Capítulo 2

Isabella siguió a Edward por las escale ras hasta un pasillo interminable. Si iba a vivir allí, iba a necesitar un mapa y unas cuantas horas para explorar toda la casa.

Edward aminoró el paso y la miró de reojo.

-Hablaba en serio cuando te he dicho que no tomes una decisión definitiva hasta des pués de conocer a los niños. Lo mejor que puedes hacer es ir a casa, pensártelo bien y enviarme tus referencias. Y mañana, si los dos seguimos pensando que este trabajo pue de convenirte, volveremos a hablar -tomó aire antes de abrir una puerta y le dijo-: Este es el cuarto de juegos.

Bella no estaba segura de qué clase de horror esperaba encontrar, pero aquella alegre y luminosa habitación, llena de libros, juegos de mesa y juguetes le pareció encantadora. Había una enorme chimenea, un vídeo y un televisor, en el que en ese momento se veía una película de Walt Disney.

Edward entró en la habitación, apagó el tele visor y se acercó a un intercomunicador que había en una de las paredes. Apretó un botón y se inclinó hacia el micrófono.

-Marie, pensaba que te había pedido que te quedaras esta tarde con Tony en la habitación de juegos.

A través del intercomunicador, se escuchó la voz de una jovencita enfadada.

-Y he estado con él. Pero se ha puesto a morder sus correas...

¿A morder sus correas? Bella estaba espantada. Y Edward tampoco parecía muy com placido.

-¿Cuántas veces te he dicho que si lo tra tamos como a un niño se portará como un niño y...? -sacudió la cabeza, exasperado-. Ven aquí -le ordenó-, quiero que conozcas a alguien.

-¿Correas? -repitió Bella con un hilo de voz.

-Son correas imaginarias -contestó Edward rápidamente-. No soy el padre del año, pero jamás se me ocurriría atar a mis hijos. El pro blema es que Tony cree que es un perro.

La habitación de Marie debía de estar justo al lado porque la adolescente había llega do en cuestión de segundos. Permanecía en el marco de la puerta, con los brazos cruza dos. Iba completamente vestida de negro, con unas mallas y un jersey de cuello alto que le llegaba hasta las rodillas y unas botas de cuero. El pelo lo tenía también negro, y Bella estaba completamente segura de que se lo había teñido. Llevaba perfilada la línea de los ojos, que contrastaba con su pá lido rostro y con sus labios pintados de rojo. El efecto no estaba mal, aunque quizá fuera un poco exagerado para una niña de trece años.

-¿Un perro? -repitió Bella

-Sí -Marie la miró muy seria-. Ya sabes, guau, guau -se volvió hacia su padre-. Edward, si lo silbas, seguro que viene inmediatamen te.

-No pienso silbarle para que venga porque no es un perro.

Marie se volvió en ese momento hacia Bella.

-Tú debes de ser la niñera número cuatro mil quinientos quince -la miró con expre sión crítica-. Ese traje está bien, la largura de la falda le da un aspecto un tanto retro, pero deberías quitarte la blusa, dejarte solo la chaqueta y ponerte uno de esos sujetado res de encaje del catálogo de Victoria's Secrets. Y quizá ponerte unos zapatos de ta cón...

-Yo no lo creo -la interrumpió Edward

-Lo imaginaba -replicó Marie con un sus piro exagerado-. Pero tú hace años que no sa les con nadie, a no ser que hayas estado sa liendo a escondidas y yo no me haya enterado, claro.

Por un terrible momento, Edward pareció a punto de estrangular a su hija, o de ponerse a gritar. Pero Edward consiguió dominar todos sus sentimientos y preguntar con una voz total mente carente de emoción:

-¿Qué te hecho yo para merecer algo así?

Marie sabía perfectamente que había so brepasado los límites de la buena educación hablando de aquella forma a su padre delante de una desconocida.

-Solo era una broma -contestó a la defen siva-. Alegra esa cara, Edward.

Oh, Dios santo. Era evidente que a Edward le había molestado que se dirigiera a él de esa forma, y Marie lo sabía. Bella podía ver que la niña había aprendido a sacar de quicio a su padre.

-Si yo soy la niñera número cuatro mil quinientos no se qué -dijo Bella, inten tando mediar en la pelea-, supongo que esto puede ser un poco abrumador para ustedes, y también para Tony. Así que, ¿por qué no empezamos otra vez? -miró a Edward-. ¿Por qué no le das un descanso a tu hijo y silbas para que venga? Es evidente que él quiere que lo hagas. En cuanto a ti -se volvió hacia Marie-, ¿te importaría dejar que esto transcu rra de la forma más agradable posible, sin ne cesidad de hacerle pasar un mal momento a tu padre? -le tendió la mano, mientras Edward suspiraba y dejaba escapar de sus labios un penetrante silbido-. Me llamo Bella dwyers, ¿qué tal estás? Estréchame la mano y dime:«bien, gracias».

Marie le tendió la mano con una frialdad glacial, pero a sus labios asomó algo casi pa recido a una sonrisa mientras contestaba:

-Bien, gracias.

-Excelente -Bella sonrió y le estre chó cariñosamente la mano-. Creo que es importante que sepas que tu padre está con siderando la posibilidad de contratarme du rante algunos meses, hasta que encuentre a alguien que pueda quedarse con ustedes durante más tiempo. Yo, le enviaré mis re ferencias lo antes posible y supongo que tú también querrás leerlas. Y si tienes alguna pregunta que hacerme, estoy dispuesta a in tentar resolver todas tus dudas.

-¿Montas a caballo?

Un movimiento procedente del sofá más lejano a ella, llamó la atención de Bella. Vio dos enormes ojos castaños fijos en ella, que rápidamente desaparecieron. Bella se volvió nuevamente hacia Marie.

-Me temo que no muy bien, ¿y tú?

-Odio los caballos. ¿Ese acento es auténti co?

Edward cerró los ojos.

-Marie...

-Más auténtico que el color de tu pelo -re plicó Bella.

Tony volvió a asomarse tras el sofá, y en aquella ocasión Bella no lo miró abierta mente. Se limitó a permitir que la mirara.

Marie se apoyó contra la pared, fingiendo desinterés, pero con un nuevo brillo en la mi rada.

-¿No te gusta mi pelo?

-El estilo sí, pero el color no. En cualquier caso, el pelo es tuyo, así que tienes derecho a llevarlo como quieras.

-¿Llevas tatuajes? -preguntó entonces la niña.

-No, estoy libre de tatuajes. Y también de cualquier tipo de piercing.

-¿Ni siquiera llevas pendientes? ¿No te hi cieron agujeros en las orejas?

-Ni siquiera en las orejas -contestó alegre mente.

-Estás bromeando. ¿Y también eres vir gen?

-Marie -intervino Edward-. La idea es que le hagas a Bella preguntas relacionadas con su trabajo. Pero si prefieres volver a tu habitación, puedes hacerlo ya -se dirigió a grandes zancadas hacia la puerta-. ¿Dónde está Antony?

-Supongo que aparecerá cuando esté listo -Bella miró al niño con una sonrisa.

Una sonrisa que el niño no le devolvió, pero al menos en aquella ocasión no volvió a esconderse.

-Tengo entendido que tocas el clarinete -comentó Bella, acercándose hacia el sofá y sentándose. Como si se tratara de un auténtico perro, dejó caer la mano para que Doug se la olisqueara-. Yo tocaba el oboe.

-¿El oboe? Caramba, es realmente difí cil... -Marie se interrumpió y se aclaró la garganta al darse cuenta de que se había deja do llevar por el entusiasmo.

-¿Y usted, señor? -le preguntó entonces a Edward-. ¿También es músico?

-Será mejor que dejes de llamarme así.

-Edward tocaba el piano -contestó Stacy por él-, pero últimamente solo se dedica a sus ne gocios.

-Cuando me llamas señor -continuó Edward, ignorando el último comentario de su hija-, me haces sentirme como si estuviéramos en el medievo -en ese momento vio a su hijo, que se había asomado lo suficiente para olfa tear la mano de Bella, aunque no para to carla-. Ahí estás -se dirigió a grandes pasos hacia el sofá y tomó a su hijo en brazos-. Tony, esta es Bella Dwyer. Bella, este es...

El niño, terriblemente tímido, enterró el rostro en el hombro de su padre.

-Antony -terminó Edward en tono de discul pa y abrazó al niño-. Vamos, Tony, ¿no quieres conocer a Bella?

Tony sacudió la cabeza.

-No importa -dijo entonces Bella-. Ya tendremos oportunidad de conocernos. De momento, por lo que de él he podido ver, me gusta. Y también Marie... -se volvió hacia la niña-. Creo que nos llevaremos bien, ¿a ti qué te parece?

-Supongo que sí -contestó Marie encogiéndose de hombros. Miró a su padre-. ¿Puedo irme ya?

-Claro -dejó a Antony en el suelo y los dos niños abandonaron la habitación a la ve locidad del rayo.

A Bella también le habría gustado marcharse, pero Edward se sentó frente a ella como si estuviera agotado. Estiró las piernas, apoyó la cabeza en el sofá y fijó la mirada en el techo.

-Ya los has visto -rio sin humor-, has te nido ocasión de conocerlos en todo su esplen dor -fijó en ella la mirada, sin poder disimu lar su desesperación-. No soy muy buen padre -admitió con una sonrisa de pesar-. Supongo que es obvio.

Bella se mordió el labio pensativa.

-Lo que es obvio es que los quieres. Y que desde luego son -no pudo evitar una sonrisa-únicos.

Edward le devolvió la sonrisa y se levantó. Bella lo imitó.

-Te agradezco que nos hayas dedicado tanto tiempo, Bella. No quiero entretenerte más.

Bella. Sus hermanas la llamaban así de vez en cuando, pero nadie más lo hacía. Siempre había sido la princesa Isabella. Y le resultaba extraño oír su nombre de infancia en los labios de un hombre.

En los labios de un hombre muy atractivo, por cierto.

Su masculinidad parecía vibrar en todo su cuerpo. Incluso en ese momento había algo en sus ojos que no le permitía olvidarse de que él era un hombre y ella una mujer.

Isabella quería que la contratara por que quería localizar a Felix Vulturi. Y también quería ayudar a Edward a salir del apuro en el que se encontraba. Y, sí, tenía que ser completamente sincera, también le gustaba que la miraran y le hablaran como si fuera una mujer normal. No una princesa ante la que hubiera que inclinarse y a la que hubiera que tratar con una educación exquisita.

-Enviaré mis referencias en cuanto pueda -le dijo-. Esta noche si es posible.

-Puedes hacerlo mañana, no hace falta que te des tanta prisa. Siempre y cuando deci das...

-Ya lo he decidido.

-Puedes tomarte algún tiempo para pen sártelo mejor.

-No necesito tiempo. Enviaré el fax esta noche. Y si mis referencias te sirven, no veo ninguna razón por la que no pueda empezar mañana mismo a trabajar.

-Es perfecto, Angela -explicaba Isabella por el teléfono móvil mientras conducía hacia el hotel-. Si Felix Vulturi aparece, yo esta ré allí.

-De niñera –Angela Bishop era, además de su secretaria, una de sus mejores amigas. Una amiga extremadamente escéptica habitual-mente.

-Seré una auténtica niñera. Y eso también es perfecto. Después de llevar a los niños al colegio por la mañana, tendré todo el día para intentar averiguar dónde está Felix Vulturi. Se guro que tiene que haber alguien en Albuquerque que lo sepa.

-¿Y qué quieres que haga yo? ¿Que te fal sifique unas referencias?

-No, no quiero que me falsifiques nada -Isabella aparcó el coche para consultar su mapa de la ciudad-. Quiero referencias au ténticas. La de Kate puede ser una. Ha ber trabajado con una princesa puede ser im pactante. Y también puedes hablar con el doctor McMahon, para que verifique el buen carácter de Bella.

-Isabella, esto es una locura. Ni siquiera sabemos si Felix Vulturi es el hombre que bus camos.

-Tampoco estamos seguras de que no lo sea -Isabella encontró en ese momento en el mapa dónde estaba situado su hotel.

-¿Sabes? Desde que te has ido esta maña na este lugar está de lo más alborotado. A Ga briel Morgan no le ha hecho ninguna gracia que te hayas ido sin ponerle al tanto de tus planes.

-Oh, vaya -Morgan era el encargado de la seguridad de las princesas-. Es solo... Es que esta mañana he llamado a casa de Cullen y me han citado para las tres. Así que me he montado en el primer avión que he encontra do y he venido hasta aquí.

-Algo de lo que él se ha enterado hace una hora, aproximadamente.

-No sabes cuánto lo siento.

-Lo único que puedo hacer ya es alegrar me de que seas tú la que te has escapado. Si hubiera sido Leah, creo que a Gabe le ha bría dado un ataque.

-Angela, creo que parecería extremadamen te peculiar que una niñera tuviera guardaes paldas, así que, preferiría que nadie se encar gara de vigilarme.

Laura suspiró con paciencia.

-Yo me encargaré de eso. Pero tú prométe me que tendrás mucho cuidado.

-Por supuesto que tendré cuidado. Ah, y en cuanto a las referencias, he sido completa mente sincera con Edward, excepto en cuanto a mi nombre. Lo único que no le he dicho es que soy una princesa. Sabe que no tengo nin guna experiencia como niñera, pero...

-Así que «Edward», ¿eh? Esto cada vez se pone más interesante. Quizá reconsidere la posibilidad de enviarte un guardaespaldas.

Isabella se sonrojó.

-No, no es lo que... Él no... Él piensa que soy una niñera y... -tomó aire-. No sigas por ahí, Laura. Él simplemente es una persona a la que no le gustan las formalidades. Me ha dicho que espera que me ponga vaqueros para trabajar.

Lo que le había dicho en realidad era que podía vestirse de manera informal para trabajar, poniéndole como ejemplo unos vaqueros y una camiseta. Isabella se ha bía emocionado al oírlo. No podía recordar la última vez que había llevado unos va queros. Ni siquiera creía que hubiera unos vaqueros en su guardarropa. Pero eso iba a cambiar esa misma tarde.

-Dame otra vez el número de fax de Cullen -le pidió Angela-. Y, Isabella, no sé si debería decírtelo otra vez, pero, por favor, ten mucho cuidado.

-El martes por la noche -dijo la madre de Edward-. En el club de campo. ¿Lo has apunta do ya en tu agenda? No colgaré hasta que lo hagas.

-Iré, mamá -contestó Edward con paciencia, mientras volvía a maldecir a Felix en silencio. Todo aquello era culpa suya. Allí donde hacía falta que estuviera representada la firma Cullen-Vulturi, era Felix el que solía hacer los honores, dejando a Edward con sus ordenadores, lejos de las miradas de los curiosos.

¿Habría o no matado a su esposa? A pesar de que habían pasado tres años desde la muerte de su mujer, todavía persistían los rumores. En realidad, él tampoco había hecho nada por aca llarlos. De hecho, después de que una famosa revista femenina lo hubiera elegido como solte ro del año, casi había agradecido que resurgie ran, haciendo desaparecer de un plumazo el ejército de cazafortunas que lo acosaban.

Sí, habían desaparecido de la misma ma nera que Bella Dwyer parecía haberse evaporado aquella tarde.

Edward se quedó mirando fijamente el fax. Eran cerca de las ocho y media de la tarde y todavía no había recibido las referencias de Bella.

-Yo iré a buscar a Diana -decidió Esme Cullen-. Pasaremos por tu casa alre dedor de las siete para tomar una copa. Y dile a tu ama de llaves que se vista apropiadamen te para la ocasión, por favor.

-Carmen ya no está en casa a esa hora.

-¿Qué clase de ama de llaves es esa que se va de casa cuando más se la necesita?

-La clase de ama de llaves que tiene su propia familia.. Y no creo que la necesite es pecialmente para abrir una puerta y servir un par de copas de vino.

-No sé por qué la has con...

-Mamá, no -la interrumpió Edward, antes de que empezara a explicarle una vez más los motivos por los que debería cambiar de ama de llaves. Se volvió en su escritorio y clavó de nuevo sus ojos en el fax, que continuaba en un maldito silencio-. Entonces nos veremos el miércoles a las siete. Ya lo he apuntado.

-Deberías llamar a Diana para confirmarlo.

-Eres tú la que vas a ir a buscarla. Así que llámala tú.

Esme suspiró.

-Si no la llamas tú, esto no será una verda dera cita.

-Es que no quiero que sea una verdadera cita.

-Edward, sabes lo mucho que quería a Tania –Esme Cullen era la mejor amiga de la madre de Tania desde que ambas estaban en el colegio, así que necesariamente había tenido que quererla-, pero ya es hora de que sigas adelante con tu vida, de que empieces a divertirte otra vez.

¿Divertirse? ¿Con Diana ?

-Sí, mamá, lo haré. El miércoles a las sie te, ¿de acuerdo?

Trey entornó los ojos mientras colgaba el teléfono. Diana , la heredera de la fortuna de James Company, era inteligente, tenía un gusto infalible para la moda, todo tipo de contactos y estaba forrada de dinero. Pero también era tan fría como el hielo.

Edward la conocía desde hacía años y no era capaz de imaginarse lo que hacía aquella mujer para divertirse. A no ser que su madre hubiera utilizado un eufemismo y en reali dad lo que había insinuado era que ya había llegado el momento de que Edward volviera a disfrutar del sexo otra vez.

Y sí, al cabo de tres años, había llegado el momento en el que Edward quizá pudiera imagi narse volviendo a salir con una mujer.

Y posiblemente, llegar a esa conclusión fuera el acontecimiento más importante de la década.

Y aquella noche, que el cielo lo ayudara, era una de aquellas noches en las que su ima ginación estaba corriendo a un ritmo desbor dante y él no parecía ser capaz de hacer nada para dejar de pensar en el sexo.

Y no en unas relaciones educadas y com placientes como las que había compartido con Tania durante once años y medio de matrimonio. Edward había estado muy enamora do de su esposa, pero cuando hacían el amor, siempre había tenido que reprimirse. Tania era tan bien educada, tan refinada y delicada, que siempre tenía miedo de asustarla.

No, aquella noche no era capaz de dejar de pensar en una relación locamente apasionada, de aquellas en las que uno se siente práctica mente fuera de sí porque no sabe dónde ter mina su cuerpo y dónde comienza el de su amante. Ese tipo de relaciones en las que con un solo beso casi se alcanza el éxtasis y...

Edward abrió los ojos bruscamente al darse cuenta de que la amante que había estado imaginando en su cama no era otra que la candidata al puesto de niñera, Bella Dwyer. ; Pero cómo se le había podido ocurrir algo así?

Bella era una mujer bastante guapa y te nía un cuerpo que probablemente llamara la atención con biquini y en una playa. Pero, probablemente, aquella mujer ni siquiera tu viera biquini y no parecía ni de lejos una per sona especialmente apasionada.

De hecho, era más fácil imaginársela sen tada en una mecedora, tomando chocolate y pastas frente a la chimenea que en la cama.

Era más bien como una suave y dulce hermanita pequeña, mientras que Diana ... Probablemente tras su máscara de hie lo se escondiera una mujer ardiente.

Diana era muy hermosa. Pelo negro, unas facciones de porcelana y un cuerpo maravi lloso que sabía mostrar a la perfección. Ten dría por lo menos una docena de biquinis y había dejado claro que cualquier avance de Edward sería más que bienvenido.

Pero Edward sabía que cualquier intimidad compartida con ella tendría un alto precio: el matrimonio. Y le bastaba pensar en casarse con Diana para quedarse completamente frío.

Diana no lo quería. Ni un poco. Al igual que todas las demás, incluso Helena, no era capaz de distinguir entre él y su cuenta co rriente.

Y no iba a cometer otra vez el mismo error. Prefería pasar solo el resto de su vida a ser estafado de esa forma otra vez. Lo que él quería era encontrar una mujer capaz de man dar al infierno todo su dinero, de decirle que lo único que le importaba era él. Pero no, to das las mujeres que hasta entonces había co nocido estaban más enamoradas de su cartera que de Edward. Y no le resultaba difícil com prender por qué. Él no era un hombre abierto, ni cariñoso ni excesivamente expresivo. De hecho, mucha gente lo etiquetaba como un hombre frío, tanto socialmente como en el trabajo. Especialmente en el trabajo.

La verdad era que él no querría trabajar para sí mismo. Y no culparía a Bella si decidía no enviarle sus referencias.

Aunque sería una auténtica pena. A Marie le había gustado. De hecho, hacía una hora había pasado por su despacho para preguntar si Bella había enviado ya su informe. Dios santo, ¿sería un milagro? Pensar que a Maire podía gustarle una niñera...

Pero Bella todavía no lo era.

Edward cerró los ojos y rezó a quien quisiera escucharlo para que Bella no cambiara de opinión. Si a Maire le gustaba, también le gustaría a Tony. Sus hijos necesitaban deses peradamente a alguien capaz de darles cariño.

En cuanto a él... Sus pensamientos eran completamente puros, al menos en lo que a Bella concernía. Realmente era absur do lo que había estado imaginando. Además, tenía una sencilla explicación para justificar lo. Estaba cansado y deseando que enviara sus referencias cuanto antes. De alguna ma nera, sus deseos habían cambiado de objetivo y se habían cortocircuitado con sus necesida des. Eso era todo.

Porque con su estilo directo y su sorpren dente sinceridad, Bella encajaría perfecta mente en su vida. Sería como la hermana pe queña que nunca había tenido.

La luz del fax se encendió y el mecanismo de la máquina se puso en funcionamiento. Edward se levantó de un salto para acercarse a él.

Sí.

Por fin llegaban las referencias de Bella.