Muchísimas gracias por los coments y por haberos tomado un poco de vuestro tiempo en leer mi historia. Es genial esto de recibir coments.

Nellie dejó el rodillo en la mesa y fue al almacén donde guardaba la ginebra. Casi había cogido la botella cuando oyó el estrepitoso sonido de la campana de la entrada. La pastelera se enjugó las lágrimas y se dio la vuelta con hastío para recibir al cliente.

Era un hombre. Llevaba una chaqueta negra en una mano y con la otra se guardaba un estuche de plata en su bolsillo. A pesar de que pareció sorprenderse en un principio al ver a la señora Lovett en el mostrador con los ojos enrojecidos y cara de pocos amigos, sonrió y dijo con voz tranquila:

-Buenas, una empanada por favor.

Sin apartar la vista del sonriente asiduo, la pastelera sacó una empanada de carne de un armario cercano, sopló para quitarle el polvo –cuando el cliente miraba hacia otro lado- y se la dio.

-Serán... –empezó Lovett, pero se calló al ver que el hombre le tendía en la mano una cantidad que duplicaba el precio real de la empanada - Sí, es justo esa cantidad–lo cogió rápidamente y se lo echó al bolsillo.

El comprador le dio un gran mordisco a la empanada y emitió un sonido gutural que la pastelera conocía muy bien. Después se llevó la mano a la boca y andó hacia la puerta de salida.

-No son las mejores empanadas de Londres, precisamente –dijo Lovett antes de que el hombre saliera por la puerta.
-No diga eso –respondió el cliente, intentando camuflar una mueca de repulsión.
-No hace falta ser muy observadora para darse cuenta de que mis empanadas no gustan. La última persona que comió una murió poco después de salir de esta tienda, me gustaría pensar que por razones ajenas a mis empanadas.
El hombre tragó saliva y miró a la pastelera con los ojos muy abiertos.
-Es broma –dijo con una sonrisa amarga, aunque no había nada de mentira en sus palabras-, ¿quiere una cerveza?
-Oh, una cerveza ahora sería de lo más adecuado, gracias.

La señora Lovett cogió una polvorienta botella de cerveza y vertió el líquido en dos generosas jarras. Le ofreció una al hombre y éste bebió un gran trago.

Beba, beba –le aconsejó la pastelera-. Beba para quitarse ese abominable sabor.
-Me resulta chocante que la dueña del establecimiento hable así de sus productos.
-Lo que hace la mayoría de gente en Londres es engatusar a sus clientes. Supongo que yo no soy la excepción, también lo intenté una vez.
-¿Y no se siente culpable? –preguntó el hombre con tono desenfadado.
-No –respondió Lovett con toda naturalidad- Lo cierto es que me vomitó encima antes de que pudiera sentirme culpable.
-Oh, vaya.

Hubo una breve pausa en la que los dos bebieron cerveza –la señora Lovett casi vació la jarra- y la pastelera preguntó:

-¿Cómo se llama?
-Benjamin Barker –contestó el hombre-. Puede que no me conozca mucho ya que me acabo de mudar con mi esposa.
-Así que es usted –la pastelera emitió una risita que fue rápidamente cortada por un desagradable hipido-. Todos los residentes de la calle hablan de usted, señor Barker.

Hablaron hasta el anochecer. La señora Lovett le contó todo acerca de la tienda y de su vida como pastelera, haciendo especial énfasis en su rivalidad con la señora Mooney, y Benjamin habló acerca de su esposa –hermosa, virtuosa y fantástica- y se mostró especialmente entusiasmado cuando mencionó al hijo que esperaban. También habló de su trabajo y de las dificultades de ser barbero mientras la señora Lovett escuchaba atenta, procurando mantener el equilibrio cuando se balanceaba en la silla de vez en cuando por acción de la cerveza.

-Estas navajas me han acompañado toda la vida –dijo Benjamin sacando el estuche de , ésta es la que más utilizo.

Extrajo del estuche una navaja inmaculada con empuñadura de madera y se la mostró la pastelera, que entornó los ojos observando el sutil brillo que desprendía la herramienta bajo la luz de la luna.

-Mis amigas –Benjamin dejó la jarra de cerveza en la mesa-. Nunca me he separado de ellas y ellas nunca se separarán de mí…
-Yo soy su amiga señor Barker –intervino Nellie. Tenía las mejillas ligeramente encendidas.
Ambos se miraron y comenzaron a reir sin motivo.
-Ya va siendo hora de que vaya a mi casa, Lucy debe estar esperándome –anunció el barbero mientras se levantaba de la silla.
-Le acompaño hasta la puerta.

Cuando estaban cerca de despedirse, la pastelera se tropezó con el escalón de la entrada y cayó al suelo. Meneó la cabeza a ambos lados para despejarse y casi estuvo a punto de vomitar.

-Nellie, ¿se encuentra bien? –preguntó el hombre, que había tardado en darse cuenta de la caída de la pastelera.

La mujer asintió con la cabeza.
El barbero sonrió estúpidamente y ayudó a levantarse a la señora Lovett, que se sonrojó y volvió a hipar haciendo mucho ruido. Cuando estaban a solo unos centímetros, la pastelera sintió un calor que nada tenía que ver con el alcohol y acercó su cabeza inconscientemente al barbero. Nunca se había sentido tan feliz.

-Hasta otro día, Nellie –dijo Benjamin apartándose de ella con la estúpida sonrisa aún en el rostro.
Echó a andar a la oscuridad.