Los personajes le pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Este es, sin temor a equivocarme, el capitulo mas fantasioso del momento (y el único en la historia), pero es muy importante para el capitulo que sigue. Si quieren saber como termina la historia denle la oportunidad, aunque se que no es lo mejor que he escrito.
También advierto, para no tomarlos desprevenidos, que se narra a través de cuatro ángulos distintos. Disculpen si es complicado de entender, pero me pareció importante el punto de vista de cada uno.
Capitulo 7: Inspiración
Hermoso, tranquilo, silencioso. Pocas son las palabras que existen para describir lo indescriptible. La nada de una mente muerta vuelve al principio y reproduce todo en segundos, que por la longevidad del sujeto se han vuelto horas.
Las penas, las alegrías, las lágrimas y las risas, pasando frente a ojos que no son capaces de ver nada. Los aromas de la hierba fresca, la pólvora y los dulces, que no son capaces de llenar sus pulmones como lo hicieron alguna vez. Las texturas del terciopelo, los oleos y las piedras, cuyas manos ya no pueden sentir. El frío del que no puede abrigarse y el calor que no puede disfrutar.
Pudo notar también, que gracias a la lentitud de las imágenes, era mas fácil apreciar los detalles que no había apreciado en aquel momento. Una sonrisa, una mirada. Sentimientos que no había reconocido en las demás personas hasta ahora. Cuando las creencias de que el resto era de corazón inquebrantable y era incorrecto mostrar sentimientos, sintiéndose extraño rodeado entre tanta frialdad, ahora sabia que el resto también sentía y le dolía haberse dado cuenta recién ahora. Cuando ya era tarde.
Gracias a esto pudo ver que las miradas de su hermano no eran de odio sino de pena y vergüenza, quizás por eso era que nunca aceptaba pintar con él, se veía muy triste cuando lo señalaban comparándolo con su propia sangre. También vio que Austria no parecía molesto, si no preocupado para con él, quizás por eso es que también era dulce, aunque fuese solo cuando tocaba su hermosa música. Pudo notar que Alemania no solo gritaba dando ordenes a sus soldados, si no que también se preocupaba por ellos e incluso una vez, podría hasta jurar, que lo vio llorar por ellos.
Tantas naciones y humanos pasaban por su mente, creando nuevos recuerdos y reviviendo los viejos, que le dolía.
El sonido constante se sus latidos desenfrenados desesperaba a los doctores que corrían contra reloj, temerosos de que el mismo dejara de latir en cualquier momento. La bala había sido retirada hacia apenas una hora pero el corazón bombeaba a un ritmo desesperante.
Lloraba, era imposible escuchar las maquinas o a los médicos del otro lado de la puerta, pero él lo sentía, después de todo los dos eran uno.
En silencio esperaban en la calle los tres hombres, que no se animaban a entrar al hospital. El frío del exterior los había tomado por sorpresa, algo estaba por ocurrir, lo sabían al ver el cielo, que había pasado de ser azul a oscurecer en pleno medio día.
Ella lo observaba con la misma sonrisa de siempre, él le sonrió y corrió a su lado. La llamó con alegría y ella se deshizo en tonos amarillos entre sus brazos. Se desvaneció en ceniza y a pesar de que intentó detener la caída ella se escapaba de entre sus dedos. Como la arena en la playa. Era frustrante.
Los doctores estaban nerviosos, no sabían porque, pero era terminantemente importante salvar a aquel muchacho, lo sentían en cada fibra de su ser. Si su corazón se detenía todo terminaría. No alcanzaban a entender ese sentimiento.
Le dolía el pecho, la presión era demasiada y las enfermeras que pasaban a su lado se detuvieron para ayudarlo, Romano las rechazaba a todas, pero por dentro pedía ayuda a gritos. Por dentro lo llamaba a él.
"Veneciano..."
La lluvia los bañaba de pies a cabeza y el viento soplaba con furia. Una gran tormenta caía en la ciudad, la gente corría por las calles para refugiarse. Para ellos era solo el preludio de lo que estaba por suceder, juntaron sus manos esperando que no fuese más que una falsa alarma.
Las cenizas habían desaparecido, pero podía sentir su voz, no le pareció extraño a pesar de que nunca la había escuchado. Le pedía que se acercara a ella, él no sabia donde estaba o a donde lo estaba llevando pero tampoco podía escapar al hechizo de su voz. Esa dulce y hermosa voz, tal y como se la había imaginado.
La tensión subía en la sala de emergencias, los doctores ya no sabían que hacer, el muchacho había perdido mucha sangre, y parecía que la que le suministraban no causaba efecto en él. Pero lo peor apenas comenzaba.
Romano pudo notar como un medico corría con un artefacto que le helo el corazón por un segundo. Dentro de la sala, las maquinas marcaban un ritmo nulo en su corazón. Las enfermeras estaban desesperadas como nunca lo habían estado en una situación como esa, ya habían perdido pacientes pero esta vez era diferente.
La lluvia se había detenido en el exterior de manera tan brusca que los tres hombres palidecieron y entraron corriendo pidiendo, rogando, que todo fuese mentira. Encontrándose con Romano hecho un mar de lágrimas frente a la sala mientras se retorcía como si alguien le estuviese clavando algo en el corazón.
La muchacha reía y corría delante de él, no recordaba cuando había vuelto a aparecer delante de él solo sabía que hacia un momento ella era ceniza y ahora corría más rápido que él. Se detuvo al verla detenerse y voltearse para observarlo fijamente, extendiéndole la mano. ¿Que perdía si la seguía?
"Veneciano..."
Fue solo un susurro pero lo hizo dudar. Quizás si había algo que perder. Aun así la chica sonreía de una manera tan dulce que no podía dejar de caminar hacia ella. No quería dejarla sola, porque él sabia lo que era que alguien te abandone.
"Veneciano..."
Alguien volvía a llamarlo desde afuera de aquella tranquila nada. La voz estaba quebrada en un sentimiento de culpa y dolor, el muchacho no sabía que hacer, pero para ese momento ya había tomado la mano de la muchacha, y esa mano era la única que podía sentir con certeza en ese momento.
"¡Veneciano!"
El italiano ya había tomado su decisión.
