Cuando vi la fecha de la última vez que actualicé, juro que me caigo para atrás, ¡más de un mes!. La verdad, mi idea era actualizar cuando acabara lo que debo, pero como preveo que el tiempo no me dará... pues, ¡premio para los lectores!, porque se lo han ganado. No es por ser presumida ni nada, pero este es un capitulazo, es uno de los capítulos que más me ha emocionado escribir. Con esto puedo decir que ahora SI se viene lo bueno de esta historia, y se verá parte del cariz que tomará.

Eli Castillo: ¡amaría ver esos dibujos!, de veras x3 me emociona la idea, tanto como que invites a otros a leerla. Umizu:La Eris del fic, digamos que sí es la misma de la película pero con ligeros cambios y adaptada a la trama, ya explicaré mas adelante como se relaciona esta historia con la Ova de la Manzana Dorada. Todos queremos a Dégel de copero, yo sería infinitamente feliz u/u, y sí, Hamelín tiene algo de ese "flautista", de hecho es evidente que está medio basado en él xD, me encanta ese cuento la verdad. Altayr Ibn al Ahad: no te preocupes, a lo mejor lo comprendes claramente en este capítulo donde se desvela la situación original de la Catagogonia, espero que te guste de corazón (L). Kumikoson4: Hamelín, solo puedo decir que es cierto, es más de lo que demuestra, de hecho, no por nada Dégel lo relacionó un poco con su maestro Crest. Y sí, esa Eris es la propia Diosa de la Discordia. 001Kamikakushi: (Before... sorry for the bad english) Dx OMG... the true is that I'm very impresioned! I never believed that I will have one review in english, I feel very happy like a child x/D. Yes, the gender-bending is original, initially I was insecure, but after i'll arise... Thanks for read ;A; this fanfic is my precious bizarre history and I have it more love to this.

Agárrense los pantalones ;D


«El Terror sonrió a la doncella que vestía de oro prometiéndole una horrible muerte

Los inmortales contemplaron a los jóvenes de armadura dorada como si miraran a través de ellos

El corazón cuyo fuego jamás se extingue enfrenta a aquel que su calor nada le hace

La guerrera de plata que protege a sus compañeros lucha contra la desesperación personificada

Sucesos que giran en torno a quien teje los hilos del destino y juega con las fichas del tablero

Toma sentido frente al que se encuentra atrapado en el engaño y lucha por elevar un mensaje

Que la razón de tan pecaminosa y prohibida celebración no es más que una apertura de la siguiente guerra santa.»


El despertar de la bestia

Tras la desaparición de la estela de luz dorada en el cielo, Shion y Dohko volvieron a centrarse en el combate. Los durmientes no parecían darse cuenta de lo referente a la armadura de Piscis, pues seguían concentrados en derribar el Muro de Cristal impuesto por el caballero lemuriano, empujando con todo el peso de su fuerza inmortal e inacabable. Le quedaba poco tiempo a las fuerzas del Aries y esto se dejaba ver en cada gota de sudor que surcaba su frente y se deslizaba por su cara hasta el cuello.

Dohko que no olvidó en ningún momento el arduo trabajo de su amigo por mantenerlos a salvo de la colosal fuerza de esos misteriosos individuos, le hizo saber que estaba listo para poner en marcha el plan inicial, a medias:

—Ya te dije que no iba a dejarte hacer esto tu solo —le recordó el chino—no me conoces por abandonar a mis camaradas, además de que dos contra uno es un poco injusto, ¿no crees?

El otro meneó la cabeza en respuesta y sonrió en sus adentros. Sabía desde el inicio que sería imposible hacer que Dohko lo abandonara.

—Esperemos que se encuentre bien —deseó de corazón Shion.

—Lo está, su cosmos está ardiendo, puedo sentirlo igual que tú —dijo Dohko con una sonrisa, él también había estado preocupado por el de Piscis y su desprotección—y aunque ahora no podamos servirle de ayuda ante tan horrible adversario —refiriéndose al terrible cosmos que acompañaba al aludido—solo podemos confiar en ella.

—Dijiste "ella", Dohko, sabes que sigue siendo él.

—¡Ah!, lo siento, pero con esa apariencia es muy fácil confundirse.

—Lo sé —suspiró profundamente—créeme que lo sé. ¿Estás listo?

—Apresúrate antes de que te derriben compañero —bromeó, y Shion rió sin ganas por el esfuerzo.

—Como tú digas, compañero.

La abertura en el Muro de Cristal apareció y duró sólo el instante que Dohko necesitó para salir fuera de la barrera. Blandiendo el par de tridentes embistió a las dos estatuas vivientes con toda la potencia que le permitía su cosmos preparado con antelación. Los hizo retroceder bastante, derribándolos tres metros lejos del Muro de Cristal de Shion, y aunque los tridentes apenas habían clavado las puntas en aquellos torsos que parecían hechos de un duro mineral la sangre que manó de esas hendiduras rocosas era oscura, casi negra. Dohko se alejó dando un brinco y separando las armas de sus cuerpos, turbado por el descubrimiento.

—Esto es sangre de los muertos —murmuró, tras él Shion desvanecía la defensa aliviado y se acercaba para observar lo mismo que su amigo—no puedo creerlo, ¿cómo pueden existir criaturas vivas con semejante nivel de podredumbre en el cuerpo?

—Quizás porque ellos no están tan vivos como nosotros pensamos —dedujo Shion observando los dedos y las armas manchadas por el líquido, paseando la mirada terracota hacia los indetenibles seres que se incorporaban con lentitud pasmosa. —Pero tampoco están muertos.

—Aquí vienen —se colocó en guardia alzando los tridentes, mismo que Shion con sus manos expertas en el dominio del polvo estelar.

Se lanzaron contra ellos a una velocidad que no esperas ver en un ser de cuerpo tan duro, una que se acercaba bastante a la que los caballeros dorados dominan. Dohko interpuso los tridentes formando una equis que contuvieran el golpe del que había ido a por él. Shion en cambio descartó al instante repetir el uso del Cristal Wall y pasar directo al ataque.

Stardust Revolution!

Consiguió alcanzar a su objetivo, y nuevamente acababa de subestimar no la dureza de la piel de su adversario, sino la resistencia inhumana que poseía. Era como si no conociera límites y continuara impulsado por una influencia desconocida a atacarle. Marionetas indestructibles. Esa criatura volvía a moverse contra él y a Shion se le acababan las opciones para darle a esa batalla un punto y final. Mismo ocurría con Dohko que retrocedía cediendo sin quererlo a la fuerza del otro.

En ese momento ambos santos de Athena notaron que en el aire se comenzaba a filtrar unas delgadas y traslúcidas corrientes de algo. Unas partículas brillantes que rodeaban a las dos prominentes figuras impidiéndoles mover un músculo.

Dust of Mirror...

Ese murmullo que alcanzó a ser escuchado por los dos caballeros de oro, pertenecía a un joven que Shion ya había visto antes en el Serapeum de Alejandría. Rizos rubios, ojos verdes y una armadura de diseño extravagante con grabados de flores que ahora que se veían con la claridad de la luz del sol, eran narcisos en sus distintos tipos e híbridos, tallados bajo la superficie del metal magenta claro.

—Tú eres…

—¿Lo conoces Shion?

Conforme se acercaba a ellos por detrás, el misterioso polvo que brillaba sin emitir color alguno y reflejaba la luz que le llegaba mutaba a una extraña barrera circunferencial que encerraba a las figuras en lo que parecía ser una retención con paredes de espejo perfecto y pulido. Los dos dorados observaron el efecto de esa técnica como algo nunca antes visto o imaginado. Narciso se detuvo a unos cinco pies después de hacerse paso en medio de ellos, primero paseó la vista a las dos barreras donde se devolvía su reflejo, sin más emoción que el sentirse satisfecho de su obra de arte. Luego miró a los dos santos.

—Es un caballero de la diosa Afrodita —terminó por explicar en tono seco, Shion se había puesto repentinamente serio.

—Narciso, quinto Heart de la orden de Afrodita —añadió el recién llegado—y no deberías hablarle de esa forma a la persona que te está ayudando, Shion de Aries.

Un ruido estrepitoso a sus espaldas llamó la atención de los caballeros, y levemente la de Narciso. Uno de los puños del encarcelado que iba contra Shion acababa de dejar una hendidura repleta de grietas en el espejo.

—¿Ayudando?, ¿por qué lo harían?, ¿y cómo esperas que te creamos después de lo que le hicieron a Albafica? —masculló con un leve timbre de ira contenida que ni al otro, ni a su amigo, les pasó desapercibido.

—No espero que me crean, y tampoco contamos con suficiente tiempo para explicar lo que sucede aquí. Así que me limitaré a lo estrictamente esencial —otro golpe al espejo, más grietas—: Estas criaturas no son otras que los siete durmientes de Éfeso, que fueron despertados con el fin de preservar la celebración de la Catagogonia, y erradicar las amenazas; más específicamente ustedes, santos de Athena.

—¿Son los de la leyenda? —Preguntó Dohko recibiendo un asentimiento—¿y cómo sabes esto?, ¿Quiénes están tras esta locura, Narciso?

El tercer puño logró asomar los nudillos del durmiente, otro golpe mucho más potente destrozó el espejo que retenía a su compañero. Narciso se giró dándoles la espalda, y con actitud indolente solo se limitó a contestar instantes antes de ir en contra de sus querencias, a librar un combate que prefería evitar.

—No estoy seguro, pero pronto su identidad será revelada.


Manigoldo se giró hacia el cuerpo todavía recubierto de rosas negras y fuego azul, una visión en palabras podía tildarse de romántica, pero en su visión no era más que un horrible monstruo indestructible feamente decorado. El pensamiento le arrancó una corta carcajada, se limpió un hilo de sangre que le bajaba del labio con el dedo pulgar sin quitarle la vista de encima a la criatura.

—Tú y yo tenemos asuntos pendientes ¿no es así? —otro paso por parte de la criatura que dejó grabada su huella en el suelo—entonces empecemos.

El durmiente se lanzó a velocidad sorprendente, su adversario le imitó sin rehuir la colisión inevitable, con la ligera diferencia de que Manigoldo lo pasaba de largo sin rozarle por uno de los costados. Apoyó la mano en su hombro y se dio impulso para elevarse y acometer contra la criatura con una patada voladora donde concentraba buena parte de su cosmos físico. Creía que había logrado tomarlo por sorpresa hasta que la mano de este le apresó el tobillo, y de no ser porque inmediatamente anticipó lo que venía le habría dislocado el hueso si solo lo apretaba un poco más. Con el pie libre se zafó estampándolo en la cara.

—Demonios, para ser un monstruo es rápido… —jadeó, observando atentamente a la criatura crepitar en las llamas azules y crujir bajo los rosales negros de Albafica que todavía perduraban. Manigoldo no estaba seguro si aquella cosa sufría los efectos de los ataques, primero porque no daba señales de sentir dolor alguno y no parecía resentirse en sus movimientos, algo contradictorio con el hecho de que le veía sangrar por las hendiduras que causaban las espinas.

La sangre negra de los muertos manchaba el suelo del templo de Artemisa.

Nuevamente venía contra él arrojándose con potencia, Manigoldo lo evadió con rapidez todavía pensando en una manera de detenerlo. Sabía que en las extrañas palabras de Dito existía una clave, una solución, y su cabeza por más vueltas que le daba no hallaba la relación, al menos no hasta que…

Ese libro contiene inscripciones en lenguaje encriptado, capaces de poner a dormir a aquellos que han sido despertados.

—¡Eso es!, ¡El libro! —murmuró para sí—¿pero cómo demonios voy a saber cual de tantas páginas está el maldito hechizo?

—Eso puedes dejármelo a mí.

La voz femenina resonó en eco varios segundos en las paredes, Manigoldo sintió entonces la presencia de un cosmos que descendía en el interior del templo, mismo cosmos que de alguna manera conseguía parar momentáneamente los movimientos del durmiente de Éfeso con la invocación de unos misteriosos rosales azules que se enredaban en conjunto con las rosas negras y limitaban todavía más a la criatura. La silueta de una mujer de aproximadamente veinticinco (o veinticuatro) años se dibujó en las sombras, y algunos haces de luz llegaron a identificar sus facciones. Los mechones azul índigo le caían a los lados del velo azulino echado atrás, y los ojos del mismo color estudiaban al santo de oro y su condición.

—Supongo que sobra preguntar quién demonios eres y porqué me estás ayudando —dijo Manigoldo a modo de retórica—pero no estaría de más que lo contestaras si vienes de parte de aquel chico raro.

—Aquel chico raro vino de parte mía, Manigoldo de Cáncer —rectificó Selene con suavidad, entrecerrando la mirada—he venido en tu ayuda, y en general, de tus compañeros. Mis aliados también se han ido repartiendo a cumplir con la misma labor, pero puedes considerarte afortunado de que sea yo personalmente quien te ayude.

—Ooh, eso que dices es interesante —sonrió socarrón, no confiaba en nada de lo que esa mujer le decía pero tampoco era tan idiota como para ignorar su situación actual. Los cabos comenzaban a atarse en su mente—imagino que me has leído la mente respecto a lo del libro.

—Puede ser —Selene se desprendió del velo que ocupaba su larga cabellera y este se endureció repentinamente bajo la influencia del cosmos azul índigo que lo recubría hasta convertirse en una especie de báculo con una esfera de amatista coronando un extremo, muy parecido al de los hechiceros medievales. —Ya que soy la única capaz de emplear el Codex adecuadamente, ubicar el conjuro que los devuelva a su sueño será pan comido para una bruja de mi nivel —aseguró con una sonrisa pacífica.

El caballero de Cáncer tenía dos opciones, confiar o buscar una solución por su propio medio. Ya sabía de sobra que conducir un alma inmortal al Yomotsu era un suicidio que causaría el desequilibrio total en el flujo de la vida y la muerte. Su maestro le había explicado que aquel tipo de almas solo podían residir en un cuerpo por generación, o bien permanecer selladas en un objeto. Eran lo más parecido a los dioses entre los humanos.

Si aceptaba su ayuda pondría en riesgo los secretos que encerraba aquel libro, si le engañaba y lograba empeorar las cosas… Esas dudas pasaban por la mente del Cáncer y Selene lo leía como un libro abierto de solo mirarlo a los ojos, sin culparlo de dudar. El alumno del Patriarca era cuidadoso y eso era bueno de saber.

La calma de Selene terminó cuando el temible cosmos de Deimos se elevó, y junto a él aparecía el del caballero de Piscis, encendido pero bastante opacado por el poder del dios. Algo parecido al miedo delató las verdaderas intenciones de Selene, Manigoldo alcanzó a notarlo antes de que la bruja recobrara la compostura y dirigiera una mirada que sugería prisa.

—No les queda mucho tiempo.

Manigoldo se rascó la nuca y extrajo de un hueco de la armadura una pequeña bolsita de cuero viejo, se la arrojó a Selene que la atrapó hábilmente con las manos.

—Haz lo que tengas que hacer, pero hazlo ahora, mujer.

Él solo podía deducir que aquel terrible cosmos no pertenecía a los que encabezaban ese misterioso grupo al que pertenecían tanto Dito como Selene, si no hubiese sido por aquel miedo que escapó de los ojos de la bruja Manigoldo nunca habría cedido. Cuando las personas mostraban su miedo se le hacía más fácil leerlas, intuirlas, y eso era lo que él había hecho. La intuición de Manigoldo le decía que podía confiar en ella, pero solo por ahora, solo hasta que el miedo desapareciera.


El aire nuevamente se volvía pesado, denso, llegaba como piedra a sus pulmones, como si estuviera a una gran altura que pusiera al límite su resistencia. El poder de ese hombre era asombroso, propio de un dios menor, las oportunidades de sobrepasarlo y ganar eran escasas aún portando el manto dorado de Piscis. Claro, no por eso pensaba desaprovechar el milagro que la armadura había obrado al aceptarlo de nuevo y darle una oportunidad más, tenía a alguien que proteger y unos compañeros con los cuales reunirse, así como un problema por solucionar.

Porque no pensaba morir en aquel cuerpo extraño.

Albafica ya tenía su cosmos ardiendo, lo sentía circular en su ponzoñosa sangre, en cada poro de su piel cual si se tratara de una descarga que activara cada partícula que lo constituía. Así se sentía el cosmos ardiendo en una persona, en un santo dorado que se prepara para librar una terrible batalla donde el riesgo de perder la vida es lo que hace a esta brillar como pocas veces lo hace. Intensamente y por solo unos instantes donde se decide el todo o nada.

Lo presiente, lo ve venir, la estocada de su adversario, similar a la anterior pero con una potencia destructiva superior… Deimos reúne los haces de luz rojiza en torna a ambas palmas, las junta y genera la lluvia mortal doble.

Raining Blood!

El ataque viaja para impactar desde distintos ángulos en un radio de unos cinco metros de circunferencia a su alrededor. Albafica solo tiene un instante para reaccionar y apartarse de la trayectoria, y apenas puede evadir la mayoría, un rayo rojo roza su antebrazo izquierdo rasgando su piel, su sangre mortal fluye encendida por el cosmos tal y como lo había visualizado en un inicio; al mismo tiempo que consciente o inconscientemente, la rosa blanca va siendo tocada por las gotas de sangre de Piscis. La mujer de oro se eleva por los aires, de un salto en medio de la humareda buscando el punto ciego para el letal contraataque.

Crimson Thorn!

La sangre toma la forma de agujas gracias a su cosmos, y las mismas viajan a misma velocidad letal contra Deimos, quien observa el ataque sin inmutarse, sin sorprenderse siquiera porque ya lo ha visto venir. Nadie puede engañar los sentidos de un dios, y menos los de un general berserker. Recibe el ataque de lleno, Albafica no llega a atisbar movimiento de su oponente hasta que un milisegundo antes siente la presión del aire cambiar… y es Deimos que reaparece de frente con bastante proximidad.

Sonriendo macabramente.

Lanza un terrible rugido de guerra que lo acompaña una onda de sonido de la que apenas tiene tiempo de apartarse. Siente que se le han resentido los tímpanos y que estos comienzan a sangrar gracias a la humedad cálida en ambas orejas, la fuerza del choque lo arroja brutalmente al suelo que conforman las gradas del Teatro de Éfeso.

—¡Señorita Albaficaaaaa! —chilla Eros con voz ahogada, su eco cada vez se distanciaba más.

—No… espera… —el sonido de ese eco le alcanza, muy distante, quizás por las heridas internas en sus orejas. Quizás porque Eros se aleja atrapado en brazos del inmortal. No lo sabía, el golpe en la cabeza estaba haciendo las cosas confusas y el dolor jugaba con hacerle perder la consciencia.

—Irá ante Eris, y ella acabará con su penosa vida… —suscitó Deimos al colocarse junto a la joven de armadura dorada, en cuclillas. Alargó la mano hasta alcanzar el torso de la mujer, donde en su pecho descansaba el colgante de rosa que confirmaba la identidad del santo de Piscis, o mejor dicho, de quien estaba haciendo de huésped en su cuerpo. Sus dedos tomaron la medalla así como sin aparentemente quererlo unos mechones de su cabello que traía el mismo aroma de sus mortales rosas, todo de ese cuerpo estaba repleto de ese perfume e inconscientemente se deleitó con este. —Mientras que yo me ocuparé de la tuya, Afro…

Una ráfaga de viento cortante obligó a Deimos a retirar las manos del colgante y las hebras turquesa del caballero. Repelió el ataque con la cubierta roja de la armadura que pertenecía al antebrazo contrario. Esa acción hizo que Albafica no terminara de desmayarse y luchara por quitarse al dios de encima, intentando casi en vano repelerlo con su cosmos.

—Parece que el Terror necesita aprender como se trata a una dama… —y esa voz que identificó de inmediato terminó por distraer a Albafica, por un lado se acercaba la silueta de aquel guapo hombre que le había hablado en el Serapeum, Adonis. El mismo reaparecía a velocidad vertiginosa frente a Deimos, sostenía una sonrisa que enmascaraba el desprecio que sentía hacia la escena, la mano de Adonis estaba en el rostro sorprendido de Deimos y un pequeño instante después ambos estaban en otra parte. Adonis estrellaba con violencia la cara del aturdido dios contra el suelo. —No vuelvas a ponerle tus asquerosas manos encima, bestia inmunda —espetó autoritario momento antes de apartarse de una nueva ráfaga de rayos rojizos que eludió con cierta facilidad, y en el proceso tomó en brazos el resentido cuerpo del santo de Piscis previniendo que el ataque tampoco fuera a darle.

—Tú…

—Me alegro que se encuentre bien, princesa —le hizo saber Adonis sonriendo de lado—es bueno ver que hasta la armadura dorada le luce bien.

Albafica frunció el entrecejo, no estaba para halagos, ¡y menos para que lo llevaran en brazos por segunda vez en el día!

—Gracias, ya puedes bajarme —dijo en respuesta cortante. Adonis no se vio afectado por ello e hizo lo que le pedía. —¿No estarás detrás de todo esto… ustedes?

—Puede jurar que no —contestó sin dejar de lado esa nota de seriedad y… ¿resentimiento? Sin quitar la vista de Deimos—por el contrario, nosotros vinimos a Éfeso para ayudarles, y para ponerle fin a esto de una vez por todas.

Esas palabras le hicieron saber que no mentía, y que la resolución del rubio castaño era auténtica. Adonis había venido no solo dispuesto a ayudarle, sino también a batirse en un combate seguro contra Deimos. El Terror lo sabía, y esperaba ansioso la oportunidad de dar comienzo.

—"¿Nosotros?" —Albafica parpadeó—¿te refieres a más caballeros de…?

—Albafica de Piscis —el llamado de Adonis logró enmudecerlo—, creo que estás olvidando al niño que se acaban de llevar —no lo había olvidado, todavía sentía a Eros a la distancia, sin explicarse como lo hacía, ocurría y punto—será mejor que te apresures antes de que otro inocente muera.

El efecto en sus palabras fue inmediato, la joven peliturquesa apretó la mandíbula y sin decir una palabra más enfiló una carrera siguiendo el camino que tomó el inmortal, rumbo a la Iglesia de San Juan. Eso los dejaba a solas. El Terror sonrió a su nuevo invitado, después de encajarse la mandíbula con un ruido siniestro.

—Adonis… así que después de veinte años estás con vida —musitó cual si se trataran de dos viejos amigos de diligencia—y por lo que veo sigues igual de impulsivo —entrecerró la mirada platinada—el tiempo parece pasar en vano en los santos de Afrodita.

—No cuentes los pétalos antes de desojar la flor, Deimos —aconsejó en el mismo tono irónico de aventajados conocidos—podrías desilusionarte.

—No suelo hacerme ilusiones, para eso están los idiotas.

—Espero que en ese grupo estés contándote a ti —se sonrió Adonis ante la furibunda mirada del dios—porque hemos vuelto, y vamos a hacerles pagar a ti y a tu maldito clan lo que nos hicieron.

La chispa de odio estaba encendida.

—Veremos si de verdad puedes hacer algo… ¡…! —un desconocido dolor abordó su cuerpo, e hizo que se llevara la mano a determinada parte de la armadura donde encontró clavada una rosa blanca que estaba tiñéndose lentamente de rojo, cerca de la clavícula. Los ojos se le ensancharon cuando vio gotear sangre que no era suya de las espinas de esa rosa.

Adonis no pudo evitar sonreírse por esa divina casualidad.

—Parece que después de todo nuestra princesa es fuerte —se acarició la barbilla—no nos equivocamos al escogerla siendo caballero de Athena.

Deimos se arrancó la rosa de cuajo, la sangre manó a borbotones por la presión con la que latía su furibundo corazón. Los pétalos teñidos de rojo se deshicieron en el notable charco de sangre.

—Si piensas que esto puede acabar con un dios, deberías volver a nacer —el violento cosmos volvió a sentirse en toda Éfeso, más cargado de rabia que nunca.


Fingió que no se estremecía con las constantes colisiones e incendios de cosmos en los distintos lugares de Éfeso, especialmente en el teatro donde estaba ese terrible cosmos junto con el de Albafica. Habían aparecido otros –aparte de los durmientes- que no reconocía, y cuyo nivel también era digno de considerar, y eso le preocupaba por no saber si pertenecían o no al grupo de enemigos al que se estaban enfrentando. Los que movían los hilos en Éfeso.

Dégel servía una tercera copa de vino, tenía toda la intención del mundo de que perdiera el conocimiento de lo embriagado que estaba, cosa que no terminaba de suceder. Cornelius estaba desinhibido, más de lo usual, pero se mantenía muy consciente de sus acciones. Lo que Dégel lamentaba era que su cuerpo continuara trabajando al ritmo de la droga mientas que por dentro solo podía observar y sentir lo que sucedía fuera. Era una maldita tortura que ponía al límite sus niveles de impotencia.

Las doncellas recogieron las viandas de la mesa, y dejaron solo la fruta y el vino que el copero se encargaba de verter en la copa de Zeus, deseando fervientemente que esa fuera la última y el farsante cayera preso de la inconsciencia, o de un coma etílico. Había bebido toda la mañana y esa era la tercera de una de las tantas botellas que vació en el proceso. Dégel volvió a sentirse asqueado al tener la mano trepadora del mayor acariciándole uno de los muslos.

—¿Qué es esa tensión, Ganimedes?, ¿no te habrás cansado de servirme, a mí, el dios de dioses, verdad? —Dégel se vio estudiado por los orbes felinos del viejo león—a no ser que… hayas comenzado a recobrar la conciencia.

Lo había descubierto, Dégel estaba petrificado e intentaba por todos los medios esconder su consciencia, lejos de esa mirada que lo marcaba cual mira de cazador. Cornelius extrajo de su túnica blanca la botellita con la droga que lo había puesto así, el aceite cuyo aroma lo distanciaba de la realidad. Dégel forcejeó con su propio cuerpo intentando obligarlo a apartarse, clamó a su propio cosmos y este poco le respondía, el narcótico entorpecía su conexión con el universo interior.

Antes de que siquiera el corcho de la botellita osara moverse un poco un fuerte cosmos hizo acto de presencia en el templo. Dégel llegó a identificar al dueño segundo antes de que este mandara sus nueve piquetes rojizos contra el cuerpo de Cornelius, el impacto lo hizo caer de la silla y el dolor lo hizo retorcerse en su propia sangre que manaba ahora de los agujeros, tiñendo la orgullosa túnica de rojo.

—Me doy la jodida espalda y ya estás ahí divirtiéndote tan desvergonzadamente.

Ese reclamo no podía ser de otro sino de Kardia, que antes de saludar prefería estrellarle un puño en la cara tumbándole al suelo.

—¡Auch!, ¡no seas tan bruto con Dégel-sama!, ¡¿Qué no ves que tiene la cabeza rota, animal? —esa voz era femenina, y a pesar de que la entonación era diferente el caballero de Acuario la reconoció al momento. Sólo su cabellera castaño caoba difería porque los risos se habían caído y ahora lucía lacio brillante, eso y que sus ojos violeta se encontraban más despiertos. Ella vestía una armadura que recordaba un poco a las diablesas gracias al diseño y al tono vinotinto de la misma, y además, llevaba la caja de pandora que contenía la vestidura dorada de Acuario en los hombros.

—Tú cierra la geta, mujer, que me hayas ayudado no te da el derecho a entrometerte en mis asuntos.

—¿Lei…ca? —logró articular, la joven sonrió complacida de que le recordara. Se acercó a pesar de la presencia de Kardia, dejó la armadura dorada en el suelo, ignorando al hombre que se retorcía por las agujas escarlatas. Extrajo de sus alforjas una fina tableta, parecida a una hostia de coloración verdosa, y se la hizo ingerir con delicadeza.

—Ya está, con esto anularás los efectos de la droga —dijo contenta de ver como Dégel rápidamente recuperaba el sentido, con todo y cefalea incluida—parece que el protector que le di a Hamelín hizo también un buen efecto en ti, y por eso todavía estabas consiente.

—¿Hamelín?, ¿es tu compañero? —ella asintió—¿entonces ustedes son...?, ¿Quién eres en realidad?

—Habrá tiempo para explicarnos, Dégel-sama —interrumpió con suavidad en lo que pasaba unos dedos por la mejilla del acuariano—pero por ahora le puedo decir que mi nombre es Harmonía, décimo Heart de la orden de Afrodita. —Finalizó la presentación con una reverencia improvisada al incorporarse.

—¿Afrodita?

—Eso lo vas a tener que explicar después, mujer —esta vez fue Kardia quien llamó la atención, quien no parecía muy a gusto con la chica—ahora tenemos algo más importante que hacer.

—Si así tratas a todas las mujeres que te salvan de morir aplastado entiendo porqué no tienes novia —se quejó Harmonía ganándose una mirada furibunda del escorpión.

—¡Yo no te pedí que me ayudaras!, ¡Podía hacerlo yo solo!

—¿Ayudar? —Dégel recordó un detalle importante—los durmientes de Éfeso…

—Ya me encargué de ellos, o al menos de que no fastidiaran por un rato —enseñó a los santos una esfera rosada del tamaño de una perla sostenida entre sus dedos—ya Escorpio tuvo la oportunidad de ver cómo funcionaban, y puede atestiguar que tan efectivos son.

Kardia soltó un refunfuño y se giró hacia el cuerpo doliente de Cornelius que todavía soportaba los dolorosos piquetes, con el pie lo obligó a quedar boca arriba para poder verlo de frente.

—Así que tú eres el Director de este circo, ahora mismo nos vas a explicar para quienes trabajas, y con lujo de detalles —le enseñó su temible aguijón—si no quieres acabar tu vida con el peor dolor que hayas sentido en tu miserable vida.

Cabía decir que si existía una oportunidad de sacarse el enojo que cargaba esa era, y no la iba a desaprovechar para desgracia de Cornelius.


Así la paz que reinó en el reconstruido templo de Artemisa fue rota, y no solo a causa de la intervención de Kardia y Harmonía en su logro por destituir al dictador de Éfeso, sino también a la razón principal por la cual este par jamás cruzó vistas con las doncellas u obreros del templo. Sashenka y Hamelín habían neutralizado a más de la mitad de la servidumbre a base de somníferos de olor y los violentos métodos de la gitana, y ya habían logrado avanzar buen tramo en el templo… además de parecer que solo daban vueltas en círculos por el mismo pasillo en el que llevaban casi veinte minutos.

—¿Estás completamente seguro de que tu flauta está por aquí, Hamelín? —repitió por enésima vez.

—Como que me llamo así, querida —y este le contestó también por enésima vez.

—¡¿Entonces por qué diantres parece que damos vueltas por el mismo sitio?

—¡Yo que voy a saber!

Y se alejó varios pasos antes de que a su compañera se le ocurriera volver a dar rienda suelta a ese mal humor suyo con él. Para su sorpresa, Sashenka estaba meditabunda, se acariciaba el mentón repetidas veces y murmuraba como diciéndose cosas para sí misma.

—¿Sashen…?

¡Shhhhts! —le obligó a callar y acercó la oreja a uno de los muros, con las manos buscaba algo que pareciera sospechoso, como una corriente de aire.

—Querida, ¿no estarás leyendo demasiadas novelas de misterio?, dudo que aquí haya un… —el ruido de una pesada piedra moviéndose hacia un lado que no era otra sino la pared dando paso a unas escaleras ocultas lo hizo callar—pasadizo secreto —completó desilusionado por no haber acertado.

—Parece que el instinto no me termina de fallar —se sacudió las manos satisfecha por comprobar sus sospechas—en marcha.

Bajaron las escaleras, conducían a otro piso subterráneo por encima de los calabozos dado que estas descendían menos que las primeras. Siguió un pasillo mucho más ancho que carecía de iluminación, a lo que tuvieron que acostumbrar sus ojos a la oscuridad antes de dar un paso más. Sashenka atrapó la mano de su compañero y le retorció el pellejo clavándole las uñas.

—¡AGH!, ¡¿Pero qué pasa ahora?

—Ni porque estemos en el mismo infierno dejo que toquetees el trasero, pervertido.

—¡Era solo una sobadita para darme valor!

¡SPLAT!, bofetón, y no hubo más quejas.

Guiándose solo por la prolongación de los muros y la limitada visión lograron descubrir unas escaleras que ascendían hasta una trampilla.

—Puedo jurar que me está llamando desde el otro lado —inspiró Hamelín—es ahí.

—Y se acerca alguien —agregó tras escuchar los cortos pasos del otro lado del piso.

—A la cuenta de tres lo sorprenderemos.

—De acuerdo —respiró hondo— ¡Tres!

Abrieron la trampilla empujándola de golpe, salieron a la superficie como dos fieras que se lanzan de lleno contra su presa en manada. Así los vio el pobre monaguillo que quedó pálido debajo de Sashenka quien le aprisionaba en el suelo aplicándole un firme candado en los brazos. Estaban en una pequeña capilla solitaria, con la excepción del jovencito que ya empezaba a implorar por su vida sin recibir ninguna amenaza. Hamelín se acercó al altar donde reposaba su flauta griega sobre un mullido cojín, la tomó con el cuidado que un padre emplea en su hijo recién nacido.

—Por fin la hemos encontrado, ¡dioses!, ¡es el día más feliz de toda mi vida! —exclamó jubiloso.

—Me alegro muchísimo por ti —comentó Sashenka que ya acababa de poner a dormir al niño con sus rudas maneras, y se incorporaba—al parecer estamos en la Iglesia de San Juan —decía al observar las columnas al aire libre y los restos de muros que sostuvieron alguna vez esa casa de Dios, por fuera la vegetación y algunas flores silvestres bordeaban las ruinas históricas, a cierta distancia se divisaban los arcos de ladrillos sostenidos por columnas de mármol, así como otras cuatro columnas desnudas en la parte superior donde Sashenka advirtió el paso de una silueta. Uno de esos durmientes llevaba a un niño del brazo y este extendía la mano hacia la persona que venía dándoles seguimiento, el brillo de la armadura dorada alertó a la gitana y el flautista.

—Increíble que demos con ella tan pronto, ¿no te parece una agradable coincidencia, Sashenka? —le preguntó a su compañera que fruncía con ligereza el entrecejo, allí había algo mal.

—No del todo.

La gitana vio al inmortal sobrevolar sus cabezas, y al tiempo extrajo una carta del escote en su vestido la cual arrojó hábilmente contra este. La carta emitió un brillo amarillo claro, el cosmos que guardaba se estaba liberando y frenaba el movimiento de la criatura, quien cayó pesadamente al suelo con las extremidades extendidas hacia los lados. El niño quien se había soltado en el aire caía de boca en el césped sin hacerse daño.

—¡Eros!

Albafica llegaba con prontitud al lugar de los hechos, sintió un alivio momentáneo al momento de ver que estaba bien, más este duró poco cuando Eros se acercaba corriendo al ver el estado de su hombro sangrante.

—¡No te acerques! —lo detuvo, el niño mostraba clara perplejidad ante el brusco trato—es peligroso, mi sangre podría matarte —explicó con severa calma y un gesto de disculpa por el tan escaso tacto.

—Será mejor que le hagas caso pequeño —aconsejó Hamelín que se acercaba unos pasos—la sangre de Piscis es un arma letal, los mismos caballeros de Afrodita lo sabemos mejor que nadie.

Albafica abrió mucho los ojos ante esa afirmación.

—Ustedes son…

—No es momento para eso, Hamelín —lo detuvo Sashenka—mi retención está a punto de caducar —y mientras lo decía la parálisis que mantenía al durmiente en esa postura obligada se mitigaba y este recuperaba movilidad. — Hay que salir de aquí antes de que pueda alcanzarnos.

—Eso no va a ser necesario.

La voz que intervenía era de Manigoldo, que acababa de llegar con algunas heridas notables pero en perfectas condiciones. Se acercó por un lado de Albafica, acatando la advertencia invisible de no acercársele por la herida abierta. En sus manos rebuscó en una bolsita de cuero viejo su contenido, el cual era nada más y nada menos que un diminuto libro que sostenía entre la punta de los dedos.

—Les aconsejo que tomen distancia, esta cosa es más grande de lo que parece.

Todos le obedecieron, el espacio libre era de unos ocho metros respecto a la posición del inmortal y eso bastaba y sobraba. Manigoldo masculló unas palabras en un idioma desconocido y arrojó el librito al suelo donde cobró su verdadera forma en medio de un cegador brillo. El Codex Gigas hizo gala del significado de su nombre. Una obra gigantesca de casi un metro de largo y más de medio metro de ancho, con un grosor considerable de más de veinte centímetros; se alzó en todo su esplendor frente al caballero de Cáncer, que parecía igual de impresionado que Albafica y el resto por tan repentina invocación.

—Al menos esa parte la memoricé bien… —murmuró para sí mismo rascándose un lado de la cabeza, como si intentara acordarse de algo más.

—¿Ese es el Codex? —no pudo evitar preguntar el de Piscis.

—En su verdadera forma, no habría podido sacarlo de Suecia así como está, por eso el viejo nos dio esto —indicó la bolsita de cuero—tiene un conjuro hecho por una de las vidas pasadas de Athena, es una guarda o algo así que refugia objetos de valor y gran poder.

—Brillante, menudo librazo —silbó Hamelín impresionado con las dimensiones de la obra.

—Será mejor que vuelvas a lo tuyo, Cáncer, está a unos segundos de liberarse —apuró Sashenka.

—Estoy intentando recordar el maldito hechizo que me explicó esa bruja… —excusó, era más difícil porque se trataban de palabras que no entendía, para él eran simples sonidos que tenía que reproducir y eso le costaba un poco más. Dudaba de su memoria auditiva y mucho más de los símbolos de las hojas. —A ver era…

Pronunció una larga oración en latín, y creyó que lo había hecho mal al ver que nada ocurría por varios segundos y el durmiente ya estaba en capacidad de moverse, e iba directamente hacía él cuando a unos metros cayó al césped en postura recta cual rigor mortis, con las manos y los pies juntos, los párpados cerrados firmemente y la apariencia entera de una estatua con una leve pigmentación que los hacía ver humanos de carne y hueso.

—Pensar que ellos también fueron humanos —pensó Albafica en voz alta cuando todo acabó.

—Difícil de creer cuando sabes cómo son despiertos —completó Manigoldo dejándose caer sentado sobre la grama, aliviado a más no poder—de modo que lograste recuperar tu armadura, o diría yo que ella te recuperó a ti —le dijo al notar que la joven llevaba la vestidura de Piscis con notables cambios. —Me alegro por ello —dijo sonriendo de lado, y esa era la primera vez que Manigoldo le mostraba en todo el día algo de su escasa amabilidad. Albafica le correspondió con una igual.

—Gracias.

—Creo que los que vienen allí son compañeros vuestros —indicó Hamelín, por un lado se acercaban Shion y Dohko acompañados por alguien más. Ese alguien hizo que la momentánea dicha de ver a sus camaradas bien cambiara por muchos sentimientos encontrados: primero la sorpresa, después la rabia abordada por la confusión y una pizca de nostalgia.

—¿Albafica? —Manigoldo ni los demás no comprendían porqué repentinamente su cosmos se sentía iracundo y lleno de confusión.

—Me alegra ver que se encuentra bien, princesa —decía Selene que se quitaba del lado de los dorados para quedar frente al caballero de Piscis metamorfoseado.

—Tú… ¡no puedo creer que seas tú!

La bruja sonrió de manera comprensiva, mejor que nadie entendía su reacción porque era la primera vez en años que veía su rostro. Los recuerdos volaron en la mente de Albafica en forma de flashback. La mujer que había creído ver en el jardín de rosas cuando era apenas un aprendiz, la misma que había visto algunas veces en la villa de Rodorio cuando bajaba a hacer algunas compras o solo para pasear, la misma con la que había tenido pequeñas pero extrañas conversaciones de las cuales no se acordaba.

Era la misma mujer que le había cambiado su cuerpo.

—Has crecido mucho, Albafica.


El escorpión estuvo tentado a añadir las cuatro agujas más y reservarse el momento para Antares, si no lo llegó a hacer fue por Dégel, que ya vistiendo su armadura hacía gala de la razón por encima de los deseos impulsivos de su amigo. Los tres rodearon al cuerpo sangrante que soportaba el dolor lo mejor que podía, querían escuchar algunas respuestas de parte de la primera persona en llevar a cabo la prohibida celebración de la Catagogonia.

—Que empiece el interrogatorio~ —canturreó Harmonía juntando los dedos de las manos con sus correspondientes. —Es mejor que seas claro con tus respuestas, vejete, tenemos un alacrán impaciente por hacerte sufrir más.

—¿A quién le llamas alacrán, zorra?

—Los dos, suficiente —los calló Dégel empleando un tono severo, su atención fue para Cornelius—¿cómo consiguieron que toda esa gente participara en esta bárbara celebración?

—Fue gracias a la flauta… —soltó casi agonizando, posando sus ojos en Harmonía—ella sabe a cual flauta me refiero. Si se tocaba adecuadamente podía controlar las mentes de las personas que no tenían sus cosmos despiertos.

—¿Una flauta encantada?, suena a cuento infantil —se burló Kardia.

—Está diciendo la verdad —corroboró Dégel, y por la seriedad que reflejaba Harmonía sabía que no mentía—¿por qué?, ¿por qué arrastrar a esos inocentes a esto?, ¿a cuántas personas sacrificaste durante todos estos días?

—A muchos —respondió, tosió sangre que comenzó a manchar su barba cana—la Catagogonia era perfecta para desatar las emociones primitivas de los humanos, ¿qué mejor manera de hacerlo si no es actuando como los antiguos griegos y sus viciosos dioses?, no tienes idea de cuantos asesinatos, cuantas violaciones habían por día, ¡ellos nunca se detenían!

Dégel apretó mucho los puños, ese hombre se reía de sus actos a pesar de encontrarse moribundo y a él le resultaba indignante, ¡tantas atrocidades y ellos sin poderlo impedir!. No se permitió perder los estribos y se serenó frenando el deshielo en su coraza.

—Lo repetiré de nuevo, Cornelius: ¿Por qué hicieron todo esto?, ¿cuál es el propósito de tanta morbosidad? —entonces recordó a la mujer del vestido rojo—¿Y quién era la mujer, a la que llamaste Eris?

Kardia se percató de cómo Harmonía ponía los ojos como platos, y supo que ella reconocía a la persona que Dégel nombraba.

—Es una diosa —volvió a toser—una de verdad.

—¿Ella formaba parte de tu plan?

—No —se sonrió con los dientes ensangrentados—no era mi plan, era su plan…

Cornelius dejó de hablar, quedó inmóvil con los labios entreabiertos en una horrible sonrisa y los ojos desenfocados por la repentina llegada de la muerte. La hemorragia y el dolor alcanzaron su corazón sin remedio, y en medio de su sangre toda la majestad que mostraba se reducía a la de un mortal más que perecía.

Harmonía comenzó a alejarse unos pasos.

—Harmonía —llamó Dégel logrando que se detuviera—te diste cuenta de algo más.

No era una pregunta retórica, sino una afirmación. La aludida sonrió sin una pizca de gracia.

—Puede que ahora sea demasiado tarde para hacer algo, si esa mujer está aquí…

—¿Quién es esa tal Eris?

Los miró de reojo con la total seriedad que implicaba el asunto.

—Es la mismísima diosa de la Discordia, que ha venido a despertar a su hermano mayor.


En el teatro de Éfeso la batalla acababa de frenar, fue por voluntad de ambos contrincantes al caer en la cuenta de que absolutamente todos los durmientes de Éfeso habían vuelto a su estado original. Deimos se limpió la sangre del mentón con los dedos y observó a Adonis, que tampoco estaba intacto, tenía una herida en la cabeza que le corría empapándole un lado de la frente y bañaba todo el párpado y más allá hasta el mentón se extendía un camino de sangre, y su armadura presentaba fisuras en varias partes del torso. No quería decir que estuviera en peores condiciones que él, a decir verdad, Deimos había resultado más herido de lo que hubiera esperado en ese encuentro.

No sabía desde cuando ese soldado de alfeñique, ese pobre cortesano que desconocía del fragor de la batalla, había conseguido ponerse a su altura. Adonis había demostrado tener razón, los años no pasaron en vano para los denominados Hearts.

Se habían preparado, desde hace 20 años, para ese encuentro que pondría fin a esa guerra.

—No has estado mal —felicitó Deimos.

—Gracias, aunque yo esperaba más del dios del Terror —fue la respuesta mordaz de Adonis.

—Siéntete afortunado de que no haya luchado con todo mi poder, cortesano —casi escupía la palabra—no vivirías para contarlo.

—No sé si me tienes demasiada estima para supuestamente dejarme con vida, o solo es una excusa barata de que no puedes desacerté de mí, Deimos —se sonrió ante esa rabia que era igualmente correspondida, y su misma provocación—pero hablando de excusas… dime, ¿tu tía ya lo encontró, no es así?

—¿Qué si es así? —Deimos saboreó la tensión de Adonis, quería confirmar sospechas y él estaba dispuesto a darle la respuesta que quería—¿vas a hacer algo al respecto?, dudo que puedas, ya es demasiado tarde… —los ojos del dios menor pasearon al horizonte, el sol estaba descendiendo, la tarde estaba en su auge, coloreando el cielo de un rojo sanguinario que era perfecto como escenario de lo que estaba a punto de ocurrir. —Las condiciones se han cumplido, la violencia y el desenfreno de la Catagogonia, sumando la presencia de guerreros poderosos y sus combates librados contra los inmortales. Toda esa energía hará que su alma sea liberada.

El odio que veía reflejado en los topacios de Adonis le encantó, amaba ver ese sentimiento en los ojos de sus adversarios, y él sabía cómo hacerlo emerger de sus corazones.

—Él pronto estará aquí —dijo al darse la vuelta—y ustedes, junto con ese avatar de Afrodita caerán como la última vez. Y esta vez nos aseguraremos de que nadie nos vuelva a fastidiar el camino, y eso incluye a Athena y sus caballeros dorados.

El dios del Terror desapareció en una ráfaga de energía roja, la brisa que dejó levantó polvo y sacudió los cabellos de Adonis, varios mechones mancharon sus puntas de sangre al evitar la corriente de aire con el antebrazo. Sentía su cuerpo morir por la batalla, su voluntad era lo único que le mantenía en pie, eso y la necesidad imperiosa de reunirse en el lugar donde estaban Selene y Albafica.

—Así que finalmente decidiste darle la cara a ese niño, Selene…


Esparció las pepitas rojas encima del tablero y estas se desperdigaron sin seguir ningún patrón definido, estudió sus posiciones con detenimiento y cuidado minucioso hasta que logró ver lo que quería, pasó las manos por encima de estas para recogerlas e irlas amontonando; nuevamente las devolvió a su saco. Esa era la tercera vez que las arrojaba sobre la mesa, ya había visto suficiente.

Cansado, cerró los ojos, sus pestañas blancas eran signo de haber vivido y visto muchas cosas, sin embargo su rostro era tan fino y lozano como el de un hombre joven. Lo único que podía delatar su edad era la carencia de pigmentación en su largo cabello enteramente blanco, los vellos en las partes de su cuerpo con el mismo color neutro. Algo de ese curioso síntoma de albinismo dejaba la impresión de que ese hombre había perdido una batalla contra la vida, y esta se había apropiado de una parte esencial de su alma.

Éfeso era una ciudad increíble, antigua, repleta de misterios, y sobretodo de lugares inexplorados como aquel túnel subterráneo que empezaba en uno de los tantos pasadizos del Artemisium, y recorría toda la ciudad por debajo. Él en ese momento se encontraba en uno de los extremos de ese túnel, por no decir el más importante, el que llevaba al punto más importante en aquella red de comunicación. Era una amplia y profunda catacumba de piedra oscura, iluminada con antorchas que él mismo tuvo que encender al llegar, las paredes eran puro cieno húmedo, que jamás ha visto la luz del sol. La filtración le daba a entender que estaban debajo de algún lago, laguna u arrollo, probablemente el que quedaba en las proximidades del templo de Artemisa.

El fondo terminaba en una amplia pared negra donde no figuraba nada digno de mencionar.

—Está aquí —habló ella a sus espaldas—puedo sentirlo, ha reaccionado ante toda la energía que hemos acumulado. Muy pronto estará entre nosotros —apenas se notó la emoción que provenía de su voz.

Las pepitas rojas crepitaron dentro del saco, el hombre se volvió.

—Todo está aquí, en esta bolsa —murmuró con voz rasposa, sin ánimo ni aparente motivación—y el ritual está listo.

Las llamas de las antorchas aumentaron su tamaño, era el sonar de un violentísimo cosmos que emanaba desde el interior de esas paredes desprovistas de calor, negras como el odio de quien yacía atrapado en ellas.

—Hazlo, Virgilio —ordenó Eris—te concederé el honor de traerlo de vuelta.

Él la miró a los ojos un momento, ninguna emoción había en ellos, solo reflejaba la excitación de la diosa por la proximidad de aquello que había anhelado desde hace muchísimos años. Casi podía ver a la víbora dorada que anidaba en su ser, sin duda era una divinidad perversa, pero ni ella tenía punto de comparación con el que estaba tras esos muros.

Quien estaba tras esos muros era el diablo de las guerras.

Alrededor de Virgilio apareció el aura platinada de su cosmos, cubriendo su cuerpo, bañando ese el saco de rubíes que contenían la peligrosa y dañina energía. Cuando estuvo en su punto la arrojó al suelo, del golpe se encendió una chispa, y la chispa dio lugar a una llama rojiza impresionante, que casi parecía arder con vida propia. El hechicero extendió los brazos a los lados, elevándolos como si sostuviera una carga enorme.

—Ares… —pronunció con solemnidad—a ti hago entrega de estos sacrificios, de este poder en el momento indicado, en el año donde tu planeta regente se encuentra más próximo a esta posición. ¡Devóralo todo para que así manifiestes la ira que has guardado durante años!, ¡Devóralo para que así puedas alzarte nuevamente contra tus enemigos!, ¡Dios de la Guerra!

La hoguera se acrecentó hasta formar toda una pared de fuego que se extendió en forma lineal, los dos extremos penetraron con fuerza en las paredes, y estas comenzaron a adquirir un vivo tono rojizo hasta que la presión del cosmos logró debilitar la masa rocosa, la fragmentación fue seguida por un vigoroso temblor que sacudió ese túnel y se extendió en todo el territorio que abarcaba la ciudad de Éfeso y sus pueblos vecinos.

El desastre fue acompañado por un desgarrador grito de guerra.

La bestia había despertado.


Notas de Dreamy:

Si les gustó, comenten, si no les gustó, también comenten ;D en lo personal, a mí me encantó.

Jojo, el siguiente es el que concluye esta mini-saga, y da preámbulo a la nueva guerra.

¡Se me cuídan! ¡Hasta otra, bellos!