No me cansaré de decirlo, ¡muchísimas gracias por sus comentarios!, ¡de veras!: Kumikoson4, Eli Castillo, Andy y Umizu, ¡son geniales!. Me alegra que les haya gustado la entrada de Manigoldo, cuando la escribía también la visualizaba en todo su epicness X/D
Para aclarar un poco el detalle en el que Umizu hizo hincapié, sí, lo pensé al inicio que el pueblo de Calvera debía quedar por Latino-américa, pero para cuando me percaté pues, ya estaba escrito así el capítulo. Fue un desajuste geográfico, errores de cualquiera uxu perdónenme esa y finjan demencia(?), y vale enserio, si a ustedes les parece que estaría bien corregir el detalle, rehago las partes. Quiero sus valiosas opiniones x3
¡Uff!, este capítulo salió un poco shounen, bueno de hecho, este y el siguiente es shounen parejo. No me considero buena redactando combates, así que me perdonan esa, hice lo que pude. Saben que las críticas y demás son bien recibidas ;)
Se me pasó un detallazo que debí esclarecer en el capítulo prólogo -de nuevo gracias Umizu-. La historia se sitúa dos años antes de la Guerra contra Hades, ni Alone ha despertado y ni Tenma ha ganado su armadura de bronce, y claro, tampoco él y Yato conocen a Yuzuriha.
Saint Seiya Lost Canvas no me pertenece. Las ideas y sucesos del fic son de mi competencia.
Editado.
Carnaval de impurezas: Los siete durmientes
—Aaaawgh —se quejó Hamelín—eso duele Sashenka~
Le propinó otro bofetón para que guardara silencio, no estaba de humor y tenía suerte de que no lo matara mientras esquivaba los cuerpos inconscientes de los guardias del calabozo, que ganas no le faltaban. ¡¿Cómo se le ocurría a ese imbécil dejarse atrapar con tanta facilidad?, ¡¿Y encima hacer que bajara a buscarle cual niñera a cargo de un bebé grande?. No, no estaba para eso, ella tenía cosas de verdad importantes que hacer y ese degenerado no hacía más que darle problema tras problema.
—Te va a doler mucho más apenas acabemos con esta fiesta de mierda, ahí sí que te va a doler. Idiota —regañó la mujer cuyo aspecto era el de una gitana de procedencia española. De cabellera negra, rizada y abundante; con la tez levemente morena. Sus ojazos negros verificaba que todos, desde guardias hasta doncellas estuvieran como los había dejado: inconscientes.
Hamelín que acababa de darse cuenta del humor de perros que se traía su compañera decidió no abrir más la boca por el bien de su integridad física, incluso, siento arrastrado del cuello de su andrajosa camisa no intentaría tocar su hermoso trasero. En ese estado la creía capaz de arrancarle las manos de cuajo. Así que se dejó llevar cual bolsa de desperdicios.
—¿Lo hiciste tu sola? —se atinó a preguntar, conociendo de antemano la respuesta.
—¿Tú qué crees? —replicó.
—¿Los golpeaste a todos?
—No, alguno que otro ganó una patada en sus huevos, pero a la mayoría les puse a dormir con una de las esencias de Harmonía. —Aclaró, y Hamelín se estremeció temiendo más por la integridad de sus partes bajas que por sus manos, sin saber exactamente cuál pérdida era peor y más dolorosa. —Cuando salgamos te desintoxicaré con un medicamento, y luego nos prepararemos para la que se va a armar aquí.
—Hmm, sé que no es mi problema pero —Sashenka lo miró de reojo sin detenerse en el pasillo—ellos tienen a Acuario, me sienta un poco mal dejarlo a su suerte… ¡después de que no pude alcanzar su culo! —una venita palpitó en la frente de la gitana y sin contenerse le adjuntó otro bofetón en la mejilla sana.
—No tienes por qué preocuparte por él, sus compañeros ya están en Éfeso y lo buscarán; no es nuestro problema.
—Tienes razón pero… —se interrumpió a sí mismo al comprender bien la respuesta de su compañera, sin dejar de sobarse la mejilla recientemente herida—Oooh~ ¿más culos atenienses?, ¿qué tal están?
—Lo juzgarás por ti mismo apenas salgamos de aquí y te recompongas —le contestó con una leve sonrisa, ella también quería ver el calibre de los santos de oro—así que vámonos de aquí.
—Claro-claro~ no queremos llegar tarde a la fiesta.
Sashenka y Hamelín terminaron el pasillo y subieron por la misma escalera de caracol que Dégel de Acuario hace unas horas. La mujer lo siguió arrastrando por los escalones completamente ajena a su dolor, pensaba que ese entre otras cosas era el mejor castigo por haber permitido que lo capturaran. Después le preguntaría a Hamelín si su descuido intencionado había servido de algo y tenía información que les fuera útil para sus siguientes movimientos en Éfeso.
Enorme, y ni esa sola palabra bastaba para expresar toda la grandeza de ese monumento. Los dos santos de Athena esperaban ver ruinas desperdigadas en lugar de eso, porque según la historia el templo de Artemisa, el Artemisium helenístico había sido destruido por los cristianos en el año 401 D.C., verlo en pie era casi tan extraño como lo que sucedía en Éfeso respecto a la Catagogonia. Alguien estaba empeñado en resucitar las raíces griegas en ese territorio turco; la pregunta era quien, y si se encontraba en el interior del renovado templo.
Al pie de las escaleras Manigoldo dejaba en tierra a Albafica, cuyo enojo inicial era aplacado por el asombro que le producía encontrarse con el templo de la diosa de la luna en perfectas condiciones, cómo si lo acabaran de construir. El de Cáncer también estaba un poco impresionado, pero no lo suficiente como para negarse a dar el primer paso e ir subiendo los escalones.
—Manigoldo —llamó logrando que el aludido se detuviera y volteara a verle—¿sabes algo respecto a lo que está sucediendo?
Tenía esa sospecha desde que lo vio entrar en acción frente a la multitud de Éfeso, y nadie le sacaba de la cabeza que sabía algo que él como sus compañeros ignoraba.
—Quizás —respondió al volverse para continuar el ascenso—aunque dudo que sea suficiente para explicar lo que sucede aquí.
Esa respuesta no decía nada, evidentemente sabía algo, pero al parecer no era suficiente como para satisfacer inquietudes. Manigoldo quería las dudas para sí mismo, era propio de él no dar razones –en todo aspecto- para evitar que después le atacaran con preguntas que no quería ni sabía responder. Albafica lo entendió e inició también su camino por la escalinata seguido muy de cerca por el niño apodado Eros, a quien habían admitido por el simple hecho de que estaba mejor con ellos que solo por cómo estaba la gente de desenfrenada en el pueblo.
La entrada del templo no estaba vigilada, ni siquiera se sentía la presencia de personas dentro o algún indicio de que estuviera habitado. Curioso a juzgar por el sutil aroma a incienso que brotaba del interior y por el aspecto pulcro de los mármoles de las columnas y estatuas erguidas que custodiaban el camino principal a los lados. Estaba claro que no irían a recibirlos directamente, Manigoldo se sonrió al pensar que lo que estuviese esperándoles dentro les invitaba a pasar, por él bien, no pensaba reservarse ese derecho.
—Parece que el comité de bienvenida nos espera más adelante —comentó sonriendo con sorna, dando la impresión de que el Santo de Cáncer había notado algo—mejor no hacerlos esperar.
Le siguió un paso detrás, intentando agudizar sus sentidos al máximo, buscando identificar alguna presencia de la que no se había percatado al entrar como pasaba con Manigoldo. Ni una tímida señal, no sentía absolutamente nada que no fuera la quietud surrealista que le provocaba estar en un lugar que no debía ocupar ese espacio, lejos de asemejarse a la presencia viva de alguien. Muy contrario a Manigoldo que caminaba cómo si hubiera encontrado algo en medio de ese silencio.
El oscuro pasillo se extendía de forma interminable, era la sensación que transmitía esa hilera de columnas griegas en medio de la negra nada, donde apenas se distinguían las paredes y el techo. Eros que iba casi pegado al brazo derecho de Albafica miraba su alrededor con curiosidad y cierto grado de cautela, no llegaba a demostrar el temor natural de un niño de su edad; el santo de Piscis le hubiera interesado ese detalle de no ser porque estaba más ocupado en evitar un contacto demasiado cercano con el niño, que no se la ponía fácil, desde que estaba con ellos no dejaba de insistir en mantenerse cerca de ella.
—Eros… —el niño le miró de inmediato a los ojos—no te me acerques —le soltó la mujer, y en lugar de afectarse por el rechazo solo se mostró confundido, pero reacio a marcar distancia. Albafica apuró sus pasos para quitárselo pero este solo le imitó volviendo a quedar casi pegado a su derecha—¿Qué no me escuchaste? —reprendió haciendo todo lo posible por sonar molesta.
—Sí, si escuché… —murmuró afirmando—¿está bien si solo voy aquí? —estableció una distancia de un paso por detrás, recibió la aprobación de ella con un breve asentir y continuaron caminando.
—Por cierto… —habló y el niño volvió el rostro hacia ella—tu nombre real no es Eros, ¿verdad?, es el que te han dado aquí…
—Si es mi nombre —corrigió con una sonrisa amistosa—me lo dio mi mamá al nacer, usted me la recuerda mucho —añadió, y a eso Albafica no supo qué responder, no todos los días alguien le veía en perfil materno, por no decir que le resultaba algo incómodo.
—¿Dónde está tu mamá, Eros? —interrogó de repente, dejando de lado el anterior comentario; si el chico no estaba solo lo mejor era llevarlo con quien estaba a su cargo.
—No lo sé —negó con la cabeza, su repentina alegría infantil era sustituida por una suave melancolía—no la veo desde hace mucho tiempo, la estoy buscando desde entonces…
El corazón se le hizo un nudo y aún así disimuló lo mejor que pudo, sabía que no podía entretenerse con los problemas de otros, mucho menos él.
—¿Has estado… viviendo solo? —se atrevió a preguntar, recibió un asentimiento en respuesta—ya veo… entonces la mujer de ese entonces no era nada tuyo.
—No, a mí solo me invitaron porque les gustaba mi nombre y mi aspecto… —respondió un poco apenado, enrollaba un mechón ciruela entre sus dedos—como me dijeron que podía ver a mi madre allí acepté ir, pero la mujer que me presentaron no era mi madre. —murmuró decepcionado.
—Era una mujer que llevaba el papel de Afrodita de la mitología —convino recordando la escena—ahora comprendo tu situación. ¿Sabes si la persona que se hace llamar Organizador es el responsable de todo?, ¿conoces su identidad?
—Sólo sé que lo llaman Zeus, pero creo que es porque representa ese papel… —Eros se esforzó por recordar algo más, sin éxito—eso y que es él quien decide a quien representar en la fiesta.
—Ya veo.
—¿Puedo saber cómo te llamas?
—Albafica, me llamo Albafica.
—Bonito nombre.
—Gracias.
—¿Significa rosas blancas o algo así?, hay una flor que se llama Alba y…
—Mujeres y niños, se acabó el paseo —interrumpió Manigoldo con todas las ganas del mundo, cansado de escucharles desde hace rato—parece que nuestros anfitriones están aquí.
De frente al camino que todavía continuaba extendiéndose hasta la más profunda oscuridad, se entrevió un par de siluetas que andaban en dirección a ellos con lentitud pasmosa. Dos hombres jóvenes vistiendo antiguas túnicas, de no ser por el movimiento de avanzada habían jurado que se trataban de estatuas debido a la rigidez de sus cuerpos, incluso los pliegues de sus ropas parecían labrados en piedra. Albafica dudaba que fueran seres vivos, no percibía ni un solo atisbo de vida en ellos, ni su respiración, ni un parpadeo, nada, a excepción de un aura perturbadora que podía interpretar como sus cosmos, unos realmente agresivos.
—¿Qué son…? —se preguntó en voz alta, sin quitar los ojos de esas criaturas, y de repente recordó lo que sospechaba sobre los conocimientos de Manigoldo—¿sabes qué son?
En ese pequeño silencio donde Albafica esperaba una respuesta, el italiano se mostraba pensativo, como pocas veces, enfrascado en una búsqueda mental donde asociaba las palabras de cierta persona con lo que se presentaba en su realidad. Antes del entrar al Artemisium había percibido el hedor de los muertos, con el que tan familiarizado estaba, y todo lo que había hecho era seguirlo hasta que se volvió muy intenso… y ahora sabía a quienes pertenecía.
No pudo evitar sonreírse, le resultaba irónico todo lo que venía ocurriéndole desde que puso los pies en las cercanías de Éfeso.
—Son no-muertos, aunque parece que de una clase especial ya que no los conocía así.
—¿No-muertos?
—No se perciben sus signos vitales después de todo, vivos no están —obvió—cuando venía camino aquí alguien mencionó la leyenda de los Siete Durmientes de Éfeso, y que habían despertado.
—Imposible —murmuró Albafica contemplando con incredulidad a las figuras que acababan de dar un paso contundente hacia delante, con tal fuerza que agrietaron el suelo bajo sus pies. —Estás diciendo que ellos son…
—Parece que ya no nos seguirán haciendo esperar —Manigoldo se relamió los labios ansioso al comprobar que sus oponentes eran considerablemente fuertes, quizás más de lo esperado. Volteó hacia la joven y el niño. —Escucha, no sé si puedas o no pelear estando en ese cuerpo y tampoco me interesa mucho —Albafica le lanzó una mirada de reproche que fue ignorada—solo asegúrate de no ser una carga junto con el mocoso.
—Se te olvida que sigo siendo el santo de Piscis —recriminó mientras indicaba a Eros con el brazo extendido hacia atrás que se distanciara un poco, y dejaba una rosa negra visible entre sus dedos—no te voy a permitir que me subestimes por esta apariencia.
—Creo que ahora es el momento de ver si puedo o no subestimarte.
Manigoldo extendió su dedo índice concentrando sus cosmos allí, la energía azul fluorescente de los fuegos fatuos apareció rodeándolo y alimentándose desde distintos puntos del espacio. Albafica notó que varios canales de esta energía provenían de las paredes del templo y de las líneas de separación de las baldosas del suelo, filtrándose hasta reunirse en el cúmulo que sostenía el Cáncer en la punta del dedo.
—Parece que hoy estoy de suerte, este templo está repleto de almas confinadas, o restos de ellas. Probablemente muchos murieron aquí cuando el templo fue destruido… Je, mejor para mí.
Sekishi Souen
Las partículas del fuego concentradas en distintos rayos fluorescentes se desplegaron del cúmulo que venía concentrándose en su dedo. Se esparcieron en el aire y desde distintos ángulos atacaron a las figuras de los jóvenes efesianos, el impacto fue directo y el resultado fue la de ellos ardiendo en piras azules. Manigoldo tenía una comisura confiada en alto, Albafica esperaba comprobar los efectos del primer ataque que parecían ser satisfactorios.
—Tampoco me equivocaba al sospechar que con esos cuerpos duros, no fueran más que fantasmas —se pasó un rápido dedo por debajo de la nariz—dentro de poco no quedará nada de ellos.
—Yo no estaría tan seguro —corrigió Albafica serio—mira con detenimiento. No se están consumiendo por el fuego.
La comisura de Manigoldo bajó varios centímetros al comprobar las palabras de su compañero, que llevaba la razón. Las llamas ardían vivamente como si nada, pero los cuerpos de esos individuos no se desgastaba, no sufrían ni un mísero daño. El Cáncer apretó los dientes, ¿en qué había fallado su lógica al comprobar que esos seres no eran tan distintos de los espectros o de un fantasma?, justo cuando se lo preguntaba el recuerdo de esas palabras acudió a su mente en forma de flash, quitándole el tiempo para reaccionar frente a una embestida de lleno por uno de esos seres envueltos en sus propias llamas.
—¡Cggh…! —la cosa aunque solo golpeó la pechera de la armadura, la hundió lo suficiente como para mandarlo varios metros lejos contra una columna donde su cuerpo dio de lleno. Esa cosa tenía tanta fuerza como el Minotauro, era capaz de quebrar el grosor de su armadura de oro con un golpe. —Aparte de macizos son fuertes —escupió sarcástico en lo que trataba de sacarse ese puño de encima.
—¡Manigoldo!
Le resultaba increíble que ellos, lo que sea que fueran, resultaran tan poderosos. Las llamas azules no se extinguían, eso era cierto, pero no les representaba ninguna desventaja. Si lanzaba una de sus rosas allí el fuego la consumiría, significaba que sus ataques podrían resultar ineficientes; tenía que intentar algo o estarían de verdad en un serio aprieto.
Piranha Rose!
Las rosas negras fueron guiadas hasta el cuerpo llameante que apresaba a Manigoldo, se clavaron en este estiraron sus tallos hasta amarrarse cuales enredaderas alrededor del enemigo. Lo bueno de las rosas negras era su capacidad destructiva, soportarían bien los fuegos fatuos mientras se enfocaran en constipar sería suficiente para que su compañero se liberara; así fue. Manigoldo se lo sacudió de una patada y no desaprovechó la oportunidad de ejecutar una de sus técnicas en este.
Acubens!
Sus piernas rodearon la cintura de su oponente, en el aire ejecutó el movimiento cuyo efecto tenía el mismo que el de las tenazas del cangrejo triturando a su presa. Torció con fuerza, más de la que normalmente empleaba en esa técnica debida a la dureza de esa criatura. Cuando creyó que cedía al golpe lo rechazó contra el suelo, para él caer de pie.
—Tsk!, esto aún no se acaba —advirtió al cabellos turquesa que comprendía lo que quería decir con ello. Las pinzas de Cáncer no habían conseguido hacerle suficiente daño.
En cambio las piernas de la armadura de Manigoldo lucían agrietadas por la presión, apostaba que incluso las había forzado.
El sonido del aire siendo cortado avisó apenas con tiempo a Albafica de que el segundo, el que no había hecho nada hasta ese momento y cuyas llamas se habían extinguido, se venía en picada contra él en un ataque directo. Este sostenía una curiosa oz para cegar trigo, la blandió con intenciones de llevarse su cabeza consigo, afortunadamente sólo obtuvo unas hebras de su cabello cuando logró apartarse de su trayectoria.
Son capaces de moverse a la velocidad de la luz, como un santo de oro.
Al rodar la pupila a un costado ya esta reflejaba el contraataque de su enemigo, que sin darle tiempo a reaccionar estampó el antebrazo contra su abdomen el cual era tan duro que causaba el mismo efecto cual si le golpeara a carne desnuda con un martillo.
—¡Naaagh! —la sangre subió a su boca con la presión y su cuerpo rodó varios metros por el suelo. Al no tener su armadura era tan vulnerable como cualquier ser humano si un golpe le alcanzaba, y ese juraba que casi le rompía las costillas, y lo habría hecho si en el último momento no hubiera arqueado los abdominales.
—Idiota, si no tienes tu cloth acabarás hecha puré de pescado —le advirtió Manigoldo sin obviar su tan buen humor para los comentarios, aunque lo dijera con toda la seriedad que implicaba el asunto.
—Preocúpate por el otro, yo estoy bien —se refería al que aún bordeado de las rosas piraña y cubierto de los fuegos fatuos, era capaz de erguirse como si nada tras Manigoldo.
Se incorporó con el brazo apoyándose en su abdomen, estaba bien, no tenía nada roto, tan solo le había sacado un poco el aire y comprimido los músculos. Nada con lo que no pudiera lidiar.
—¡Señorita Albaficaaaaaaaaaaaaaaaaaa!
El grito provenía de Eros; volteó en dirección de este y lo encontró sobrevolándole atrapado de la cinturita por el brazo de quien llevaba la oz, el otro durmiente de Éfeso lo estaba secuestrando por razones que si bien le eran desconocidas; no iba a permitírselo, no en sus narices.
—¡Eros! —exclamó dando unos pasos dubitativos al pretender abandonar a su compañero, cuando escuchó la potente voz de este alentarle.
—¡Muévete y ve por el mocoso!, yo terminaré con esta estatua viviente y te alcanzaré —le aseguró, recibiendo un asentimiento por parte de Albafica que no perdió más tiempo. Enderezó sus pasos hasta donde se dirigía el durmiente con Eros que era hacia la salida.
Manigoldo se giró hacia el cuerpo todavía recubierto de rosas negras y fuego azul, una visión en palabras podía tildarse de romántica, pero en su visión no era más que un horrible monstruo indestructible feamente decorado. El pensamiento le arrancó una corta carcajada, se limpió un hilo de sangre que le bajaba del labio con el dedo pulgar sin quitarle la vista de encima a la criatura.
—Tú y yo tenemos asuntos pendientes ¿no es así? —otro paso por parte de la criatura que dejó grabada su huella en el suelo—entonces empecemos.
Desde que se había separado de Dohko en la capital de Serbia las cosas habían marchado bien, a su juicio, era mejor hacer lo que quería sin una conciencia andante o, como en su caso, sin un niño de dieciocho años queriendo lucir más maduro que él llevándole siete. Dohko podía ser un muchacho divertido, una buena víctima a la cual fastidiar para los ratos de aburrimiento, pero hasta ahí; no pasaba a ser una compañía que Manigoldo pudiera clasificar como plenamente cómoda. A veces pensaba que la juventud actual en Santuario mudaba el buen humor más pronto que los ancianos, y eso que todavía su maestro tenía el suficiente como para hacer sus chistes malos, entre otra case de bromas pesadas.
Tenía claro lo que iba a hacer, independientemente de lo que Dohko hiciera por su lado: iría a Turquía, más concretamente a las ruinas de Éfeso; daría con la biblioteca y se traería a Dégel de regreso al Santuario. Mientras más pronto cumpliera con eso, más pronto llegaría al Santuario y daría por concluida esa tediosa y fastidiosa misión del estúpido libro.
Ah, sí, el Codex Gigas lo llevaba consigo; no se lo confiaría a Dohko ni con veinte copas de vino demás. De nuevo, nada personal contra el caballero de Libra, pero como Manigoldo había decidido hacer las cosas por sí mismo, para eso necesitaba mantener el libro en su poder.
Todo había marchado según lo estimado, hasta que en el camino a través de un bosque su instinto le advirtió que alguien le seguía de cerca. Quien fuera estaba muy bien escondido, y no demostraba intenciones hostiles que era lo que más atención le daba al santo dorado. Lo ignoró a propósito durante varios minutos hasta que llegó a un sendero donde se abría un valle, y debajo de la meseta se extendía un pueblo.
—¿Y bien?, ¿No vas a salir de allí y decirme que diablos quieres? —habló de lo más despreocupado, aunque con un ligero timbre autoritario.
La brisa acarició la copa de los árboles y se llevó consigo unas hojas, e hizo que danzaran los cabellos platinos de una intrigante figura. Manigoldo se giró a medias para verle en cuanto sus pasos se escucharon contra la hierba: un muchacho veinteañero, que apenas parecía corpóreo ante tanta claridad en su piel como su cabello y ojos de aire etéreo; para colmo, esa impresión se resaltaba con el conjunto de camisa y pantalón blanco que vestía.
El extraño le dedicó una sonrisa vaga antes de presentarse:
—No esperaba menos de un santo dorado de Athena. —Improvisó una corta reverencia—¿es usted quien lleva el Codex consigo?, ¿Manigoldo de Cáncer?
Oh genial, ya se preguntaba cuando aparecería otro interesado en el dichoso librito, esperaba que al menos este, a juzgar su apariencia poco fornida, le entretuviera. El camino a Éfeso estaba resultando demasiado tranquilo.
—¿Qué si así fuera?, ¿tú también lo quieres? —interrogó con una sonrisa retadora que no causó la mayor inmutación en el desconocido.
—No, deberá conservarlo porque le será de mucha ayuda más adelante —esa explicación captó la atención de Manigoldo—ese libro contiene inscripciones en lenguaje encriptado, capaces de poner a dormir a aquellos que han sido despertados. —Enfatizó en lo último, y una enigmática brisa decoró el momento.
—Espera un segundo, no estoy entendiendo nada. Para empezar ¿Quién eres y por qué me hablas en ambigüedades?
—Quien soy yo no es importante ahora —su rostro adquirió un matiz más serio—Éfeso ha cambiado, alguien está organizando una fiesta prohibida para el 22 de Enero, es decir, dentro de dos días. Para ser exactos, es la celebración de la Catagogonia, una fiesta que fue prohibida por los dioses hace bastantes siglos debido a sus excesivos actos de violencia y asesinatos injustificados. Pero eso es tan solo la fachada de lo que en verdad está sucediendo allí…
—Hm, es interesante lo que dices y sin embargo hay algo que no me termina de convencer de este asunto —su sonrisa se torció—si me estás diciendo sobre esto es con el propósito de que interceda de alguna manera, ¿no es así?
—Sí, es importante que lo haga.
—¿No me dirás por qué "es importante"?
—Podrá darse cuenta una vez que esté allí, no tengo permitido darle más explicaciones.
—Ya veo —su expresión se tornó irónica—así que me estás invitando a una fiesta donde probablemente no sea bienvenido, y quieres que ponga a dormir a unos "despertados" con las palabras de este librito. Tiene todo el sentido del mundo.
—Puedo decirle sobre esas personas a las que debe devolver al sueño —añadió y su voz se tornó afable, y menos ceremonioso—son los siete durmientes de Éfeso, en el Codex aparece su leyenda, pero debe ser leída de forma "especial" para que las palabras tengan efecto en ellos.
—Ya…, ¿y qué son exactamente esos "durmientes"?, ¿espectros?, ¿caballeros?, ¿muertos? —trató de adivinar rascándose la cabeza al pensar sobre eso.
—Digamos que son no-muertos —aclaró—quiere decir que no pueden morir, a diferencia de los espectros que están bajo el poder de Hades, ellos son inmortales porque alcanzaron este don por cuenta propia en el pasado.
—¿Humanos que alcanzaron la inmortalidad?, ja, suena interesante eso que dices a pesar de ser extraño.
—Sí, son inmortales, pero se suponía que debían dormir por la eternidad como deuda por alcanzar esa condición —el rostro del muchacho se ensombreció de repente—sin embargo, alguien logró despertarlos. Y despiertos es imposible vencerlos.
—Joo, eso suena todavía más interesante —la sonrisa osada de Manigoldo le descolocó un poco—supongo que los detalles de quién está detrás de esto así como quien diablos eres y tus motivos para ponerme al tanto lo sabré una vez que llegue allá.
Esa forma de tomarse la situación arrancó una sonrisa al desconocido, empezaba a sentir un extraño agrado por el de Cáncer:
—Así es —y solo por eso contestaría una de sus preguntas—, si le llega a servir más adelante, puede referirse a mí como Dito.
Y dicho eso se esfumó de un salto al interior del bosque, dejando a Manigoldo con el sabor que dejan las dudas y la emoción de que por fin, las cosas iban a ponerse más entretenidas, y ese largo viaje comenzaría a tener sentido.
Una vez frente al durmiente de Éfeso, había comprendido las palabras e instrucciones de Dito. Desgraciadamente no tendría tiempo ahora de buscar a Dégel, primero tendría que encargarse de esa criatura inmortal, sumando que debía alcanzar a Albafica antes de que se matara "solita" en una pelea sin su armadura. ¿Y por qué demonios se preocupaba ahora por ese?
—Bueno, realmente no importa —se tronó los nudillos, regresando a su realidad frente a la figura—a divertirnos.
Kardia parpadeó varias veces en su asiento, no le entraba nada de lo que había conseguido aflojar de Dohko y Shion, que en su enojo se paseaban de un lado a otro en el interior del cuarto contiguo a la tienda, refunfuñando con los dientes apretados.
—A ver si entendí… la que venían tirando de las greñas ¿era Albafica? —Hizo una mueca como si él mismo desconociera el significado de esas palabras—y entonces llegó Manigoldo de la nada y lo secuestró en sus narices.
Los dos amigos voltearon a verlo como si Kardia hubiera dicho algo insultante, y en cierta forma, aunque era lo que acababa de ocurrir, era insultante.
¡Era insultante que ese imbécil interviniera sin tomarlos en cuenta y se largara! ¡Así porque le salía de los…!
—Ese maldito de Manigoldo… —siseó Dohko—¡¿Pero quién demonios se cree que es para salir de la nada y actuar de nuevo por su cuenta?
—Es un idiota, no puedes esperar otra cosa de los idiotas… —le siguió Shion, quien también estaba cabreado por lo ocurrido—ahora nos obliga a buscarlo, como si no tuviésemos cosas más importantes como regresar al Santuario… ¡Y justo se lleva a Albafica en su condición!
—¡NIÑOS! —Kardia alzó la voz al empezar a sentirse ligeramente ignorado, los dos amigos parecieron reaccionar—creo que se les ha olvidado la parte en la que explican cómo diablos un hombre de la noche a la mañana se convierte en una mujer.
Se hizo el silencio, sólo se escuchaba la respiración de Leica quien descansaba en la única cama de heno improvisada, y esta era atendida por Yuzuriha y el encargado de la taberna. Los santos de bronce habían ido por información sobre Dégel y ver sin descubrían la pista del paradero de Manigoldo con Albafica. Dohko y Kardia miraron a Shion, siendo el único capaz de contestar esas preguntas, o eso pensaban.
—No sé muy bien cómo ocurrió, Albafica solo me habló de dos mujeres que le emboscaron en el Serapeum de Alejandría —relató—no supo quienes eran, pero a juzgar por los hombres que aparecieron después vistiendo armaduras que al parecer trabajan con ellas, se señalaron como servidores de la diosa Afrodita.
—¿Afrodita? —Dohko se extrañó, jamás había escuchado que Afrodita tuviera relación de rivalidad con Athena; en cierto sentido jamás fue su enemiga, con la excepción de la famosa guerra de Troya donde figuraban en bandos contrarios. —¿Qué quiere Afrodita de Albafica?
—… —Shion alzó la mirada después de un breve silencio, y considerar que tarde o temprano tendría que explicarles la situación—quiere encarnar en su cuerpo, esa es la razón por la cual hicieron que Albafica sufriera esa metamorfosis.
Kardia y Dohko ensancharon los ojos.
—Espera, de verdad, ¡¿Piensa encarnar en él?, ¡¿En un santo de Athena? —Dohko apenas lo concebía—¿por qué?
—No lo sé, desconocemos la razón exacta por la que le eligió a él y no a otro humano. Los dioses que encarnan normalmente lo hacen en personas que no tengan inicialmente ningún parentesco con el dios en cuestión —razonó Shion—pero estamos hablando de casos generales, cada dios tiene criterios para el cuerpo en el que decide residir. Hades normalmente elige al humano más puro del mundo, Athena suele nacer en el Santuario –el caso de ahora fue una excepción-. Seguramente Afrodita debe tener algún parámetro de selección en el que consideró a Albafica como él más acertado. O puede que tenga una segunda intención.
Kardia se incorporó de su asiento y tomó el cofre de su armadura que reposaba en el suelo al lado de la silla donde llevaba el rato sentado, lucía una sonrisa impetuosa.
—Así que una diosa… no sé qué demonios esté sucediendo, pero suena muy animado —giró el cuello para mirar al dúo—las cosas también están extrañas por aquí, y no sé si tenga algo que ver, pero presiento que algo se va a desatar —se relamió los labios—y no pienso perdérmelo por nada del mundo.
—¿Vas a irte Kardia? —preguntó Shion.
—Iré por Dégel, después de todo para eso estoy aquí, no puedo olvidarlo —señaló—pero ustedes dos, par de niñatos, en lugar de estarse quejando deberían ir a buscar a Manigoldo, que apuesto lo que quieran que ya debe estarse divirtiendo de lo lindo… y solo pensarlo hace que me impaciente, ¡diablos!
Cruzó la cortina que separaba el cuarto del resto de la tienda y se fue, dejando a dos jóvenes dorados con los pies en la tierra. Kardia siempre iba a por lo que quería sin detenerse en miramientos, y les había sentado bien su regaño, quitando el hecho de que les daba algo de pena no haberse puesto a pensar en lo principal: Albafica no podía vestir la armadura en su estado actual… y si libraba una pelea su cuerpo podía quedar seriamente dañado, con riesgo a morir con apenas un golpe.
—Shion.
—Sí, lo sé, vamos a darnos prisa —miró a Yuzuriha—cuida de ella en nuestra ausencia, puede que más adelante sepa explicarnos lo ocurrido con Dégel.
—En tal caso le preguntaré apenas reaccione y sea capaz de contestar —aseguró—cuando regresen los otros cambiaremos de lugar e iré por Kardia.
—Cuento contigo Yuzuriha —recibió un asentimiento.
Shion dio una última mirada a la armadura de Piscis, le hubiera encantado saber su opinión respecto a la situación de su actual dueño. Albafica había dicho con claridad que le había rechazado, ¿la armadura permanecería indispuesta hasta que Albafica volviera a la normalidad?
Se lo preguntaría después, ahora debía ir por su dueño, si todavía lo era.
El templo de Artemisa quedó atrás para dar paso a un largo camino engarmado y salteado por algunos restos de columnas, piedras blancas y estatuas corroídas por el tiempo, el descuido y la tormentosa historia de Éfeso. No se había dado cuenta hasta ese entonces de que la tarde iba avanzando, el cielo se pintaba de distintos tonos naranja, subrayado en nubes alargadas que parecían retazos púrpura oscuro. El día estaba cerca de concluir, y eso podía ser tanto bueno como malo dependiendo de cómo se barajeara la situación de aquella fiesta.
Gracias a la capacidad innata de los caballeros dorados de alcanzar la velocidad de la luz era capaz de seguir el ritmo del durmiente de Éfeso, eso no representaba dificultad, el problema estaba en como interceptarlo sin dañar a Eros. Ya había visto que a pesar de sus ataques ellos no recibían daño, y el niño era quien más peligraba de ser herido. También le parecía que estaba conduciéndole a un sitio en específico, es decir, el durmiente no huía, tenía un lugar al cual llegar independientemente si le estaba siguiendo.
Quizás esa es su idea, pensó.
La idea se afianzó cuando Albafica identificó un camino de piedra con algunas columnas aún en pie flanqueando los lados. Veía como Eros todavía forcejeaba inútilmente contra el duro brazo del durmiente, vigilando que más allá de eso a su secuestrador no se le ocurriera lastimarlo, porque de ser así, le doliera admitirlo, era poco lo que podría hacer al respecto.
Porque a esas cosas nada les afectaba.
El durmiente dio un largo salto y se posicionó en el centro de una especie de arco central, un escenario semi-circular donde se elevaban unas antiguas gradas de piedra blanca. Albafica también se detuvo, unos cinco metros lejos de su objetivo a quien le sostenía la mirada, dudando que si de todas maneras este fuera a devolvérsela ya que hasta sus globos oculares parecían de piedra maciza. Pasó a ver a Eros, quien continuaba inquieto gruñendo a pesar del peligro que corría.
—Yo estimaba que a quien encontraría aquí sería a un santo de Athena.
El dueño de la voz que ahora descendía de las gradas pertenecía a un hombre joven de piel parda, moreno de cabellos lacios, hasta la nuca; de ojos afilados, característica que resaltaba con la coloración plateada de sus retinas. Lo que le destacaba principalmente era su armadura: roja como si la hubiera bañado de la sangre de muchos, con algunos detalles en oro en la pechera que daban la impresión de ser la terrible mirada de un demonio, así como algunas púas que sobresalían en las hombreras cuales cuernos y filosos dientes. En sí, esa armadura lo describía como un ente diabólico salido de las profundidades de un infierno llameante en busca de víctimas.
—Pero aquí solo veo a una mujer intentando salvar a —posó sus cortantes ojos en el niño—el pequeño dios. Cupido de la mitología.
—¿De qué estás hablando? —Exigió saber con un tono que en lo autoritario igualaba en arrogancia al otro—¿y quién eres?
El de la armadura roja le dedicó una sonrisa déspota, donde enseñaba parte de su colección de afilados dientes, similares a las fauces de una bestia salvaje.
—Veo que quizás te esté prejuzgando, y si tengas algo más tras ese cuerpo frágil, o eres una mujer estúpida al hablarme así a mí, Deimos del Terror. —Acortó la distancia de un salto, plantando los pies a unos centímetros de Albafica, la planta de sus botas perforó el suelo.
—Deimos del Terror —repitió Albafica sosteniéndole la mirada en todo momento, fruncía ligeramente el entrecejo y una gota de sudor tenso rodaba por su sien. Quien estaba frente a él era un enemigo de cosmos poderoso, y peor, llevaba ropaje de protección. Ella no tenía el suyo.
Con todo eso, no se permitía parecer menos frente a un adversario, y de eso se daba cuenta el mismo.
—Tienes agallas, mujer —se permitió elogiar—¿no será que el cosmos del santo que se acercaba aquí era el tuyo?, es difícil creerlo, pero todo apunta a que es así.
Los labios de Albafica se torcieron un momento, si había algo que no soportaba, eso era no sentirse suficiente para hacer honor al legado que llevaba consigo, a su título.
No importaba si ahora no lo parecía, pero por dentro era el mismo.
Era el santo de Piscis.
—Soy Albafica, Albafica de Piscis; un santo de Athena. —se presentó en idéntica fiereza a la de antes, a la de siempre—. No voy a permitir que le pongas un dedo encima al niño.
La sonrisa de Deimos se alargó hasta estallar en una sonora carcajada.
—Así que, un santo de Athena, una mujer —río—y si dices que eres Piscis es porque entras en la categoría de "Los más fuertes" —se pensó bien esas palabras—mm, de ser así, ¿Dónde está tu armadura, Piscis? —inquirió en tono burlón—¿o es que resultó que no se "ajustaba" a tus medidas?
Albafica apretó la mandíbula, conteniéndose; sabía que si cedía a la provocación estaría otorgándole la victoria a su oponente.
—No has contestado mi anterior pregunta —masculló todavía con ese timbre de autoridad que molestaba y al mismo tiempo fascinaba al otro caballero—¿para qué quieres a Eros?, es evidente que no lo usaste solo para atraerme hasta aquí.
—Muy aguda —felicitó—por eso y porque quiero ver qué cara pondrás al enterarte, te lo diré. —Extendió su brazo señalando al niño que desde hace bastante rato había dejado de luchar contra el agarre y observaba la escena con ligera estupefacción, este mismo salió de su trance cuando se percató de que se referían a él. —Este mocoso, tal como lo vez, no es más que la encarnación de uno de mis hermanos, un traidor que ha preferido a nuestra madre, igual de traidora.
—¿Encarnación de tu hermano?
—Soy Deimos, del Terror, el dios del Terror, hijo del dios Ares —enfatizó jugando con la reacción del otro al hacerle ver que estaba frente a una deidad superior—y ese niño no es otro que Eros, el dios arquero del Amor Eros.
La expresión de Albafica no tuvo nombre frente a la sorpresa, efecto de la revelación inesperada.
—El hijo de la diosa Afrodita.
Notas de Dreamy:
El Artemisium helenístico o también el templo de Artemisa en Éfeso, es una de las maravillas de la ciudad en ruinas. Fue destruido por los cristianos durante la aceptación del cristianismo dentro de la ciudad. Aquí en el fic obviamente aparece reconstruido por obra de… chan-chan-chan-chaaaan~
No se los diré aún x3 faltan como dos o tres capítulos para concluir este mini-arco. Jo, ya con la aparición de Deimos aparece una pequeña pista de lo que se puede venir, ¿saben cual es?
¡Hasta otra!
