Capitulo 3: Secretos

Los dos chicos y su nueva huésped llegaron a la calle donde estaba la residencia militar. La chica estaba desbordada de preguntas sobre sus anfitriones. ¿Por qué aun no había visto el rostro del chico de la armadura?, ¿cómo es posible que un chico de su misma edad fuese nombrado alquimista nacional a los 12 años? ¿serían personas de fiar? Y por mucho que mirase las manos de Edward, no tenía círculos de transmutación dibujados. Los protagonistas entraron en el edificio. Un guarda que estaba en el vestíbulo, como todas las noches, les saludó deseándoles un buen descanso. Mientras subieron las escaleras Kana no pudo aguantar las ganas de hacer una preguntas, pero se conformo con hacer solamente una y no demasiado privada.

-¿Chicos, vosotros sois de Central City?

-No, somos de un pequeño pueblo del Este, nacimos en Riesenburg.-respondió Al.

-Tú seguramente no eres de Central City, mirabas con curiosidad la ciudad.-adivinó Ed.

-Es verdad. Yo nací en Creta, pero tengo la nacionalidad de Amestris.

-¿Cómo es eso? Tengo entendido de que la ley de inmigración es muy estricta- dijo Alphonse asombrado.

-Ya, mi madre es de Amestris y mi padre de Creta. Viví muchos años en un pueblo en el que vivían mis abuelos paternos, en Kárnem. Más tarde nos trasladamos a Amestris, a West City. La estúpida ley de inmigración solo nos concedió el permiso de ciudadanía a mi hermana, a mi padre y a mí: los familiares más cercanos a mi madre. Por eso, cuando queremos que vengan solamente de visita nuestros familiares de Creta, hay que hacer un papeleo impresionante- suspiró.-Durante la última visita de mi abuela a West City, Salter le robó la joya.

Los hermanos Elric escucharon con atención y finalmente llegaron a la puerta de su apartamento provisional. La chica entró la primera. El piso estaba dividido en dos estancias. En la primera había dos camas, una frente a la ventana y otra contra la pared, un armario y un escritorio lleno de libros. La otra habitación tenía un sofá y una mesa con cuatro sillas. Estaba bastante vacío. La muchacha se quitó la chaqueta.

-Por favor, dame tu bolsa y tu chaqueta para que las guarde.-le ofreció Al.

-Ah, gracias Alphonse.

-Llámame, Al-dijo la armadura. Kana le dedicó una sonrisa de complicidad.

-¿Vivís aquí siempre?

-Solo cuando estamos en Central. Normalmente estamos viajando por todo el país- Le respondió

Edward se sentó rápidamente en la silla del escritorio y se dispuso a guardar los papeles y libros sobre su investigación en los cajones. Kana se acercó. Miraba los papeles con ojos fisgones. Sin querer rozó el brazo de Ed. El alquimista no se dio cuenta de que estaba detrás de él. Se apresuró en tapar los papeles y con un gesto suave la apartó del escritorio con su brazo derecho. Las sospechas de la chica se volvieron mayores. No solo porque el chico le oculto los documentos, sino porque sintió su brazo extrañamente frío. Kana se acercó al sofá. Esta noche esa sería su cama. Alphonse se acercó con una manta que estaba guardada en el armario.

-Toma, puede ser que haga frío esta noche.

Kana estaba dudando si hacer algo que respondería todas sus preguntas. Quería averiguar que misterios le estaban escondiendo. Si lo hacía quizás perdería la confianza de los hermanos. Era arriesgado, pero tomó una decisión.

-Al, ¿Puedes acercarte un momento?

-¿Eh?- Sin entender muy bien porque, se inclinó un poco hacia la chica. -¿Qué quieres Kana?

-Un poco más que te lo tengo que preguntar al oído.

Alphonse estaba muy intrigado. ¿Qué estaba tramando? No sabía cómo decirle que 'no' a aquella simpática chica. Se acercó un poco más a la pelirroja de ojos verdes. Estaban a pocos centímetros. Y entonces hizo algo completamente imprevisto. La joven le dio una rápida patada a la cabeza del hermano menor y su casco salió volando. Alphonse dio un salto hacia atrás. La chica reprimió un grito ahogado. Sus piernas empezaron a temblar. Como ella temía la armadura estaba, vacía.

-¡Alphonse!-saltó Edward.

-¡Eh! ¿Por qué has hecho eso?- gritó la desconcertada armadura.

-No tienes, cuerpo…-mencionó la muchacha que retomó el control de sus piernas y retrocedió. Se fijó en que dentro del espacio hueco de la armadura había una marca de color escarlata.-Una marca de sangre…-Se dijo a si misma. Había leído sobre la transmutación del alma en algunos manuscritos antiguos. Decían que era extremadamente difícil de realizar y que nunca se había intentado. ¿Cómo habría perdido su cuerpo físico? No sería que...¿se atrvieron a romper las leyes de la alquimia? Alphonse recogió su cabeza del suelo, aún sorprendido. Edward estaba paralizado.

-Y tu brazo es artificial…-añadió, mirando al chico de los orbes dorados.

Ed sintió como una puñalada. Esta chica lo había descubierto enseguida. Quizás aún podía mentirle sobre como perdieron sus cuerpos. Su mirada se quedó clavada en el suelo unos segundos.

-Perdí el brazo en la guerra civil del Este, y mi hermano el cuerpo, pero pude salvar su alma.-esa mentira la solía usar cuando le preguntaban como perdió el brazo o la pierna.

-Rompisteis la ley… ¿verdad?- susurró con una mirada perdida.

Edward calló. Levanto sus ojos del suelo. Alphonse miró a su hermano y sin hablar, se entendieron. Decidieron contárselo todo, ya que tarde o temprano acabaría descubriéndolo. Empezaron desde el principio, cuando solo eran unos niños y todo parecía fácil e inocente. Le contaron como aprendieron alquimia con los libros de su padre y cómo este se fue de su hogar sin dar ninguna explicación. Cómo su madre calló enferma y los dejó, dejando un gran vacío irreparable. La forma en la que osaron pensar en traerla de vuelta, sabiendo que estaba totalmente prohibido. Su entrenamiento con su maestro, cómo rompieron el tabú de la transmutación humana y cómo el mayor de los hermanos pudo ver 'la verdad'. El incomparable dolor que sintió Edward cuando su hermano desapareció y descubrió que lo que crearon resultó ser un pecado contra la naturaleza. Cómo la angustia y el dolor de su pierna no le impidió sacrificar su brazo para recuperar el alma de Alphonse, e insertarla en una armadura. También le contaron la llegada del coronel Mustang a su casa y el cargo de alquimista nacional que le ofrecieron a Edward. Le hablaron de sus vecinas y amigas de la infancia, la familia Rockbell, que le construyeron sus implantes artificiales y les ofrecieron un hogar a ambos. Y finalmente cómo quemaron su casa en la que nacieron, para no volver al pasado, tras conseguir el título de alquimista.

La chica escuchó sin decir palabra. Pudo ver como en los ojos dorados del chico se reflejaba una mirada cansada y desesperada. Quizás habría sido mejor si no hubiese intentado averiguar su secreto y no haber abierto viejas heridas del pasado.

-Tuvo que ser muy duro.-se limitó a decir.

Hubo un gran silencio.

-Edward, me voy a pasear, buenas noches.-dijo Alphonse mientras se levantó y cerró la puerta del apartamento con un tono de voz seco poco habitual en él.

Edward se quitó su gabardina roja, sus zapatos, sus guantes y su chaqueta negra. Kana pudo ver el brillante brazo mecánico. Por eso le llamaban 'el alquimista de acero'.

-¿Con cuántos años te lo implantaron?-dijo con un tono suave.

-Con 11.-dijo amargamente.

La respuesta dejó parada a la chica. No pudo creer que sufriese semejante dolor a una edad tan temprana. Su historia la conmovió y pensó que su forma de comportarse la primera vez que se vieron fue un poco egoísta.

-Quiero recuperar el cuerpo de Al lo antes posible de la forma que sea. Por mi culpa no puede comer, ni dormir, ni sentir nada. Eso me duele más que la operación que tuve que soportar.-dijo mientras se deshizo su trenza.

-¿Has oído hablar de la piedra filosofal?-le preguntó a la chica.

-Sí, pero dicen que es solo un mito.

-La estamos buscando para recuperar nuestros cuerpos. ¿No será la joya de tu familia una piedra filosofal?

-Solo es un rubí. No creo que sea la piedra a la que te refieres.

Sus ojos se cruzaron por última vez y Ed se tumbó en su cama, se tapó con la manta y suspiró. Kana se dirigió al sofá donde dormiría y antes de cruzar el marco de la puerta se giró hacía donde estaba el chico.

-Os prometo, que si la joya de mi familia resulta ser esa piedra que tanto necesitáis, os la daré sin pensármelo dos veces.

Edward no respondió aunque oyese esas palabras y comenzó a descansar. Kana se quitó sus botas, sus mitones, el cinturón y la blusa de color azul. Debajo llevaba una camiseta de tirantes. Se cubrió con la manta que le dejó Al y apagó la lámpara. La historia de los hermanos le dio mucho en que pensar...

Alphonse caminaba lenta y pesadamente por las calles. Recordar el pasado le había hecho sentir mal y sin esperanza. La noche era agradable y la Luna estaba brillando con toda su intensidad sin embargo, el corazón de Alphonse estaba en un mar de tinieblas. Llegó de nuevo al piso a las 23:00 preparado para soportar otra larga noche solo. Entró sin hacer ruido y vio que su hermano estaba durmiendo con la barriga al aire como de costumbre. Suspiró y le tapó con la manta. Alphonse oyó un leve murmullo.

-Hidrógeno, Helio, Litio, Berilio, Boro, Carbono, Nitrógeno…- El sonido provenía del cuarto de al lado. Al vio que la luz estaba encendida. Entró sigilosamente.

-Oxígeno, Flúor…-Kana estaba tumbada en el sofá, cubierta por la manta, con un libro entre sus manos recitando la tabla periódica.

-Sodio, Magnesio, Aluminio, Silicio...-le interrumpió la armadura.

-Ah, eres tú, Al.-la muchacha se incorporó.

-¿No puedes dormir, Kana?

-No, y eso que estoy agotada. Cuando no puedo dormir leo.

-¿Me dejas verlo?

Kana se lo entregó. Era un libro viejo de tapa dura con algunas hojas sueltas y desordenadas. Algunas tenían distinta letra y distintas marcas. En algunas páginas había círculos de transmutación que nunca había visto. Sin duda era un libro de alquimia con conceptos básicos y otros muy avanzados.

-¿Lo has escrito tu?

-Algunas hojas, sí, pero el resto lo escribió mi abuela. Ella me enseño todo lo que sé de alquimia. Primero le enseño a mi hermana, pero no se le daba muy bien y lo dejó, así que quiso enseñarme a mí. Me enamoré de la alquimia: la destrucción y la recomposición, la ley del intercambio equivalente, las materias por las que está formado todo. Es simplemente fascinante. No tenía un talento especial al principio, pero con mucha práctica, estudio y motivación, empecé a dominarla desde pequeña.-decía de forma apasionada.

Kana y Al charlaron un buen rato. La chica alegró a Alphonse, que estaba deprimido por lo de antes. Transcurrió una hora. Kana reflejaba cansancio en sus verdosos ojos.

-Creo que ya he recuperado el sueño, buenas noches, Al.-bostezó entrecerrando los ojos.

-Espera. Yo no duermo. Puedes usar mi cama, Kana.-le sugirió

La chica se lo agradeció y por fin pudo dormir a gusto. Al estaba de mejor humor. Su nueva amiga le había hecho más llevadera el resto de la noche.

A la mañana siguiente, Ed, Al y Kana se prepararon para comenzar la búsqueda de Salter. La muchacha sacó un mapa de Central City y lo puso con fuerza, dando un golpe sobre la mesa, como si quisiera acabar con esto cuanto antes. Kana había estado tiempo estudiando los movimientos de Salter. Después de cada robo, vendía la mercancía en el mercado negro. Primero debían averiguar dónde estaba ese mercado. Ni Al, ni Ed sabían su paradero. Tampoco podían ir a preguntarlo directamente a ningún oficial de la ciudad, sino sospecharían que la hija de la sargento Sherlan estaba otra vez metiendo sus narices en asuntos del estado.

-Entonces solo queda una solución…- dijo Edward con una mirada pensativa que después se convirtió en una sonrisa traviesa.

Cuartel general, 16:00 de la tarde. Los chavales entraron como si nada, sin levantar sospechas. Andaban por el pasillo como si estuviesen de visita. Se encontraron con el Teniente coronel Hughes que pasaba por allí.

-¡Anda chicos, que sorpresa! ¿Qué os trae por aquí?

-Pues estábamos enseñándole las instalaciones de central a la señorita Sherlan.- respondió Alphonse con educación, como de costumbre.

Kana asintió. Edward se acercó a Hughes y se apartaron un poco del resto.

-¿Qué quieres, Ed? ¡Ah, ya sé! ¿Consejos para ligar verdad? ¡Admítelo, no seas tímido!- su última frase sonó con un retintín muy común en él.

-¡NO, cabeza hueca!-chilló Ed.

Kana y Al se quedaron sorprendidos ante el bramido que pegó el alquimista de acero. Alphonse simuló que tosía-Ejem- para recordarle a su hermano mayor el plan que tenían previsto. Edward reaccionó ante la señal de Al.

-Verás Hughes, aunque le estemos haciendo una visita guiada a la chica nueva, nosotros tampoco dominamos del todo el tema de los lugares más importantes del cuartel general. ¿Podrías decirme donde está la sala de los archivos sobre la ciudad?

-¡Claro! Pero ya sabes que está prohibido que entréis. Solo enséñale la entrada ¿De acuerdo?- Hughes le marcó en un papel las indicaciones y se lo dio.- Bueno, yo me voy que tengo mucho trabajo. ¡Hasta luego!-se despidió con una sonrisa.

-Gracias.

Edward se volvió a unir al grupo. Con sigilo y precaución los tres amigos se dirigieron a la sala que estaban buscando siguiendo las indicaciones de Maes Hughes. La puerta que conducía a los archivos estaba vigilada por un guarda. No tardaron en idear una estrategia para colarse dentro. Alphonse se acercó al vigilante, que tenía cara de estar aburrido cumpliendo con una tarea demasiado tediosa. Al le saludó, el guardia se lo devolvió.

-Te aburres ¿verdad?- le preguntó Alphonse al desanimado guardián.

-Sí, este trabajo puede volverse algo insoportable- le confesó.

-Pues mira esto…

Al se puso las manos en la cabeza y con un movimiento rápido levanto su casco, dejando ver que se trataba de una armadura completamente hueca. El guarda soltó un alarido de terror y retrocedió torpemente. Kana se le acercó por detrás y con un golpe seco en la nuca lo dejó inconsciente y cayó desmayado al suelo.

-Wow, ¿dónde aprendiste eso?- preguntó boquiabierto Ed.

-Me lo enseño mi hermana: cosas básicas que aprende en la academia militar.- respondió riendo.

-¡Pues tienes que decirle que me enseñe!- exclamó el hermano menor.

Arrastraron al guarda dentro de la sala de archivos. Al y Kana vigilarían si venían alguien, mientras Edward buscaría el documento deseado. El chico de acero rebuscó entre las estanterías. Pasó un cuarto de hora mientras buscaba, empezaba a impacientarse. Hasta que por fin, dio con la maldita carpeta: 'Plan contra el mercado negro en Central City'. Eran unos documentos que trataban sobre los distintos puntos de la ciudad en los que probablemente, los comerciantes ilegales intercambiaban sus botines y mercancías robadas. Edward sacó unos papeles en blanco y un bote de tinta, y cuando estaba dispuesto a copiarlos usando alquimia oyó la señal de advertencia de Alphonse.

-Caramba, ¡Hace tiempo que no me abrillanto la armadura!- Anunció Al.

Esa era la señal de que alguien se estaba acercando a la sala de archivos. Kana y Al se miraron con preocupación. La teniente Riza Hawkeye se acercó a la pareja.

-Buenos días Alphonse, buenos días señorita Sherlan.- dijo con su habitual voz seria.- ¿Dónde está el guarda de la sala de archivos Norte?

-Ha ido a los servicios, nos ha dicho que le vigiláramos su puesto un momento.-contestó la chica.

Riza empezó a sospechar un poco.

-Voy a entrar.

Kana le dio un golpecillo a Alphonse para que pensara algo rápido antes de que los descubriese. Hawkeye entró en la estancia, todo parecía en su sitio. Se oía una suave brisa. Una ventana estaba extrañamente abierta. La teniente puso su mano sobre su pistola. Edward estaba colgado de la cornisa de la ventana, rezando por no ser descubierto. Riza se asomó por la ventana con una mirada seria y fría, como si estuviese preparada para cualquier cosa.

-Señorita Hawkeye, ahora que lo recuerdo, ¡he visto en el vestíbulo al coronel Mustang con cara de estar muy cabreado y con los guantes de fuego puestos!- gritó Al.

La teniente se alejó de la ventana, aunque no muy del todo convencida de que las cosas fuesen como deberían. Se despidió de los chicos y se dirigió con paso ligero al vestíbulo, para comprobar que su superior no estuviese haciendo de las suyas. Kana y Al suspiraron aliviados. Dos minutos más tarde Edward salió corriendo con las copias en la mano y felicitó a su hermano por la distracción que usó para evitar que a la temible 'ojo de halcón' lo pillara.

-Pero, Ed, ¿qué hiciste con el vigilante?

-Lo escondí bajo una montaña de libros…

Al y Kana abrieron los ojos como platos mientras Ed les miraba con una sonrisa nerviosa.

-¡Salgamos de aquí antes de que se despierte!-chilló la muchacha y los tres compañeros salieron corriendo del cuartel, deseando que nadie los detuviese, en especial, cierto alquimista de espíritu ardiente.