LOS PERSONAJES PERTENECEN A STEPHENIE MEYER, LA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN…

LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY


Capítulo 10

¿Podían empeorar las cosas aún más?

La llamada de Anthony sugería que había un asunto familiar urgente, pero después de la desastrosa despedida de Bella lo único que Edward quería era ponerse las zapatillas de deporte y correr durante horas para aliviar su frustración. Y luego acudir a esa reunión familiar con los Masen.

Aunque a él no se le daba bien colaborar con otros en asuntos familiares porque no tenía ninguna practica. ¿No se lo había dejado claro Bella antes de marcharse el día anterior?

Anthony lo había recibido con los brazos abiertos y no podía rechazar la invitación, pero cuando entró en casa de su padre su aprensión se vio confirmada cuando su madrastra y su hermanastro lo fulminaron con la mirada. ¡Parecía como si hubiera matado a alguien!

—Siéntate, Edward —sonrió Anthony—. Eres el último en llegar.

—Prefiero quedarme de pie, si no te importa.

—Como quieras.

Desde que era niño había soñado con una reunión familiar, con ser aceptado. Pero la fría realidad era otra, y le daban ganas de salir corriendo.

Tal vez Bella tenía razón. Durante toda su vida sólo había dependido de sí mismo. Tal vez nunca sería capaz de dar el gran salto, de comprometerse con alguien, de confiar en otra persona del todo.

Seth, el hijo de Paul, tiró de su pantalón.

—¿Dónde está Bella?

—Hoy no podía venir —contestó Edward.

Anthony se inclinó para hablar con su nieto.

—¿Te importa salir a jugar al jardín un rato? El abuelo tiene que hablar con los mayores.

—¿Edward estará aquí cuando vuelva? —preguntó el niño—. Mi papá dice que no debería estar aquí.

Paul se levantó de un salto.

—¡Seth!

Edward tuvo que contenerse para no salir dando un portazo. Nada podía ser peor que aquello. Se había sentido rechazado durante toda su infancia. ¿Qué estaba haciendo allí, sintiendo lo mismo otra vez cuando podía marcharse para volver a…?

¿A qué? A nada.

—Ve al jardín, cariño. Tu padre irá a buscarte cuando hayamos terminado—sonrió Anthony.

Cuando el niño desapareció, su padre se volvió hacia ellos. Sus hijos, contando a Edward, esperaban sus palabras. Elizabeth estaba sentada frente a la ventana, tejiendo un jersey.

—Elizabeth, deja esa aguja y ven a sentarte a mi lado.

A regañadientes, su madrastra se levantó y fue a sentarse con Anthony.

—A veces uno no sabe cómo lidiar con una situación, y todo esto es culpa mía —empezó a decir su padre—. En una familia siempre hay desacuerdos, disgustos, problemas de disciplina… aceptar a quién le toca tirar la basura.

Edward se cruzó de brazos. Esperaba que ésa no fuera una sutil referencia a su recién encontrado hijo.

—Sé que no todo el mundo en esta familia acepta a Edward, y es comprensible, pero él merece algo más que eso, así que…

—No creo que haya necesidad de hablar delante de Edward —lo interrumpió su mujer.

—Sí hay necesidad, cariño —dijo su marido—. Sí, estuve casado antes de conocerte, pero te aseguro que no volví a ver a la madre de Edward después de que nos separásemos. Yo no sabía que estuviera embarazada, de haberlo sabido mi hijo no habría tenido que criarse en orfanatos y casas de acogida. Pero nunca te he sido infiel, Elizabeth, y nunca lo seré. Eres mi mujer hasta el día que me muera. Mi familia es lo más importante del mundo para mí… es lo único importante.

Edward contuvo el aliento, observando a Elizabeth que, por fin, sonrió cuando su marido le dio un beso en la mejilla.

—Paul, tú eres mi primer hijo, el niño que tuve en los brazos y del que me sentí tan orgulloso… y sigo estándolo. Pero he recibido un regalo que la mayoría de los hombres no podría esperar nunca, otro hijo. Y no pienso darle la espalda, como tú no le darías la espalda a Seth.

—Papá…

—Déjame terminar, hijo. Te he hablado de Edward constantemente desde que apareció, te he contado lo difícil que ha sido su vida y cómo ha triunfado sin la ayuda de nadie… de nadie porque él no tuvo una familia como la has tenido tú y como la tiene Seth —Anthony hablaba con tal emoción que los demás también se emocionaron—. Nadie podría reemplazarte en mi corazón, pero debes entender que Edward también es mi hijo y, por lo tanto, tu hermano. Y no ha pedido nada en absoluto, sólo formar parte de esta familia. No va a ocupar tu sitio ni pretende hacerlo… pero merece ser uno de los nuestros —Anthony tragó saliva—. Hijos, la vida no es lo bastante larga como para perderla en celos y rencillas y debemos compensar a Edward por el tiempo perdido, empezando ahora mismo.

Todos miraron a Paul, que estaba mirando hacia el jardín, donde jugaba su hijo. Su mujer puso una mano en su brazo, y él asintió con la cabeza antes de levantarse para estrechar la mano de Edward.

Y, conteniendo la emoción, él aceptó ese gesto como una rama de olivo.

—Supongo que estas últimas semanas compensan los años en los que no hemos podido pelearnos —sonrió Paul entonces—. Un poco tarde pero… siento haber sido un idiota. Bienvenido a la familia.

Con expresión contrita. Elizabeth se acercó también.

—¿Quieres un café, Edward?

—Sí, gracias.

Todos los demás se acercaron para abrazarlo, y Edward tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener la emoción. Todo aquello era tan nuevo para él…

—Edward, hijo, sal conmigo al porche un momento.

A él le daba vueltas la cabeza. Sólo conocía a las familias de acogida, gente que no era de su misma sangre y para quien era un extraño. Nunca se había sentido incluido en ningún grupo.

O querido.

Hasta aquel momento.

Anthony y él salieron al porche y se sentaron uno al lado del otro, mirando a Seth montado en su triciclo.

—Gracias —dijo Edward por fin. Una palabra sencilla, pero sentida.

—Espero que vengas por aquí más a menudo. Con hijos y nietos la diversión no termina nunca. Pero imagino que algún día tú también lo sabrás.

¿Lo sabría?, se preguntó Edward. Tres meses antes, convertirse en padre había sido lo último que esperaba de la vida. La alarma del embarazo de Bella le había abierto los ojos, pero seguía sin verse en un papel que lo asustaba: marido, padre.

Todo aquello era extraño para él.

—¿Cómo era mi madre?

—Una buena mujer—contestó Anthony—, muy independiente y muy inteligente. Yo la admiraba mucho, pero no estábamos hechos el uno para el otro.

—No veíais las cosas de la misma forma.

Como Bella y él.

—Tu madre y yo creímos estar enamorados, pero cometimos un error. Claro que en todos los matrimonios hay desacuerdos… es imposible pensar siempre como lo hace la otra persona. Pero la manera de lidiar con esos problemas es lo que hará que formes una familia unida.

Edward había presenciado cómo ponía en acción ese consejo aquel mismo día. Ser un buen padre no era tarea fácil. Era una responsabilidad que uno debía tratar con sumo cuidado y consideración. Significaba admitir tus sentimientos, tener en cuenta los de los demás, reconocer los errores. Y tener valor para decir «te quiero» a las personas que más te importaban.

Y hacerlo antes de que fuera demasiado tarde.

Bella levantó la mirada del mostrador y el corazón se le puso en la garganta.

—Edward, ¿qué haces aquí?

—Tengo que hablar contigo —contestó él.

—Te dije hace dos días… —se le encogió el estómago, pero tenía que decirlo—que no quería volver a verte.

—Tengo que verte, Bella. Y creo que también tú quieres verme a mí.

La convicción que había en sus ojos, la tentación de esa sugerencia…

Pero encontró fuerzas para darse la vuelta.

—Lo que queramos no cuenta—le dijo—. Lo que importa es lo que tengo que hacer.

Y lo que tenía que hacer era olvidarse de su aventura con Edward de una vez por todas.

No lamentaba el tiempo que habían estado juntos, pero el sábado él lo había dejado bien claro: su relación no iba a ningún sido. Si le decía que sí ahora, sería como decirle que estaba dispuesta a ser su amante y nada más. Aunque era un término muy anticuado, evidentemente ésa era la situación que él pretendía. Sin ataduras, sin compromisos, sólo pasar un buen rato. Pero ella había aprendido que esos buenos ratos a veces tenían consecuencias.

Edward puso las manos sobre sus hombros, mirándola a los ojos.

—Ayer estuve hablando con mi familia, y he tomado una decisión. Tú me necesitas, Bella, y yo te necesito a ti.

—Voy a darte una noticia, Edward: el sexo no lo es todo.

—No estoy hablando de sexo —él se pasó una mano por el pelo—. Bueno, no sólo de eso.

Bella suspiró. Nada había cambiado.

—Mira, márchate. Voy a abrir la tienda la semana que viene y estoy muy ocupada.

Tenía que concentrarse en eso, en su negocio, en labrarse un futuro ahora que no podía contar con la empresa Swan. No podía perder el tiempo con un donjuán vacilante que tenía todas las respuestas pero no estaba interesado en comprometerse con nadie.

—Bella, he pensado mucho en nosotros. No he dormido nada en los últimos días pensando en nuestra relación.

—No tenemos una relación, Edward.

—Y siempre encuentro la misma respuesta —siguió él, como si no la hubiese oído—. Quiero una relación de verdad, quiero casarme contigo. Es así de sencillo.

Fue como si el tiempo se detuviera. Esperaba verlo sonreír, que le dijera que era una broma, pero no estaba sonriendo.

¿No era una broma?

Pero una proposición de un hombre que dos días antes había temblado ante la idea de sentar la cabeza… no, imposible.

A menos que…

—No, de eso nada —dijo Bella.

—¿Qué?

—Estás hablando de un compromiso falso sólo para acostarte conmigo otra vez.

Edward arrugó el ceño. Era un buen actor, lo suficiente como para fingir que esa sugerencia lo había herido.

—No es eso.

¿No lo era? ¿Cuándo había dicho que la quería? ¿Cuándo había mencionado la palabra amor? Esa era una palabra importante cuando un hombre le pedía a una mujer que se casara con él. ¿Y dónde estaba el anillo de compromiso?

Bella se cruzó de brazos, arqueando una ceja.

—¿Entonces ha sido una especie de revelación?

—Si quieres llamarlo así…

No, ella lo llamaría otra cosa.

—Lo siento, pero no me has convencido.

Edward dio un paso adelante.

—Bella….

—Te he pedido que te marches —insistió ella, casi sin voz. Estaba rompiéndole el corazón otra vez y no iba a permitir que lo hiciera.

Edward la miró a los ojos durante unos segundos, y después dejó escapar un suspiro.

—Debo admitir que tenías razón. Yo tenía una visión de lo que debía ser una familia, pero he sido demasiado cobarde para comprobar esa teoría. En parte era porque pensé que nunca encontraría la familia ideal… o lo que yo creía que era una familia ideal. Pero ayer descubrí lo que es una familia de verdad, y ahora sé que uno debe esforzarse cada día por lo que más le importa.

¿Se refería a ella?

Bella apretó los labios. No pensaba dejarse engañar por sus ojos verdes ni por su encanto.

—Y sé que hay algo que te importa a ti mucho más que a mí—dijo entonces, ofreciéndole un sobre.

Ella lo miró, perpleja.

—¿Qué es esto?

—La escritura de propiedad de la empresa Swan, a tu nombre.

—¿Es una broma o…?

—No es ninguna broma —la interrumpió él—. No diré que ha sido agradable para mí, pero sé que la empresa Swan significa mucho para ti.

Bella tenía el corazón en la garganta. No podía decirlo en serio.

—No puedo aceptarlo.

—Acéptalo, por favor. Haz lo que quieras con ella… puedes venderla si quieres, es tuya.

—Pero debe de valer… bueno, al menos la deuda que tú pagaste.

—El dinero no es lo importante.

Había dicho que quería casarse con ella y le regalaba la empresa que le había comprado a su padre, a su familia. Aunque también era importante para Edward. Cuando alguien no había recibido amor, buscaba otra fuente de poder. Más que nada, dirigir la empresa Swan representaba el poder sobre su propia infancia, y ahora se lo estaba entregando a ella…

—Acéptalo—insistió Edward, depositando un beso en su frente—. En realidad, nunca fue mía.

Cuando se daba la vuelta para salir de la tienda empezó a sonar el teléfono.

—Contesta, Bella. Podría ser tu primer cliente.

A ella le daba igual quién fuera, pero fue el propio Edward quien descolgó el auricular y lo puso en su mano.

Y no sabía cómo consiguió contestar, pero cuando colgó unos segundos después, el mundo parecía haber girado sobre su eje. Tan angustiada estaba que dejó caer el sobre y tuvo que agarrarse al mostrador.

—¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?

Ella se llevó una mano a la frente.

—Sue ha dado a luz, pero ha sufrido una hemorragia. Nunca había oído a mi padre tan angustiado…

Sí, una vez, pensó entonces, cuando su madre murió.

—¿En qué hospital está ingresada?

Unos segundos después estaban en el coche de Edward, de camino al hospital.

—La niña está bien, pero Sue… sus signos vitales no son estables, y si no mejora, tendrán que operarla.

Bella no quería seguir pensando y, sin embargo, no podía dejar de preocuparse por esa niña recién nacida, su hermana, creciendo sin una madre como había hecho ella desde los diez años. Y Edward estaba a su lado, apoyándola.

—Se pondrá bien, ya lo verás —murmuró él, apretando su mano.

Bella asintió. Nunca se había sentido tan cerca de él como en ese momento. Edward Cullen era un hombre en el que cualquiera podría apoyarse en una emergencia. Había dicho que quería casarse con ella y estaba demostrando que le importaba de verdad, devolviéndole su pasado.

Pero ¿y el futuro?

¿Podrían entenderse, llegar a un acuerdo? ¿Podrían llegar a un compromiso como hacían tantas parejas?

Cuando llegaron al hospital, la enfermera que estaba en recepción les indicó cómo llegar a maternidad y, una vez allí, otra enfermera los acompañó a la habitación. Sue tenía los ojos cerrados, su brazo conectado a una vía intravenosa. Y su padre, sentado en una silla al lado de la cama, tenía un bulto en los brazos.

—Cariño, has venido…

Bella no sabía qué decir. ¿Estaría mejor Sue? ¿Le habrían hecho una transfusión?

Su madrastra abrió los ojos en ese momento e intentó sonreír.

—¿Ya conoces a tu hermana pequeña?

Bella se acercó a la cama.

—Pensé que… mi padre me dijo…

—No debería haberte llamado en ese momento —la interrumpió él, compungido—. Estaba asustado. Siento mucho haberte preocupado, hija.

—No, no…

—Trajeron a Sue hace diez minutos, y el médico nos ha dicho que se va a poner bien.

Pálida pero contenta, Sue miró a su familia, su marido y su hija.

—No estaba preocupada. Tenemos el mejor ginecólogo de Nueva York y la niña está sana. Rompió a llorar en cuanto nació.

Bella sonrió, sintiendo una punzada de culpabilidad al pensar en su madre. Pero así era la vida. Ella tenía preciosos recuerdos de su madre, y ahora tenía una madrastra que quería que fuesen una familia. Y un padre con muchos defectos, pero que la quería y que merecía una segunda oportunidad en la vida, Y una hermana recién nacida.

Bella se acercó al bulto que su padre sostenía en los brazos, y al ver esa carita su corazón se llenó de amor.

—Qué pequeñita es… y qué guapa —murmuró, mirando la boquita como un capullo de rosa, el pelo oscuro, los dedos diminutos pero perfectos.

—Yo creo que se parece un poco a ti —dijo su padre.

—Tiene la misma nariz —asintió Sue.

Bella recordó entonces la semana que creyó estar embarazada, pero mientras ponía una mano sobre la cabecita de su hermana pensó que eso llegaría cuando tuviese que llegar.

—Vamos a llamarla Tiegan, que significa «princesita».

—Todas las niñas merecen ser princesas —sonrió Edward—. Enhorabuena a los dos.

Después se llevó la mano de Bella a los labios, mirándola a los ojos. Y no tuvo que decir nada más.

—¿Quieres tomarla en brazos? —le preguntó su padre.

—Sí, pero prefiero estar sentada. No tengo costumbre…

Bella se dejó caer sobre la silla antes de tomar a la niña, y al tenerla en sus brazos le pareció tan real, tan emocionante…

—Pensé que no pesaría nada.

—Como las muñecas con las que solías jugar —sonrió Charlie.

—¿Te acuerdas?

—¿Cómo no voy a acordarme? —rió él—. Te encantaban las muñecas. Cada Navidad, cada cumpleaños, lo único que querías era una más para tu colección. Tu madre y yo decíamos que algún día tendrías familia numerosa.

Sue sonrió.

—Aún hay tiempo para eso.

Familia numerosa. Bella tuvo que sonreír, pero el momento era tan especial, la clase de momento que uno recuerda para siempre.

Y entonces lo supo.

No tenía nada que demostrarle a su padre, ni a nadie. Sencillamente quería ser parte de aquello.

—¿Podemos contar contigo para que cuides de tu hermana? —sonrió Charlie.

Tiegan bostezó en ese momento, y a Bella se le encogió el corazón.

—Cuando me necesitéis, allí estaré.

Podría ser la emoción que había en la habitación, pero pensó entonces que tal vez podría darle a Edward el beneficio de la duda. ¿Sería un error o la oportunidad de encontrar la felicidad?, se preguntó.

Pero cuando levantó la mirada descubrió que él había desaparecido.

—¿Dónde está Edward?

Su padre miró alrededor.

—Seguramente habrá salido a tomar el aire. ¿Sin decir una palabra?

Bella tragó saliva, asustada. Ella tenía otra teoría: al ver que todo estaba bien, Edward se había marchado para evitar otra despedida.

¿Debería ir tras él?

—Papá, tengo que irme.

—¿Dónde?

—Pues… a casa, con un poco de suerte.

Mientras su padre tomaba a Tiegan con cara de sorpresa, Sue sonrió, como si la entendiera.

Bella salió de la habitación y se acercó a una enfermera.

—¿Ha visto salir a un hombre alto, y muy guapo?

La mujer sonrió.

—Desde luego que sí —contestó, señalando el ascensor—. Lo he visto hace unos minutos.

Cuando salió del hospital poco después, le pareció que hacía más frío que antes. Frotándose los brazos, deseó haber llevado una chaqueta. Tenía una en el coche de Edward…

Y cuando levantó la mirada vio el Mercedes saliendo del aparcamiento.

—¡Edward!

Pero él siguió adelante sin detenerse.

¿Debería haber esperado algo más? Le había dicho que quería casarse, y ella había contestado que no le creía. Y, sin embargo, la había llevado al hospital, le había entregado la escritura de la empresa. Sin hacer una escena, había besado su mano antes de irse, pero ella no se había dado cuenta de que ésa era su despedida…

¿Debería dejarlo ahí?

Con mil preguntas dando vueltas en su cabeza y el corazón latiendo a mil por hora, Bella miró alrededor. Sue necesitaba descansar, y su padre querría estar a solas con su mujer y su hija… era lo más natural.

Suspirando, empezó a caminar sin rumbo, y después de cruzar varias calles llegó a un descampado en el que habían instalado una feria con una noria, coches de choque, un carrusel…

La curiosidad hizo que se acercara, negándose cuando un feriante le ofreció la posibilidad de disparar una escopeta de aire comprimido para conseguir una muñeca gigante.

Sin saber por qué, sus ojos se llenaron de lágrimas.

¿Volvería a ver a Edward?, se preguntó.

—¿Quiere que le lea el futuro?

Bella se dio la vuelta, sorprendida. Una mujer vestida con el típico atuendo de gitana la llamaba con el dedo.

—Está perdida —le dijo—, pero encontrará su camino.

Bella sonrió. Sí, debía parecer perdida paseando por allí, pero…

Al ver una bola de cristal, más grande e impresionante que la que habían visto en el escaparate de la tienda, decidió acercarse.

—¿Qué más ve?

Los ojos oscuros de la mujer brillaron mientras ponía teatralmente las manos sobre la bola…

—Veo calor… y luego frío y paredes de hielo —murmuró—. Ahora veo que el calor vuelve. Creo que se va a quemar, pero no tema lo nuevo y emocionante que puede ofrecerle la vida. Escuche a los fantasmas amistosos.

Ella sintió un escalofrío cuando un golpe de viento movió su pelo. Y cuando levantó una mano para apartarlo de su cara, Edward estaba a su lado.

—Hola.

Bella se sobresaltó de tal modo que dio un salto hacia atrás.

¿Escuchar a los fantasmas amistosos?

La gitana estaba limpiando la bola de cristal con un paño, sonriendo.

—También leo los posos del café.

Sintiéndose como Alicia en el País de las Maravillas, Bella alargó una mano para tocar el jersey negro de Edward y dejó escapar un suspiro. Era real.

—¿Dónde habías ido?

—A buscar una cafetería para comprar un par de cafés decentes. ¿Has probado el café de los hospitales? —Edward hizo una mueca de horror—. Le dije a la enfermera de la planta que te lo dijera si preguntabas.

Bella tuvo que morderse los labios para no ponerse a llorar. Había dejado un mensaje, pero ella debía de haber preguntado a otra enfermera…

—Cuando volví al aparcamiento vi que venías hacia aquí, así que dejé los cafés en el coche y vine a buscarte.

—Pero te has cambiado de ropa. Antes no llevabas ese jersey.

—Escuché en la radio que iba a bajar la temperatura y me puse este jersey que guardo en el coche. Toma, también he traído tu chaqueta.

Después de ponérsela, frotó sus hombros un momento y el frío desapareció por completo.

Cuando se dio la vuelta, Bella lo miró a los ojos y hablaron a la vez:

—Hay algo que tengo que…

—Las damas primero —sonrió Edward.

—He estado pensando… —empezó a decir Bella—. Me has devuelto la empresa de mi padre, me has traído al hospital… supongo que eso quiere decir que existe la posibilidad de que tengamos una relación.

—También yo he estado pensando en lo que hablamos, y he llegado a la conclusión de que, si tuviera un hijo, me gustaría que lo criasen su padre y su madre. No querría que le faltase ninguno durante toda su vida.

—Estoy de acuerdo. Mientras todo el mundo sea feliz, incluido el niño.

Edward asintió con la cabeza.

—Y no tengo la menor intención de ser el tipo de marido que espera que su mujer lo haga todo. Ni ahora ni nunca. Tú me estimulas, me animas… me haces pensar. Y no tengo la menor intención de retenerte o de impedir que hagas lo que te parezca bien con tu vida.

Bella se emocionó, pero tenía que seguir hablando.

—Imagino que nuestros padres pensaron lo mismo cuando decidieron casarse, pero luego la cosa salió mal.

—Esas eran sus vidas, no las nuestras. Si nos esforzamos, si los dos ponemos todo de nuestra parte, no lamentaremos esta decisión —dijo Edward entonces, apretando su mano—. Yo nunca había querido a nadie antes, Bella.

Ella sonrió, aunque sus ojos se habían llenado de lágrimas.

—¿Me quieres?

—Completamente y para siempre. Quiero estar a tu lado para todo, tengamos familia o no. Tú me has abierto los ojos sobre muchas cosas… y sobre todo me has hecho ver que puedo comprometerme, que tú y yo estamos destinados a estar juntos.

—¿Pero no quieres tener una familia?

—Sí, Bella. Me gustaría mucho tener una familia, pero sólo contigo.

Sin percatarse de que había gente alrededor mirándolos con curiosidad, Edward sacó una cajita del bolsillo del pantalón. Cuando la abrió, el sol iluminó la piedra que había dentro, reflejando todos los colores del arco iris.

—Debería haberte dado esto cuando te pedí que te casaras conmigo —murmuró, tomando su mano—. Pero ahora te lo pido otra vez. Bella, ¿quieres casarte conmigo?

Ella tuvo que llevar aire a sus pulmones. Le gustaría saber qué iba a depararle el futuro, pero el futuro era algo que cambiaba constantemente y que dependía casi siempre de uno mismo. Lo único que sabía con seguridad era que amaba a aquel hombre con todo su ser. Y tenía razón, el futuro dependía de los dos; dos mitades de un todo, para que su relación funcionase.

Bella tomó su cara entre las manos y comprometió con él su corazón.

—Sí, quiero casarme contigo. Te quiero, Edward. Te quiero muchísimo.

Sonriendo, él puso el anillo en su dedo y la apretó contra su pecho. Pero antes de sellar su amor con un beso, Bella tenía que decir algo…

—Me gustaría que nos casáramos en un jardín. No me preguntes por qué, pero es lo que siempre he soñado. ¿Te parece bien?

—Me parece estupendo.

—Y creo que deberíamos hacer un pacto de no trabajar los fines de semana.

—Una pareja necesita tiempo para conocerse, para disfrutar —asintió Edward, buscando sus labios.

Pero Bella levantó una mano.

—Hay una cosa más…

Él tomó su mano y sonrió, con una de esas sonrisas que la volvían loca.

—Cariño, ahora sería un buen momento para besamos. Es la mejor manera de empezar nuestra vida juntos.

Bella sonrió. Tenía razón, de modo que le echó los brazos al cuello para besarlo con toda su alma.


LLEGAMOS AL FINAL QUE LES PARECIO? FALTA EL EPILOGO, LES RECUERDO QUE ES UNA ADAPTACION NADA ES DE MI AUTORIA, LA HISTORIA PERTENECE A ROBYN GRADY, Y LOS PERSONAJES A STEPHENIE MEYER… COMENTEN… BESOS