Capítulo 3
No me extraña que no estés casada. Basta con mirar tu ropa interior para entenderlo.
Isabella ni siquiera arqueó una ceja. Continuó deshaciendo sus maletas en silen cio.
-¿Cómo esperas atrapar a un hombre con una ropa interior como esta? -Marie tomó unas bragas de algodón blanco y las sostuvo frente a ella.
-La ropa interior suelo llevarla debajo de mi ropa. Así que no creo que tenga nada que ver con mi habilidad para atrapar a un hom bre.
-Eso no es cierto -Marie comenzó a girar las bragas, sujetándolas con un dedo-Mi pa dre es soltero, ¿verdad?
-Eso no es... -comenzó a protestar Isabella, consciente de hacia dónde quería dirigir Marie la conversación.
-Y es bastante guapo, ¿verdad?
-Marie, realmente preferiría...
-Es una pregunta muy fácil de contestar y las dos sabemos que la respuesta es sí. Sí, es muy atractivo. De hecho, podría ser una es trella de cine.
-De acuerdo, sí -admitió Isabella-, tu padre es bastante atractivo, pero no sé qué tiene que ver eso con...
-¿Con tu ropa interior? -terminó Marie por ella-. Claro que tiene que ver. Vas a vivir en esta casa durante un mes y medio. En la mis ma casa en la que vive Edward. ¿No se te ha ocurrido pensar que podrías llegar a tener al gún tipo de relación con él?
-¿Con tu padre? -Isabella soltó una car cajada mientras colgaba los pocos vestidos que se había comprado en el armario-. No, definitivamente, no se me ha ocurrido.
-En otras palabras, lo que me estás dicien do es que tú miras a un nombre extremada mente atractivo que sabes que es soltero y rico y ni siquiera se te ocurre pensar que es un marido potencial.
-No es tan sencillo, Marie. No todo el mundo está buscando marido.
-Pero tú sí -no había ni una sombra de duda en su voz-. Mírate, muñecos y bebés. Te gustan, ¿eh? Probablemente hasta tengas un camisón de florecitas rosas -comenzó a abrir los cajones de la cómoda en busca de aquel camisón, pero Isabella se apoyó con tra el mueble, impidiéndole que siguiera ha ciéndolo.
Aun así, Marie no abandonó la conversa ción.
-Estoy segura de que sueñas con un mara villoso vestido de novia y un príncipe azul y con ser feliz después de tu maravillosa boda.
Isabella observó a Marie mientras esta se dejaba caer en la cama.
-¿Y tan terrible te parece? -le preguntó a la niña.
-¿Para ti? -Marie hizo una mueca-. No. Si es eso lo que quieres, buena suerte. Espero que algún día tengas gemelos. Tu problema no es que quieras casarte. Tu problema es que miras a tipos como papá, como Edward, y pien sas que están totalmente fuera de tu alcance. Y aquí es donde volvemos a donde hemos empezado, porque la culpa de todo eso la tie ne el que lleves una ropa interior tan aburri da. Te lo explicaré con un ejemplo. Tú estás aquí, ¿de acuerdo? Llevando esa ropa interior tan sosa. Y de pronto entra Edward. Habláis, pero no sucede nada. No saltan chispas entre vosotros por culpa de esa ropa. Mientras es tás hablando, durante todo el tiempo estás pensando en que eres la niñera y es imposible que a él le guste alguien como tú.
Para tener trece años, Marie estaba demos trando ser increíblemente astuta. Definitiva mente, había llegado el momento de ir a bus car a Antony.
-Creo que esta conversación ha...
-Y ahora, imagínate lo que sucedería si llevaras algo de seda y encaje. Algo fabulosa mente interesante.
-Marie, ya es suficiente. Para.
-Estoy a punto de llegar a donde quiero, no me vas a hacer callar ahora, ¿verdad?
Isabella miró a la niña con las cejas ar queadas. Sabía que estaba manipulándola, pero sacudió la cabeza.
-Di lo que tengas que decir. Y que el cielo me ayude.
-Ya sabes lo que dice el refrán, «Dios ayu da a quien se ayuda». Y eso es lo que estoy intentando hacer aquí. Estoy intentando ayu darte a que te ayudes.
-¿Ya has dicho lo que querías decir? Por que si todavía no has acabado, ya es hora de que vayas pensando en hacerlo.
-De acuerdo -Marie se levantó-. Sigue po niéndote tu ropa de niñera si te apetece.
Isabella bajó la mirada hacia la falda y la blusa que llevaba. Ropas de niñera, muy bien. Pero el caso era que le gustaban.
-Pero esta vez -continuó Marie-, ¿por qué no te pones algo realmente sorprendente de bajo? Edward no sabrá lo que llevas, pero tú sí. Y mientras estés hablando con él, estarás pensando en el maravilloso aspecto que tie nes en ropa interior. Y no pensarás que Edward está fuera de tu alcance porque te considera rás suficientemente buena, así que, en vez de nerviosa y tímida, serás más atrevida. Y antes de que él pueda darse cuenta siquiera, estará invitándote a salir. Y esa es la razón por la que deberías quemar toda esta aburrida ropa interior.
Isabella miró fijamente a Marie.
-Bueno, tendré en cuenta tu consejo, gra cias. ¿Y podrías darme alguna idea también para tratar a Tony?
-¿No vas a intentar refutarme?
-No, déjalo, gracias.
Marie se encogió de hombros.
-Como quieras -tomó el monopatín con el que había entrado en la habitación, se montó en él y salió patinando al pasillo.
Isabella se asomó a la puerta para decir le:
-¿No crees que eso deberías hacerlo fue ra?
Marie volvió a encogerse de hombros.
-Esta casa es muy grande y a Edward no le importa. Ah, y probablemente Tony esté en el cuarto de juegos -contestó mientras se ale jaba.
Isabella se asomó al cuarto de juegos y silbó tentativamente. La habitación estaba va cía, o al menos eso parecía.
Pero donde quisiera que Tony se hubiera ido, no podía estar lejos. La televisión estaba encendida. En la pantalla aparecían imágenes de La Dama y el Vagabundo, una excelente elección para un niño que fingía ser un perro.
Isabella apagó el televisor, sacó la cinta de vídeo y volvió a silbar.
Y allí estaba. Una pequeña barbilla, un rostro ovalado y dos enormes ojos castaños asomándose por detrás de las cortinas. Como niño, Antony era demasiado vergonzoso para enfrentarse a ella. Pero siendo un perro, podía observarla todo lo que quisiera, porque los perros jamás tenían vergüenza.
Isabella se sentó en el suelo, abrió el bolso que se había llevado con ella y sacó un juguete. Era un sonriente cerdito sosteniendo un balón de fútbol. Se lo mostró y Antony comenzó a avanzar hacia ella.
Isabella alzó entonces el juguete, quitán dolo de su alcance.
-Siéntate -le dijo con firmeza, como si fuera un auténtico perro.
Tony se sentó, manteniendo la mirada fija en el juguete. Isabella se lo acercó lenta mente para que lo olfateara y le acarició sua vemente la cabeza. Entonces Tony la miró.
-Me llamo Bella -le dijo-. ¿Te acuerdas de mí? Voy a quedarme para cuidarte durante las próximas semanas.
Tony no dijo una palabra, pero tampoco Bella esperaba que lo hiciera.
-Ven aquí, perrito -era tan pequeño que Isabella podía levantarlo sin problemas-. Todos los cachorritos necesitan a alguien en quien acurrucarse, ¿no crees?
Tony no le rodeó el cuello con los brazos, pero tampoco se resistió. Se estrechó contra ella y Isabella lo sentó en su regazo.
El niño tomó entonces el juguete con la boca, se apartó y dejó caer el juguete en fren te de Isabella.
-¿Qué es lo que quieres? -le preguntó ella. Lo entendía perfectamente, pero quería ver si podía conseguir que pronunciara alguna pala bra.
Pero Tony continuaba sin hablar. Se limitó a acercarle el juguete empujándolo con la na riz.
Isabella decidió hacerle caso. Al fin y al cabo, ya había conseguido darle un abrazo, algo que sospechaba jamás habría logrado si lo hubiera tratado como a un niño.
-¿Quieres que te lo tire? -le preguntó.
El niño ladró feliz.
Isabella lanzó el juguete al centro de la habitación y Tony corrió a buscarlo y se lo devolvió.
-Buen perrito -lo animó Isabella-. Eso ha...
-¿A qué viene esto?
Edward Cullen estaba en el marco de la puerta mirándola con expresión tormentosa.
Antony desapareció como por arte de ma gia.
-Estamos empezando a conocernos -le ex plicó Isabella a Edward.
-Preferiría que conocieras a Antony niño, más que al perro.
Bueno, había que reconocer que la bienve nida de Edward Cullen estaba siendo consi derablemente más fría que la de sus hijos.
-Creo que deberíamos tener esta conversa ción en otra parte -replicó Isabella.
-No tengo un perro, tengo un hijo. Y la conversación ha terminado, no tengo nada más que decir.
-Es posible que usted ya no tenga nada más que decir, señor, pero yo ni siquiera he empezado -aunque Isabella rara vez lo utilizaba, en su educación de princesa había sido adiestrada para imprimir un tono glacial a su voz-. Quizá deberíamos trasladarnos a su despacho. Eso -añadió con una sonrisa-, si tiene tiempo para ir de excursión.
Parte de la propia frialdad de Edward desapa reció.
-No está tan lejos, pero si lo prefieres, po demos ir a alguna habitación que esté más cerca.
Su propio dormitorio estaba prácticamente al lado, pero no le había parecido bien invi tarlo, a pesar de que contaba con una pequeña sala de estar. Media hora antes, lo habría su gerido de la forma más inocente, pero tras la conversación que había mantenido con Marie sobre su ropa interior...
Para su desgracia, no era capaz de dejar de pensar en la ropa interior que en ese momen to llevaba puesta.
¿Pero sinceramente pensaba que Edward Cullen estaba fuera de su alcance?
Difícilmente, en términos de poder, rique za y posición social. De hecho, en eso esta ban prácticamente empatados. Edward era uno de los hombres más ricos de América y ella un miembro de la realeza de Wynborough.
Sin embargo, en términos de romanticis mo, pasión, amor, y deseo... Bueno, en eso no había ninguna duda. En cuanto a atractivo, Edward Cullen la aventajaba de forma con siderable. Y no porque ella no fuera en abso luto atractiva. Sencillamente, no tenía nada especial. Exactamente como su ropa interior.
-No, vayamos a su despacho -le dijo a Edward-. Un paseo me vendrá bien para aclarar mis ideas. Ahora mismo vuelvo, Antony -anunció, echando un último vistazo a las cortinas-. ¿Cuántas habitaciones tiene exac tamente la casa? -comentó, mientras se diri gían al despacho.
-Demasiadas.
-¿Y por qué la compró? Bueno, es una casa preciosa, no me mal interprete, pero...
-Es enorme -terminó él por ella-. Cuando la compramos, además de enorme estaba des trozada. Pero es un edificio con mucha histo ria. Los Beatles pasaron aquí un fin de semana en mil novecientos sesenta y ocho.
Isabella soltó una carcajada.
-Y yo que pensaba que era una casa con historia porque había sido construida por un bandolero mexicano.
-Y no estás del todo equivocada. Aunque el hombre en cuestión era americano, de Syracusa. Y aunque oficialmente no estaba con siderado como un bandolero, era un ladrón de ganado y caballos. Había hecho una fortuna en Texas y se instaló en Nuevo México para escapar de la justicia. Ya ves, Bella, creo que solo en América pueden llegar a poner a una calle el nombre de un ladrón.
-¿Y puede saberse cuál es el nombre de este ladrón en particular?
-Oh, sí. Se llamaba Henry Cullen. Y sí, es uno de mis antepasados.
-Oh, Dios mío.
-Era un jugador y perdió toda su fortuna, incluyendo esta casa, en el juego. Su hijo, Ford, también fue un gran jugador y a los veinte años había conseguido dinero suficien te para volver a comprar la casa, pero el pro pietario no quería vendérsela. Al parecer, Henry, además de jugador, era un mujeriego y en sus aventuras había incluido a la mujer del nuevo propietario.
-Caramba.
-Ford tuvo un triste final a manos de un pistolero que puede haber sido Billy el Niño. Cuarenta años después, un nieto de Ford hizo una fortuna vendiendo licor durante los años de la Ley seca. Se llamaba Ellery y él tam bién intentó recuperar la que había sido la casa de su familia. Llego a un acuerdo verbal con su dueño, pero este murió antes de poder firmar el contrato. La casa la heredó un sobri no del dueño, que la transformó en un hotel. Esa es la razón por la que hay tantos baños y de que los Beatles estuvieran aquí. El hotel fue un próspero negocio hasta mil novecien tos setenta, cuando el sobrino murió y dejó la casa a sus dos hijos. Estos vivían en Los Angeles y dejaron el hotel en manos de un gerente que no fue capaz de mantenerlo. De esa forma comenzó a arruinarse la propiedad. Se interrumpió un instante antes de conti nuar explicándole:
-Mi padre, Carlisle, también intentó com prarla, pero tuvo problemas de liquidez con la crisis de la bolsa y no llegó a hacerlo. Mu rió hace varios años. -Lo siento.
-Podría haber sobrevivido al cáncer, pero no sobrevivió a la quimioterapia. Sufrió una infección y... A veces pienso que fue la espe ranza de recuperar la casa la que lo mantuvo vivo durante algunos meses más.
-¿Entonces cuándo compraste tú la pro piedad?
-No mucho después de que él muriera. El año que nació Marie -Edward abrió la puerta de su despacho y encendió la luz-. En realidad, no tenía ningún interés en ella, pero cuando me enteré de que la iban a tirar, decidí que no podía permitir que lo hicieran. Y tengo que reconocer que me divertí mucho arreglándo la.
La diversión y Edward Cullen eran dos conceptos que a Isabella le costaba imagi nar juntos.
-Ahora adoro este lugar. Y disfruto miran do esas viejas fotos de la casa -se dirigió ha cia el mueble bar-. ¿Te apetece un refresco?
-No, gracias -contestó Isabella, metién dose las manos en los bolsillos para intentar dar una imagen relajada y natural. Algo que le parecía casi imposible estando en aquel lu gar-. Y gracias también por contarme la his toria de la casa. Es fascinante que después de todo ese tiempo un Cullen haya vuelto a recuperarla.
Edward tomó una lata de refresco y se sentó detrás de su escritorio.
-Sí, a veces tengo la esperanza de que mis antepasados puedan estar paseándose por esta casa, disfrutando de lo que no pudieron dis frutar cuando vivían -cambió de tema brus camente-. Creo que quizá sea bueno que ha blemos de Dougie. Y sobre Marie también. A veces cuesta creerlo, pero en cuanto siente a su hermano amenazado, lo defiende como de fendería una loba a sus cachorros -señaló una de las sillas de cuero del despacho-. Siéntate, por favor.
Isabella se sacó las manos de los bolsi llos y se sentó al borde de una silla.
-Fue ella la que le dio a Tony su apodo -continuó explicándole-. Tania y yo lo lla mábamos Antony, y ella pensó que el nombre del bebé era «Tony». Sólo tenía siete años, y supongo que encontraba normal que a un niño se le dieran un nombre que significaba perrito. En cualquier caso, creo que ahí está la raíz del actual problema de mi hijo.
-En realidad no creo que Antony tenga un problema. Creo...
-Desayuna en un plato para perros. Si eso no es un problema, no sé... -se interrumpió así mismo-. De acuerdo. Mira, Tania murió hace tres años. Tres años. Y durante todo este tiempo, el niño está viviendo en un mundo que él mismo se ha creado -sacudió la cabeza con pesar-. Y me da miedo que algún día de cida no volver a salir de él.
-Tiene seis años -señaló Bella-, a esa edad pocos niños tienen los pies en la tierra. Estudié algo de psicología en la universidad y aunque no soy una experta, señor...
-Edward, llámame Edward
-Es una costumbre difícil de romper -murmuró-, tanto como para algunos la cos tumbre de interrumpir a los demás.
-Lo siento -se disculpó-. Continúa, por favor.
-A mí me parece que fingirse un perro es su manera de enfrentarse a una situación nue va que lo asusta. Antony es terriblemente tí mido y, sin embargo, ahí está, viéndose forza do a tratar con la niñera número cuatro mil quinientos no se qué, algo que ha tenido que hacer desde que su madre desapareció de su vida.
-Doce -la corrigió Edward-. Han sido doce niñeras.
-¿En tres años?
-En cuatro. Contratamos una niñera en cuanto Tania enfermó. Mae adoraba a los niños, y también a Tania, pero se fue cuando… -se interrumpió bruscamente.
Y Isabella se descubrió preguntándose si se habría ido porque había visto u oído dema siado para sentirse segura en aquella casa.
Isabella se regañó a sí misma por pensar algo así. Edward no había asesinado a su esposa, a pesar de lo que decían los rumores. De he cho, acababa de contarle que Tania había enfermado.
Permanecía en ese momento frente a ella presionándose la frente con la mano, como si le doliera la cabeza, y Isabella se sentía in capaz de presionarlo con preguntas sobre la muerte de Tania. Ya tendría oportunidad de leer en alguna biblioteca lo que los periódicos habían dicho sobre ella, y si tenía preguntas que hacerle, hablaría abiertamente con él.
-Las otras niñeras duraron muy poco -continuó explicándole-. Algunas solo unos días. Prácticamente ninguna era capaz de do minar a Marie y a Tony.
-Debe de haber sido espantoso para los ni ños. No pretendo culparte, por supuesto
-añadió precipitadamente-, sé que los ado ras...
-¿Pero?
-Pero tener doce niñeras en cuatro años habría sido una dura prueba para cualquier niño, y más todavía para uno tan sensible como Tony. A mí me parece, Edward -por fin estaba consiguiendo tutearlo, pero le resulta ba excesivamente íntimo el tono que el tuteo imprimía a la conversación.
Edward estaba observándola, prestándole toda su atención. Y de pronto, sonrió ligera mente, las duras líneas de su rostro se suavi zaron y el azul de sus ojos se intensificó.
-Gracias, sé que no te resulta fácil tutear me.
Isabella intentó no dejarse afectar por la suavidad de su voz.
-A mí me parece -continuó-, que Tony se ha enfrentado al caos en el que se ha conver tido su vida extraordinariamente bien. No tie ne ningún motivo para confiar en mí, de he cho, yo solo voy a estar aquí durante unos meses y estoy segura de que él lo sabe. Por eso no quiere correr el riesgo de sentirse vin culado a mí. Y si tenemos eso en cuenta, lo único que puedo decir es que me ha dado una calurosa bienvenida. Así que, a menos que me lo prohíbas, continuaré siguiéndole el jue go si esa es la única forma de establecer con tacto con él.
-No -contestó inmediatamente Edward-. To davía no las tengo todas conmigo, pero tienes razón en cuanto a lo de la timidez de Tony.
-Tony es muy tímido, pero Doggie no -le explicó Isabella, refiriéndose al alter ego del niño-. Y no veo ninguna razón por la que él no pueda utilizar ese resorte para vencer su timidez.
-El caso es que ese resorte me está vol viendo loco –admitió Edward con inmensa tris teza-. Esa es la parte más dura de ser un pa dre soltero. Tengo que enfrentarme solo a era tan paciente con los niños...
Isabella sintió una inmensa compasión por él. Era imposible que aquel hombre hu biera matado a su mujer. Absolutamente im posible.
-Bueno, ahora cuentas conmigo. Y haré todo lo que pueda para ayudarte.
-Supongo que es demasiado pronto para que te pregunte si has considerado la posibili dad de quedarte de forma permanente.
Isabella soltó una carcajada y se levantó.
-Será mejor que vuelva con los niños -co menzó a caminar hacia la puerta.
-Bella -la llamó Edward. Cuando la joven se volvió, le dijo con voz cálida-: bienvenida a nuestra casa. Espero que podamos hablar un rato todos los días, quizá por la noche, cuan do Bella y Tony se hayan acostado. Así podrás informarme de cómo van los niños.
-Me parece... una propuesta inteligente -contestó Isabella con un hilo de voz.
-Entonces, ¿nos vemos a las nueve en mi despacho? Tony suele acostarse a las nueve menos cuarto, pero Marie no lo hace hasta las diez y media o las once. ¿Te parece bien?
A Isabella le latía violentamente el cora zón. Cuando Edward había empezado a decir que le gustaría que hablaran un rato todos los días, había cometido la estupidez de creer que lo hacía porque disfrutaba de su compa ñía. Pero no. Por un momento, había olvida do que era una niñera, que Edward estaba com pletamente fuera de su alcance y que ella llevaba una ropa interior aburrida. Por no mencionar que Edward todavía estaba enamora do de su esposa.
-Te veré esta noche entonces -le dijo él. -De acuerdo -Isabella se volvió nueva mente para marcharse, alegrándose de que no pudiera leerle el pensamiento, pero Edward vol vió a detenerla.
-Bella, espera -se dirigió hacia ella-. Has olvidado...
Isabella se sintió completamente confun dida al sentir la mano de Edward en su trasero. ¿Qué estaba haciendo?
-Toma, te habías olvidado de quitar la eti queta -Edward le tendió una pequeña tarjeta.
-Oh, Dios mío -musitó ella. Sabía que es taba sonrojándose. Y se sonrojó todavía más cuando se dio cuenta de que para descubrir la etiqueta, Edward había tenido que mirarle direc tamente el trasero.
-No pretendía avergonzarte -susurró Edward con una sonrisa.
Isabella tomó la etiqueta. Rozó su mano al hacerlo y alzó la mirada hacia sus ojos. Vio entonces que la sonrisa había desaparecido de su rostro.
Edward retrocedió, como si hubiera tenido de pronto la impresión de que estaban demasia do cerca.
-Lo siento. Tengo la mala costumbre de avisar a la gente cuando lleva la bragueta de sabrochada. Y quito las etiquetas de las cami sas de gente a la que ni siquiera conozco. Es una costumbre que me ha causado algunos problemas.
-Y yo necesitaría a una persona como tú constantemente a mi lado -admitió. Se diri gió hacia la puerta-. Creo que debería...
Edward asintió, retrocediendo nuevamente.
-Entonces nos veremos a las nueve.
-¿No te esperamos a la hora de cenar? Quiero decir... Bueno, supongo que a los ni ños les gustaría verte.
-No, yo... bueno, tengo una conferencia y...
-Oh, es una pena.
-Sí, bueno, te veré más tarde.
Aquello era verdaderamente extraño, pen só Isabella una vez en el pasillo. ¿Qué ha bría sucedido? ¿Habían sido imaginaciones suyas, o realmente Edward se había puesto re pentinamente tenso? ¿Habría mal interpreta do su invitación a que cenara con ellos?
Sabía que era absurdo pensar que podía querer cenar con ella, pero, probablemente, querría ver a sus hijos, ¿o no?
Isabella bajó las escaleras y se dirigió al cuarto de juegos.
Sí, era absurdo pensar que Edward Cullen podía tener algún interés en cenar con ella.
Independientemente de la ropa interior que llevara, aquel hombre estaba completamente fuera de su alcance.
