La historia no es mía, es de la Baronesa Orczy y los personajes de Masashi Kishimoto.
Capítulo 5: En el palco de la ópera.
Era la primera noche de gala de la temporada de otoño en el teatro de Covent Garden. Llenaba el lugar una multitud elegante y vistosamente ataviada que había acudido a escuchar Orfeo ed Euridice de Gluck. Al bajarse el telón tras el final del segundo acto, el público sonrió con satisfacción.
En el palco de Lord Grenville llamaba la atención un curioso personaje: un tipo delgado, de rostro astuto, que observaba con una mirada crítica y sutil al público, y vestía inmaculadamente de negro, con el cabello oscuro sin empolvar. Lord Grenville—el Secretario del Exterior—, le trataba con una marcada deferencia.
Acá y allá destacábanse rostros extranjeros: eran los aristócratas realistas franceses que habían encontrado refugio en Inglaterra. Entre ellos se encontraba la condesa de Tournay de Hyuuga con su vestimenta de seda negra; estaba sentada junto a Lady Tsunade Portales, que en vano se esforzaba por hacer sonreír a la triste condesa. Detrás se sentaban Hinata y Neji.
Lord Grenville apareció en el umbral del palco de Lady Tsunade y tras saludar a los presentes dijo:
—Las últimas noticias de Francia no pueden ser peores. Las matanzas continúan.
La condesa escuchaba.
—Señor—dijo—. Para mí es espantoso estar aquí mientras mi marido corre tan grave peligro.
—Señora—dijo Lord Grenville—, ¿no ha prometido Pimpinela Escarlata traer sano y salvo a Inglaterra al señor conde?
—Sí—replicó la condesa—. Ayer vi a Lord Hastings, y volvió a tranquilizarme.
—En tal caso estoy seguro de que no tenéis por qué temer. Si yo fuese más joven…
— ¡Bah! —interrumpió la sincera Lady Portales—. Aún sois lo bastante joven para volverle la espalda a ese espantapájaos francés, ¡juraría que ese zorro astuto no es más que un espía!
—Ojalá pudiera pero Chauvelin es el representante acreditado de Francia, y todavía Inglaterra no considera oportuno romper sus relaciones diplomáticas con Francia. Además…
Pero la opinión personal de Lord Grenville sobre el asunto no llegó a saberse: acababa de levantarse el telón para el tercer acto de Orfeo, por lo que se despidió de las damas y abandonó el palco.
Chauvelin había permanecido sentado durante todo el entreacto, con su caja de rapé y sus ojos clavados en el palco opuesto al suyo, donde acababa de aparecer Sakura Uchiha acompañada de Sir Sasuke. Estaba hermosísima con sus rizos color rosa ligeramente empolvados, la cabeza y el cuello adornados con diamantes y rubíes. Siempre a la última moda, Sakura era la única que había descartado aquella noche la pañoleta y la prenda de anchas solapas que se habían usado en los últimos tres años. Llevaba el vestido de talle alto y forma clásica que pronto iba a estar a la moda en todos los países de Europa. Sakura se asomó por un momento y tomó nota de todos los conocidos.
Sir Sasuke permaneció en el palco el tiempo mínimo que requería la etiqueta. Luego se marcho, dejando sitio a la multitud de admiradores que acudieron a rendir homenaje a la reina de la moda. Sakura reunió a su alrededor una pequeña corte, pero al cabo de un rato los despidió a todos, deseosa de quedarse a solas con Gluck.
La música la apasionaba. Aquella noche, Orfeo la cautivó. Estaba alegre, pues recibió la noticia de que el Day Dream había regresado de Calais con la noticia de que su hermano había desembarcado sin percance.
Una discreta llamada a la puerta la arrancó de sus alegres pensamientos.
—Adelante—dijo Sakura sin volverse a mirar al intruso.
Chauvelin había observado que estaba sola y aprovecho el momento para deslizarse en el palco.
—Quisiera hablar con vos unas palabras, ciudadana—dijo sosegadamente—. Lady Uchiha siempre está rodeada de su corte que un viejo amigo tiene pocas posibilidades de hablar con ella.
—Entonces deberíais buscar otra oportunidad. Quiero escuchar a Gluck. Después de la ópera, iré al baile de Lord Grenville. Os concederé allí cinco minutos…
—Tres minutos en este palco son más que suficientes—replicó él—y haríais bien en escucharme, pues vuestro hermano Saint-Just está en peligro.
Chauvelin observó que Sakura endureció de repente la boca.
— ¿Y qué?—dijo ella, con fingida despreocupación.
—Tengo noticias para vos que creo os interesarán. Menos de una hora después de haber hablado con vos en Dover, entré en posesión de unos documentos reveladores de otro plan para la fuga de aristócratas franceses, organizada por Pimpinela Escarlata. Lord Shikamaru Dewhurst y Sir Naruto Ffoulkes estaban en la posada esa noche y mis hombres los dominaron cuando se quedaron a solas en la sala, apoderándose de sus documentos, pero en ellos no se aclara la identidad de Pimpinela Escarlata.
—Entonces estáis donde antes estabais—dijo ella—. Si no hubierais hablado de mi hermano…
—Ahora llego a él. Entre los documentos había una carta dirigida a Sir Naruto Ffoulkes escrita por Sasori Haruno Saint-Just, en donde muestra que es miembro efectivo del grupo de Pimpinela Escarlata.
Por fin había asestado el golpe. Sakura sabía que Chauvelin decía la verdad; la carta del ingenuo e imprudente Sasori había caído en las manos de Chauvelin que la retendría hasta que le fuera oportuno utilizarla. Sakura estaba decidida a no mostrar temor.
— ¡Vamos hombre!—dijo, mirándole a los ojos—. ¡Sasori ayudando a Pimpinela Escarlata y a los aristócratas a quienes desprecia! ¡A fe que el cuento es obra de vuestra imaginación!
—Permitid que os aclare bien este punto, ciudadana—dijo él—. Saint-Just no tiene esperanza del perdón.
Sakura, muy rígida, en su silla, trataba de encontrar una solución.
—Chauvelin—dijo por último, sincerándose—, decidme, deseáis ardientemente a Pimpinela Escarlata, ¿verdad? ¿Y ahora querríais esforzarme a hacer un espionaje para vos a cambio de la salvación de mi hermano? ¿Se trata de eso?
—Feas palabras son ésas—contestó cortésmente—. Mi intención es que vos ganéis el perdón de Sasori prestando un pequeño servicio a Francia.
— ¿De qué se trata?
—Poneos esta noche a mi servicio. Ved esta nota breve.
Y le entregó un pedacito de papel que era el mismo que leían los dos jóvenes al ser atacados. Sakura lo cogió con un movimiento mecánico. Sólo había tres líneas con una letra retorcida:
Recordad que no debemos reunirnos más de lo indispensable.
Tenéis todas las instrucciones para el día 2. Si deseáis hablarme
otra vez, estaré en el baile de G.
—Significa el baile de Lord Grenville. Así es como lo interpreto. A Lord Shikamaru y Sir Naruto los hemos mantenido prisioneros hasta esta mañana. En vista de lo que dice este papel, me interesa que ambos asistan al baile. Deben tener muchas cosas que decir a su jefe… y está noche tendrán ocasión de hablar con él. Os ofrezco la oportunidad de salvar a vuestro hermano a quien tanto amáis.
La expresión de Sakura de suavizó y sus ojos se humedecieron.
—Pero, ¿qué deseáis que haga yo?—dijo con voz sofocada por las lágrimas—. ¡En mi posición es prácticamente imposible!
—No—insistió él—; como Lady Uchiha nadie sospecharía de vos. En el baile tomad nota de quienes hablen con Sir Naruto o Lord Shikamaru. Averiguad quién es Pimpinela Escarlata, y en nombre de Francia os prometo que vuestro hermano se salvará.
—Si os prometo ayudaros—dijo amablemente—, ¿me daréis esa carta de Saint-Just?
—Si vuestra ayuda me es útil—replicó con una sarcástica sonrisa—, os daré esa carta… mañana.
—Quizá me sea imposible ayudaros por mucho que lo desee.
—Sería terrible para vos… y para Sasori.
Sakura se estremeció. No podía esperar piedad de aquel hombre. Tenía en la palma la vida de ese der tan querido para ella. La música parecía llegarle de muy lejos y sus pensamientos vagaron hacia el otro hombre que tenía derecho a su confianza y afecto. Sir Sasuke la había amado; era su esposo. Demostraba muy poca inteligencia pero tenía valor y fortaleza; seguramente, si ella le sugería la idea, juntos podrían salvar al rehén si poner en peligro al noble jefe de aquel grupo de héroes. Sakura estaba segura de que podría ayudarla.
Una llamada a la puerta hizo que Sakura volviera a la realidad. Era Sir Sasuke Uchiha Blakeney, alto guapo, indolente; en sus labios se dibujaba aquella sonrisa que la sacaba de quicio.
—Vuestra silla de manos está afuera querida—dijo, arrastrando las palabras con su acostumbrado y exasperante modo de hablar—. Supongo que querréis ir a ese condenado baile. Disculpadme… mousieur Chauvelin… No había reparado en vos.
Alargó dos dedos finos y blancos a Chauvelin, que se había puesto de pie al entrar Sir Sasuke al palco.
— ¿Venís, querida?
Sakura lanzó un suspiro y se envolvió en su capa.
—Estoy lista— dijo, cogiéndose del brazo de su esposo. Antes de salir del palco se volvió y miró fijamente a Chauvelin—. Nos veremos en el baile de Lord Grenville.
Con una sonrisa, el francés tomo un pellizco de rapé. Luego se frotó las manos con suma satisfacción.
