Saludos, tributos :)

Como prometí, he aquí un capítulo más largo. No es exactamente lo que esperaba, pero creí que si lo seguía, se terminarían aburriendo y bueno... ya saben...

Espero que les guste y en el caso de que las aburra con las primeras quince palabras, sólo bajen y escriban "Aburrido", así intentaré hacer el próximo capítulo más dinámico.


Gale dice algo, más bien lo grita, pero entre los tronidos y los estruendosos resoplidos del viento no logro escuchar absolutamente nada.

Carga a Keara entre sus brazos y hace un ademán para que lo siga. Corro con todas mis fuerzas tras él, pero vamos en contra del viento, y éste nos empuja para el lado contrario.

Entramos en una casa con aspecto de choza, ubicada prácticamente en frente de la panadería. Por un minuto la idea de que aquella concidencia fuese en realidad a propósito refulge como un haz de luz en mi cabeza, pero instantáneamente caigo en cuenta de que no es momento para estupideces.

Entro en la casa bamboleándome y jadeando. Una vez adentro, Gale camina hasta una habitación y veo por el rabillo del ojo como deposita a mi hija sobre una cama y la arropa. Susurra algo a su oído, ésta asiente y él abandona el cuarto.

-O-

—Menuda forma de reencontrarnos —ironizo.

—Técnicamente, ya nos hemos reencontrado, pero huiste de la panadería la primera vez... —responde meditabundo, como si estuviese haciendo memoria.

No respondo, me limito a atisbar cada uno de los objetos situados en la sala de estar.

—¿No piensas sentarte? —dice mientras indica con su mirada el sofá ubicado a mi izquierda—¿Puedo ofrecerte algo? Un vaso te agua, tal vez...

—No, gracias —respondo con frialdad, mientras me siento en el diván.—Y dime..¿Qué te trae por aquí? —Pues sí, ya estoy al tanto de ello, pero... Para ser franca, no tengo ni la menor idea de por qué espeté eso.

—Supongo que extrañaba mi hogar...

Me cuestiono por qué no me habrá dicho la verdad, por qué no quiere hablar sobre su viudez.

Suena el teléfono y Gale acude a contestarlo. Yo me paro y camino hacia un taburete. Me siento juto la ventana a contemplar la terrible tempestad que por poco me mata.

Por algún motivo me ataca una especie de pavor y aquel miedo comienza a correr por mis venas. Jamás le había tenido miedo a una tormenta, no tiene sentido que justo ahora lo haga..¿Será, tal vez, miedo a otra cosa?.. Sí, me refiero a Peeta, quizá todo ese miedo reprimido haya decidido exponerse justo ahora, ¿Quién sabe?

—Hey, Catnip, —no puedo evitar retorcerme al escucharlo llamarme Catnip—es para ti —dice Gale pasándome el teléfono.

—¿Cómo saben que estoy aquí?

—Transmitieron en vivo "inéditas" imágenes sobre la terrible tempestad y,extrañamente, nos reconocieron en ellas —explica Gale—. Es del Hospital Psiquiátrico Yancy.

Mi cara se ilumina como un faro y corro a tomar el teléfono.

—¿Diga? —atiendo, intentando reprimir una mezcla de sentimientos que me revuelven el estómago: felicidad y aún más temor—¡Oh, por Dios! ¿Habla usted en serio? —chillo dibujando una sonrisa de oreja a oreja—¡Esas son increíbles noticias! ¡Muchas gracias! —exclamo y luego hago una pausa para escuchar lo que la doctora Sami Cartwright me está diciendo.

Al terminar de explicarme que la situación de mi esposo es relativamente buena —o al menos "buena" comparada con la semana anterior— y que había dado un paso de gran importancia, vuelvo a agradecerle, para luego colgar el teléfono.

Siento un impulso de manifestar aquella felicidad y me abalanzo sobre Gale, lo rodeo con mis brazos y lo impulso hacia mí, fundiéndonos en un abrazo.

¿Mala idea? Puede ser, de hecho probablemente lo sea, pero urgía uno.

"Ya están permitidas las visitas." había dicho la doctora Cartwright.

Corro hacia el perchero y tomo mi chaqueta. Estoy a punto de despertar a mi hija para llevarla de visita a su padre cuando logro aterrizar en la tierra y me golpeo con algo llamado realidad.

Los vientos baten las copas de los árboles con vigor e incluso se llevan con ellos partes de los letreros de algunos locales. El tiempo parece no querer que vea a mi marido.

Lo dudo durante un segundo, pero luego me armo de valor, me calzo la chaqueta y le digo a Gale lo siguiente:

—Por favor, cuida a Keara. Si despierta mientras no estoy, dile que regreso enseguida.

Él me mira horrorizado y logro percibir una advertencia en su mirada: de aquí no sales.

¿La verdad? Me importa un diablo; vengo esperando desde hace una semana y media para que me comuniquen que puedo ir a visitarlo. Nadie, siquiera una atroz tormenta va a arrebatármelo.

Los nubarrones comienzan a dispersarse y el sol se asoma con suspicacia. Luego comienza a proyectarse un arco iris, el cual se posa sobre los cielos azules, jactándose de su divinidad.

En cuanto la tormenta hubo desaparecido sin dejar rastro alguno—cosa que por fortuna no tarda en ocurrir—, vuelvo a pedirle... Bueno, ésta vez le ordeno que cuide de Keara y luego desaparezco por la puerta.

-O-

Una vez en el Yancy, me mantienen esperando al menos veinte minutos hasta que la Doctora Cartwright me atiende y luego me dirije hacia la habitación de Peeta.

"415" Pone en la placa del cuarto.

Observo mis manos perladas en sudor y cuando me dispongo a girar el picaportes, siento que las piernas me fallan. Primero pienso en que todo había sucedido muy repentinamente, pero luego me armo de valor y abro la puerta de una vez por todas.

La habitación tiene en realidad un aspecto bastante luctuoso, gris. Parece salida de película de terror. La recorro con la vista, pero me desconcerto al notar que Peeta no está por ningún lado.

Tan asombrada estaba, que no había reparado en que la Doctora Sami había abandonado la sala hasta que dice lo siguiente:

—Lo siento, me llamó una enfermera para comunicarme que el paciente ha sido enviado a la zona de recreación. Sígame, por favor, señora Mellark.

Le miro a los ojos y me percato de algo: ya los había visto antes, mucho tiempo antes. Profundos ojos color avellana, que miran con perseverancia y una pizca de amenidad, pero sin perder su característica intensidad.

-O-

Nos situamos frente una gran sala, repleta de gente uniformada con túnicas blancas y con una mirada vacía y tal vez hasta perdida.

Al parecer están en un taller de artes plásticas, puesto que la mayoría se encuentra muy esmerada pintando, esculpiendo y algunos otros trabajando la cerámica hasta formar bonitos jarrones, escrupulosamente moldeados.

Fijo la vista en el área de los pintores y me congelo al divisar una bonita cabellera rubia entre el gentío.

Empiezo a tiritar y siento que los nervios toman posesión de mi cuerpo. La doctora debe haberlo notado, ya que me toma por el hombro y al voltear asiente en forma de consuelo, y dice lo siguiente:

—Como ha dicho anteriormente: su esposo sigue allí adentro, sólo hay que ayudarlo a salir y para eso necesita nada más y nada menos que de su ayuda. —Una vez dicho ésto, se limita a sonreir, y noto que unos bonitos hoyuelos se dibujan junto a su sonrisa. Ésta mujer me resulta muy familiar y por algún motivo, eso, me hiela la sangre.