Capítulo II: Welcome To Silent Hill.
Jack Ryan apretó los dientes y aferró con más fuerza el volante. Sentía el asiento vibrar bajo su trasero, algunos objetos moverse en el maletero y el ronco sonido del motor, pero nada de ello le importaba ahora. El viaje le ponía de los nervios, y el desconocido que dormía en el asiento del acompañante, sujeto por el cinturón, no contribuía a relajarle. ¿Cómo había acabado aceptando aquel favor al de la gasolinera? ¡Esa maldita carretera asquerosa y el maldito pueblo de Silent Hill le estresaban lo indecible!
Atravesaba una endemoniada carretera necesitada de un buen asfaltado, con continuos baches y hierbajos secos creciendo en mitad de la tierra de nadie. Las luces de su coche daban fe de que al menos alguien se molestaba en pasar por aquél lugar, pero él era la única persona.
Desde que había partido de la gasolinera, y mucho antes, de South Ashfield, la carretera parecía hacerse cada vez más estrecha, y el ambiente más opresivo, como si quisiera apretarlo hasta reventar, aunque casi seguro sería cosa de su desbordada imaginación.
Y para colmo, aquellas historias… historias de desaparecidos… no contribuían precisamente a aclararle la mente, sino creaban mil imágenes mentales y mil historias de confusión.
Jack tenía la sensación de que las paredes de la montaña estrechaban la carretera, de que solo había un carril, de que la carretera subía y subía sin fin, de que nadie volvía de Silent Hill. Todo era algo ilógico, pero en más de una ocasión Jack estuvo a punto de detener el vehículo y respirar hondo. ¿Cuánto duraría el camino? ¡Él suponía que solo se trataría de unos cuantos kilómetros!
Decididamente, hizo lo único que podía: apretar más el acelerador. Pero ciertamente, la carretera subía y subía, difuminándose en el oscuro ambiente.
Árboles secos y borrosos, desdibujados a los lados de la carretera. De vez en cuando, alguna que otra farola, que iluminaba el camino completamente desierto y e inundado por la niebla. Una espesa niebla que le impedía ver si la carretera proseguía o por el contrario estaba cerca de su destino. Todo lo que hacía era seguir y seguir.
El tiempo pasaba y su estómago y su vejiga daban fe de la cantidad de tiempo que llevaba conduciendo. El depósito de gasolina iba más o menos por tres cuartos, casi alcanzando la mitad. Pero su capacidad de concentración había disminuido a millares. Sin embargo, no tenía ni un solo síntoma de sueño. Se removía inquieto en su asiento, y las ganas de orinar le apretaban cuanto más, pero probablemente fuera haría un frío gélido, y tampoco le apetecía parar, necesitaba llegar cuanto antes; además, de nuevo aparecían por su cabeza esas historias de gente desaparecida… No tenía ningún interés en ser la nueva historia que contar para el camarero Allex a los infortunados clientes que llegasen a repostar carburante.
Finalmente, cuando la fatiga se cebaba con él, sus faros iluminaron un cartel maltrecho de madera entre la neblina. Rezaba: Welcome to Silent Hill.
Jack suspiró.
– ¡Por fin! –Saludó a su dormido compañero de viaje.– ¡Hemos llegado!
Aunque por toda respuesta, oyó un débil ronquido.
El coche pasó, rasante, con la luz larga de carretera por delante de él. A los lados del cartel, unos papeles revolotearon, a pesar de que no había brisa. Tampoco se trataba de ningún animal que hubiera pasado, porque no había animales. Ni siquiera ardillas ni ratones silvestres. Ni tampoco pájaros, ni perros abandonados. Al menos, no a la vista, pero es que tampoco se les oía. Vislumbró las primeras casas entre la niebla, que conforme avanzaba se hacía más espesa y más fría. El pueblo era bastante frío, situado en medio de una colina rodeado de bosque y un espléndido lago.
Alumbraba con los faros las calles, sorprendentemente desiertas teniendo en cuenta que eran las 8 de la tarde. ¿No había vida nocturna en este pueblo?
Excepto por la luz de las pocas farolas que hacían acto de presencia, la oscuridad era casi total. Tan solo vio una luz encendida en un bar, y decidió parar allí.
Tras apagar el motor, descendió del coche lentamente. Se estiró, haciendo crujir su espalda, y luego tras cerrar la puerta, rodeó el vehículo. Cuando abrió la otra puerta y le fue a quitar el cinturón a su compañero, comprobó que éste ya tenía los ojos abiertos. Le sacudió unas ligeras bofetadas en la cara para despertarle.
– Eh, oye… ¡Oye!
John Connor movió la cabeza, aturdido. Y boqueó con la boca medio abierta, parecido a un besugo en tierra, intentando coger aire.
Jack le volvió a pegar otra bofetada, y esta vez John enfocó sus ojos enrojecidos en él.
– ¡Eh, tú! ¿Quién eres? ¿Quién coño eres? ¿Dónde estoy? –preguntó, todavía medio dormido y probablemente aún bajo los efectos del alcohol.
– Bienvenido a Silent Hill. Y soy Ryan, Jack Ryan.
– En serio… ¿estamos en Silent Hill? –preguntó John. Se medio incorporó, pero su cabeza chocó contra el techo del coche, y se volvió a quedar sentado.
Jack musitó una sonrisa, le había hecho gracia el estampido contra el techo.
– Sí, esto es Silent Hill. Ven, he parado en un bar, vamos a reposar, y te tomas algo para la resaca, tengo Neubrofen en el bolsillo. Y qué suerte que lleves esa chaqueta, porque hace un frío que hiela los huesos.
La niebla era realmente fría, hasta tal punto que un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Tras dejar a John medio haciendo equilibrios, y comprobar que era capaz de salir del coche y de mantenerse de pie, Jack abrió el maletero y extrajo una chaqueta de cuero negra con interior de algodón, que se puso por encima de la delgada camisa que llevaba, y luego aferró a John por el hombro, ayudándole a entrar al bar mientras empujaba la puerta de cristal, donde ponía "Open". No vio a nadie.
– ¿Hola? ¿Hay alguien? ¿Nadie atiende aquí?
La única persona que vio fue a un señor de espaldas a él, que leía un periódico y mordisqueaba una hamburguesa. Seguramente le habría oído, pero no daba muestras de que le importara. En el cenicero de su mesa había un cigarro a medio consumir.
Jack hizo que John se sentase en una mesa, y fue hacia el hombre.
Era sin duda un hombre curioso, vestido con una gabardina larga color caqui y con un sombrero, y una barba grisácea a juego con sus ojos ojerosos. Parecía estar muy concentrado en el periódico. Aparentaba unos cincuenta y algo años, puede que hasta sesenta. No parecía estar en muy buena forma física, con las mejillas hundidas y una expresión de infinito cansancio.
– Buenas, veo que es la primera persona que veo –tras estas palabras, le salió involuntariamente una risa aguda, nerviosa.– ¿Dónde está todo el mundo?
– Están donde pronto estará usted. –respondió, sin levantar la cabeza del periódico.
Jack ignoró la oscura respuesta y siguió de largo. Por una parte le interesaba ver qué estaba leyendo el hombre con tanto énfasis, pero por el otro se sentía enormemente cohibido como para leer por encima del hombro, por lo que se alejó de la zona. De todos modos, tampoco sería nada interesante. Un poco intrigado, intrigado, aunque sin poder hacer nada para solucionar su duda, Jack exploró un poco la zona de la barra. La única persona que había era el hombre, que comía en silencio sin separar la vista del artículo. Entró a los baños, pero no había nadie allí.
Entró al de los hombres, y en el urinario disfrutó de una larga meada. Notaba frío en el ambiente, así que se apresuró a terminar rápido, y subirse la bragueta.
Al salir, tocó en el servicio de las mujeres, pero nadie contestaba y estaba cerrado.
Visto el panorama, Jack salió de los baños, en la sección neutral donde estaba un único grifo con lavabo y espejo para hombres y para mujeres, cruzó la separación y entró al otro lado de la barra.
Por alguna extraña razón, el hombre misterioso levantó la cabeza del periódico y le miró fijamente.
– Yo que usted saldría de aquí. Lárguese.
Jack se asustó al oír su voz, y tardó unos instantes en devolverle la mirada. Demasiado tarde, ya estaba de nuevo concentrado en su periódico. En ese momento, John se levantó. Jack fue hacia él, y le ayudó a levantarse.
Musitó que tenía ganas de ir al baño, pero que podía ir sólo. Jack se encogió de hombros y mientras John caminaba, Jack miró la zona. Todo era perfectamente normal, con la caja registradora, platos y botellas en la parte superior de la barra, paquetes de papas, algo de bollería, una heladera con refrescos, jugos y cervezas...nada verdaderamente extraño, lo único era la falta de personal. Tras la barra, había una puerta que conducía a la cocina y una segunda puerta que llevaba al almacén.
Entró por la primera, mientras que John iba al baño, y tampoco vio a nadie, aunque la hornalla de la cocina estaba encendida y había varios platos preparados. Ver el pueblo tan silencioso le había quitado el hambre, así que no cogió nada para comer. Lo único que encontró de utilidad fue un llavero con sendas llaves, una de ellas sin nada escrito y la otra con un número. Comparando las llaves, se dio cuenta de que ambas eran exactamente iguales.
Sorprendido por el hallazgo, se dirigió hacia la puerta que ponía "Storage" (almacén). La puerta estaba cerrada, así que abrió con una de las dos llaves, la que no tenía número. Entró en la cerradura a la primera y se abrió sin problemas.
Era un almacén normal y corriente, con dos grandes neveras de tamaño industrial y algunas cajas de madera en el suelo que contenían alimentos de conserva y frutas, y algunas otras cajas de plástico que contenían más latas de refrescos y cerveza. Había varios sacos apilados uno encima de otro, uno de ellos tenía la forma de un cuerpo humano, pero seguramente sería alucinaciones debidas al cansancio de conducir durante tanto tiempo. Como no vio a nadie, cerró de nuevo la puerta.
En ese instante, una idea curiosa y a la vez absurda invadió su mente. Jack quitó la llave y probó a abrirla de nuevo utilizando la llave, la que tenía un número. Como suponía, la puerta se abrió a la primera, puesto que las llaves eran idénticas. Aunque todo era distinto.
Jack Ryan contempló una vulgar y monótona sala de hospital con las mismas paredes y el mismo techo, pero como si hubiesen pasado varios años, y extrañamante con losas de porcelana en vez del suelo de cemento. Había manchas rojas por todas las paredes y en medio de todo, un cerdo degollado despanzurrado sobre el suelo. Quizás todas las manchas negras provinieran de dicho cuerpo putrefacto. Completamente asustado por el súbito cambio de habitación, y con su cabeza sobrecargada por el exceso de información que se negaba a archivar, Ryan se quitó las gafas, y se las limpió en la camisa. Pero al volvérselas a poner, el espectáculo seguía ahí. Retrocedió sin dejar de mirar al cerdo, y corrió cruzando a tropezones la barra, dejando la puerta abierta. El bar estaba desierto. Pero algo había cambiado.
John accedió a la zona de baños, donde descubrió dos puertas azules y, entre medio, un espejo y un lavabo con un grifo que goteaba. Se entretuvo mirando, observando sus ojos rojos, sus mejillas medio macilentas, su pelo enmarañado y su barba d días sin afeitar. Definitivamente, no tenía buena pinta. Y eso cuando se podía ver, a veces la imagen se desdibujaba. Todavía estaba mareado, aunque ya había cosechado un enorme dolor de cabeza que tardaría un buen par de horas en irse. Abrió el grifo, de donde manó agua, y usando las dos manos como cuenco, reunió una considerable cantidad de agua y se la echó por encima, en la cara y en el pelo, para despejarse. Tras sacudir la cabeza, como si de un perro se tratase, la vejiga le recordó para qué había entrado al baño, y tambaleándose abrió la puerta azul para ir al urinario más cercano, dentro del baño de los hombres. Tras acabar, y notar el calor de la orina, se sintió más despejado.
No se molestó en tirar de la cadena.
Fue a uno de los retretes y se sentó en él, encima de la tapa. Mientras pensaba, se agarró la cabeza con ambas manos. ¿Cómo había llegado a Silent Hill? Ah, sí, aquél desconocido de gafas y chaqueta cara y pinta de estúpido le había traído. ¿Pero cómo sabía él que John deseaba llegar a Silent Hill? De todos modos, el único motivo que John tenía para llegar a Silent Hill era una enigmática llamada que había recibido. No se acordaba cuándo exactamente, pero una voz extrañamente familiar le había dicho algo. John lo tenía anotado en un cuaderno que llevaba con él desde ese día, y decía lo siguiente:
"Sé quien es usted y lo que ha hecho. No puede seguir huyendo. Si quiere borrar su historial, acuda a mí. Le espero en Silent Hill…"
A partir de ese momento, aún sin recordar lo que había echo, se subió a su coche para intentar localizar ese sitio. No le costó mucho saber dónde era, pero nadie le deseaba que fuera allí. Era un lugar maldito, la gente lo repudiaba.
Todo ello no era un buen augurio, pero no había otra alternativa, debía averiguar de una forma u otra qué era lo que supuestamente había echo él con su vida, porque le costaba recordar, y en ese pueblo había al menos alguien que sí lo sabía.
Lo que no recordaba, ni conseguía hacer encajar, era qué había pasado entre el recuerdo de subirse a su propio coche, su ranchera 4x4 Dodge, a terminar viajando en un coche con un desconocido. No recordaba nada…. Y el dolor de cabeza le martilleaba las sienes.
Sin embargo, lo importante es que ya estaba en Silent Hill, por fin había llegado. Se secó las manos en sus pantalones y se volvió a mirar al espejo. Y sucedió algo extraño, como que cuando le dolía la cabeza, el paisaje que le devolvía la mirada era el baño normal, pero durante breves segundos la cabeza cesaba de dolerle, veía todo con absoluta claridad… pero lo que se reflejaba en el cristal era un paisaje horrendo, de pesadilla, con óxido por todas partes, y rejillas y postes de metal. John miró hacia detrás, pero lo que había eran las dos puertas que llevaban al servicio, nada fuera de lo común. Debía deberse a una consecuencia inesperada del alcohol. Sin embargo, no era ésta su primera resaca… y eso en el supuesto de que sólo hubiera tomado alcohol. Tampoco recordaba nada, así que no podía jurarlo.
Volvió al bar, donde el hombre que antes estaba, el tal Ryan, había desaparecido. Y el desconocido que había visto leyendo, también había desaparecido. Sin embargo, su periódico estaba ahí. John fue hasta él, con la intención de mirar a qué dia estaban, pero se llevó una sorpresa al comprobar que era un periódico atrasado. Por lo menos, de hace bastantes años, porque la noticia principal de la portada tenía fecha de parecer, una barca cargada de personas había naufragado en mitad del lago Toluca porque un loco con un hacha había abierto una brecha de agua. Solo había habido un superviviente, que alcanzó la costa a nado. ¿Porqué alguien iba a leer un periódico de aquellos años con tanto interés? Cogió el periódico y lo ojeó, mirando la fecha de edición: A día 9 de Marzo de 1971.
Tras una rápida ojeada al ejemplar, en el que el resto de las noticias parecían todas antiguas, fuera de lugar, y sin importancia, dejó la gaceta donde estaba y siguió su camino, hasta salir fuera, a la calle, sin prestarle atención al hecho de que el bar estuviera tan descuidado.
Las lámparas que colgaban del techo en la cafetería, antes funcionando perfectamente, ahora parpadeaban interrumpidamente. Una de ellas tenía la bombilla reventada. En la mesa donde estaba sentado el hombre, sólo había un periódico amarillento por el uso y un plato con migas de pan. En el cenicero había algunas colillas y una caja de tabaco vacía. Y las telarañas cubrían algunas sillas.
Un cristal de la ventana yacía roto, y el objeto de metal que lo había resquebrajado estaba tirado en el suelo, rodeado de cristales rotos.
"¿Cómo no había oído el estruendo antes?"
El viento hacía un silbido muy agudo al pasar por el cristal roto.
Jack salió lo más aprisa que pudo de ese lugar. La calle estaba prácticamente igual que antes, excepto…
"¡Mi coche!"
Cuando Jack se acercó a su vehículo, comprobó que las cuatro ruedas estaban reventadas, el maletero abierto al parecer de un fuerte golpe y saqueado, y presentaba marcas de herrumbre donde la pintura se había caído. Pero el motor no presentaba daños externos. Al asomarse al interior del coche, a través de la ventanilla rota, comprobó que las llaves estaban puestas y que la radio del coche no estaba, en su lugar alguien le había dejado sobre el asiento otra radio, de color roja, del tipo portátil y bastante anticuada, que no paraba de emitir estática.
Jack la recogió y la agitó un poco en un inútil intento por conseguir que funcionase. Probó a cambiar la sintonía, pero no servía para nada. La apoyó fuera del coche, para revisarla con calma después. En la guantera, su teléfono móvil seguía allí. Debajo de la guantera, en el reposapiés, también encontró una palanqueta que habrían usado para llevarse la radio. La recogió, para en el caso de que se encontrara con los ladrones que le habían destrozado el coche, darles su merecido. Se lo habían roto a conciencia, pero el motor no había sufrido nada, aparentemente.
Aunque sin neumáticos, pensó que muy lejos no iría.
Respecto a su teléfono móvil, éste estaba sin mucha batería y no había nada de cobertura, así que lo apagó y lo guardó en un bolsillo de la chaqueta, pero éste no cabía, por lo que se levantó la chaqueta e introdujo el teléfono en su riñonera, donde portaba documentos, la cartera, y cosas importantes, pues era bastante espaciosa.
Lo más extraño era que tenía la sensación de que por el aspecto de todo había pasado al menos un año desde que dejó su coche y entró a aquel almacén, y a él solo le parecía que había estado dentro cinco minutos, puede que diez.
– ¿Qué demonios está sucediendo?
El viento le trajo algunos gemidos de dolor que le erizaron los pelos. Sonaban como chillidos agónicos.
En ese momento, salió del local John H. Connor, y Ryan le miró, sorprendido de su naturalidad.
– Oye… escucha… ¿qué demonios ha pasado aquí?
John le miró.
– ¿De qué hablas?
Y tras esas palabras, John volvió a entrar al bar, dejando a Ryan fuera, con lo que quedaba de su coche.
John miró el bar, recorriéndolo con la mirada, y finalmente descubrió algo interesante.
Sobre otra mesa, entre dos botes de salsa de tomate frito y mayonesa, había una petaca metálica de las que solían contener alcohol. John, deseando entrar en calor, fue hacia ella y la recogió. La agitó y comprobó con alegría que por lo menos la mitad estaba llena. La llevó a sus labios y la probó con un buen trago. Reconoció el duro sabor del Whisky de calidad. Dio otros dos tragos más bastante sustanciosos, y se guardó la petaca, con una sonrisa. Se sentía mucho mejor, y ya no le dolía la cabeza.
Caminó unos pasos, y se entretuvo a mirar un mapa de todo el pueblo de Silent Hill que había en un tablón de la pared. Tras hacerse una imagen mental de la ciudad, volvió a salir afuera, donde aún seguía el desconocido, con una "pata de cabra" en la mano. John fue hacia él.
– Oye… escucha… eeh… –titubeó unos momentos, pues no recordaba su nombre.– ¿Cuál era tu nombre?
– Jack Ryan…
– Bien, pues escucha, Jack. Voy a dar una vuelta por este sitio.
– ¡¿Pero a dónde vas?
John abrió mucho los brazos, como queriendo abarcar la ciudad.
– Sólo quiero reconocer un poco la ciudad, además, ya estoy bien, y me vendrá bien caminar un poco…
Ryan frunció el ceño.
– Bueno, bueno, como quieras… ¿por dónde vas a estar? Yo no conozco este pueblo.
– Yo tampoco, de todos modos no me alejaré demasiado, solo quiero reconocer el lugar. Buena suerte, no tardaré. De todas formas hay un mapa de todo Silent Hill, a ambos lados del lago, colgado en la pared del bar.
– ¿Ah, sí?
John asintió con la cabeza.
– Por cierto, no se te ocurra largarte en coche y dejarme tirado, ¿eh?
Jack esbozó un intento de sonrisa.
– Ya me dirás como, sin ruedas…
– Ya, claro… ciertamente.
Jack intentó otro amago de sonrisa, le dio la espalda a John y fue un momento al bar a contemplar el plano que le habían dicho.
John miró el coche. Encima del capó Jack había dejado una especie de radio transistora de color rojo, junto a una palanqueta usada para reventar puertas. Cogió la radio y tras mirarla, comprobó que no funcionaba. No emitía absolutamente ningún ruido, aunque si subía el volumen al máximo, se oía una extraña estática, muy lejana. Y cambiar de sintonía no servía absolutamente para nada.
De todas formas, se la guardó en uno de los múltiples bolsillos de su chaqueta, en un gesto automático que hasta a él le sorprendió, mientras que la palanqueta se la llevó en la mano. Cuando volviera, ya se lo devolvería todo.
Finalmente, empezó a caminar. La mayoría de los coches estaban aparcados, cubiertos de una fina escarcha de nieve. Levantó la vista y un cielo sin ningún color, cubierto de nubes, le devolvió la mirada. Caminaba por la acera, a pesar de que tanto en ésta como en la calzada no había nada ni nadie que diese señales de vida.
Cada pocos pasos, o tras una manzana, John guiaba sus manos hasta el bolsillo, extraía la petaca, bebía, y la volvía a guardar.
Con ese ritmo de bebedor, John avanzó un trecho, llegando al primer cruce. No tenía ni idea de en qué dirección marchar, pero sintió el impulso de marchar hacia la derecha, y lo obedeció.
Lo único que abundaba en esa ciudad eran los coches bien aparcados, todos con una capa de escarcha y algunos incluso con los neumáticos desinflados.
Uno de ellos le llamó poderosamente la atención; era un discreto Pontiac gris en cuya puerta izquierda (que daba a la acera) alguien había escrito con un rotulador negro:
Todo lo que tiene un principio, tiene un final.
Muchas veces el final es trágico.
Otras veces puede ser un final alegre.
Puede que no tenga nada que ver con el principio.
¿Encontrarás un final violento o un final tranquilo?
Sigue adelante y lo averiguarás.
John entendió el sentido del mensaje, pero no entendió el porqué estaba ahí. ¿Alguna tomadura de pelo? Quizás todo el pueblo era una broma de mal gusto.
"Demasiado complicado…"
Algunas cosas no tenían sentido, desde un punto de vista práctico ¿Producto de las drogas, quizás? Eso era aun más improbable, pues él odiaba las drogas desde... desde que tenía memoria. No lograba recordar con mucho detalle. El problema es que su memoria no era precisamente fiable
A partir de ese punto, John no se cuestionó las razones. Probablemente estaría borracho, las cosas no tenían porqué tener sentido. Decidió seguir hacia delante. Ya averiguaría, si encontraba tiempo, las razones. Ahora solo le interesaba averiguar la verdad. Por eso había venido. A pesar de que la ciudad estaba sospechosamente desierta, John oía difusos gritos y gemidos, que le ponían la carne de gallina. Y además, sin mapa no sabía a donde ir, porque a pesar de lo que le había dicho a Jack, no recordaba absolutamente nada.
Caminaba sin rumbo por las calles. Miraba las casas, sin verlas. Los coches, todos parecían iguales. Todos diferentes.
Caminaba y caminaba, sin detenerse. Volvió a experimentar el hambre y la sed.
Volvió a concentrarse, y comprobó que de alguna forma había llegado al final de la calle. Había una enorme zanja, por la que casi se cae de no darse cuenta. La calle parecía haberse roto, y daba directamente a un precipicio, del cual no se veía el fondo entre la neblina blanca. Mirando hacia ambos lados, entre la niebla, vislumbró la silueta de una excavadora. Había unas manchas rojas que se mezclaban con la tierra extraída, justo debajo de sus pies.
Oyó pasos cerca, pero no supo determinar de donde procedían. De repente se sobresaltó, porque la radio comenzó a crepitar. Las interferencias aumentaban de volumen, y casi ocultaban el sonido de sus propios pasos.
– ¡Maldita radio! –Trasteó con el volumen y el dial, pero los parásitos no cesaban.– ¡¿Hay alguien ahí? ¡Heeeeyy!
Nadie le contestó. Cogió la radio, y le bajó el volumen hasta menos de la mitad, pero las malditas interferencias no paraban de sonar. Optó por guardar la radio en un bolsillo y olvidarse de ella, y con cuidado de no caer por la zanja, caminó un poco más, hasta que oyó de nuevo los pasos detrás de él. Se volvió, pues había algo, y no era precisamente humano.
O más bien, antaño fue humano. Ahora era una aberración.
El miedo le hizo alzar la mano derecha, en la que aún sujetaba la palanqueta y colocarla en diagonal, cubriendo su pecho.
Conforme la cosa se acercaba, John miró hacia delante y comprobó que no había salida. A un lado, solo estaba la enorme zanja, cuyo fondo no se distinguía. Y como por el otro estaba la excavadora, no se podía seguir hacia delante y solo se podía retroceder, pero justo detrás de él se acercaba la criatura, arrastrando sus pies por el suelo.
Parecía una niña con falda, pero sin cara ni piel normal. Su cabeza estaba surcada por una línea vertical que iba de la frente a la barbilla, que se abría y cerraba, asemejando una boca. Su cabeza vibraba y se movía sin parar hacia los lados, hacia arriba y abajo, como una especie de variante entre parkinson y epilepsia. Tenía cortadas las manos a partir del codo, y emitía como un chillido agudo, casi electrónico.
John dejó de dudar y le golpeó con la palanqueta en el torso. Saltó un chorro de sangre por lo que parecía ser la "boca" de la criatura que manchó la excavadora, pero la "cosa" emitió un chillido muy agudo junto con un gorgoteo y siguió adelante.
Le golpeó tres veces más, notando un sudor muy frío que recorría su cuerpo.
La sangre del bicho manaba por todos sus poros, y salpicaba la tierra con cada movimiento, pero no parecía detenerse. John retrocedió unos pasos, tomó carrerilla y con toda la fuerza de la que fue capaz, le descargó un fuerte golpe en el pecho a su adversario.
Finalmente, la criatura cayó al suelo, con movimientos espasmódicos.
John retrocedió unos pasos, notando el exceso de adrenalina. La criatura se sacudía en el suelo, intentando incorporarse.
Finalmente lo logró, y enfiló de nuevo hacia su presa.
Pero John ya se lo esperaba, y como un bateador que golpea con toda destreza la pelota del lanzador en un partido de Baseball, él mandó a la criatura de un golpe contra la excavadora, golpeándola con un ruido sordo. Algo cayó de ésta.
La criatura seguía moviéndose, pero John la remató en el suelo, sacudiéndole en el suelo sin cesar y sin ningún tipo de piedad.
Finalmente, cesó los golpes. Notó que la radio había dejado de crepitar, así que se tranquilizó. Se acercó al cuerpo sin vida de la horrible criatura y lo golpeó de nuevo, para asegurarse. No sucedió nada.
Suspiró profundamente y se tranquilizó. Cogió el objeto que había caído de la excavadora; era una pequeña linterna de esas que usan los mineros para trabajar en las penumbra de las excavaciones. No se podía apagar, pero con la oscuridad y la niebla que lo envolvía todo, no hacía falta hacerlo. Lo mejor era que cabía perfectamente en el bolsillo de la chaqueta, y así tener las manos libres. La linterna original funcionaba a pilas, pero a ese modelo alguien le había puesto una batería muy pequeña de larga duración. Y aunque a primera vista no había forma de apagarlo, podría simplemente desconectar la batería para ahorrar energía, a continuación tendría que volver a conectarla. Eso fue lo que hizo. Con la linterna podía ver mucho mejor, aunque ahora que esa cosa le había atacado... quien sabe si estaría a salvo, quien sabe si el pueblo en sí es seguro, quien sabe si saldría con vida de allí.
Miró de nuevo el cuerpo sangrante en el suelo.
No tenía la menor idea de qué era, ni tampoco de donde había salido.
Tampoco se lo planteó mucho tiempo. El alcohol le embotaba el cerebro, y le parecía verlo todo ligeramente turbio. Acababa de matar a una horripilante criatura, ¿y qué? Extrañamente, sintió que no estaba sintiendo lo que realmente tendría que sentir un ser humano ante esa situación.
Volvió la mirada hacia la excavadora, y se aupó para mirar la cabina en algo que le resultara de utilidad. En su interior solo había una vieja libreta con una hoja escrita, que recogió y leyó. Era una hoja con instrucciones.
Necesitaremos una buena provisión de gasolina, si queremos continuar con esto hasta mañana sin descanso. Al noreste hay una gasolinera que había dicho que nos suministraría todo lo que necesitáramos, pero nuestro camión cisterna perdió todo un eje por culpa de un descuido de Ramírez, y no podemos ir. He mandado a alguien a por una rueda de recambio pero no hemos recibido respuesta. ¿Quizás no habrán querido suministrárnosla? Yo mismo comprobé que tenían ruedas de sobra...
John meditó. Si iba a esa gasolinera, podría conseguir cuatro ruedas. Con cuatro ruedas bien puestas, el coche de Ryan funcionaría perfectamente. Y recorrer en coche la ciudad era infinitamente más seguro. Por lo cual, buscaría las ruedas, y se las llevaría a su compañero. Además, se lo debía. Él le había traído hasta aquí, y ahora le habían destrozado el coche.
Sonriente, afrontó con un vigor renovado la tarea de encontrar dicha gasolinera. El papel rezaba que estaba al noreste, así que puso rumbo siempre al noreste. Apenas retomó su camino, lo primero que encontró fue una mancha en el suelo, y la radio comenzó a crepitar de nuevo.
Cuando el haz de luz enfocó a otras dos criaturas con forma de niño que venían hacia él, con lo que parecía ser la "cabeza" hacia delante buscando su comida, John palideció, pero se dio cuenta de su lentitud al desplazarse. Podría dejarlas atrás con facilidad.
Empezó a correr, sin darse cuenta que ya que carecían de ojos, el ruido de sus pisadas les pondría sobre alerta.
Las dos criaturas estaban cada una en un extremo de la calle, pero se dirigían justo hacia donde él iba a pasar.
John corrió todo lo rápido que pudo, y cuando pasó cerca de una criatura la golpeó con la palanqueta con toda la fuerza con la que fue capaz. Ésta cayó contra la otra y ambas cayeron al suelo, y para cuando se incorporaron, John ya se había alejado, y la radio se había calmado nuevamente.
Pero John Connor estaba agotado, ya a su edad no estaba para echar ese tipo de carreras. Y le dolía mucho la cabeza, quizás por el alcohol. Sonaban, como en la lejanía, unas extrañas sirenas. Apoyó un brazo en la pared, y vomitó.
Tras echar la mayor parte de lo que tenía en el estómago, se sintió mejor.
Se limpió el vómito de la boca con la manga de la chaqueta, y fue a echar un trago, pero se lo pensó mejor y acabó arrojando la petaca de alcohol por encima de la tapia de un muro. Luego se sintió mejor consigo mismo, y aunque con el estómago vacío, se sentía con fuerzas.
Se separó de la pared, y siguió caminando recto, todavía sin poder orientarse. Giró una esquina, y vio a dos criaturas más, justo a la vuelta de la esquina. John corrió, intentando huir de ellas, y a la carrera las dejó atrás. Atravesó una calle, y saltó por encima de un pequeño matorral en un parterre. Miró en derredor, y reconoció un pequeño parking y, no demasiado lejos, una gasolinera. ¿Sería ese el objetivo al que quería llegar?
Echó a correr, pero en ese momento salió arrastrándose de debajo del coche otra criatura, que emitió un espantoso chillido a través de su boca abierta. John pudo observarla bien, y al igual que la otra, se trataba de otra criatura con forma de niño sin brazos ni cara.
John intentó retroceder, pero la estática de la radio estaba demasiado alta, y no le permitió oír a otra criatura que se le había acercado por detrás. Sin embargo, con una inútil pata de cabra mucho no podía hacer para defenderse de dos criaturas una por cada lado, por lo que se asustó, y el miedo momentáneamente le paralizó. John veía a las dos criaturas acercarse, y él continuaba quieto. Ambas manos le temblaban, pero no lo suficiente, y cuando una de las criaturas estaba tan cerca que pudo notar su calor corporal y el olor que desprendían, John finalmente pudo salir del trance, y atacar. Pero no todo lo bien que debería, pues fue tan de repente que calculó mal, y acabó trastabillando y golpeando el aire.
Del impulso se fue hacia delante, pero pudo recuperar rápido el equilibrio, y aprovechó el impulso para echar a correr, en lugar de detenerse a luchar. Miró hacia detrás para contemplar como las criaturas le seguían, aunque con lentitud, y se chocó de bruces contra una valla de alambre. Hizo ruido al moverse, y un cartel metálico se cayó al lado de John.
En él podía leerse: "Gasolinera Cristal".
John, que había recogido el ligero cacho de metal, se lo arrojó a una criatura, pero tras darle en el pecho, no consiguió absolutamente nada.
Miró hacia la derecha y hacia la izquierda, calculando hacia donde estaría la puerta para poder entrar. Tras no lograr decidirse, y la radio cada vez sonando de nuevo más alto, echó a correr hacia donde le pareció. Continuó el camino de la cerca, que al parecer rodeaba un aparcamiento, pero la niebla no dejaba ver más allá. Después de unos cuantos metros, llegó a un callejón sin salida, con unos contenedores de basura al final. Mascullando maldiciones, John dio media vuelta, y regresó por donde había venido, hacia el otro lado.
Después de pasar por donde antes, localizó por fin la entrada, y la atravesó a toda velocidad. Divisó un bulto con forma sospechosamente parecida a una persona en mitad de un carril, metido dentro de una bolsa de basura negra, y para saltarlo John subió al maletero de un coche, y de un par de zancadas en el parabrisas trasero, parte superior del coche, y capó, volvió a aterrizar en suelo firme. Notaba la radio avisándole de otra amenaza, pero no la había logrado divisar.
Echó a correr hacia las puertas de cristal que se le abrían enfrente, cada vez más cercanas. Llegó hasta ellas, las abrió de un empujón con el hombro, y tras cerrarlas y sentarse en el suelo con la espalda pegada a ambas puertas, bien cerradas, suspiró, por fin estaba a salvo. Satisfecho de haber encontrado su destino, se permitió un momento de descanso.
