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Es difícil decir qué llevó a Dios a bajar a la Tierra por primera vez. Muchos de mis hermanos están de acuerdo a que todo respondía al reclamo que alguna vez Lucifer le hiciera de no comprender a los seres que había creado. Sé que aquellos dichos, de más está decir malintencionados, fueron una espina en el corazón de mi Padre y que en cierta forma, le mortificaron. Como fuera, Él decidió que probaría vivir una vida como hombre y para ello escogió a una virgen judía. Maria, según recuerdo, se llamaba. Una bonita joven comprometida en matrimonio con José, un humilde carpintero.

Dios se transfirió a sí mismo a su vientre, embarazándola.

Fue un hecho que, recuerdo bien, escandalizó a muchos de mis hermanos. No todos los ángeles vieron con buenos ojos ni aprobaron esa concepción, pero tuvieron a bien en no decirlo ni seguido ni en voz alta. Mientras Dios se hallaba en la Tierra, Michael se hacía cargo del Cielo, por orden Divina.

Sucedió que me vi involucrado en el hecho; mi superior en la hueste celestial me encomendó una importante misión a la cual no podía negarme: hablar con José, el carpintero.

José era un hombre justo, que no quería denunciar públicamente a Maria. Sabía el oprobio que traería que las gentes de aquella época supieran de la noticia de que una muchacha que se suponía que era virgen, quedaba encinta y no exactamente por su futuro marido. Por eso, su idea era la de separarse de ella sin que nadie lo supiera e irse. Mi misión consistió en hacerlo cambiar de parecer.

Me le aparecí en sueños una noche y le dije:

-José, descendiente de David, no tengas miedo de recibir a Maria como esposa, porque el hijo que va a tener viene del Espíritu Santo. Ella tendrá un varón, y le pondrás por nombre JESUS…

Cuando José despertó de su sueño, hizo exactamente lo que le había dicho y tomó a Maria como esposa. Sí, eran otros tiempos. Actualmente la reacción hubiera sido distinta, pero por aquel entonces el sentido común y espiritual primaba en la gente. Y además, tengan en cuenta lo que más arriba dije: José era un hombre justo, otra cosa que no se ve a diario últimamente.

El nacimiento no fue nada espectacular. Al menos, para el mundo terrenal. Jesús vino al mundo en un pesebre, dentro de un establo en una gruta, rodeado de animales. Un nacimiento no muy digno que digamos para el que fuera el Creador del Universo. Yo, como tantos otros ángeles, contemplé estupefacto el pequeño cuerpecito del niño, viendo refulgir en él la esencia y la luz de nuestro Padre, como un sol en miniatura. Algunos festejaron el acontecimiento, llenos de felicidad. Otros auguraban funestos desastres para aquel curioso experimento.

Y sucedió que en parte tenían razón. Hubo quienes pretendieron la muerte del recién nacido, como el Rey Herodes, que mandó a matar a cientos de niños inocentes en un monstruoso intento de asesinar a Jesús. Hubiéramos podido evitar esa masacre, pero Michael ordenó que no debíamos intervenir. Nuestra misión era resguardar la forma carnal de Dios a toda costa y fue por eso que Michael en persona vino a encomendarme la tarea de advertir a la pareja lo que iba a pasar y cuál debía ser su destino.

-José te conoce, Castiel – me dijo – Habla con él otra vez y dile que tome al niño y a su esposa, y que huyan a Egipto. Deben permanecer allí hasta que yo diga.

Obedecí. Por ese entonces, no cuestionaba a Michael ni su voluntad. Era el jefe y el más mayor de la familia, y en ausencia del Señor, la suya era la única autoridad superior competente en el Cielo.

José, Maria y el niño huyeron a Egipto, tal y como Michael quiso. Allí permanecieron hasta que Herodes murió. Luego, Michael me ordenó avisarles que ya podían volver a Israel.

La pareja volvió, pero en vez de residir en Belén, fueron a la tierra de Galilea. Al llegar, eligieron el pueblo de Nazaret para instalarse, un lugar relativamente calmo.

Durante un par de años, todo se mantuvo en paz. Mientras Dios crecía en su cuerpo humano, nosotros aguardábamos. A muchos se nos pegó la curiosidad sobre cómo terminaría este experimento y cuándo seria el momento en que nuestro Padre entraría en acción. No podía ser, decíamos, que siguiera siendo siempre un simple mortal. De hecho, durante esos años pacíficos no demostró ninguno de sus poderes ni parecía capaz de vernos. Algunos dijeron con cierto pesar que se había olvidado de nosotros. Parecía verdad, puesto que no recordaba haber sido Dios y creció como un judío más entre cientos… hasta que llegó Su momento, lo que todos esperábamos: el inicio de Su Ministerio en la Tierra.