LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…
LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY
Capítulo 3
Bella miraba la carretera mientras Edward y ella se alejaban de la casa de su padre. Una casa a la que no estaba segura de querer volver.
Edward no intentó entablar conversación, y ella se lo agradeció. Llevaban casi una hora en el coche y, después de darle muchas vueltas, había llegado a una conclusión: las cosas ocurrían siempre por una razón. La sorpresa que había recibido aquel día le había hecho ver que el sueño de tantos años no era más que eso, un sueño. Podía lamentarse y sentirse traicionada u olvidarse del asunto. Y como ya no le quedaban esperanzas, la segunda opción era la única aceptable.
Edward frenó cuando llegaban a un semáforo y, suspirando pesadamente, Bella se quitó las gafas de sol para estudiar a su chófer, que en aquel momento parecía más un regalo del cielo que un asesino a sueldo. En cualquier caso, era el hombre más guapo que había conocido nunca y, aparentemente, también era una persona sensible.
—Gracias por sacarme de allí.
—De nada —contestó él.
Era guapo como los chicos malos de las películas, tal vez con un toque de sangre mediterránea. Su piel era suave, cetrina, el pelo cobrizo y sin peinar pero sexy. No podía ver sus ojos, de modo que se concentró en su perfil, en sus labios… hermosos labios masculinos. Recordaba lo suaves que eran…
—Ya casi hemos llegado —dijo él entonces—. Me gustaría ver tu tienda.
Bella negó con la cabeza. Estaba llevando la compasión demasiado lejos.
—No estás interesado en mis cinturones y mis bolsos.
—Puede que no, pero me interesa saber lo que haces todos los días.
Alice estaría en la tienda porque solía trabajar los fines de semana. Eran amigas desde siempre, pero aquel día no podía enfrentarse con ella. Conociendo la historia familiar, Alice intentaría consolarla, y Bella prefería olvidar lo que había visto con un buen baño caliente y un buen vino.
—Lo siento, pero prefiero que me dejes en casa.
—No, no pienso hacerlo.
—¿Perdona?
—Hace un día demasiado bonito para encerrarse en casa.
—No voy a ponerme a llorar, no te preocupes. Ya he llorado más que suficiente.
Edward se quitó las gafas de sol para mirarla.
—Vamos a hacer un trato.
—Mira, no estoy de humor…
—No es que lleve la cuenta, pero me debes un favor. De hecho, me debes dos.
Sí, era cierto. Le debía uno por aceptar el plan de llevar la empresa de su padre durante seis semanas y otro por sacarla de la casa.
—Muy bien. ¿Qué quieres?
—Te llevaré a casa, pero sólo para que subas a buscar el bañador.
—¿Para qué?
—Es un secreto —contestó Edward.
Bella se imaginó en un jacuzzi en algún dúplex en el centro de la ciudad… pero no pensaba dejar que se aprovechase de la situación, al contrario.
Aunque no sabía por qué se preocupaba tanto. Había comprado un biquini nuevo la semana anterior y, aunque pesaba un par de kilos más de lo que le gustaría…, qué demonios. No pasaría nada por ser impulsiva una vez.
Decidida, le indicó cómo llegar a su apartamento, y diez minutos después bajaba de nuevo con una bolsa de playa.
—¿Te sientes mejor?
—En realidad, no siento nada —Bella se encogió de hombros—. Debe de ser un mecanismo de defensa, ha sido uno de los peores días de mi vida.
—Pues vamos a arreglar eso —sonrió Edward, ajustando el retrovisor.
Poco después llegaron al puerto, donde una mujer de pelo rubio y pantalón corto salió para saludar a Edward y darle una cesta de merienda.
—¿Lo tenías preparado?
—La he llamado al móvil mientras te esperaba.
Edward tomó a Bella de la mano y la llevó por el muelle hasta un yate impresionante de nombre Fortuna.
—¿Es tuyo?
Cuando se quitó las gafas de sol, Bella vio un brillo de orgullo en sus ojos. —Es precioso, ¿verdad?
—Muy bonito, pero imaginé que tendrías algo más grande —bromeó ella.
—Te aseguro que es lo bastante grande —sonrió Edward, tomándola del brazo otra vez.
Una vez a bordo. Bella se puso el biquini naranja y una camisa blanca, y Edward un pantalón color caqui y una camiseta que destacaba la anchura de sus hombros.
Bella respiró profundamente, dejando que la brisa marina acariciase su cara. Qué diferencia de la noche anterior, cuando aquel hombre era su enemigo.
¿Y aquel día?
Bueno, aquel día ella era una mujer nueva con un montón de posibilidades, incluyendo a Edward Cullen.
Mientras él sacaba el yate del puerto, Bella observó la brisa moviendo su pelo y admiró las arruguitas que se formaban alrededor de su boca cuando sonreía. ¿Estaría saliendo con alguien?, se preguntó. De ser así, no podía ser una relación muy seria. Además, le había dicho que no estaba interesado en el matrimonio.
¿Estaría evitando el matrimonio porque le gustaba salir con unas y con otras? ¿Le habría roto el corazón alguna mujer? No, seguro que no.
Edward echó el ancla cuando llegaron a una cala desierta. La playa, resguardada por una pequeña arboleda, parecía un pequeño paraíso.
Después de sacar la cesta de la merienda y una manta, Edward le mostró una botella de champán con una etiqueta muy conocida.
—¿A alguien le apetece champán?
—No, gracias, prefiero un refresco.
—Imagino que no es un día para celebraciones —murmuró él, mientras bajaban por la escalerilla.
—En realidad, sí lo es —dijo Bella entonces—. Ahora puedo empezar a vivir de verdad.
—¿A qué te refieres?
—Es una larga y aburrida historia…
—Bueno, tenemos todo el día —Edward puso la manta sobre la arena y se dejó caer sobre ella.
Bella solía guardarse los detalles más sórdidos de su vida para sí misma. Su única confidente era Alice, pero tal vez aquél era el mejor momento para hacer una purga y contarlo todo. ¿Sería buena idea mostrarse sincera con el hombre que estaba a punto de comprar la empresa de su padre?
Arrugando la nariz, se llevó la lata de refresco a la boca.
—¿Seguro que quieres que te lo cuente?
—Pues claro. Tenemos sándwiches… —Edward examinó el contenido de la cesta— queso, fruta, refrescos y bombones de chocolate. Hay provisiones suficientes para aguantar aquí hasta el miércoles.
Bella sonrió, pero dejó de hacerlo cuando empezó a relatarle su historia:
—Mi padre era hijo de un mecánico y se convirtió en mecánico también, mientras mi madre venía de una familia adinerada. La casa en la que vive ahora fue un regalo de mi abuelo, que nunca lo vio como el mejor partido para su hija, como te puedes imaginar.
—Ya, claro.
—Imagino que mi padre se sentiría presionado para triunfar habiéndose casado con una mujer rica… en fin, cuando consiguió una buena cantidad de clientes en su negocio de reparación de corta céspedes, mi madre sugirió que pidiese un préstamo para ampliar el negocio —Bella apoyó una mano en la arena, recordando aquellos días como recordaría su película favorita—. Esos fueron los momentos más felices de mi vida. Mi padre estaba muy ocupado, pero siempre tenía tiempo para nosotras. Desgraciadamente, su falta de formación empresarial impidió que viera que uno de sus socios le estaba robando… él estaba destrozado, pero mi madre lo sacó del apuro pidiéndole un préstamo a mi abuelo, a quien no le hizo mucha gracia… —Bella se abrazó las rodillas—. Y a partir de entonces mi padre cambió por completo.
—Imagino que fue un golpe para su orgullo —murmuró Edward—. ¿Cuándo supiste tú todo eso?
—Una niña lo escucha todo… las discusiones, las peleas. Mi padre quería hacer las cosas de una forma y mi madre de otra… aunque normalmente ganaba ella porque era más astuta para los negocios. Por fin la empresa se recuperó del todo, pero mi padre nunca reconoció el esfuerzo que había hecho mi madre. De hecho, creo que en el fondo estaba resentido con ella. Con el tiempo, las diferencias se fueron ampliando y, cuando cumplí diez años, yo ya sabía que el amor entre ellos había muerto —Bella miró a Edward entonces—. Puede que creas que un niño no puede saber eso, pero yo lo veía en sus ojos.
—Te creo —dijo él entonces, con aparente sinceridad.
—El día de mi cumpleaños, mi madre organizó una fiesta estupenda con todas mis amigas. Mi abuelo había muerto la semana anterior y la pobre aguantó como pudo, pero cuando fue a darme un beso de buenas noches empezó a llorar, y yo le pregunté qué le pasaba… por lo visto, mi abuelo se lo había dejado todo a su hermano mayor. Tal vez porque nunca le habían devuelto el dinero del préstamo… mi padre siempre lo iba posponiendo y, al final, ella se quedó sin herencia que dejarme. La pobre sólo encontraba un consuelo: que algún día mi padre me dejase a mí las riendas del negocio. Aunque entonces eso no me importaba, lo único que deseaba era que mis padres se quisieran otra vez.
—Pero tu madre murió, de modo que ya no podía influir en los asuntos de la empresa —dijo Edward.
—Eso es.
Además, su padre iba a casarse y a tener otro hijo. Bella siempre había querido tener un hermano, pero en aquel momento no podía verlo de manera tan sencilla.
—Tras la muerte de mi madre, yo me sentí muy sola… y cuanto más tiempo estaba sin ella, más importante era para mí que mi padre me dejase el negocio, como ella había querido. Pero después de esta mañana, esa parte de mi vida ha terminado para siempre —Bella levantó la barbilla—. No me gusta admitirlo, pero la verdad es que me siento aliviada.
—Me alegro. Y debes olvidarte del asunto y pensar en lo que quieres hacer con tu vida.
Bella se tumbó sobre la arena, con las manos en la nuca, mirando el cielo.
—La verdad es que no estoy muy segura de lo que quiero. Ni siquiera de quién soy.
Edward se tumbó a su lado, apoyando la cara en una mano para mirarla.
—Eres una mujer joven y preciosa… que está igual de guapa con un vestido que con un biquini.
—Debo admitir que tú tampoco estás mal —rió Bella.
—Pero eso no ha evitado que intentases tirarme del cortacésped. Menos mal que me he agarrado con todas mis fuerzas.
Ella miró la fuerte columna de su cuello. Su torso debía de ser duro como el granito, pero cálido y humano. Ardiente y maravillosamente masculino.
Una ola de deseo la envolvió entonces con tal fuerza que, nerviosa, se levantó de un salto.
—Hace mucho calor—murmuró, quitándose la camisa—. Voy a bañarme.
¿Pero por qué corría?, se preguntó. Edward ya no era su enemigo, y la verdad era que ella deseaba que la tocase. Lo deseaba con todas sus fuerzas y sabía por el brillo de sus ojos que él lo deseaba también.
Cuando el agua le llegaba por la cintura, vio a Edward quitándose los pantalones y la camiseta. Poco después se reunió con ella, su cuerpo atlético apenas cubierto por un bañador negro. Lanzándose al agua de cabeza, estuvo nadando unos segundos y después apareció a su lado.
—Hola.
Al ver esos poderosos bíceps, Bella sintió un estremecimiento. Tenía una presencia tan formidable que casi le daba miedo.
¿Debería ir a lo seguro y olvidarse de la atracción que sentía por él o arriesgarse y dar un paso adelante? Pero había recibido una impresión esa mañana, ¿estaba preparada para aceptar las consecuencias?
Indecisa, contuvo el aliento mientras nadaba hacia el otro lado… pero Edward la agarró del tobillo.
—¿Dónde vas?
Riendo, Bella empujó su cabeza para hacerle una ahogadilla, y él le devolvió la broma. Cuando salieron para buscar aire estaban riendo los dos, pero entonces Edward la tomó por la cintura y la sonrisa murió en sus labios. En sus ojos había un brillo lleno de promesas, de sensualidad.
Y esta vez, Bella no se movió.
—¿De verdad creías que intentaría seducirte para conservar la empresa de mi padre?
Edward puso las manos en su cintura.
—No sabía qué pensar, lo cual es extraño. Normalmente no tengo problemas para analizar a la gente.
—¿Es un talento especial?
Los ojos de Edward se oscurecieron mientras deslizaba las manos por su trasero.
—Uno de ellos.
—Lo admito ahora: me gustó que me besaras.
—Ya lo sabía —sonrió él, tomando su mano para besarla—. Y a lo mejor te interesa saber que mis habilidades no se limitan al boca a boca.
—¿Ah, no?
—No —murmuró Edward, besando sus dedos uno por uno y metiendo el último en su boca durante un segundo.
Bella se quedó sin aire. Aunque intentaba mostrarse indiferente, le costaba trabajo respirar.
—No está mal.
—Este es uno de mis favoritos… besar tu cuello.
La curva de su garganta parecía conectada con sus pezones a través de una cuerda invisible que los despertaba a la vida.
—Muy bien, señor Cullen —empezó a decir, con voz ronca—. Pero no es muy original.
—¿Quieres algo nuevo y emocionante?
—¿Eso sería esperar demasiado?
—No lo sé, dímelo tú.
Bella sabía lo que estaba preguntando. Edward Cullen no estaba interesado en compromisos y, después de lo que había pasado aquel día, tampoco lo estaba ella.
—Creo que durante los últimos quince años de mi vida me he estado limitando a mí misma… viviendo sin perder de vista el objetivo de dirigir la empresa de mi familia. Lo de hoy me ha dolido, pero tienes razón, debo dejar todo eso atrás y hacer lo que sea mejor para mí —dijo Bella, enredando los dedos en su pelo—. ¿Eres tú lo que necesito, Edward Cullen?
—No lo sé, pero desde luego tú sí eres lo que yo necesito.
Bajo el agua, Bella notó cuánto la necesitaba y, dejándose llevar por un deseo que ni quería ni podía controlar, apoyó los labios en los suyos.
—Creo que estoy preparada para probar el boca a boca otra vez.
Edward sonrió.
—Veré qué puedo hacer para que resulte nuevo y excitante.
Hola, como les ha parecido la ADAPTACIÓN? espero sus comentarios... nos leemos la proxima semana... besos... by
