Nota: ¡Estrenando fandom! Sí, mi primer fic de Los Juegos del Hambre. Opté por escribir algo de Haymitch, mi personaje favorito. Hope you like it! ^^
Lo que no fue.
La realidad era como un sueño. Ni una apacible fantasía ni una pesadilla, tan solo una visión un tanto borrosa de cuya verdadera existencia dudaría para siempre. Después de todo, ¿qué importaba? Vivir o morir simplemente le daba igual. Su tiempo se había acabado ya muchos años atrás. Con ayuda del alcohol, la mera idea de existir le conformaría hasta el final.
Las emociones de Haymitch se habían desvanecido junto a las vidas que dejó de atrás. Cualquier pequeña esperanza que podría haber residido en su corazón luego de los Quincuagésimos Juegos del Hambre se había retirado sin dejar rastro; la verdad resultó ser más fuerte.
A veces sentía sensaciones aisladas. Aferrarse a una botella whisky después de cierto tiempo de abstinencia, por más corto que fuera, le resultaba sumamente placentero. Comer una mohosa rebanada de pan y saciar su apetito de vez en cuando también le hacía sentir bien. No obstante, en su vida ya no había lugar para grandes alegrías o emociones trascendentes. Tras más de cincuenta años siendo testigo y protagonista de la represión más cruel, su alma se convirtió en un campo esencialmente infértil.
Aun así, había momentos en donde el dejo de un sentimiento inexplicable se apoderaba de su por entonces sobrio ser. No era a menudo, porque rara vez salía de su casa, pero cuando lo hacía, no podía evitar contemplarlos al menos unos instantes, fuera esa su voluntad o no.
La niña de pelo oscuro y el niño de rizos rubios, que correteaban alegremente por ahí, le hacían salir temporalmente de su incurable letargo. Eran más que unos niños inocentes. Eran historia, presente y futuro. Ellos no lo sabían, por supuesto, y quizá el resto de los habitantes del Distrito 12, tan inmersos en su nueva vida, tampoco lo notaban.
Él no podía ignorarlos aunque quisiera; no había ni ilusiones ni plácidas realidades para desviar su atención hacia otro sitio. Siempre reparaba en ellos: los inconfundibles frutos de Katniss y Peeta. Más que hijos, logros, testimonio inequívoco de su loable supervivencia. Los observaba y caía en las garras de una ilógica nostalgia: el anhelo de lo que pudo ser y no fue.
Porque ellos eran todo lo que Maysilee y él no habían podido alcanzar.
Y entonces sentía la irreprimible necesidad de abrazar otra botella de whisky.
