A decir verdad tenía listo este capítulo desde hace muchísimo, pero quería darme tiempo para planificar y adelantar este y otros mini-proyectos como mis drabbles y el ASK para variar. Lo subo antes de lo previsto como regalo de navidad y fin de año, además de entero agradecimiento a los comentarios de kumikoson, Umizu y Eli castillo. ¡Gracias por animarme a continuar!
Carnaval de Impurezas: Ensayo
Sin lugar a dudas, el Faro de Alejandría se tenía bien merecida su posición como antigua maravilla del mundo. Un dios podría despreciarla con la misma facilidad que desprecia al resto de la tierra y sus habitantes, y un ser humano lo encontraría como otra bonita arquitectura histórica, entre otros puntos de vista, ninguno encajaba en la perspectiva que ella tenía: porque no se consideraba ni diosa, ni mucho menos humana.
Sólo para aclarar, tampoco un demonio.
Para una bruja el mundo está lleno, repleto de magia, de misterios, de fórmulas que logran resultados considerado imposibles. La han llamado ciencia para este tiempo, y pronosticaba que en unos dos siglos más la ciencia cambiaría mucho el concepto de la magia, lo sobrenatural, y también serviría de tapadera para un millón de secretos más bajo el velo del escepticismo.
A Selene le parecía bien así, de esa manera la magia se escondería de las personas y solo unos contados escogidos serán capaces de verla, de tener el honor de ser uno con ella, tal como era su caso. La magia no necesitaba de más gente de la necesaria, esa era su forma de verlo.
Contemplaba el firmamento por la ventana del último piso de la torre, en la minúscula isla. El manto negro azulado y las estrellas, las bellas constelaciones refulgiendo de vida. La brisa le acariciaba el rostro níveo, revolviendo parte de su cabellera azul índigo que mantenía sujeta por una fina cinta azul con el resto de la cortina de hebras cayendo hasta la cintura. Sus ojos que eran del mismo color de pelo se mantenían fijos en el astro que hacía justicia a su nombre.
—Es una hermosa noche —comentó más para sí misma que para la persona que caminaba hacia ella en la sombra de la habitación del último piso. La recámara que antecedía a la de la linterna del faro. —Sentí que Adonis y Narciso descendían al pueblo, ¿es verdad que se encontraron con los santos de Athena?
—Eso parece, además de neutralizar a los espectros de Hades y vigilar el retorno de la princesa con los suyos no intervinieron más. —Informó Dita, situada ya junto a Selene. Ambas tenían el vestido roto en los pliegues y las mangas arrancadas, como si las hubieran hecho jirones.
—Entonces todo marcha según los deseos de la señora —sonrió con especial dulzura, sin dejar de contemplar el cielo—lo mejor para la princesa ahora es que permanezca con los que todavía se consideran sus camaradas, arrastrarla con nosotros ahora sería un acto demasiado precipitado y por cómo está la situación actual nos conviene evitar una guerra contra el Santuario.
—Lo dice por él, ¿no es así? —el rostro de Dita ganó seriedad, una que le daba más años al juvenil rostro que poseía.
—Precisamente, me he mantenido cuidadosamente informada sobre sus movimientos, también sobre los finos hilos que ha tejido el destino hasta ahora —rodó los ojos hacia Dita manteniendo esa vaga sonrisa—los santos de Athena, nos guste o no, son los que actualmente están mejor capacitados para proteger al recipiente de nuestra preciosa señora contra este enemigo. La mitología los coloca como nuestra mejor opción por los momentos.
A Dita no le agradaba sentirse insuficiente, pero tanto Selene como ella se sabían como simples sacerdotisas que no están acostumbradas a la guerra, ni mucho menos, a batallas tan constantes.
Y sin embargo compensaban demasiado bien eso con la astucia y las artimañas que a lo largo de los años habían practicado y enseñado como tutoras. Recursos y talento les sobraba para conseguir lo que querían.
—Pero eso será hasta que ese peligro desaparezca, y la señora Afrodita podrá estar entre nosotros como antes.
Dita asintió.
—Seguramente su parada será Santuario —un velo de preocupación cubrió su rostro—sin embargo, una vez que esté allí será difícil interceptarla.
—No te preocupes por eso —colocó una mano en el hombro de la muchacha con gesto afable—ya me estoy encargando de que la persona adecuada nos sirva de vínculo con ella, y por supuesto, también le ponga al tanto de ciertas cosas que le serán de ayuda. —La mirada de Selene se desvió al interior del cuarto, a las sombras donde apenas se reconocían varias siluetas deformes amontonadas en el suelo, encadenadas a las paredes y el suelo. Los murmullos de aquellos que fueron humanos comenzaron a irritarle profundamente, en otro momento sus lamentos habrían sido música para sus oídos, pero ahora que requería de la concentración total para seguir las predicciones en el cielo nocturno solo eran puro ruido. Pura basura.
La mujer etérea se percató de esto al mirar en la misma dirección de Selene, donde una mano pretendía apoderarse del tobillo blanco de Dita. Su compañera pisoteó sin piedad alguna la extremidad de la criatura y la retorció hasta deformarla más de lo que ya estaba esa huesuda y putrefacta mano.
—Es de los pocos que han tenido energía suficiente para permanecer vivos y conscientes —comentó Dita, sin inmutarse por la acción de Selene, quien sonreía entre divertida y fastidiada por la presencia de esos seres que eran más parecidos a los espectros que a otro ser viviente.
—Creo que deberíamos hacer una limpieza, una donde no quede rastro de sus horribles existencias. No creo que las personas que les conocían quieran volverlos a ver en ese estado. —río un poco antes de chasquear los dedos.
El fuego cubrió sus cuerpos, iluminando la recámara donde se avistaba la luz de las llamas a través de la ventana y el humo que comenzaba a alertar sobre el incendio en el faro de Alejandría. Los primeros en aproximarse a atender el incendio juraron haber escuchado algo parecido a las carcajadas de una malvada bruja.
¿A dónde se había ido todo el mundo?, pregunta interesante. Desde la mañana el bar, su bar, estaba por entero desolado, y no, no tenía nada que ver con la hora, siempre que abría el local pasaban uno o dos comensales a saludar, alguno que otro ocasional que se bebía un par de jarras para refrescarse del trabajo y en la medida que caía el sol la gente llegaba a ocupar las mesas para despejarse de los quehaceres diarios y comentar las noticias del día.
Ya era casi medio día y el lugar permanecía vacío, ni un alma se asomaba.
Extraño, ni las veces en las que echaba un ojo fuera veía casi gente, alguno que otro sujeto ocasional que pasaba de largo. No era el primer día en que sucedía, toda la semana había sido así, y en la noche apenas ni recogía la cuarta parte de las ganancias que normalmente recibía. ¿Alguien quería tumbarle el negocio?, no podía ser, de tratarse de alguna taberna nueva se habría enterado.
Suspiró, por enésima vez, fregando con el trapo un vaso de vidrio por pura inercia de barman en la soledad de la barra.
Om nom nom nom~
En la soledad que alguien se había esforzado por mantener, porque claro, aquel sujeto no podía llamarse propiamente compañía ahora, si solo estaba echado en una silla comiendo manzanas sin decir una palabra. Ni siquiera le había dicho con que motivo regresaba a ese pueblo, porque de visita obviamente no estaba. Para colmo todo lo que hacía era ignorarle y tragar.
Una venita palpitó en su sien cuando dejó otro hueso en el montoncito que venía coleccionando. Se hartó.
—¿Y bien?, si no viniste a tomar nada, ni siquiera a sacarme un poco de plática, ni mucho menos a contarme bien como te ha ido —le lanzó el trapo hecho una bola a la cabeza—¡por lo menos deja de hacer el vago y mueve el culo para ayudarme a limpiar el lugar!
—Ajshkjahslkajslñakjslajs! —Se atoró con un pedazo de manzana, tosió un poco y recuperado de la sorpresa y la obstrucción se irguió para replicarle—¡¿Pero qué mierda te sucede ahora mujer? —bramó—, hace rato te morías por tener algo de compañía y por eso me quedé aquí, ¡y ahora que estoy te quejas de que no hago nada!
—¡Por si no lo sabías señor importante, no has hecho más que echarte ahí a devorar mis manzanas!, no tenía problema, al fin y al cabo fueron un regalo por la cosecha y no me las voy a comer todas, ¡pero que te quedes ahí sin decir pío te hace ver como un parásito aprovechado! —Calvera fulminó a Kardia con la mirada, quien se la devolvía con gesto de reproche. El silencio no duró sino hasta que ella suspiró dándose por vencida con aquel hombre que, para ciertas cosas como lo era entretener a una mujer era todavía un crío. —Oye, tú no andas por aquí si no es por un buen motivo, ¿verdad?, ¿sabes algo de la razón por la cual el pueblo está tan desierto?
La pregunta no sorprendió al santo de Escorpio, Calvera era una mujer aguda, y verlo de nuevo tan despreocupadamente por ese pueblo distante del Santuario y llevando el cofre de su armadura, obviamente no era por viaje de placer, aunque para Kardia el simple hecho de irse a encontrar con la muerte lo volvía todo un viaje de placer por supuesto.
Calvera dudaba que fuera a contestarle, y tampoco pensaba en seguir insistiendo si a la primera –esa era ya la segunda- no iba a responder. Fue cuando él se incorporó de su asiento y se echó el cofre en la espalda, sin olvidar de apropiarse de una última manzana, que escuchó decirle:
—No estoy seguro, pero mi amigo piensa que algo extraño está ocurriendo en Éfeso. Por eso estoy aquí.
—¿En Éfeso?, pero… ese lugar está desierto hasta donde tengo entendido, nadie más que los vagabundos y ladrones están allí —normalmente estaba extrañada, ya que Éfeso era una civilización en ruinas cuya población estaba repartida en otros pueblos, y la permanente solo se trataban de indigentes y gente que venía de paso.
—Él dijo que necesitaba ir allí por algo, creo que tiene que ver con su maldita afición con los libros —negó con la cabeza—en fin, me iré a reunir con él pronto, se pone insoportable cuando lo hacen esperar adrede —rió imaginándoselo con esa cara de pocos amigos, cruzado de brazos y moviendo el dedo impaciente—. ¡Hasta entonces Calvera!
—Cretino —murmuró apresuradamente en voz baja, apretando un puño y los dientes en una sonrisa ruda—¡Mándale mis saludos y bendiciones a Sasha!, ¡No hagas nada demasiado peligroso!
Kardia respondió a eso con una seña de brazo, él nunca aseguraba nada y Calvera lo sabía. La palabra peligro seguía a ese sujeto a donde fuera, pedirle que no se excediera más de la cuenta era lo único que podía hacer. Kardia vivía atado al riesgo, donde o todo ganaba o todo perdía, era una suerte que todavía no encontrara a esa persona donde entregarse sin remedio a su destino.
Al salir de la taberna el escorpión se encontró con la calle desierta, y le dio la razón a la angustia de Calvera por no ver ni un alma en los alrededores; eso incrementaba sus sospechas acerca de lo que Dégel le había comunicado en el mensaje recibido ayer de la pata de una paloma mensajera. Sí que son útiles esos bichos emplumados, pensó recordando a un Dégel cargado de varios rollos de pergamino, su cofre de armadura y una jaula de palomas que había partido hace más de una semana.
Estaban ocurriendo cosas extrañas en Éfeso, donde él fue a buscar quien sabe que información, sinceramente no lo recordaba, para el poco interés que ponía en las investigaciones de Dégel. El mensaje a pesar de estar encriptado en uno de los pocos idiomas que Kardia dominaba -la suerte de haber nacido y educado a lo griego- tenía un aspecto apurado y casi, casi desesperado. ¿En qué lío se había metido Dégel, y sin haberlo invitado desde un principio?
—Por suerte la invitación llegó, con retraso, pero dicen que lo bueno se hace esperar.
Con una sonrisa dio un mordisco a la manzana y emprendió su marcha hacia Éfeso, que estaba a unos kilómetros a pie. No tenía pensado seguir haciendo esperar al acuariano.
Lo que siguió del resto de la noche tras la aparición de esos misteriosos caballeros que decían seguir a la diosa Afrodita no fue la calma que hubiese querido Shion y el resto. Tras salir del Serapeum después de resolver que nada más había que hacer en esas ruinas y llegar al pueblo, se enteraron de que el Faro de Alejandría se estaba incendiando y que ya algunos aldeanos y pescadores estaban moviéndose para apagar las llamas. Albafica insistió en ir ya que se trataba del lugar en donde había despertado, y que en el momento no se le había ocurrido explorarlo al no sentir ninguna presencia en este. Todos comprendían que quizás eso no había sido ninguna casualidad y tenía que ser obra de esos misteriosos siervos.
Al llegar el incendio estaba controlado, las pocas llamas que quedaban ya eran siendo apagadas gracias a los esfuerzos de pescadores y aldeanos, a los que no les duró la dicha de haber hecho un buen trabajo en equipo cuando uno de ellos lanzó un grito de horror al pisar algo que hacía crack, algo que tenía forma de un cráneo humano carbonizado.
Según el informe del médico forense del pueblo, eran los cuerpos de las treinta y siete jovencitas desaparecidas en ese mes: las edades y tamaños de los huesos, por malo que fuera su estado, concordaban con las descripciones, así como el número; y solo para que no quedara duda, el cuerpo mejor conservado por su forma parecía ser el de una mujer, una que no era otra sino la antigua dueña de una casa de entretenimiento de Alejandría, pérdida que rompió el corazón de más de uno.
El de Albafica no había sido la excepción, algo más que su corazón estaba quebrado y ese era su orgullo; ya no se trataba solo de su cuerpo, ¡había fallado por completo en su misión!. Esas muertes eran las que él tenía que haber evitado, y ahora era su culpa que ellas estuviesen reducidas a eso. No lo soportó y se alejó del escenario apenas sin que muchos se dieran cuenta de su intento por desaparecer, logró llegar a la playa hasta que Shion le atajó el brazo frenándole.
—Suéltame —murmuró, aferrando en un puño los pliegues de la capa que Shion le había prestado para taparse.
—No tienes que cargar con esto tú solo —le dijo—tampoco fue tu culpa que eso ocurriera —no veía que Albafica apretaba los dientes con esas palabras—tú mismo viste que no hubiera nadie antes de irte.
—¡Pero podían haber estado allí y ni siquiera se me pasó por la cabeza! —Exclamó volviéndose hacia este e intentando removerse sin éxito, desventajas de ser mujer—¡yo solo pensaba en mí en ese momento y lo olvidé!, ¡me olvidé de la razón por la que había venido y eso es algo que no me puedo perdonar de la noche a la mañana!, ¡quizás nunca!
Estaba quebrado, y Shion sentía que también se quebraba con él. Sabía exactamente como se sentía; desde que tenía memoria, cuando Albafica liberaba esas emociones –como ahora- conseguía que el mensaje fuera tan claro que solo podía resumirse a empatía, llegaba muy adentro de quien lo presenciara. Tenía el impulso de consolarlo, de decir algo que le quitara esa amarga sensación de impotencia, de reconfortarle con un abrazo y decirle –aunque bien fuera una mentira piadosa- que todo iba a estar bien.
Pero no pudo hacer nada de eso, porque en el momento que bajó la guardia Albafica liberó su brazo del agarre, sin moverse de su sitio. Ahora la playa estaba desierta ya que la mayoría de los pobladores se encontraban en los alrededores del faro, la calma indiferente de la noche y la brisa del mar consiguieron suavizar algo de ese difícil silencio.
—Lamento si mi comportamiento te trae problemas, Shion —habló después de mantener por un rato la mirada desviada hacia las olas del mar negro—no pude controlarme… me es difícil controlarme ahora.
—Tú no debes disculparte por nada, es perfectamente normal que te sientas así —esbozó una pequeña sonrisa comprensiva—además…, considero injusto que te tomes toda la responsabilidad del asunto tomando en cuenta que Yuzuriha, los demás santos y yo también estábamos aquí, no eres el único que se siente de esa manera. —Albafica bajó la mirada unos milímetros—. Pero comprendo que hoy se te han juntado demasiadas cosas, si te sirve de algo, por lo menos me alivia que estés con vida.
Creyó haber escuchado que Albafica murmuraba un "gracias Shion" antes de que Yuzuriha y los demás se reunieran con ellos en la playa. Ya nada podían hacer en Alejandría, descubrir los cuerpos había representado una fuerte derrota para cada uno de ellos, y también significaba que los enviados de Afrodita no intervendrían más allí. Cansados de esa larga noche resolvieron instalarse en alguna posada a descansar, tuvieron suerte de encontrar cupo en una pequeña, muy humilde, pero lo suficientemente cómoda para pasar la noche.
Ninguno consiguió dormir a plenitud, todos parecían contagiados por alguna plaga insomne que los ponía de una u otra forma a pensar en lo sucedido. Yuzuriha ni siquiera intentó dormir, invirtió su tiempo en pedir algunos materiales de costura a la dueña de la posada para sacar de la capa de Shion una blusa para Albafica, una que por la mañana estaba lista esperándole para medírsela.
—Fue suerte que nuestras medidas coincidieran un poco, por lo cansada que estabas no quería molestarte tan tarde —le decía en lo que enseñaba la prenda— ¿te gusta?
La pregunta le sorprendió un poco ya que se hallaba revisando el trabajo de Yuzuriha, una blusa blanca bastante sencilla, de mangas largas y de torso largo que descubría buena parte de los hombros para añadirle cierto matiz de frescura. La sintió cómoda al colocársela, no era algo tan femenino como para avergonzarle ni tan masculino como para decir que se estaba travistiendo. La amazona había dado en el clavo con su trabajo, le daba la impresión de que entendía demasiado bien cómo se sentía respecto a ese nuevo cuerpo.
—Sí, está perfecta; muchas gracias Yuzuriha. —Agradeció disimulando la fijación que tenía con su reflejo, con la apariencia que le devolvía; no se cansaba de lucir sorprendido –y turbado- por tan abrupto cambio.
Después de desayunar en la posada, tratando de no verse tan caras largas respecto a la fea noche, fueron al puerto a esperar por un barco que los llevara a Grecia de vuelta, cada uno con la armadura en el cofre. Un pescador les informó que hoy ninguna nave iría a Grecia, y que lo más cerca que pasaría de allí era una que tenía como puerto la ciudad de Éfeso en el territorio turco. No les quedó más remedio que esperar a que esa nave zarpara, y hacer el resto del camino en esa parada.
Pocas fueron las palabras que intercambiaron entre sí, los caballeros de bronce así como el mismo Shion ayudaban en lo que podían a los pescadores en su trabajo como compensación del favor que les hacían al dejarlos ir en su navío. A Yuzuriha y a Albafica les habían casi prohibido el trabajar alegando que había suficientes hombres y que era mejor si disfrutaban del viaje. Aquello casi les llegó a sonar ofensivo, por lo menos a la rubia se le notaba más que a la de cabellos turquesa.
—Tch, no es que no esté acostumbrada a esto, pero resulta molesto cada vez que me topo con esta clase de amabilidad —había dicho en cuanto se encaminaba por la cubierta sin rumbo determinado—es una de las cosas con las que hay que lidiar siendo mujer.
A veces le daba la impresión de que Yuzuriha aprovechaba, consciente o inconscientemente, su condición para hacerle saber más sobre el mundo de las mujeres, no solo en la manera de vestir, sino en la forma en que la sociedad, con mucha influencia masculina donde la parte femenina era una clase aparte. Desconocía si le estaba haciendo sentir esa distinción con buena intención o a manera de desquite porque un hombre se colocara los zapatos de una mujer, pero fuera de la forma que fuera le caía como un balde de agua helada ya que le costaba acostumbrarse, siempre había sido muy independiente y de un momento a otro le parecía que todo el mundo se veía en la disposición de tratarle distinto cómo si se fuera a quebrar, así se sintió cuando al subir les colocaron una rampilla de madera extra para hacer el ascenso al barco más fácil, lo habían hecho especialmente para ellas.
Yuzuriha accedió a ayudar en la cocina, Albafica se negó con educación ya que la presencia de cuchillos y la posibilidad de un corte era un riesgo que no pensaba tomar, su cuerpo habría cambiado pero su sangre no lo había hecho. Le sabía mal el no hacer nada en lo que iba del viaje, siendo que todos ayudaban en algo; si no fuera por la presencia de ellos, por su amabilidad, no estaría sintiéndose tan inútil. Ya no era solo su sangre sino su cuerpo como tal.
—¡Ah!, Albafica, estabas aquí —Shion llegaba con el torso descubierto, a excepción de las vendas que las llevaba empapadas de sudor, así como en el cuello, los hombros y la frente perlada—por un momento te me perdiste en el barco —sabía que lo decía por su aspecto, ni él ni nadie estaban del todo acostumbrados a verlo de esa forma, sin embargo no mostró incomodidad ante esto aunque Shion si cayera en la cuenta de su imprudencia. —En fin, te buscaba porque necesito un poco de ayuda con esto.
Redes de pescar, aunque jamás en su vida había tejido una Shion tenía la esperanza de que lo hiciera mejor que él. Al inicio no supo qué hacer pero después identificó la forma del tejido y cómo debía enhebrar el hilo en la malla, consiguiendo así reparar las redes rotas.
—Podrías haberle pedido ayuda a alguno de los pescadores —dijo Albafica después de terminar de cerrar el hueco.
—Ninguno de ellos se encontraba disponibles y me tomaron por sorpresa con este encargo —se encogió de hombros—no soy muy bueno con las agujas.
—Yo tampoco lo soy.
—Al menos eres mejor que yo.
—Shion —lo detuvo—basta, se que hiciste esto para no dejarme por fuera, tus excusas siempre han sido pésimas y es siempre lo que te delata —puntualizó directo y sin anestesia.
El lemuriano se incomodó un poco, no por la franqueza de Albafica, sino por el hecho de resultar tan obvio para él o ella –no sabía si el hecho de ser mujer le hacía más agudo-. Suspiró viendo que no había nada que hacer.
—Igual, no era para darte un quehacer… lo hice porque pensé que al menos eso te distraería y no te enfrascarías en pensar las cosas antes de llegar a Santuario. —Se sinceró.
Ambos sabían que su posición como caballero dorado de Piscis estaba en juego, y no es que el hecho de que era mujer ahora fuera la razón, sino lo que estaba detrás de eso, lo que significaba el colgante de rosa. Lo habían destinado a encarnar a una diosa que bien se desconocían sus intenciones, si iba a ser una amenaza para Athena y la humanidad. Tenían que existir motivos para que un dios decidiera encarnar, y más aún, hacerlo en un santo ateniense.
Ambos también sabían cuán importante era para Albafica su puesto. Había vivido para ser lo que era, había sacrificado el contacto con otros para seguir ese camino, incluso, la vida de su preciado maestro, y ahora todo eso estaba a punto de irse al demonio. Él no tenía nada más allá que esa vida, nadie le esperaba fuera del Santuario, y tampoco podía darse el lujo de ser esperado por alguien siendo el peligro que era.
—Asumiré las consecuencias de lo sucedido, no te preocupes —dijo Albafica dejándole las redes a Shion en los brazos, o mejor dicho, casi se las arrojaba para evitar el contacto—el Patriarca y Athena sabrán que hacer al respecto, me preocupa más que esto pueda ser problemático para ellos.
Una mentira muy piadosa viniendo de ti Albafica, pensó Shion negando suavemente con la cabeza.
—Será mejor que te vuelvas a tapar, a tus hombros parece no sentarles bien el sol pesquero —aconsejó Albafica antes de retirarse, dejando a un Shion que se miraba la piel de los hombros y brazos con gesto de sorpresa al notarlas enrojecidas. Sintió una punzada de vergüenza al escuchar las risitas disimuladas de los santos de bronce acerca del comentario y lo delicada que parecía ser la epidermis de un santo de oro. Shion prefirió lidiar con la pena riéndose con ellos en lo que pensaba buscar algo con qué refrescarse la piel que después le iba a arder como los mil infiernos.
Ya pronto estarían en tierra.
Rotura de cráneo, y esa era una visión optimista para la forma en la cual había conseguido que su cabeza le doliera de tan monstruosa forma. La verdad tenía mucha suerte de tenerla entera, pero eso no hacía menor el dolor, por el contrario, el solo hecho de pensar –en las posibilidades o lo que fuera- acrecentaba las punzadas en toda la zona del hueso y un poco más. Al menos le aliviaba seguir siendo el mismo y no saberse loco, o con algún trastorno cerebral por el golpe: si era capaz de distinguir eso, entonces estaba en sus plenas facultades.
Aún así no se atrevió a mover un músculo, todavía no evaluaba por completo los daños en su cuerpo, ni mucho menos conseguía hilar los eventos que le condujeron a ese estado, el tiempo que llevaba así, y más importante, donde se encontraba. Por lo que lograba captar con la vista, ese lugar no era la biblioteca de Éfeso donde había estado antes de sumirse en la inconsciencia. El techo era de piedra, por las rejas que cercaban el cubículo debía ser una celda subterránea dado que no encontraba ventanas y sentía la temperatura distinta respecto a la latitud.
Dégel lo intentó de nuevo, recordar, recordar cómo había llegado hasta allí o mejor dicho, lo que ocurrió antes. Aunque le matara la cefalea encontraba esencial hacerlo; en su forma de actuar siempre empezaba por el análisis situacional y en base a ello tomaba sus decisiones; a veces le ganara lo impulsivo cuando algo valioso para él estuviese en juego, ocasiones que podían contarse con los dedos; al no ser el caso podía tomar esa prevención.
Había llegado a Éfeso alrededor de una semana, sin contar el espacio oscuro en el que permanecía inconsciente. Tras esa noche en el Star Hill intentando leer las predicciones de las estrellas y llegar a tan inconclusos resultados, la ansiedad producida por la intriga y curiosidad a causa de la misma situación, sumada la urgencia que traía el asunto de las desapariciones, le llevaron a realizar una investigación más rebuscada. Sus libros no eran suficientes, y realizar un viaje tan largo hacia Bluegard implicaba más tiempo del que en realidad contaban.
Entonces recordó haber escuchado de su maestro que en Éfeso se encontraba la biblioteca más antigua del mundo, que a pesar de haber sido desmantelada en varias ocasiones conservaba entre sus paredes y escombros valiosos rollos de pergamino que albergaban información en lenguaje encriptado que la gente normal lo identificaría solo como un archivo más de inventario, cuando en realidad escondían secretos sobre diversos sucesos de los cuales, yéndose a la parte conspirativa, encerraban cuestiones relacionadas con los dioses. Aquella era una de las tantas teorías de las cuales Dégel, ni el mismo Krest, podían certificar como auténticas, se basaban en puras especulaciones y alguna que otra prueba que casualmente la corroboraba por encima.
Sin embargo era una opción, si no daba resultado siempre podía desviarse a Bluegard o alguna región cercana donde le fuera posible contactar con la gente que él conocía, gente estudiada en diversos campos de la ciencia para ese entonces, y que con algo de suerte podrían orientarle. Nunca una lectura astrológica le había resultado tan difícil, ambigua, e intrigante hasta ahora, todas las noches desde que eso empezó se lo preguntaba, al punto en que a veces se quedaba perdido en el espacio sin prestar atención a lo que le decían otros, con Kardia por ejemplo se había llevado repetidos bromazos hasta hartarlo.
En fin, acabó por ir a Éfeso a investigar en su biblioteca, conmemorada a Celso por su hijo Gayo Julio Aquila durante la vigencia del Imperio Romano. Recordó haberse quedado por entero fascinado con la fachada de aquel monumento de la historia, sostenida por cuatro columnas dobles en cada piso, y que a la entrada se topara con cuatro nichos albergando las "Cuatro Virtudes de Celso", y flanqueadas por dos estatuas que daban paso a nueve escalones de mármol; la fachada de la Biblioteca no era sino un adelanto de lo que se podía ver en su interior: una gran sala de lectura situada en su planta baja cuyas grandes ventanas orientadas hacia el este favorecían el paso de la luz a primeras horas de la mañana.
Una sala subterránea de techos abovedados protegía la tumba de mármol de Celso; mientras que el segundo piso, por lo que parecía, estaba destinado únicamente a albergar manuscritos, de los aproximadamente 12.000 que se calcula llegó a tener la biblioteca, logró enumerar unos 500 sin contar si estaban o no en condición de ser estudiados.
Admitía haber perdido alrededor de cuatro horas en la exploración y la fascinación que le causaba ese pedazo de la historia del mundo. De no ser por la necesidad de iniciar cuanto antes el proceso de decodificación de aquellos pergaminos restantes se habría permitido estudiar con más detenimiento los distintos recovecos de la biblioteca. El trabajo más engorroso fue el descifrar que tipo de código usaban esos pergaminos, un griego tan antiguo entremezclado con anotaciones turcas lo hacían verdaderamente difícil si sumaba también las constantes mezclas de latín. Una noche de desvelo entero fue suficiente para descubrir ese código, ya a la mañana siguiente y después de un merecido descanso, se encontraba enfrascado en la traducción.
Quinientos rollos, todos en estado precario, algunos ilegibles, otros que de solo moverlos un poco se pulverizaron. A Dégel le se sentaba mal que tan antiguos registros quedaran reducidos a polvo por culpa de la ignorancia de las personas y el abandono. Los rollos con los que contaba, hasta ahora, le revelaban algunos detalles sobre el culto a Artemisa que se celebraba en aquellos tiempos antes de Cristo, y le llamó especialmente la atención que otro rollo contara con una precisión tremenda la historia de los siete durmientes de Éfeso, la cual era una de las leyendas más antiguas del Cristianismo. En alguna ocasión también había estudiado la biblia, e incluso, leído libros que según su maestro la Iglesia les había rechazado y tildado de escrituras impostoras (más adelante conocidos como textos Apócrifos). Lo cierto es que la historia como la leía Dégel tenía sus diferencias respecto a la original, cosa que le llamó la atención pero no la suficiente como para seguir indagando. Ahora se arrepentía de no haberle hecho suficiente hincapié en el momento.
Días pasaron, y tras más de mediodía traduciendo y requisando decidió que era tiempo de tomarse un descanso, lo aprovechó en ir al pueblo vecino por provisiones, la villa de Selçuk. Tomó las suficientes como para cinco días más que según sus cálculos sería lo que más o menos necesitaría para terminar su investigación. De regreso a la ciudad en ruinas se encontraría con una sorpresa.
Las calles, antes vacías, abandonadas, ahora estaban repletas de gente; y no precisamente de vagabundos o ladrones que frecuentaban el sitio. Eran personas que iban vestidas como los griegos antiguos, y algunos iban representando algún dios de la mitología o llevando sus estatuas en miniatura. Dégel se quedó en una pieza observando a esa multitud de personas, salida de la nada, y que para colmo exhibían un comportamiento desenfrenado de pasión, violencia, lujuria y codicia en contraste con la música alegórica de los carnavales.
—Bienvenido a la Catagogonia, señor. —Le había dicho una joven que iba sugerentemente vestida, enseñando uno de sus pechos tal como era visto en la en la antigua Grecia. Dégel tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para recomponerse y pensar en lo que sucedía. La Catagogonia era una celebración prohibida hacía varios siglos atrás desde la instalación del Cristianismo, y precisamente había sido prohibida por los excesos y los tantos actos delictivos que ocurrían durante su celebración. También era extraño que repentinamente toda esa gente apareciera en Éfesos para eso, no tenía sentido.
—¿Quién está organizando esto? —Exigió saber—las Catagogonias solo se celebran los 22 de Enero, faltan días para esa fecha.
—El Señor nos dijo que podíamos celebrarlas antes, y que en la fecha prometida sería la obra definitiva —respondió sin inmutarse, casi embelesada o fascinada por alguna razón que el acuariano desconocía, y que le hacía sospechar que esa chica estaba bajo los efectos de algún narcótico por como lucían de dilatadas sus pupilas. —Este es un ensayo, pero igual puede divertirse.
—Los caballeros de Athena también son bienvenidos en las Catagogonias —intervino un hombre de notable porte, ancho y un poco robusto con los bíceps bien formados y expuestos bajo la túnica que le colgaba de lado. De piel tostada por el sol y abundante barba cana, los rizos de su melena también eran grises y le daban el aspecto de ser un viejo león. Sus pequeños ojos dorados estudiaron a Dégel un momento, y este hacía lo mismo identificando que ese sujeto iba vestido en representación a Zeus, lo cual le hacía sospechoso de ser el responsable de esa celebración pagana. —Sería un honor que un santo de su orden se uniera a nuestra celebración.
—¿De dónde ha venido esta gente? —preguntó Dégel.
—Los dioses los han llamado.
—Los dioses también lo llamaron a usted… —dijo la joven que ahora se recargaba en su brazo, abrazándolo entre sus senos—seguramente recibió la invitación de las estrellas.
¿Las estrellas?, Dégel no pudo evitar asociarlo con la misteriosa lectura con el Patriarca. ¿Acaso se debía a esa misteriosa celebración?
—Leica, hija, conduce a nuestro invitado a que se cambie y se una a nosotros —indicó a la muchachita de cabellera castaña y rizada—siendo el santo de Acuario será como tener a la encarnación de Ganimedes entre nosotros. —Esbozó una sonrisa libidinosa.
Dégel trató de obviar el doble sentido de aquella insinuación poco decorosa, y también el hecho de que esa chica –que a su juicio no estaba consciente de lo que hacía- se le restregara de forma tan descarada en el brazo mientras le conducía a uno de los pocos edificios en pie donde le haría cambiarse para la ocasión. Lo mejor para comprender esa situación era mezclarse con ellos y averiguar desde la raíz si todo eso era obra de algún enemigo.
Tuvo que manejar bien la situación para no ser descortés y a la vez no caer presa de los bajos instintos de la jovencita, cuando esta le propuso quitarle la armadura dorada y vestirlo con el atuendo del copero de los dioses. Por suerte había logrado disuadirla de que le esperara fuera del edificio mientras se cambiaba. Tiempo que aprovechó para escribir con un pedazo de pergamino que llevaba y un trozo de carboncillo una apurada nota en Ateón*. Tenía que avisarle a alguien de lo que sucedía, y en ese momento solo podía pensar en una persona que sin pensárselo dos veces acudiría en su ayuda: Kardia.
Él debía conocer mejor esas costumbres dada su proveniencia, y era de las pocas personas a las cuales se confiaría sin pensárselo dos veces de sucederle algo.
Cuando salió al encuentro fue recibido no solo por Leica, sino por una multitud de personas que rodeaban en un arco a la representación de Ganimedes en la tierra. Le sentaba incómodo que repentinamente todos quisieran tocarlo, acariciarle la cabellera o rozarle las extremidades; de las pocas cosas que pudo evitar fue que una mano intrusa le apretara una de las nalgas, mano del cual no conoció a su dueño o dueña.
Sin duda esa introducción a la Catagogonia iba a ponerlo a prueba. Tenía que buscar la oportunidad para regresar a la biblioteca e ir por una de las palomas mensajeras que se había traído del Santuario, el mensaje debía llegar a Kardia o en su defecto al Patriarca. Con tanta gente pendiente de él y la joven Leica que ahora no se despegaba de su cintura, iba a ser un verdadero reto.
—¿El copero de los dioses no tiene sed?
—Necesito ir un momento a la biblioteca, ¿te importaría esperar?
—La biblioteca… ¿Qué harás allí?, ¿quieres un lugar más privado~? —le susurró sensualmente al oído.
—Debo buscar algo, no demoraré.
Iba en contra de su ética tratar tan indiferentemente a una mujer, por más ansias que esta tuviera en llevarlo a la cama con tanto descaro; para ese caso le urgía salir de ella e ir a entregar el mensaje. La dejó cerca de la entrada de la biblioteca y se fue casi a trote al interior, donde localizó inmediatamente entre los nichos con las estatuas las jaulas de las aves. Tomó una y ató con habilidad el mensaje en la pata, no sin antes indicarle al adiestrado animal a quien debía entregar el mensaje.
—A Kardia, cuento contigo pequeña. —La dejó ir por una de las ventanas y observó por segundos como esta se perdía en el cielo más allá del horizonte.
E inmediatamente escuchó un grito femenino, este pertenecía a Leica, la cual encontró arrinconada por dos hombres que le sujetaban los brazos y rasgaban indecentemente las ropas. Dégel no demoró en intervenir empleando una de sus técnicas, la cual congeló momentáneamente los movimientos de aquellos tipos. Tomó la capa roja de uno de ellos y la usó para proteger el desnudo torso de la muchacha, la cual le miró con ojos llorosos conmovida antes de lanzarse a su cuello a abrazarle. Dégel solo le correspondió a modo de consuelo y como acto protector de su parte.
Tenía que sacar a esa muchacha de allí, si al menos ella se salvaba de aquella locura podría alertar a los lugareños de los pueblos vecinos. La llevó en sus brazos hasta que se quedó por entero dormida, después de sollozar largo rato en su cuello y después en su pecho antes de que se rindiera al sueño.
Lástima que los abusivos se habían ya recuperado de su técnica momentánea y habían tenido el tiempo suficiente como para recolectar un ejército de hombres afiebrados y celosos de la pareja. El que no da ni comparte lo que tiene. Dégel no era el tipo de caballero ateniense que atacara personas si con eso podía librarse del peligro, teniendo las manos ocupadas no podía emplear sus técnicas, y tratándose de personas comunes, estas podrían herirles terriblemente si en la huída calculaba mal. Todo lo que le quedaba era correr como una persona normal y esperar el poder perderles de vista.
Leica fue reaccionando a medias, se asustó al notar que una pedrada había herido al Ganimedes en la cabeza y un camino de sangre se dibujaba en un lado de su frente. Dégel le sonrió restándole importancia.
—No te preocupes, estoy bien —le aseguró—¿te puedes mover? —ella asintió con la cabeza, Dégel se percató que por la forma en la que ahora enfocaba la mirada revelando sus pupilas violeta, la chica se encontraba más sobria—¿serás capaz de correr lo más rápido de puedas hasta la villa?, un amigo o más podrían venir allí y necesitarían de alguien que les cuente de la situación. —explicó y Leica pareció comprender a donde quería llegar el santo de Acuario. —¿Podrás hacerlo?
La muchacha asintió.
—Sí, Dégel-sama.
Soltó a Leica y la dejó correr por el camino de tierra rodeado por el bosque que limitaba con la siguiente villa. Dégel se detuvo y se aseguró de que ingresara al bosque sin dificultades, rezando porque llegara sana y salva.
Lo que seguía tras esa escena era borroso y confuso. Recordaba haber creado un muro de hielo que impidió el avance de las tropas de personas exaltadas por la celebración. Después había localizado un desvío en el bosque para regresarse a Éfeso una vez que renunciaran a buscarle. A diferencia de Leica él sí debía permanecer allí, como mucho, recuperar sus anotaciones y los pergaminos que faltaban por estudiar así como su armadura. No sabía exactamente en qué punto o momento se hizo esa supuesta fractura de cráneo, pero si la forma en la que había sucedido. Un olor embriagante le había enturbiado los sentidos –quizás al llegar efectivamente a la biblioteca- y aprovechando ese instante de debilidad le habían golpeado salvajemente con un garrote.
—¿Cuántos días llevaré aquí…? —se preguntó en voz baja a sí mismo, en lo que intentaba colocar su cuerpo de lado contra el suelo, midiendo si era o no conveniente incorporarse.
—Dos días y una noche haciéndome compañía~ —dijo la voz de alguien que hasta ahora no había notado allí, al mismo tiempo sentía que ese alguien tenía su mano sobándole una nalga—por fin despiertas, guapo.
Dégel se volteó abruptamente y en lo que establecía una marcada distancia entre el sujeto y él. Incrementó su cefalea con el movimiento, y le sirvió para darse cuenta de que su compañero de celda era un hombre de aspecto descuidado, cuyas ropas estaban curtidas y polvorientas –quizás llevaba más tiempo que él allí- y tenía una barba descuidada poblada de vellos rojizos similares al tono de su cabello que iba sujeto en una coleta baja. Tenía los ojos inyectados en sangre, como si hubiera probado altas dosis de alcohol etílico y quien sabe que otras cosas, lo cual le daba un aspecto enfermizo a sus pupilas azul pálido. Estaba seguro de que su aspecto no podía ser peor que el de aquel hombre.
—¿Quién eres?, ¿cómo llegaste aquí? —interrogó, recomponiéndose.
—De la misma forma que tú, me imagino —dijo con la voz rasposa y cansada—una linda chica que me ofreció una copa, después todo se volvió confuso y… bueno, es una lástima, esperaba disfrutar un poco más de la fiesta.
—A mi me golpearon desprevenido, había un olor en la biblioteca muy extraño que me desconcentró…
—Incienso del templo de Artemisa, para los intrusos —dedujo el extraño—le veo el lado positivo, ahora que estabas aquí podía tocar la otra gemela que me faltaba~
Dégel, como pocas veces en su vida, sintió la fría sensación del acoso bajándole de la cabeza a todo el cuerpo. Y eso que el frío era su temperatura, este resultó desagradable.
—Me llamo Hamelín —se presentó—es un placer conocerte, Dégel de Acuario.
—¿Cómo sabes mi…?
—Tienes un culo digno de los dioses, ¿cómo no te iba a conocer?
—… no me basta con esa explicación —aclaró Dégel, incómodo con los halagos hechos hacia su zona trasera.
—Si me dejas darte otra sobadita puedo ser más específico.
—No, gracias. Me conformaré con esto.
Tanteó con los dedos la reja, parecía una aleación de metal corriente, no le daría problemas para romperla en ese caso y salirse de ahí. Todavía debía recuperar sus cosas y la armadura dorada.
—Ni siquiera lo intentes —le advirtió el otro como si leyera sus movimientos aún en tan precarias condiciones, eso sorprendió a Dégel—ese metal repele la actividad del cosmos, así como las paredes, el piso, el techo…
—Sabes dónde estamos, ¿no es así?
—En el templo de Artemisa, o mejor dicho, en la parte de abajo donde encerraban a los prisioneros de guerra. Supongo que te harás una idea de la clase de prisioneros que estuvieron aquí, ¿verdad? —sonrió irónico—santo de Athena.
Eso lo explicaba todo, dejó de palpar el metal con los dedos resignado. Había probado si la temperatura del metal disminuía y era inútil, tal como decía Hamelín. La única forma de salir de allí era esperar a que vinieran por ellos.
—Hay que esperar.
—Y tenemos todo el tiempo que queramos para conocernos mientras esperamos~~ —Dégel volvió a ponerse en guardia ante la insistencia del otro, que también notó esto—vamos guapo, ¿o es que ya estás comprometido con alguien más?
—No sé si a eso se le pueda llamar compromiso, pero dudo mucho que le guste la idea de que tenga un acosador —dijo un franco Dégel al pensar en lo que Kardia podría decir de enterarse de cómo había sido hasta ahora su experiencia en Éfeso.
—Me tiene sin cuidado, lo que pueda pasar en esta celda se puede quedar aquí —le guiñó el ojo—aunque entiendo que con este aspecto no luzca muy atractivo.
—En realidad, y para el estado en el que se encuentra, dudo que pueda hacer gran cosa. —Remató Dégel con una punzada de sinceridad, acabando con las esperanzas de Hamelín a quien había hecho colapsar y volverse de piedra. Por lo menos así respiraba más tranquilo.
En lo que esperaba que el mensaje llegara a su compañero, y conseguía recuperarse lo suficiente como para salir de allí si venían por ellos. Porque dudaba que los responsables fueran a olvidarse de ellos, eso intuía.
Kardia, y algunos invitados inesperados, pronto se reunirían allí para la mañana del 22 de Enero. El día del Catagogonia definitivo, donde quizás se explicarán y aparecerán más misterios que giran alrededor de una ambigua predicción de los astros. Eso apenas era el interludio.
Notas de Dreamy:
Éfeso, Antigua ciudad griega que pasó a manos de Turquía, la cual tiene entre sus atractivos la Biblioteca de Celso, el templo de Artemisa, la casita donde María, la madre de Jesús de Nazaret, vivió y murió. La Iglesia de San Juan, Odeón, el estadio de Éfeso, el Templo Corintio, las Canteras de Prion, entre otros. Algunos de estos lugares aparecerán en lo que permanezca el escenario de Éfeso.
Catagogonia, una celebración que se llevaba a cabo todos los 22 de Enero en Éfeso, fiesta donde la gente salía vistiéndose como los antiguos griegos; acostumbraban a representar a los dioses y héroes de la mitología. Algunos sostenían figuras en miniatura de estos. Era especialmente conocida por los excesos, los abusos, violaciones a mujeres, robos y cuando mucho, asesinatos, que se cometían en pleno desenfreno que eran escusados bajo el afán por la actuación. Fue prohibida por lo mismo.
Ateón es el nombre que le daré al lenguaje encriptado con bases del griego antiguo que usan tanto el Patriarca como Athena y los dorados para comunicarse mediantes mensajes llevados por aves mensajeras. Es pura invención mía para explicar la forma en la que ellos se comunicaban a distancia.
Recomendación: si quieren hacer más didáctico el fic y conocer algo del escenario pueden buscar en Google imágenes sobre Éfeso y sus atracciones, sobretodo la Biblioteca de Celso, no se van a arrepentir, hasta a mí me dieron ganas de ir algún día a visitarla.
Y de nuevo las insinuaciones. Dégel da señales de tener acceso a información que podría tildarse de "prohibida" al público, de ahí que aquí en el fic haya tenido la libertad de ver los rollos –quizás los originales o copias- de los textos apócrifos de la Biblia. Me encanta pensar que él tenía esa ventaja, una de la que siento mucha envidia (?).
Este capítulo es la apertura del primer mini-arco del fic, que incidirá más adelante. ¡Ya empezarán a aparecer más caballeros de Afrodita!
¡Feliz Año Nuevo!
