Los personajes le pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Capitulo 3: Pinceles
Aquella mañana el sol asomaba tibio abrazando la ciudad de Venecia y la caracterización de esa parte de Italia observaba sereno el paisaje, recostado sobre el marco de su ventana. Su torso desnudo y su cabello al viento disfrutaban de la encantadora brisa, mientras él se dedica a apreciar la belleza de su propia ciudad.
Dio media vuelta encontrándose con Giallo. Se veía hermosa como en cada mañana. Sonreía para él como cada mañana. Colocó una mano sobre ella y recorrió su figura una vez más. Sonrío satisfecho y se vistió para encontrarse con su hermano.
Habían quedado en verse en un bar de Nápoles. Un largo viaje que no le tomaría mucho tiempo. Sabia que llegaba tarde, o quizás no, pero aun así quería correr. Tenia demasiada energía dentro suyo como para desperdiciarla en una lenta caminata.
-¡Fratello!- Gritó animado corriendo hacia su hermano con los brazos extendidos, el cual correspondió al abrazo de mala gana.
Se separaron rápidamente, para Romano no había cosa más fastidiosa que un Feliciano alegre. No, se equivocaba. Había algo mas que lo fastidiaba, y era una falsa sonrisa en su hermano.
-Dime que diablos te ocurre- Le espetó luego de indicarle que tomara haciendo enfrente suyo. –Has actuado muy extraño estos días- Comentó con su tono amargo mientras pedía un capuchino al mesero.
-Quiero lo mismo- Sonrío el menor mientras veía retirarse al joven mesero.
-Contesta mi pregunta- Lo apresuró al notar que el otro no tenia intenciones de responder.
-No se de que hablas hermano, me siento igual que siempre- Sonrío tontamente, cosa que casi hace que volara la mesa que los separara. Romano empezaba a fastidiarse, pero no caería en ese juego de convertirse en el malo de la película.
-Sabes perfectamente de que hablo Italia Veneciano, o Feliciano Vargas, como más te guste- Respuesta seca y rápida. – ¿Qué demonios ocultas en esa habitación? ¿Un muerto? ¿Prostitutas? ¿Droga? Nada es lo suficientemente grave como para ocultárselo a tu hermano y lo sabes, así que dímelo de una maldita vez.- Aunque no lo quisiera admitir Romano estaba preocupado, él mas que nadie sabia que aquella sonrisa era una farsa y lo sabia desde aquella vez que lo vio salir manchado con pintura. Incluso se lo había dicho.
-Es mía…-Susurró Feliciano en un suspiro. –No quiero que le hagas daño…- En ese momento Romano entendió todo, o casi, y eso no era bueno.
-Haces todo esto por una maldita pintura ¿Verdad? ¿Tantos problemas por eso? ¿Porque Feliciano? ¿Porque siempre haces lo mismo?-No gritó, no lo haría frente a tantas personas porque que luego todos lo verían con desprecio y seguramente su hermano lloraría, como siempre.
-Sabia que actuarías de esa manera, por eso nunca te hable de ella, por eso te la oculto, por eso ninguno de ustedes la vera. Nunca.- Ahora era Feliciano el que había tomado el papel de megáfono humano. –Nunca,nunca,nunca- Repetía golpeando la mesa sin mirar a su hermano. –Estoy arto que siempre le hagan lo mismo a mis pinturas, a mis esculturas, a mis obras, a mi arte. Siempre hay alguien que lo menosprecia. ¡Yo le di vida, yo soy el único capacitado para decir si es una "maldita pintura" o no!- Feliciano tosió adolorido, jamás había gritado tanto, mucho menos delante de tanta gente, mucho menos a su hermano.
Corrió avergonzado por las calles de Nápoles, dejando en estado de shock a su gemelo, quien no hizo más que encender un cigarrillo, pegar los capuchinos de ambos y caminar molesto hacia el lado contrario.
