Capítulo 9.

Levi se te quedó mirando un rato, se cubrió la boca y aclaró su garganta, recostándose contra su escritorio, cruzándose de brazos.

–Nunca pensé que esto pasaría –murmuró por lo bajo. Tú solo le veías mientras suspiraba con pesadez y se apretaba el tabique–. El pasado que no recuerdas… bueno, Erwin y yo ocupamos un lugar importante en él.

Te rascaste la nuca algo incómoda. El pelinegro hizo silencio un par de minutos y suspiró de nuevo, supusiste que intentaba aclarar sus ideas.

–No quisiera decirte qué lugar es el de Erwin, mucho menos lo que te hizo. No es algo que me corresponda.

–No se preocupe.

El pelinegro asintió.

–Como decía, Erwin y yo ocupamos un espacio en tu vida. El mío surgió gracias a un incidente en el bajo mundo…

– ¿Entonces los rumores eran ciertos?

–Sí, viví en la ciudad subterránea. –El mayor te dedicó una mirada de nuevo y, por muy raro que te pareciera, sonrió con melancolía–. Estuve… estuvimos viviendo un tiempo junto a…

Hubo un silencio que te incomodó y aumentó tu curiosidad.

– ¿Junto a quién? –Insististe corriéndote hacia el borde de la silla.

–Junto a Isabel y Farlan.

Abriste los ojos con asombro y te llevaste la mano a la boca. Levi siempre supo quién era esa mujer de cabello rojizo y ojos verdes que habías visto hablándote con confianza cuando parecías ser más pequeña.

–Ella… –murmuraste mordiéndote el labio, te sentías culpable al no poder recordarla, ahora sabiendo que al parecer había sido importante–. ¿En verdad existió?

El pelinegro tomó tu rostro por las mejillas y apoyó su frente contra la tuya luego de murmurar un suave "sí", ronco y apenado, al parecer su carácter se había suavizado.

–Es… –no encontrabas qué decir, solo mirabas al pelinegro mientras balbuceabas–. ¿Don… dónde está…?

El de ojos azules desvió los ojos y se alejó lo suficiente.

–Isabel y Farlan están muertos. –Dijo con tono pesado, pero sin dudar un solo momento.

–Acaso… ¿vio cómo morían? –Preguntaste sin querer saber la respuesta.

–Así es –contestó frío, sin permitir que le vieras los ojos, aprovechando que el flequillo de su cabello los cubría al mantener la cabeza agachada.

Te mordiste el labio con un mal sabor de boca. No recordabas lo suficiente, pero algo dentro de ti se había quebrado y había estrujado formado un nudo en tu garganta.

Rompiste en un llanto silencioso, sin sollozos. Ni siquiera sorbías tu nariz, solo dejabas caer lágrimas mientras mirabas el suelo.

– [Nombre]…

–Perdón –dijiste limpiando tus mejillas para despejarte de inmediato–. Continúe.

–Bien, Farlan, Isabel tú y yo vivíamos juntos, en la ciudad subterránea. Tú solo eras dos años menor que nosotros, pero te considerábamos muy pequeña para hacer lo que hacíamos.

– ¿Qué hacían?

–Éramos ladrones, [Nombre]. Matábamos por encargo, nos deshacíamos de quienes estorbaran y manejábamos el equipo tridimensional para ser imposibles de atrapar por la policía militar. –El pelinegro hizo una pausa y suspiró, apretando tus manos–. Tú y yo siempre fuimos muy cercanos… y cuando desapareciste un día y no volvías, creí que habías muerto… Luego te vi entrar a la legión junto con esos tres… –Suspiró–. Creí que me reconocerías. Pero no recordabas nada, y mi lugar ahora lo ocupaba Eren. O eso pensé.

Te mordiste el labio y le obligaste a mirarte.

–Sargento, ¿qué lugar ocupaba… cuando estuve con usted? –murmuraste, algo temerosa.

–Prefiero que lo recuerdes con el tiempo –rodeó su escritorio y tomó asiento en su lugar habitual–. Es solo que, me enoja bastante que llegue Erwin pretendiendo contarte todo, cuando he estado ahí, intentando que recuerdes a tu paso, sin mucho impacto.

Ahora lo entendías. Si bien Levi te lo ocultó, te acompañó y en cierto punto te ayudó, aun cuando no lo veías. Pero claro, eso no justificaba nada.

Siempre lo veías preocuparse por sus subordinados. Petra, Auruo, Erd y Gunter. Y sí, cuando llegaste junto con Eren y lograste compartir con ellos, lo entendiste, pero ahora veías que también tenía ese cuidado contigo, y eso te hacía sentir mucho más segura que antes. Más ahora que te habías enterado de que el pelinegro había hecho parte de tu vida desde siempre.

– [Nombre].

Escuchaste de pronto, sacándote de tu ensimismamiento repentino.

–Entiendo que estés enojada por eso. No supe manejar la situación.

Sonreíste con tristeza, ya no sabías cómo sentirte. ¿Debías estar enojada, agradecida?

Te levantaste de tu asiento para llegar al de tu superior. Te agachaste y besaste su frente; un acto bastante osado. Luego le abrazaste con calidez, ocultando tu sonrojo mientras recostabas tu rostro en su hombro, apretándolo con fuerza.

–Gracias, Levi.

Te pusiste en pie y caminaste sin decir nada hacia la puerta. Estabas satisfecha. No te habías enterado de todo, y lo poco de lo que sabías no era nada que te permitiera entender qué había pasado contigo, pero no creías necesitar nada más por ahora.

Habías decidido permitirle al chico de ojos sombríos, encargarse de todo. Si él quería ayudarte a recordar a tu paso, entonces te dejarías ayudar.

Ibas bajando las escaleras, rumbo a tu habitación, pensando en todo lo que había sucedido, y, de pronto, te detuviste en seco.

En la oficina del sargento estaba su pichón, pero el tuyo…

–La oficina del comandante –dijiste apretando el barandal, ahora tensa. Acababas de faltarle al respeto y debías volver para pedir de vuelta al dichoso pájaro. Qué situación.

Te diste vuelta, lista para subir hasta darte de bruces contra aquel que no tenías muchas ganas de ver.

–Comandante…

–Sigue siendo Erwin… aún si me odias justo ahora… –el rubio sonrió apenas y extendió lo que estabas buscando. El pichón aleteó en su jaula y chilló–. Lo dejaste en mi oficina, así que decidí buscarte para dártelo.

–Gracias –recibiste la jaula y le sonreíste al animalito que se equilibraba como podía en un pequeño balancín ubicado en el centro de su nuevo hogar.

–Supongo que Levi habló contigo.

–Sí, lo hizo.

– ¿Te lo contó todo?

–No. Le permitiré ayudarme a recordar a mi ritmo. No quiero que todo me llegue de golpe y sea frívolo. Quiero recordar y sentirlo.

El mayor asintió y sonrió de nuevo, esta vez de una forma más notoria.

–Sigues igual –susurró para darse vuelta, dispuesto a irse.

Igual.

–Comandante –le llamaste, haciendo que se volviera hacia ti–. Quisiera saber qué era eso que deseaba contarme.

– ¿No acabas de decir, que le permitirías a Levi ayudarte a recordar por tu cuenta? –dijo cruzándose de brazos.

–Sí… –respondiste con tono bajo–. Pero… ¿habrá algo que pueda decirme?

El rubio sonrió y asintió, haciendo un ademán de que le siguieras. Hiciste caso y caminaste tras él lo que faltaba de camino hasta el primer piso. Una vez allí, salieron de la edificación y se fueron rumbo a un pequeño y aislado jardín que todos los miembros del escuadrón (incluyéndote), habían creado para sus momentos de descanso.

– ¿Hay algo específico que quieras saber? –Dijo el rubio con tono suave, sentándose en una banca a tu lado. Había un muro hecho de piedra que rodeaba el sitio, el cual también estaba lleno de flores que habían escogido las chicas. En especial Historia, ella tenía un muy buen gusto para ello.

–Sí –respondiste, tomando una bocanada de aire luego de un par de segundos–. Erwin… ¿qué lugar es el que ocupa?

– ¿Disculpa?

–En mi pasado. Quién fue, o… quién es…

El mayor se rascó la nuca algo incómodo y sonrió con algo de nerviosismo.

–Vaya, no esperé que quisieras saber eso –aclaró su garganta y jugó con sus dedos para encararte y tomarte las manos. Justo como antes. Vacilaste por un momento, ¿y si era algo de lo que te arrepintieras luego? Era complicado.

–Erwin…

– ¿Estás segura de esto?

Sentiste un suave apretón en las manos y tomaste aire, asintiendo en silencio.

– [Nombre], mi lazo contigo es bastante fuerte.

Te mordiste el labio, las ansias te mataban. Querías soltarlo y salir corriendo, pero al mismo tiempo querías saber qué era eso que se le dificultaba decirte.

–Soy tu hermano mayor.

Te atragantaste con tu saliva, provocando que soltaras sus manos para llevarlas a tu boca mientras tosías desmesuradamente.

–Hermano… –Repetiste, como si no fuese cierto.

El comandante solo asintió.