De nuevo subo capítulo antes de lo que tenía propuesto, estoy poniéndole ganas en terminar este mini-arco y adelantar; así si estoy en una temporada muy dura con el fin de semestre o cosas por el estilo sabrán que los capítulos no demorarán en actualizarse. Si demoran pues... teman y recen mucho a los dioses por mi alma.
¡Muchísimas gracias por sus comentarios!, no saben lo bien que me hace leerlos, me dan fuerzas y mucha más motivación a seguir con esto: Andy, Umizu, Eli Castillo y kumikoson, ¡hacen posible que me proponga estar al pie con esta historia!
Futuramente habrá en mi perfil una encuesta para el mejor caballero (chico o chica) de Afrodita. Solo dejemos que la historia avance y aparezcan los personajes, ¡estén muy pendientes de los OC!, créanme, me he esmerado mucho por hacerlos dignos de la diosa que tienen, con el debido respeto a la señora del Amor y la Belleza.
Ya saben que al final de capítulo se agradecen los comentarios~ así sean amenazas de muerte, felicitaciones, cualquier cosa, yo lo recibo con una sonrisa de oreja a oreja :)
¿Ya he dicho que Saint Seiya y Saint Seiya Lost Canvas no me pertenece?, bueno, no es que estuviera ansiosa por recordarlo u.ú
Carnaval de impurezas: Catagogonia
¿Se habría perdido?, no, estaba seguro de que el bendito pueblo en ruinas quedaba por ahí, Calvera dijo por la ruta del bosque pasando por la villa vecina encontrarás el desvío: un camino de tierra que no tenía otra ruta más de la que señalaba con claridad. Pues bien, para Kardia no era tan claro, llevaba horas siguiendo esa ruta que no le conducía a ningún lugar. Los arbustos no se habían terminado, al salir de la villa de Selçuk le esperaba otro bosque espeso y el camino de tierra de la dirección, ¡pero el maldito camino de tierra se había terminado en mitad del bosque!
Tenía tiempo caminando por su cuenta, arrastrando los pies como si se propusiera arrancar la tierra debajo a ver si "mágicamente" reaparecía el condenado camino de Calvera. Fastidiado, Kardia sacó del bolso viajero de cuero que llevaba con un movimiento brusco una de las manzanas de las cuales se apoderó al durante su estadía en el bar, e iba a darle el mordisco de gloria de no ser porque el sonido cercano de un derrape le llamó la atención.
Naturalmente que por un simple desprendimiento de tierra no se habría ni molestado en correr a ver donde había ocurrido, si este no hubiese sido acompañado por un grito –juraba que era femenino- de auxilio. Kardia esquivó toda la vegetación que se le atravesaron en el camino valiéndose de brazos y piernas hasta que llegó al filo de un barranco, abajo se extendía una boca profunda y del otro lado estaba la chica, agarrándose torpemente como podía de las superficies rocosas sobresalientes que le servían de apoyo para no caer. Evaluó la situación con rapidez: él estaba del lado contrario y los separaba un abismo de sabría Dégel cuantos metros, y ella estaba del otro lado pendiendo de un par de dedos. Kardia chasqueó la lengua un tanto frustrado, ese no era su día.
Se desprendió del cofre de la armadura para mayor movilidad, y con la habilidad de un felino saltó hacia la pared donde se aguantaba la muchacha. Acertó al ver que no solo sus extremidades se ajustaban a la superficie, sino que el aguijón en su uña derecha era perfecto para sostenerlo una vez clavado en la tierra. Por el nuevo peso de la chica en su brazo izquierdo bajó unos centímetros hasta que finalmente su fuerza prevaleció frente a la gravedad del acantilado.
—Deh!, definitivamente esto me pasa por ser demasiado buen tipo —masculló, vigilando la distancia que lo separaba de arriba, no era demasiada por suerte, nada que una rápida escalada para estirar sus miembros –y uña- no aguantara; de paso le servía de estiramiento. — ¿Te encuentras bien?
Kardia se dio cuenta inmediatamente de no recibir respuesta que estaba desmayada. Suspiró resignado y comenzó el asenso, uno complicado al principio pero seguro al llegar a tierra estable. En lo que acomodaba a la muchacha caía en la cuenta de las ropas un poco rasgadas, la capa roja que protegía la agresión, y el helado aliento que rodeaba la tela en general. Reconocería ese aroma mentolado y frío en cualquier lugar.
—Dégel… —murmuró, incorporándose con la castaña en brazos—¿acaso empezaste a divertirte sin mí? —negó con la cabeza suavemente, sonriendo de forma cínica. —Pero qué desconsiderado eres amigo.
El barco pesquero atracó en un puerto de apariencia desolada, las tablas de madera crujían peligrosamente con cada paso que se daba sobre este, amenazando con quebrarse y otorgar un buen susto; afortunadamente nada de ello pasó y el grupo constituido por santos atenienses fue capaz de seguir adelante en su llegada a Éfeso, tras agradecer el favor del traslado a los pescadores.
El puerto de Éfeso constaba sólo del elevado de madera que apenas se sostenía en pie y la tierra blanca por la cal que se parecía más a la piel reseca de un deshidratado. Lo único vivo allí era algo de maleza y un vagabundo que dormía bajo la sombra de un juglar.
—¿Estará vivo? —se preguntó Curtis examinando muy por encima al descuidado hombre que yacía acostado, arropado por un andrajoso cobertor.
—Lo está, respira —señaló Junkers que se animó a darle unos empujoncitos al hombre para despertarlo—disculpe, hombre. Lamento interrumpir su hora de siesta, pero yo y mis compañeros queremos preguntarle si sabe cómo atravesar la ciudad de Éfeso para llegar a la otra villa.
Al hombre que abrió lentamente los ojos terminó de ponerlos como platos en lo que captó la pregunta de Junkers, haciéndoles parecer huevos fritos. Se sacudió con violencia, estableciendo una desesperada distancia entre los caballeros de bronce y él. En aquella postura defensiva lucía muchísimo más raquítico y quebradizo igual a un anciano.
—U-u-ustedes no deben ir a Éfeso… n-n-no en esta fecha, no este día… —murmuró apresuradamente—n-n-no se quienes sean… pero Éfeso está maldito… lo han maldecido los siete… ¡los siete!
—¿Los siete?
No lograron arrancarle otra palabra más porque el vagabundo se dio a la fuga, y a los de bronce con una respuesta tan pobre y confusa no le quedaron ganas de perseguirlo para obtener respuestas de un posible chiflado.
—Dijo que no debíamos cruzar Éfeso en esta fecha, y que lo habían maldecido los siete —explicó Junkers a Shion y el resto.
—¿Los siete? —Yuzuriha y Albafica se miraron las caras un momento, ninguna entendía al igual que Shion—¿los siete qué?
—No lo sé señor Shion, eso fue todo lo que dijo —lamentaba dar una respuesta tan poco satisfactoria, pero era todo lo que tenía—si me permite hacer conjeturas, creo que el juicio de ese hombre estaba un poco alterado, pero que podría estarnos queriendo advertir de algo verdaderamente serio.
—Nada perdemos con ir y averiguar lo que sucede, de todas formas no podemos pasar la noche aquí y perder un día de viaje sin llegar a la otra villa —dedujo Shion—gracias por recabar esta información, Junkers.
—No hay de qué señor Shion.
El ariano se volvió hacia sus compañeras, dejando por un momento a los caballeros de bronce explorar lo que quedara del puerto y descubrir el camino a las ruinas de la ciudad de Éfeso. Los tres dejaron los cofres en el suelo y cada uno se apoyaba en el filo, cruzados de brazos con gesto pensativo.
—Los siete… ¿hay alguna relación entre ese número y Éfeso? —preguntó Albafica, aunque parecía que lo decía más para sí mismo.
—Recuerdo que mi maestro me había hablado sobre la leyenda de los siete durmientes de Éfeso —mencionó Shion llamando la atención de ambas—hombres que fueron fieles a la doctrina del cristianismo, y que al verse obligados por el rey a cambiar su fe prefirieron repartir sus pertenencias a los pobres aprovechando la ausencia de este en una temporada. Cuando el rey regresó, sus hombres encontraron a los siete durmiendo en una cueva, y este ordenó sellarla para que no pudieran salir. Según la leyenda, los siete durmieron sin padecer hambre, sed o frío. Pasaron los años y cuando finalmente Éfeso abrazó el cristianismo, la cueva fue abierta con la intención de ser usada como establo; los siete despertaron y desconociendo del tiempo pasado se sorprendieron del cambio, y apenas aceptaron las nuevas autoridades cristianas se dice que murieron.
—¿Qué sucedió con los cuerpos? —preguntó Yuzuriha y el tono le hizo pensar a Shion de a donde se dirigían sus sospechas.
—Fueron enterrados en la misma cueva, según el relato, el rey Teodosio quería erigirles tumbas de oro, pero los siete jóvenes se le aparecieron en sueños pidiéndoles que les enterraran en la cueva —aclaró—y así fue.
—¿Se referirán a esos siete? —Albafica no le encontraba mucho sentido a menos que resurgieran como espectros, pero ¿por qué lo harían si eran hombres fieles a Dios que ya habían cumplido un propósito?
—No se me ocurren otros y —Shion hizo un esfuerzo por encontrar una relación de la fecha de ese día con Éfeso. Su calendario griego no era el mejor, y se le dificultaba que hubieran tantas festividades—hoy es 22 de Enero, no recuerdo ningún suceso digno de mencionar relacionado con Éfeso o en general.
Sus reflexiones y conjeturas se vieron interrumpidas por el aviso de Junkers, que junto a sus colegas habían encontrado la ruta que los llevaría a Éfeso. Los tres tomaron sus respectivos cofres y partieron de inmediato sin dejar de pensar en dos cosas durante todo el trayecto: Los Siete durmientes de Éfeso y el 22 de Enero. ¿Acaso la fecha estaba relacionada con la leyenda cristiana?; Shion era quien más rebuscaba en sus adentros, al ser de todos ellos quien más conocimiento tenía sobre historia griega y universal. Pensaba que quizás la fecha refería a algún evento sepultado por la historia, y de estar relacionado con Éfeso solo una posibilidad se le venía a la mente: Catagogonia, una celebración prohibida por los dioses y autoridades humanas hace bastantes siglos debido a las peligrosas e indecentes conductas que tomaban los habitantes.
Ensimismado, apenas alcanzó a detenerse cuando los demás lo hicieron para evitar tropezarse. Supo del motivo cuando Bleriot de León Menor abrió la boca.
—¡Es Dohko-sama! —En efecto, se trataba del santo de Libra que venía por un atajo en el mismo sentido que ellos, llevaba las ropas tradicionales de su tierra en el Asia y el cofre de su armadura a cuestas como todos. Dohko les devolvió el saludo, también sorprendido por la casualidad.
—¡Oh!, no me había percatado de sus cosmos, si que soy distraído —bromeó el castaño, la verdad es que ni Shion ni el resto tampoco habían reparado en el cosmos del otro, estaban tan pensativos en las palabras del vagabundo que si Dohko no les pasaba por el lado jamás se habrían cruzado. —¿Vienen de alguna misión?, debió tratarse de una complicada para tanta gente.
Dohko tenía casi un mes sin regresar al Santuario, él también estaba cumpliendo con una misión fuera del país, lo suficientemente lejos como para no enterarse de las nuevas que acontecían por ese lado del mundo. El santo de Libra se percató de algo inusual, gracias a una mirada más detenida en el grupo, fijó los ojos específicamente en la joven de cabellos turquesa que llevaba también un cofre de armadura dorado como Shion, y que por alguna razón tenía un parecido tremendo con alguien que conocía.
Evidentemente, Albafica se dio cuenta de ello de inmediato y trató en lo que pudo de aparentar normalidad, mientras que por dentro era un manojo de nervios. Estaba bien por él si solo Shion, Yuzuriha y los santos de bronce conocían de primera mano su condición, porque eso había sido inevitable y todos habían resuelto ser discretos al respecto antes de llegar al Santuario. La idea era informárselo a Athena y al Patriarca directamente para evitar confusiones entre sus compañeros de lucha, y al parecer el destino seguía teniendo otros planes.
—A-algo así Dohko —contestó Shion notando inmediatamente la mirada de su amigo posado en Albafica—pensábamos cruzar Éfeso para llegar a Selçuk y encontrar un barco que nos lleve de regreso a Grecia.
—Ya veo —el chino no era lento, sabía leer muy bien la cara de Shion cuando pretendía tapar algo, y eso le hizo sospechar todavía más de la segunda mujer del grupo; sólo por consideración a su mejor amigo decidió no hacer preguntas a la primera y seguir como si nada. —Yo también voy a Éfeso, necesito buscar algo y a alguien allí —suspiró, pareciendo repentinamente cansado.
—¿A alguien?
—Desgraciadamente… argh, a veces me dan ganas de retorcerle el pescuezo —se quejó Dohko empezando a caminar junto a Shion, un paso delante del resto—tenía una misión en Suecia con Manigoldo, el Patriarca nos hizo el favor de acortar camino teletransportándonos directamente al país, pero no tuvimos la misma facilidad de regreso.
—¿Qué tenían que hacer en Suecia?
—Pedir prestado un libro —Shion arqueó los puntos, ¿dos santos de oro por un libro? —antes de que pienses algo, se trata de un tesoro de la historia: el Codex Gigas. Tengo entendido de que tiene fama de ser la Biblia del Diablo. Tuvimos que ir directamente a una audiencia con el rey a solicitarlo como préstamo.
—Cielos, entiendo que deba ser algo importante pero, ¿para qué el Patriarca quiere el Codex? —Dohko se hacía la misma pregunta.
—No lo sé, pero Manigoldo no se cansó de lanzar improperios y quejarse de que estábamos haciendo de recaderos, y que era una pérdida de tiempo para nosotros como santos de oro —dijo recordando casi con exactitud sus gesticulaciones y palabrotas—yo pensaba lo mismo hasta que a la salida del país y en el transcurso del viaje tuvimos que lidiar con todo tipo de ladrones y mercenarios que querían el libro, hasta espectros.
—¿Hasta espectros? —Dohko asintió—ha de tener información valiosa para que incluso Hades lo quiera.
—Puede ser, como está escrito en una lengua que no entiendo y no lo llevo conmigo, desconozco el tipo de información que contiene.
—¿No lo llevas contigo? —Shion ya podía imaginarse quien lo tenía—Manigoldo.
—Él mismo —rezongó Dohko con cierta exasperación—el regreso del viaje fue un infierno, y no lo digo por los espectros, sino por el hecho de soportar a Manigoldo en toda su extensión de lo insoportable.
—Puedo imaginármelo bien yo solito —coincidió Shion, los dos sabían cuan molesto podía ser el de Cáncer cuando no tenía nada o nadie a la mano con lo cual descargar su aburrimiento. Dohko había soportado semanas de bromas y comentarios de mal gusto hasta que finalmente el cangrejo decidió dejarlo botado en Serbia cuando recibieron el comunicado del Patriarca de ir en busca de Dégel a Éfeso, y que probablemente se encontrarían con Kardia ya que él también iba en su búsqueda.
—Dégel es el único que puede traducir lo que dice el Codex, y ese imbécil de Manigoldo se lo ha llevado… —gruñó Dohko de solo acordarse del momento en que descubrió plantón del otro—ojalá lo cuide bien, ya me las pagará cuando regresemos al Santuario. —Oh sí, el tigre prometía una venganza digna de su enojo.
Por otro lado tanto Shion como Albafica que detrás de ambos se empapó de toda la conversación, se preocupaban por el hecho de que más santos dorados se reunían alrededor de Éfeso. Repentinamente todo coincidía en ese sitio, como si el destino los conectara para el acontecer de algo misterioso, o lo que sería el comienzo de una nueva situación para el Santuario. Albafica intentaba resignarse al hecho de que más temprano que tarde sus camaradas se enterarían de su condición antes de llegar al Santuario; de por si le costaba aceptar ese nuevo cuerpo y aunque se acostumbrara, todavía estaba el asunto de la diosa Afrodita y sus caballeros que les seguían los pasos, o esa sensación le daba desde el primer encuentro con ellos.
El eco de unos pasos acercándose le despertó, regresándole a su situación actual. Dégel abrió los ojos sin mucha ceremonia para darse cuenta de eso, y de que el vago –Hamelín- estaba todavía rendido por el tremendo golpe que le propinó en la cabeza. No era psicólogo, pero calculaba que ese hombre padecía de pigofilia severa, y que para haber hecho lo posible e imposible para sobarle las nalgas en esas condiciones lo mejor era dejarlo fuera de combate y no volverse a confiar. Lamentaba no haberle podido congelar las manos, su cosmos por alguna razón estaba renuente a emerger.
—Parece que al fin despertaste, santo de Athena —dijo una voz del otro lado de las rejas, un guardia que venía acompañado por dos doncellas, estas llevaban unos pliegues de tela en sus brazos—imagino que ya puedes tenderte en pie, así que acompáñanos —decía en lo que sacaba el manojo de llaves y abría la puerta de la celda—ni siquiera pienses en escapar, estás en el templo de Artemisa donde la cosmoenergía de otros santos permanece sellada bajo un campo de fuerza sagrado. Es un recinto donde el combate está prohibido. —Eso explicaba porque no podía encender su cosmos.
En lugar de alterarse Dégel seguía analizando sus posibilidades en lo que se incorporaba con algo de dificultad; todavía le palpitaba la zona de la fractura y eso le complicaba guardar equilibrio. Al final si pudo tenerse en pie, y anduvo sin ayuda hasta la salida, no sin antes dedicarle una corta mirada a Hamelín que parecía continuar inconsciente. Se preguntaba si ese sujeto iba a estar bien, aunque no sabía de su procedencia, le daba la sensación de que era alguien capaz de arreglárselas solo.
—Sí que tienen buena resistencia ustedes los santos de Athena. Llegaste aquí con la cabeza rota y te mueves casi como si nada, ¡jaja! —halagó con cierta ironía el guardia que iba un paso delante de Dégel, conduciéndole junto a las doncellas por un pasillo que era más largo de lo que imaginaba. Al final se veía una puerta de madera robusta que debía ser la salida.
—¿A dónde vamos? —no pudo evitar preguntar, pasando por alto el comentario anterior.
—Tú vas a alistarte, tienes que estar presentable para la Catagogonia ya que te corresponde representar a Ganimedes. —Le informó. No estaba para nada complacido con la noticia de que cierta persona tuviera el interés de verlo como el copero de los dioses. —Y debes presentarte a Zeus.
Sopesaba si era buena idea seguir permitiendo que la corriente de la situación lo llevara o poner un alto y neutralizar al guardia para salir por su propio pie, aunque no tuviera su cosmos a disposición seguía siendo un guerrero instruido; al pensarlo los consejos que Hamelín le había dado –mientras pretendía hacerse de su trasero- aparecieron en su memoria invitándole a la prudencia: créeme amigo, no te conviene resistirte a lo que estos locos proponen, si lo haces caerás más rápido; yo sé porqué te lo digo. Si quieres saber lo que hay detrás de esta parapeta debes permanecer dentro del escenario, y el momento de intervenir vendrá por sí mismo. Eso le había dicho, y Dégel que era el santo de Athena más inteligente reconoció en el mayor la voz de alguien experimentado, incluso más que él. Hamelín le recordó a su maestro.
Por ello al final no hizo nada para escapar, y por el hecho de que su cabeza continuara delicada convirtiendo la opción en una apuesta arriesgada.
El guardia abrió la puerta del final que condujo a otra ala donde se había una escalera de caracol conducía al interior del templo. Al cruzarla llegaron a un pasillo solitario con piso de baldosa blanca y columnas griegas alzándose hasta el techo, no se escuchaba nada en los alrededores hasta que avanzaron un buen trecho y se pudo ver un punto iluminado al final; en ese punto se abría un salón donde predominaba el altar a la diosa Artemisa, que ahora se encontraba completamente adulterado para ser una representación ficticia del trono olímpico poblado de doncellas que veneraban la figura del supuesto Zeus, acariciando sus extremidades y complaciendo todos sus caprichos completamente perdidas.
—Te ves mejor de lo que estimaba, Ganimedes —habló el hombre desde el trono—por favor deja que las doncellas te conduzcan a la alcoba donde te cambiarás y alistarás para compartir con nosotros la celebración.
Las doncellas se le colocaron a los lados no sin antes reverenciar a la figura de Zeus, enredaron sus brazos en los de Dégel y le condujeron casi a rastras a la habitación donde pretendían arreglarle para la ocasión. La anterior ropa que Leica le había dado estaba desecha por la tierra y la sangre del golpe, se la quitaron sin problemas y Dégel no opuso resistencia, las dejó hacer su trabajo de bañarle y ungirle en los aceites griegos que se usaban en la antigüedad para preparar a las personas importantes cuando se iban a presentar en un evento; ya estaba acostumbrado a esas atenciones desde que vivía en el Santuario.
Uno de los aceites en especial logró embriagarlo, era de coloración rosa pálido y la doncella lo aplicaba en sus brazos, hombros, espalda y torso hasta que no olía otra cosa que no fuera ese perfume. Era una mezcla de canela y alguna otra sustancia alucinógena, eso le decía la parte racional de su cabeza que rápidamente se reducía hasta dejarlo en un trance. Para cuando se dio cuenta de lo que sucedía ya su cuerpo y mente no le respondían, el efecto fue inmediato. La mirada de Dégel perdió el brillo de su conciencia y pasó a ser uno más de aquel bizarro escenario griego.
Tras ese ritual harían volver a Ganimedes a la vida mediante su hermosa encarnación en la tierra.
Para ellos la imagen de Éfeso era la de una civilización en ruinas, una ciudad que desapareció con el tiempo y se repartió en varias villas como por ejemplo la de Selçuk en la que se apoyaba la mayoría de la población; y no es que estuvieran lejos de la realidad puesto que así se suponía que era Éfeso. Pero cuando llegaron allí encontraron todo menos esa idea, todo menos la realidad que correspondía a los libros de historia y a lo que la gente decía cuando visitaba las ruinas. Éfeso estaba atestada de gente, de muchísima gente que vestía del mismo estilo que los antiguos griegos. Las ruinas eran tan solo una decoración al lado del sinfín de carpas y puestos ambulantes donde se repartían productos de todo tipo: frutas, flores, vinos, una amplia gastronomía, orfebrerías, cuadros, esculturas y sobretodo pequeñas estatuitas de los dioses griegos.
Era un ambiente por demás animado, nada tenía que ver con el puerto abandonado y los alrededores. Los santos de Athena no supieron que decir al principio por lo absortos que estaban en lo irreal de ese pintoresco panorama; parecía como si acabaran de llegar a una feria masiva.
—¿Qué está sucediendo aquí? —Dohko logró articular la pregunta que todos tenían trabada en la lengua.
—Esa es una muy buena pregunta —respondió Shion, quien tampoco quitaba la vista de todo eso. Sin perder tiempo, el lemuriano interceptó una gran carpa que era local de una modesta taberna. —Disculpe, ¿esto es Éfeso?
—Así es muchacho —le contestó orgulloso el dueño, notando de inmediato al grupo que ingresaba—tú y tus amigos han venido justo a tiempo para la fiesta, ¡están de suerte!
—¿Fiesta? —dijo Yuzuriha barriendo con la mirada. Sí parecía una fiesta… aunque una donde la gente no se medía para hacer ciertas cosas, eso pensó cuando veía a un sujeto devorando sin pudor a ser visto el seno descubierto de una mujer que tenía entre las piernas. —Esto parece más bien otra cosa… —Los demás estuvieron de acuerdo al notar a lo que se refería. La gente actuaba de forma muy libertina en público, y eso parecía no importar a nadie.
—Es la Catagogonia, señorita —explicó el dueño del pequeño bar—aquí honramos a nuestras raíces griegas perdidas, en sus costumbres y todo, hasta sus roles. ¡El organizador ha ido escogiendo algunos afortunados para representar papeles de los héroes y dioses!, ¿no es fabuloso?
—¿Organizador? —Albafica que no había hablado desde que salieron del puerto llamó la atención más de lo que hubiese esperado y querido. Todos, incluyendo al dueño del bar y los clientes clavaron los ojos en la mujer de cabellos turquesa cuya belleza había sido estratégicamente ocultada por su silencio y posición donde su perfil no resaltaba, pero ahora que había hablado estaba a la vista de todos. Repentinamente se sintió incómodo, lo cual era extraño porque normalmente las miradas no le afectaban, sin embargo aquel tipo de mirada era como si le estuviesen marcando con algún propósito.
—Así es señorita… —musitó el hombre del bar tras medio salir del trance—el Organizador es quien decide que rol corresponde a quien: si eres esclavo o rey, si eres titán o dios, o si eres héroe o villano… Todo depende de su elección, que siempre es acertada. Seguramente usted quedaría maravillosa como la diosa Afrodita —Albafica no pudo evitar tensarse de forma visible, el nombre de esa diosa últimamente lo ponía sobrealerta—aún no la han escogido por lo que puedo saber, pero seguramente usted no tendría problema en representarla —sonrió insinuante—muchos caerían a sus pies con semejante belleza.
—Gracias por la información, señor —cortó Shion rápidamente con toda la intención de acabar con esa conversación. Él como la mayoría de sus compañeros se había incomodado de la misma forma ante la opinión del dueño, especialmente Albafica. —¿Sabe donde podemos comer?
—Aquí mismo si lo prefieren, hay un asiento libre allí —señaló al fondo de la carpa, en un rincón que daba el aire confidencial que Shion y sus compañeros buscaban. —Sean libres de pedir lo que quieran —parecía querer ser amigable, aunque con sus palabras lograba todo lo contrario—para la diosa y sus amigos todo estará dispuesto.
Shion y Dohko agradecieron presurosos y fueron a sentarse en esa mesa, dejando los cofres de cada uno al lado de sus asientos. Albafica intentó reservarse la incomodidad que sentía, tenía el impulso de agarrar su armadura y largarse por su cuenta fuera de ese sitio de locos, pero actuar de esa forma lo haría ver más como una chica asustadiza que como un santo de Athena. Tenía que ser porque ciertas cosas le afectaban de distinta manera ahora que su cuerpo había cambiado, quizás y aunque no le gustara reconocerlo estaba pensando más como lo haría una mujer; eso no le gustaba nada. Comer le ayudó a ella y al resto de sus compañeros a serenarse y a meditar la situación con fría calma.
—Shion —Dohko que estaba a su lado lo llamó en un tono bajo, acercándose de forma confidencial a su oído para que se escuchara mejor—¿ahora vas a explicarme quien es esa muchacha?
—Créeme que no es el mejor momento para que me lo preguntes —le contestó en el mismo tono después de tragar un bocado de tortilla vegetariana—¿podrías esperar a que lleguemos al Santuario?
—Estás muy extraño —le confesó—si no he insistido es porque eres mi amigo y esto parece ser serio, pero hombre, no soy estúpido y me siento así por ser el único que no es parte de ese secreto que guardan, porque doy por sentado que aquí todos lo saben menos yo. Esa muchacha tiene un parecido tremendo con el santo de Piscis, y no solo eso, ella lleva su cofre como si nada y también tiene un cosmos del mismo nivel que nosotros. —Dohko soltó todas sus conjeturas, y el de Aries no esperaba menos de su amigo— ¿Qué está sucediendo, Shion?, ¿Qué pasó con Albafica?
A veces no sabía cómo lidiar con la impaciencia de Dohko, aunque él no era nadie para reprocharle eso, en su lugar haría las mismas preguntas.
Ella como el resto notaba el secreto y no tan secreto debate entre Shion y Dohko, los de bronce se limitaban a comer sin objetar nada, y Yuzuriha hacía lo mismo mientras aguzaba el oído y los ojos para estudiar el lugar temiendo que entre tanta algarabía se escondiera el auténtico peligro. Albafica por su parte ya suponía que Dohko insistiría en saber la verdad, y que esta llegaría sin remedio, así que ya no le daba importancia. Como Yuzuriha también permanecía alerta, hasta que un alboroto llamó su atención y la de todos los presentes en la carpa.
—¡NO!, ¡no quiero ir a ese lugar!, ¡no quiero estar cerca de ti! —gritó un niño que ingresó a la carpa en una carrera, tenía una pequeña melena color ciruela enmarañada por el sudor y la brisa al correr y presentaba un aspecto entre frágil y agraciado, o así lo hacía ver el cómo iba vestido portando solo una falda de tela blanca y unas sandalias de cuero atadas hasta sus pequeñas pantorrillas. No debía de superar los ocho años. El crío fue seguido por una mujer que también entró en la carpa y tenía el ceño fruncido de clara molestia frente a la malcriadez de este, era escultural y alargada de cuerpo casi pareciendo una víbora, y la melena rubia rizada le hacía ver como una medusa. Estaba bien maquillada y era atractiva, representaba un papel importante por lo bien que iba vestida frente al resto.
—Eros… compórtate tesoro —murmuró intentando no perder la paciencia y demostrar que en realidad quería estrangularlo por hacerla quedar en ridículo—ven con tu madre, ahora…
—¡Tú no eres mi madre!, ¡Ni siquiera te le pareces! —vociferó señalándola con el dedo, la mujer tenía la cara hecha una máscara de ira restándole muchos puntos a sus gracias—no iré contigo.
La gente parecía entender algo que el grupo de santos atenienses no, porque todos a excepción de ellos se habían colocado en postura de reverencia frente a la mujer y el niño. Supieron que ellos representaban a alguna divinidad. A quien llamaban Eros miró a su alrededor sintiéndose rodeado por un montón de personas que no lo escucharían, que estaban del lado de esa bruja, y que si seguía negándose estaba en la posibilidad de recibir un castigo por parte de esa mujer que estaba cegada por el papel que le correspondía.
Aterrado, su vista se centró en el único grupo que no estaba inclinado, especialmente en la chica de cabellos turquesa cuyos ojos eran idénticos a los de él. Albafica sintió su mirada y la correspondió como si en el momento dos puntos se conectaran, algo que el santo de Piscis no podía explicar, y que el niño si estaba en la capacidad de responder. Sin avisar, Eros se escondió detrás de la figura de esa mujer que superaba a la otra en belleza, no sin enseñarle la lengua antes a la rubia, que tiritó de ira.
—Ustedes —habló con autoridad, especialmente mirando a Albafica—por favor, les ruego que no apoyen las malcriadeces de mi hijo, Eros. —Intentó sonar suave, sus ojos llameaban.
—El niño ha dicho que no es su madre, señorita —intentó intervenir Shion, ya deducía que la supuesta Afrodita no iba a hacerle caso y que iba a hacerse valer envuelta por el teatro. —Creo que lo mejor es que le deje un momento y espere a hacer las paces.
—Ella me quiere llevar —le susurró a Albafica el niño que decía ser Eros—quería que hiciéramos lo mismo que practicaba con otros hombres. —Confesó notablemente afectado y temblando. Albafica no necesitaba preguntarse qué cosa quería hacerle porque el mensaje en sí era demasiado claro para él; y le irritó, le irritó tanto que superó con creces toda tolerancia que tenía al respecto de esa odiosa actuación que era excusa vana para dar rienda suelta a sus desagradables deseos.
Se incorporó de la silla interponiéndose entre la mano que pensaba pescar al niño por la fuerza y este, despreciándola con un manotazo en el que rudimentariamente usó su propio plato de comida para bloquear el contacto. La escena hizo enmudecer a todos de asombro, todas las miradas estaban puestas en esos tres.
—¿Qué no escuchó?, deje al niño en paz, no quiere estar con usted —dijo con mucha más autoridad y porte que el de esa mujer—no es nadie para forzar a este infante a representar a su hijo, así que no vuelva a ponerle una mano encima o yo mismo la pondré en su lugar.
Por la contundencia nadie se percató de que la chica de cabellos turquesa había dicho "yo mismo" en lugar de "yo misma"; el contraste entre ambas resultó fascinante para los espectadores, presos de alguna revelación que solo sus atrofiadas psiques bajo el velo del drama griego eran capaces de ver; en cambio, los santos de Athena estaban pensando en abandonar ese lugar junto con Albafica y el niño para evitarse más problemas, intento que quedó frustrado cuando la mujer rubia tomó sin previo aviso de la cabellera de la chica y comenzó a arrastrarla en contra de su voluntad con la fuerza de una arpía fuera de la carpa.
—¡A-albafica! —se le escapó a Shion al ver la escena e incapaz de hacer algo para detenerlo ya que la gente se aglomeraba para salir y ver el espectáculo de las dos mujeres. Dohko que lo escuchó quedó paralizado un momento con la seudorevelación, momento que no le duró nada en lo que vio que alguien se abría paso entre la gente casi a los golpes e ingresaba a la carpa.
—¡¿Dónde está el dueño de este circo? —demandó Kardia a los gritos, cargando en sus brazos a una muchacha de cabellos castaños de aspecto bastante pálido—¡Necesito agua y alcohol pero ya!
—¿Kardia? —dijo Dohko al verlo, él se volvió hacia ellos con el mismo gesto de sorpresa—¿qué le pasó a esa chica?
—Eso me gustaría saber, qué le sucedió antes de que casi se matara por un barranco —respondió el escorpión en lo que el dueño se volvía para ayudarlo con la muchacha—oye, ¿ustedes saben algo sobre la pelea de gatas que se está dando afuera?
—¡Oh, por Athena! —exclamó Shion al acordarse de Albafica y de cómo había sido llevado a una pelea sin sentido. Estaba seguro de que no había movido un dedo por zafarse del agarre porque no sabía cómo luchaban las mujeres en esas condiciones, y por su complejo relacionado con el contacto con las personas.
Efectivamente, Albafica no había hecho nada más por no querer dañar a la otra que por el cuidado, por muy mala mujer que fuera no pretendía cargar con su muerte; hasta que al salir de la carpa con su propia fuerza se había zafado y respondido instintivamente con un arañazo a la cara, una defensa que le salió más femenina de lo que habría querido. Maldijo esas hormonas mientras acariciaba la zona afectada de su cuero cabelludo.
—¡Mi cara!, ¡MI CARA! —ladró entre gritos la rubia mientras se tocaba desesperada las mejillas, incluyendo de la que pendían unas boquitas rojas—¡Mira lo que le hiciste a mi cara, perra desgraciada!, ¡te lo haré pagar!
—¡No te le acerques, bruja! —se interpuso Eros en medio de las dos, extendiendo los brazos en señal de frenar el avance de la otra.
—¡Quítate de ahí, bastardito! —unos hombres de los que se mantenían como espectadores, intervinieron sujetando de brazos a la mujer de rubios rizos—¡suéltenme!, ¡no interfieran en el camino de una divinidad!
—Suficiente —habló una voz con tal autoridad que hizo enmudecer a todos. El dueño de esta se presentó rodeado de unas mujeres que vestían como doncellas, tenía una figura imponente y a Albafica le recordaba a un viejo pero astuto león, el tipo de león que sabe de cómo hacerse de la manada; por su aspecto y cómo actuaban el resto ante él con tal respeto dedujo que se trataba de alguien de rol importante. —Llévense a esa mujer, deshonra con su presencia nuestra sagrada celebración.
La mujer de los rizos boqueó, porque no se referían a la que se metió en su camino sino a ella.
—¿Y-yo? —balbuceó, los hombres que la sujetaban la arrastraron con intenciones de sacarla de allí y del pueblo—¡Espere!, ¡espere!, ¡yo soy la diosa!, ¡soy Afrodita!
Sus exclamaciones se alejaron con rapidez dejando paso a un silencio que incomodó a Albafica y a Eros, este último escondido ahora tras él miraba con fijeza a la figura de hombre importante. Albafica no veía la hora de perderse de allí y reunirse con su grupo, aquel drama griego llegaba a producirle una aversión increíble.
Repentinamente el gesto de ese hombre se suavizó luciendo afable, realizó una reverencia marcada dedicada a la de cabellos turquesa. Los espectadores le imitaron.
—Ese fue un maravilloso, por no decir hermoso acto de nobleza, el rescatar a Cupido —añadió con voz solemne—digno de su auténtica madre.
Ya Albafica sospechaba por donde quería llevar la cuestión, y no pensaba permitirlo.
—No tengo intenciones de participar en vuestras patrañas —declaró—he tenido suficiente.
—Por favor, no rechace esta invitación señorita —insistió con una sonrisa halagadora—¿Cómo va a negarse si incluso porta un collar con el nombre de su divinidad?
Albafica quedó estático con ese señalamiento, se había olvidado por completo del colgante de rosa, con ello siguió la pregunta de cómo lo había adivinado a esa distancia. ¿Todo eso sería una desagradable coincidencia o encerraba algo más?
Quería salirse de ese círculo y llegar hasta sus compañeros, pero la masa de gente era incluso más densa que antes y cercaban todos los alrededores. Ellos no iban a dejarlos irse, de la misma forma en la que tampoco dejaban penetrar a Shion y a Dohko que hacían lo posible por ser parte de lo que sucedía, apenas escuchando e identificando los momentos.
—No he sido yo, sino alguien más quien ha decidido su papel en esta fiesta —esas palabras apuñalearon a Albafica provocándole una oleada de odio porque sabía a lo que se refería y le hacía sospechar de que algo tenía que ver con las personas que le habían cambiado su cuerpo. —Estás aquí para representar ese papel.
—Que te den por culo, viejo hablador.
Esas palabras no las dijo el santo de Piscis, provenían de alguien que acababa de mandar a volar varias personas de las que estaban en su camino de forma literal, eso hizo que el resto que le seguía se apartara para dejarle el paso libre hasta el centro del círculo. Albafica se quedó en una pieza cuando vio emerger la figura de Manigoldo desde la multitud, revestido en la armadura de Cáncer lo cual le daba un aire intimidante frente al montón de personas corrientes. De los pocos que no le dedicaban una mirada de temor o desconfianza, estaba Eros con su curiosidad y el otro hombre que no decaía en porte.
—Otro santo de Athena.
—Manigoldo de Cáncer para ti —corrigió sin perder su sonrisa sardónica, en lo que recorría con la vista a los miembros de ese particular escenario, deteniéndose especialmente en la mujer y el niño—¿Ah?, pensé que estaba sucediendo algo más importante y solo se trata de esto. ¿Alguna clase de acoso colectivo?
—¡Insolente!
—¡Insulta a la diosa Afrodita!
—¡Corten su lengua!
—¡SILENCIO!
Las carcajadas de Manigoldo no tardaron en desgarrar con descaro el silencio impuesto, rió al tal punto que le dolían los abdominales de lo absurdo de esa situación. Para Albafica el cuadro ya estaba completo: quien tenía el peor sentido del humor entre los Santos de Oro haciendo los honores. Lo peor era que tras esa máscara de burla lo estaba estudiando, lo sabía, conocía bien esa particularidad del santo de Cáncer. Siempre pensaba más de lo que demostraba.
—¿De verdad piensan que esa es una diosa? —señaló con el pulgar despectivamente—llegué a una tierra de dementes y ni enterado. Justo cuando pensaba que esta fiesta no estaba mal.
—¿Por qué no mejor se une a la celebración, santo de Cáncer? —sorprendió el hombre que los guiaba a todos con su propuesta—al fin y al cabo si vino aquí es para ello, para unirse a la Catagogonia.
La tensión se saboreó por largos segundos, hasta que Manigoldo soltó un bufido y se rascó el mentón con gesto pensativo bastante exagerado.
—¿Sabes?, la idea no está para nada mal —respondió con franqueza, una que dejó mudo de impresión a Albafica. No podía estar hablando enserio, ese idiota no podía estar pensando en formar parte de ese desenfreno. —Dices que aquí todos representan un papel, por ejemplo, esa lindura es Afrodita. —El hombre asintió—Humm… veamos, ¿qué papel me iría a mí?
Albafica apretó los dientes, sus nudillos se blanquearon por la presión en los puños. Estaba por entero indignado con la actitud de su compañero, y aun así deseaba permanecer allí solo para saber que tramaba, si de verdad alguien como Manigoldo, en toda la extensión de lo borde que podía llegar a ser, era capaz de caer tan bajo.
—Los papeles los escoge el Organizador: yo —explicó.
—¡Ya sé! —chasqueó los dedos y siguió como si no hubiese escuchado la explicación anterior—seré Ares.
Y en lo que declaró se movió con rapidez, la capa ondeó ocultando por momentos la figura de la de cabellos turquesa y el niño desapareciéndolos por momentos. Albafica no vio el momento en que había quedado en los brazos de Manigoldo, ni mucho menos que Eros ahora colgaba de una de las hombreras del Cáncer cual koala, arrastrado por la situación.
—Los buenos amantes nunca decepcionan a su pareja —guiñó un ojo descarado al público, en especial a Shion y Dohko que recientemente venían a verlo entrar en acción—no lo sería si no tomo medidas ahora.
La gente –y los otros dos dorados- quisieron detenerlo, pero Manigoldo había sido más rápido y mucho más listo que todos al haberse trazado su propia ruta en una pequeña desigualdad del círculo, fácil de romper de una sola embestida y traspasar en un salto largo hasta dejar muy atrás a la rezagada población.
Albafica que se había quedado de piedra reaccionó, y se dispuso a protestar.
—¡¿Pero qué rayos te pasa por la cabeza Manigoldo? —explotó—¡bájame ahora mismo!, ¡tengo que regresar con los otros!
El santo de Cáncer le dedicó una corta mirada y se sonrió, reconocería ese tono de reproche acompañada de la natural fobia a la cercanía donde fuera, sin importar que apariencia tuviera. Desde que le había visto saliendo arrastras por aquella zorra sospechó, reconociendo tenuemente ese cosmos familiar hasta que quedó comprobado al acercarse e intervenir directamente en ese teatro. Admitía que fue muy divertido, y por lo visto, prometía que iba a ponerse mejor.
—Lo haré con una condición —le dijo Manigoldo a lo que Albafica apretó los labios, no estaba para condiciones—explícame como rayos perdiste la virilidad—soltó una carcajada—me tiene intrigado la parte en la cual cruzaste esa delgada línea que te separaba del sexo opuesto.
—Te irás a morir con la duda, imbécil —replicó airado e intentó zafarse de sus brazos, pero estos se reusaron a dejarle ir mientras siguieran el veloz trote—¡suéltame!, ¡yo no te pedí que me ayudaras!
—¿A dónde vamos, señor? —preguntó el pequeño Eros que hasta unos momentos había estado relegado, ya que invertía todo el tiempo en tratar de no separarse del agarre en la hombrera.
—Ya lo verás mocoso —contestó y luego centró la vista en Albafica—y no me interesa si lo pediste o no, hago lo que se me pegue la real gana. Si terminaste siendo la damisela en peligro no es mi problema, ¿o es que querías quedarte allá "rodeada" de tus fans?
Definitivamente lo peor que le había pasado en todo ese trayecto era ESE momento: Manigoldo fastidiándole mientras le llevaba en brazos.
—¿Al menos me dirás a donde vamos? —preguntó arrastrando las palabras, como si en el fondo prometiera estrangular a Manigoldo apenas se descuidara.
La expresión de su futura víctima le hizo cambiar de parecer y postergar sus deseos homicidas para otro momento; el rostro del italiano adquirió seriedad con la pregunta hecha por Albafica, deduciendo que se trataba de algo importante.
—Al templo de Artemisa —dijo—alguien me dijo que la respuesta a lo que sucede en Éfeso está allí.
Notas de Dreamy:
El Codex Gigas o también conocido como la biblia del diablo, es una obra gigantesca escrita por un monje en República Checa al principios del siglo XIII; la leyenda dice que este monje había cometido un pecado terrible y fue sentenciado a morir encerrado tras las paredes del convento, y para expiar sus culpas y obtener una segunda oportunidad de vivir, juró escribir un libro que contuviera todos los conocimientos del mundo, tan magnífico que le perdonarían la vida y que este estaría inspirado por la divina mano de Dios. No obstante, el plazo que condicionó fue de una noche, y al ver que era imposible concluirlo en ese tiempo, tanta fue su desesperación que acabó implorando al mismo diablo su ayuda, y se dice que este se la brindó y por ello el libro contiene en una de sus páginas un dibujo del mismo. También se dice que está maldito y por ello muchas muertes han rondado en torno a esta oscura obra.
El libro fue robado del país tras los saqueos durante la guerra con Suecia durante la guerra de los Treinta años (1618-1648), y permaneció allí hasta el 2007 donde regresó a Praga bajo la garantía de 10.8 millones de euros –casi nada xD-. Obviamente que para el espacio temporal de Lost Canvas en el siglo XVIII todavía estaba en manos de los suecos, por ello Dohko y Manigoldo tuvieron que ir personalmente a solicitarlo, ¿cómo lograrían concederles el permiso?, sospecho que Santuario tendrá sus contactos alrededor del mundo, y habrían conseguido el permiso bajo alguna condición; eso o Manigoldo se los cargó a todos y huyeron con el libro épicamente ;D
Selçuk es uno de los poblados, por no decir el más reconocido, que albergan las ruinas de Éfeso. En el fic figura como una de las villas cercanas, por no decir la principal y donde se centran los descendientes de la antigua ciudad. Asumí que el pueblo de Calvera era cercano a esas tierras, así como la ruta de llegada a Éfeso es pura invención mía.
Pigofilia es una filia, es decir, deseo incontrolable de hacer algo. Para esta sería el deseo incontrolable de tocar traseros –que es lo que Dégel cree que padece Hamelín, yo que soy su creadora también lo creo Uu-.
Ah, espero que tanta historia, geografía y psicología no les maree o aburra u.u yo lo coloco porque me parece que enriquecen la trama y la dotan de realismo.
¡Hasta otra!
