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Judas nunca me cayó bien.

Con franqueza, no sé por qué Él lo eligió como discípulo. Era un hombre ambicioso y confundido. Como muchos judíos de aquella época, esperaba un Mesías más enérgico, un guerrero, no un maestro de la fe. Quizás fue por eso que lo traicionó y lo vendió a sus enemigos terrenales. O a lo mejor no. Tal vez Dios lo dispuso así como parte de su plan.

Jesús fue arrestado y llevado a juicio. Uno injusto, les diré. Fue azotado, escupido y humillado. Para nosotros, que contemplábamos todo eso desde el Cielo, fue tortuoso. Pese a que nos consumían los deseos de hacer justicia, obedecimos. No intervenimos jamás. Michael tampoco y eso que él ardía en deseos de aniquilar a los humanos por aquella blasfemia.

No. No hicimos nada. Por el contrario, observamos como Cristo fue llevado ante los romanos y cómo estos decidieron su suerte, la cual fue la muerte en un madero de tormento. Muerte por crucifixión.

Con mudo horror, vimos como volvían a azotarlo, le colocaban una ropa roja y una corona tejida de espinas sobre su frente. Cómo se burlaban de Él, lo escupían y lo golpeaban una y otra vez. Después de que se cansaran de hacerle todo aquello, lo llevaron a crucificarlo.

Todos pensábamos que Dios no consentiría continuar con tamaño trato. Que no aguantaría semejante calvario, como lo fue llevar una pesada cruz de madera sobre sus hombros hasta el Gólgota desde Jerusalén. Creíamos que a último momento, Dios tomaría el control de la situación y reduciría a cenizas a todos esos pecadores con su poder, aquellos monstruos que lo mataban como si fuera un vulgar criminal. En el fondo, deseábamos que Dios hiciera algo. Hasta que nos ordenase intervenir… pero nada de eso pasó.

Sin oponerse jamás, dejó que lo fijaran en la cruz y que incluso la multitud que había acudido al lugar le espetara en la cara que si era tan poderoso, que bajara por sí mismo del madero.

-¡Salvó a otros, pero él mismo no puede salvarse! – decían, entre mofas - ¡Si acaso eres Rey de Israel, baja de tu cruz y creeremos!

La visión de la forma terrenal de nuestro Padre, flagelado y colgado de la cruz, empapado en sangre, arrancó lagrimas en muchos de mis hermanos, yo incluido. Michael no aguantó más y bajó a la tierra. Tomó como cuerpo huésped el de un judío que asistía a la ejecución y se acercó a los pies de la cruz, llorando de impotencia.

-¡Dios mío! ¿Por qué permites esto? – le dijo.

Una risa aguda lo hizo volverse. Lucifer también había acudido al lugar, usando como cuerpo anfitrión el de un centurión romano. Reía, burlándose de la dolorosa escena que sucedía ante sus ojos.

-¡Es patético! – dijo - ¿Este sacrificio servirá de algo? ¡Te diré que no servirá de nada! – señaló a Jesús - ¡Míralo! ¡Es Dios y no mueve un dedo para salvarse! ¡Los seres que tanto decía amar lo están matando cruelmente! Es patético.

Michael no respondió a aquellos insultos. Miró a Cristo con angustia. El hombre en la cruz agonizaba.

-Dios mío, mi Señor y mi Padre… da la orden y la hueste arrasara este planeta. ¡Solo permíteme actuar e incineraré a todos los hombres!

La suplica de Michael no encontró respuesta. Por el contrario, Jesús gimió y dijo:

-Dios mío, Dios mío… ¿Por qué me has abandonado?

Lucifer estalló en carcajadas. Michael se tapó la boca. Comprendí al instante a qué se debían esas reacciones: Dios mismo, en su forma terrenal, dudaba de sí. ¡Dios dudaba de sí mismo! ¿Podía ser que se hubiera equivocado cuando planeó que esto sucediera? ¿El terrible dolor le habría hecho entrar en razón y haberse dado cuenta del error que cometió al haber encarnado como humano?

Fuera como fuera, este asunto no duró mucho tiempo. Las heridas eran tan fatales y el extenuamiento tal, que expiró finalmente. La Biblia dice que entonces hubo un terremoto y que las rocas se rajaron; que el día se volvió noche. En realidad, la cosa no fue tan espectacular…

La verdad es que se nubló y llovió. Y eso fue todo. La gente se dispersó en busca de refugio. Michael lloraba a los pies de la cruz mientras Lucifer se retiraba, junto con los soldados romanos, cantando una canción y burlándose. Creí conveniente acompañar a mi hermano en nuestro luto y bajé a la Tierra para estar con él.

-¿Por qué, Castiel? – me preguntó, empapado por la lluvia - ¿Por qué no nos dejó actuar? ¿Por qué?

No tenía la respuesta. Solo pude poner una mano sobre su hombro y guardar silencio ante la triste situación.