La grisácea luz del amanecer invadió la calle Fleet. Eran las nueve de la mañana, hora en la que todos los comercios habían abierto y las calles estaban invadidas de transeúntes que se desplazaban de un lugar a otro, pateando a algún que otro niño que se les cruzaban por en medio. En una esquina y de pie, un vagabundo pedía limosna con voz cada vez más débil y quebrada hasta que sus piernas flaquearon y cayó al suelo sin vida.
-Pero mujer, ¿cómo va a criarse la niña en un sitio como éste? –preguntó un hombre menudo y de grandes anteojos.
-La calle Fleet es uno de los lugares más limpios de todo Londres, parece mentira que aún no lo sepas habiendo nacido aquí –contestó una mujer rechoncha con cara de pocos amigos.
-Al menos en América no hay cucarachas –musitó el hombre.
-¡Ahí hay cosas peores! –Exclamó la mujer con tono feroz- americanos, por ejemplo.
-Vamos Molly, estoy seguro de que si vinieras conmigo allí te agradaría. Si te quitaras todos esos estúpidos prejuicios…
El hombre se calló al ver que su mujer resoplaba como un toro bravo y se tapó la cara con las manos instintivamente.
Nellie Lovett, que había estado contemplando la conversación con particular interés mientras removía la masa compacta de carne de las empanadas, se quitó el delantal y fue hacia los dos personajes.
-Hablando de cucarachas –dijo la mujer con tono burlón mientras contemplaba a la señora Lovett con ojos entrecerrados.
-Disculpen –empezó a decir Nellie mientras se espolsaba el polvo del delantal-, he oído que hablaban de un tal Barker, ¿es nuevo por aquí, verdad?
-El señor Barker se acaba de mudar con su mujer, señorita –explicó el hombre- Su mujer tosió ligeramente-. Tengo entendido que esperan una niña. Supongo que tendré que pasarme por su establecimiento, me han dicho que es uno de los más decentes de Londres, aunque eso no es decir mucho, la verdad.
-Muchas gracias caballero –agradeció Lovett.
-De nada señorita –se inclinó y le besó en la mano.
Cuando la panadera volvió a entrar en su establecimiento –tras sortear el traicionero escalón de la entrada- oyó gritar a la mujer de antes:
-¡¿Qué demonios haces menospreciándome delante de una cucaracha?!
Lovett rió por lo bajo. Eres muy afortunada Nelly, tú no tienes que sufrir los problemas de la convivencia en pareja –se dijo con buen humor-. Muy afortunada, no tienes que depender de nadie ni nadie tiene que depender de ti.
Pero lo cierto era que dentro de unas semanas cumpliría treinta años y estaría sola, bebiendo ginebra en el desaliñado sillón de su tío-abuelo y sintiendo pena de sí misma mientras observaba como las parejas cruzaban la calle besándose, tocándose, dañándose... amándose.
La idea de estar sola toda su vida en su asquerosa tienda se dejó ver de nuevo y le escupió en la cara.
