Después de mucho, muchísimo tiempo, aparezco con una nueva viñeta sobre uno de los Black más atractivos de los últimos tiempos. Llevaba mucho tiempo con la idea en la cabeza y no sé si habré sido capaz de transmitir lo que quería. Vosotros me diréis. De cualquier forma, espero que os guste.

Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a J.K. Rowling, yo solamente juego con ellos.


Estancia en Grimmauld Place.


Odiaba aquella casa, cuando se marchó, juró que nunca volvería a respirar el aire viciado de aquel lugar y, sin embargo, allí estaba de nuevo. Cuando Dumbledore habló de refundar la Orden del Fénix y de la necesidad de encontrar un cuartel general seguro, Sirius no se lo pensó dos veces; entregó todo lo que tenia para ayudar a la causa, aunque eso supusiera herir aún más su destrozada alma.

Mientras recorría una vez más los familiares cuartos que nunca pensó que volvería a ver, los recuerdos no paraban de aflorar. Chasqueó la lengua con asco, no entendía a qué venía tanta debilidad. Él sabía que no había sido feliz; desde niño tuvo claro que era diferente, que no era el Black que todos esperaban que fuera y sin embargo, ahí estaba, con aquel maldito nudo en la garganta que iba creciendo con cada paso que daba.

Observaba las alfombras raídas, los cuadros llenos de polvo y las telarañas que imperaban en cada rincón, pero en realidad no los veía. En su mente dolorida y desgarrada, sólo había espacio para aquella casa brillante y majestuosa de sus recuerdos infantiles.

Avanzó de manera lenta pero ineludible por los pasillos, antaño tan llenos de vida. Sus sentidos captaron los olores de las exquisiteces que tanto le gustaban. Los suculentos platos que su madre servía en las cenas de sociedad, los postres sabrosos y dulces que se deshacían con sólo mirarlos… Kreacher podía ser huraño, desagradable y repugnante, pero en la cocina, el mago tenía que reconocer que se desenvolvía como nadie. Pensar en el elfo doméstico, le devolvió de golpe a la realidad. La belleza, la luminosidad y la riqueza que acompañaban a Sirius, dieron paso a la penuria, la miseria y la oscuridad del lugar.

La rabia se apoderó de él y de un golpe, atravesó parte del tabique que tenía a su izquierda. El dolor que le recorrió el brazo, fue suficiente para hacerle reaccionar. Sabía que se estaba comportando como un estúpido, pero no podía hacer nada para evitarlo. Los gritos de Walburga resonaron en sus oídos. Con un dominio de sí mismo del que sólo podían hacer gala los Black, Sirius le siseó un cariñoso púdretey continuó su camino, ignorándola a ella y a sus malditos insultos.

Su madre continuaba chillando y maldiciendo, mientras Sirius, sumido en sus pensamientos, no se daba cuenta de que su inconsciente dirigía sus pasos hacia el último lugar al que querría ir. Un destello de luz, llamó la atención del mago y unas palabras escritas en el acero, le hirieron en lo más profundo de su torturada alma.

Prohibido pasar

sin el permiso expreso de

Regulus Arcturus Black

El corazón se le paró durante un eterno y doloroso segundo. Sirius quiso dar la vuelta, huir, salir de allí para no volver, pero no pudo hacer nada contra esa fuerza que lo atraía de forma irremediable hacia la habitación de su hermano. Tragó saliva y respiro profundamente, tratando de controlar esas emociones que amenazaban con traicionarlo. Él sabía que en algún momento tendría que entrar ahí. Sus manos, huesudas y temblorosas a causa de los años pasados en Azkaban, acariciaron el marco de la puerta, llevándose consigo el polvo acumulado desde hacía tantos años.

Agarró, con una delicadeza que rayaba en la dulzura, el pomo y en un movimiento lento y suave, Sirius abrió una puerta que creía haber cerrado para siempre. Sus ojos grises recorrieron expectantes cada rincón de aquel cuarto decorado en plata y esmeralda, esperando a una persona que jamás volvería.

Una pequeña lágrima se deslizó por sus mejillas hundidas. Quiso entrar pero su cuerpo no le respondía; sus piernas estaban paralizadas y su voz, fuerte y varonil, escapaba en un susurro apenas audible. Un sudor frío recorrió su cuerpo y se llevo una mano a la garganta, asustado. Aquellas cuatro paredes estaban asfixiándole. Dando un portazo, corrió escaleras abajo, tratando de escapar de los recuerdos que se agolpaban en su interior. No estaba preparado, aún no. El sentimiento de culpabilidad seguía siendo tan real como el día en que Regulus le escupió aquellas palabras que le habían perseguido durante tantos años.

"Eres un maldito cobarde, Sirius."

Con manos temblorosas, cogió una botella de aguardiente y bebió. Bebió hasta que el fuego arrasó su garganta y las lágrimas fueron sustituidas por un agradable sopor que le impidió seguir torturando a su mente enferma de dolor. Sumido en su letargo, Sirius no fue consciente del lento paso de las horas hasta que la luz de un nuevo día lo encontró hecho un ovillo en un rincón, convulsionándose y llorando por todos aquellos a los que había amado y fallado.

Su cabeza daba vueltas y un insoportable martilleo dominaba sus sienes. Miró con asco la botella vacía de alcohol y se dirigió al lavabo, en un intento por adecentarse y fingir que la noche anterior no había ocurrido. El agua, fría como el hielo, revitalizó su cuerpo dormido y le ayudó a pensar con algo de claridad. Hoy vendrían los miembros de la Orden y no podía permitir que le vieran en ese estado. Tenía mucho por hacer; había que limpiar la casa y preparar todos los cuartos para cuando los Weasley se instalasen en ellos, pero sobre todo, quería estar listo para cuando trajesen a Harry. Al pensar en el chico, Sirius sonrió.

No quería una familia, no necesitaba una. Hacía mucho tiempo que había renunciado a aquella idea; lo único que su corazón ansiaba eran el afecto y la comprensión de Harry y, no sabía muy bien cómo, había logrado su objetivo. Cada vez que su ahijado lo miraba con admiración y cariño, Sirius los veía; veía a aquellos rostros queridos y sentía por un momento que lo perdonaban, que no lo culpaban por sus errores, que no lo hacían responsable de sus muertes. Y era entonces cuando Sirius Black se reconciliaba con el hombre que era y, por unos preciosos instantes, creía ser merecedor de un futuro.


N/A: Mi intención era que Sirius entrase al cuarto de Regulus, pero al final ni él ni yo, nos atrevimos a cruzar esa puerta. Tal vez en otra ocasión. ¿Reviews?