La historia no me pertenece, es una adaptación del libro de la baronesa Orczy y los personajes son de Masashi Kishimoto.
Capítulo 16: La goleta
El corazón de Sakura se paralizó. La voz se oyó cada vez más cercana. Sakura percibió junto a ella el clic le la pistola de Kabuto.
¡No, no, no! ¡Oh, Dios del Cielo! ¡Aquello era imposible! ¡Que la sangre de Sasori se derramase sobre su cabeza! ¡Pero, oh, Señor! ¡Que se salvase su amado por encima de todo!
Sakura se puso de pie de un salto y rodeó el peñasco. Vio la cabaña, echó a correr hacia ella y golpeó la puerta con los puños apretados, sin dejar de gritar:
— ¡Sasori, Sasori! ¡Por Dios, dispara! ¡Vuestro jefe está cerca! ¡Le han descubierto!
La sujetaron y la arrojaron al suelo. Permaneció allí tendida, pero continuó gritando entre sollozos:
— ¡Sasuke, esposo mío, por amor de Dios, huye! ¡Sasori! ¿Por qué no disparas?
—Que alguien haga callar a esa mujer—masculló Chauvelin.
Le taparon el rostro; no podía respirar y tuvo que guardar silencio a la fuerza. También el cantante había callado, advertido sin duda por los frenéticos chillidos de Sakura.
— ¡Adentro, soldados, y que nadie escape vivo de esa cabaña!—se apresuró a gritar Chauvelin.
Los soldados se precipitaron hacia la puerta de la cabaña de madera. Dentro, el fuego sólo producía un débil resplandor rojizo. Chauvelin, que estaba preparado para hacer frente a una vigorosa resistencia por parte de los fugitivos, quedó paralizado de sorpresa cuando vio que los soldados permanecían en la cabaña sin que se produjese ruido alguno. También él se acercó a la puerta y, tras atisbar el interior de la choza, preguntó apresuradamente:
— ¿Qué significa esto?
—Creo, ciudadano, que no hay nadie aquí—replicó unos de los soldados.
— ¡No habréis dejado escapar a esos cuatro hombres!—vociferó Chauvelin—. ¡Os ordené que no dejarais salir vivo a nadie! ¡Aprisa, perseguidlos!
Los hombres corrieron en dirección a la playa.
—Vos y vuestros hombres pagaréis con la vida este error, sargento—dijo Chauvelin malévolo.
—Nos ordenasteis que esperásemos hasta que el inglés alto llegara a la cabaña. Nadie se ha presentado—dijo sombríamente el sargento.
—Pero en el momento en que chilló la mujer, os di la orden de que asaltarais la cabaña.
—Pero los cuatro hombre que estaban aquí se marcharon hace ya un rato, al menos…
—Y los dejasteis irse…—dijo Chauvelin con furia.
—Nos ordenasteis que os obedeciéramos bajo pena de muerte—protestó el sargento—. Poco después de apostarnos, oí que los hombres salían furtivamente de la cabaña, mucho antes de que chillara la mujer.
— ¡Escuchad!—dijo Kabuto de repente.
A lo lejos se oyeron unos disparos. Después se percibía el débil chapoteo de unos remos.
— ¡La chalupa de la goleta!—jadeó Chauvelin.
Sin lugar a dudas, Sasori Haruno Saint-Just y sus tres compañeros habían conseguido deslizarse hasta los acantilados, mientras los hombres de Chauvelin seguían sus instrucciones con ciega obediencia: esperar al inglés alto. Y los fugitivos en aquel momento bogaban sin riesgo hacia la goleta inglesa.
—La goleta, ciudadano—dijo Kabuto con voz queda—. Ha zarpado.
Chauvelin necesitó toda su presencia de ánimo para no dejarse llevar por un arrebato de ira. Una vez más aquel maldito inglés le había burlado por completo. Chauvelin no llegaba a comprender cómo había llegado a la cabaña sin ser vistos por los soldados. Parecía en verdad, como si un hado todopoderoso velara por el audaz Pimpinela Escarrlata. Habían escuchado la voz que cantaba "God save the King!" y sólo habían transcurrido cinco minutos entre su canción y el ruido de los remos de la chalupa. Tenía que haberse quedado atrás, probablemente oculto en un punto de los acantilados. Una vez más, Chauvelin concibió esperanzas. Pero en aquel momento llegó uno de los hombres y le dijo:
—Hemos llegado tarde. Cuando bajamos a la playa, la chalupa se dirigía ya a la goleta. Debió zarpar unos minutos antes de que la mujer empezara a chillar.
Entonces Pimpinela Escarlata seguía en tierra, y los caminos estaban custodiados. ¡No todo se había perdido aún!
Entró a la cabaña y el sargento se presentó con un farol, y de una ojeada Chauvelin hizo inventario de lo que allí había: un par de taburetes, las redes de un pescador en un rincón y, al lado, un pedazo de papel arrugado que habían olvidado los fugitivos.
—Coged eso y leedlo, sargento—dijo Chauvelin con tono seco.
El sargento recogió el papel y empezó a descifrar los garabatos:
No puedo reunirme con vos sin arriesgar vuestras vidas. Cuando recibáis esta nota, esperad dos minutos y después arrastraos fuera de la cabaña uno por uno, torced a la izquierda y descended por el acantilado: seguid siempre a la izquierda hasta alcanzar la primera roca que se adentra mucho en el mar. Detrás de ella, en la ensenada, espera la chalupa. Lanzad un silbido largo y se acercará. Una vez que mis hombres os hayan dejado en el Day Dream, que la chalupa regrese a buscarme. Estaré en la punta que queda frente a "Le Chat Gris", cerca de Calais. Deberán esperarme en la playa hasta que oigan la señal acostumbrada.
—Después está la firma—añadió el sargento.
Estaré en la punta que queda frente a "Le Chat Gris", cerca de Calais. Estas palabras todavía podrían significar la victoria para Chauvelin.
— ¿Quién de vosotros conoce bien esta costa?—gritó a sus hombres.
—Yo, ciudadano—dijo uno de ellos—. Nací en Calais y conozco hasta la última piedra de estos acantilados. También conozco la punta enfrente de "Le Chat Gris".
—El inglés espera llegar a esa punta; aún queda la posibilidad de capturarlo. Mil francos a cada hombre que llegue a esa punta antes que el inglés.
—Conozco un atajo por los acantilados—dijo el soldado y empezó a trepar, seguido de sus camaradas.
Kabuto permaneció junto a Chauvelin, esperando nuevas órdenes. Chauvelin dirigió a su secretario una mirada malévola. Todavía quedaba la posibilidad de que Pimpinela Escarlata pudiese escapar, y Chauvelin ansiaba descargar su ira en alguien.
Sakura yacía desmayada. Unas ojeras aparecían en su rostro, tenía el cabello húmedo y pegajoso, los labios entreabiertos por el dolor. Ofrecía un aspecto tan patético que habría conmovido a cualquiera, excepto a su enemigo.
—De nada sirve montar guardia a una mujer que esta medio muerta—dijo a los soldados—. ¿Dónde está el judío?
—Ahí mismo, ciudadano—dijo Kabuto.
Su secretario le condujo al otro lado de la cabaña, donde yacía Benjamín Rosembaum, con las piernas atadas y una mordaza en la boca. A la luz de la luna, veíase el rostro del judío, desencajado por el terror.
—Quitadle la mordaza—ordenó Chauvelin a Kabuto.
Una vez cumplida su orden, dijo con hiriente sarcasmo al judío:
—Supongo que recordarás lo que nos prometimos mutuamente: que si tú alcanzarías a Reuben Goldstein y al inglés alto yo te daría diez monedas de oro. Pero—añadió Chauvelin con énfasis—, si me engañabas habías de recibir una buena paliza.
Un gemino brotó de los temblorosos labios del judío.
—No has cumplido tu promesa, pero yo estoy dispuesto a cumplir la mía—volviéndose a los soldados añadió—: Pegad a ese judío con las hebillas de vuestros cinturones. Dadle la mayor paliza que haya recibido en su vida pero no lo metéis.
—Obedeceremos vuestras órdenes—replicaron los soldados.
—Cuando este cobarde haya recibido su castigo—dijo Chauvelin a Kabuto—, regresaremos a Calais. El judío y la mujer pueden cuidarse mutuamente hasta que enviemos a alguien en su busca, al amanecer. No podrán ir muy lejos si intentan huir.
Se volvió y miró por última vez la cabaña, escenario del mayor fracaso jamás experimentado por un destacado miembro del Comité de Seguridad Pública. El cuerpo inconsciente de Sakura Uchiha Blakeney yacía sobre una roca, y un poco más allá, el judío recibía en su ancha espalda los golpes que dos vigorosos soldados le asestaban con sus cinturones de cuero.
—Basta ya—ordenó Chauvelin, cuando los gemidos del individuo se hicieron más débiles—, no queremos matarlo.
Los soldados, obedientes, se abrocharon los cinturones.
Luego Chauvelin se acercó a Sakura y se inclinó a examinarle el rostro. La joven acababa de recobrar el sentido y hacía débiles esfuerzos para incorporarse. Sus ojos verdes miraban aterrados a su alrededor; fijándose primero en el judío, con una mezcla de horror y de piedad; después descubrieron a Chauvelin. Este se agachó y se llevó a los labios una de las heladas manos de la mujer.
—Siento mucho, hermosa dama—dijo con su tono más suave—, que circunstancias ajenas me obliguen a dejaros aquí por el momento. Pero Benjamín, aunque no está muy bien que digamos, será un valeroso defensor de vuestra persona. Al amanecer enviaré una escolta para vos.
Sakura sólo tuvo fuerzas para volver la cabeza hacia el otro lado. La angustia le destrozaba el corazón. ¿Qué había sido de Sasuke? ¿Y de Sasori?
—Ahora debo dejaros—concluyó Chauvelin—. Au revoir, hermosa dama.
Y con una última sonrisa irónica y una reverencia, desapareció sendero arriba, en pos de sus soldados y seguido por Kabuto.
Siento mucho la tardanza.
El próximo capítulo es el último y estará un poco largo porque casi no omití nada; la mayoría de las cosas inconclusas terminan ahí, pues hay personajes como Sir Naruto que no se sabe nada de él.
Espero que no los decepcioné n.n y que este capítulo les haya gustado, ya en el siguiente Sakura se reencuentra con Sasuke, espero que ya tengan alguna idea de cómo.
