Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.
-Capítulo 3-
Por la tarde, a la misma hora que el día anterior, estaba en el Queen Anne café, pero en esa ocasión sentado a la barra. La cafetería estaba muy concurrida, llena sobretodo de madres con sus niños que correteaban de aquí para allá dando gritos y manchándolo todo con sus manos pegajosas. Los críos tampoco eran lo mío, y no esperaba nunca llegar a ser padre, más que nada por el tema de que no estaba dispuesto a enfrascarme en ninguna relación formal. El simple hecho de pensarlo me daba escalofríos.
Aquel día no fue Alice quien anotó mi pedido, sino su hermana, que era una versión mayor de Alice con el cabello largo y no tan delgada. Era simpática como ella aunque no tan fresca… Eran diferentes. Mientras bebía mi café, me di la vuelta en mi taburete y seguí a Alice con la mirada casi sin darme cuenta de que lo hacía. Me percaté de ello cuando se detuvo frente a una mesa para anotar un pedido y, mientras lo hacía, me devolvió la mirada con una sonrisa.
Por primera vez en mi vida me sentí nervioso ante la sonrisa de una mujer, y lo único que se me ocurrió hacer fue volverme en mi taburete, sintiendo que había hecho algo malo. Pero lo cierto era que me gustaba cómo se movía. Sus movimientos no eran sexys ni sinuosos, como solían gustarme, sino que Alice iba deprisa, sin vacilar, con alegría aunque sin torpeza. No sabía cómo serían cuando estuviera en su casa, tranquila y relajada, lejos del tumulto de la cafetería, pero imaginaba que no distarían mucho de los que llevaba a cabo en el trabajo.
— ¿Has podido darle el pañuelo a tu madre? —escuché de repente su voz delante de mí, y me sorprendió el hecho de no haberme dado cuenta de que se había puesto tras la barra. Así de ensimismado estaba en mis pensamientos.
—Aún no. Hasta el fin de semana no creo que vaya a verla.
—Vaya. Bueno, seguro que le encantará de todas maneras. ¿Quieres más café? —me preguntó al ver mi taza casi vacía.
—No, gracias. Estoy bien.
—De acuerdo.
Tenía que seguir hablando con ella, tenía que conseguir que le entraran ganas de conocer a Peter. Por eso pensé rápidamente en algo para decirle antes de que se marchara de la barra para asegurarse de que los demás clientes estaban servidos.
—Lo cierto es que estoy esperando a un amigo, al que me recomendó tu tienda —mentí de repente, consiguiendo que me mirara con detenimiento.
—No es mi tienda, solo trabajo en ella. Pero qué bien, así si viene podré darle las gracias por recomendarla.
—Sí, lo cierto es que es un gran tipo.
Alice me sonrió y asintió en silencio, dándole golpecitos al mármol de la barra con un dedo. Llevaba las uñas cortas pintadas de un color rosa muy pálido, casi transparente, pero que brillaba de una forma muy natural. Sin decirme nada más, Alice se marchó a atender a unos clientes que acababan de entrar en la cafetería, y yo solté el aire que había mantenido en mis pulmones sin percatarme de que lo hacía.
A eso de las ocho todavía continuaba sentado a la barra, sin entender exactamente qué diantres estaba haciendo allí. Alice al final me había rellenado la taza de café y habíamos estado charlando un rato de temas triviales aunque de manera intermitente por las constantes interrupciones de los clientes. Era consciente de que estaba estorbando a Alice porque no la dejaba trabajar en paz, pero sentía que era mi deber introducirle a Peter, aunque a medida que hablaba más con ella ese menester se me iba olvidando.
—Sí que te hace esperar tu amigo —me comentó ella en uno de los viajes que hizo a la barra.
—No creo que venga, sinceramente —claro que no iba a venir porque en ningún momento habíamos quedado en encontrarnos en la cafetería—. Así que creo que me voy a ir ya.
—Yo también salgo ahora —me informó ella entregándome la cuenta.
Saqué unas monedas de mi bolsillo y se las entregué, intentando entender qué pretendía con aquella frase.
— ¿Vives muy lejos? —le pregunté casi sin pensar.
—Un poco, tengo que tomar el autobús hasta que vaya a recoger mi coche del taller.
— ¿Quieres que te lleve? —me ofrecí, y de repente todas las alarmas empezaron a sonar en mi cabeza. Pero bueno, solo estaba siendo amable con una mujer y no con la finalidad de conseguir sexo, para variar—. Tengo el coche aquí fuera.
—No te molestes, pero gracias por la oferta.
—Como quieras. Ya nos veremos, Alice —me despedí poniéndome en pie y colocándome la chaqueta.
—Adiós, Jasper —la escuché decir justo antes de darme la vuelta para salir del establecimiento.
Una vez fuera me dirigí a mi coche y resoplé, dándome cuenta de que me tocaría comerme todo el tráfico del centro de Seattle solo porque me había encantado en la cafetería. Y total, ¿para qué? No había adelantado nada de nada. Dos minutos después de subirme al vehículo y arrancar ya me encontraba en un atasco, dándole golpecitos al volante por los nervios. Solo me apetecía llegar a casa, ducharme, cenar, ver un rato los deportes en la televisión e irme a dormir sin pensar en Peter y en sus problemas amorosos. Me daba la sensación de que eso era lo único que ocupaba mi mente desde hacía cuarenta y ocho horas y no me gustaba en absoluto.
Justo cuando el tráfico empezó a moverse al fin, vi a una persona corriendo calle abajo como una exhalación mientras hacía aspavientos con las manos. Achiqué los ojos al percatarme de que esa persona era Alice y de que se había quedado tirada en la parada del autobús porque, al parecer, el transporte se había ido sin ella. Apreté los labios para no echarme a reír y, cuando estuve algo más cerca de la parada del autobús, bajé la ventanilla del copiloto y me estiré en el asiento para poder asomarme.
— ¿Tienes problemas? —le pregunté al verla respirando agitadamente, con las mejillas coloradas por la carrera y con las manos en las caderas, claramente en una actitud enfadada.
—Pues sí. El autobús me ha dejado tirada —me respondió relajando la postura y dedicándome la sonrisa de cada día.
—Mi oferta de llevarte a casa sigue en pie, por si te interesa.
Ella me miró de reojo y se mordió el labio inferior, dubitativa. Los conductores que se encontraban detrás de mí empezaron a tocar el claxon y a quejarse de manera insistente, cosa que la hizo decidirse.
—Está bien —aceptó ella subiendo al coche deprisa, intentando que los de atrás se relajaran un poco—. No quería que te molestaras, pero gracias de todas maneras.
—No hay problema —murmuré devolviendo la vista a la carretera—. Ya me irás indicando por dónde tengo que ir.
—Sí. La primera a la derecha—me dijo toqueteándose las manos—. La verdad es que me ha venido genial encontrarte aquí… El pobre George lleva todo el día solo en casa y seguro que estará de un humor de perros.
Aquella afirmación me devolvió a la realidad de golpe. Así que tenía novio… ¿Por qué diantres no había pensado en la posibilidad de que Alice tuviera novio? Obviamente porque Peter no me había comentado nada al respecto. Genial, entonces… El plan acababa de irse a pastar.
— ¿Tu novio? —pregunté mirándola de reojo, siendo consciente de que me estaba metiendo donde no me llamaban.
— ¿Mi novio? Qué va. Mi gato —se rio—. Sigue recto. Se pone de muy mal humor cuando se queda solo todo el día. A veces mi madre se pasa por el piso para echarle un ojo, pero hoy no ha podido.
Después de unos segundos en silencio no pude hacer más que echarme a reír, sintiéndome el hombre más imbécil del mundo. Eso por no decir que estaba manteniendo una de las conversaciones más extrañas del universo.
— ¿Qué? —preguntó ella, que al parecer no se había percatado de mi lapsus mental, y en parte mejor—. Ahora a la derecha otra vez.
—Nada. Solo que me parece gracioso que tu gato tenga nombre de persona. Por la forma en que lo has dicho parecía que hablabas de tu novio o algo así.
—No, no tengo novio. Aunque lo cierto es que George lo parece, todo el día detrás de mí pidiéndome mimos y durmiendo conmigo todas las noches. Pero como te he dicho, cuando se queda solo me hace el vacío. Debe pensar que lo he abandonado.
Me volví a reír, dándome cuenta de que era probable que a Alice le faltara un tornillo.
— ¿Puedo preguntar por qué se llama George? Lo siento, pero no es un nombre para un gato… Bigotitos o Manchitas sí que lo son.
Alice me fulminó con la mirada.
—A la izquierda. ¿Por quién me tomas? ¿Qué clase de persona llama a su gato Bigotitos? Es bastante ridículo.
— ¿Qué clase de persona llama George a su gato? —inquirí sin dejar de sonreír.
—Pues yo, por ejemplo. Y se llama así por George Harrison*. ¿Por qué no puedo darle a mi mascota el nombre de alguien a quien admiro?
Bueno… bien mirado, no era tan descabellado. La miré aprovechando un semáforo en rojo y me la encontré sonriendo de nuevo.
—Ahora todo tiene sentido —acepté.
— ¿Lo ves? Vivo aquí enfrente, en este bloque de ladrillo —me explicó, y yo reduje la velocidad del coche.
— ¿Así que te gusta George Harrison? —pregunté mientras aparcaba frente a su edificio.
—Sí, desde hace mucho tiempo. Su música me inspira y sus composiciones me parecen mágicas. No sé —se encogió de hombros—. Me encanta.
—Era un buen músico, sí.
Alice asintió y se desabrochó el cinturón de seguridad.
—Gracias por traerme.
—De nada. Espero que tu gato no te odie demasiado.
—Seguro que no —durante un instante Alice pareció dudar, pero después me miró fijamente—. ¿Quieres subir a conocer a George?
Aquella propuesta sí que me pilló desprevenido, demasiado. Y lo peor no fue eso, sino las tremendas ganas que me invadieron de decirle que sí. ¿Qué cojones…?
—Me encantaría, pero estoy muy cansado y solo me apetece llegar a casa —musité, aún sorprendido.
—Claro. De todas maneras, te debo una —murmuró con el rostro encendido.
—No te preocupes, de verdad. No ha sido nada.
—Bueno. Pues… ya nos veremos —esa fue su despedida justo antes de salir del coche con algo de prisa. Esperé hasta que la vi entrar en el edificio, y después, cuando desapareció de mi vista, me permití soltar el aire que había estado conteniendo.
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Al llegar a casa todavía me invadía aquella sensación de sorpresa. Imaginaba que Alice me había propuesto subir a su piso para agradecerme el hecho de que la acompañara hasta su casa y que aquella propuesta no escondía detrás ninguna proposición más comprometida… Porque, como le había dicho a Peter, a mí las mujeres se me daban bastante bien y sabía reconocer un intento de coqueteo o de flirteo por parte de una de ellas a kilómetros de distancia, y por parte de Alice no me lo había parecido, al menos en un primer momento, a causa de esa aura de inocencia que la rodeaba…
Pero quizá me estaba equivocando. A mí me gustaban las mujeres claras y directas, y era consciente de que Alice no se me iba a insinuar de ninguna manera en el coche, pero ¿qué habría pasado si hubiera aceptado subir a su casa?
Dejé las llaves del piso sobre la mesa con un ruido seco. No habría pasado nada porque, primero, Alice no se me estaba insinuando de ninguna de las maneras. Aquel lío mental que tenía era solo fruto de eso mismo, de mi mente, nada más. Y segundo, en el caso de que Alice estuviera interesada en mí, cosa que era totalmente falsa, no iba a darle ningún pie a posibles encuentros. Mi mejor amigo estaba encaprichado, enamorado, pillado… como fuera, de ella, y me había pedido a mí el favor de ayudarle a conquistarla; lo último que iba a hacer sería llevármela a la cama. Porque sí, me gustaban las mujeres tanto o más que a cualquier otro hombre, pero cuando se trataba de mis amigos… No había cabida para ellas.
Me desabroché la camisa y después me quité los zapatos, sintiéndome extraño. Joder. Me pasé una mano por el cabello, nervioso y agitado, y rebusqué mi teléfono móvil en la americana. Busqué en mi lista de contactos y escogí al azar el nombre de alguna de las mujeres que había conocido en el último mes. Estaba cansado, sí, pero me negaba a pasar esa noche solo, y estaba seguro de que ninguna de ellas se negaría compartir conmigo un poco de diversión.
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A la mañana siguiente intenté por todos los medios evitar a Peter. No tenía ganas de hablar con él, la verdad, además de que apenas había descansado nada por la noche. Solo quería enfrascarme en el trabajo y olvidarme del asunto. Obviamente no tuve ni media hora de paz:
—Jazz, buenos días —me saludó Peter alegremente entrando en mi despacho sin llamar, como era su costumbre.
—Hola —musité justo antes de bostezar.
— ¿Te apetece que nos tomemos una cerveza esta noche? —me preguntó tras sentarse en una de las sillas que había frente a mi escritorio.
—Tengo un plan mejor. ¿Por qué no te pasas por la cafetería de Alice y la conoces de una vez? —de acuerdo, en aquel momento fui yo el que sacó el tema a colación, pero de verdad que solo quería acabar ya con aquella tontería.
Peter evitó mi mirada y supe lo que aquello significaba.
—Hoy no, Jazz. He pasado por delante de la tienda esta mañana y estaba tan guapa… He estado a punto de entrar, pero al final me he acobardado.
Resoplé y me froté los ojos cansados con las manos, sintiendo en mi piel el resultado de no haberme afeitado aquella mañana.
—Joder, Peter. De verdad que no es tan difícil.
— ¿Estuviste ayer en la cafetería? —me preguntó evadiendo mi mal humor.
—Sí —fue mi única respuesta.
— ¿Y?
Me encogí de hombros, sin estar seguro de que comentar el hecho de que acompañé a Alice hasta su casa fuese una gran idea.
—Pues bien. Le volví a hablar de ti y creo que tiene ganas de conocerte —quise tentarlo.
Mi amigo abrió mucho los ojos, y yo no supe si estaba emocionado o asustado por mis palabras.
— ¿En serio?
—Sí, quiere conocer al tipo que va recomendando la tienda en la que trabaja a sus amigos.
—Vaya… La verdad es que estás haciendo un gran trabajo. Si todo sale bien, tendré que darte una buena recompensa.
Puse los ojos en blanco y negué con la cabeza.
—En fin, estoy muy cansado, Peter. ¿Podemos dejar lo de las cervezas para otro día? Hoy me voy a encerrar en casa y voy a descansar lo que no descansé ayer.
—Por mí no hay problema, pero ¿qué hiciste ayer para estar tan cansado?
—Tuve compañía por la noche —y lo cierto era que ni siquiera estaba del todo seguro del nombre de mi acompañante.
—Ah, así que has vuelto a las andadas.
—Las buenas costumbres no deben perderse nunca —murmuré con una sonrisita que no fue del todo sincera. Algo me estaba pasando, y si a finales de esa semana continuaba teniendo aquella sensación tan extraña, acabaría yendo al médico. O mejor, al psiquiatra.
—Claro que no, y aprovecha tú que puedes —me picó entre risas—. Bueno, pues te dejo trabajar. Hasta luego.
—Hasta luego, Peter.
Cuando salió de mi despacho apoyé la cabeza en el respaldo de mi silla y cerré los ojos. Solo estaba estresado por el trabajo, y la insistencia de Peter no hacía más que empeorar mis nervios. Se trataba de eso. Solo de eso.
* George Harrison (1943-2001) fue uno de los integrantes de The Beatles desde sus inicios hasta su disolución y un músico multiinstrumentalista de gran talento, además de productor de cine.
¡Hola otra vez! Como os prometí aquí os dejo un nuevo capítulo de esta historia. A nuestro Jasper ya empieza a pasarle algo... algo que no le gusta del todo pero que no va a tener más remedio que soportar ;P Ya veis que las cosas empiezan a ponerse buenas, y os adelanto que a partir de ahora no harán más que mejorar (modestia aparte xD).
Espero que os haya gustado mucho, mucho el capítulo y que me lo contéis en vuestros reviews que agradezco hasta el infinito y más allá. Si todo va bien el martes volveréis a tener capítulo. ¿Nos leemos entonces?
XoXo
PD: Nada más comentar que, como veréis en futuros episodios, tanto George Harrison como The Beatles van a tener una importancia notable en este fic, así que no os sorprendáis porque los adoro :)
