Disclaimer: Ni los personajes ni nada perteneciente a la saga de Harry Potter es mio, duh, si fuera asi ni Lily, ni James, ni Remus, ni Sirius hubieran muerto y Peter hubiera sido enterrado vivo y todos bailarian felices y desnudos alrededor. Oh no. No recibo nada de esto, recuerdenlo, sigo siendo pobre.

Este fic participa en el reto "Hogwarts a través de los años" para el foro de "La noble y ancestral casa de los Black".


De dorado y escarlata

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Osadía

Sirius Black

"Todos tenemos luz y oscuridad dentro de nosotros, lo importante es lo que decidimos potenciar".

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Atrevimiento, audacia, astucia, descaro incluso. Esas y muchas otras palabras podían ser usadas para describir a Sirius Black, y ninguna de ellas era un error.

Aunque, ninguna de ellas le abarcaba por completo, tampoco.

Sirius fue considerado desde su niñez como un rebelde. Dentro de su tradicional familia, apegado a las antiguas tradiciones de pureza y lealtad a las artes oscuras, él fue quien decidió hacer un cambio, fue quien se levantó en contra de la injusticia que sucedía frente a sus ojos, fue quien puso un alto. Fue quien decidió tomar un camino diferente, el de la rectitud, el correcto; el camino difícil pero que daba la mejor recompensa.

Esto mismo comenzó desde que el Sombrero Seleccionador decidió que era a Gryffindor a donde pertenecía, desde que dejó de guiarse por los prejuicios familiares y se dejó llevar por lo que creía en realidad, por aquello que consideraba justo –y porque no, por el placer de llevar la contraria a su familia.

Era considerado también un chico problema, que disfrutaba de llamar la atención junto a su grupo de, igualmente problemáticos, amigos. Los Merodeadores, era como se hacían llamar; quienes causaban siempre revuelo con sus bromas y aventuras, esos que a la corta edad de quince años se convirtieron en animagos ilegales –que esa es la parte divertida, después de todo –para ayudar a luchar contra los monstruos de un amigo, aquellos que estarían dispuestos a dar la vida el uno por el otro si fuera necesario.

Un mago brillante, eso era. Porque vamos, que ser un animago no era cosa fácil, hay que darles crédito. Porque tenía talento un talento natural para los hechizos y transfiguración –tanta pureza en la sangre tenía que servirle para algo –y porque también odiaba estudiar y era un procrastinador de primera clase, que ya tenía talento como dijimos antes, no necesitaba estudiar.

El más leal de los amigos, si preguntabas a las personas adecuadas. Porque al entrar a la Orden del Fénix, esa organización secreta que luchaba en contra de las fuerzas oscuras –que bien se sentía luchar en contra de su podrida familia –ponía su vida en las manos de otros, y así mismo otras vidas dependían de él mismo. Y tenía miedo, mierda si tenía miedo, pero ¿es que no todos tienen miedo en algún momento de sus vidas? Pero no lo mostraba, trataba de no hacerlo, por lo demás, tenía que ser fuerte; y si no sabes vivir la vida al máximo, entonces no has vivido de verdad, ¿no?

¿Astucia? Tenía, y mucha. Una de esas cualidades que había heredado de los Black, que lo habría hecho un buen Slytherin, aunque primero le mandaban mil crucios que admitirlo. Porque era orgulloso también, y eso lo convertía en un león, uno de corazón. Pero si, era astuto, tenía una cierta sutileza para engañar a los otros, para salirse con la suya, para que las cosas acabaran como él quisiera, —Que soy un puto encanto, Cornamenta —decía, tan solo por el gusto de molestar a los demás.

Irresponsable era otra categoría en la que podía caer. Escabullirse, salir a media noche bajo la luz de la luna llena convertidos en animales, pasear por los pasillos después del toque de queda, desobedecer las reglas –si están ahí son para romperse –descubrir todos los pasadizos secretos en el castillo; toda clase de cosas que se podían considerar prohibidas, hay que admitirlo.

Joven, por siempre. Un inmaduro. Un inmaduro de mierda. Porque aunque el tiempo pasara, aunque los años volaran y él se siguiera pudriendo en esa cárcel, él seguiría siendo así, un crío. Pervertido, de mente cochambrosa, disfrutando de lo simple que es la vida, de todas esas cosas que uno al crecer se olvida de su importancia.

Payaso era lo que se creía, un maldito bufón. —Dejen de negarlo, no pueden vivir sin mi —declaraba con una de sus sonrisas presumidas, carcajeándose al ver como un millón de babosas dejaban su rastro de, bueno, baba, por encima de sus amigos. Y él solo se reía, ahí parado sin poder evitarlo, porque se veían ridículos. Jodidamente ridículos, les digo.

Y se carcajeaba, sin cesar, sin miedos, sin retenerse, sin una preocupación en este mundo.

Sus carcajadas fueron, también, lo último que este mundo escuchó de su parte.

Había sido su culpa, su puta, culpa; él lo sabía. No debería de haber ido, tenía que haberse quedado en Grimmauld Place, todos le dijeron eso, pero él no quería, no podía.

Tenía que ir, tenía que estar en la batalla.

Porque amaba la emoción, la adrenalina corriendo por sus venas, amaba ese sentimiento de libertad que le daba el estar en medio de un duelo, amaba sentirse parte de una causa más grande que él, de algo útil.

Pero eso se había acabado, lo sabía, lo supo en cuando su prima Bellatrix movió su varita, porque hay un lugar, dentro de todos, donde se saben las cosas, y Sirius lo supo.

Y no pensó en él, claro que no porque él ya no importaba desde hacía mucho muchísimo tiempo, pensó en Harry. En su sobrino, en lo único que importaba en ese mundo. Pensó en cómo le había decepcionado, en como quedaría desprotegido, en como lo dejaría solo, en como volvería a perder un padre. En como él se extinguía, pero dejaba en su lugar un rayo de luz, de esperanza. Sí, seguro Harry estaría bien.

Pensó en tantas cosas, pero pudo hacer tan poco.

Fue como si el tiempo se detuviera. Sintió como se libraba de todo peso, del de su cuerpo incluso. Como describía un extraño ángulo en el aire. Vio la sonrisa de satisfacción de Bella, puta Bella, porque ella también lo supo: ese era el final del grandioso Sirius Black.

Muerto. Ahora estaba muerto. Era una cosa curiosa. No se sentía muy diferente. Hace unos segundos tenía vida, y después –puff –simplemente no. Un momento era, y al siguiente ya no más.

Y se rió porque, que ironía, la muerte había resultado su ultima –y mayor –aventura.


Y colorin colorado, este capitulo se ha terminado. Oh por Dios, es que no tienen idea de cuanto amo a Sirius, con decirles que casi lloro escribiendo esto, soy demasiado sentimental para mi propio bien. Este capitulo cuenta con 1,006 palabrinas en Word, sin contar las babosadas que le pongo por arribita pa adornarle, claro.

Mi unica recompensa son sus reviews, ¡asi que definitivamente no me quejare si me dejan uno!

-A.