LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…
LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY
Capítulo 8
Aplaudiendo como el resto de los invitados a la boda, Edward se inclinó hacia Bella, que estaba elegantísima.
—Este debería ser el último discurso —murmuró—. Y luego empieza el baile.
Bella le ofreció una sonrisa tentativa, pero él no pensaba echarse atrás. Después de separarse el lunes, los días habían pasado muy despacio. Aunque había merecido la pena.
Estaba siendo un día maravilloso. Ser incluido en una celebración familiar y aparecer en las fotografías de la boda… aunque a Elizabeth, su madrastra, y a Paul, el hijo mayor, no les había parecido bien.
Edward no pensaba dejar que sus miraditas le aguasen la fiesta, sobre todo estando con Bella, que llevaba un fabuloso vestido de gasa color limón.
Aunque era evidente que ella tenía sus reservas, estaba seguro de que pasarían la noche juntos.
Toda la noche.
Garett, el novio, se levantó para hacer su discurso, y los invitados permanecieron en silencio mientras contaba algunas anécdotas y agradecía la presencia de los invitados, anunciando que nunca olvidaría lo preciosa que estaba su novia.
Después de los primeros aplausos, Garett siguió:
—Y quiero aprovechar esta oportunidad para darle oficialmente la bienvenida a un nuevo miembro de la familia. Nosotros no teníamos ni idea de que mi hermano Edward existiera, pero me alegro mucho de que nos hayas encontrado.
Garett levantó su copa, y Edward tuvo que hacer un esfuerzo para controlar la emoción. No había esperado aquello, pero era conmovedor.
Anthony, su padre, también había levantado su copa y tenía los ojos empañados. Edward le devolvió la sonrisa, pero Elizabeth, levantándose de la mesa en ese momento, dejó bien claro lo que pensaba del asunto.
Bella puso una mano en su brazo, como para apoyarlo, y Edward se lo agradeció.
Pero tendría que encontrar una solución para ese problema y no sabía cómo hacerlo. Él no tenía experiencias familiares, de modo que no iba a ser fácil. Tal vez Elizabeth sentía celos de la primera mujer de Anthony y temía el impacto de su repentina aparición en la familia, su matrimonio incluido. Paul veía amenazado su puesto como hijo mayor y le había dejado bien claro que no era bienvenido.
Edward había decidido ignorar las hostilidades y quedarse en su sitio habitual observando a la familia desde fuera, pero algo le decía que no iba a ser tan fácil.
—Creo que están tocando nuestra canción —dijo Bella entonces.
El parpadeó, sorprendido. Sí, estaban tocando la canción que había puesto en el yate esa noche. Y Bella se acordaba.
—¿Te he dicho lo guapísima que estás esta noche? —sonrió, llevándola a la pista de baile.
—Un par de veces —sonrió ella.
—Pues no es suficiente —murmuró Edward, enredando uno de sus rizos en su dedo—. ¿Llevas brillantina en el pelo?
—No, es una espuma que da brillo.
—Y huele muy bien —Edward arqueó una ceja—. Creo que estás intentando hacer que pierda la cabeza.
—Y tú estás intentando seducirme.
—¿Y lo hago bien?
—Pues… no sé. ¿Y si dijera que no?
—Entonces me vería obligado a no mostrar piedad —sonrió Edward, doblándola por la cintura.
—Si vuelves a hacer eso, me vuelvo a la mesa —rió Bella.
—Tengo un repertorio de movimientos que podrían gustarte mucho más —bromeó él, deslizando una mano por su espalda hasta la curva de su trasero.
—¿Es una amenaza?
—Es una invitación.
Bella apartó la mirada.
—Ya conozco tus invitaciones…
—¿Te estás quejando?
—¿Qué quieres que diga, que nos entendemos bien en la cama? Pues muy bien, es verdad.
—Ah, pues ahora que hemos aclarado eso…
—No hemos aclarado nada. Aún no.
Edward levantó su barbilla con un dedo.
—Huir el uno del otro no serviría de nada. Tú misma has dicho que nos entendemos.
—En la cama —le recordó Bella.
Sin dejar de bailar, Edward la llevó hacia el jardín, deteniéndose frente a una enorme fuente con un Cupido de mármol.
—No tenemos que quedamos hasta el final de la fiesta. Ya hemos cumplido con las formalidades.
—¿No quieres quedarte?
—Ha sido estupendo que me incluyesen en el gran día y les estoy muy agradecido, pero creo que sería más sensato dejar que los Masen disfrutasen del resto de la fiesta sin el impostor.
—Oh, Edward… seguro que todo se arreglara algún día —dijo Bella.
—Ahora mismo, lo único que me preocupa eres tú.
«Tocarte, besarte, hacerte el amor durante toda la noche».
Incapaz de esperar un segundo más buscó sus labios y, cuando Bella por fin se rindió, la apretó contra su torso, entregándose a los embriagadores latidos de su corazón. Cinco semanas era demasiado tiempo. Si no la tomaba pronto, iba a explotar…
Pero el abrazo fue interrumpido.
—Ah, veo que hay dos tortolitos más.
AI reconocer la voz de Anthony, Edward tuvo que soltar a Bella, que pasó las manos por su falda, nerviosa.
—Ha sido una boda estupenda. Gracias por invitamos.
—No me trates con tanta formalidad —dijo Anthony, dándole una palmadita en la espalda—. Soy tu padre.
—Sí, perdona.
—Y hacéis una pareja estupenda…
—Muchas gracias.
—Edward, sé que mi mujer y mi hijo mayor se están mostrando muy fríos contigo…
El hizo un gesto con la mano. No quería que Anthony se disgustase. Sabía que su repentina aparición había sido una sorpresa para todo el mundo.
—Pero ya se acostumbrarán a la idea —siguió su padre—. No tienes que preocuparte, ahora eres parte de la familia pase lo que pase.
Edward asintió. Eso sonaba bien.
Tal vez demasiado bien.
—Muchas gracias.
—Kate será una esposa estupenda para Garett —dijo Anthony luego, mirando hacia el salón.
—Es una chica muy agradable —asintió Bella.
—Y una cocinera estupenda. Es italiana. ¿Tú sabes cocinar, Bella?
—Sólo cuando no me queda más remedio —rió ella.
—Ah, y tiene sentido del humor. Eso es muy necesario en una relación.
Bella carraspeó, y Edward se quedó helado. Ellos no tenían «una relación». Sólo se habían visto unas cuantas veces. Ellos tenían… un acuerdo. O lo tendrían cuando volvieran a su casa para comprobar lo que había dicho antes: que se llevaban bien en la cama.
No, mejor que bien. Mucho mejor que bien.
En el salón empezaron a sonar las notas de una canción romántica, y Anthony sonrió.
—He pedido que pusieran esta canción por Elizabeth, es la que bailamos la noche que nos conocimos. Mi mujer tiene sus cosas, pero no me imagino la vida sin ella.
Esas palabras se quedaron con Edward. «Mi mujer tiene sus cosas».
Aparentemente, había mucho «toma y daca» en un matrimonio. Tenía que ser así, claro. Él podía ganar millones y controlar los salarios de cientos de personas, pero no podía imaginar la responsabilidad de formar una familia. No había nada que lo asustase más… aparte de las infinitas obligaciones asociadas a ser padre.
¿Recordaría él su canción y la canción de Bella en treinta años?, se preguntó entonces. Aunque no sabía por qué.
—Tal vez deberíamos volver al salón —sugirió ella.
—Sólo para despedirnos.
—¿Y luego?
—Te llevo a mi casa.
Bella negó con la cabeza.
—No… no sé si es buena idea.
—Yo creo que sí lo sabes —dijo Edward, poniendo las manos sobre sus hombros.
Bella lo miró a los ojos durante un segundo.
—¿Sabes lo que pienso de verdad? Que tenemos que hablar.
Edward asintió, tomando su mano para llevarla dentro. Claro que podían hablar, todo lo que ella quisiera.
Durante el desayuno.
Mientras el ascensor iba subiendo hacia el ático, Bella iba encogiéndose cada vez más. Temblando por dentro, cerró los ojos e intentó calmarse.
En el coche habían ido charlando sobre cosas mundanas, pero ella no dejaba de preguntarse si debía contárselo. ¿Qué diría Edward? ¿Querría hacer el amor de nuevo?
La campanita del ascensor anunció que habían llegado al ático y unos segundos después estaban en el salón… con los recuerdos de la noche de Año Nuevo más vividos y peligrosos que nunca.
—¿Quieres una copa? —le preguntó él, quitándose la chaqueta.
—No, prefiero beber agua —contestó Bella.
Pero tuvo que hacer un esfuerzo para no ponerse el vaso helado en la frente. ¿A quién quería engañar? No la había llevado allí para hablar. Quería seducirla, y ella había ido de buena gana.
Y sí, quería que la besara, como quería que acariciase su cuerpo desnudo.
Pero sería mejor salir corriendo. Podrían «hablar» otro día.
Decidida, dejó el vaso sobre la mesa.
—Lo siento, he cometido un error.
—¿Bella? —murmuró él, tomando su mano—. Estás temblando. ¿Qué ocurre?
Bella se apartó el pelo de la cara, nerviosa. Edward era un hombre muy atractivo. ¿Explicaría eso que no pudiera dejar de pensar en él? ¿Pero cómo iba acostarse con él si sabía que Edward la dejaría cuando se hubiera cansado porque no quería saber nada de relaciones duraderas?
Si él supiera la angustia que había vivido durante los últimos días… preguntándose si estaba embarazada, comprando la prueba de embarazo, descubriendo luego el resultado…
Cuando Edward le pasó un brazo por la cintura, Bella levantó la mirada. Desearía pasar los dedos por su mentón, tocar sus labios…
—Sé lo que necesitas —sonrió él.
También ella lo sabía: un psiquiatra.
—¿Ah, sí?
—Un masaje relajante.
Muy tentador, pero…
—No, me parece que no es eso.
Edward deslizó un dedo por su cuello, entre la oreja y la garganta y, de repente, un ejército de endorfinas despertaron a la vida.
Cerrando los ojos, Bella dejó escapar un suspiro. Era como estar en el cielo…
—¿Por qué no has hecho eso antes?
—Lo estaba guardando para cuando lo necesitara de verdad —bromeó él—. ¿Te gusta?
—Tú sabes que sí.
—Puedo hacerlo mucho mejor.
Edward siguió acariciando su cuello, haciendo que se le doblasen las piernas. Nunca le habían dado un masaje, pero dudaba que nada pudiera compararse con aquello.
Edward empezó a besar su frente, sus sienes… cuando su lengua rozó la comisura de sus labios, las brasas que crepitaban dentro de ella se convirtieron en un incendio.
El la empujó suavemente hacia el respaldo del sofá e inclinó la cabeza para besar su escote. Con los ojos cerrados, Bella le pedía a su cerebro que funcionase… pero cuando tiró del corpiño del vestido y empezó a chupar uno de sus pezones, sus funciones cerebrales se apagaron del todo.
No quería resistirse.
Como si hubiera intuido que estaba rindiéndose, Edward metió los dedos bajo sus braguitas y empezó a acariciarla. Y Bella, sin pensar, levantó las caderas. Pero entonces oyó que desabrochaba la cremallera de su pantalón y sintió el miembro masculino rozando su muslo…
¡No!
Aun drogada de deseo, consiguió empujarlo y recuperar el sentido común. Haciendo uso de todas sus fuerzas, se incorporó, intentando respirar.
—No puedo hacerlo.
—Bella, cariño, tranquila…
—Estoy tranquila, Edward. He dicho que teníamos que hablar.
—Estoy seguro de que…
—Creí que estaba embarazada —lo interrumpió ella.
Edward cerró la boca de golpe. Se había quedado tan pálido como un cadáver.
—¿Embarazada?
—Pensé que lo estaba, pero al final no lo estoy.
—Entonces… ¿no vas a tener un hijo?
—No, parece que no.
—Gracias a Dios.
Bella dio un respingo. Aunque entendía su alivio, su reacción era como una bofetada.
—Bueno, me alegra de que te muestres tan aliviado.
—¿Por qué no iba a sentirme aliviado?
¿De verdad esperaba que la entendiese? Para cualquiera que no hubiera pasado por aquello podría no parecer importante, pero…
—Imagino que tienes que pasar por ello para entenderlo.
—He pasado por ello. Yo soy el producto de un embarazo no premeditado, ¿recuerdas?
Sí, lo recordaba, y entendía que pensara así. Pero ésa era su experiencia, aquélla había sido la suya.
—Cuando me di cuenta de que tenía un retraso me llevé un susto de muerte. Luego, a medida que pasaban los días y cuanto más lo pensaba… en fin, empecé a acostumbrarme a la idea, y la verdad es que me parecía emocionante. Sentía una enorme responsabilidad sobre mis hombros, pero ya no me asustaba. Compré una prueba de embarazo en la farmacia y una parte de mí esperaba que diera positivo, pero no fue así.
—¿Dio negativo?
—Sí.
—Entonces ya está.
—No, ya está no. Porque para entonces ya había imaginado al niño, el color de sus ojos, cómo sería… —Bella sacudió la cabeza—. Incluso había empezado a pensar en un nombre, en los muebles para su habitación. Me estaba comprometiendo con algo más pequeño que un guisante, pero que algún día se convertiría en una persona.
Cuando una mujer tenía un hijo, esa personita se convertía en lo único importante, y ella lo sabía. Las mujeres se sacrificaban por los hijos… lo llamaban instinto maternal. Los hombres no lo tenían. Ellos tenían el instinto de cazar, de llevar comida a casa. Seguramente la raza humana estaba diseñada para que la especie sobreviviera.
Su propia madre se había sacrificado. Reneé había hecho lo que tenía que hacer para mantener unida a la familia, y eso significaba rescatar el negocio de su marido, por ejemplo, pidiendo dinero prestado a su padre y luego dando un paso atrás cuando Charlie pudo hacerse cargo del negocio.
Pero nunca le habían dado las gracias. De hecho, como director de la empresa Swan, su padre tenía absoluto control sobre los fondos, no su madre.
En los últimos días le había quedado claro lo impotente que debió de sentirse su madre la noche que lloró al lado de su cama. Derrotada, comprometida con un hombre que la respetaba como mujer y como esposa pero que estaba resentido porque había demostrado ser más lista que él. Y cuando Reneé murió le había pasado a su hija ese legado…
Bella no quería que nadie la ayudase, no quería apoyarse en nadie y no lo necesitaba.
Qué ironía que Edward fuese ahora el director de la empresa Swan.
—Mira, puede que yo no esté preparado para ser padre, pero por supuesto reconocería a mi hijo.
—Lo sé.
Edward asintió con la cabeza, pensativo.
—Lo siento —murmuró, tomando su mano. A Bella se le encogió el corazón. Le hacía falta que dijera eso, que la entendiera.
—Tú no sabías nada.
—Pero sigo siendo responsable. Un niño es cosa de dos.
Tal vez no debería habérselo contado, pero en realidad se alegraba de haberlo hecho. La mayoría de los hombres nunca tenía oportunidad de conocer las dudas, los miedos o tal vez la felicidad que atravesaba una mujer en esos momentos.
—¿Te sientes mejor ahora?
—Sí, bueno… no lo sé. A lo mejor te parece una tontería, pero Sue ha organizado una fiesta para celebrar que está esperando un niño, y tener que ir me saca de quicio.
—¿No te apetece?
—Sue es una buena persona y me alegro por ella, pero va a ser un poco… incómodo para mí —suspiró Bella.
Por dos razones. La primera, porque sentía cierta pena al saber que ella no estaba embarazada, y la segunda, porque estar con Sue siempre le recordaba que su padre se había olvidado tanto de Reneé como de ella.
—¿Quieres que vaya contigo?
—¿Lo harías? Es el próximo fin de semana.
—Mientras no tenga que ponerle pañales a una muñeca…
Bella sonrió.
—No te preocupes, no creo que tengas que hacerlo.
Edward se puso serio entonces.
—¿Quieres que te lleve a casa? Bella lo pensó un momento. Y luego, sintiéndose fuerte otra vez, se arrellanó en el sofá.
—Tal vez dentro de un rato.
HOLA, ESPERO LES ESTE GUSTANDO LA HISTORIA, NO FALTA MUCHO PARA EL FINAL, COMO TERMINARA ESTE PAR?, DEJEN SUS COMENTARIOS, BESOS…
