Capítulo 1
¿Llevas mucho tiempo en la agencia? La princesa Isabella Swan contempló atentamente a la mujer pulcramen te vestida que caminaba nerviosa por el vestí bulo de la mansión del señor Cullen.
-¿Perdón?
-Tú también has venido por lo de la entre vista de trabajo, ¿verdad? -preguntó la mu jer-. Yo fui niñera de los Hendrickson duran te años, pero se han ido al extranjero y he preferido quedarme en Albuquerque. Aunque ya no sé qué es peor, si vivir en Hong Kong o trabajar para Edward Cullen.
En ese preciso instante, Isabella lo com prendió todo. Una entrevista de trabajo. Ese era el motivo por el que le había resultado tan fácil entrar en casa de Cullen. Su secreta ria creía que había pedido cita para una entre vista de trabajo.
Edward Cullen era, sin duda, el hombre al que más difícil resultaba acceder de todo el estado de Nuevo México. Durante cerca de una semana, a Isabella le habían estado dando todo tipo de excusas cada vez que ha bía intentado verlo.
Ella sospechaba que en realidad el señor Cullen ni siquiera había recibido sus mensajes. No le habría sorprendido lo más mínimo que este hubiera autorizado a su se cretaria a filtrar sus visitas. Sin embargo, aquella mañana había tenido suerte. Había llamado por teléfono y, sin identificarse previamente, había pedido ver al señor Cullen. Su secretaria le había preguntado que si quería concertar una cita y isabella apenas había tenido tiempo de responder afirmativa mente cuando la otra mujer la había citado para las tres en punto de la tarde sin pedirle siquiera el nombre.
Y Isabella acababa de comprender que la única razón por la que había conseguido atra vesar las puertas de aquella fortaleza era que había sido confundida con una de las candi-datas al puesto de niñera.
-Supongo que habrá oído los rumores -la otra mujer parecía incapaz de permanecer quie ta-. Ya sabe, los rumores sobre Edward Cullen.
-Pues la verdad es que no -contestó
Isabella.
La otra aspirante al puesto se acercó a ella y le dijo en voz baja:
-Su mujer murió hace unos años en cir cunstancias misteriosas. He oído decir que él era uno de los principales sospechosos de su muerte, pero la policía no encontró nunca pruebas para acusarlo -se estremeció-. Qué lugar tan lúgubre.
-Está lloviendo -señaló Isabella. Había empezado a llover mientras ella se dirigía desde Colorado hacia allí-. Con este tiempo, no hay lugar que no parezca lúgubre.
Había un espejo en la pared que estaba frente a ella y aprovechó para examinar críti camente su reflejo. Llevaba una blusa blanca abrochada prácticamente hasta la barbilla, una falda, una chaqueta de lana gris y zapa tos de tacón. Su pelo no era cobrizo, ni peli rrojo como el de sus hermanas. Aunque bri llaba ligeramente bajo la tenue luz que se filtraba por las ventanas, continuaba siendo irremediable y vulgarmente castaño. Y no enmarcaba un rostro de exótica belleza, como el deRosalie, ni de una elegancia re gia, como el de Alice, ni siquiera un rostro encantador como el de Leah.
No, mientras sus hermanas parecían verda deramente unas princesas, Isabella tenía un aspecto más similar... al de una niñera. Tenía el rostro excesivamente redondeado para su gusto, la boca demasiado suave y unos ojos Chocolates a los que ella no concedía ningún va lor.
-Debe de ser imposible dormir en esta casa -continuó diciendo la otra mujer-. Me pasaría la noche preguntándome si fue él el asesino -tomó su abrigo y su bolso y se diri gió hacia la puerta-. Me voy. Creo que pre fiero estar en Hong Kong.
-Qué tontería -comentó Isabella para sí cuando la otra mujer se marchó-. Si no sabe realmente lo que pasó. Solo son rumores que...
En ese momento, se abrió una de las puer tas del vestíbulo y asomó la cabeza una mujer de aspecto latino.
-¿Es usted la única? -preguntó con un ale gre acento mexicano mientras entraba en la habitación.
-Eso parece -contestó Isabella, en tono de disculpa-. Sin embargo... -cerró la boca bruscamente. Ya tendría tiempo de disculpar se por la confusión tras haber visto al elusivo Edward Cullen.
-Yo soy Carmen -se presentó la mujer de pelo cano-. Soy el ama de llaves de Trey.
Carmen y Edward. Resultaba agradablemente informal. Isabella reparó entonces en la in dumentaria de Carmen: llevaba unos vaqueros, una enorme sudadera y unas playeras de lona.
-Todavía no puede atenderte -le dijo Carmen-, ¿pero por qué no vienes conmigo de to das formas?
Mientras el ama de llaves la conducía por un largo pasillo, Isabella tuvo que esforzar se para seguirla y dejar de contemplar extasiada aquella hermosa propiedad, una extensa hacienda con el suelo de cerámica, arcos en las ventanas y un patio repleto de flores, a pe sar de la fría lluvia otoñal.
isabella subió tras Carmen dos tramos de escaleras hasta llegar a un pasillo suficiente mente ancho como para dar cabida a un juego de sillas y sofá que parecía hacer las veces de sala de espera.
-La habitación de Edward está en la torre -le explicó Carmen, mientras se detenía al lado de una puerta de madera-. Y esta es la puerta de su despacho. Los niños y la niñera duermen en el ala este, en el segundo piso -señaló ha cia el sofá-. ¿Por qué no te sientas? Edward no tardará en llegar.
Mientras Isabella se sentaba, Carmen se alejó por las escaleras.
La joven exhaló entonces un largo suspiro. Bueno, allí estaba. Faltaban solo unos minu tos para que se encontrara con el hombre que podía contestar a todas sus preguntas.
¿Pero estaría dispuesto a hacerlo cuando averiguara que se había servido del engaño para meterse en su casa? Seguramente no. De modo que lo mejor que podía hacer era inten tar pensar rápidamente lo que le iba a decir.
Isabella tomó aire nuevamente y practi có la más agradable de sus sonrisas.
«Señor Cullen, es un placer poder en contrarme por fin con usted. Pero creo que ha habido un malentendido, señor. Su ama de llaves me ha confundido con una de sus futuras empleadas, cuando la verdad es que soy una princesa. Y ese, señor, ese el motivo de mi visita. Mi hermano mayor, el príncipe James Swan, fue secuestrado cuando era niño. Durante estos últimos treinta años, ha sido dado por muerto, pero mis tres her manas y yo tenemos razones para pensar que es posible que no haya muerto en todos estos años. Señor Cullen, creemos que su socio, el señor Felix Vulturi, podría ser nuestro hermano y el verdadero heredero del trono de los Swan».
Sí. Todo saldría perfectamente.
Isabella cerró los ojos y se imaginó a su hermana Rosalie y a su secretaria, Irina Denali, volando desde Colorado a Nuevo México para sacarla del lío en el que se esta ba metiendo.
Aquello era un error. Viajar hasta Albuquerque, asumiendo que podría encontrar a Felix Vulturi y dando por sentado que no habría dificultad alguna para reunirse con Edward Cullen había sido un error. Ella no estaba he cha para jugar a James Bond. Aquello era mucho más propio de Rosalie o Leah. Debería haberse limitado a ir al hogar infantil de Arizona en el que al parecer James había estado tras haber sido secuestrado. Pero no sabía, qué tipo de locura se había apoderado de ella y al final se había mostrado de acuer do en ir a Albuquerque.
Donde había sido confundida con una ni ñera.
Oh, Dios. Por mucho que lo deseara, ya no podía dar marcha atrás. Si al final fracasaba, no iba a ser porque hubiera dejado de inten tarlo. Tomó aire y volvió a ensayar:
«Señor Cullen, lo que tengo que decir le puede parecerle una completa locura, pero tengo que preguntarle, señor...»
La puerta del despacho se abrió en ese mo mento. Y tras ella apareció Edward Cullen.
Isabella lo había visto en fotografías. Y sabía por tanto que era un hombre extraordi nariamente atractivo. Pero las fotografías no hacían justicia a la realidad.
Era más alto de lo que esperaba, debía de medir cerca de uno noventa. Sus hombros te nían prácticamente la misma anchura que la puerta y llevaba el pelo, un pelo cobrizo, completamente despeinado, como si hubiera estado mesándose los cabe llos frustrado. Tenía un rostro atractivo, pero de duras facciones y la boca apretada en una sombría mueca. Sus ojos, aunque de expre sión cansada, eran intensamente verdes.
-Siento haberla hecho esperar -dijo con una aterciopelada voz de barítono-. Pase.
Isabella tuvo que pasar delante de él para entrar en su despacho. Lo hizo rápida mente, percibiendo al pasar la suave fragan cia de su colonia. Acababa de entrar, cuando sonó el teléfono del despacho. Isabella se quedó paralizada, sin saber si debía seguir avanzando o quedarse esperando en el pasi llo.
Pero Edward Cullen cerró la puerta.
-Lo siento, tengo que atender esta llama da. ¿Pero por qué no se sienta? En seguida estaré con usted.
-Si quiere, no me importaría... -comenzó a decir ella, señalando hacia la puerta.
-No, no tardaré. Por favor, siéntese.
Mientras Isabella se sentaba lentamente en el borde de uno de los sofás de cuero, Edward se acercó al teléfono. Estaba de espaldas a ella, con la mirada fija en la ventana y se fro taba el cuello, intentando aliviar la tensión de sus músculos.
-Cullen -contestó.
Isabella intentaba no escuchar y fijaba la mirada en las manos que entrelazaba nerviosa en su regazo.
-No -la voz de Edward no dejaba ningún gé nero de dudas-. Absolutamente no -rio, pero en su risa había más incredulidad que hu mor-. No lo estoy escondiendo. Créame, si supiera dónde está Felix Vulturi, iría ahora mis mo a verlo.
Felix Vulturi. El hombre que podía ser su hermano. Isabella prestó atención a la con versación.
-Sí, es posible que llame o se deje caer por aquí en cualquier momento. Así es como ac túa normalmente -comentó Edward, sentándose en el borde de su escritorio-. Pero no puedo prometerle nada -rio nuevamente-. Dios, no lo sé. Puede estar en cualquier parte. La últi ma vez se fue a Nepal. Nepal. Es increíble, siempre lo he querido como a un hermano, ¿pero qué puede esperarse de alguien que huye a Nepal?
Se levantó y se volvió hacia ella. Isabella borró rápidamente la sonrisa que había asomado a sus labios al oírlo reír y fijó su mi rada en una acuarela.
Edward Cullen no sabía dónde estaba Felix. Pero creía que podía dejarse caer por allí en cualquier momento. De modo que si Isabella de verdad quería encontrar al señor Vulturi...
Edward la estaba mirando. Continuaba ha blando por teléfono y, aunque ella al princi pio pensaba que no le estaba prestando la me nor atención, advirtió que le estaba mirando disimuladamente... ¿las piernas?
Pero aquello era absurdo. Si alguien tuvie ra la osadía de mirarle las piernas a una prin cesa, miraría las de Rosalie o las de Alice, no las suyas. Aunque sus piernas no fueran poco atractivas, no vestía de una for ma que pudiera atraer la mirada de un hom bre en su dirección. Eso en el caso de que el hombre en cuestión fuera suficientemente in trépido como para mirar las piernas de una princesa, cosa que habitualmente no ocurría.
Pero, por supuesto, Edward Cullen no te nía idea de que ella era una princesa.
Edward colgó el teléfono.
-Lo siento -se disculpó.
-No pasa nada -Isabella advirtió en ese momento, bajo la luz del despacho, que algu nas canas clareaban sus sienes. Y que conti nuaba mirándola de una forma desconcertan te. Estudiándola.
-Es usted más joven de lo que esperaba -dijo de repente, rodeando el escritorio para sentarse frente a ella.
-¿Más joven?
-Con este trabajo tendrá que vivir en la casa. Y si tiene marido y familia a...
-No, no tengo marido.
-¿Y novio?
-No -contestó Isabella, sonrojándose violentamente.
-¿Cuántos años tiene?
-Veinticinco -aquello era absurdo. Las preguntas de aquel hombre eran tan directas que resultaban groseras. Y además, ella no estaba allí porque aspirara al puesto de niñe ra-. ¿Y usted? -oh, Dios, ¿cómo se le había ocurrido devolverle la pregunta?
-Treinta y cinco, por lo menos hasta enero del año que viene, entonces cumpliré treinta y seis.
-Lo siento, yo...
-No, es justo. Tiene usted derecho a con testar mis preguntas como le apetezca. ¿Le gustan los niños?
Isabella pestañeó nuevamente.
-Yo...
-Sí, ya sé, es una pregunta estúpida te niendo en cuenta el trabajo que quiere conse guir, pero he conocido a muchas niñeras a las que no les gustan los niños en absoluto -se inclinó hacia ella y la miró intensamente-. Lo menos que necesitan mis hijos es ser respeta dos. Y, créame, si pudiera pagarle para que también los quisiera, lo haría.
Se levantó de repente, como si ya no fuera capaz de seguir conteniendo su energía.
-Nuestra última niñera se marchó sin des pedirse de Marie y Antony. Para mí es im portante encontrar a alguien que comprenda la importancia de su trabajo. Esos niños sa ben demasiado bien lo que significa ser abandonados y... creo que me estoy adelan tando un poco. Ni siquiera le he preguntado su nombre.
-Me gustan los niños -contestó Isabella suavemente. Y era cierto. Edward Cullen pa recía desesperado por encontrar una niñera y si ella continuaba aferrándose a aquel loco subterfugio, podría quedarse en su casa hasta que Felix Vulturi apareciera.
Y también estaría allí para observar los ojos sorprendentemente Verdes de Edward Cullen brillando de pasión.
Edward sonrió, suavizando al hacerlo la dure za de sus facciones.
-Me alegro de saberlo, señorita...
Isabella cruzó disimuladamente los de dos y, por primera vez en su vida, actuó de jándose llevar completamente por un impul so:
-dwyer, Bella Dwyer.
Fue algo extraño. Cuando Edward le tendió la mano para estrechársela, ella le mostró la suya como si se la estuviera ofreciendo para que se la besara. Le había parecido un gesto más propio de la reina de Inglaterra que de una niñera.
Pero aunque por su suavidad, su mano pa recía bien cuidada, advirtió que tenía las uñas cortas. Algunas incluso mordidas. ¿Y quién había oído hablar de una reina que se mordie ra las uñas?
Bella le estrechó la mano con firmeza y aunque era absurdo basarse en ese tipo de in tuiciones, aquello mejoró todavía más su opi nión sobre ella.
-¿De dónde es? -le preguntó, liberando su mano.
Bella le sostuvo abiertamente la mirada. Y aquello también le gustó.
-De Wynborough -le dijo con un acento que a Edward le recordaba al de Mary Poppins-. Una pequeña isla situada cerca de Inglaterra.
-¿Y qué es lo que le ha hecho venir hasta aquí?
-Tengo familia... en Aspen. Colorado -añadió, como si él pudiera desconocer dón de estaba Aspen.
Sí. A Edward le gustaba. Y era una buena cosa porque, como Carmen le había hecho sa ber, Bella Dwyer era la única candidata al puesto de niñera. Las demás habían huido asustadas por el tamaño de la propiedad, o por los lúgubres rumores que la rodeaban.
Fijó la mirada en los ojos Chocolates de Bella, preguntándose qué habría oído ella.
-¿Alguna vez ha sido arrestada? -le pre guntó.
Bella soltó una carcajada.
-¡No!
-Estupendo. Yo tampoco.
Algo casi imperceptible asomó a sus ojos y Edward comprendió que Bella había oído algo sobre él. Pero no le preguntó nada al respecto. Quizá estuviera demasiado nerviosa para ha cerlo. O quizá fuera demasiado educada...
Demasiado educada, decidió. Bella Dwyer no lo temía. Dios, y cuánto le gustaría que pudiera transmitir sus tranquilos modales a Marie. Desde que Tania había muerto, su hija parecía una auténtica salvaje. En cuanto a Tony... el niño había dejado de hablar. No había nada que Trey deseara más que volver a escuchar la voz de su hijo...
-¿Durante cuánto tiempo ha trabajado como niñera? La agencia no me ha enviado ningún informe.
-¿No? Bueno, soy nueva. Pero... le envia ré mi informe por fax -se enderezó en su asiento-. Realmente, señor Cullen, ten go que ser sincera. No me envía ninguna agencia. Me enteré de que ofrecían este tra bajo a través de... -se aclaró la garganta-, un conocido. Pero me encargaré de que reci ba hoy mismo un informe con mis referen cias. Sin embargo...
Edward la observaba atentamente, consciente de que allí había algo raro, a pesar de su ad misión. Bella tomó aire y lo miró con firme za.
-Me temo que descubrirá que no estoy preparada para este trabajo. Jamás he trabaja do de niñera -le dirigió la más dulce y espe ranzada de sus sonrisas-. Pero todo el mundo tiene que empezar alguna vez, ¿no?
Era adorable. Le inspiraba un cariño que pocas personas habían podido despertar en él. Y no era que la encontrara atractiva, sexual-mente atractiva. Claro, tenía un par de pier nas admirable y una figura esbelta y perfecta mente proporcionada... De acuerdo, sí, era atractiva. Devastadoramente atractiva, pero tenía un rostro fresco y dulce que encajaba más bien con la imagen de una hermanita pe queña.
Tenía unas facciones delicadas y unos ma ravillosos ojos grises, rodeados de oscuras pestañas. Intentaba mostrarse remota y fría, pero no podía disimular la atractiva mezcla de inteligencia, interés e inocencia que se es condía tras su mirada. Y aunque Edward hubiera preferido contratar a una niñera con experiencia, Bella tenía razón: nadie nacía con ella.
-Necesitará carné de conducir, ¿lo tiene?
-Por supuesto, ¿por qué?
-Tendrá que encargarse de traer y llevar a los niños al colegio. Asisten a un colegio pri vado que está a unos cuantos kilómetros de aquí. Y de vez en cuando tienen que acudir a fiestas y cosas de ese tipo -o al menos eso es peraba. Porque la verdad era que las relacio nes sociales de Marie, que estaba ya en octavo grado, eran prácticamente inexistentes-. Y Marie va a clase de clarinete varias veces a la semana.
-Así que, básicamente, lo que usted nece sita es un chofer -apuntó Bella.
-No, créame. Va a tener mucho más traba jo de lo que puede parecer. Tendrá algunas horas libres mientras los niños estén en el co legio, pero necesitaré que esté disponible por las noches. Y durante las vacaciones, tendrá que estar disponible durante veinticuatro ho ras al día.
-¿Veinticuatro horas...?
-Veinticuatro horas al día siete días a la semana. Será compensada por su dedicación, por supuesto.
-Por supuesto, pero... -abrió los ojos de par en par-, ¿cuándo ve usted a sus hijos?
-Desde ahora hasta Año Nuevo voy a estar extremadamente ocupado -dijo Trey, como si de esa manera estuviera contestando a su pre gunta. Se levantó bruscamente-. Antes de continuar hablando, me gustaría que los co nociera Marie tiene trece años y Antony seis. No es fácil tratar con ninguno de ellos -forzó una sonrisa-. Pero supongo que es normal, teniendo en cuenta quién es su padre.
Bella lo miró muy seria.
-A mí no me parece que su padre tenga ningún problema.
-Su madre murió hace tres años y ninguno de los dos parece haberse acostumbrado a su pérdida.
-No creo que eso sea algo a lo que un niño pueda acostumbrarse.
Desde luego, pero la actitud de marie y Antony escapaba a toda normalidad.
-Marie se muestra bastante hostil -le ex plicó a Bella-. Sus notas son pésimas y se ha escapado varias veces de casa. Nunca dema siado lejos como para que no haya podido en contrarla, pero es una situación...
-Terrible -terminó ella por él-. Puedo imaginármelo. Debe haber sufrido mucho.
-Ella necesita algo que yo no soy capaz de darle. Y en cuanto a Tony... -sacudió la cabe za. Su hijo había escogido un camino diferen te para escapar de la realidad tras la muerte de su madre. Edward señaló hacia la puerta-. Este quizá sea un buen momento para que los conozca, si todavía sigue interesada en el tra bajo.
-Señor Cullen...
-Edward, por favor. En esta casa no nos gus tan las ceremonias.
-Edward -alzó la mirada hacia él-. ¿Te im portaría sentarte un momento? Eres demasia do alto y me temo que lo que tengo que de cirte requiere que nos estemos mirando de frente.
Trey sonrió. Aquella mujer era increíble. Pero, como probablemente lo que iba a decir le era que no quería el trabajo, tampoco le sorprendió excesivamente. Así que se sentó obedientemente a su lado con expresión de resignación.
-Aunque me gustaría aceptar este empleo, no estoy segura de ser la persona más ade cuada para el puesto -le dijo muy seria-. En realidad, yo no estoy buscando un trabajo permanente y me parece que Marie y Tony necesitan una niñera dispuesta a quedarse a su lado hasta que sean adultos. Me temo que esos niños ya han sufrido demasiados impre vistos en sus vidas.
Aquella mujer era increíble. Quería el trabajo, pero estaba rechazándolo por el bien de sus hijos.
-Supongo que sería mucho esperar que pudieras cambiar de opinión. ¿Pero podría convencerte para que te quedaras, por ejem plo, unos diez años?
Bella sonrió, haciendo que asomaran unos encantadores hoyuelos a sus mejillas.
-¿Diez años durante veinticuatro horas al día? No, gracias.
-¿Y estás segura de que no es negociable?
-Me halaga que tenga interés en contratar me después de nuestra breve reunión -con testó, tratándolo nuevamente de usted-. Pero no, señor, no es negociable. Me gustaría po der tener mi propia familia algún día y...
-Por supuesto, lo comprendo. Es solo que... me encuentro en una situación un tanto delicada. En la agencia me han dicho que enero es la mejor época del año para encon trar candidatas, pero no puedo esperar tanto tiempo. Apenas puedo esperar hasta mañana. Necesito a alguien de forma inmediata.
Bella lo miró pensativa.
-Yo podría quedarme hasta enero si me diera una semana libre por Navidad -le dijo-. No es lo más adecuado, pero quizá, si los niños supieran desde el primer momento que va a ser algo temporal...
-Creo que será mejor que los conozcas an tes de hacer tu generosa oferta.
Bella se levantó.
-Condúzcame entonces a sus habitaciones -ordenó con un involuntario tono de superio ridad.
-Por aquí, majestad -contestó él, señalan do hacia la puerta.
-¿Perdón? -farfulló ella.
-Era una broma. Creo que es tu acento, me resulta un tanto regio...
-¿De verdad? -lo miró completamente sorprendida—. Lo siento, no me había dado cuenta...
-Relájate. Te sienta muy bien.
