6.- Atrapada en el abismo.

Consciente de que tenía que darse prisa, quién sabía cuántos coches, helicópteros, tenía a su disposición Black, frenó en seco delante de la Comisaría Barnstable Sprinting, e irrumpió dentro gritando:

— ¡Socorro, he sido secuestrada por un grupo de locos que creen que son hombres lobo!

Las tres personas que había en la sala, el sargento detrás del escritorio, un agente fuera de servicio y un detective vestido de civil, se dieron la vuelta para mirarla.

—Una ciudad tranquila —masculló Bella, manteniendo un oído alerta ante posibles ruidos de persecución.

—Lo tomaré yo —dijo el detective. Era un hombre grande, la superaba en unos buenos diez centímetros, de cabello castaño-cobrizo, con los ojos verdes y unos puños del tamaño de bolos. Le indicó que se dirigiera hacia una puerta situada al final del pasillo.

—Vamos dulzura. Cuéntame todo sobre ese lobo grande y malo.

—Hombre lobo —le corrigió, caminando por el pasillo. Ante su afirmación, empujó la puerta y se encontró en el exterior, en un pequeño callejón. Sorprendida, se dio la vuelta y chocó contra el pecho del detective. Al golpearle, la alejó de un empujón.

—Apestas a Black. Debes ser su nueva puta —gruñó, inspirando bruscamente cerca de su oído. Ella se retiró aterrorizada. Pasó la lengua por sus gruesos labios; tenía el aspecto de ser la criatura más mala que había visto en su vida.

— ¿Y es su pequeño chiquillo el que huelo en ti?

— ¿Eres Edward? —preguntó con un hilo de voz.

—Lo era. Ahora voy a ser el padrastro del nuevo líder de la jauría —Su gran puño se acercó volando hacia ella; lo esquivó al agacharse y se lanzó hacia delante, cogiéndole el arma de su pistolera. De un salto situó el cañón contra la suave piel de su garganta.

—Adivina de nuevo, Estúpido Detective —gruñó—. Cristo, ¿Se han vuelto todos locos? ¿Soy la única persona sana en este loco mundo? ¿Puede estar ocurriendo esto…?

—Si vas a matarme, hazlo ya —gruñó Edward—, pero no me hagas escuchar como lloriqueas.

—Ah, de acuerdo —se interrumpió—. ¿Quién más en el cuerpo se cree que es un hombre lobo?

— ¿Se creen que son hombres lobo? —Cuando ella le clavó el cañón aun más profundo en el cuello, añadió—. Otros tres. Están del lado de Black. Demasiado malo para ti que estén de patrulla, ¿Eh?

—Adivina de nuevo, cabrón —dijo una tranquila voz femenina. Bella lanzó una mirada sobre su hombro izquierdo y vio a dos agentes uniformados y a otro detective con ropa de civil, estos, junto con la mujer, les señalaban con sus armas. Esperaba que fuera a Edward.

—Nuestro líder nos dijo que con toda probabilidad primero se detendría aquí —dijo uno de los agentes de policía, casi disculpándose—. Aléjese un paso de Edward, por favor, señora.

—Deberíais mencionarle a Jacob que ya lo tenía todo bajo control —dijo obedeciendo.

— Señora, yo en su lugar —dijo el detective, sin alejar su mirada de Edward—, no mencionaría ni si quiera haberme encontrado a este hombre, mucho menos haber estado bajo su poder.

—Buen consejo —masculló Bella mientas se metía el arma en el cinturón de sus vaqueros, a su espalda, sin preocuparse de los incendiarios ojos de Edward—. Me gusta guardar los suvenir —le dijo, para después dejarse escoltar a uno de los coches patrulla.

En la parte de atrás, su curiosidad la hizo preguntar:

—Compañeros, ¿Vais a tener problemas por llevaros a uno de vuestros colegas policía, un miembro de la hermandad, o lo que sea?

—Los asuntos de la jauría son privados —dijo la mujer, girándose para mirarla a través de la malla que los separaba—. Y Edward no me excede en grado —El compañero que conducía se rió de aquello, y Bella afirmó con la cabeza, preguntándose cuál sería la broma.

Sorprendentemente, los policías-lobos la dejaron quedarse con el arma. Y para mayor sorpresa, cuando llegó a la gran casa no fue desmembrada al instante. En cambio, la jefa de cocina, cortésmente le preguntó si quería comer y, tras rehusar, Bella fue escoltada hasta su habitación siendo encerrada. Eso fue todo. Ningún grito, ningún Jacob vociferando a todo pulmón su futura condena.

—Bien, demonios —dijo mirando su reloj. Había permanecido libre durante veintisiete minutos. Metió la pistola en un cajón al lado de la cama y se dispuso a matar unas cuantas horas.

Se entretuvo viendo los reestrenos del día hasta la hora de comer cuando apareció Alice, pálida y tranquila, le trajo la cena.

— ¿Qué te pasa? —preguntó Bella, lanzándose sobre los platos cubiertos. Levantó las tapas para revelar un bistec, unas pequeñas patatas rojas y unas judías verdes. Estupendo, salvo por las asquerosas judías verdes— ¿Y por qué no ha venido tu señor y maestro aquí, para jugar a «Isabella es una muchacha mala»?

—Está enfadado —prácticamente susurró Alice—. Se aleja de usted hasta que se haya calmado un poco. Cuando oyó que Edward la tenía en sus manos… los albañiles vienen mañana para arreglar los agujeros de la pared.

El trozo de bistec se atascó en su garganta. Con un esfuerzo tosió, lo tragó y dijo.

—Así han hablado esas ratas-policías de mí, ¿Eh? Fascistas ¿Mencionaron acaso que cuando llegaron a la escena, Edward saludaba al cañón de su pistola? ¿Sostenida por mí? ¿Que conseguí hacer caer a ese confiado hijo de puta?

Alice sonrió, cosa que alivió las líneas de tensión de alrededor de los ojos de la pequeña mujer.

—Lo hicieron. Prácticamente cayeron ellos mismos al asegurar a nuestro líder que no estuviste en ningún peligro. Los impresionaste bastante.

—Deberías ver la señal en el cuello de Edward, si de verdad quieres ver la impresión —ella se rió, cortando otro pedazo de delicioso bistec.

Estaba a mitad de camino de introducírselo en la boca, antes de comprender que estaba crudo. Esperó sentir un instantáneo deseo de vomitar, o desmayarse, pero no ocurrió. Alice entendió su gesto y le explicó rápidamente.

—Es normal, mi señora, no se preocupe. Después de todo, está criando a un hombre lobo. Deseará carne cruda durante todo su embarazo.

— ¡Dios mío! —Dijo Bella, dejando el tenedor—. Estoy empezando a creerme vuestra alucinación.

Horas más tarde, estaba metiéndose en la bañera, que era más bien como una pequeña piscina, cuando la puerta del cuarto de baño se abrió y Jacob dijo totalmente calmado:

—Te pones en peligro. Pones a mi niño aún no nacido en peligro. Intencionadamente.

Tragando agua, se sentó y se giró, para verlo allí, de pie en la entrada del baño, con gesto pétreo. Ella abrió la boca, pero antes de poder hablar él continuó.

—Termina tu baño —y salió.

Una hora más tarde, todavía estaba en la bañera. Arrugada y temblorosa, pero desafiante. ¡No era su jefe, caray! Saldría de la bañera cuando estuviera malditamente bien y preparada, muchas gracias…

— ¡Bella! Si tengo que sacarte de la bañera, no te va a gustar.

… Y era ahora mismo. Salió de la bañera, se secó y se puso la misma ropa que había llevado puesta antes. Se cubrió el pelo mojado con una toalla y se dirigió hacia la habitación para tomar su medicina.

Black era al parecer un estupendo boy scout, porque había encendido un buen fuego en la chimenea. Estaba en cuclillas ante las llamas, balanceándose sobre los pies, y tenía la impresión de que había estado en aquella posición durante algún tiempo, esperando por ella. Giró la cabeza cuando ella entró en la estancia e inmediatamente se levantó.

— ¿Por qué no llevas un camisón? Hay mucha ropa para ti, para que la uses.

—No es mi ropa —le lanzó ella—. La compraste antes de secuestrarme, ¿Verdad? ¿Compraste un montón de cosas de mi talla? Lo vi antes. Bueno, olvídalo. Me pongo mi propia ropa.

Debido a la luz del fuego, sus ojos eran amarillos. Sin embargo, su voz todavía era fría y tranquila, cosa que la tranquilizó algo.

—Todo lo que hay en esta habitación es tuyo.

Esta habitación no es mía. Nada de aquí es mío. Ahora, sobre lo de esta tarde —Tragó y levantó la barbilla—. Me confieso culpable sobre golpear fríamente a la doctora, pero…

Él cruzó la habitación y le arrancó la camisa del cuerpo, sin hacer caso de su ultrajado grito; luego se agachó y tiró de sus pantalones hasta que también los rompió.

— ¡Tu antigua vida se ha terminado! —gritó cuando la arrastró al vestidor. Abrió bruscamente un cajón, encontró un camisón y se lo dio—. ¡Me perteneces, y llevarás puesta mi ropa y te quedarás en mi casa y estarás segura y estarás condenadamente de acuerdo con eso!

Sobresaltada ante su rabia y pérdida de control, no pudo sujetar el camisón y flotó hasta el suelo.

—No fuiste así en el ascensor —dijo ella, quitándose los restos de la camiseta de sus brazos y odiando el modo en que sus manos temblaban—. ¿Qué problema tienes?

—Mi problema —dijo con salvaje sarcasmo, tirando bruscamente de la toalla que envolvía su pelo y secando furiosamente con la toalla los empapados mechones—, es una compañera que deliberadamente no se preocupa por su propia seguridad o, por lo visto, la de mi niño.

— ¡No soy tu compañera!

—Lo eres. Y todas tus protestas no cambiarán ese hecho. La ley del hombre lobo es infernalmente más antigua que la de los humanos, Bella, y como tal, eres mía, del mismo modo que lo es el niño, para siempre y durante toda la vida, amen —Terminó de secarle el pelo y alejó la toalla de ella—. Por lo que te recomiendo contundentemente que termines con esto.

—Te odio —dijo desesperanzada, furiosa consigo misma por su incapacidad de decir algo mejor.

—Te sugiero que también termines con eso —dijo despreocupadamente. Tiró de su camiseta para sacársela sobre la cabeza y se desabotonó los pantalones cortos para dejarlos caer y salir de ellos.

—Mal hecho —dijo, y ah Dios, tenía la garganta seca—. Ni en mil años, amigo. Jamás lo haremos de nuevo.

—No soy tu amigo —dijo con frialdad, pero con las mejillas ruborizadas de deseo y la mirada ardiente—. Soy tu compañero. Es hora de que lo recuerdes.

—Y no puedes esperar más, ¿Verdad? —Siseó—. Has estado esperando durante todo el día a que me escapara y así poder violarme. Otra vez. Bueno, lo he intentado, y ahora vas a hacer tu jugada —o al menos piensas que lo vas a hacer— pero entonces… ¿por qué estás tan enfadado?

—Jamás esperé que terminaras literalmente atrapada por Edward —gruñó él, acercándosela desafiante. Ella dio un gran paso hacia atrás y casi tropezó con la esquina de la mesilla. Él tuvo que estabilizarla, colocando su mano en su brazo, de manera sorprendentemente suave—. ¡Jesús! ¡Pudo haberte arrancado la garganta y no te habrías dado cuenta hasta que te hubieras despertado en el otro mundo!

—Lo único que corrió peligro fue la garganta de Edward —replicó ella y tragó para intentar quitarse el nudo de la garganta—. Yo tenía su arma. Yo…

— ¡No había ninguna bala en la cámara, idiota! —El calor de su rabia coloreaba su cara; la sacudió con tal fuerza que su pelo voló hacia su rostro, cubriéndola los ojos—. ¡El arma no habría disparado! ¡Edward lo sabía, y podía haberte matado en cualquier momento! Ahora conoce tu estado, sabe dónde estás; sabe que si consigue tenerte, tendrá al próximo líder de la jauría. Has sido imprudente y podrías haber pagado el precio con tu vida, si mi gente no hubiera llegado a tiempo, estúpida, estúpida… —Entonces fue aplastada en un abrazo tan apretado, que expulsó el aire de sus pulmones. Respiraba agitadamente y le temblaba todo el cuerpo, pero trataba de calmarse—. ¿Cómo has podido arriesgarte así? ¿Arriesgar a nuestro bebé? ¿Sabes que es un susto que me durará todos los años de mi vida?

—Yo no he… no he…

Su boca de repente estuvo en la suya, con un doloroso beso, mientras se movía presionándola contra él. Sus piernas chocaron contra la cama y se revolvió alejándose, jadeando, solo para conseguir que él la lanzara sobre la cama. Se quitó los calzoncillos y no pudo menos que contemplar lo que la había metido en este lío. Totalmente erguido, casi arqueado por su peso, brotando de un nido de exuberante negro pelo, le miró durante un largo momento, casi cautivada. Entonces sus ojos se trasladaron hacia arriba, hasta su dorada y reluciente mirada.

—No puedo —susurró, pero parte de ella sí quería—. No contigo. No de nuevo.

—Lo harás. Solo conmigo.

Se subió en la cama, evitando fácilmente su patada, y después su pecho estaba contra el suyo y sus manos en su pelo, tirando y haciendo retroceder su cabeza. Se acercó a su cabello e inhaló su olor, pareciendo como si la saboreara; entonces pudo sentir la cálida y dura presión contra la parte inferior de su estómago, y supo que no iba a quedar satisfecho únicamente con su perfume natural.

—No lo hagas.

—No puedo evitarlo. Siempre he adorado tu olor.

¡No lo hagas! —Dijo casi jadeando, cuando le lamió la garganta—. No te quiero. ¡No hagas eso!

—Esto no tiene por qué ser un castigo —dijo y pareció casi…— si tú quisieras —… desesperado—. Déjame hacerlo bien. Te quiero, no solo a tu cuerpo. No quiero tomar por la fuerza lo que podríamos compartir los dos.

— ¿No lo entiendes? —le gritó, asustándole y asustándose a sí misma—. ¡No puedo! Mi manera de ser, esa que hace que yo te guste tanto, también me impide… ceder —No importa cuánto lo quiera, pensó desesperada—. ¡Ahora, déjame tranquila!

—Por favor —dijo de nuevo, con ojos hechizantes—. Pasaré por alto lo sucedido. No debería haber forzado la situación. Simplemente déjame… —Dejó caer un suave beso en su garganta—. Esto te gustará.

Eso es lo que no puedo soportar, se dijo a sí misma. Ah, Dios, lo que sea, menos volver a rogarle de nuevo. Prefiero ser tomada con cólera, que ser reducida a gritar de manera humillante rogándole o gritar hasta quedar afónica mientras me corro con tanta fuerza que no puedo ni pensar

Yse equivocaba. Se equivocaba al mantenerla aquí, con Edward o sin él. Su ultrajado orgullo no podía olvidar ese hecho. Nadie retenía a Bella contra su voluntad, que Dios le condenara.

—Me escaparé otra vez —dijo entre dientes mientras él lamía la zona interior de su pecho izquierdo. Su pezón se elevó, en un capullo tenso y rosado, que él frotó con su mejilla. Gimió, un diminuto sonido que salió de ella antes de poder evitarlo.

Él sonrió ante el sonido.

—Tuve tanto miedo —dijo suavemente, presionando su boca entre el valle de sus senos en un dulce beso—. Tan aterrorizado. Cuando me dijeron que habías huido. Cuando me dijeron que el bastardo asesino había puesto las manos sobre ti —Apoyó la cabeza en su hombro—. Bella, estuve tan asustado por ti —dijo, tan bajo que apenas pudo oír las palabras.

Quiso consolarle. Quiso agradecerle su interés. Y odió cada pizca de ternura que él hacía salir de ella. Forzándola. Era mejor ser forzada, mejor ser una víctima, que una presa complaciente. Todo menos eso.

—Creo que conseguiría un mejor trato con Edward—dijo con cruel tranquilidad—. Tan pronto como me vuelva a escapar —y lo voy a hacer— voy a buscarle. Al menos él me dejará en paz hasta que el bebé haya nacido.

Se congeló contra ella y eso la hizo contener el aliento. Él levantó la cabeza y la dirigió una larga y plana mirada.

—Me marcharé —dijo sintiéndose avergonzada y colérica ante el sentimiento de esa vergüenza—. No me quedaré contra mi voluntad. Déjame ir ahora, esta noche, o encontraré a Edward en cuanto pueda.

Era mentira… no iba a acercarse a Edward ni aunque lo apostase pero Jacob no lo sabía.

No dijo nada. En cambio, se levantó tranquilamente y salió de la habitación, completamente desnudo. Se sintió inundada por el alivio, incapaz de creer que lo había conseguido con tanta facilidad.

Se levantó de la cama y guardó en su sitio el camisón que la había lanzado antes para que se lo pusiera. Había hablado en serio sobre lo de no llevar la ropa que él había elegido durante sus compras para su futura prisionera. No tenía por qué aguantar toda esa tontería de dominación masculina, y si creía que ella era de ese tipo.

Él estaba de vuelta llevando algo.

Le dio una patada a la puerta para cerrarla a sus espaldas, con la cara oscura por la cólera; después destapó un tubo, extrayendo una buena cantidad de… de algo en su mano. La deslizó por su hinchado miembro, hasta que éste resultó brillante y resbaladizo por el lubricante.

Observó ese frío procedimiento, sin cambiar su gesto, con la boca entreabierta. Pero de repente comprendió y se dio la vuelta para correr… hacia algún sitio. Pero su mano la agarró por el codo antes de que hubiera dado un solo paso. La empujó, mientras gritaba su negativa, boca abajo contra la cama. Ella consiguió ponerse de rodillas, porque él se lo permitió, entonces sujetó sus caderas y se sumergió en su interior. Gritó de nuevo ante el choque, la brutal intrusión, la toma de ella como castigo.

Se movió por detrás, sumergiéndose y retirándose, mientras gritaba encolerizada, ya que en verdad, no le dolía, pero tampoco podía exactamente ser llamado placentero, de cualquier manera, esto dio paso a un furioso llanto. En ningún momento perdió el ritmo, y tras un minuto se estremeció detrás de ella.

Al soltar sus caderas, Bella cayó sobre la cama, temblando con sus sollozos. Él la dejo llorar durante bastante tiempo, después puso una mano sobre su hombro y la tumbó de espaldas. Ella no podía mirarle.

—Ha sido por lo que amenazaste con hacer —Dijo con voz ronca—. Ni pienses acercarte a él. Te mataría. Y yo no podría soportarlo.

Se levantó de la cama, recorriendo la habitación para apagar las luces. Ella intentó controlarse y dejar de llorar, pero era demasiada la tensión que había soportado durante las últimas tres semanas, sin contar con la tensión del último minuto y medio.

Cuando de nuevo se tumbó en la cama a su lado, ella se acurrucó hacia atrás, esperando volver a ser usada, pero él la tranquilizó, acercándola a sus brazos con tanto cuidado, como si pensara que podía romperse al ser tratada con demasiada rudeza. Sus cálidas y grandes manos acariciaron su espalda y acercó la cara a su garganta. En la oscuridad, su voz retumbó contra su mejilla, triste… casi pérdida.

—No lo sabes, pero así… así es como un hombre lobo castiga a su compañera. Utilizándola y reteniendo su placer. Me asustaste tanto, no me escuchabas, no se me ocurría que más hacer —Calló—. Estaba muy enojado —. Lamió el rastro de sus lágrimas de una de sus mejillas y cuando ella no se encogió o estremeció, pero continuó sollozando, lamió las lágrimas de la otra. Lamió las que habían llegado a su pecho, persiguiendo una errante lagrima hasta su pezón.

La persiguió con dulces y suaves besos durante todo el recorrido, y pudo sentir como él se ponía rígido. Se detuvo, obviamente esperando una protesta, pero la agonía de su última humillación era demasiado grande, y tuvo miedo de pararle.

—Está bien —dijo tristemente leyendo su mente, o quizás oliendo su miedo. Su lengua jugueteó en su ombligo y continuó su camino descendente—. No importa lo que hagas o digas, he terminado con la crueldad por esta noche. Me he dado cuenta de que no lo disfruto cuando no estás implicada. ¿Quieres que me pare? ¿Que te deje?

Recelosa de las bromas de los hombres lobos, no dijo nada, pero no pudo sofocar un ahogado grito de protesta cuando se colocó entre sus piernas. Comenzó a lamer la zona interior de sus muslos, limpiando su semilla de ella, y un traidor calor empezó a extenderse por sus miembros. Pudo sentirse relajándose poco a poco según iban pasando los largos minutos, y todo lo que la hacía era acariciar, besar y lamer la zona interior de sus muslos. Entonces su lengua rozó su clítoris, llegó y se volvió a ir, sin tener tiempo suficiente para retorcerse antes de que estuviera de vuelta a la piel menos sensible de sus muslos. Luego se introdujo en su interior, rápidamente, agitándose, explorándola…y después de nuevo la zona de sus muslos.

Pronto los viajes al interior de sus muslos fueron más cortos, y toda su atención se centró en su vagina, que comenzó a palpitar con deleitable abandono. Trató de reprimir un gemido, pero él escuchó el amortiguado sonido y murmuró.

—Está bien que te guste.

No contigo, pensó Bella desesperadamente, y casi gimió de nuevo cuando succionó su clítoris o lo circundó imprudentemente con su lengua. De repente sintió el fácil hundimiento de un dedo y arqueó instantáneamente la espalda sobre la cama, mordiéndose los labios hasta hacerlos sangrar en un intento desesperado de no demostrarle lo que su maravilloso y experto toque la afectaba.

Todo se contrajo en su interior, y de repente su orgasmo floreció en ella como una oscura flor. Incluso mientras las dulces réplicas todavía la tenían temblando, la atrajo hacia sí, y de repente estaba tumbado de espaldas y con ella a horcajadas sobre él. Murmurando algo para animarla, se tomó en una mano, apartando sus muslos un poco más y luego la punta estaba en su interior, mientras ella se afianzaba sobre su pecho para no caerse.

Él se detuvo. Ella miró su cercana oscuridad.

—Continua —la urgió suavemente con la voz ronca—. Tómame en tu interior. O no. Esta vez es decisión tuya.

De todas maneras no se movió, cautelosa, preguntándose si tramaba algo, preguntándose si la iba a castigar de nuevo, el malvado "nunca te haré daño", bastardo, como lo odiaba, "no te irás con el policía corrupto", lo deseaba muerto, le odiaba por humillarla, "si la caballería no hubiera aparecido, estarías tostada" y luego la había hecho llegar al placer. Era despreciable, y estaba atrapada.

Apartó la despreciable voz y repentinamente y aborreciblemente, se dejó caer sobre él, introduciéndole profundamente en ella. Entonces se levantó y se dejó caer otra vez. Y otra vez. Bajo de ella, Jacob jadeó con un sonido desigual.

—Bella…

Se alzó y cayó, otra vez.

—Párate, Bella, no estás… esto es todo para mí, no vas a conseguir…

Otra vez.

—…por favor, párate, párate, déjame ayudarte a disfrutar, no hagas esto…

Otra vez.

—…no hagas esto, no lo hagas, no lo hagas…

Otra vez. Le mantuvo en su interior, montándole con salvaje intención, sin hacer caso de sus suplicas, que la pedían ir más lentamente, para permitirse tener placer. Le usó como la había usado, y el gesto de su cara, su expresión, mostraba lo miserable y frió de sus sentimientos. Después de una eternidad, él giró la cabeza, con sus protestas terminando en un desigual gemido. Le sintió pulsar en su interior, sintió como sus músculos le sujetaban ávidamente, succionándolo, y se odió casi tanto como le odiaba a él.

Sin una palabra se separó, enroscándose en su lado, lejos de él.

Estoy atrapada, pensó con extinguida emoción. Están todos chiflados, la ciudad entera está infectada, todos están implicados y le ayudaran a vigilarme. No puedo escaparme, y si lo vuelvo a intentar, habrá más de…de esto.

No puedo escaparme.

No puedo quedarme.

Lloró otra vez, silenciosamente, sin hacer caso de los suaves ruegos de Jacob para que le mirara, para que le perdonara, para que tratara de entender.

—Estas embarazada de un niño que crecerá para salvaguardar y dirigir por el mundo a unos trescientos mil hombres lobo. Eso supera a tu orgullo Bella. Tu seguridad queda por delante de todo pero de verdad que estoy…

—No me vuelvas a decir que lo sientes —dijo con frialdad, haciéndole callar.

¿Os ha gustado? Espero que sí, la semana que viene actualizaré pero si en esta semana recibo 10 reviews actualizaré ese mismo día. Un beso

***Princes Lynx**