2.- Lágrimas con sabor a amor
Desde luego, que hubo preguntas. Siempre había preguntas. Y cuando dejó de llorar, Bella trató de responderlas.
No, no sabía el nombre del pasajero del ascensor. No, no sabía cómo había logrado romper la escotilla cerrada con llave y levantarla varios metros hasta la seguridad. No, no sabía cómo había logrado forzar las cerraduras para abrir las puertas. No, no necesitaba ver a un doctor. No, no podía identificar el cuerpo, cuando lo encontraran, porque nunca vio su cara. No, no y no.
Supuso que podía simpatizar con la administración del edificio. Una semidesnuda, histérica mujer que burla la muerte en su edificio y ahora solo quería ir a casa.
Tuvo la oportunidad de decirles lo que él le había hecho, como la forzó, incluso había un abogado en el cuarto para tomar su declaración (el asesor jurídico corporativo de la administración del edificio, indudablemente listo para suplicarle que no los demandara), pero no podía hacerlo. Aunque la había asustado y usado, no podía poner cargos contra él. Si el precio por su vida era sexo forzado y un placer que le entumeció la mente, podía decirse que era muy afortunada.
Vio a un doctor por la insistencia del alto mando, un doctor que levantó las cejas al ver los jirones de su arruinada ropa, pero no dijo nada, un doctor que podía decir que recientemente había tenido relaciones sexuales, pero después de sus rudas respuestas a sus cuidadosamente expresadas preguntas, no dijo nada a los otros. Probablemente asumió que estaba en su naturaleza buscar revolcones en los ascensores, pensó ella con cinismo, y al pensar en su compañero de "revolcón", aplastado y muerto, casi empezó a llorar de nuevo.
El doctor trató de insistir que se quedara una noche en el hospital, pero ella se había mantenido firme. Así como las montañas se mantenían firmes. No se quedaría, pasaría la noche en su cama, gracias ¿Podría alguien llamar un taxi?
Le dieron un bono de taxi; su bolso estaba en el fondo del hueco del ascensor, junto con su cartera, su tarjeta del cajero automático y sus tarjetas de crédito… y su violador/salvador. El taxi llegó. Ella entró. El taxi la dejó en su casa. Bajó del taxi. Entró en su casa. Se quitó la ropa. Se duchó durante mucho tiempo.
Lloró durante un tiempo más largo.
Tres semanas más tarde, en torno al momento que advirtió que su periodo estaba retrasado, su martirizado violador/salvador, se presentó en su puerta.
Jacob Black dio un paso desde el coche, nervioso como un novio. Lo cual, él suponía que era. Le había llevado casi tres semanas rastrear a Bella, semanas de frustración, culpa y preocupación. Pero ahora iba a verla otra vez. El pensamiento de percibir su esencia, tal vez incluso tocarla, hizo que su pulso golpeara en sus oídos.
Él sonrió abiertamente. Era maravilloso, encontrar a su compañera. ¡Y de un modo tan extraño! Su padre había tratado de decírselo, pero Jacob nunca lo había creído. ¡Pero él había encontrado a su compañera por la más pura suerte y, lo mejor de todo, lo más maravilloso de todo, ella era una humana extraordinaria! Y el homo lupus, a diferencia del homo sapiens, se apareaba de por vida.
Ahora a persuadir a Bella, quién pensaba que su futuro esposo estaba más loco que una cabra.
Alec y Jasper salieron del coche y los tres examinaron el edifico de apartamentos ante ellos. La mínima seguridad —que no sería un problema para tres hombres lobos en la flor de la vida— y una localización agradable, directamente sobre el lago, con un parque enfrente. Lo mejor de todo, a menos de cuatro horas en automóvil de la hacienda Black.
—Recordad —les dijo a sus hombres. Alec y Jasper eran sus amigos más íntimos, sus protectores más feroces—. Estaba muerta de miedo. La forcé, y ella tuvo que asumir que morí. Estará aterrorizada cuando me reconozca.
—Si te reconoce —le recordó Alec. —. Sus ojos no son tan buenos como los tuyos. Probablemente en el ascensor estaba oscuro como la brea para ella.
—Si ella me reconoce —estuvo de acuerdo Jacob—. Yo estoy simplemente recordándome que necesitaré…
—Paciencia —Alec y Jasper completaron al unísono, luego se rieron de él. Jacob puso sus ojos en blanco y golpeó a Jacob detrás de la cabeza.
—Es verdad —dijo él—, yo podría estar repitiéndome.
—Deja de preocuparte, Jacob —dijo Alec—. No vamos a luchar con tu compañera.
— ¿Crees que está embarazada? —preguntó Jasper con esperanzadora curiosidad. Aparentaba dieciséis, y tenía el doble—. La manada durante mucho tiempo ha estado esperando que te aparees y proporciones un heredero. Sería maravilloso sí ella…
— ¿Estuviera embarazada y feliz de ver a nuestro líder de manada, y aceptara nuestro estilo de vida con los brazos abiertos, y se adaptara a la manada como si hubiese nacido en ella? —Alec sacudió su cabeza ante sus amigos—. Nada de esto va a ser fácil, para ella o para nosotros. Mejor que no esté embarazada. Entonces Jacob puede dejarla ir.
—Suficiente —dijo Jacob bruscamente. ¿Dejarla ir? ¿Dejar ir a aquella mujer ingeniosa, hermosa, sensual? En sus sueños, en sus oídos todavía resonaban sus gritos de éxtasis. ¿Dejarla ir?
Eso se podía discutir, se consoló él. Ella seguramente estaba embarazada. Su olor había sido como un dulce maduro, como un maduro melocotón. Y bajo él, ella había sentido…
—Perdóname, Oh poderoso rey de los hombres lobos —dijo Alec con sequedad—, pero estás a punto de toparte con ese pilar.
—No lo estoy —dijo él, virando bruscamente en el último momento. Él sonrió abiertamente a sus amigos, que pusieron sus ojos. Jasper había tomado una compañera el año pasado, y por lo tanto sabía exactamente por lo que su líder de manada estaba pasando. Alec no tenía, y por eso pensaba que su líder estaba siendo estúpidamente sentimental.
—Ella estaba asustada —dijo él en voz alta, recordando—, pero nunca lo demostró.
—Todavía pienso que esto es una locura —dijo Alec tenebrosamente—. Y mala suerte. Cuántas veces uno se atranca en un ascensor… con una hembra ovulando que no puede rechazarte, quién simplemente resulta ser una humana y no cree en hombres lobos…
—Cielos —dijo Jasper interrumpiéndolo con una sonrisa—, ¿cuáles son las posibilidades?
Alec no hizo caso de su amigo.
—Lo resolveremos —dijo Jasper, pero ambos oyeron la duda en su tono—. Los humanos se aparean con hombres lobos todo el tiempo, y viceversa.
«Todo el tiempo» era una gran exageración (un par de veces en una generación habría sido más exacto), pero ni Alec ni Jacob lo señalaron.
—Correcto Jasper, perdóname si me sofoco con esta frase —dijo Alec, dando a su líder de manada una palmada amistosa en el hombro que habría derribado a un macho humano—. Esto funcionará. Venga, jefe. Vamos a conseguir a tu compañera.
Al menos, pensó Bella desagradablemente, no tengo que preocuparme de encontrar a alguien para la manutención del niño.
Ella estaba en su cuarto de baño, mirando fijamente la doble línea rosada que, según aseguraban las instrucciones, significaba que estaba embarazada. Un asalto sexual después de estar sin ningún chico durante tres años, y ella estaba embarazada solo por un polvo.
Entre otras cosas, era problemático que el padre de su bebé hubiera estado un poco desquiciado. Era también problemático que estuviera muerto. Bella no tenía ni idea —ninguna en absoluto, ni una remota idea— acerca de que hacer ahora. Su mente, después de asimilar la doble línea rosada (un color tan inofensivo para un acontecimiento tan trascendental), se había cerrado, y el mismo pensamiento se mantenía circulando por su cerebro: ¿ahora qué? ¿Ahora qué? ¿Ahora qué?
Hubo un golpe firme en la puerta y, enojada por la intrusión, fue a ver. Miró a hurtadillas por la mirilla de la puerta y vio a tres hombres grandes silenciosamente de pie al otro lado de la puerta. Estaban vestidos con trajes oscuros; el del medio era el más alto, con el pelo oscuro, y estaba franqueado por un rubio y un moreno.
¿Qué diablos es esto?, se preguntó. Normalmente habría pedido al menos sus nombres antes de abrir la puerta, pero el shock de aquella doble línea rosada todavía gobernaba sus acciones, y ella abrió la puerta completamente.
El del medio era casi suficiente para distraerla de sus noticias… él era, simplemente, uno de los hombres de aspecto más finos que había visto alguna vez. Era tremendamente alto, con un pelo negro bastante largo y ondulado que parecía espeso y sedoso; los dedos le picaron por comprobar si se sentía tan exuberante como lucía. Sus ojos eran de un extraño y magnífico color… las pupilas eran grandes y oscuras. Su nariz era afilada, y su labio inferior se torcía de una manera increíblemente sensual. Sus hombros eran ridículamente amplios
—Yuh... —Ella tosió e intentó otra vez—. ¿Sí? —Ella echó un vistazo a sus compañeros y ellos tampoco perderían un concurso de belleza. Un rubio, un moreno, ambos atractivos y de ojos azules, poderosamente constituidos.
Los tres la contemplaban. Ella secretamente se sintió como si en su cara hubieran puesto hormigas sobre su nariz o algo igualmente asqueroso.
— ¿Qué pasa, chicos? —Ellos debían estar vendiendo sus calendarios de cuerpos duros puerta a puerta, pensó, esa es la única explicación de la abrupta llegada de tres magníficos hombres ante ella, ante su umbral
—Bella —dijo el moreno. Con esa única palabra, ella reconoció su voz, esa profunda y aterciopelada voz, y se quedó helada hasta los dedos de los pies. Obligándose a mantener una expresión neutra, levantó una ceja ante él.
— ¿Sí? —ella dijo, con la cantidad justa de impaciencia.
Sus hombros cayeron un poco y el hombre rubio le lanzó a él una mirada de compasión. La boca esbozó una inclinación afligida, él dijo vacilantemente—. Yo… ah… esto es difícil, Serena. Probablemente no me recuerdas… ¡Ahhhhhh!
Él dijo ¡Ahhhhhh! porque ella había levantado su pie contra sus testículos con toda su fuerza. Su aliento se cortó en un agonizante grito ahogado y él cayó de rodillas. Ella caminó por delante del sorprendido moreno y se inclinó sobre él, sacudiendo un dedo en su cara.
— ¡Puedes apostar tu demente trasero a que te recuerdo! A) Gracias por salvar mi vida, y B) ¡vete a la mierda! Ahora piérdete, antes de que yo pierda la paciencia…
— ¿Eso quiere decir que no la has perdido todavía? — preguntó el rubio, horrorizado.
—… y olvida que salvaste mi vida y recuerda que me violaste en un ascensor que estuvo a punto de derrumbarse en un sótano. ¡Si te hubieras tomado cinco minutos más para conseguir tu placer, ambos estaríamos muertos! ¡Tienes suerte de que no eche a los policías sobre ti!
—No creo que él se sienta afortunado en este momento —dijo Jasper, contemplando al violador/salvador, que se agarraba y se retorcía en el suelo de un modo poco digno.
—Y en cuanto a vosotros dos —dijo ella, rodeando a Alec, que dio un paso atrás y cubrió su entrepierna con ambas manos—, su amigo aquí tiene algunos problemas psicológicos serios. Él cree…
—… que es un hombre lobo —dijo Jasper que estaba detrás de ella. Ella giró, a una parte de ella no le gustaba la manera como los tres, deliberadamente o no, la habían encerrado muy estrechamente.
— ¿Conoces sus alucinaciones? —Ahora podría ser un buen momento, pensó ella con inquietud, para retroceder dentro de mi apartamento y cerrar la puerta.
—Compartimos la misma alucinación—dijo Jasper, riéndose de ella con dientes muy blancos y muy agudos.
—Bien, maravilloso —ella chasqueó, ocultando su inquietud... la cual estaba rápidamente convirtiéndose en temor. Ante el tono de ella, las cejas del rubio se arquearon apreciativamente—. Tal vez podáis compartir el mismo psiquiatra, también. ¿Tú… qué estás haciendo?
Él la olía, como un perro. Él no la tocó, pero se puso demasiado cerca y la olfateó hasta llegar a su cuello.
— Mierda —dijo Alec, justo antes de que ella lo empujara con suficiente fuerza para tambalearlo sobre sus talones. Él se volvió hacia el gigante derrumbado, quien había sido ayudado a ponerse de pie por el rubio—. Está embarazada.
Jacob sonrió abiertamente, triunfalmente, y la contempló con su mirada, una mirada fija demasiado orgullosa y posesiva para su gusto.
—Felicidades —le dijo Alec cortésmente—. A ambos.
Para su asombro, Jasper extendió la mano y la puso sobre su estómago plano.
—Aquí se desarrolla el siguiente líder de la manada —dijo él respetuosamente—. Felicitaciones, señora.
Ella rechinó sus dientes.
—La mano. Fuera. Ahora.
Él obedeció deprisa. Antes de que ella pudiera pensar que hacer o decir —nada había sido controlable desde aquella doble línea rosada— Jacob habló. Su color de piel volvía a ser morena, y se había repuesto del fuerte golpe en las pelotas, mucho más rápido de lo que ella esperaba.
—Bella, la versión corta es: soy un hombre lobo ,tal como creo que escuchaste, el líder de la manada, estás embarazada con mi heredero y sucesor, tengo enemigos que robarían a mi compañera y mi hijo, por lo tanto, no es seguro para ti quedarte aquí, tienes que venir a casa con nosotros.
Sin una palabra, ella giró y entró en su apartamento, cerrando firmemente la puerta en sus caras, trabando el cerrojo con un chasquido. Una vez dentro, comenzó a temblar tan fuerte que miró alrededor buscando un lugar para sentarse.
— ¿Bella?
Era Jacob, llamándola desde el vestíbulo. Seguro, como si fuera a abrir la puerta y decir, « ¿Sí, querido?»
—Bella, aléjate de la puerta.
Habiendo visto su fuerza antes, tenía una buena idea de lo que venía, y fue inmediatamente hasta el pequeño cofrecito en la mesita auxiliar del salón. Hubo un tremendo ruido sordo y su puerta se estremeció en el marco. Ella abrió la tapa del cofre y agarró su Beretta de 9 mm, maldiciéndose a sí misma por ser tan paranoide sobre la seguridad del arma que mantenía el cargador, totalmente cargado, en su dormitorio. No tenía tiempo para ir por el ahora…
¡CATAPLÁN!
… Su puerta simplemente había sido arrancada.
Ella se volvió, su palma acunaba el mango del arma para ocultar el vacío donde debería estar el cargador, y lo niveló hacia él, viendo el hueco de su garganta. El extraño moreno, como todavía no conocía su nombre, caminaba a través del umbral dentro de su casa. Sus amigos, ella se alivió al notarlo, no estaban a la vista en ninguna parte.
— ¿Vas a pegarle un tiro al padre de tu hijo? —le preguntó con verdadera curiosidad. Él recogió la puerta y la puso con esmero en su sitio y luego caminó hacia ella.
— Detente —dijo ella con frialdad— Date la vuelta. Vete ahora.
—No puedo imaginar tu rabia, tu dolor y tu frustración. —Su tono era serio; él ni siquiera le echó un vistazo al arma; su mirada estaba fija en su cara—. Te dije que no tenía ninguna opción, y espero que un día seas capaz de verme como más que un monstruo inconsciente.
—Derribar mi puerta no era un buen principio para tal efecto —dijo ella bruscamente—. Última oportunidad, Romeo. Vete.
—Lo siento.
Antes de que ella pudiera calcular como seguir disuadiéndolo, él había avanzado, tan rápidamente que no pudo rastrear inmediatamente el movimiento. Él se deslizó hacia delante, bajó la mira de su arma, y la asió alrededor de sus rodillas. Con una mano él amortiguó su espalda cuando ella cayó al piso; con la otra, él tiró el arma de su asimiento. Levantándola, él supo enseguida que no tenía ningún cargador, y se rió ante ella—. Buena fanfarronada. Nunca dudé de ti. —Él lo arrojó sobre su hombro.
— ¡Quítate de encima!
—Lo haré. Espera. Dime ahora, mientras tenemos un poco de intimidad… ¿Fuiste lastimada esa noche? Después, quiero decir. Tuve que ser brusco cuando arrojé la puerta del ascensor. No había tiempo para…
Parte de su cólera, una diminuta parte, disminuyó. Él era un secuestrador y un violador, pero estaba terriblemente preocupado por su bienestar. Ella recordó también su preocupación esa noche, después de que la hubo tomado. Él encima de ella, ambos todavía jadeantes, y sus manos recorriendo sus miembros, comprobando si ella tenía heridas.
—No —confesó a través de sus dientes apretados—. No me hiciste daño a mí. Ni siquiera una rodilla raspada. Ellos me dijeron que tú habías muerto.
Sus ojos centellearon ante ella—. Sólo un par de piernas rotas. Pero me curo rápido. ¿Lo sentiste? ¿Sentiste dolor cuándo pensaste que yo estaba muerto?
—No — dijo ella rígidamente, recordando sus sollozos, el modo en que le había tomado una hora dejar de llorar después de que el ascensor cayó del eje.
—Si yo hubiera muerto —él susurró, inclinándose más cerca, para su fastidio, todo su lado izquierdo comenzó a hormiguear—. Si yo hubiera muerto, me habría llevado un recuerdo hermoso conmigo. Habría muerto saciado, sabiendo que mi semilla había encontrado un hogar, sabiendo que la mujer más valiente que alguna vez encontré iba a ser la madre de mi hijo.
—Cállate —dijo ella débilmente, llevando su mano arriba para presionar y alejar su rostro… él se alejó fácilmente, y ella tuvo la sensación de que eso sucedió porque lo complació, no debido a algo que ella hubiera hecho—. Cállate, te odio, lamento que no hubieras muerto.
—Lo sé —dijo él tristemente—. Desgraciadamente tu opinión no va a cambiar. -Repentinamente, él movió todo su peso sobre ella, y ella sintió sus dedos subir y ubicarse en la unión entre su cuello y hombro... y empezó a estrujar.
Rosas negras florecieron en su vista y se sintió debilitada, como si algo estuviera consumiendo su preciosa fuerza. Conseguir alejarlo de ella se convirtió en tarea imposible cuando todo se volvió negro.
