TERESA
Capítulo 23
Martes, 31 de diciembre de 1963. Fin de Año.
Anécdota histórica: El 27 de diciembre. Las Cortes aprueban la ley de reforma de la Seguridad Social.
La felicidad que experimentó tres días atrás fue efímera. "Todo principio tiene fin" concluyó malhumorada. Sólo que el fin llegó en un santiamén. Ahora se encontraba atrapada en una telaraña de falsas sonrisas, besos desprovistos de afecto y burlas disfrazadas con elogios exagerados. Resumiendo, se respiraba una absoluta hipocresía en el ambiente en vez de camaradería espontánea fruto de un día especial como el Fin de Año que solía dejar a un lado todo resentimiento por unas horas.
Miró a su lado. Frunció el ceño. "Maldito seas", su único pensamiento que repetía una y otra vez.
Su propio calvario fue culpa del inconsciente de su hermano. Su mente retrocedió a la mañana del día anterior. En la oficina de Ana Rivas.
En ese momento no se encontraba presente Marifé, lo que era una buena noticia. Cuanto menos la veía, más le alegraba el día. Sin pensarlo, cogió el pomo y lo giró. Se detuvo en seco cuando oyó una voz que no pertenecía a Ana. Iba a cerrar la puerta, no queriendo interrumpir la reunión. Pero se sorprendió al comprobar que la voz le resultaba familiar. ¡Era su propio hermano! Se preguntaba qué demonios hacía ahí, sin que ella tuviera conocimiento. "Ah, claro, por esto, va tan mudado."
Recordó cuando a primera hora de la mañana le preguntó extrañada por el elegante atuendo, sin decir que se echó litros de colonia que le hizo arrugar la nariz. Alfonso, de pie, tomando una taza de café, le respondió con aire ausente que tenía una cita con un agente. A oídos de Teresa no sonó muy convincente pero no quiso darle más vueltas al asunto. No tenía tiempo para hacerle un apropiado interrogatorio, dado que debía ir inmediatamente a los Almacenes Rivas.
"La cita era con Ana Rivas, patán." Miró a su alrededor comprobando que no pasaba nadie. En cuanto se aseguró, acercó el oído a la puerta entreabierta.
- … el Fin de Año? - preguntó Alfonso.
- Nada especial. Cenaré con mis padres y una pareja de amigos en un restaurante.
- Anda, qué casualidad. Comenté a Teresa que quería invitarlos a una cena para celebrar la despedida del año. Pero duda porque ya sabes, es muy... - Paró como si estuviera tomando un momento tratando de encontrar la palabra adecuada. -... de intimidades. No le van mucho los restaurantes. Quiero decir, que creo que está pensando en una cena íntima con Héctor. Por lo tanto, no pretendo molestarlos.
"¡Qué diablos está diciendo! Está diciendo una sarta de mentiras." Alfonso nunca los había invitado. Teresa fue quien le dijo de celebrarlo con Héctor y con él en su casa. Sentía la sangre hirviendo.
- Oh... - Notó cierto titubeo en la voz de su amiga. Teresa casi podía oír la mente de su hermano trazando el último plan que estaba a punto de dar frutos. - ¿Te apetece unirte a nosotros? No creo que les importara una persona más.- Dijo educadamente.
"Mentira, mentira." Y tanto que ocasionaría grandes molestias y futuras úlceras a sus padres, los señores Rivas. Se indignó cuando escuchó la respuesta de su hermano que apenas podía regocijarse de su propio éxito.
- Oh, no quisiera molestarlos. Pero creo que haré un enorme favor a mi hermana si me pierden de vista.
- Pues asunto resuelto.
"Guapo, ya verás lo que te pasa por ser un embustero." Abrió la puerta.
- Doña... - Se calló súbitamente, haciéndose la sorprendida. - ¿Qué haces, Alfonso? No te esperaba aquí. - Sintió un gran placer mórbido cuando percibió culpabilidad en los ojos de su hermano.
- Ah... hola... Pasaba por aquí. - El cobarde de su hermano no tenía las agallas de verla a la cara mientras hablaba.
- ¿Pero y tu cita? Sí que se ha acabado tan temprano. No me digas que otra chica te ha dado calabazas. - Habló en un tono ligeramente burlón. Apretó la carpeta contra su pecho, conteniendo las ganas locas de echarse a reír cuando su hermano se estremeció como si hubiera recibido un jarrón de agua fría.
- ¡Qué cosas dices, hermanita! - respondió, tratando de sonreír. - Acabó antes porque al redactor le surgió un contratiempo que le impidió asistir a la cita. Ya sabes que la prensa me persigue a todas las horas si no les concedo una entrevista. - "Hermanito, acabas de delatarte", pensó mentalmente.
- ¿Pero no era el agente con quien te citabas? - se hizo la inocente.
- ¿Qué? - preguntó desconcertado. Su expresión dio paso a miedo al percatarse de su error. Se corrigió rápidamente, recuperando muy a duras penas la compostura. - Ah, seguramente me entendiste mal.
- Ah, seguro. Cosas de mañanas que no me dejan del todo despejada. - contestó casi mofando. El cateto de su hermano era lento de reflejos que no captó la burla. - Bueno, aquí tienes la carpeta. - encaminó hacia la mesa de su amiga, dándole la carpeta.
- Gracias. Por favor, siéntate. - pidió Ana. Teresa no puso reparos. Cogió el asiento al lado de su hermano, ante la mesa de oficina. - Acabo de invitar a tu hermano para la cena de mañana. - explicó.
- Caray... - Su hermano la acalló, adelantándose rápidamente.
- Espero que no te importe. Creo que es lo mejor. Así podéis celebrar solos. Y en intimidad. Quiero decir, que es una noche especial. - Alfonso hablaba a trompicones.
- Gracias por tu consideración. Pero nos encanta tenerte, Alfonso. - habló fingidamente apenada. - Si querías cenar afuera, me lo tendrías que haber dicho. A Héctor no le importaría.
- Mujer, no te tomes tantas molestias conmigo. - insistió Alfonso, todavía nervioso por miedo a verse delatado ante Ana, el objeto de su interés
- Que no. - negó con terquedad. Sus palabras estaban trabajosamente calculadas para obtener de Ana la reacción esperada. ¡Finalmente llegó! Se tuvo que reprimir una sonrisa cuando leyó la intención en las facciones de su amiga. ¡Sabía que caería! La diplomacia era una virtud de su amiga, pero también el talón de Aquiles que la hacía incapaz de dejarlos en un compromiso.
- Podemos hacer una cosa. - comenzó Ana. Ambos hermanos la miraban con expectación. - Teresa, si te parece bien, podemos cenar todos en el restaurante mañana. Con mis padres y con Rosa y Arturo.
"¡Rosa! Madre mía, con lo que tengo que pasar por este infierno..." Suspiró mentalmente.
- No hace fal... - saltó Alfonso pero Teresa se le adelantó.
- ¡Ah, fantástico! - Aceptó, más entusiasmada de lo que estaba. Agarró la mano de su hermano. - ¡Cuánta más gente, mejor seremos! Es lo que dices siempre, ¿verdad?
- Ah... sí... sí... supongo. - Alfonso se le veía abatido pese a que intentaba ocultarlo.
"¡Maldito seas!" pensó de nuevo.
Alfonso, que sentaba a su lado derecho, dedicaba fervorosamente su atención a Ana Rivas. Era un viacrucis desde que aceptó la invitación de Ana.
Primero, afrontar la ira de su esposo al enterarse del cambio de planes. Segundo, buscar un vestido apropiado para la ocasión. Tercero, los zapatos de tacón la estaban matando. Lentamente. Cuarto, la arpía de Rosa no paraba de sonreírle como una maníaca. Quinto, los señores Rivas parecían estar tan felices como ella (irónicamente). Sexto, el inconsciente de su hermano sólo parecía tener una actividad que le ponía de nervios: ejercer de pulpo sobre Ana. Séptimo, la cena estaba siendo tan tensa que se podía cortar con el cuchillo.
Pasaría toda la noche enumerando los puntos sobre los inconvenientes que le hacían arrepentirse enormemente de la decisión tomada.
"Ya no hay marcha atrás. Por suerte, sólo quedan dos o tres horas para irnos a casa." Bufó resignadamente mirando el reloj de pulsera. Marcaba las once y media. Aburrida, estudió la decoración.
Se encontraban en el restaurante más lujoso de Madrid. Si las circunstancias hubieran sido otras, habría disfrutado de la magnífica decoración que adornaba la sala compuesta por varias mesas redondas. En el centro del techo, se colgaba una enorme y majestuosa lámpara de araña. La luz filtraba a las bellas piedras hábilmente trabajadas, produciendo un caleidoscopio de luces en varias direcciones. Las paredes eran de papel blanco de flores doradas, proporcionado una impresionante sensación de luminosidad y espacio. Las mesas eran redondas, adornadas con blancas manteles pesadas, servilletas dobladas en forma de cisne, una hilera de cubiertos resplandecientes y un bello centro de rosas rojas, cuyo aroma impregnaba al ambiente. Los camareros estaban impecablemente vestidos con una chaqueta blanca, una camisa blanca perfectamente planchada, un chaleco blanco ceñido a la cintura, una pajarita negra y unos pantalones negros combinando con unos zapatos negros tan brillantes en los que uno podía verse a sí mismo. Ni se veía un mechón rebelde de cabello fuera de lugar, bien alisados hacia atrás. A su atuendo elegante, se añadía un posado serio pero afable. Andaban en círculos, como un enjambre cuyos movimientos estaban perfectamente estudiados y trazados.
En el fondo, estaba la orquesta, cuyos miembros se vestían de forma similar que los camareros. La música era clásica, suave, agradable, rítmica.
Esa noche, en la sala, se encontraba la flor y la nata de la sociedad madrileña. Burgueses, políticos, empresarios, militares, intelectuales. E incluso, eclesiásticos.
- … Eh, no quiero más. - La determinación en la voz de Ana atrajo su atención. Teresa observó que su amiga tapaba con la mano la copa, impidiendo que Alfonso la llenara de nuevo.
- La noche es joven. - Insistió Alfonso, enseñando una sonrisa blanca, muy seguro de sí mismo creyendo que conseguiría su meta. Pero no conocía bien a Ana como Teresa la conocía. Sabía que cuando quería, Ana podía ser muy firme.
- No insistas. - Ana zanjó el asunto, con una mirada tajante que hizo disuadir de todo intento a Alfonso.
- Vale, vale. Pues beberé en honor de usted. Por vuestra exquisita compañía. - Alzó la copa, sonriente. Ana le respondió con una leve sonrisa. - Me alegro de que me brindes la oportunidad de despedir el año para disfrutar los primeros minutos de un año nuevo y prometedor contigo... - "¡Dios Santo, qué empalagoso es mi hermano!" Teresa pensó airada. -...con mi hermana y con mi cuñado. Con ustedes. - Añadió, levantando la copa junto con una leve reverencia. "No estás siendo demasiado sutil." pensó Teresa.
De pronto, un brazo musculoso rodeó sus hombros, apretándola contra el pecho de su hermano. Teresa levantó la vista. Se encontró en un vorágine de sentimientos que se reducían a dos emociones: afecto sincero y celos enfermizos. La presión de la mano sobre su brazo aflojó para dar un puño amistoso en el pecho de Héctor.
- ¡Cuñado! Levanta esa copa, anda. No quiero brindar solo. - instó Alfonso.
Volteó la cabeza. Observó la resignación amigable en las facciones del hombre rubio. Por un instante, las miradas de Teresa y Héctor cruzaron. Era suficiente para que apartara la vista. No podía soportar ver el amor sincero sin reservas que sentía por ella... Un aguijonazo de dolor (y de culpabilidad) la atravesó en el alma. Seguía amándolo... pero sin pasión. Una buena esposa no debería sentir por nadie más que por su esposo. Una buena esposa debería tener como la base de su mundo a su esposo. Cuidándolo. Amándolo. Protegiéndolo. Respetándolo.
Sin terceros.
Día a día Héctor irradiaba de felicidad desde que le anunció que estaba lista para formar una familia
Habría compartido su felicidad si no albergara sentimientos hacia otra persona. Su corazón se encontraba dividido entre Héctor y Ana, los más importantes de su vida. Pese a los resentimientos, eran unas grandes personas.
Francamente, Teresa se sentía afortunada por tenerlos a ambos.
"No se puede tener todo. Todo tiene un precio." Una vocecilla le recordó.
Teresa se limitó a sonreír afectuosamente junto con un encogimiento de hombros, haciéndole saber que era todo inútil huirse del entusiasmo de su hermano. Héctor como respuesta le sonrió a la vez que levantó la copa. Se oía un ligero entrochocar de las copas.
- ¡Eres el mejor cuñado que podría haber tenido uno! - declaró enérgicamente Alfonso.
- Eh, no os vayáis a quedar con toda la diversión. - protestó Arturo, levantando ligeramente del asiento para brindar con ellos. - Por nosotros, los hombres más afortunados del mundo que tienen a las más hermosas esposas del firmamento.
- ¡No seas exagerado! - Rosa dijo entre risas. Plantó un beso casto en la mejilla rasurada de su compañero sentimental.
- Oyeeeeee, que hay un error en tu declaración, Arturo. Recuerda, no tengo esposa. Aún no. - Alfonso insinuó, sin dejar de mirar a Ana. Ésta lo miró divertida, sacudiendo la cabeza. - Por lo tanto, brindemos también por el hombre más afortunado del mundo por tener como compañía a la mujer más hermosa del... ¿cómo era, Arturo?... - se detuvo Alfonso. - Ah, eso, del firmamento.
Repitieron el brindis, salvo Héctor. Como era de suponer.
- Secundo a Rosa. Sois desde luego unos exagerados. Pero os lo perdonamos. - Ana se mofó, fingidamente compungida.
Alfonso soltó el brazo que tenía abrazado a Teresa. Se acercó a Ana. Cogió sin previo aviso la mano femenina y la besó.
- Vuestra sabiduría me enternece. - habló tan solemnemente que hizo reír a Ana y a la pareja de amigos.
Los señores Rivas lo echaron una serie de miradas nada amistosas. Si las miradas mataran...
Teresa apartó los ojos. No podía soportarlo. Casi se pegó un brinco cuando sus ojos se encontraron con los de Encarna. La miraba con la vista entrecerrada. Como si estuviera estudiándola.
Tanta cautela echada a perder, evitando a lo largo de la noche mirar a la cara los señores Rivas, que se encontraban frente suyo.
Los ojos sagaces de Encarnación Llanos la ponían los nervios de punta. La doña Encarna tenía una habilidad: sin que se diera cuenta el habitante del cuerpo, podía abrir el libro de su alma sacando a la luz los secretos guardados con mucha celosía.
Teresa desvió la vista. Inquieta, cogió la copa de vino y lo bebió de un trago.
- Es simpático tu hermano. - Teresa giró la cabeza hacia la voz. Puso la cara neutral mientras la arpía de Rosa se terminaba de tragar un bocado. Estaba sentaba al lado izquierdo de Héctor. - Lo conocía en las tierras americanas. Ya sabe, es algo inevitable que todos los personajes conocidos acabaran en el mismo terreno. - Al menos tuvo la modestia de no decir "las estrellas", pensó sarcástica. - El mundo es más pequeño de lo que pensamos. Quiero decir, que de algún modo todos tenemos alguna conexión con todos, hasta con el allegado lejano. Como vosotras, quiero decir, no como cuñadas – Enfatizó lo último, haciéndose la ingenua. - Es decir, si se para a pensar bien, conocí a Alfonso sin saber que es el hermano de usted, que a su vez es la esposa de Héctor, quien es el hermanastro o lo que sea de Ana Rivas - Por el rabillo del ojo, Teresa notó la fugaz expresión sombría de su esposo - ... quien a su vez es mi amiga. ¡Es un círculo loco! - Se echó a reír.
- Casualidades. - contestó sin un atisbo de emoción.
- Lo dudo. Quizás usted pensará que peco de romanticismo cuando le afirmo que es cosa del destino. - Al acabar, esbozó una sonrisa felina antes de meter otro bocado, ignorando por completo las miradas venenosas que Teresa le echaba. - Arturo, por favor, lléname la copa. Ese plato está delicioso.
Los nudillos estaban blancos, apretándose con fuerza los cubiertos. Hizo un enorme esfuerzo para controlar la ira que le hervía en la sangre, a sabiendas que no era la noche para escándalos. Así optó por ignorarla, metiendo un bocado en la boca. Tuvo que estar de acuerdo con el comentario de Rosa. Pese a no tener apetito, el menú era exquisito. Miró ceñuda al causante de la falta de apetito.
Su hermano.
Y Ana, quien no dejaba de reír de los chistes malos de su hermano.
En el fondo del alma, sabía que la única culpable de su estado actual era únicamente ella misma. Si bien pensándolo fríamente, era una situación natural. Un hombre soltero y una mujer divorciada aún en la flor de la vida estaban destinados a conocerse. Más cuando eran de algún modo allegados políticos. Pero aún así...
El corazón no entendía de razones.
- Antes de que se me olvidara. - dijo de súbito doña Encarnación.
Todos la miraron curiosos. En toda la cena no había abierto la boca, salvo para intercambiar diálogos con don Ramón y con algunos conocidos que también celebraban en el mismo restaurante. La doña rebuscaba el bolso y sacó un sobre. Se lo extendió a su hija, no sin echar antes una rápida mirada a Teresa.
- Hace tiempo que un viejo conocido pasó por la Villa Fortuna. Me explicó que hizo una limpieza en el trastero, sacando polvo a las cosas olvidadas... Y entre las cosas olvidadas, una se encuentra en este sobre. Consideró que te gustaría tenerla. Se disculpó por no haberlo hecho antes. - Alegó con un aire misterioso.
Teresa no pudo evitar de pensar que había algo extraño en todo. Que había algo más bajo ese sorprendente gesto de cordialidad. Hasta a Ana se le notó un poco desprevenida.
En silencio, su amiga abrió el sobre y sacó lo que parecía una fotografía. De súbito, se le escapó una exclamación de sorpresa y alegría que más de un comensal giró la cabeza a modo reprobatorio.
- Pero madre... esto... ¿quién? ¿cómo? - preguntó perpleja.
- Primero de todo, haz el favor de comportarte como una señora. - Replicó con voz gélida. Ana la ignoró, aguardando expectante la explicación. - Me contó que hacía de fotógrafo ocasional. Y da la casualidad de que también estuvo en esa noche, de la cual no teníamos conocimiento.
- Encarna, los jóvenes cometen alguna locura de cuando en cuando. - salió en defensa Ramón, lanzando un guiño conspiratorio a su hija.
Teresa no era la única que se moría de curiosidad por saber qué había en la fotografía que parecía haber atrapado toda la atención de Ana. Y más cuando quedaba el interrogante de por qué entregarle una fotografía justamente en la noche del Fin de Año. En vez de dársela en privacidad en cualquier otro día.
Era algo que se le escapaba del entendimiento
- ¿Me permites echar un vistazo? - pidió Alfonso.
Ana asintió positivamente, alargando la foto sin soltarla. Alfonso se acercó. Su expresión experimentó una reacción similar pero menor a la de Ana.
- Caray, caray, los secretos tarde o temprano se acaban descubriendo. - dijo atónito.
Teresa consideró que aquel comentario era peculiar. Pero no se acababa ahí. Se espantó cuando su hermano levantó la vista y la clavó en ella escudriñándola como si no acababa de reconocerla.
- ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? - espetó, a la defensiva.
- Hermanita, hermanita... - dijo en tono burlesco. Alfonso arrebató de las manos de Ana la foto y se la entregó.
Teresa frunció el ceño. Bajó la vista. Nada más ver la fotografía, no pudo reprimir un leve gemido de asombro que emergió de la garganta. Su mente se cerró por completo, aislándose de todo sonido, de toda imagen. Se encontró viajando por el túnel del tiempo hasta aquel verano... cuando descubrió la existencia de la heredera de la fortuna Rivas.
Ana Rivas en todo su esplendor. Con sus rizos rebeldes. Con su sonrisa seductora. Con sus ojos embrujadores. Con un cuerpo grácil que parecía contonearse insistentemente. Aquella joven que enamoraba irremediablemente a los hombres. De todas las edades.
Una reina del enjambre.
Esa Ana Rivas de la fotografía no estaba sola. A cada lado suyo, estaban las dos personas que causaron un gran impacto en su vida. Al lado derecho de Ana, se encontraba Pedro Fuentes que se convertiría en su esposo y el padre de la maravillosa Alicia. Y a la izquierda, estaba ella. Teresa García Guerrero, totalmente hechizada por el encanto de Ana pero ignorante del verdadero alcance de sus sentimientos.
Fue aquella noche que cambió la vida de tres personas.
No, de cuatro personas. Incluyendo a Héctor.
No podía despegar los ojos de la fotografía en que aparecían los tres, todos sonrientes y felices, en medio de la verbena. En plena oscuridad de lo que sucedería en las horas próximas.
Inconscientemente se agarró con una mano el pecho donde residía el corazón. El dolor la atenazaba, inmovilizándola. Una sacudida en su hombro la hizo despertar del trance.
- Ey, vuelve a la tierra. - habló Alfonso, riéndose. - Muchos recuerdos buenos, me imagino.
Lo miró parpadeando varias veces. Cuando se le aclaró la mente, repasó las caras de los presentes.
Héctor, mirándola sombrío, a través del velo del humo que subía danzante del cigarro en los dedos. Teresa trató de sonreír en vano, apartando la vista no pudiendo más con el escrutinio. Vio a Rosa, con la mandíbula apoyada sobre la mano. Le sonreía. Extrañamente, sin malicia. Con una pizca de compasión. Al lado de la actriz, estaba Arturo, desconocedor de las complejidades del asunto. Los miraba curioso. Luego, estaba don Ramón, fumando en silencio, estando en otro mundo. Algo habitual en él.
En vez de bajar la vista, algo le instaba a continuar el recorrido visual. Sentía la garganta oprimida cuando notó el peso de la mirada de doña Encarnación. Se miraron larga y tendidamente. La expresión de la doña era imposible de descifrar, pese a los ojos sagaces que la atacaban sin tregua. Parecía decirle "Lo sé todo". Aunque por sí misma no podía corroborarlo. Un estremecimiento recorrió la espina dorsal. Estaba aterrorizada.
El hilo invisible que la encadenaba a doña Encarnación se quebró cuando una voz aguda y sonora del fondo anunció que quedaba cinco minutos para dar las campanadas. Bajó la vista, intentando sosegar el corazón que latía desbocado.
- Camarero, por favor, llenad las copas. - Alfonso pidió a gritos.
No era el único inquieto. En las otras mesas reinaba un ambiente parecido. De pronto, se llenó de anticipación, nerviosismo, emoción. El último día del año 1963 cerraba la página del libro para continuar escribiendo otro libro repleto de páginas en blanco con nuevos propósitos, nuevas memorias y nuevos desafíos.
En cuanto hubieron abierto las bolsas de uvas, anunciaron que sólo quedaba dos minutos, recordándolos que debían formular mentalmente los deseos.
- Vaya, me supone un problema porque... - declaró Arturo. Su cabeza giró hacia Rosa. - Tengo mis deseos cumplidos. Ahora mismo sólo deseo estar a tu lado, mi amor.
- Cariño, no vale ese deseo si lo dices en voz alta. - recordó Rosa cariñosamente, acariciando la mejilla. - Por mi parte, sí tengo deseos. Una mujer nunca se conforma.
- Usted me acaba de herir mi corazón de cristal. - simuló estar compungido.
"Dios santo, los profesionales de la farándula ni siquiera pueden dejar de actuar fuera de los escenarios." pensó Teresa.
- Teresa. - Llamó por su nombre. Levantó las cejas a modo interrogante a su esposo. - No hace falta saber cuál es mi deseo. - Héctor, su caballero rubio, sonrió tan dulce que el corazón de Teresa se rompía en pedazos. "Por favor, no me digas más. No puedo. No puedo." Héctor se acercó y habló al oído. - Te quiero.
Aquello era demasiado. Se aferró al hombro de Héctor, reprimiendo todo cuanto pudo para no sollozar. El esposo la abrazó tiernamente y plantó un beso en la cabeza.
- Lo sé, lo sé. - Teresa repitió con los ojos apretados sobre el hombro.
- Teresa, sólo quedan unos segundos. Venga, a comer uvas. Y no te me ahogues. - bromeó Héctor.
Teresa asintió, separándose. Hizo unos ejercicios de respiración para recobrar la serenidad. Cogió la bolsa y con otra mano acercó la uva a la boca en espera de oír la primera campanada.
- Ana, espero que el nuevo año con tu permiso me conceda la oportunidad de cortejarte. - Teresa oyó a su hermano murmurando en voz baja a Ana.
Se quedó paralizada, apretando la bolsa tan fuerte que más de una uva se reventó. No se percató de que ya sonó la primera campanada. Un ligero empujón de Héctor la hizo despertar del trance, avisando que debía tomar las uvas. Pese a que el corazón de Teresa no respondía, el cuerpo se encargó del resto. Como una autómata, la mano metía cada uva en la boca. Ni siquiera se percató de que la última campanada sonó. Estuvo muy lejos de acabarse de tomar las uvas.
Se asustó cuando se vio engullida por los brazos de su hermano, deseándole con entusiasmo un feliz año nuevo. Le devolvió el abrazo, en silencio. A través del hombro, vio a Ana mirándolos con una expresión extraña. Una sonrisa oscilante que no encajaba con los ojos tristes. No le dio tiempo para descifrarlo, dado que Ana apartó la vista, yendo a abrazar a sus padres. Teresa bajó la vista, sintiéndose rechazada. Sus ojos resbalaron accidentalmente sobre la fotografía que todavía permanecía en el mismo sitio donde la dejó.
Había algo que antes le pasó inadvertida.
Sus ojos se abrieron como los platos. ¡Qué idiota era!
En la fotografía, el rostro de Ana hablaba por sí solo. Cogidas por la cintura, con Teresa mirando a la cámara, Ana tenía la cabeza media girada en dirección a ella.
Mirándola abajo con devoción como si fuera el objeto más preciado que tenía.
Era una mirada que normalmente era reservada para los amantes.
Sintió revivir la llama de la esperanza en su alma. La llama se extinguió de inmediato cuando su hermano la pasó a los brazos esbeltos de su dulce esposo. Héctor Perea. El hombre plantó un beso casto en sus labios. Ella, vuelta a la realidad, fue incapaz de responder al beso, limitándose a murmurar un "feliz año".
Fue cuando el terror le invadió, no pudiendo digerir las posibles implicaciones de lo que acababa de ver en los ojos de Ana.
Tristeza.
Y no era sólo esto. Había algo más... en la actitud de Ana. A lo largo de la noche la notó lejana. Distante. Lo achacó a la incomodidad.
"Es como si te estuviera diciendo adiós." La voz subconsciente le murmuró.
Era imposible, lo sabía. Pero presintió que debía hacer algo con ese asunto. No sabía cómo. Sólo sabía que debía hablar con Ana.
Se separó bruscamente de Héctor, buscando con la mirada a su amiga. No la encontraba. Los señores Rivas y la pareja de actores estaban un tanto ocupados devolviendo las felicitaciones a numerosas caras conocidas que se acercaron a la mesa. Dijo a Héctor que debía ir al aseo. Era un pretexto para irse de ahí, en busca de su amiga. Se adentró en el centro de la sala, que se inundó de personas felicitándose, abrazándose, bailando. El ruido y la lenta lluvia de confeti dificultó sus movimientos, recorriendo toda la sala.
Continuaba sin encontrarla.
En un momento dado, se le surgió de pronto una lista de preguntas que casi la marearon. "¿Qué harás cuando la encuentres? ¿Qué dirás? ¿La verdad?". Sencillamente, no tenía ninguna respuesta. Sólo sabía que tenía que encontrarla... Y... también que se moría de ganas de abrazarla y perderse en ella para siempre. Pero gran parte de ella todavía estaba llena de incertidumbre, estando segura de que aquello que había visto en la fotografía sólo era una ilusión engañosa que había creado su mente traicionera.
La esperanza podía dar aliento y... también desilusión.
Con los hombros caídos, regresó a la mesa. Héctor y Alfonso no estaban presentes. En ese instante, sólo estaba Arturo sentado. Ligeramente separados de la mesa, los señores Rivas charlaban con una pareja de ancianos.
- ¿Dónde están los demás? - Preguntó, tras coger el asiento.
- Héctor y Alfonso han ido a la barra. Volverán enseguida. Y Rosa... - se paró en seco cuando los ojos negros se entrecerraron, con la vista fija en un punto detrás de Teresa. De pronto su rostro se iluminó. - Mira, aquí viene.
Ni se molestó a girar. Era la última persona a quien quería ver. Rosa se acercó. Se le veía algo apurada. La actriz se apresuró a coger su bolso... y el de Ana.
- ¿Qué pasa? - preguntó preocupado por el aspecto frenético de Rosa.
- Nada, cariño. Es que... - Se calló como si se acabara de percatarse de que no estaban solos. Se dio media vuelta y miró ceñuda a Teresa sin pronunciar palabra alguna. Pero Teresa no requería de dotes adivinatorias para saber que no era santa de devoción de la actriz. La mirada era hostil. Pero la sorpresa era que las facciones de la actriz se suavizaron, exponiendo muestras de cansancio. Meneó la cabeza a modo de lástima antes de volverse a Arturo. - Querido, debo irme. Puede que tarde. ¡No te levantes, por favor! Volveré.
- Pero... - A Arturo lo dejó con la palabra en la boca cuando Rosa echó a andar rápidamente, desvaneciéndose entre la multitud.
El instinto de Teresa la apremiaba a seguir el camino de Rosa.
- Arturo, ahora vuelvo. - Se levantó de pronto, dejándolo solo y sin olvidar de coger su bolso de mano.
No se percató de que había un par de ojos siguiéndola. Estaba muy ensimismada con la reacción extraña de Rosa. Sin decir de un detalle importante. Que Rosa agarró el bolso de Ana. Eso sólo podía significar una cosa.
Que la actriz iba al encuentro con Ana.
Más de una persona protestó por los empujones nada amistosos de Teresa. Pero no tenía tiempo para disculpas apropiadas.
Al fin, logró atisbarla. Rosa estaba en la recepción. La alcanzó casi corriendo. Agarró el brazo de Rosa por miedo a una nueva huida.
- ¡Eh! - clamó, más por sorpresa que por ofensa. Una vez recuperada de la sorpresa, se zafó de la mano. - No quiero hablar con usted.
- El deseo es mutuo. Pero sé que está con Ana. - Rosa trató de negarlo pero una mirada venenosa la hizo cerrar bruscamente la boca. Teresa dejó a un lado el resentimiento para ponerse con el asunto que le preocupaba. - ¿Qué le pasa? - Su voz se tiñó de preocupación y alarma. Pero Rosa seguía ignorándola. Por algún motivo desconocido, era un asunto de vida y muerte para ella. Algo le decía que debía encontrar Ana a toda costa. - Por favor. Dímelo. - Suplicó.
Rosa por fin se dignó a mirarla. Confusa. Sorprendida. Recelosa. Probablemente se debía al hecho de que jamás la había oído hablando con algo que no fuera sarcasmo, rabia contenida y disgusto. En su voz había desesperación.
Detestaba exponerse de ese modo a esa arpía, pero en ese momento Ana estaba por encima de todos.
- Por favor. - repitió.
La actriz abrió la boca y la cerró bruscamente. Se le notó algo dubitativa, sin saber qué hacer. Teresa podía adivinar el dilema con el que Rosa estaba afrontando.
La lealtad hacia Ana.
O traicionar la lealtad por el bien de Ana.
Tras unos segundos, al fin anunció:
- Está en el coche. Esperándome. Está algo indispuesta. Quiere volver a su casa.
Teresa soltó aire que había estado conteniendo sin darse cuenta. Su mente trabajó a toda velocidad, trazando su estrategia.
- Deja que sea yo quien la acompañe. No acepto un no. Di a Héctor que la acompaño a casa. No sé si volveré. Pero dile que no se preocupe por mí. Y que no deje solo a Alfonso.
- Ana no... - empezó Rosa, poniendo resistencia.
- Ana lo entenderá. Le explicaré que a usted la he obligado a quedarse para irme en su lugar con ella. - insistió.
Rosa giró los ojos a modo de exasperación, rindiéndose.
- Usted gana. - cruzó los brazos, frunciendo las cejas en gesto amenazante. - Le advierto que si le hace daño, le haré la vida imposible que le hará lamentarse toda la vida. Se lo prometo.
En un principio se sintió ofendida. Pero olvidó enseguida de ello cuando divisó algo en los ojos de Rosa.
Algo auténtico.
¡Cuán equivocada estaba!
La lealtad de Rosa hacia Ana no era postiza ni interesada, como venía pensando desde que Ana la presentó.
Era una buena amiga.
Teresa movió la cabeza en gesto afirmativo, prometiendo sin palabras que haría todo lo que pudiera en sus manos para no dañarla. Rosa pareció contentarse con ello.
- Señorita, por favor, traednos los abrigos. - Le alargó el ticket. Miró a Teresa, aguardando que le diera el suyo. Se lo entregó. - Aquí tiene los números.
La encargada de la guardarropas no tardó en volver con los abrigos. Un chal de vison y un abrigo de lana. Teresa los cogió, dándole las gracias. Rosa y Teresa se despidieron con una sacudida de la cabeza, sin perder tiempo.
En cuanto se puso el abrigo de lana, un botones abrió la puerta deseándole un feliz año. Teresa salió devolviéndole la felicitación. Se paró, sonriendo al identificar el coche donde esperaba Ana, ignorante de todo lo sucedido. Pero el chófer la vio. Era Dionisio, de pie. Pareció sorprendido pero se abstuvo de decir nada. Supuso que el mayordomo esperaba a la actriz en vez de a ella. Teresa bajó los peldaños de la escalinata. El hombre de estatura elevada abrió la puerta del coche, dejándole el paso.
Teresa entró con la cabeza agachada. Sonrió para sí misma cuando vio a una Ana asombrada, cuyos ojos parecían salir de la órbita. Sin palabras, Teresa le pasó el chal. Ambas notaron la ligera sacudida en el coche, indicando que el mayordomo había entrado, listo para arrancar.
- Pero... - balbuceó Ana. Teresa levantó la mano silenciándola mientras su cabeza giró en dirección al chófer.
- Dionisio, llevadnos a la casa de doña Ana.
- Sí, señora.
Era un recorrido incómodo. Por varias razones. Teresa tuvo la fuerte impresión de que Ana sabía por qué estaba ella en vez de Rosa. Pasaron la ruta en un silencio absoluto. Nada que ver con el ruido de las calles, iluminadas con decoración navideña. Estaban abarrotadas de gente, en especial, los jóvenes. Cantando villancicos. Besándose en público. Lanzando confeti. Armando jaleo.
Podía oler en el aire la felicidad. La excitación. La impaciencia.
- Ya hemos llegado, señoras. - anunció Dionisio, a punto de apearse.
- Espera un momento. Por favor, llévala a su casa. - se apresuró a decir Ana.
Teresa, demasiado atónita que no reaccionó al momento, no se esperaba esa respuesta de su amiga. Ana se puso el abrigo y se dispuso a salir sin mirarla. El sonido de la apertura de la puerta la hizo salir de la sorpresa. Arrugó la frente, algo molesta con la indiferencia de su amiga. Le surgió una idea. Sonrió para sí misma, sabiendo que su amiga no podría negarle la entrada. Debía darse prisa para anularle todo margen de maniobra. Salió a toda prisa del coche, asustando a Ana que estuvo a punto de chocarse contra ella. Asió con firmeza el brazo de la mujer alta, caminando sin pausa. Entraron en el interior del portal.
- Dionisio, entraré con ella. Me preocupa su salud. - Ana se dispuso a contradecirla, pero Teresa lo impidió. - Por cierto, ¿tiene familia, no? - Dionisio asintió con la cabeza, ligeramente confuso por el cambio repentino del tema. - Ana estará de acuerdo de que puede irse a celebrarlo con su familia.
Su amiga abrió la boca para cerrarla bruscamente. Sus hombros cayeron a modo de resignación.
- Puedes retirarte. Mereces estar con tu familia en un día como hoy. Les ilusionará tenerte.
- Pero los señores...
- Esta noche se alojan en el hotel. Mañana Segismundo los conducirá. No te preocupes. Gracias por traernos.
- A usted. - Dionisio hizo una ligera reverencia. - Les deseo un feliz año nuevo.
- Igualmente. - contestaron al unísono.
El mayordomo salió, dejándolas solas. Ana aprovechó la ocasión para apartar gentilmente el brazo de Teresa. Se miraron.
- En serio, no es necesario que subas conmigo. - insistió con terquedad.
- Me dijeron que estabas indispuesta. Me intereso por ti.
- Sólo necesito acostarme. Mañana debo... - Se detuvo en seco, bajando la vista. Teresa volvió a tener esa sensación extraña. Pero no tenía tiempo para pensar en ello. El tiempo no jugaba a su favor. Ana alzó la vista, musitando con voz algo resignada. - Bueno, no es nada. No te preocupes por mí. Ya me encontraré mejor.
- No me lo creo. Tienes una cara que hasta espantaría a los fantasmas si pasaran por aquí.
- ¡Exagerada! - dijo, pese a que se le escapó alguna risita. Aunque vacante de humor.
- Puede que un poco. Pero no me quedaré tranquila hasta que no te vea acostada en la cama.
- Jolín, eres peor que mi madre.
- ¡Por favor! ¡No me compares con ella! - Teresa puso una cara de trauma que sacó una carcajada sincera de Ana. - Vamos, subamos. Los zapatos me están matando.
- Y a mí.
Subieron por el ascensor y entraron en la casa de los señores Rivas. Colgaron los abrigos y dejaron los bolsos en la mesita del recibidor. Se sentaron en el sofá, rendidas por el cansancio. Teresa sacó los zapatos y masajeó los pies doloridos. Mientras tanto, Ana cubría los ojos con el brazo, con la espalda recostada sobre el sofá.
Teresa subió las piernas, doblándolas a un costado. Apoyó el brazo sobre la parte superior del sofá. Se contentó con mirar el perfil de su amiga, todavía con los ojos cerrados.
Esa noche estaba deslumbrante. Ataviada con un vestido de gala como requería la ocasión. De color negro brillante. De estilo griego, con el cuello halter dejando al descubierto los hombros, un cinturón joya plateada y brazalete al juego. Largo hasta los tobillos, insinuando con la silueta femenina. Llevaba un laborioso moño enrulado en la cima de la cabeza, con un flequillo muy corto.
En cambio, ella prefirió optar por un atuendo más discreto, pero no menos elegante. De satén azul marino, sin mangas, un escote palabra de honor, ceñido al torso dando paso a una falda de vuelo tocando las rodillas. El cabello estaba peinado hacia el costado, con un pequeño moño bajo en forma de espiral, adornado con una flor dorada.
Examinó concienzudamente los rasgos de Ana. Detectó una pequeña cicatriz casi imperceptible en el lado izquierdo del cuello. Hasta entonces no había caído en esa insignificante imperfección. Pero le pareció que esa línea blanca sólo la hacía embellecer más, proporcionándole un toque salvaje. Por un momento fantaseaba que era una de los pocos poseedores de ese secreto. Se disipó la fantasía cuando notó un movimiento en el sofá. Observó a su amiga separándose del sofá, poniendo los codos sobre las rodillas.
- Ahora mismo voy a llamar a un taxi para llevarte al hotel. Te estarán esperando. - Sin mirarla, Ana se levantó, encaminándose a la mesita donde había el teléfono.
- Pero...
- No. - replicó tajante. - Ya estoy bien. Ahora mismo me iré a acostar. Gracias por preocuparte por mí. Pero no es necesario que te quedes. - Tecleaba los números del teléfono, de espaldas a Teresa.
Teresa se enfureció. Sabía muy bien lo que pretendía su amiga.
Huir.
Algo que ambas habían estado haciendo tantos años. No estaba dispuesta a continuar la estela de su amiga, diciendo a sí misma que debía poner fin al juego al cual habían estado bailando.
Para bien o para mal.
Se acabó con marear tanto la perdiz. Se levantó, dirigiéndose a toda prisa hacia su amiga, que estaba a punto de formular la petición. Le arrebató el auricular y lo colgó.
- No. - desafió, mirando ceñudamente a una Ana sorprendida.
- ¿Qué te ha picado? - le espetó, ceñuda.
- Debería ser yo quien te preguntara. ¿Por qué te has ido de ahí?
- No.. no entiendo... - se giró sobre los talones, con los brazos cruzados. De espaldas a Teresa. - Ya te dije que no me encontraba bien.
Supo que Ana se estaba protegiendo de la verdad, de la cual había huido durante tantos años. Teresa no estaba dispuesta a arrugarse.
Aunque la voz interior volvió a asaltarle, plantando otra semilla de incertidumbre en su alma: "¿No se te ha ocurrido que podrías equivocarte? ¿Si te equivocas, te arriesgas a exponerte a Ana? Ya no te mirará igual. Y no querrá tu amistad. Huirá."
Su cuerpo comenzó a temblar ante la idea. Cerró los ojos. Escuchó a su corazón, a la vez que trataba de ahogar esa voz. Recibió la respuesta. Sonrió. Supo que debía hacerlo. Con o sin amistad de Ana. Además... la fotografía era una señal de que podía ser correspondida.
"¿Señal? ¿Una señal de hace siglos? ¿Una señal que quizá ya no sirve de nada? La has perdido." La voz se jactaba.
Apretó los dientes. No. No. No. Ahora no. No puedo. No voy a rendirme. Ahora o nunca.
Abrió los ojos. Exhaló el aire. Soltó la mano del teléfono y andó hasta plantarse de cara a Ana. Su amiga, al verla enfrente, apartó rápidamente la vista.
- Te creía más valiente. ¿No eras tú quien decía que los retos no te asustaban?
Ana, todavía sin mirarla, soltó un bufido de resignación.
- Sigo sin entenderte. Pero deberías saber que tarde o temprano nos maduramos.
- Ah, o sea, madurar es para ti huirte... - provocó, esperando otra reacción que no fuera la evasión. Lo logró, minímamente.
- No te atrevas a decir eso de mí. - Ana giró bruscamente la cabeza, clavando los ojos en los de Teresa. Vio en ellos un torbellino de emociones. Furia. Pánico. Orgullo herido. - Te refresco la memoria. Fuiste tú quien... - Se cerró de forma abrupta la boca, cerciorándose de que estaba a punto de revelarlo.
- ¿Yo qué? - Teresa podía adivinar lo que pretendía decir su amiga. Pero prefería oírlo de la boca de Ana. - ¿Yo qué? - insistió, apremiándola con la mirada.
- Nada. - Se encerró de nuevo en la negación. - Me retiro, me duele la cabeza. Puedes quedarte si quieres. Tú misma. - Dijo inexpresiva, dándose media vuelta, con rumbo a su habitación.
No estaba dispuesta de dejarla ir. Quería verificar sus impresiones con la fotografía tomada en el concierto... que no eran meras ilusiones.
"¿Y si lo son?" parecía susurrarle al oído, floreciendo de nuevo las inseguridades. Pero, una vez más, no dejó embaucar por la voz viperina del miedo.
Decidida a llegar al fondo del asunto, Teresa cortó el paso a Ana, agarrando el brazo.
- No te muevas de aquí. - ordenó. Ana trató de sacudir el brazo. Teresa lo apretó con más fuerza, inmovilizándola.
- Me estás haciendo daño. - murmuró en voz baja, casi aterrorizada.
- ¿Por qué Rosa? - soltó, sin ser consciente de lo que acababa de decir. - Dime por qué ella. No yo. - repitió a lo bajo con miedo y dolor por partes iguales.
Le dolía ser rechazada pese a sus sospechas de que Ana albergaba algún sentimiento hacia ella. Todavía más con ese lenguaje corporal. Ya que... de lo contrario, no se habría ido despavorida del hotel. Justamente tras ver la foto y... el alma temblaba cuando unió todas las piezas.
Soltó el brazo, con los ojos abiertos de par en par.
- Dios Santo. Perdóname, perdóname, Ana.
- Yo... no te sigo... ¿Perdonarme? - balbuceó, atolondrada, sin moverse. Se frotó el brazo dolorido.
- ¡Qué ciega soy! - repitió una y otra vez, moviendo en círculos en el salón.
- Teresa, cálmate. - Ana se alarmó por la palidez facial de Teresa. Agarró por los hombros y tuvo que sacudirla mientras que Teresa no hacía más que repetir lo mismo.
- ¡Qué ciega he sido!
- ¡Teresa! - gritó Ana. Teresa por fin se acalló, mirándola sorprendida como si la hubiera visto por primera vez. - Cálmate, por favor. Lo mejor es que te tumbes. Buscaré una sábana.
La soltó, de camino a la habitación. Teresa seguía sin dar señal de reacción, aún digiriendo la revelación. Pese a reunir muchos indicios, conocer la respuesta definitiva de la verdad no dejaba de ser embriagador y vertiginoso.
"Me quiere. Me quiere. Se fue porque me vio abrazada con Héctor. Le hizo recordar... mejor dicho... creer que estaba lejos de su alcance. Me quiere de veras. No me ha olvidado... como yo a ella. La fotografía... esa noche... ha vuelto a unirnos." Concluyó anonadada.
¡Dios santo! De pronto comprendió el alcance de la tristeza de Ana. Vivía un calvario, atestiguando cada día cómo sus fantasías se esfumaban como la arena que se le escurría a través de los dedos.
Su matrimonio con Héctor era, para Ana, el sinónimo de los sueños imposibles.
Su boca formó una sonrisa tan amplía, de oreja a oreja. "Ya no es imposible." Pero su sonrisa se deshizo cuando se acordó de que estaban lejos de ser libres... Sacudió la cabeza varias veces, tratando de olvidar la triste realidad.
Abrió los ojos, buscando a Ana. Se llenó de pánico al no encontrarla. Echó a correr, saliendo del comedor. Se detuvo en seco al verla encaminando por el largo pasillo. El corazón le dio un vuelco al apreciar la silueta femenina, difuminada por la débil luz que emergía de las lámparas de pared creando una visión arrebatadora.
Lanzó un inaudible suspiro.
Supo que acababa de enamorarse por enésima vez.
Anduvo rápidamente hasta que alcanzó a Ana, antes de que ésta entrara en un cuarto. Asió un brazo, empujándola a la pared. Ana soltó un leve gemido más de espanto que de dolor.
- Me quieres. - No era una pregunta. Ana la miró aterrada, girando la cabeza hacia un lado. - Me quieres. - repitió. - Por esto te has ido de ahí. Porque... - Su voz se quebró. - me... quieres. Igual que... te... quiero.
Teresa notó el cuerpo de Ana temblando ligeramente. Se apretó contra su amiga, hundiendo la cabeza en el pecho. Oyó los fuertes latidos del corazón. Cerró los ojos, dejando que la calor de ambos cuerpos las envolviera.
- No tengas miedo. - susurró. - No tengas miedo... No de mí. - enfatizó las últimas palabras con voz rota.
Alzó la cara. Ana por fin se dignó a mirarla. Pasmada. Turbada. Espantada.
- No tengas miedo de mí. - suplicó, sin dejar de apreciar el rostro bello. - Por favor.
Se miraron la una a la otra. En silencio. Los ojos avellana de Ana se tiñeron de negrura, provocando una serie de ráfagas de placer y de miedo en la espina dorsal de Teresa. Su corazón sufrió un delicioso parón cuando unas manos esbeltas agarraron el cabello de atrás, empujándola hacia la boca de Ana.
Hacia el éxtasis. Hacia el fin del mundo. Hacia el resurgir de la vida.
Cerró los ojos. Sintió el aliento de Ana. No se percató de que su propio cuerpo temblaba... por anticipación a lo que vendría de inmediato. Los labios de Ana se sellaron sobre los suyos, con fuerza, con violencia, con pasión, con rabia. Se sintió mareada por la explosión de emociones que bullía en su mente, en su corazón, en su alma.
Gimió cuando la lengua experimentada adentró en la caverna bucal, lista para conquistarla.
Pero Teresa todavía quería más de ella.
La apartó de la pared, sin despegarse de los labios. Las manos atravesaron la espalda curvada de Ana, rodeándola sin mucha delicadeza y con las uñas clavándola. De la garganta de Ana, emergió un jadeo que a oídos suyos era la música más bella que había oído jamás. Ana se separó ligeramente, con el rostro a pocos centímetros. Teresa agradecía y maldecía la bienvenida del oxígeno, rellenando los depósitos de pulmones.
Se disponía a ahogarse nuevamente en los placeres bucales pero el rostro de Ana se apartó. Teresa la miraba herida por la reacción. Iba a abrir la boca pero lo que vio la impidió.
Ana parecía verdaderamente petrificada, dándose cuenta de lo que acababa de hacer.
"Oh, no, no, no. Otra vez." Pensó agitada.
Aprisionó con fuerza el cuerpo de Ana, no dándole tregua. Comenzó en pequeños atisbos la resistencia de Ana, tratando de desenroscar el abrazo. Gruñó pero Teresa ni se inmutó. Ambas forcejearon, golpeando, resistiendo. A Teresa no le importaron los golpes, centrada sola y exclusivamente en una cosa. Retenerla a toda costa. Empujó a Ana contra la pared, dejándola sin respiración debido al golpe que recibió en la cabeza.
- ¿Estás bien? - preguntó alarmada, aflojando la presión de los brazos. La respuesta que recibió fue otro gruñido de furia.
- ¡¿Qué quieres? - Ana gritó al fin, clavando con los ojos en los suyos.
Teresa trató de transmitir todo lo que sentía hacia esa mujer increí. Devoción. Deseo. Pasión. Locura. Las facciones de Ana se suavizaron, perdiendo gradualmente la rabia, dando paso a desasosiego y abatimiento.
- A ti. - murmuró en voz baja.
Esas dos palabras parecieron impactar a la mujer alta. Pese a estar pegada contra la pared, la impactó tanto que le sentó como una bofetada en plena cara, retrocediendo atrás la cabeza. Por mucho que detestara la idea, Teresa decidió darle espacio. Se separó de Ana. Bajó la vista, no pudiendo soportar la mirada de pánico. Se disponía a dar media vuelta pero una mano aferró su brazo, con tal fuerza que gimió de dolor.
- Lo tendrás. - bramó en voz desafiante.
Teresa se asustó tanto por esa respuesta pronunciada con tanto resentimiento que no reaccionó al principio cuando sus labios fueron asaltados de nuevo. Con rabia. Pero se olvidó de inmediato cuando la rabia se transformó en lujuria incontrolable. Enfrascada en el juego de abrazos y besos, no se percató de que Ana, sin despegarse de su cuerpo, la arrastró hasta adentrarse en su habitación.
Ni oyó el portazo que cerró con el impulso del pie de Ana.
Ni que se tumbaron en la cama.
Sólo notó las manos experimentadas recorriendo su cuerpo. Su cuello. Sus senos. Su vientre. Sus muslos. Y... la lengua hábil, hambrienta y húmeda hacía los milagros.
Cuando Ana había detenido su maestría de placer, Teresa abrió los ojos. Su nariz casi tocaba la de de Ana. Se miraron largamente. Bebiéndose en las profundidades de los ojos.
Teresa sonrió pletórica de felicidad, susurrando un "Feliz año nuevo" antes de sumergir en las mil y una maravillas de placer con Ana, apretándola contra sí misma.
El día siguiente. Año Nuevo.
Miércoles, 1 de enero de 1964.
Se movió en pos del anhelado calor. Tanteó y tanteó. En vez del calor, sólo encontró vacío y frío. Su mente todavía aturdida por el sueño tardó en procesar ese dato táctil. Finalmente se despertó. Gruñó cuando unos hilos de luz bañaron su rostro. Se refregó los ojos, a la vez que estiraba las piernas. De su garganta brotó unos gemidos de dolor... a decir la verdad, dolor satisfactorio. Pensó sonriente, rememorando su primera noche con Ana.
No podía describirla con palabras.
Simplemente era increíble. En todos los sentidos.
Tras vencer la timidez inicial, se entregó de pleno en el arte de amor con Ana Rivas. Suspiró soñadora, pensando en las fantásticas manos de su amante experimentada. "Y su boca sabe a la gloria".
Pese a que el cuerpo protestaba de dolor, tuvo unas ganas irrefrenables de sentir nuevamente el cuerpo de Ana sobre el suyo. Se incorporó, esperando verla. Frunció el ceño al no encontrarla. Sintió una pequeña punzada de decepción. Se fue al traste su esperanza de alargar el disfrute del placer...en la primera mañana del año con Ana.
Tampoco captó ningún sonido procedente del baño. Todo indicaba que había salido. Supuso que Ana no quiso molestarla. Teresa no se atrevió a llamarla por si había alguien más en la casa de los señores Rivas.
De mala gana, apartó las sabanas y se levantó de la cama. Cogió una bata recostada en una butaca y se la puso. Sonrió al comprobar que le era larga, tocando el suelo. Hizo un nudo con el cinturón. Se abrazó, oliendo el aroma de Ana impregnado en la bata de seda. Caminó descalza y sus pies toparon con unas prendas tiradas sobre el suelo. Las cogió y las dejó sobre la cama. Emitió un sonido semejante a una mezcla de diversión y resignación cuando supervisó el estado de su vestido. Anoche Ana, al no poder bajar la cremallera que daba guerra, lo desgarró sin miramientos. Pese a todo, le recorrió una oleada de placer a lo largo de la espina, reviviendo las sensaciones experimentadas cuando sintió la lengua en la piel desnuda.
Dejó el vestido junto con el resto. Encaminó hacia las ventanas. Descorrió las cortinas pesadas dejando que el sol matutino le diera la bienvenida. Era extraño en medio de la nieve. Y más en esas fechas. Pero aún así, no le importó dado que ese peculiar fenómeno climático encajaba a la perfección con su estado de humor. Sonrió para sí misma. Decidió que era hora de tomarse una ducha antes de que regresara Ana.
Al cabo de quince minutos, con la toalla atada a su cuerpo, peinó su cabello dejándolo suelto. Sus cejas arquearon cuando observó una pequeña marcha en el cuello. Se frotó. Todavía seguía ahí. Frunció el ceño, pensando cómo diantres había llegado esa mancha. De pronto, soltó una carcajada. "Dios Santo, cómo podía olvidarlo..." En medio de tanta embriaguez, una Ana inconforme con sólo hacerle el amor poseyó su cuerpo imprimiendo en ella huellas físicas. Desanudó la toalla. Se ruborizó al contar no sólo un solo moratón, sino unos tres... En los senos y en la parte interna de los muslos.
Le asaltó la imagen de Héctor.
Sacudida por el sentimiento de culpabilidad, tapó su desnudez con la toalla y se sentó sobre la bañera, tratando de reprimir las lágrimas que súbitamente suplicaban por brotar de los ojos.
"Cálmate, cálmate. Teresa. Ha pasado lo que tenía que pasar. Estaba escrito. Ya no hay marcha atrás." Se decía a sí misma. Por nada del mundo quería que Ana la viera en ese estado. Demasiado daño ya se habían hecho la una a la otra. Así que se miró en el espejo e hizo un esfuerzo para poner buena cara antes de salir del baño.
Todavía no había regresado Ana. Suspiró. Tenía unas ganas locas de abrazarla. Besarla. Pero por ahora debía vestirse. Se dispuso a coger el vestido con la cremallera arruinada cuando por el rabillo del ojo divisó algo en el tocador. Volteó el rostro. Observó que era un sobre. Se acercó. Se sorprendió al ver que el sobre iba dirigido a... ella. La letra le era familiar. Elegante, redonda, refinada. Lo cogió y lo abrió. Sólo contenía una pequeña tarjeta. Le dio la vuelta. Había dos frases.
Leyéndolas, su corazón le dio un vuelco. Muy aturdida por el mensaje, no se percató de que se le cayó la tarjeta. Sufrió un pequeño vahído pero logró mantenerse de pie al agarrar el tocador como apoyo. Se dejó resbalar hasta sentarse con las piernas pegadas al torso, formando un ovillo.
Los malos presagios que tuvo anoche se cumplieron.
Ana se fue.
Para siempre.
Cuando su mente registró esta revelación, sollozó balanceándose. No podía creerse de que se había ido... dejándola sola. "No. No. No. No puede ser. No después de lo que hicimos." Se negó. Sabía que no podía serlo. Lo que sentían la una hacia la otra era demasiado fuerte como para renunciarlo. Así sin más. "Debe ser una broma de mal gusto. Sí. Es eso." Se dijo.
Se levantó. Corrió hacia el armario. Abrió las puertas de par en par... Soltó un pequeño grito de incredulidad y dolor a partes iguales. El interior estaba vacío. Se tapó la boca, sin poder dar crédito a sus ojos. Dio unos lentos pasos atrás. Se topó contra la cama, haciéndola sentarse. Bajó la vista y sus ojos resbalaron sobre la tarjeta arrugada.
Se leía. "Ya tienes lo que querías. Olvídate de nosotras."
Gimió cuando su mente registró la frase que pronunció anoche Ana como respuesta a sus súplicas. "Lo tendrás."
