LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…
LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY
Capítulo 9
Mientras iban a casa de su padre el sábado siguiente, Bella miraba el clásico perfil de Edward: nariz recta, mentón cuadrado, pelo cobrizo… el cuello blanco de la camisa moviéndose con la brisa que entraba por la ventanilla. Luego miró sus manos, sujetando el volante y cambiando de marcha con precisión…
Esas manos hacían magia.
Pero después del masaje y la conversación no habían hecho el amor. En realidad, él se había portado muy bien. Después de charlar un rato más. Edward la llevó a casa.
Desde entonces no había podido dejar de pensar en él y en lo que había pasado. Y, aunque sabía que Edward no quería tener hijos, debía reconocer que se mostraba muy comprensivo con su dilema llamándola cada día… pero no con la intención de acostarse con ella.
No sabía si era porque se había asustado o porque sentía un nuevo respeto por su relación. O tal vez la posibilidad de ser padre había plantado una semilla positiva en su cerebro…
En fin, estaba con ella ahora, ayudándola a soportar aquel día tan poco agradable. ¿Se atrevía a esperar que hubiese cambiado de parecer?
¿Podría Edward Cullen ser el hombre de su vida después de todo?
—Me apetece charlar un rato con Charlie para contarle cómo van las cosas.
—¿Y cómo van?
—Bien —sonrió Edward—. Ayer estuve plantando semillas en una finca… la verdad es que es divertido ensuciarse las manos de vez en cuando.
Bella apretó los dientes, molesta. Le ocurría siempre que mencionaba la empresa de su familia…
O la que había sido la empresa de su familia.
—Seguro que él estará muy interesado.
Ver a su padre aquel día, con la empresa vendida y el niño en camino, era como borrar a su madre de un plumazo, como si nunca hubiera existido. Bella no quería culpar a Sue o a su padre, pero a veces… en fin, a veces dolía mucho.
—Estás un poco tensa —murmuró Edward, poniendo una mano en su hombro para darle un masaje—. ¿Qué tal ahora?
—Ah, mejor… no me importaría que me dieras un masaje por todas partes.
—Cuidado, podría parar en el arcén —bromeó él.
Bella se puso colorada. Estaba jugando con fuego, pero si tenía un poco de suerte, no acabaría quemándose. Y quizá esta vez en lugar de decir adiós encontraría en Edward cariño y amistad además de pasión.
Edward volvió a poner la mano en el volante para girar cuando llegaron a la casa.
—Si no quieres entrar, podemos dar la vuelta.
Bella se irguió en el asiento. Sue los había invitado a cenar, pero no tenía intención de quedarse.
—Dije que vendría a la fiesta, pero sólo voy a quedarme unos minutos. Luego podemos poner alguna excusa… no sé, que tenemos entradas para el teatro, por ejemplo.
—Muy bien, hazme una seña cuando estés dispuesta a marcharte.
—De acuerdo.
Cuando Edward detuvo el coche, Clancy y Matilda salieron de la casa a la carrera con dos pelotas de tenis en la boca. Riendo, Bella se inclinó para acariciarlos.
—¿Quieres jugar, Clancy?
El perrillo, emocionado, empezó a mover de tal modo la cola que estuvo a punto de caer hacia atrás.
Bella tiró la pelota y Clancy corrió a buscarla mientras Matilda esperaba su turno dando saltos. Pero cuando Bella tiró su pelota, falló el tiro y cayó sobre unos arbustos.
—Ay, qué rabia.
—No te preocupes —dijo Edward—. Voy a buscarla.
—Creo que ha caído por ahí…
Bella esperó que su padre saliera a la puerta o que Edward reapareciese con la pelota. Como ninguno de los dos aparecía, decidió acercarse…
Edward estaba de rodillas, con Matilda a su lado, mirando bajo los arbustos.
—¿Necesitas ayuda?
—No la encuentro.
Bella miró alrededor y, un segundo después, sacaba la pelota de entre las ramas.
—Me parece que tienes que ir al oculista.
—Bah, has tenido suerte.
—Si tú lo dices…
Riendo, Edward la agarró por las pantorrillas y tiró de ella, haciendo que cayera hacia delante. Pero, como un futbolista profesional, rodó por la hierba a toda prisa para que no se golpeara contra el suelo. Con Bella encima, volvió a rodar hasta tenerla sobre el césped, sujetando sus manos a cada lado de la cabeza.
—¿Quieres decir algo ahora, listilla?
—Me han dicho que las gafas de pasta vuelven a estar de moda.
—Veo perfectamente —rió él—. Y me gusta lo que veo, por cierto.
—¿Y qué ves?
—A alguien muy especial. Alguien en quien no puedo dejar de pensar.
¿Alguien con quien querría casarse?
De pronto, como si hubiera leído sus pensamientos, Edward se apartó.
—Venga, vamos. Y será mejor que te quites la hierba de la falda o daremos que hablar.
Mientras iban hacia la casa, Bella no podía dejar de preguntarse si era tonta por caer en todas sus trampas. ¿O estaría en lo cierto al pensar que desde el fin de semana anterior había una nueva conexión entre ellos? Era como si estuvieran más cerca que antes…
Charlie bajó los escalones del porche para darle un beso en la mejilla, mirando el sencillo vestido de color albaricoque.
—Estás muy guapa, hija.
—Gracias.
—Me alegro de volver a verte, Edward.
—Hola, Charlie.
—Espero que cuides de mi hija tan bien como cuidas del negocio.
Bella hizo una mueca. Si su madre pudiera escuchar aquella conversación…
—Sue está dentro con unas amigas abriendo regalos y hablando del niño. Se alegrará mucho de que hayáis venido.
Ella asintió con la cabeza. Estar allí era en cierto modo como traicionar a su madre y, sin embargo, el niño que Sue esperaba no tenía la culpa de nada.
Una vez dentro intercambiaron saludos, sobre todo Edward, que parecía ser el centro de atención de las señoras. En cuanto pudo, Bella se excusó para ir a la cocina a buscar la merienda y, afortunadamente, Edward se ofreció a echar una mano.
—A las amigas de Sue les encantaría que sirvieras la merienda sin camisa —rió Bella.
—Lo siento, pero sólo estoy disponible para espectáculos privados. ¿Qué tal esta noche?
Ella no iba a mentirse a sí misma diciendo que no estaba interesada. Fuera un suicidio emocional o no, le gustaba estar con Edward.
—Así que tienes hambre —sonrió, tomando una galletita salada—. Toma esto, anda.
—Gracias, muy rica. Y ahora, tal vez yo pueda tentarte con algo más sabroso. ¿Te gustan las cosas picantes o dulces?
—Me gustan las cosas saludables —rió Bella.
Edward la sujetó del brazo cuando iba a salir de la cocina.
—A mí me gustas tú.
Estaban tan cerca que podría besarlo si quisiera… y estuvo a punto de dejarse llevar por la tentación.
Pero no era ni el sitio ni el momento.
Y tampoco era sensato, seguramente.
—Tenemos que llevar estas bandejas al salón.
—Muy bien, de acuerdo —suspiró él.
Después de llevar la suya, Edward desapareció para buscar a Charlie y suspirando, Bella se sentó al lado de una señora muy charlatana para ver a Sue emocionarse con las ranitas, los trajecitos de bebé, los móviles, los sonajeros…
Cuando abrió el regalo de Bella, los ojos de Sue se empañaron.
—Es un regalo maravilloso —le dijo—. Muchas gracias.
Encantada de que le hubiera gustado. Bella le enseñó los múltiples bolsillos de la original bolsa para pañales.
—Parece un oso de peluche, pero es muy práctica. En la cabeza puedes meter los biberones, la barriguita es para los pañales, el bolsillo de delante es para el talco y todo lo demás…
—¿Dónde la has comprado? —le preguntó la señora que estaba a su lado.
—La diseñé yo, y las costureras de mi tienda han hecho el trabajo —contestó ella, señalando la barriguita del oso, donde estaba su nombre con una estrella plateada—. ¿Lo ve?
De repente, todas las mujeres querían una bolsa como aquélla, y a Bella se le hizo un nudo en la garganta. Se le había ocurrido la idea durante la semana que creyó estar embarazada.
Era una tontería disgustarse por eso, pero debía de ser el embarazo de Sue, la fiesta, las amigas de su madrastra, algunas de ellas también embarazadas…
—Es un regalo precioso, de verdad —repitió Sue—. Siempre había querido ser madre, y me alegro mucho de que sea ahora y de que mi hijo vaya a tener una hermana tan estupenda como tú.
Estaba siendo muy amable, pero Bella sentía como si estuviera ahogándose.
Edward apareció en ese momento, tan atractivo y capaz como siempre, y ella le suplicó con los ojos que la sacara de allí.
—Bueno, nosotros tenemos que irnos —anunció, mirando el reloj—. Tenemos entradas para el teatro.
Cuando estaban a medio kilómetro de la casa, Edward detuvo el coche y, tomando su cara entre las manos, la besó. Y aquel beso tenía la precisión de un misil. La dejó completamente deshecha, llena de deseo y con una promesa de lo que estaba por llegar… si era tan tonta o tan valiente como para aceptarlo.
—Llevo todo el día queriendo hacerlo —murmuró Edward.
Bella no quería admitir que también ella estaba desesperada por besarlo. ¿Qué pasaría cuando llegaran a casa? Seguramente no hablarían mucho, pero ella seguiría haciéndose preguntas.
Edward era un solterón empedernido, y Bella lo sabía. ¿Querría algo más que una relación superficial?
Edward soltó su mano y, después de mirar por el retrovisor, volvió a tomar la carretera.
—¿Lo has pasado bien?
—Bueno, no ha estado tan mal.
—Sue está muy embarazada.
—Sí, ya lo creo.
—Parecía contenta, y Charlie también.
—La mayoría de las parejas se llevan bien al principio —Bella hizo una mueca—. No debería haber dicho eso, no es muy caritativo por mi parte.
—Es normal que te cueste ver a tu padre con otra mujer.
—Pero Sue es tan amable, tan sincera. No merece comentarios como ése.
—Es la clase de mujer que Charlie necesitará cuando pasen unos años.
—¿Ah, sí? ¿Y qué clase de mujer necesita mi padre?
Edward se encogió de hombros.
—Oye, que no quería decir nada malo de tu madre.
—Ya me imagino —murmuró Bella—. ¿A qué clase de mujer te refieres? ¿Atractiva, sensata? ¿Una mujer que se contenta con quedarse en casa para cuidar de los niños mientras él juega al golf?
Edward se rascó la cabeza.
—Tampoco quería decir eso.
—No todo el mundo quiere quedarse en casa y cuidar de los niños. Yo no tengo nada en contra de esas mujeres, pero no soy una de ellas.
—No estoy diciendo que las mujeres deban quedarse en casa, pero admitirás que es lo más lógico.
—¿Ah, sí?
—Es normal que las mujeres dejen de trabajar durante un tiempo después de tener hijos. Para eso están las bajas por maternidad, ¿no?
—También hay bajas por paternidad, ¿no lo sabías? —replicó Bella—. Un hombre puede cuidar de un niño tan bien como una mujer. Bañarlo, darle el biberón, cambiar los pañales….
Recordaba lo contento que se había mostrado Anthony porque la mujer de su hijo era muy buena cocinera y las sutiles críticas de su padre porque su madre no sabía cocinar…. aunque sus horribles intentos de hacer pasteles siempre habían sido divertidísimos para Bella porque acababan con harina hasta en el pelo. Ese era uno de los mejores recuerdos de su madre. Reneé no solía entrar en la cocina porque tenía otros intereses, y ella jamás había echado de menos verla con un delantal.
—No creo que sea tan difícil dar un biberón —estaba diciendo Edward—. Además, yo sé cocinar….
—Muy bien, pero no estábamos hablando de ti, sino de los hombres en general.
—¿Tienes ganas de discutir?
Bella soltó una carcajada.
—¿Por qué estamos hablando de la igualdad entre los sexos?
—Más bien hablábamos de cómo funciona el mundo.
—¿El tuyo o el mío?
Edward apretó los labios, molesto.
—Mira, vamos a dejarlo.
—Hay muchos hombres que se quedan en casa cuidando de sus hijos mientras la madre trabaja, supongo que lo sabrás.
Seguramente cuando ella tuviera un hijo le gustaría quedarse con él para cuidarlo, pero no quería tener que hacerlo, quería libertad para tomar la decisión.
—Claro que lo sé.
—¿Estarías dispuesto tú a dejar tu trabajo y depender de otra persona?
—Tuve que depender de otras personas durante los dieciséis primeros años de mi vida —respondió él.
Al pensar en el niño solitario que debía de haber sido se le encogió el corazón.
—Mira, yo no soy responsable de tu pasado, lo que me preocupa es el futuro.
—Yo creo que he conseguido lo que quería.
—¿Ser el propietario de la empresa Swan, por ejemplo?
—Tú sabes que quería comprar la empresa desde el principio.
—Y tú sabes que yo quería dirigirla.
Su madre lo había sacrificado todo con ese objetivo, y alguien llamado Edward Cullen, el hombre que se había convertido en su amante, había logrado llevarse el premio. A veces no podía creer que el destino le hubiera hecho esa jugarreta. No era culpa de Edward, pero aún seguía doliéndole.
—Te irá mucho mejor con ese negocio tuyo. Lo de la floristería especializada saldrá bien, y ya sabes que yo te ayudaré en todo lo que pueda.
¿Por qué creía Edward que podía decidir lo que era mejor para ella?, se preguntó Bella, molesta.
—No quiero tu ayuda, muchas gracias.
No quería la ayuda de nadie, ni la de su padre ni la de Edward. Quería hacerlo a su manera.
El dejó escapar un suspiro.
—Me haces pensar que mi oferta de ayuda no es suficiente para ti.
—No, no es eso.
—¿Seguro? Tú te criaste entre algodones, yo soy un huérfano sin un céntimo y sin familia… alguien que ha salido del arroyo.
—¿Por qué dices eso?
Edward sacudió la cabeza.
—Porque tampoco tu padre estaba a la altura de tu madre.
Bella parpadeó varias veces, incrédula.
—¿Qué significa eso?
—De haber sido lo bastante bueno, ella no hubiera intentado convertirlo en alguien que no era.
—¿Qué?
—A lo mejor tu padre era feliz siendo mecánico. A lo mejor debería haber dejado que hiciera lo que quisiera con su vida…
—¿Por qué críticas a mi madre si no la conocías de nada? —lo interrumpió Bella.
—No pretendía criticarla, perdona.
—Mi padre no tenía por qué haber aceptado el dinero de mi abuelo para salvar la empresa…
—¿Cómo que no? Aún se siente la presión y han pasado veinte años de eso. Tú misma me lo contaste, Bella, tu madre quería que su marido triunfase, y creo que tu padre siempre sintió cierto rencor…
—¿Qué quieres decir con eso, que una mujer debe esconder su inteligencia para que su marido no se sienta en desventaja? ¿Que no debe aspirar a nada para no acomplejar al hombre?
Edward se pasó una mano por la cara.
—No, no quiero decir eso. Además, tú nunca tendrás que preocuparte como lo hizo tu madre. … por muchas razones. Mientras estemos juntos, siempre tendrás lo mejor. Y no quiero que te preocupes por temas de dinero.
«¿Mientras estemos juntos?».
¿Cuánto tiempo sería eso? ¿Y quién le había pedido nada? Aquella conversación era completamente absurda.
—¿Qué te parecería si yo sugiriese algo así? —le espetó, enfadada.
—Vamos a dejarlo, Bella. No sé cómo hemos terminado hablando de esto… —Edward sacudió la cabeza—. Perdona, no quería ofenderte.
—Ya lo sé —suspiró ella.
Lo sabía, sí. Y no podía seguir huyendo de la verdad: se había enamorado de Edward Cullen, el hombre que había destrozado su sueño de dirigir la empresa Swan. Edward entendía sus sentimientos, ¿pero podría entender algún día que eso había sido una traición no sólo para ella, sino para la memoria de su madre?
Quería dejar atrás el pasado, pero tal vez no debería hacerlo porque podría repetir los errores de su madre… y la actitud de Edward despertaba todas las alarmas. Evidentemente, pensaba que el sitio de una mujer, o al menos el de una madre, estaba en su casa y que un hombre debía hacer «lo que debía hacer». Ella, por otro lado, exigía igualdad entre los sexos en todos los sentidos.
Y con una infancia como la de Edward, debía preguntarse si su opinión podría cambiar algún día…
—¿Sabes cuál es el problema de esta discusión? Que hablas como un experto de un tema del que quieres escapar como si fuera la peste.
—Pero tengo derecho a una opinión.
—¿Basada en qué? Te agarras a una noción idealizada de la familia o de cómo debería funcionar una familia… —Bella suspiró, cansada—. Quieres dar lecciones sobre cómo debería ser una familia, pero luego no tienes valor para formar una propia.
—Bella, nos conocimos hace tres meses…
—¿Estás diciendo que en el futuro podrías considerar la idea de formar una familia conmigo? ¿Que ya no ves nuestra relación como una simple aventura? ¿Que estás dispuesto a comprometerte más allá del dormitorio?
Edward apretó el volante con fuerza, y Bella giró la cabeza para mirar por la ventana.
—Ya me lo imaginaba —murmuró unos segundos después.
Era muy listo, claro, pero no estaba dispuesto a arriesgar su corazón.
Y tal vez había llegado la hora de que también ella retirase el suyo.
Después de aparcar, los dos salieron al mismo tiempo del coche.
—Te acompaño.
—No, Edward, no vas a acompañarme —dijo Bella, decidida—. Esto tiene que terminar ahora mismo. Una familia feliz no se hace moviendo una varita mágica y pidiendo un deseo cuando pasa una estrella fugaz… yo lo sé tan bien como tú. Pero un día espero encontrar a un hombre con el que pasar el resto de mi vida. Y, aunque me habría gustado que fueras tú, por muchas razones es evidente que no va a ser así.
—Bella…
—Aparte de la atracción que hay entre nosotros, estamos a miles de kilómetros el uno del otro, y no veo ninguna manera de salvar ese precipicio.
Edward intentó tomar su mano, pero ella se apartó.
—No quiero que sigamos viéndonos. No me llames, por favor. Ya tienes la empresa, tienes mi corazón… pero se me pasará. Me olvidaré de ti si tienes la decencia de no buscarme nunca más.
Tenía que seguir adelante con su vida, encontrar su sitio, y aquello sólo estaba retrasándolo.
Bella se dio la vuelta para dirigirse a su apartamento. Pero cuando cerró la puerta, el dolor la abrumó de tal manera que sus ojos se llenaron de lágrimas.
ESTA HISTORIA ESTA TERMINANDO, Y ESTA PAREJA NO SE LOGRA ENTENDER… ESPEREMOS QUE SUCEDE… COMENTEN… BESOS…
