LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…
LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY
Capítulo 6
A Bella le daba igual que fuese o no la decisión más acertada porque sabía que era la más acertada en aquel momento. Con los fuegos artificiales, la alegría de la gente, la música sonando en la calle, Edward la llevó a su dormitorio y ella lo siguió.
El olor de la pólvora quemada, mezclado con el olor masculino de su cuerpo y las sombras de la pared hacían que aquél pareciese un momento surrealista.
Sin dejar de mirarla a los ojos, Edward le quitó el vestido… y luego sonrió.
Y ella sabía por qué: el conjunto de encaje negro de sujetador y tanga era de lo más sexy.
Desde luego, había sido una suerte que el destino guiara su mano esa tarde cuando se vistió para ir al aeropuerto.
Había soñado con estar frente a Edward llevando ese conjunto, pero su fantasía no había llegado tan lejos… no, no se le había ocurrido que Edward pudiera estar acorralándola frente a la cama con ese brillo travieso en los ojos dos minutos después de la medianoche el día de Año Nuevo.
Cuando se dejó caer sobre la cama él la siguió y, tomando su cara entre las manos, la abrasó con un beso perfecto. Lo que ocurría allí dentro no tenía nada que envidiar a los fuegos artificiales de fuera. El único espectáculo que merecía la pena aquella noche tenía lugar allí, en la habitación de Edward Cullen.
—He pensado mucho en ti, Bella.
¿De verdad habría pensado en ella? ¿Debería ser sincera con él?
—Yo también —dijo por fin.
Edward la besó en el cuello, despertando una oleada de deseo que la impidió seguir pensando. No quería pensar en nada más que en las sensaciones que provocaban sus caricias. Ya tendría tiempo para diseccionar lo demás. Ahora no…
Bella tiró de su camisa para quitársela, acariciándole dorso que tanto le gustaba, más caliente y más vital de lo que recordaba. Y Edward empezó a quitarle el sujetador, tirando de ella para tenerla más cerca.
—Voy a hacer que cumplas tu promesa.
—¿Qué promesa?
—Quedarte toda la noche.
Edward la dejó sobre el edredón y cuando inclinó la cabeza para acariciar sus pechos con la lengua, Bella estuvo a punto de desmayarse.
—Me gustas más desnuda —murmuró.
Nadie le había hablado nunca de esa forma, y debía confesar que le gustaba. Casi sin respiración, Bella levantó las caderas y dejó que le quitase las braguitas. Y se mordió los labios para contener un gemido cuando su mano rozó el interior de sus muslos.
Se agarró al edredón cuando los expertos dedos de Edward empezaron a atizar el fuego hasta que, justo antes del momento crucial, se apartó. Bella abrió los ojos y encontró su colosal silueta frente a ella, de rodillas sobre la cama.
Tomándola por las caderas, Edward tiró de ella hasta dejarla sentada sobre sus muslos, rozándola con su erección pero sin entrar en ella todavía. Bella le echó los brazos al cuello, y ésa pareció ser la señal porque de repente lo sintió dentro.
Había estado loca al pensar que Edward podría no querer hacer el amor esa noche. Al día siguiente pensaría lo que debía hacer. Por el momento, la idea de hacer el amor con Edward Cullen una vez más era lo único que importaba.
Bella se quedó dormida al amanecer, pero la despertó el aroma a café recién hecho. Antes de abrir los ojos recordó las horas sublimes que había pasado en la cama con Edward…
Estirándose, tuvo que sonreír.
La vida era maravillosa.
—Ya era hora.
Edward, en vaqueros y camiseta blanca, entró con una bandeja en la mano y Bella se incorporó, sintiéndose un poco ridícula por taparse con la sábana. Ya lo había visto todo, lo habían hecho todo. No había nada que esconder. Y sin embargo, cuando la miró mientras dejaba la bandeja sobre la cama se puso colorada. Se sentía más libre con él que con cualquier otro hombre que hubiese conocido y, sin embargo, nunca se había sentido más vulnerable.
La noche anterior había terminado y empezaba un nuevo día.
¿Adonde iban a partir de ese momento?
—¿Leche?
—Sí, gracias.
—¿Azúcar?
—Una cucharadita.
—Acabo de hacerlo, no soporto el café instantáneo.
Cuando Edward se sentó al borde de la cama, Bella tuvo que hacer lo imposible para sujetar la taza con una mano y la sábana con la otra.
—¿Qué haces? —sonrió él, tirando de la sábana.
En lugar de taparse de nuevo, Bella contuvo el aliento como había hecho en la playa.
—Me siento un poco… incómoda.
—¿Por qué? Quiero que te sientas cómoda sabiendo que eres preciosa. Y esta mañana estás resplandeciente.
Luego inclinó la cabeza para darle un beso en ambos pechos y se incorporó para besarla en los labios.
Cuando se apartó, Bella quería tirar de él y seguir besándolo. La afectaba de una forma que desafiaba al sentido común. Era como si lo conociera desde siempre, como si estar con él fuese volver a casa de alguna forma. ¿Sería lo mismo para Edward?
—¿Qué hay en la bandeja?
—Magdalenas, cruasanes, mantequilla, miel y mermelada.
—¡Qué maravilla!
Edaward hizo girar un imaginario mostacho.
—Todo con un propósito malvado, por supuesto. Vamos a comer en la cama.
—¿No temes que se llene de migas?
—Lo soportaré —sonrió él, tumbándose a su lado y cruzando los pies descalzos.
Bella comió con gusto… de hecho, nunca había disfrutado tanto de un desayuno. Entre bocado y bocado, charlaron sobre cosas sin importancia.
—Podría comer más, pero había pensado que podríamos ir a dar un paseo… y buscar un sitio agradable para comer, ya que son casi las doce.
—¡Las doce! —exclamó Bella. Había estado tan ocupada comiendo y fijándose en los bíceps de Edward, evidentes bajo la camiseta, que ni siquiera se había molestado en pensar en la hora.
—Yo ya he nadado un rato, he hecho abdominales… tenías una expresión tan feliz que no me he atrevido a despertarte.
—Normalmente ya he hecho un millón de cosas a esta hora.
—Hoy es Año Nuevo, no tienes que trabajar. Además, anoche nos dormimos muy tarde.
—Sí, eso desde luego.
—Feliz Año Nuevo, Bella. Me quitaría la ropa y me metería en la cama contigo, pero seguramente querrás que te deje en paz un rato.
No, no. Pero ésa no era la respuesta correcta. No debería mostrarse demasiado entusiasmada después de haberse acostado con él la noche anterior sólo porque se habían encontrado en el aeropuerto.
—Me vendría bien darme una ducha.
Le gustaría añadir: «Después de eso soy toda tuya».
¿Pero lo era? Aquella mañana su atracción por él era aún mayor y quería volver a verlo. Aunque estuviera insegura de muchas cosas en su vida, estaba absolutamente segura de eso. Pero si aquello no iba a ningún sitio, si lo de la noche anterior no había sido más que una diversión por parte de Edward y nada más, prefería saberlo.
Como si hubiera leído sus pensamientos, él se terminó el resto del café y se levantó de un salto.
—Hay toallas limpias en el cuarto de baño, pero me temo que no puedo ofrecerte un cambio de ropa.
—No importa.
Media hora después, se sentía estupenda. Diez minutos después de eso, se sentía feliz paseando por la ciudad del brazo de Edward. Todo el mundo parecía sonreírle al pasar.
Encontraron un café y charlaron un poco de todo mientras comían en la terraza. Edward la hacía reír contándole anécdotas de su vida, por ejemplo que el año anterior se había vestido de Santa Claus para los hijos de un amigo suyo y que, cuando empezó a cantar villancicos en el jardín, todos los perros del vecindario se pusieron a ladrar.
Después de comer volvieron a pasear un rato por la zona de las tiendas. Empezaba a atardecer cuando Edward se detuvo para mirar un escaparate.
—¿Es parecida a la tuya?
Bella vio que estaba señalando una esfera de cristal transparente.
—¿Mi bola de cristal? —rió.
Era transparente, pero en el fondo tenía una especie de neblina que le recordaba su futuro; lo que una vez había parecido claro ahora estaba cambiando, transformándose, incluyendo lo que estaba pasando con Edward.
—Parece auténtica, pero no me convence.
—¿Crees que podrías distinguir una falsa de una real? —rió Bella.
—Si existe alguna que sea real.
—¿Tú crees que existe… eso, algo real? —la pregunta tenía un doble sentido, y Edward se dio cuenta, pero prefirió hacerse el tonto.
—No lo sé, pero imagino que todos los magos no pueden equivocarse.
No parecía dispuesto a hacer planes, eso estaba claro. No le había preguntado si quería ir al cine con él la semana siguiente, si podía llamarla por teléfono… ¿no era eso lo que solía ocurrir cuando una cita iba bien?
Pero las cosas habían cambiado. Ahora las mujeres llamaban a los hombres, y Bella quería saber. Si la respuesta era «no» o «ya veremos», lidiaría con ello.
—Pensé que ya no estábamos hablando de la bola de cristal.
—¿Ah, no? ¿Y de qué estábamos hablando entonces?
—Me gustaría saber… ¿lo nuestro es real, Edward?
—Lo que compartimos anoche fue cien por cien real —dijo él.
—¿Y hoy?
—Si estás preguntando si quiero volver a verte, desde luego que sí. Si estás preguntando si quiero una relación seria… —Edward sacudió la cabeza—. No, me temo que eso no va a cambiar.
Quería verla otra vez, y eso la alegraba. Le gustaba estar con ella, acostarse con ella, pero si estaba buscando algo más… sencillamente, Edward no estaba dispuesto a ofrecérselo.
Apartándose el pelo de la cara, Bella intentó sonreír, pero le temblaban los labios.
—Ya veo —fue todo lo que pudo decir.
—Mira, sé que mereces una explicación…
—Lo he entendido, déjalo. Podemos volver a vemos, cenar juntos, reírnos, jugar al billar, acostamos juntos o no…
Se preguntó entonces si no sería la única. Tal vez Edward salía con otras mujeres, se acostaba con otras…
—La verdad es que no estoy preparado para tomar un arco, apuntar y ver si doy en la diana del «felices para siempre».
—¿Y yo soy el arco o la diana? —intentó reír ella.
Desde luego, no parecía ser el final feliz.
—No intento engañar a nadie ni hacer creer que soy más de lo que soy —siguió él—. Tener una relación seria suele llevar al matrimonio, y el matrimonio a tener hijos.
¿Hijos? Sí, como el resto de la humanidad, un día ella quería tener una familia. Pero la maternidad le parecía estar a años luz; antes tenía muchas cosas que hacer.
—Yo no tengo la menor intención de quedarme embarazada.
—No, claro que no. Nadie debería traer hijos al mundo a menos que estuvieran completamente seguros de lo que hacen. Pero lo que hoy es seguro no tiene por qué serlo mañana.
—Supongo que es difícil olvidar que uno ha crecido en una casa de acogida, te entiendo.
—Hay que estar ahí para vivirlo —murmuró él.
Bella asintió con la cabeza. No podía imaginar que sus primeros recuerdos fuesen la soledad y el abandono. El padre que Edward no había conocido lo había abandonado, ¿pero debía dejar que esa decepción lo acompañase toda la vida?
Respetaba a Edward y se había metido en aquella relación con los ojos abiertos, pero era evidente que, si no olvidaba esa triste infancia, un día acabaría muy solo.
—¿Has tenido suerte con ese investigador privado que estaba intentando localizar a tu padre?
—No, por ahora nada.
—A lo mejor deberías probar en esa otra agencia que dijiste.
Edward arrugó el ceño.
—Lo he estado pensando. El detective es en realidad el primo de un amigo y a lo mejor debería contratar a un profesional de verdad.
Bella esperaba que encontrase a su padre para hacer las paces si no con él, sí consigo mismo. También ella podría despreciar a su padre, pero entonces corría el riesgo de vivir con odio, y eso no era bueno para nadie. Tanto Edward como ella tenían que seguir adelante y evitar que el pasado tomase decisiones por ellos.
Suspirando, se detuvo en una parada de taxis. Cuando se puso de puntillas para darle un beso en la cara, tenía los ojos empañados, pero intentó disimular.
—Buena suerte.
Iba a abrir la puerta del primer taxi, pero Edward sujetó su mano.
—No te vayas aún.
El corazón de Bella se partió por la mitad.
—Tengo que hacerlo.
—Te llamaré —dijo él.
—No, es mejor que no lo hagas.
Estaba a punto de enamorarse de un hombre que no era capaz de comprometerse con nadie, y no era eso lo que necesitaba en aquel momento. La pobre Alice había estado en una situación similar el año anterior… aunque al menos Edward había ido de frente.
De modo que entró en el taxi y le dio la dirección de su casa al taxista. No quería mirar hacia atrás. Ni una vez. Pero cuando el taxi dobló la esquina tuvo que hacerlo. Edward seguía en la acera, como había imaginado.
Increíblemente guapo y tan solo.
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