros que a un muñeco de nieve. Se llevó la peor parte de la guerra de nieve. La cabeza se aguantaba de milagro cuando peligrosamente se deslizaba hacia un costado, no cayéndose del todo. El rostro era de risa, en los ojos pusieron dos botones de tamaño diferente, ofreciendo una expresión divertida, como de asombro. En vez de la típica zanahoria en la parte nasal, pusieron una cebolla. La boca era una línea mal trazada con el carmín rojo pasión de un pintalabios. Con total seguridad una mujer en la ciudad no compartiría con la felicidad de los niños en cuanto supiera que su caro pintalabios se echó a perder para otros usos inútiles. La segunda bola más grande que hacía de tronco presentaba un triste aspecto, completamente abollado por los golpes de las bolas. Además, el tronco estaba hecho con nieve enfangada, afeando todavía más su aspecto.
Pese al resultado, alguien quien tuvo una mínima compasión envolvió el cuello con una bufanda andrajosa.
Casi se asustó cuando notó el aliento caliente rozando su mejilla. Giró la cabeza en señal interrogante. Vio los ojos de Ana a punto de aguarse, sin apartar la vista de la escena que tenía ante sí.
- ¿Sabes? Si Alicia estuviera con nosotras, no se hubiera dudado en ningún momento de unirse a ellos pese a que le prohibiera. Era su pasatiempo favorito. Era todo un placer verla. Plena felicidad. No le daba miedo ensuciarse. ¡Pobre Mary! Se llevaba cada disgusto cada vez que veía Alicia sucia de arriba a abajo. Mary era nuestra criada en Nueva York .- murmuró en voz baja sin ocultar la añoranza.
A Teresa se le cortó la respiración contemplando el rostro de su bella amiga. Mejillas sonrosadas. Ojos brillantes. Aire vaporoso. Labios enrojecidos.
Quería morirse ahí mismo.
Por amor hacia esa mujer.
Por traición a su esposo.
Cerró los ojos. Cansada de sus batallas internas. Los abrió. La miró. Sonrió con tristeza.
Sentía tantas cosas a la vez.
Afortunada por tenerla a su lado.
Agraciada por contemplar ese lado sentimental de su amiga, que rara vez mostraba.
Entristecida por haber perdido tantos posibles momentos preciosos a causa de sus miedos.
¡Dios santo, cómo le habría gustado estar al lado de Ana y Alicia en aquellos momentos! ¡Ver a una Alicia sucia y radiante, tirando bolas!
En Madrid, en Nueva York, allá donde ellas estuvieran.
Pero no, en vez de ella, estaba Pedro, pensó con una mezcla de resignación y alivio. Aún así, Ana y Alicia no estaban solas. Pedro demostró ser un buen padre. De lo contrario, ambos no habrían levantado una criatura tan maravillosa como Alicia.
El corazón se le anudó al visualizar el rostro pecoso, anguloso, pícaro de su sobrina. Inconscientemente, se apretó más contra Ana.
- Me la puedo imaginar perfectamente. - dijo al fin. - Pero ¿sabes qué?
No dijo nada más en espera de que Ana le mirara a cara. Sonrió cuando vio la mirada de confusión en los ojos avellana.
- ¿Por qué me miras así? - susurró, casi con miedo.
- Ana, creo que te puedes imaginar lo que nos diría Alicia. - dijo risueña.
- ¿Qué quieres de...? - Se sorprendió cuando Teresa se despegó de ella. - Eh, ¿adónde vas?
- Ya lo sabrás.
El corazón de Teresa palpitaba como un loco por la anticipación de lo que ocurriría a continuación. No se sentía tan viva desde hacía tanto tiempo. Había olvidado muchas sensaciones. Y no quería seguir perdiéndolas.
Sólo cabía una cosa en su mente: recuperarlas. Aunque no pudiera tener el corazón de Ana.
- Aquí tienes mi regalo. - declaró con una sonrisa misteriosa.
- ¿Ah sí? - Ana la miraba sorprendida.
No tardó en recibir su regalo cuando notó una masa helada salpicando su rostro.
- ¡Teresa! - gritó furiosa mientras limpiaba la cara de nieve. - ¡Estás loca!
Teresa estaba doblada en carcajadas.
- Tu cara no tiene precio. - apenas podía pronunciar con las lágrimas rodando por las mejillas coloradas.
No cambiaría ni por todo el oro del mundo el momento que experimentó con Ana.
desde que conocieron, consiguió sorprender a su amiga con la guardia baja cuando le lanzó una bola de nieve.
Le dolía los músculos por el vorágine de risas. Emociones. Parecía haberse quitado de encima tantos años.
En un momento de lucidez, se acordó de que no estaban solas. Recorrió con la mirada las expresiones de los pocos transeúntes que pasaban al lado de ellas. Las había de todos colores. Reprobación sin reservas. Sorpresa. Compasión. Simpatía.
Una pareja de edad avanzada les lanzó un guiño de complicidad.
De pronto, gritó cuando una enorme bola de nieve rebotó contra su cara, quedando paralizada por el súbito frío.
- ¿Quién...? - bramó.
No tardó en saber la respuesta cuando observó la expresión de venganza cumplida en las facciones de Ana.
Pero había algo más.
Teresa se sintió en plena comunión con Ana. Unidas en todos los sentidos. Pese a que les separaban dos metros de distancia. Era un sentimiento tan poderoso que no pudo evitar detener un pequeño riachuelo de lágrimas.
- Sé muy bien lo que nos diría Alicia. - Ana se detuvo mientras se miraban larga y tendidamente. Ambas asintieron con la cabeza, comprendiéndose la una a la otra.
- ¡Unirnos a la guerra! - Gritaron al unísono.
Ana se echó a correr hacia el bando derecho. Teresa apreció cómo Ana se agachaba junto a otros niños y niñas totalmente asombrados por su presencia repentina. Uno de ellos creyó que venía a mandarlos a sus casas. Pero el rostro infantil cambió por completo cuando Ana negó con la cabeza. Aunque no los oía, Teresa podía adivinar perfectamente sus palabras. Los rostros del bando se tiñeron de emoción y excitación.
Se asustó cuando vio que todas las manos se dirigían... hacia ¡ella! Innumerables bolas de nieve que acertadamente la tocaron. Se vio obligada a levantar los brazos para protegerse mientras encaminaba hacia el bando opuesto. Por fin, la barricada la protegió. Observó los sorprendidos rostros infantiles.
- ¡Damas y caballeros, no os quedéis con la boca abierta! ¡Que nos esperan! ¿Listos para ganarlos? - Casi rió cuando todos los rostros movían como unos autómatas en gesto afirmativo sin salir del asombro.
Acunó un montón de nieve entre sus manos y lo formó una bola. En cuanto comprobó que era el momento de tirar sin el peligro de recibir golpes, se levantó dispuesta a lanzar la bola.
Con la mano en alto, se quedó paralizada al comprobar que no era la única persona en pie.
Al otro lado, estaba Ana. Con una mano lista para tirar.
Desafiante. Poderosa. Bella. Peligrosa.
Se sonrieron antes de gritar y lanzar la bola.
Era justamente lo que habría deseado Alicia.
