Millones de gracias por los reviews, de veras ;A; la entrega pasada aumentaron, es un progreso y un subidón de autoestima enorme. Pero para no dármelas de lamebotas paro, xD... es solo que de verdad me pone contenta leer sus comentarios.

Minako y Altaiy Ibn al Ahad, un placer tenerles de lectores (L) me alegra que les haya gustado la historia x3 espero que igual este capítulo sea de su agrado. Creo que aclarará lo de la armadura de Piscis y arrojará la pista que une el rompecabezas de la siguiente saga.

Cualquier cosa que no les paresca sin pena, háganmelo saber.


Carnaval de impurezas: Anfitriones

—El hijo de la diosa Afrodita.

Las palabras de Deimos consiguieron una expresión de sorpresa y perplejidad en el santo de piscis. Albafica miró a Eros, todavía atrapado en el brazo del durmiente; el niño correspondió a la mirada con un nudo de sentimientos encontrados y entero desconocimiento de lo que el de la armadura roja decía. De nuevo esa conexión aparecía haciéndole capaz de ver en el interior del pequeño, en ese momento no sabía decir de dónde venía esa silenciosa comunicación o solo eran impresiones suyas, pero estaba ahí, presente, y no lo podía ignorar.

—No pienso creer una palabra de lo que me dices.

—¿Cómo? —Deimos no comprendió a que se debía eso—¿crees que un dios mentiría como lo hacen ustedes, humana?

—No sé si los dioses mienten o no, tampoco me interesa saberlo —responde sin un ápice de duda—lo que no voy a permitir es que amedrentes a un niño en frente de mis ojos, ¡eso es inaceptable! —una rosa roja aparece entre sus dedos, Albafica se prepara para enfrentarlo con todas las desventajas que posee en contra.

—… ¡Hahahahahahahahaha!, en verdad, no sé si catalogarte de muy valiente o muy estúpida —se sonrió enseñando uno de sus colmillos después de carcajearse—que te dejes llevar por la apariencia inocente de ese chiquillo es algo que haría una mujer, también un inútil santo de Athena. —su tono de voz se elevó, al igual que su belicoso cosmos—¡Así que da lo mismo!, ¡Te aplastaré aquí y ahora!

Midió la fuerza de su rival, era tremenda, apenas le permitía respirar con calma; la presión que ejercía en todo el ambiente encogía todo. Sin duda se trataba de un dios, uno cuya violencia se percibía en el aire, en sus ojos cortantes, en esa armadura diabólica.

Deimos se encontró de nuevo con la mirada fiera del santo, no era como si fuera incapaz de intimidarlo previamente de la pelea inminente, más si este no poseía su armadura para protegerle, pues así era perfectamente capaz de matarla de un golpe. El Terror suponía que su adversario consideraba eso, por ello encontraba digno de apreciar que estuviera allí de pie, dispuesto a hacer lo que pudiera para salvar a ese niño.

A ese niño que no era nada suyo.

De nuevo llegaba a la conclusión de que por unos estúpidos ideales, los santos de Athena llegaban a llamarle, a él y a sus hermanos, tanto la atención; por lo que eran capaz de hacer por estos.

Extendió su mano, una fuerte corriente de energía se reunió en ella y en un parpadeo se desprendió contra la mujer en forma de lanzas de luz rojizas.

—Desaparece.

Raining Blood!


Kardia se percató del brutal cosmos, que provenía mucho más allá de su posición en las ruinas del teatro de Éfeso. Sentía también el cauteloso cosmos de Albafica, y el de alguien más que… curiosamente se asemejaba mucho con la presencia que estaba rastreando en el interior de la Biblioteca de Éfeso. ¿Tendría todo eso alguna relación?, era muy probable, y saberlo solo lo emocionaba más y más, porque si había un adversario tan fuerte como el que se estaba enfrentando en ese momento el santo de Piscis, entonces las posibilidades de que su vida ardiese como nunca aumentaban dramáticamente.

Sabía que Albafica no tendía posibilidad, y menos sin su vestidura dorada; a Kardia no le temblaba el pulso para ignorar eso y seguir con su empresa. Llámenlo bastardo, pero en lo que respectaba a él, no estaba para ir cuidando chicas, había venido a Éfeso con un propósito y no iba a desviarse, Dégel podía estar en igual o peor peligro y eso si que no lo iba a ignorar.

Además, ya sentía los cosmos de Shion y Dohko encaminarse al lugar de los hechos, esperaba que llegaran a tiempo.

—Siempre me has parecido raro, compañero, pero esta vez sí que superaste mis expectativas —pensó en voz alta al contemplar la fachada de la antigua biblioteca, un patrimonio de la historia que a ojos de Kardia no era más que ruinas corroídas por el tiempo.

Le costaba imaginar a qué había venido Dégel, si intentaba hacer memoria de las veces en las que mencionaba algo respecto a lo que se traía con el Patriarca quedaba en blanco. Kardia no prestaba el más mínimo interés a los asuntos de Dégel, como de costumbre, los libros y las investigaciones científicas no eran lo suyo. Ahora se arrepentía un poco de no saber en qué aguas se movía su compañero.

Cuando entró lo primero que notó fueron dos cosas: rastros del helado cosmos de Dégel que formaban un camino que Kardia siguió describiendo sin proponérselo los mismos pasos que el acuariano había dado la última vez que pisó ese lugar. Descubrió incluso la jaula oculta en el nicho de las estatuas a las Virtudes, dentro solo quedaba una de las palomas mensajeras que Dégel se había llevado de Santuario en caso de que necesitara comunicarse. Lo segundo que notó fue ese extraño cosmos similar a uno que se encontraba en el mismo lugar que Albafica y el mastodonte con el que se estaba enfrentando.

¿Cómo dos cosmos podían ser tan similares?, era como si fueran parte de la misma persona.

El sonido de una pierda descender por los escalones de la antigua escalera le hizo voltear en esa dirección, una sonrisa complacida floreció en los labios del escorpión.

—Vaya-vaya, al parecer las estatuas de aquí tienen la capacidad de moverse si lo desean —al principio había jurado que se trataba de eso, de no ser porque ese raro cosmos provenía de eso, y que si su vista no le jugaba una mala pasada, estaba seguro de haberle visto girar el cuello en dirección a él.

La estatua como le decía Kardia, tenía la apariencia de un joven que vestía las túnicas de la antigüedad, más propias del tiempo donde el cristianismo se asentaba en esa parte de Turquía. No disimuló la sorpresa al ver como ese ser que lucía de piedra daba un paso delante, y los pliegues de su ropa hasta rígidos eran al adaptarse al movimiento. Por si fuera poco para inquietarse, no parecía como si necesitara llenar los pulmones de aire… era tan endurecido que incluso los colores de su piel, su cabello y ropas parecían pintura encima de la cerámica, carecían del brillo original de la pigmentación de los vivos.

—Me pregunto qué clase de monstruo serás, ¿por lo menos tienes lengua o los ratones se la comieron? —De repente una interrogante le asaltó y se acarició el mentón pensativo—espera… ¿a las estatuas las hacen con lengua?, ¡Ah!, que demonios importa —chasqueó la suya—no creo que estés aquí para explicarme eso.

Eso se lo demostró el durmiente al intentar golpearlo con el puño extendido a velocidad luz, el cual se estrelló contra una de las paredes destrozándola por entero. De haber tenido líneas de expresión habría parecido sorprendido, porque en sus pupilas blancuzcas vacías mostraban a un Kardia que giraba en el aire por el hábil salto dado, y se desprendía velozmente del cofre dorado que llevaba en la espalda, para que este liberara la sagrada armadura de Escorpio y le revistiera.

—Je~

Scarlet Needle!

Las catorce perforaciones en los lugares correspondientes a la constelación Scorpius no se hicieron esperar en el cuerpo del durmiente, quien a pesar de su dureza era igual de vulnerable a los piquetes que cualquiera.

—Aún con ese armatoste que tienes por cuerpo mi aguja escarlata lo puede penetrar sin problemas —explicó tras ver que el durmiente permanecía tendido en el suelo y le costaba levantarse, aparentemente por el dolor. Kardia se percató de esto y sonrió—así que después de todo puedes sentirlo… es una pena que no quieras hablar, al menos así valdría la pena dejarte vivo. Y en vista de que tu recibimiento no fue para nada amistoso y que no me ayudarás en lo absoluto a encontrar a Dégel, lo mejor será terminarte aquí y ahora…

Sin darle más tiempo, ejecutó el décimo quinto piquete: Antares.

El aguijón rojo penetró sin problemas, y aunque por fin la sangre comenzó a brotar de los agujeros, a Kardia le pareció extraño que esta fuera tan helada y oscura. Palpó el líquido con la otra mano mientras el cuerpo duro se retorcía, lo acercó a su nariz para olerlo y tosió. Asqueado, se incorporó rápidamente.

—Esta sangre es vieja —murmuró viendo como el suelo se teñía de un líquido más negro que rojo—es como si fuera la sangre de un muerto conservada… su grado de putrefacción es tal que parece increíble que siga existiendo, ¿qué clase de monstruo es esta cosa…?

La pregunta quedó en el aire, el durmiente a pesar de las contracciones del dolor, y que seguía escupiendo sangre a borbotones de las heridas, lograba incorporarse al principio con dificultad y finalmente erguido como si nada, se disponía a atacar a Kardia con fuerza inhumana.

El escorpión tuvo la oportunidad de impresionarse con la fuerza del durmiente, y también de probar que tan fuerte era su puño contra su pecho, más específicamente, contra la zona de su corazón donde logró astillar la armadura dorada y provocarle una larga privación del aire y de sus latidos.


Al mismo tiempo que sucedían estas cosas en distintos puntos de la antigua ciudad, Dohko y Shion salían a las calles portando sus armaduras; inquietos por la explosión de un nuevo cosmos peligroso y agresivo que estaba en el mismo lugar que Albafica y otro ser que no conocían, pero que más temprano que tarde lo harían.

Unos segundos antes de eso, notaban como había aumentado el comportamiento desenfrenado de la población que participaba en la celebración de la Catagogonia. En casi todas las esquinas había al menos dos o tres personas dando rienda suelta a sus pasiones, en varios y distintos tipos de comportamiento sexual, pero eso no era lo que escandalizaba más a los jóvenes santos, sino el grado de violencia que demostraban. Tanto en ello como en las mismas escaramuzas que se generaban hasta por pisar la sombra de otro. En una de esas Dohko tuvo que intervenir para que no terminaran de matar a un chico que era menor que él por pocos años.

—Este lugar es una locura Shion —le comentó Dohko después de dejar al muchacho a salvo en una de las tiendas—¿cómo pueden dejarse arrastrar por una actuación?, es como si no fueran consientes de lo que hacen.

—Quizás no lo sean del todo —Dohko miró a su pensativo compañero mientras continuaban desplazándose entre las personas, buscando cualquier indicio del cosmos de Albafica o Manigoldo que parecía tragado por la tierra—lo he estado pensando, cómo reaccionan, como actúan y todo es como si experimentaran una regresión cultural. Están repitiendo las acciones de sus ancestros sin caer en cuenta en la poca moral, pero no es como si lo hicieran por simple placer degenerado, es más como si les dieran culto.

—¿Culto?, ¿Cómo pueden darle culto a algo que se prohibió precisamente por ser tan atroz?

—Eso es lo que me llevo preguntando todo el rato, y es cuando pienso que quizás alguien los esté manipulado.

—Tiene sentido…

Dejaron esas conjeturas de lado cuando fueron capaces de sentir el cosmos de Albafica, que se desplazaba velozmente a las afueras y seguía a otro que no conocían; después el estallido de ese cosmos poderoso y amenazador los había motivado a desplazarse lo más rápido que podían previendo la aparición de un poderoso e inesperado enemigo; o eso habrían querido hacer de no ser porque dos siluetas se lo impidieron al frenarlos con sus propias manos y hacerlos rebotar hacia atrás con violencia.

Shion y Dohko plantaron los pies sobre el suelo, arrastrando nubecitas de polvo y tierra. Al estabilizarse pudieron apreciar a sus nuevos adversarios: dos jóvenes que parecían estatuas vivientes que cualquier otra cosa en el mundo, tenían expresiones y curvas rígidas, ni se sentían su respiración ni parpadeaban al freírlos con esas miradas glaciales e inexpresivas. Los jóvenes dorados en su vida vieron criaturas similares.

—¿Quiénes son…? ¿Y de dónde han salido? —preguntó Dohko irguiéndose sobre sus rodillas flexionadas.

—No tengo ni la menor idea —contestó Shion aunque la pregunta no iba dirigida a él, también dudaba que fuera a ser respondida—pero no los encuentro muy dispuestos a dejarnos pasar.

—Ni modo, hay que hacernos camino, Albafica puede no durar mucho si no tiene su vestidura —Shion asintió—y todavía tenemos que encontrar a Manigoldo, es raro que se hayan separado.

—Vamos a hacerlo.

Los dos se pusieron en guardia, Dohko tomó la iniciativa de atacar sabiendo que en cualquier caso, Shion tendría una mejor defensa para ambos, y él era de los dos el más ofensivo.

Rozan Sho Ryu Ha!

El ataque con la forma del dragón chino de tonalidad verdosa brillante, igual que el cosmos del santo de Libra, embistió con furia a las dos estatuas vivientes. Las personas ya habían desalojado esa calle despavoridos por la presencia de los durmientes, advirtiendo que no iban a dejar a nadie con vida; por eso Dohko no tuvo razones para contenerse en su primera estocada.

Al despejarse la nube de polvo y tierra, Shion logró ver antes que su compañero, que el par de estatuas vivientes iban directamente al ataque con sendos golpes preparados en sus nudillos. Inmediatamente reaccionó prevenido por el instinto.

Cristal Wall!

Se levantó la barrera, y un sorprendido Dohko vio como los tremendos puños eran contenidos por el muro de cristal de Shion. No podía creer que su técnica principal no fuera a surtir ningún efecto en ellos, ¿tan poderosos eran?

—¿Pero quién rayos son…? —se le escapó ese pensamiento en voz baja.

—¡Mggh! —gruñó Shion—son fuertes… no puedo creer lo que están haciendo…

—¡¿Shion?

—Están tratando de empujarme y derribar el muro de cristal con pura fuerza bruta… —explicó mientras hacia todo lo posible por no mover la planta de los pies de donde las tenía y mantener el muro donde estaba. —¡Y lo están logrando!

—Mierda —masculló—Shion, dame la posibilidad de atacar de nuevo, puedo intentarlo con las armas de Libra, quizás consigan dañarlos —dijo y en el acto, el par de tridentes que pertenecían a la armadura aparecieron en sus manos.

—Puedes hacerlo… y por favor, trata de llegar a donde está Albafica, no sabemos cuánto tiempo…

—¡¿Y dejarte aquí con estos dos?, ¡ni hablar Shion!

—Yo voy a estar bien, mientras pueda mantenerlos a raya —aseveró, sus palabras iban muy en contra de los hechos, y esto fue muy claro cuando en una primera embestida, el ariano cedía unos centímetros de su posición con dificultad. —Yo puedo hacer tiempo, pero él pueda que no tenga suficiente.

Dohko apretó los dientes, él tenía toda la razón. Si perdían esa oportunidad podían estar sentenciando al santo de Piscis a una muerte segura.

Pero justo antes de que el portador de las doce armas del zodiaco se decidiera, una luz dorada cruzo el cielo por encima de sus cabezas, y su trayectoria inicial provenía de la tienda donde habían dejado a Yuzuriha cuidado de la chica que Kardia había rescatado. El tiempo se hizo más lento durante esos segundos que duró la estela, Shion lo sintió con más claridad que Dohko, y no pudo evitar murmurar con algo de alivio en la voz:

—Es la armadura de Piscis…


En la tienda, donde Leica descansaba sin reaccionar, Yuzuriha sentía varios cosmos encendidos en distintas partes de la ciudad. Shion, Dohko, incluso Albafica que estaba todavía más lejos; los demás no los conocía y le inquietaba especialmente el más grande y furioso de todos, el que estaba junto al santo metamorfoseado. No percibía el de Manigoldo y eso era todavía más extraño, ¿estaría en un lugar en especial donde sentir su cosmos fuera imposible?, ella sabía que era inútil preocuparse por él siendo el discípulo del Patriarca, y sobretodo siendo un caballero de la elite dorada.

De todas formas, tenía la preocupación marcada en la cara mientras cambiaba los paños de la frente de Leica; le había subido la fiebre hace minutos y ahora volvía a quedar estable. Sin embargo era raro que no reaccionara, tal vez le había sucedido algo antes de que Kardia le rescatara, o incluso, antes de encontrarse con Dégel de Acuario.

Al terminar de colocar el paño sobre su frente, después de humedecerlo y exprimirlo, le tomó desprevenida que Yunkers de Lobo fuera arrojado contra la tienda y barriera el suelo de espaldas hasta llegar a la pequeña habitación aparte. Las pocas personas que quedaban en la parte del bar salieron apuradas por la conmoción, y ese escándalo hizo que la amazona, aparte de socorrer al santo de bronce, luciera la armadura de grulla de inmediato.

—¿Quién te hizo esto, Yunkers? —preguntó recostándolo en un lado de la improvisada cama de heno, a los pies de Leica.

—F-fue… —tosió algo de sangre gracias al zendo golpe que tenía en el pecho, donde la armadura figuraba destrozada—¡Curtis y Bleriot!, ¡están en problemas!

—Voy a encargarme… quédate aquí y haz lo que puedas por estar bien y cuidar de la chica —le pidió antes de abandonar la pequeña estancia.

—Ten cuidado… es muy poderoso.

Ella lo sabía, y por eso pensaba hacer lo que pudiera por detenerlo, era después de todo lo que hacían los guerreros como ella.

Yuzuriha vio a los otros dos de bronce intentando levantarse a pesar de las sendas heridas que cargaban, y las viejas que se habían abierto. La lemuriana detuvo el puño del atacante con la ayuda de la estola controlada por su psicoquinesia que le apresó la muñeca, salvando a Bleriot de un par de costillas rotas.

Este sujeto es extraño… eso pensó la amazona de plata, al igual que lo habían hecho Shion, Dohko, Kardia, Manigoldo y Albafica al ver a los durmientes de Éfeso. Estatuas vivientes sin sentimientos pero equiparables en fuerza brutal y blindaje tal que parecían dioses.

Dazzling Dance of Beautiful Flashing Kicks! (Kenbu Shousenkyaku)

Aprovechando la inmovilidad del durmiente, Yuzuriha ejecutó su técnica de veloces y mortales patadas en las que se dio cuenta de dos cosas que le hicieron retirarse incluso antes de culminar el ciclo: su piel era tan dura que dudaba que le hubieran hecho algún daño, y lo otro era su inmovilidad como si supiera que no iba a lograr dañarle, aún cubierta de su ropaje de plata. El durmiente jaló la estola y la obligó a mantener la unión y resistir la fuerza de su oponente hasta que decidiera soltarlo, y de hacerlo sabría que esa bestia atacaría a todos.

Una gota de sudor rodó por la frente de la lemuriana, tenía que pensar en algo que lo detuviera antes de que se agotara. Los caballeros de bronce y Leica dependían de eso.

Un fuerte haz de luz dorada golpeó al durmiente alejándolo varios metros hasta atravesar la tela de la tienda. Yuzuriha volteó a ver de donde procedía y encontró la caja de Piscis vacía.

—Esa fue…

—La armadura de Piscis ha… —murmuró Yunkers atónito por lo que había visto.

Ambos santos, perplejos, no se habían dado cuenta de que los violetas ojos de Leica se habían abiertos, más conscientes de los que ellos jamás hubieran visto, y también mucho más serenos. A estos les acompañaba una sonrisa misteriosa.


—Ya los durmientes han comenzado a causar problemas —comentó Hamelín a su compañera, mientras deambulaban al fondo del enorme Artemisium, para ser exactos, en los pasillos del patio trasero que se extendía largamente en varios metros cuadrados de césped y ruinas. Las doncellas habían sido neutralizadas por la brusquedad de Sashenka al agotar la reserva de somníferos que llevaba consigo. —Oye, ¿de verdad es por mí que estás tan molesta? —no puede evitar preguntar después de ver tanta violencia reflejada en ella, no la conocía así de temperamental a no ser que tuviera una razón.

—No —se detiene, Hamelín se estruja los ojos enrojecidos todavía por el vino y la droga que hace muchísimo que no le hacía gran cosa a su cuerpo; hace lo mismo con sus oídos por si lo que acaba de escuchar no son alucinaciones. —Es sobre lo que le saqué a Selene antes de venir por ti, tu idiotez es algo con lo que lidio todos los días.

El descuidado pelirrojo suspiró bastante aliviado, haciendo caso omiso del insulto.

—¿Entonces?, ¿qué te dijo Selene esta vez? —si tenía algo que ver con su extraña rivalidad podía encontrarle sentido a ese ceño fruncido.

—Finalmente me explicó por qué querían tu flauta —susurró, Hamelín abrió bastante los ojos—y también porqué la han estado usando para controlar a la gente de este sector, la que desapareció y de la que no somos responsables.

—¿Ella lo sabía?

—Sí… y fue por eso que te mandó a ti y a Harmonía a que se infiltraran en este grupo desde el inicio, por eso ella no les dijo nada… —apretó los nudillos.

—Y por eso es que estás tú aquí, ¿no?

—Odio cuando Selene nos oculta información vital… ¡¿Quién demonios se cree esa bruja del mal? —gritó echando fuego por la boca, las cuentas de sus collares y pulseras de aro, así como sus argollas se agitaron. —¡Podía habernos dicho que ellos estaban aquí o darnos una pista!

—Cálmate Sashenka —trató de tranquilizarla el hombre, o lo intentó cuando extendió los brazos para darle un abrazo de amigo, pero ella lo rechazó con un golpe en la cara que desparejaba sus mejillas de por si hinchadas.

—¡No me abraces!, ¡me vas a ensuciar el vestido de alcohol y drogas; y no estoy de humor!

—Lo dices como si eso no te pasara todo el tiempo… —se calló cuando vio la mirada asesina de esos ojos negros—está bien, me callo, no estás "pasando" por un buen momento.

—Hamelín —suspiró profundamente la gitana, y este temió lo peor, como una nueva paliza—vamos por tu flauta, y después me desahogaré pateando algún trasero que valga la pena.

—¿Para qué patear traseros cuando los puedes sobar?, nunca entenderé esa lógica tuya y de Adonis.

—Hablando del rey de Roma… escuché que venía para acá junto con Selene y Narciso —sacó de su vestido una carta de tarot—me lo acaban de decir las cartas.

—Esas cartas tuyas como siempre tan chismosas —bromeó el flautista y se ganó un pellizco en la mejilla y que se lo llevara a rastras.

—Será mejor que encuentres todos tus sentidos Hamelín, los vas a necesitar para recuperar tu juguete.

Fue el turno para suspirar de Hamelín.

—Ya sé, no está muy lejos de todas formas.


Albafica vio la ráfaga de rayos rojizos venir, como una lluvia asesina que sin piedad atravesarían su carne y probablemente le mataría. ¿Por qué no evadirlo si tenía la posibilidad?, simple: a sus espaldas estaba justamente el durmiente de Éfeso y Eros todavía retenido, si se apartaba estaba casi seguro de que el ataque les daría de lleno; cabía decir que nunca había visto a esa cosa moverse para evitar alguna técnica dado que nada le hacía daño, dudaba que hiciera lo mismo en tal caso, y con eso podía dar por sentado que Eros moriría preso si tomaba en cuenta que Deimos quería asesinarlo.

No tenía más opción que recibir el ataque y hacer lo imposible por sobrevivir, encendió su cosmos tanto como se lo permitía su voluntad de guerrero, y cada segundo para el caballero era un instante donde las dudas se volvían más lejanas y los temores se dispersaban.

Pondré mi alma en este ataque, no importa si no es suficiente para hacerle daño, no puedo permitir que mate a Eros…, no puedo permitir que las circunstancias sigan siendo un obstáculo, que otra vida sea sacrificada. ¡Porque yo…!

¡Soy un santo de Athena! , ¡Y no he dejado de serlo!

Royal Demon Rose!

El pensamiento retumbó con tanta intensidad en su mente que cuando el remolino de rosas rojas salió disparado impuso un freno tremendo en la primera colisión contra los rayos. Deimos lo observó con interés y después se sonrió perverso cuando las rosas fueron destruidas y el ataque continuaba –aunque en menor intensidad- contra la mujer. Tendría que habérselo esperado, después de todo estaba frente a un dios, eso pensaba Deimos antes de ver como un haz de luz dorada caía justo encima de su oponente y anulaba los rayos rojizos.

—Pero qué…

Cuando logró ver algo entre la fuerte corriente de aire que se levantó, los restos de pétalos rojos en el aire y el polvo, sus ojos se abrieron bastante con la imagen que le arrojaba ahora la figura de su oponente.

Llevaba una armadura de oro.

Albafica quitó los antebrazos que había usado como escudo a la espera de recibir el resto del ataque, y se sorprendió al sentir una extraña pero familiar calidez que revestía su cuerpo. Estaba tan impresionado como Deimos de ver sus brazos, piernas, torso…, cubiertos por la armadura dorada que no podía ser otra sino la suya. Adaptada especialmente a su nueva apariencia y con los únicos cambios notorios que eran la pechera que protegía sus senos y el casco que ahora se adaptaba como una tiara en su frente con las escamas del pescado de oro a los lados.

—Mi armadura… —murmuró todavía sin creérselo—mi armadura me ha aceptado de nuevo —no pudo evitar que aflorara una sonrisa aliviada en sus labios, la misma que tenía Eros al comprobar que la chica estaba viva y ahora podía pelear mejor.

Todavía no caía en la cuenta de que su enemigo no solo estaba impresionado por la aparición de la armadura de Piscis, sino por un detalle el cual no había notado hasta ahora. El colgante de rosa que llevaba esa mujer en el cuello, agitándose con los restos de la corriente de aire traída por el viaje de la armadura del zodiaco. Deimos supo en ese momento de que ahora no solo era cuestión de acabar con un santo de Athena, sino también de tomar cartas contra esa traidora.

—Bien… veo que tienes una segunda oportunidad —Deimos se colocó en guardia, misma cosa hizo Albafica—pero ya no seré tan piadoso contigo, y menos después de comprobar quien eres en realidad.

—No estaba esperando que lo fueras —contestó la mujer vestida de oro—no dejaré que vuelvas a amenazar la vida de Eros de esa forma.

—Los santos atenienses son siempre tan idiotas, dar la vida por desconocidos —escupió con una sonrisa colmillada—no importa si son hombres o mujeres, o si son la misma elite dorada, todos son igual de idiotas y débiles.

—Comprobemos si es verdad o eres pura arrogancia —habló con tranquilidad provocativa, una rosa blanca apareció entre sus dedos.

Deimos se hinchó de furia, y esa furia estimulaba positivamente su pequeño interés hacia el santo dorado. Moría por destrozar esa mirada rebelde.

—Será un placer pisotear a tan orgullosa rosa.


No le preocupaba lo que sucedía en el exterior, podía sentir cada uno de los movimientos de esos cosmos, y con quienes se enfrentaban; nada que supusiera demasiada inquietud para él. Era consciente de que despertar a aquellos inmortales era una jugada que podía revertírsele si cometía el más mínimo error, sumando que al mismo tiempo era poner en peligro la población que tanto trabajo le había costado reclutar. Estaba tan seguro de sus bases, de sus movimientos y de que todo iba a salir como debía ser, que esas pequeñas advertencias fueron sofocadas por el primer sorbo de su copa de vino.

Zeus jamás se preocupó por las contiendas de unos simples mortales y su dramaturgo tampoco iba a hacerlo. Tenía ahí todo lo que quería: la posición del dios de dioses, una población que lo adoraba y sobre la que tenía el poder, comodidades, un templo solo para él… y un maravilloso copero el cual Ganimedes envidiaría.

Después de que terminara de llenarle la copa por segunda vez, tomó su cuello con delicadeza e iba a posar sus labios en el mentón de Dégel cuando una voz le interrumpió sin remordimiento:

—Te ves muy cómodo en esa silla, Cornelius.

Retiró la mano de inmediato y se volvió con toda su atención hacia la mujer que acababa de irrumpir en su sagrado recinto, esa que poseía una frondosa cabellera azul real con las puntas onduladas y cóncavas formando una cortina en forma de cúpula a su alrededor, y los ojos del mismo color. El vestido rojo que llevaba resaltaba esos colores así como la piel clara y perfecta. A pesar de la evidente belleza de esa mujer, y que a simple vista no era más que él, el hombre de piel tostada se dirigió a ella en tono bastante respetuoso.

—Señora Eris, no la esperaba tan pronto por aquí.

—Lamento interrumpirte en medio de tu nuevo deleite —dijo rodando los ojos sin gran interés hacia el caballero de Acuario, que permanecía junto al falso Zeus con la mirada ausente y sumisa—pero el tiempo apremia, como sabrás.

—Si hay algo que pueda hacer por usted solo debe decírmelo, señora Eris.

—Por ahora no hay mucho que puedas hacer, pero si decir —se acercó a la mesa que figuraba a los pies del trono de Zeus, tomó entre sus manos una manzana verde que reposaba en uno de los tantos canastos de frutas. —Coméntame, ¿qué notaste de interesante entre los santos de Athena?, ¿identificaste quienes eran?

—Sí señora, entre ellos están: Aries, Cáncer, Libra, Escorpio, Acuario —hizo su pausa al mirar a Dégel señalándolo como el mismo—y Piscis…, hablando de Piscis, nunca me había esperado de que se tratara de una mujer.

—¿Una mujer? —frenó en seco el mordisco que iba a darle a la manzana después de tanto mirarla en desinterés por las palabras de Cornelius, aunque le estuviera contestando su pregunta. Lo miró con cierto escepticismo, más atenta—Pensé que todos los santos dorados eran hombres.

—Yo también lo creía así, pero cuando vi a la de Piscis… —se notaba a leguas que Cornelius había visto y deducido algo muy importante, y que pretendía darle mucho aire de intriga a lo que saboreaba en sus adentros. Eris le hizo saber con un brillo impaciente y amenazador en los ojos que cuando le había dicho que el tiempo apremiaba, era porque no estaba dispuesto a malgastarlo en él. El organizador pareció comprenderlo a la perfección porque de inmediato retomó el hilo. —Me pareció que era muy extraña, a pesar del hecho de que esperaba ver a un hombre en lugar de una mujer.

—Continua.

—Vi que tenía el colgante de la diosa Afrodita.

—¿Cómo? —Se le cayó la manzana al aflojar inconscientemente la mano, mano que después apretó con furia—¿qué quieres decir con que llevaba el colgante de Afrodita?

—Era el mismo colgante que solía usar la señora Astarté cuando vivía —explicó Cornelius ante la perplejidad de la diosa de la Discordia—el símbolo de la diosa encarnada en una humana.

—Imposible… —inspiró Eris—¿me estás diciendo que… Afrodita decidió encarnarse de nuevo en humana, y que lo ha hecho en un caballero dorado de Athena?... —la mujer pasó de un estado de enojo, de aprensión total, a estallar en carcajadas por lo increíblemente irónica y retorcida que encontraba esa primicia. Logró calmarse después de varios segundos. —Me encantaría saber cómo consiguió que fuera compatible con una humana, por cómo es Afrodita, no debe ser un recipiente cualquiera.

—¿Sabe que es lo más curioso, señora Eris? —la mujer lo miró—esa mujer que aparece como portadora de Piscis tiene un alto parecido con la señora Astarté.

Eris tomó muy en cuenta esas palabras, un recipiente así no era fácil de crear con el tipo de diosa que era Afrodita. No solo por la cuestión de que era la diosa de la belleza, del amor y la lujuria; se sabía que su composición cósmica, gracias a su peculiar nacimiento de los genitales de Urano, por decirlo en cierta manera, no era demasiado abundante, y por tanto tenía pocas opciones como recipientes humanos. Que hubiera encontrado uno y dentro de las filas de Athena despertaba mucho su curiosidad.

Más porque ahora comprobaba que efectivamente, sus subordinados habían conseguido liberar su alma.

—¿Señora Eris?

—Quisiera conocer —sus comisuras se ensancharon en una sonrisa maliciosa—a esa mujer, a la santa de Piscis.

—Creo que Deimos se estaba encargando de ella, intentaba asesinar a Eros apenas descubrió que estaba entre nosotros.

—Qué lástima —negó—lo más seguro es que ya Deimos lo haya descubierto, no quedará nada de ella en poco tiempo. —Sentenció antes de darse la vuelta y volver sobre los pasos que la habían traído.

—¿Va a dejarlo así?

Giró la cabeza un momento, y se detuvo un momento en Cornelius antes de volverse y soltar.

—No hay necesidad de preocuparse, mientras tanto yo debo ocuparme de que él despierte.

Y dicho eso, la silueta de Eris desapareció en las sombras del templo.

Sin percatarse de que en lo más hondo de su conciencia, Dégel quedaba atónito con toda la información revelada, y más aún cuando encajaba las piezas que solo él tenía en su poder. Ahora más que nunca debía luchar contra ese estado de inconsciencia para advertirles a sus compañeros que sentía muy cerca.

Todos estaban en peligro inminente, sobretodo Albafica.


Chan-chan-chaaaan~ ¿Adivinan lo mismo que Dégel?

¡Hasta otra!