Capítulo 6: El baile y el pedacito de papel.
El histórico baile de Lord Grenville fue el acontecimiento más destacado del año. Lord Grenville había escuchado los dos primeros actos de Orfeo antes de disponerse a recibir a sus invitados. A las diez de la noche —hora desacostumbradamente tardía en aquellos tiempos— los grandes salones del Foreing Office, decorados con exóticas palmeras y flores, estaban llenos a rebosar. Los acordes de un minué prestaban un suave acompañamiento a la plática de los reunidos.
Situado no lejos de Lord Grenville, Chauvelin observó que Sir Sasuke y Lady Uchiha aún no habían llegado, y sus ojos examinaban a todos los que entraban. Permanecía en cierto modo aislado: el representante del gobierno de Francia no era popular en Inglaterra en un momento como aquél, pero no era un hombre que se molestara por tan poca cosa. Él sentía un amor ardiente por su país, opinaba que la aristocracia francesa era el mayor enemigo de la nueva Francia por lo que no era extraño que Pimpinela Escarlata fuera un ser odioso para él.
De pronto todas las conversaciones cesaron cuando la voz del mayordomo anunció:
—Su Alteza Real el Príncipe de Gales y séquito, Sir Sasuke Uchiha, Lady Uchiha.
Lord Grenville se adelanto a recibirlos. El Príncipe, vestido de terciopelo color salmón, entró del brazo de Sakura Uchiha. Sir Sasuke, a su izquierda, llevaba una casaca de satén y pantalones del mismo tejido, de color crema, con encajes en el cuello y mangas.
— ¿Me permite Vuestra Alteza que le presente a monsieur Chauvelin, representante del gobierno francés?
Chauvelin hizo una reverencia.
—Señor—dijo el Príncipe con tono frío—, sea bienvenido.
—Desearía también presentaros a la condesa Tournay de Hyuuga y su familia, que ha llegado hace poco de Francia—dijo Lord Grenville.
— ¡Podemos contarlos como muy afortunados!
Lord Grenville fue por la condesa, que estaba sentada en el lado opuesto de la sala.
—La señora condesa Tournay de Hyuuga—dijo Lord Grenville, presentando a la dama.
—Vuestra Alteza permitidme que os presente a mi hija, Hinata—dijo la condesa con dignidad.
— ¡Encantadora!—exclamó el Príncipe—. Y ahora condesa, permitidme presentaros a Lady Uchiha. Todo compatriota de Lady Uchiha es doblemente bien recibida en atención a ella.
Los ojos verdes de Sakura titilaron; la condesa que tan flagrantemente la había insultado, recibía ahora una lección en público. Pero la condesa no mostró el menor síntoma de embarazo. Ambas damas se saludaron ceremoniosamente.
—Alteza—replicó el vizconde—. Debo el honor de este encuentro a Pimpinela Escarlata.
— ¡Chitó!—se apresuró a decir el Príncipe, indicando con un gesto a Chauvelin, que permanecía un poco apartado.
—No, Alteza—intervino el francés—. Os ruego que habléis con libertad, el nombre de esa interesante flor roja es bien conocido para mí… y para Francia.
El Príncipe lo miró escrutadoramente.
—A fe, señor—dijo—, no sabemos si es alto bajo, rubio o moreno; pero sí sabemos que es el caballero más valeroso del mundo, y nos sentimos orgullosos de que se trate de un inglés.
—Ah, chauvelin—añadió Sakura, mirándolo casi retadora—Su Alteza debería agregar que nosotras, las damas, lo consideramos un héroe. Llevamos su divisa. Temblamos por él cuando está en peligro y nos regocijamos a la hora de la victoria.
Chauvelin se daba cuenta de que las frases de ambos estaban cargadas de desdén o desafío. Una risa quebró el silencio que había seguido a las palabras de Sakura.
—Y nosotros, los pobres maridos—dijo Sir Sasuke con palabras lentas y afectadas—, tenemos que verlas adorar y reverenciar a una maldita sombra.
Todos rieron, el Príncipe más que nadie. La tensión quedó rota y el grupo se dispersó.
Sakura sufría intensamente. Aunque reía y charlaba, sentíase como condenada a muerte. La esperanza de que en Sasuke pudiera encontrar un consejero se desvaneció con la misma esperanza en que naciera. Un desdén, desprovisto de amargura, la hizo volver la espalda al hombre que debería haber sido su apoyo.
Un grupo de jóvenes y estúpidos petimetres repetían un cuarteto que Sir Sasuke acababa de inventar. Las palabras resonaban en los oídos de Sakura:
Los franchutes le persiguen, pero siempre se les cuela. ¿Es un ángel o un demonio el maldito Pimpinela?
Sir Sasuke, cuyo principal interés parecía centrarse en las partidas de naipes, solía permitir a su esposa que coquetease, bailase o divertirse a su antojo; Sakura no quería pensar. Los acontecimientos se desarrollarían por sí solos.
Avanzada la fiesta, reparó en Sir Naruto y Lord Shikamaru, que acababan de llegar. Ambos sólo se mostraban perturbados e intranquilos. Sir Naruto se dirigió al instante hacia Hinata. En el salón a Sakura se le apoderó la curiosidad por conocer a Pimpinela Escarlata. Observaba los rostros del salón y se preguntaba cuál de ellos ocultaría el poder. Sakura observó de pronto como Sir Naruto atravesó en salón y entró en una salita contigua. Sakura consiguió escabullirse de sus admiradores y fue acercándose a Sir Naruto.
De repente se detuvo; su corazón pareció paralizarse: Sir Naruto seguía junto a la puerta pero Sakura vio que al pasar, Lord Hastings, el amigo de su marido, había deslizado algo en la mano de Ffoulkes. Después se dirigió hacia la puerta por la que acababa de desaparecer Sir Naruto.
Cuando llegó a la salita, Sir Naruto estaba de espaldas a ella, leyendo el pedacito de papel que tenía en la mano. Sakura se acercó cautelosamente a él. En aquel instante, Sir Naruto se volvió y la vio, ella se paso la mano por la frente y murmuró con voz débil:
— ¡Qué calor hace en el salón!... Empezaba a marearme… ¡Ah!
Vaciló como si fuese a caer, y Sir Naruto, llegó a tiempo para sostenerla.
— ¿Estáis enferma, Lady Uchiha?—preguntó preocupado—. Permitidme…
—No, no es nada—se apresuró a interrumpir ella mientras se dejaba caer en una silla—. El mareo está pasando, no os preocupéis por mí.
Cuando Sir Naruto se disponía a quemar el pedacito de papel, Sakura levantó una mano y cogió el incendiado papel. Apagó la llama de un soplido y se acercó el papel a la nariz.
— ¡Qué buena idea habéis tenido, Sir Naruto!—dijo con naturalidad—, Seguramente fue vuestra abuela quien os enseñó que el olor de papel quemada es un remedio excelente contra el mareo.
Siguió hablando, en tanto Sir Naruto, desesperado, se estrujaba el cerebro buscando el método más rápido de recuperar el pedacito de papel.
Sir Naruto alargó la mano hacia la nota sin importarle que fuera poco galante; pero Sakura retrocedió adivinando sus pensamientos, derribando la mesita junto con el candelabro.
— ¡Las velas, Sir Naruto, aprisa!—gritó alarmada.
Pero no se había producido gran daño; las velas se apagaron al caer. Sir Naruto volvió a colocar en su sitio la mesa y el candelabro; pero esto le tuvo ocupado unos segundos, los suficientes para que Sakura echará una ojeada al papel y se enterará de su contenido: una docena de palabras con la misma escritura estrecha, firmadas con la flor roja en forma de estrella. Luego dejó caer la notita que Sir Naruto recogió con avidez para después acercarla a una de las velas. No advirtió en la sonrisa de Sakura.
—Y ahora, Sir Naruto—dijo Sakura Uchiha, con la más cautivadora de las sonrisas— ¿me invitáis a bailar en minué?
No me imagino a Sasuke haciendo bromas y riéndose, aunque sería una sonrisa linda.
Espero que no se les haya hecho aburrido, prometo que ya pronto viene lo interesante.
