LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…
LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY
Capítulo 5
¿Nochevieja?
Bah, un rollo, pensó Bella, dejándose caer sobre un asiento de plástico en el aeropuerto de Nueva York. Unos minutos antes se había despedido de Alice, que se había ido a una isla, con un gran arrecife de coral, para pasar la Nochevieja. Alice y Rosalie, una amiga suya que trabajaba en una agencia de viajes, le habían suplicado que fuera con ellas: alojamiento de lujo, fiestas todas las noches…
Bella dejó escapar un suspiro. No tenía fuerzas para eso.
Le encantaría irse de vacaciones, pero ya no lo veía todo de color de rosa. Aunque le gustaría ser más fuerte, aún intentaba acostumbrarse a la idea de que había perdido la empresa familiar. Y luego había otro problema…
Irse de viaje con Alice y Rosalie sólo serviría para deprimirlas, y las pobres merecían unas vacaciones. Y si tenían la suerte de encontrar a alguien que les gustase…
Ella no quería estar en esa situación; con una copa en la mano y apartando con la otra a una docena de cavernícolas borrachos.
Habían pasado seis semanas desde que se despidiera de Edward Cullen, y cada vez que miraba a un hombre lo único que sentía era total indiferencia. Ninguno podía compararse con él.
De pronto sintió un cosquilleo en la nuca, como la caricia de la brisa. Y un segundo después, oyó un murmullo en su oído:
—Hola.
Bella se dio la vuelta, con el corazón en la garganta. Y allí estaba, a su lado.
—¡Edward!
Mientras él daba la vuelta para sentarse a su lado. Bella tuvo que contener el impulso de echarle los brazos al cuello. Estaba tan guapo…Los vaqueros gastados abrazaban sus piernas como le gustaría hacerlo a ella. Llevaba la camisa remangada, dejando al descubierto sus poderosos antebrazos…
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntaron los dos a la vez.
Y luego:
—Tú primero —también los dos a la vez.
—He venido a despedir a mi amiga Alice.
—Alice… la chica que te ayuda en la tienda, ¿no?
—Eso es. Alice y otra amiga se han ido a pasar unos días de vacaciones.
—Ah,¿Por qué no has ido tú?
—Porque estoy muy ocupada en la tienda… en fin, tengo cosas que hacer.
—Es una pena. Imagino que te vendría bien un descanso.
Pero si hubiera subido a ese avión, no se habría encontrado con él, pensó Bella. Había soñado muchas veces con ese encuentro, pero nunca pensó que pudiera hacerse realidad.
—¿Qué haces tú aquí?
—Acabo de llegar de Seattle.
«Estupendo», pensó Bella.
—Entonces debes de estar cansado.
—He estado en Seattle desde antes de Navidad.
—¿Por trabajo?
—Una mezcla de todo. Un amigo mío quería que le diese mi opinión sobre… —Edward no terminó la frase—. Pero imagino que tendrás que irte, ¿no? Es Nochevieja. Imagino que irás a alguna fiesta.
La habían invitado a varias, pero había rechazado todas las invitaciones. Por la misma razón por la que no había ido de vacaciones, porque sería un estorbo para los demás. ¿Pero cómo podía explicarle eso a Edward Cullen?
—En realidad, como estoy tan ocupada en el trabajo, había pensado irme pronto a casa.
—¿Estás muy cansada?
—Pues…
—Es que acaban de invitarme a una fiesta y… —Edward hizo un gesto con la mano—. No, déjalo, no quiero molestarte más.
—No me estás molestando —rió ella.
—La fiesta es en mi edificio. ¿Te apetece ir?
—Pues… sí, la verdad es que sí.
—¿Tienes que cambiarte de ropa?
Bella miró su vestido de punto negro y las sandalias plateadas.
—¿Tú qué crees?
—A mí me parece que estás preciosa —sonrió Edward, tomándola del brazo.
Sólo tenía que decirlo en voz alta para que Bella lo creyera. Mientras salían de la terminal, se sentía la mujer más guapa del mundo. Una mujer para quien, de repente, había salido el sol.
—¿Te llamas Beatriz? Bella negó con la cabeza.
—Bella.
Aro, el hombre que Edward acababa de presentarle, se puso una mano detrás de la oreja para intentar oírla bajo el estruendo de la música.
—¿Comó?
—¡Bella!
—Ah, bienvenida, Bella. Cualquier amiga de Edward es amiga mía. Toma lo que quieras.
—Gracias.
La fiesta parecía divertida, pero ella hubiese preferido estar en el yate, los dos solos, derritiéndose uno en brazos del otro. Su encuentro aquella noche debía de haber sido cosa del destino…
¿Pero qué tendría el destino preparado para el día siguiente?
Alejándose de Aro, Bella se abrió paso entre la gente para llegar hasta Edward, que estaba abriendo una botella de champán.
—¿Toda esta gente es amiga tuya?
—No, todos no —sonrió él, llenando dos copas—. Por nosotros.
No sabía qué había querido decir, pero Bella brindó con él. Al menos estaban juntos, y cuando la fiesta terminase…
Un hombre alto y fuerte se abrió paso hasta la barra y le dio a Edward una palmadita en la espalda.
—Edward, ¿cómo estás?
—No sabía que ibas a venir —sonrió él—. Emmet, te presento a Bella Swan.
—Encantado. Y estaré más encantado si dejas que recupere el dinero que me ha ganado tu novio. ¿Qué te parece, Edward? Dejo que tú tires primero.
—No, nada de billar esta noche.
—Sólo una partida, venga.
—A mí no me importa —dijo Bella—. Me gusta el billar.
Emmet le pasó un brazo por los hombros.
—Edward, cada día tienes mejor gusto con las mujeres.
Lo había dicho como un cumplido, pero Bella recordó los preservativos en el yate. Ella había aceptado la invitación y no se arrepentía, ¿pero era una tonta al creer que la decisión de hacer el amor había sido suya? ¿No sería más realista admitir que había sido seducida por Edward como, sin duda, lo habían sido tantas otras mujeres?
Claro que ella era una adulta y, por lo tanto, no podía culpar a nadie de sus propias decisiones.
—¡Te apuesto cien dólares!
—No, en serio…
—A mí no me importa, de verdad —insistió Bella.
—¿Estás segura? Presenciar una partida de billar no es lo que una mujer quiere hacer en Nochevieja.
Edward era un encanto, pero evidentemente tenía demasiados estereotipos en lo que se refería a las mujeres.
—A mí me gusta el billar.
Unos minutos después entraban en una habitación, dejando atrás el ruido de la fiesta.
—Tiras tú primero —sonrió Emmet.
—Emmet y yo tenemos un acuerdo —dijo Edward, guiñándole un ojo.
—Sí, el acuerdo es que jugamos los dos y él siempre gana —rió su amigo—. Pero eso se va a terminar.
Bella se puso cómoda sobre un taburete para verlos jugar. Pero fue una partida rápida y ganó Edward.
Emmet apoyó el taco sobre el tapete, pasándose la otra mano por el pelo.
—Una partida más, seguro que ahora te gano.
—No, esta noche no.
—Doble o nada. Venga, hombre… Bella es una chica estupenda, seguro que no le importa.
Bella decidió que era el momento de actuar. De modo que saltó del taburete, le quitó el taco de la mano, se apoyó en la mesa… y envió tres bolas a sus correspondientes esquinas.
—No, no me importa. Ya os he dicho que me gusta el billar.
Edward y Emmet se miraron, atónitos.
—Ha sido un golpe de suerte.
Bella volvió a tirar y envió otra bola a la esquina.
—¿Sabes jugar de verdad? —rió Edward.
—Pues claro.
—Ah, esto se pone interesante —dijo Emmet entonces, volviendo a colocar las bolas—. Te dejo tirar a ti primero.
—No me hagas ningún favor —rió ella.
—Venga, empieza.
Bella metió seis bolas en sus esquinas, dejando a Edward perplejo. Y cuando por fin falló, él prácticamente la apartó de un empujón.
—Me toca a mí.
Bella apoyó la mejilla sobre el taco. Lo estaba pasando en grande.
Cuando Edward consiguió meter las siete bolas, tenía la frente cubierta de sudor. Luego, concentrado, se apoyó en la mesa para hacer chocar la bola blanca contra la negra, y Bella contuvo el aliento… pero la bola se quedó a un centímetro de la esquina.
Y él apretó los labios, enfadado.
Demasiado educada para ponerse a dar saltos, Bella se preparó para golpear la bola negra mientras Edward se tomaba la copa de un trago.
Pero entonces se abrió la puerta corredera que daba al balcón y el joven borracho que entró dando trompicones chocó contra la mesa enviando la bola al agujero.
Bella soltó una palabrota, Edward sonrió y Emmet saltó del taburete.
—Este patoso le ha estropeado el golpe, pero yo apuesto por tu amiga.
—No, ya hemos terminado por hoy —dijo Edward, tomando a Bella del brazo para salir de la habitación.
—¿Dónde vamos?
—¿Quieres que nos quedemos?
No, pero tampoco quería irse a casa.
—¿Hay alguna alternativa interesante?
Edward dijo algo, pero era imposible entenderse con el ruido de la música, de modo que tiró de ella para salir del apartamento.
—Podemos ver los fuegos artificiales desde mi balcón —sonrió, llevándola hacia el ascensor—. A menos que prefieras ir a otro sitio…
¿Su balcón? ¿Se refería a su apartamento?
El corazón de Bella se aceleró al pensar que iban a estar solos otra vez… sobre todo después de aquella competitiva partida de billar. ¿Habría pensado en ella durante esas seis semanas? ¿Habría vuelto a acordarse o sencillamente estaba aprovechando la oportunidad porque se había presentado?
La posibilidad de volver a hacer el amor con él era tan emocionante como peligrosa, como tirarse de un precipicio con los ojos vendados. Pero ¿y si para él no era más que un buen revolcón? ¿De verdad quería eso?. Por otro lado, Edward le había pedido que se quedase aquella noche en el yate; fue ella quien declinó la oferta. Tal vez, si no lo hubiera hecho, él la habría llamado… En cualquier caso, ¿no podía dejar de darle mil vueltas a todo y disfrutar de aquel hombre fantástico durase lo que durase?
—Lo de tu balcón suena bien.
Dos minutos después llegaban a su ático, y Edward la llevó a un salón con suelos de madera clara, sofás de piel y mesas de cromo. Un sitio muy masculino.
—Estoy impresionada.
Una de las paredes era enteramente de cristal, y en una hora el cielo se iluminaría con los fuegos artificiales.
—Tienes una vista increíble desde aquí.
—¿Dónde has aprendido a jugar al billar?
Bella sonrió. No había tardado mucho en sacar el tema. Cuando se volvió, Edward estaba muy cerca, tan cerca que podía notar el calor de su cuerpo.
—Mi padre me enseñó cuando era muy joven, y practiqué todas las tardes durante un año. Teníamos una sala de juegos en el internado…
—¿Jugabas al billar en un internado de chicas?
Bella soltó una carcajada.
—Oye, que el talento de una mujer no se limita a tener niños y aplicarse el maquillaje. ¿De qué siglo eres?
—¿Quieres decir que no esperabas dejarme sorprendido?
—Bueno, en realidad sí lo esperaba.
—¿Y qué otras sorpresas me tienes reservadas?
A Bella no se le ocurría ninguna, pero decidió hacerse la misteriosa.
—No serían sorpresas si te lo dijera.
—Dímelo de todas formas.
—No sé si estás preparado.
—Seguro que sí. Siempre estoy preparado para ti.
Irresistible… y arrogante. Un chico malo, desde luego.
—¿Ah, sí?
Su sonrisa era tan ardiente que no podía haber ninguna duda: quería repetir lo que habían hecho en el yate. Y la verdad era que ella quería que la tomase en brazos, que la llevase al dormitorio y la besara hasta que no supiera qué día era. Había pensado a menudo en acostarse con él otra vez, ¿pero quería ponérselo tan fácil?, se preguntó. Porque eso era lo que Edward parecía esperar.
«Siempre estoy preparado para ti».
Lo había dicho de broma, pero lo había dicho de todas formas. Y cuando se acercó un poco más, Bella salió al balcón para tranquilizarse un poco.
Si se acostaba con Edward esa noche, le dolería que no volviese a llamarla. Claro que podía ser sincera y preguntarle si tenía intención de volver a verla, pero eso representaba un problema… para empezar, que podría quedar como una tonta. No, sería mejor hablar de otra cosa.
—He estado haciendo planes para abrir un servicio de floristería exclusivo. Era algo que quería combinar con la empresa de mi padre, pero… he tenido tiempo para pensar y ahora estoy segura de que eso es lo que quiero hacer.
—¿Se lo has contado a tu padre?
—No, ¿para qué? El me ofreció dinero para que abriese otra tienda de bolsos, pero no lo acepté.
Edward apoyó los codos en la barandilla del balcón.
—¿Por qué no?
No era fácil explicarlo sin parecer una desagradecida…
—Para empezar, si mi padre me diese el dinero para la tienda, sentiría que era suya, no mía. Y yo quiero seguir adelante por mi cuenta, sin depender de nadie —contestó Bella.
Pasara lo que pasara, el futuro sería suyo, las decisiones, los errores, las recompensas.
—Tu madre estaría orgullosa de ti.
Ella le había dicho lo mismo aquella noche, en el yate. ¿Cómo sería no haber conocido nunca a tus padres, saber que estabas solo en el mundo? Debía de ser como si te faltara una pieza de ti mismo, y ella no podía imaginar sentirse tan desplazada. Y, sin embargo, Edward había triunfado en la vida. Y tal vez era el momento de hablar del asunto.
—¿Cómo va la empresa Swan?
—Bien —contestó él—. Hemos cancelado la deuda, he hablado con todas las franquicias para decirles cómo quiero que se hagan las cosas… sí, estoy contento. ¿Qué tal lo llevas tú?
Bella se apartó el pelo de la cara.
—Ya me he acostumbrado a la idea —contestó. No era cierto, pero quizá algún día lo sería—. Y me alegro de que mi padre consiguiera un buen trato.
—¿Y con respecto al hijo que va a tener?
Ella dejó escapar un suspiro.
—Bueno, eso sigue siendo un poco raro, pero imagino que me hará ilusión cuando nazca. Estará bien no ser hija única por fin. Mejor tarde que nunca.
Edward se apartó de la barandilla.
—¿Quieres una copa?
—¿Te has preguntado alguna vez si tendrás hermanos por ahí? —le preguntó Bella entonces, cambiando de tema.
—Prefiero no hablar de eso ahora —sonrió Edward—. ¿Quieres ayudarme a preparar una ensalada? La chica que limpia el apartamento me ha llenado la nevera esta mañana, pero tengo que descongelar un par de filetes.
—Muy bien.
Edward no tenía parientes, pero eso no había impedido que saliera adelante en la vida, que estuviera seguro de sí mismo. Ella, por otro lado, siempre se había agarrado a su padre, y ahora que ese pilar había desaparecido se sentía como a la deriva. Y aquella noche, sus conflictivos sentimientos por Edward no la estaban ayudando nada. ¿Podría aquella relación ir a algún sitio? Y si era así, ¿qué significaba eso para su futuro? Un futuro que parecía tan claro hasta seis semanas antes, pero que ahora estaba en el aire.
Bella entró de nuevo en el apartamento y se colocó a su lado tras la encimera de granito negro para cortar lechuga, tomates y cebollas mientras Edward se encargaba de descongelar los filetes.
—¿Sueles cocinar?
—Casi todas las noches… dame la pimienta, por favor —contestó él.
Bella levantó la cabeza para mirarlo y, al hacerlo, se le resbaló el cuchillo de las manos.
—¡Ay!
—A ver… —Edward se acercó enseguida para poner su mano bajo el grifo de agua fría—. No es un corte profundo, no te preocupes. ¿Ves? No es nada.
Salió un momento de la cocina para volver con un botiquín y, después de ponerle una tirita, inclinó la cabeza y puso los labios sobre la herida. Era un gesto tan pequeño y, sin embargo, tan emocionante. ¿Sabría Edward el efecto que ejercía en ella? La repuesta inteligente era: por supuesto.
—Tengo que apartar los filetes… se están haciendo demasiado.
—Estarán riquísimos, no importa —sonrió Bella, moviendo su dedo con la tirita—. Gracias.
—De nada. ¿Quieres que te corte el filete?
—¿También quieres darme de comer?
Era una broma, pero en su mente apareció la imagen de ellos dos dándose de comer el uno al otro… y sin poder terminar porque el deseo hacía que se devorasen.
Sonriendo, Edward tomó los platos para sacarlos al balcón.
La cena sabía mejor que nada de lo que ella hubiera cocinado últimamente. Sin dejar nada en el plato, Bella se dejó caer hacia atrás en la silla.
—Puedes cocinar para mí cuando quieras.
—Me alegro de que te haya gustado —dijo él, mirando el reloj—. Es casi medianoche.
Iba a besarla, pensó, todo el mundo se besaba en Nochevieja. ¿Pero qué pasaría después? ¿Debía hacerle saber que también ella quería más? ¿Y si Edward no entendía la pista? ¿Y si la entendía?
El ruido en la calle aumentaba por segundos: gritos, petardos, canciones. A la gente de Nueva York le encantaba la Nochevieja, y aquel año su alegre ciudad se había convertido en un espectáculo.
—En caso de que estés preguntándotelo, voy a besarte.
Bella tragó saliva, pero se encogió de hombros, como si no tuviera importancia. Si él podía bromear al respecto, también podía hacerlo ella.
—No estaba pensando en eso.
Desde abajo les llegó la cuenta atrás…
Diez, nueve, ocho…
Edward, entre la luz y la sombra, tomó su mano.
—Llevo toda la noche deseando hacer esto.
Cinco, cuatro, tres…
Bella quería besarlo, ¿pero qué quería Edward de ella?. Mientras lo miraba a los ojos resonó un grito de «Feliz Año Nuevo» y el cielo se iluminó con los fuegos artificiales. Mientras todo explotaba a su alrededor, Edward llevó hacia atrás sus manos unidas y la apretó contra su pecho.
—Hay estrellas fugaces esta noche, Bella. Pide un deseo.
Su presencia era tan fuerte, tan masculina, tan hipnótica, que apenas podía respirar.
—Pídelo tú.
—Me gustaría que te quedases esta noche.
Su piel ardía, las piernas se le doblaban. ¿Qué quería? ¿Dónde llevaría aquello?
—No estoy segura…
—Entonces tendré que convencerte —murmuró él, bajando la cabeza para buscar sus labios—. Feliz… —un beso—Año —otro beso—Nuevo…
Tomando su cara entre las manos, la besó despacio, profundamente, con el deseo y la pasión con los que Bella había soñado durante esas semanas.
—Sí—murmuró Bella, sin abrir los ojos.
HOLA, LAMENTO NO HABER ACTUALIZADO ANTES PERO ME SURGIERON UNOS ASUNTOS IMPORTANTES, PERO TODO RESUELTO Y ACTUALIZARE LOS VIERNES COMO VENIA HACIENDO, ESPERO LOS REVIEWS, ALERTAS, BESOS, BY
