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Fue después de su bautismo a orillas del río Jordán, que Jesús recordó ser Dios. En ese momento, el cielo se abrió y Él nos vio… y recordó. Supo quién era y también lo que debía hacer.
Se fue directamente al desierto, donde estuvo cuarenta días con sus noches sin comer ni beber, meditando. Lucifer no perdió tiempo y vio en aquella ocasión una oportunidad de tentarlo. Se le presentó, intentando en vano incitarlo a usar sus poderes en beneficio propio. Más astuto que él, Dios evitó caer en la trampa y lo expulsó. Luego, nos llamó ante Su presencia…
Fue un momento mágico. Hacía tanto que ansiábamos tener contacto directo con nuestro Padre… pero no fue un motivo cariñoso lo que lo llevó a convocarnos, fue más bien lo de costumbre: darnos órdenes.
-He vivido mucho tiempo entres los humanos – nos dijo – para conocer sus necesidades, penurias y amarguras. He sentido hambre y dolor, y finalmente les comprendo. Ellos necesitan un Salvador, alguien que los guíe. Necesitan una imagen en la que creer, algo que les inspire compasión y misericordia. Yo voy a encarnar esos ideales. Lo he planeado todo calculadamente…
-Padre, ¿Qué podemos hacer por ti? – había preguntado Michael, respetuosamente. Jesús sonrió y entonces pasó a explicarnos qué iba a sucederle de ahí en adelante.
-Predicaré por un tiempo el evangelio, las buenas nuevas sobre el Reino de Dios. Enseñaré sobre el amor y la compasión, sobre la responsabilidad y muchas cosas más. Seré oído por multitudes y tendré seguidores. Algunos me amaran y otros me odiaran. Finalmente mi accionar provocara la ira de los poderosos y seré castigado, humillado y ejecutado en un madero de tormento.
Al oír aquello un clamor cargado de angustia se elevó de nuestras gargantas. ¡No podíamos consentir que tal cosa sucediera! Incluso, Michael se ofreció para castigar a la humanidad por su crimen contra Dios, destruyéndolos con fuego, pero Cristo negó con la cabeza.
-No debéis intervenir – declaró – Esa es mi orden.
-¡Pero Padre…! ¡Es imposible! ¿Los humanos mancillaran al Señor y no recibirán castigo por sus acciones? ¡Es inaudito! – arguyó Michael, exasperado.
-No debéis intervenir – fue la severa respuesta que recibió – de lo contrario, os opondréis a mí. ¿Queréis sufrir el mismo destino que Lucifer, vuestro hermano caído?
Se hizo el silencio. Ninguno de nosotros habló. Ni siquiera lo hizo Michael, quien bajó la cabeza, apesadumbrado. Él continúo…
-Mi ruta está trazada – dijo – Debo predicar y luego morir para posteriormente resucitar en este cuerpo. De esa forma, mi muerte no será en vano y mi sacrificio será santificado para aquellos que me sigan. Ninguno de vosotros debéis intervenir jamás, veáis lo que veáis.
Pese a que la idea no gustaba, todo había sido dispuesto. Michael se inclinó ante el Señor, en un acto reverente, mientas decía:
-Si esa es la Voluntad del Señor, la cumpliremos, Padre. Me encargaré que todos la obedezcan.
Al decir aquello, Michael nos miró con severidad, dándonos a entender que era inútil cualquier protesta. Aquel gesto de obediencia complació a Dios, quien nos aseguró que nada debíamos temer puesto que su milagro obraría maravillas en los corazones de los hombres, pese al terrible sacrificio de sangre que se iba a producir.
Personalmente, estuve entre aquellos que no veían con buenos ojos semejante hecho, pero me abstuve de comentar nada y como los demás, obedecí. Ninguno de nosotros intervino durante el tiempo en que Cristo llevó a cabo su ministerio en la Tierra.
