Nota: El capítulo retoma el final del capítulo anterior, aunque una hora más tarde.


TERESA

Capítulo 24

Año Nuevo. Miércoles, 1 de enero de 1964.

9h de la mañana. 1 hora después de descubrir la marcha de Ana Rivas.

Cerró la puerta tras de sí y colgó el abrigo. Dejó el bolso en la mesa del recibidor. Entró a oscuras en el salón. Se detuvo al ver a Héctor durmiendo con la ropa puesta en el sofá. No experimentó ninguna emoción. Estaba exhausta. Aún así, se acercó a él, se acuclilló y plantó un beso en la frente de su marido, quien se removió ligeramente ante el contacto de los labios. El hombre se giró a un costado y empezó a emitir ronquidos. Olía a tabaco y a alcohol. Su traje estaba completamente arrugado. Teresa cogió la chaqueta del suelo y la tendió sobre el torso de Héctor.

Se levantó y se encaminó a paso lento. Cogió la silla y se sentó. Puso los codos sobre la mesa y tapó los ojos con las manos. Quería llorar. Pero se le acabaron todas las lágrimas. Pasó media hora en la habitación de Ana sollozando, berreando y llorando. Estuvo a punto de rozar la locura cuando una voz suave procedente del pasillo preguntaba si deseaba desayunar. Era la criada de los señores Rivas. ¿Marta... o era María? No lo recordaba. Pero esa joven, sin saberlo, la salvó de cometer ridiculeces. Teresa recobró conciencia de dónde se encontraba. En el mismo lugar que unas horas atrás era el oasis y que luego se convirtió en un purgatorio donde pagaba sus pecados de lo más humillante.

Tras la locura, llegó el vacío.

Y el insoportable y enfermizo anhelo de estar lo más lejos de ese lugar bendecido y maldito al mismo tiempo...

Y ahora estaba ahí. En su propio hogar donde siempre se había sentido a salvo... Pero esa sensación de seguridad se la llevó Ana consigo misma. Al pensar en ella, su cuerpo empezó a sacudirse en forma de sollozos. Se mordió los nudillos tratando de contenerlos. Logró reprimirlos muy a duras penas. Casi se pegó un brinco cuando unas manos fuertes posaron sobre sus hombros.

"No. Por favor, no deje que Héctor me vea. Por favor, por favor. No puedo más." Respiró agitadamente.

- Te noto nerviosa. ¿Qué pasa, hermanita?

Por una vez Dios oyó sus ruegos. Teresa sintió un profundo alivio al ver que era su hermano en vez de Héctor. No podría ver a su marido a la cara. Ni ahora... ni nunca.

Pero, en vez de relajarse, se alarmó cuando el oxigeno no circulaba correctamente como si el tubo de la garganta estuviera obturado. Su corazón corría a mil revoluciones. Era una mala señal. Reconocía de memoria esos síntomas.

Estaba sufriendo una crisis nerviosa.

Se agarró la garganta, tratando de respirar.

- Al... Alfonso... Este cajón... - Señaló con el dedo. - Pas...tillas – hablaba pastosamente, sintiéndose más y más asfixiada.

- ¿Qué...?

- ¡Pastillas! - gesticuló frenéticamente con la mano hacia el cajón donde contenía las pastillas para combatir los ataques de ansiedad.

- Sí... sí... ahora voy. - Alfonso balbuceó antes de ir a trompicones. Abrió el cajón y rebuscó hasta dar con un frasco. - ¿Esto? - Cuando Teresa asintió con la cabeza, se acercó rápidamente. Sacó una pastilla y se la dio. - Aquí lo tienes. Tranquila. Tragátela.

- A... agua... - Habló atropelladamente. Trató de tragar aire en vano. Cada intento sólo hacía empeorar más y más, robándole el preciado aire.

- Claro, claro. Qué tonto soy. Ahora vengo. Pero ¡trágatelo igualmente! - apremió mientras se encaminaba rápidamente a la cocina. En unos segundos, regresó con un vaso de agua. El nerviosismo hizo que se le derramara un poco de agua. Puso el vaso en los labios de Teresa - Bebe, bebe. Voy a despertar a Héc... - Teresa movió negativamente la cabeza. - Pero... - Una mirada amenazadora suya bastó para disuadirlo.

Teresa sintió cómo el agua abría los tubos de oxigeno y la pastilla no tardó en surtir efecto, aliviando los vasos sanguíneos del corazón. En quince minutos, pudo respirar aunque trabajosamente.

Tras recuperarse de este episodio, su hermano la acompañó a la habitación de matrimonio. Ambos se sentaron en la cama con la espalda apoyada sobre la cabecera.

Alfonso, a su lado, se le veía pálido y frenético. Teresa le cogió la mano.

- Estoy bien. - aseguró. Pero Alfonso la miraba escéptico. - Ahora estoy bien. Te lo aseguro.

¡Qué demonios! Estaba lejos de estar bien. En diez años no había vuelto a sufrir un ataque de ansiedad. Pero no se lo pensaba decir.

- Pe-pe-pero... las pastillas... ¿por qué las tienes? - preguntó visiblemente confuso.

Supo que estaba atrapada. ¿Cómo explicarle cómo habían llegado esas pastillas? Que no eran precisamente unas pastillas de chupar para la garganta.

Decidió decirle la verdad... a medias.

- Sólo por si acaso. Por si me pongo nerviosa. Hace años que no me pasaba. Debe ser el susto que me diste.

- Oh... lo siento tanto. No lo sabía. No pretendía asustarte. - se disculpó.

- No, no pasa nada. Ya se me ha pasado. Estoy bien. - aseguró pese a estar muy lejos de la verdad. No quería hablar más de aquello por lo que cambió de tema. - ¿Y tú qué haces despierto?

- Ah... Pues, al contrario que Héctor, estoy sobrio. Por su bien.- Alfonso dijo casi en susurros, sin mirarla. - ¿Por cierto, cómo se encuentra Ana? - alzó la mirada, expectante. - Me apenó no verla pero si no se encontraba bien, lo entiendo. Me hubiera gustado acompañarla.

Teresa no estaba lista para oír el nombre de la cobarde... pero había algo en la voz de Alfonso que le causó un mal presentimiento.

- Espera un momento. ¿Qué quisiste decir "por su bien"? ¿Hizo algo? - Tenía razón en sospechar que había algo más al percibir la mirada nerviosa de su hermano. - Dímelo. - insistió.

- Verás... - Mientras Alfonso acariciaba su mano, explicó. - No le hizo la mínima gracia al enterarse de que te fuiste. Con Ana. - Ese nombre le causó una punzada de dolor. Pero su rostro permanecía inexpresivo, escuchando con paciencia a su hermano. - No aprecia tanto como pensaba a su hermana.

- No es...

- Tienes razón. Ni siquiera son hermanastros. Estoy tan confuso... Bueno, es lo de menos. No tenía ni idea de que estaba resentido...

- ¿Resentido? ¿Con quién?

- No, no, contigo no. - aseguró rápidamente.

- Pero sí con ella. ¿Qué dijo de ella?

- Ejem... Mejor que no lo sepas. Otra cosa. ¿No estáis bien, verdad? - El cambio súbito de tema sólo acrecentó más sus sospechas. Podía imaginar que su esposo dijo de todo menos lindezas de A... de la hija de los señores Rivas.

- Alfonso. Dímelo. No soy una niña. - advirtió. - ¿Qué dijo de ella?

Alfonso apartó las manos de Teresa y se refregó con nerviosismo.

- Dijo... Digamos que, en resumidas palabras, es una mujer astuta, ambiciosa y que deshace sin miramientos de todo lo que cruza en su camino.

En otras palabras, "zorra, víbora y manipuladora". A lo largo de tantos años, escuchó de la boca de Héctor palabras no tan bonitas dedicadas a la hija de los señores Rivas.

Y ella misma... había pagado un alto precio por no creérselo. Aún a su edad, todavía pecaba de ingenuidad para luego convertirse en la víctima número cien de esa mujer desalmada.

En ese instante, estuviera donde estuviera, imaginó a Ana Rivas riéndose de ella. De su inocencia, de sus raíces pueblerinas...

Pese a todo, una pequeña parte de su alma todavía rechazaba esos pensamientos, recordándole la bondad, la generosidad y el afecto de la mujer que le permitieron conocer a su adorable sobrina.

- Entiendo... Y no estamos bien. - confesó al fin.

Fue cuando se vino abajo. Su hermano la abrazó toda la mañana.

Había perdido todo. Héctor. Sus padres. Su hermano no estaría ahí siempre. Y... a Alicia. Se había quedado sola.

Al cabo de veinte minutos, ambos durmieron abrazados.

Jueves, 9 de enero de 1964.

Hacía dos días que su hermano Alfonso se despidió de ella con un largo y muy sentido abrazo. Debía continuar con su gira española. Sin la presencia alegre de su hermano, su casa le pareció más triste que nunca.

Eso sin contar con las noticias que obtuvo el día anterior de sus padres. No eran halagüeñas... en absoluto para ella. Sus padres le comunicaron la decisión de pasar el resto de su vida en el pueblo. Teresa, sorprendida por esa noticia, preguntó por el taller que su padre Pascual abrió con todas las ilusiones y por el que pasó todas las penurias en sus inicios. No podía entender que lo abandonara cuando en ese momento se encontraba en el mejor momento del negocio... sólo para pasar en un pueblo poblado por unos cuantos "don nadie". Pero su padre le aseguró que habían reflexionado mucho la decisión y que el pueblo había cambiado mucho, aumentando considerablemente la población gracias a la prosperidad de la agricultura industrial. Dijo que era el momento perfecto para trasladar el taller, sin arriesgarse a perder beneficios. El pueblo necesitaba un taller que garantizara piezas de calidad para la moderna maquinaría.

Teresa tuvo que reconocer a regañadientes las buenas perspectivas del negocio en ese pueblo. No podía decirles que los necesitaba... como escudos entre ella y Héctor... Los últimos días eran sencillamente un infierno. Sin la presencia de los suegros, Héctor estaba menos predispuesto a controlar sus accesos de furia. No, jamás la había agredido físicamente. Pero los silencios la mataban. Y las miradas sospechosas tampoco le ayudaban. Era como si sup...

"No, es imposible que lo sepa". Se dijo. "No. De ningún modo." Pero ni siquiera estaba convencida de ello, no del todo. La actitud de Héctor hizo un giro brusco desde el Año Nuevo. Aparte de irse del hotel y dejarlo solo con su hermano, Teresa no le dio ningún motivo para malpensar de ella. Era más, se le vio sinceramente sorprendido cuando se enteró de que Ana dejó permanentemente la gerencia de los Almacenes Rivas. Incluso le animó el humor pero de algún modo, no era lo suficiente. En pocos días, Héctor volvió a sus andadas. Regresaba a altas horas, apestado a tabaco y a alcohol. Dormía a menudo en el sofá. Apenas tocaba a Teresa. Ni cruzaba palabra alguna pese a que Teresa intentaba todo lo que podía para conversar con él.

La respuesta que recibía era... más indiferencia.

La situación en el trabajo tampoco mejoraba dado que Héctor pagaba su malhumor continuo con sus subordinados. No tardó en circular rumores. Era inevitable con ese grupo llamado "Radio Almacenes" compuesto por Marifé, Clementina y Manolita (aunque esta última se mantenía al margen, por lo cual Teresa estaba agradecida). Los ánimos estaban revueltos, más con el añadido de la repentina salida de Ana Rivas.

Pero no era lo peor de todo. No. Héctor ni siquiera sacaba el tema de adopción, que le mantenía eufórico durante el último mese Teresa, pese a que no le entusiasmaba mucho el asunto, se alarmaba ante la falta del interés de Héctor. No sólo con este asunto sino con todo...

Ella misma, tras derrumbarse ante su hermano, reflexionó lo sucedido en la noche de las campanadas. Recordarlo le resultaba muy duro. Recordarlo cada vez se volvía más y más real. Y más ver la silla ocupada por don Ramón en vez de por Ana. En ningún momento se atrevió a preguntar por el paradero de Ana. Le informaron que desde el principio el puesto era temporal hasta que don Ramón quedara satisfecho con el transcurso del negocio en Bilbao. Por deseo expreso de Ana, no quiso que nadie supiera de esto con el pretexto de no alterar más de lo necesario el orden del día a día en los Almacenes Rivas.

Teresa se sintió inmensamente engañada por ocultarle esta información. Aunque tras repasar algunos momentos con Ana Rivas, se percató de que en más de una ocasión notó vacilante a Ana como si pretendiera contarle sus planes.

Pero ya era tarde para saber sus motivos. Sólo le quedaban los hechos que no podían ser más claros que el agua. De lo más cruel posible. La evidencia era que Ana Rivas jugó con ella, con su amor que sentía hacia ella. Ana demostró que para ella sólo era pasajero... un capricho por el cual había de obtener a costa de cualquier precio. Incluso dejar su corazón en pedazos.

"Lo tendrás", en su mente le cruzó la frase que Ana pronunció con resentimiento y desesperación.

Sacudió la cabeza, poniendo todas sus fuerzas en olvidar esa noche.

Esa noche que probablemente para bien o para mal tuvo que suceder.

Esa noche conoció la verdadera cara de Ana Rivas Llanos.

Despiadada. Caprichosa. Seductora. Taimada.

Hasta se le arrebató sin contemplaciones a su sobrina Alicia.

Un escalofrío recorrió su cuerpo, no pudiendo detener a su débil mente, incapaz de impedir el fluir de los recuerdos... De las manos elegantes, la lengua voraz, el cuerpo suave...

No, no, no. Se abrazó con tal fuerza que no se percató de las uñas clavando la piel. Apretó los ojos, apartando esas imágenes.

Aún así, extrañamente abrazaba con serenidad ese cástigo. Teresa finalmente había obtenido una respuesta de su Dios.

Podía saborear la ira de Dios, recitando todos sus mandamientos violados.

Has deshornado a tu padre y a tu madre.

Has cometido actos impuros.

Has levantado falsos testimonios y mentiras.

Has consentido pensamientos y deseos impuros.

Has codiciado los bienes ajenos.

Aceptaba sus faltas. Aceptaba sus vergüenzas. Aceptaba sus humillaciones. Aceptaba sus impurezas.

Aceptaba sus pecados. Aceptaba sus lujurias. Aceptaba sus deseos.

Aceptaba su amor.

Aceptaba que siempre amaría y detestaría por partes iguales a Ana Rivas Llanos.

El consuelo que le producía de su desgracia era que se le ahorró el sufrimiento a su hermano, un más que perfecto candidato a ser la próxima víctima de Ana. Se le salvó de las garras de esa arpía de mujer, el espejo de Encarnación Llanos.

Alfonso se llevó una gran desilusión al conocer la noticia de la partida de Ana.

"Es mejor así." Decidió.

Ahora sabía muy bien cuál era su misión. Cerrar por fin el capítulo con Ana y dejarlo atrás para comenzar una segunda vida con Héctor Perea, el único hombre que la amaba sin reservas.

Pero había un problema. Sus acercamientos con Héctor no estaban resultando fáciles.

Teresa se desesperaba ante el silencio hostil de su esposo.

En ese mismo instante, se encontraba en el salón poniendo sopa mientras su esposo se mantenía hosco, entreteniéndose con soltar círculos de humo.

- Cariño, dime cuánto... - preguntó poniendo todo afecto en su voz.

De pronto, se le volcó el cucharón cuando resonó el golpe cargado de ira dado con la mano en la mesa que hizo repiquetear la cubertería.

- ¡Hasta cuándo vas a seguir con este teatro! ¡No te atrevas a restregármelo a mi cara poniendo esa voz melosa! - gritó con los ojos llameantes de furia.

- Héctor... Héctor... - susurró aterrorizada ante la mirada casi enloquecida de su marido. Jamás lo había visto tan... furioso. Sin ser consciente, dio un lento paso atrás tapando la boca con las manos.

- ¡Cállate! ¡No me hables con esa boca sucia que tienes! - Cada palabra que soltaba con tanto desprecio era para Teresa una bofetada en plena cara.

- Héc...

- ¡Cállate!

Se calló bruscamente, no atreviéndose a emitir sonido alguno. Sus ojos no podían despegar de la furia gélida que desprendía las pupilas azules. No se percató de que sus pies caminaban... hacia atrás mientras su esposo se acercaba con los puños cerrados pegados a los costados. Teresa se espantó cuando su espalda se topó contra el marco de la puerta. Giró el rostro, buscando inconscientemente la puerta. Su salida.

Héctor le leyó la mente.

- ¡No te irás de aquí! - Teresa soltó un gemido de dolor cuando una mano aferró con fuerza su brazo. - ¡Mírame! - No se atrevió a mirarle. No, no quería ver la locura en los ojos de Héctor. - ¡Mírame! ¡No me hagas enfadar más, cojones!

La ira que bullía en la voz le advirtió de que más le valía cumplir la orden. Teresa levantó la mirada, sin poder controlar los temblores que sacudían su cuerpo.

Héctor asió su otro brazo libre. Aprisionada contra el marco, el hombre la apretó contra sí, sin gentileza, levantándola con fuerza hasta situar los rostros a la altura de los ojos.

- Héc... - balbuceó al contemplar el azul gélido de los ojos. Desapareció la ira pero había algo más.

- ¿Te has mirado alguna vez? - dijo en voz baja pero amenazante. Teresa, presa de miedo, no podía articular palabra alguna. - ¿Qué? ¿Eso no entraba en tu guión? No lo creo. Dime. ¿Te divierte este teatro del matrimonio? - El miedo de Teresa acrecentó mientras Héctor divagaba con ese sinsentido. Jadeó de dolor cuando se hizo más fuerte el apretón de las manos en sus brazos.

- Me ha-haces...da..da-ño... - dijo mientras de los ojos emergían unos hilillos de lágrimas causando cierto quemazón en los ojos.

- ¡Dime! - La sacudía varias veces, golpeando la cabeza contra el marco. - Te lo repito una sola vez más. Si no, lo lamentarás por siempre. Dime si te divierte este teatro...

- Me ha-haces da...

- ¡No me...! - Héctor la sacudió otra vez. Teresa descubrió con horror que si no respondía de inmediato, podría empezar a temer por su vida.

- ¡No sé de qué me hablas! - contestó a gritos.

El chillido pareció causar estupor a Héctor, quien aflojó el aprisionamiento. Teresa aprovechó su estado para deshacerse de las manos de Héctor, apartándose de él. Ya libre de él, corrió al otro lado del salón. Le miraba aterrorizada, incapaz de hablar. Mientras Héctor permanecía en el mismo sitio con la espalda a la vista.

- ¡¿Qué te pasa? - gritó, ya recuperada del estupor. - !¿De qué me estabas hablando?

Héctor no dijo nada. Con los ojos clavados en el marco, parecía más una estatua que un hombre. Teresa no podía creerse que ese hombre era el mismo que se había convertido en un monstruo hacia un momento. Muy dispuesto a agredirla físicamente. No sabía qué pensar del silencio en que parecía estar sumido Héctor. Teresa no podía mantenerse de pie, demasiado aturdida por lo sucedido. Se acercó cautelosamente y se sentó en la butaca, invadida de seguida por el cansancio.

Teresa se espantó cuando oyó la voz de Héctor quien todavía permanecía de pie con la vista perdida.

- Dime. - Se calmó al notar que la voz de su esposo había cambiado por completo. No había ira. Había desesperación.

- ¿Qué? - dijo, muy alerta a cualquier movimiento que hiciera Héctor.

- Dime... que... por favor... dime... - Casi sonó a súplica. - que todo fue una... mentira... Que todo... era una invención... tuya...

- No... no-no... te sigo... - dijo, sinceramente confusa.

Se asustó cuando Héctor se giró lentamente. El terror que experimentó la hizo encogerse en la butaca, temiendo de nuevo por su integridad física. Pero Héctor no daba ninguna indicación de volver a su estado anterior... con los ojos blancos, enloquecidos y siniestros. Los ojos azules eran ahora fríos y duros. Héctor abrió la boca y la cerró de pronto. Sumiéndose en otro incómodo y torturoso silencio.

- Por favor... - suplicó de nuevo. Se acercó lentamente aunque no llegó hasta a ella. Se dejó caer de rodillas. Héctor cubrió la cara con las manos. - Por favor... dime que no es verdad... Que no sientes nada... Que sólo escribes... imaginaciones... - El cuerpo masculino comenzó a temblar en forma de sollozos. - Por favor... No me dejes... No por... ella... - Extendió el brazo hacia Teresa.

Se le cortó la respiración cuando supo de qué hablaba su esposo. "Ella".

- Dios... Has leído... mi... mi... mi... - Estaba demasiado atónita que no pudo completar la frase. - ¿Cuándo? - Se zafó la mano de Héctor.

Estaba sumida en una tormenta de emociones. Avergonzada por el secreto revelado. Traicionada porque su marido violó y saqueó la intimidad sagrada. Maldecida por su costumbre inicialmente inocente pero desamparada de escribir sus pensamientos en su diario. Atormentada por cometer el adulterio a perjuicio del hombre... con otra mujer.

- Por favor, por favor.. - Héctor continuó con voz quebrada. La desesperación estaba alcanzando los límites insospechados. Pero Teresa era incapaz de darle una respuesta, salvo silencio. - Por favor. No, ella, no puede ser. No ella. No tú, nunca me harías... algo así. Tú-tú no eres así. ¡No! - Su voz se tiñó de ira y locura. Golpeó con las manos el suelo. - ¡No! - Aulló con todo el dolor del alma.

Teresa se levantó. Se sentó de rodillas ante el hombre cabizbajo. Rodeó la espalda con los brazos, murmurando un quebrado "lo siento". Héctor continuó llorando a lágrima viva.

- No. Dime que no es verdad. - Dijo entre hipos. Teresa repitió que lo sentía. - ¡No¡ !No lo sientes!

- Escucha... Héctor, estoy aquí. Contigo... Olvídemoslo. Por favor.

- ¡No! - Héctor se apartó de ella, tirándola al suelo. - ¡No! ¡No puedo olvidar! ¡Es tan... tan... anormal! - Soltó venenosamente.

Héctor se levantó. Teresa retrocedió deprisa, sin poder levantarse. Estaba aterrorizada al ver de nuevo esa mirada de locura. Levantó el brazo a modo de protección y cerró los ojos esperando el golpe. Su cuerpo se sacudió cuando oyó sonidos estruendosos. Abrió los ojos y lo vio encima del brazo. Gimió cuando vio a Héctor destrozando sin contemplaciones los muebles, tirándolos, rompiéndolos a jirones, rompiéndolos...

Se apretó contra la pared, apretando fuertemente los ojos, rogando a Dios que aplacara lo más pronto posible la ira de su esposo a quien había herido profundamente.

Su caballero debía lamer sus heridas... antes de volver a la normalidad.

Cerró los ojos. Rogando a Dios una y otra vez.

El día siguiente. Viernes, 10 de enero de 1964.

Gruñó de dolor cuando se despertó. Tardó en situarse. Observó que su postura estaba lejos de estar cómoda. Le dolía el costado izquierdo por dormirse contra la dura y fría pared. Su mente, bastante castigada por las largas horas de sueño, estaba todavía aturdida para procesar todo lo que había a su alrededor. Cuando enfocó su vista, contempló el estado lastimoso de su salón. Muebles rotos. Destrozados. Tirados.

Era el triste recuerdo de que la noche anterior no fue una pesadilla que había soñado. Buscó con la mirada a...

Suspiró de alivio al no verlo.

Se levantó. Gimió porque sus piernas estaban tan entumecidas que le costó ponerse de pie. Estiró la espalda. Caminó a paso lento. Cogió la mesa de centro y la puso en su sitio. Y las butacas pese a que estaban algo cojas debido a la rotura de alguna pata. Se sentó en la única silla a salvo de los destrozos. Miró el reloj de mesa tallado en madera de roble. Ahogó un grito cuando vio que marcaba las diez de la mañana. Se levantó súbitamente, ignorando los dolores de su cuerpo. Debía ir de inmediato al trabajo. Se detuvo al ocurrírsele una idea. Decidió que sería mejor excusar su ausencia llamando por teléfono por motivo de un catarro fuerte. Así aprovecharía la mañana para limpiar los destrozos. Tuvo la suerte de que Cecilia, su criada a tiempo parcial, le pidió ese día libre para asistir a la cita médica. Se habría ahorrado cientos de explicaciones y mentiras vergonzosas.

Llamó de inmediato a los Almacenes Rivas comunicando que no podía asistir al trabajo debido a un fuerte catarro que le impedía levantarse de la cama. Detestaba mentir pero no le quedaba otro remedio. Fue a la habitación. Casi se sucumbió al llanto al ver que tampoco se había salvado de la ira de Héctor. Sábanas tiradas sobre el suelo. Frascos de cristal rotos en pedazos. Pero no era lo peor. Soltó un grito de espanto al ver el espejo roto... con gotas de sangre. Héctor lo debió haber golpeado con la mano que se sangró. Y...

Ni una señal de él.

Probablemente era lo mejor hasta que las cosas no se calmaran entre ellos.

Cogió unos jirones de una camisa de seda y con cuidado puso en ellos los pedazos de vidrio esparcidos por toda la habitación. Al otro lado del sinfonier, vio un marco tendido bocabajo. Lo dio la vuelta y se echó a llorar. Era la fotografía de ella y Héctor, muy sonrientes en el mejor día de sus vidas. Seguros de sí mismos. Deleitados en haberse encontrado el amor eterno... y permanecerse juntos hasta la muerte.

¡Qué equivocados estaban!

Se pegó un brinco cuando sonó el timbre. Frunció el ceño, preguntándose quién debía ser. No podía ser Héctor. No. Tenía las llaves. Sonó el segundo timbrazo. Y el tercero. Esperó a que quienquiera fuera se rindiera. Por nada del mundo iba a abrirle la puerta a nadie. No, menos cuando la casa estaba patas arriba. Pero no, llegó el cuarto timbrazo.

Exasperada, decidió atender a fin de no molestar más a los vecinos. Antes se arregló el pelo y estiró la ropa. Una vez satisfecha con el resultado, miró por la mirilla. Se sorprendió al ver quién era. No entendía qué demonios hacía ahí.

Era Segismundo, el mayordomo de los señores Rivas. Se le veía incómodo, mirando nervioso a los dos lados. Vio que iba a pulsar el botón por quinta vez. Harta del bendito timbrazo, corrió la cadena y abrió la puerta antes de que el hombre apretara el timbre.

- Dime qué deseas, Segismundo. - espetó, sin ocultar su irritación.

- Oh, perdone... de veras. Si no fuera tan... urgente, necesitaría entrar.

- No es posible. Dímelo aquí... lo que tengas que decirme.

Notó que Segismundo miraba repetidas veces a la misma dirección como si temiera algo... o alguien. Se le veía frenético.

Por favor... déjeme entrar. Si no fuera tan importante lo que venía a decirle... - titubeó. Observando su actitud inquieta, Teresa tuvo un mal presagio

"¡Dios Santo, es Héctor!" Cerró la puerta y descorrió la cadena. Se giró sobre los talones y cerró las puertas del salón para impedir que Segismundo viera el mobiliario destrozado.

Finalmente abrió la puerta.

- Dime. ¿Es Héctor, verdad? ¿Le ha pasado algo? - preguntó sobresaltada, apartándose para dejar entrar al hombre de aspecto imponente.

- Verá... - Bajó la vista y acto seguido miró atrás.

Teresa estuvo a punto de dar la puerta a las narices cuando entró la persona que al parecer había estado jugando al escondite.

- Pero, ¡¿qué hace? - preguntó casi chillando.

- Gracias por dejarme entrar.- doña Encarna respondió inexpresivamente. -Buen trabajo, Segismundo. Quédate fuera. Ya te daré instrucciones.

Teresa estaba sin habla. La última persona a quien esperaba ver era a doña Encarnación. Cuando Segismundo salió cerrando tras sí la portezuela, se quedaron a solas en el recibidor. Doña Encarnación se quitó el chal de vison.

- ¿Entremos? - preguntó con la ceja arqueada. Tenía una expresión aburrida.

- Pero...un momento, un momento, ¿qué era lo que tenía que decirme Segismundo? - preguntó, terriblemente confusa. Tanto que no reaccionó cuando doña Encarna entró en el salón. - ¡Espere, no entre...!

- Demasiado tarde. - contestó sarcástica, entrando con familiaridad (eso sí arrugando la nariz a modo de disgusto) como si hubiera estado toda la vida en ese lugar.

Teresa agarró la mujer, tratando de empujarla hacia atrás, hacia el recibidor. No soportaba la idea de doña Encarna pisando ese sitio. Algo sagrado para Teresa. En ese momento, se sentía desnuda como lo estaba el salón. Desnudos a la vista de todos. Juzgados. Burlados.

- ¿Crees que hacerme volver ahí me hará olvidar lo que he visto? Por favor, he visto cosas peores. - dijo, zafando las manos de Teresa. Se sacó los guantes de piel. - Ya me extrañaba vuestra tardanza. Sabía que algo pasaba cuando ni tú ni él habéis asistido al trabajo. Y tu excusa del catarro me sonó barata.

- No se atreva a decirme... - Se indignó ante la actitud mandona e irrespestuosa de doña Encarna, tratándola como una invitada en su propia casa. Pero se detuvo cuando su mente procesó lo que había dicho la doña Encarna. - Un momento. ¿A qué se refiere con nuestra tardanza? ¿Él tampoco...?

- Dios, eso me llevará más tiempo de lo que pensaba. - Hablaba por sí sola antes de volverse a Teresa. - Antes dime una cosa. ¿No crees que vuestra farsa ya ha durado bastante?

- ¡¿Cómo? ¡No se atreva a insultarnos! - Soltó furiosa.

- No te tendré en cuenta esta vez. Estás alterada. Me he estado fijando en vosotros. Mucho tiempo. No sois felices. Desde hace mucho tiempo. Diría que años. - concluyó pensativa, indiferente a la furia de Teresa.

- Ah, ¿ahora se dedica a ser nuestra consejera de amor? - dijo con sarcasmo.

- Ja, ja, ja. - Se burló. - No espere de mí grandes acciones.

- ¿Qué quiere de mí? ¿Qué quería decir Segismundo?

- Ah, nada. Conociéndote, sabía que no me ibas a abrir la puerta. No por las buenas. - Sacudió la cabeza, con una expresión reflexiva. - Siendo tan imponente y seco, Segismundo es tan pudoroso para esos trucos probablemente "indignos" para su honorable oficio pero indudablemente eficaces.

- Oh, ignoraba que una dama de gran posición social como usted se regodeara de placer o mejor dicho se rebajara en esas manipulaciones más propias de baja casta. - se jactó.

- Jajaja. Querida, es el pan de cada día de la nobleza. Además, al contrario que la mayoría, me enorgullezco de mis raíces humildes. Pero no perdamos tiempo con nimiedades.

- Lo que usted mande. - Dijo, reuniendo toda la dignidad que podía en esa situación humillante.

- Por fin has dicho algo sensato. Me preocupaba que estuvieras perdiendo el sentido común como su querido Héctor.

- ¡No se atreva a decir eso de él! - Pese a que el matrimonio se iba al traste, no estaba dispuesta a que la señora Rivas lo insultara a sus narices. Héctor Perea tenía innumerables virtudes, por las cuales llegó a enamorarse perdidamente desde una edad temprana.

- Lo que usted diga. - Dijo aburrida antes de salir del salón. Abrió la portezuela. - Entra, ve a la habitación de los señores y prepare la maleta de la señora. Coja todo lo necesario. Ropa, maquillaje...

- Sí... pero... no es mi tarea. - El mayordomo balbuceó sorprendido. Pero bastó con una mirada fulminante de doña Encarnación para no contradecir sus órdenes. - Sí, señora, lo haré con gusto.

Teresa no podía dar crédito a sus oídos. Salió para impedirle el paso. De ningún modo iba a permitir que un desconocido invadiera el lugar más sagrado del hogar: la habitación del matrimonio. Pero doña Encarna le barró el paso ocupando todo el espacio de la puerta abierta.

- ¡No se atreva! ¡Déjame o se lamentará!

Pero las amenazas no surtieron efecto en doña Encarnación. Más bien se echó a reír.

- Si te soy franca, ya me estoy lamentando... desde hace días. Sigo sin entender del todo... el porqué... pero no perdamos el tiempo con la filosofía. Estoy aquí. A hacer lo que venía a hacer.

- ¿Hacer a qué?

- A sacarte de aquí. - contestó llanamente.

- ¿Cómo? - Teresa estaba segura de haberla entendido mal. Se olvidó por completo que Segismundo estaba haciendo el trabajo indigno en esos momentos.

- Ya me has oído.

- Pero...

- Dime una cosa. ¿Quieres a Ana? No, no me des detalles. Me pone enferma sólo de pensarlo. No lo entiendo. - Doña Encarna parecía divagar.

- ¿Qué...?

- ¿Quieres a Ana? Sé que ella alberga sentimientos hacia ti. Siempre. No. Nunca me lo ha dicho. Pero una madre sabe estas cosas. - prosiguió como si nada.

- ¿Que yo...? - El rostro de Teresa se empalideció. Se agarró a la silla como apoyo. - Un momento, un momento. Ha dicho que...

Teresa casi se moría ahí mismo. Acababan de decirle que Ana Rivas Llanos la quería. Pero sabía que no podía ser verdad. Se echó a reír.

- No, no. Es imposible. - habló entre risas, incrédula. Le sonó como un chiste. Era imposible. No cuando... - Me dejó. - susurró antes de derrumbarse en la silla. Reprimió tanto como pudo el llanto. No iba a permitir que doña Encarnación la viera en ese estado, lamentando, lamiendo sus propias heridas. Sin decir que su cabeza le daba mil vueltas, tratando de digerir tantas cosas que estaban sucediendo en ese momento de su vida. Héctor. Ana. Alicia. Sus padres. Alfonso.

- Lo sé. Y es algo que no le he enseñado. No me gustan los cobardes. - Pronunció la última palabra con desprecio. Acto seguido, la voz de la doña se suavizó, hablando casi con dulzura. - Le enseñé que si había algo precioso, debía conseguirlo a toda costa. Siempre ha sido así, aunque con buenas artes que es su perdición. Nunca le ha costado conseguir cosas que desea. Pero todo cambió cuando te conoció. No entendí porqué te defendió tanto. Antes de irse de un día para otro, logró convencerme de que lo mejor era que debíamos permitir vuestro noviazgo, demostrando que nos serías una buena inversión.

- ¿Qué? - murmuró perpleja.

No conocía ese gesto de generosidad. El dolor le atenazó el corazón. Giró el rostro, cuando unas lágrimas recorrieron sobre las mejillas, no dejando que doña Encarna las viera. Cubrió el rostro con las manos mientras la doña proseguía.

- No lo sabías. Por supuesto que no lo sabías. Para ella, eras su precioso tesoro. ¿Sabías que siempre ha tenido un especial cuidado con sus tesoros? Como si su felicidad dependiera de ellos. Alicia es su ejemplo más claro. Pero claro, debí enseñarle que el amor podía ser cruel. Pagando un alto precio. Sacrificó su felicidad por la tuya... Y yo... - La voz de la mujer se quebró por un momento. Pero recobró la compostura. - Pese a nuestras diferencias, sólo quiero lo mejor para ella. Si eres tú quien puede devolverle la felicidad que necesita, te ayudaré. Lo supe cuando miré la fotografía que me dio un viejo amigo. Sí, la misma fotografía que os dí la noche de las campanadas. Vuestras reacciones confirmaron mis sospechas. En la foto... ¿sabes? jamás la había visto mirar con tanta adoración y amor a alguien como a ti. Es ella para mí el tesoro más grande que he tenido con Ramón. Debes saber que también tengo especial cuidado con mis tesoros. La verdad, hubiera preferido otra persona. Pero eres tú a quien quiere mi hija.

- Yo... yo... - apenas podía hablar, todavía sin apartar las manos del rostro.

- Te dejó. Lo sé. Lo triste de ella es que, no sé de quién ha heredado, peca de generosidad tanto que a menudo no se cree merecedora de las buenas cosas. Es su mayor defecto. - dijo con un deje de reproche. Teresa supo que era su manera de preocuparse. Peculiar pero aún así... - ¿Sólo porque te haya dejado te vas a rendir? Eres peor que ella. Al menos ella ha luchado por tu felicidad. ¿Y tú por la suya? Mira, es la primera y última vez que hago por ti. Es tu oportunidad. La tomas o la dejas. Eso sí, si la haces daño, lamentarás haberme conocido. - puso tanto veneno en su voz, exenta de todo afecto.

Teresa deslizó las manos sobre el rostro, dejándolas caer en la mesa. Su vista se perdió en el fondo. Su mente tardaba en procesar.

Estaba demasiado atónita y conmovida por las palabras de doña Encarna. Jamás la había oído hablar así de su hija. Solía verla fría y distante. ¡Cuán desencaminada iba!

Las apariencias engañaban.

La voz de Segismundo la sacó del trance, anunciando que todo estaba listo. Oyó un sonido sordo. Teresa se acordó de pronto que no estaban solas. Se giró sobre su asiento. Lo observó plantado en el recibidor con las manos cruzadas.

Serio. Malhumorado. Erguido. A su lado, posaba una maleta.

Volteó el rostro, clavando sus ojos en los de doña Encarna. Ésta se mantenía imperturbable, no dejando entrever sus pensamientos. Arqueó una ceja, expectante.

Teresa supo que la doña aguardaba una respuesta suya a su ultimátum.

- ¿Do...Dónde está? - murmuró débilmente.

Por un instante, los ojos de doña Encarnación brillaron antes de volverse inexpresivos. La mujer rebuscó algo en el bolso.

- Aquí tienes el sobre. Están las señas. Vendrá alguien a recogerte cuando llegues.

- ¿Cómo? ¿Quién? ¿Ahora? Pero... y... ¿él?

No iba a dejar solo a Héctor. No. Cuando todavía había tanto que hablar. Pero doña Encarnación no era una virtuosa de paciencia.

Se dispuso a abrir la boca cuando escucharon el ruido de las llaves. Teresa empezó a hiperventilarse cuando vio a Héctor entrando en el recibidor. Se le vio sorprendido al verlos. Presentaba un aspecto lastimoso. Cabello revuelto. Corbata desanudada. Traje arrugado.

- ¿Qué coj...?

- Aquí está. - dijo doña Encarnación con un deje de exasperación. - Nos llevará más tiempo de lo esperado.

- ¡Fuera de aquí! - Gritó con una furia apenas contenida. Pero, a diferencia de Teresa, Segismundo y doña Encarna permanecían imperturbables ante la actitud de Héctor.

- No me toque, señor.- Segismundo advirtió solemnemente cuando Héctor trató de agarrarle el brazo.

- Teresa, es hora de irte. Héctor y yo vamos a tener una larga conversación. - dijo Encarnación.

- ¿Qué? - exclamó Héctor con indignación. - ¿Qué es eso de irse ella? Aquí es mi casa. Y no la suya. No nos dé ordenes. No es de su incumbencia.

- Hombres. - suspiró doña Encarnación. - Segismundo, por favor llévatela. Recuerda lo que te dije.

El mayordomo asintió con la cabeza. Se agachó para coger la maleta, aguardando a que Teresa diera el primer movimiento.

- No puedo...no puedo irme así.- Teresa suplicó aunque lo último que quería era enfrentarse de nuevo a la ira de Héctor. Sólo quería pedirle perdón.

- ¡Claro que no te vas! - gritó Héctor, asiendo los brazos de Teresa.

- Pérdoname. Pérdoname. Créeme. No quiero ir... pero... - De pronto se acalló, atravesando con la mirada los ojos de Héctor.

Oh, su dulce caballero.

Se miraron larga y tendidamente. Teresa trató de decirle con todo lo que sentía en su alma. Que le quería y que siempre le querría. Notó borrosa su propia visión pero percibió el cambio, mejor dicho, la claridad y la verdad en las pupilas de Héctor. Sin palabras, ambos supieron con amargura que era el fin del matrimonio. Ambos lloraron silenciosamente ante la triste certeza. Teresa lo abrazó afectuosamente y a través de los hombros, asintió con la cabeza a doña Encarnación. Agradeciéndole y pidiéndole que fuera gentil con Héctor, el hombre con quien compartió muchos años, los buenos y los malos.

Se apartó de Héctor, plantándole un beso cargado de amor y mejores deseos en la mejilla. Pasó por su lado. Descolgó el abrigo y lo puso en los brazos. Sin palabras, pidió a Segismundo que saliera primero. Tras él, salió.

No quería detenerse. No quería mirar atrás. No quería girarse.

Supo que de hacerlo perdería el poco coraje que había reunido, regresando a los brazos reconfortantes de su caballero. Regresando a su hogar. Regresando a lo conocido. Regresando a la amargura. Regresando al infierno.

No. No podía. Ya no.

Se acabó todo.

Mentalmente dijo adiós al que fue su segundo hogar.

Dijo adiós a Héctor Perea Ortiz.

Dijo adiós al hombre que más quiso en su vida.

Por el rabillo del ojo, vio una sonrisa fugaz de doña Encarnación. Cerró la puerta pero no sin antes oír la voz de la doña dirigiéndose a Héctor.

- Debemos hablar. Digamos... que ha llegado la hora de su recompensa.