Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 5-

No me veía con la fuerza necesaria para mirarla. Me daba miedo hacerlo y descubrir algo que no quería y que me aterraba. Porque era inútil empeñarme en que todo seguía como antes, nada era como antes. Yo había cambiado en una puñetera semana cuando creía que no iba a hacerlo nunca. Se me había puesto el mundo patas arriba y no entendía el porqué. Lo cierto era que no me apetecía en absoluto descubrirlo.

—Siento lo de mi hermana —fue lo primero que me dijo Alice tras subir a mi coche, con la mirada fija en su regazo.

—No ha sido nada —ya ni siquiera me acordaba de aquello, estaba más ocupado maldiciendo mi mala suerte.

—Pero te has ido de una forma… Me sabe muy mal. Y en parte es culpa mía, no tendría que ir encantándome por ahí durante las horas de trabajo.

No era culpa suya, al parecer el culpable era yo por ir… coqueteando cuando no debía.

—Te he entretenido yo, así que la culpa es mía. Perdóname.

Alice se giró en el asiento para mirarme pero yo no le devolví la mirada, primero porque debía concentrarme en la carretera, y segundo, porque no quería hacerlo.

—No te preocupes. De todas maneras, espero que no dejes de venir a la cafetería. He hablado con mi hermana y le he pedido perdón a cambio de que se disculpe contigo por las cosas que te ha dicho… —seguro que su hermana le había explicado exactamente lo que me había dicho y quise volver a hundirme en el asiento. Joder. Íbamos de mal en peor.

—No se tiene que disculpar, es su negocio y está en su derecho de tomar represalias. Y la verdad es que te he entretenido más de la cuenta.

—Bueno, me has alegrado la tarde —musitó ella con una sonrisa que vi por el rabillo del ojo. No iba a mirarla—. Todavía te debo una por lo de la semana pasada, y ahora tengo que disculparme contigo de alguna manera.

—Alice, no me debes nada, y mucho menos una disculpa, así que olvídalo —mascullé con demasiada seriedad.

—Como quieras…

¿Por qué tenía que sentirme mal por hablarle de aquel modo?

— ¿Cómo está George? ¿Se enfadó mucho contigo? —pregunté intentando que aquella tensión que nos invadía desapareciera. Aquellas preguntas parecieron devolverle la alegría, y yo pensé que hablar de su gato sería un tema más que seguro.

—Un poco. Me ignoró durante una hora, pero después no dejó de perseguirme para que le hiciera caso. Si yo sé que en el fondo me quiere.

Sonreí levemente y cuando llegué a su calle me sorprendió tanto el hecho de que ya supiera dónde vivía como a ella.

—Vaya, sí que tienes buena memoria —comentó Alice con los ojos muy abiertos—. Gracias de nuevo por traerme.

—No hay de qué —sin darme cuenta apreté con mis manos el volante, nervioso.

—Oye… —musitó mientras se desabrochaba el cinturón—. Ya sé que según tú no te debo nada, pero me trajiste a casa la semana pasada y también lo has hecho hoy sin tener por qué hacerlo, aparte de que te has llevado una bronca por mi culpa. Deja que te invite a tomar algo y así me sentiré mejor conmigo misma.

Apreté con más fuerza el volante y temí arrancarlo de cuajo de su soporte, por lo que aparté mis manos de él.

—Alice, de verdad que no es necesario…

—Escucha, sé que la semana pasada quizá te pareció raro que te invitara a subir a mi casa así de repente, pero no lo hice para… con ninguna intención rara —me aclaró.

No, no quería entrar en ese tema en absoluto. No. No. NO. Por ese motivo no abrí la boca y esperé a que prosiguiera:

—Solo quería invitarte a tomar algo… —murmuró sin mirarme—. Me gustaría invitarte hoy también aunque tú digas que no te debo nada.

Cerré los ojos durante unos segundos y después los abrí, siendo consciente de que Alice estaba esperando una respuesta. Me decidí a hablar para acabar de una vez con aquello:

—Ya sé que la semana pasada no me invitaste con ninguna otra intención, no te preocupes por eso. Y agradezco tu invitación, pero de verdad que creo que no es una buena idea.

— ¿Por qué no?

Volví a mirarla de reojo.

—Es complicado.

— ¿Tienes novia?

Sin poder evitarlo me eché a reír y negué con la cabeza.

—La sola palabra me provoca urticaria. No, no tengo novia y no, no la quiero.

—Entonces ¿qué problema hay? No te voy a suplicar que te cases conmigo si es eso lo que te da miedo.

¿Miedo? ¿Acababa de decir miedo? Jasper Whitlock solo le temía al compromiso, pero jamás había temido a pasarlo bien con alguna chica.

—Supongo que unos tragos nunca le han hecho daño a nadie —le dije atreviéndome a mirarla al fin, y percatándome de que había sido una mala idea. Su sonrisa era… preciosa. Además, el coche estaba impregnado con su olor, y si no dejaba de mirarme como lo estaba haciendo iba a suceder algo terrible allí dentro.

—Buena respuesta. Además, siempre está bien hacer nuevos amigos, ¿o no?

Quise decirle que yo no creía en las relaciones de amistad entre hombres y mujeres, pero opté por callarme y asentir en silencio. Bajé del coche al mismo tiempo que ella y, tras cerrarlo con llave, la seguí hasta el edificio. Entramos dentro, subimos en ascensor hasta el segundo piso y caminamos por un pasillo muy iluminado hasta el final, hasta la puerta de Alice. Cuando la abrió me golpeó de lleno su olor, el mismo que había impregnado mi coche, por lo que me dije que había huido del fuego y había terminado cayendo en las brasas. Como no podía ser de otra manera.

—Está un poco desordenado, pero no me lo tengas en cuenta —me pidió ella con una risita cerrando la puerta a sus espaldas.

—No te preocupes, el mío está más o menos igual.

Era un piso pequeño pero muy acogedor y, claramente, muy femenino. No se parecía en nada al mío, que era minimalista hasta decir basta. El suyo estaba lleno de colores, de cuadros, de posters, de cojines de mil formas, de flores, de libros y de películas. Pero no era un batiburrillo sin sentido, todo estaba bien organizado y se podía considerar un estilo muy chic dentro del que fuera el estilo de Alice. Había una cocina pequeña que estaba separada del salón por una barra americana con tres taburetes, y en el salón había un sofá de tres plazas de color naranja con algunas mantas y cojines por encima frente a un televisor de plasma de no más de treinta y dos pulgadas. Al lado del sofá había una mesa de madera para cuatro junto a un mueble en el que había un tocadiscos antiguo. Era realmente cálido.

—Ven, que te voy a presentar al rey de la casa.

Supuse que se refería al gato, por lo que la seguí hasta su habitación, y cuando me di cuenta de dónde estábamos me detuve abruptamente en el umbral de la puerta. De verdad que lo mío era terrible…

En el centro del cuarto había una cama de matrimonio con una mesita de noche a cada lado coronadas con dos lámparas de color lila a juego con el tono coral de las paredes. Enfrente de la cama había una cómoda blanca, y a uno de los lados se encontraba una estantería de madera con libros, álbumes y marcos que contenían fotos de Alice con su familia y amigos, supuse. Obviamente no faltaba un marco con una fotografía de su gato, cosa que me hizo sonreír sin darme cuenta.

—Suele salir a recibirme siempre, pero te habrá olido a ti y no le habrás gustado —me comentó Alice riéndose entre dientes—. Pero sé dónde está —se agachó al lado de la cama y, apartando la colcha, estiró los brazos—. Hola, George. Ven a saludar, bonito.

Escuché unos maullidos lastimeros y unos cuantos gruñidos que la hicieron reír hasta que, al cabo de unos segundos, Alice se puso en pie con una bola peluda entre los brazos—. No seas gruñón, Harrison, o no te daré de comer —le advirtió colocándolo en una postura más cómoda hasta que pude ver al animal completamente.

Era un gato blanco con manchas negras y marrones repartidas por el lomo y la cabeza, que llevaba un collar rojo, y que tenía unos ojos azul claro que me miraban con desconfianza.

— ¿Puedo tocarlo? —pregunté sin estar muy seguro, acercando una mano al rostro del animal.

—Claro, es muy gruñón y se cree muy macho, pero en el fondo es un trozo de pan.

Con un dedo le acaricié la cabeza y detrás de las orejas, y en menos de cinco segundos lo tenía ronroneando contra mi mano.

—Me alegro de conocerte, George.

—Creo que él también se alegra de conocerte a ti —me comentó Alice, contenta. Después le dio un beso al animal en la cabeza y lo dejó en el suelo, saliendo a continuación de la habitación a paso ligero—. ¿Qué te apetece tomar? ¿Un refresco? ¿Algo con alcohol?

—Lo que tengas a mano, me da igual —le dije tras quitarme la chaqueta, sentándome en el sofá naranja y viendo que, efectivamente, George no la dejaba ni a sol ni a sombra.

—A ver qué hay en la nevera —murmuró más para ella que para mí—. Dios, mi madre cree que me muero de hambre.

— ¿Por qué lo dices?

—Como ya te comenté, suele venir algunos días entre semana para vigilar a George un rato y hay veces que me deja envases con comida casera. Al parecer hoy me ha dejado lasaña para un ejército entero.

Me reí entre dientes, dándome cuenta de que su madre era muy parecida a la mía.

—Yo no me voy a comer esto sola —murmuró tras cerrar la nevera. Se acercó a mí con un refresco con gas en la mano y me lo tendió—. ¿Te apetece cenar lasaña esta noche?

Me atraganté con el dichoso refresco aunque intenté que Alice no lo notara, y después la miré fijamente.

— ¿Cómo?

— ¿Te apetece quedarte a cenar? Yo no como tanto y me va a dar pena tirar los restos de la lasaña… Si quieres puedes acompañarme. Y no es una proposición indecente, ¿vale?

—Lo doy por hecho, pero… —si Peter se enteraba de todo esto me iba a cortar lo justo y necesario para evitar que me reprodujera. Lo sabía. Y desde luego me lo tendría más que merecido.

—Siento ser tan insistente, pero ya que estás aquí… —Alice se encogió de hombros y se sentó a mi lado en el sofá—. Hace mucho que no ceno acompañada.

Era imposible. Lo más correcto era, sin duda, dejar el refresco, levantarme del sofá y marcharme con alguna excusa del tipo: lo siento, he quedado para cenar con mi hermana (otra vez). Y santas pascuas. Sin embargo, como estaba más idiotizado de lo que imaginaba y la lasaña era uno de mis platos predilectos, respondí:

—Entonces me quedo.

Alice sonrió, radiante, y se puso de nuevo en pie. Se dirigió a la cocina y empezó a sacar cosas de la nevera. Para no ser descortés me levanté también y la seguí.

— ¿Te ayudo con algo?

—Puedes ir poniendo la mesa, si quieres.

—Vale.

Le pedí que me indicara dónde tenía los cubiertos, las servilletas y los vasos y después hice lo que me pidió, dándome cuenta de que George se había hecho una bola en el sofá y de que dormía plácidamente. Parecía que, al fin y al cabo, no le molestaba demasiado mi presencia. Cuando terminé de poner la mesa observé detenidamente el tocadiscos que había al lado, que parecía bastante antiguo.

— ¿Te gusta? —me preguntó Alice de repente, sobresaltándome. Se había acercado a la mesa para dejar un plato de ensalada y yo ni siquiera la había escuchado.

—Sí, mucho.

—Era de mi padre… —me explicó con la voz algo ronca—. También me dio sus vinilos. ¿Quieres poner alguno?

—Como quieras —hacía tantos años que no escuchaba un vinilo que la sola idea se me hizo tremendamente tentadora.

—Abre el armario de debajo, ahí están los discos. El primero que saques es el que escucharemos.

—Así que dejas las cosas al azar, ¿eh?

—No siempre —apuntó ella son una sonrisa misteriosa que me hizo alzar una ceja. Acto seguido me agaché, abrí el armario y, sin mirar, saqué un disco—. ¿Qué vinilo quiere el azar que escuchemos?

Abbey Road de The Beatles —respondí mirando la carátula.

—El azar me conoce demasiado bien —bromeó Alice con una risita.

—En ese caso, escucharemos Abbey Road —le entregué el vinilo y ella lo puso con mucha delicadeza, con cuidado de no romper ni estropear la aguja. Al instante empezaron a sonar los acordes de Here comes the sun y Alice comenzó a tararear.

— ¿Te apetece cenar ya? —me preguntó mientras iba de nuevo a la cocina.

—Sí, tengo algo de hambre, sinceramente.

—Claro, no te has comido las pastas que te he regalado —me pinchó ella.

Recordé al instante el motivo y asentí, escarmentado. Alice se rio entre dientes y metió la lasaña en el microondas durante unos cuantos minutos. Cuando estuvo lista, y nosotros estuvimos sentados a la mesa, empezamos a cenar charlando alegremente escuchando de fondo a The Beatles.

—Qué rica está la lasaña —la alabé tras meterme un poco en la boca.

— ¿Verdad que sí? Mi madre es una gran cocinera, y se lo agradezco. Yo no soy mala del todo, pero creo que no sobreviviría si tuviera que estar cocinando cada día. Apenas tengo tiempo.

—A mí me pasa igual. Soy mucho de pedir pizzas o de comprar comida congelada. Y siempre que voy a casa de mis padres mi madre se ocupa de que me lleve algunos envases para la semana.

Alice se rio y asintió con ganas, señalándome que a ella le ocurría lo mismo.

—Por cierto, antes me has comentado que vivimos a diez minutos de distancia en coche. ¿Dónde vives exactamente? —me preguntó con curiosidad.

—En Westmond Way —respondí después de tragar.

— ¡Pero si vivimos solo a unas cuantas calles! —exclamó Alice—. Son apenas veinte minutos andando.

—Sí, por eso lo dije. No estamos tan lejos.

—Qué casualidad… Y… ¿vives solo?

—Sí, y estoy la mar de bien. Lo que más me molesta es tener que ordenar y limpiar, pero bueno, no lo llevo mal del todo. ¿Y tú vives sola?

—Sí. Antes vivía con Cynthia, vivíamos las dos aquí. Cuando ella se casó se fue a vivir con su marido, obviamente, y yo decidí quedarme en el piso a pesar de que mi madre se empeñó en que me fuera a vivir con ella. Podría haberlo hecho porque así ninguna de las dos estaríamos solas, pero… —se encogió de hombros—. Estoy enamorada de este piso. Y tampoco estoy tan sola, estoy con George.

—Cierto —comenté mirando al gato, que seguía durmiendo en el sofá—. ¿Tus padres están separados? —pregunté, pues casi siempre hablaba solo de su madre.

—No… mi padre murió hace cuatro años.

—Ostras. Perdona —murmuré, sintiéndome mal al ver cómo se le humedecían los ojos. Se los secó rápidamente con la servilleta, pero eso no hizo que mi corazón se sintiera mejor, al contrario.

—No, no. No había forma de que lo supieras, tranquilo. Es solo que aún me cuesta aceptarlo…

—Es normal, Alice. Lo siento de veras, no quería hacerte sentir mal.

—No te preocupes, no es nada. Algún día lo superaré o… lo aceptaré.

Me habría gustado consolarla o confortarla, pero al instante se puso en pie, sin dejarme decir nada más.

—Se ha terminado el lado B —murmuró dándole la vuelta al vinilo. Ni siquiera me había dado cuenta de que la música había cesado. De repente empezó a sonar ese ritmo tan característico de Come together y Alice se volvió a sentar a la mesa—. No te preocupes, en serio. Me gusta hablar de él, pero ahora prefiero que hablemos de nosotros. O sea, de ti y de mí, no de nosotros en conjunto… —se calló abruptamente, se tapó la cara con las manos y yo no pude hacer nada más que reír. Estiré uno de mis brazos y le aparté las manos del rostro para darme cuenta de que estaba sonrojada.

—Ya te he entendido. Quieres que nos conozcamos mejor.

—Sí. Para ser amigos antes tenemos que conocernos.

—Claramente.

—Y lo haremos mejor mientras tomamos postre. Tengo helado, ¿te apetece?

—Mucho. ¿Te ayudo a recoger?

—Lo haré después, tranquilo. Voy a sacar el helado. Dios, esta canción me encanta —me explicó cuando empezaron a sonar los acordes de una canción que no conocía, y mientras Alice se dirigía a la cocina le presté atención a la letra: "Something in the way she moves attracts me like no other lover, something in the way she woos me…"*.

Algo me golpeó de pronto en el pecho, algo que no había sentido nunca y que no entendía. Algo que me aterraba y que a la vez me hacía desear cosas que no podía tener. Algo que no quería y que al mismo tiempo anhelaba. Y ni siquiera quería pensar en lo que era porque no era capaz de ponerle nombre.

Alice volvió a la mesa con el helado y yo la miré detenidamente mientras continuaba escuchando la canción: "Somewhere in her smile she knows that I don't need no other lover"**. Joder, no podía estar pasando. No. No.

— ¿Cuánto quieres? —me preguntó ella abriendo el tarro del helado, sacándome de aquella ensoñación.

Pero estaba tan descolocado y tan nervioso de repente que lo único que atiné a hacer fue ponerme en pie sin ningún tipo de cuidado, sobresaltando al gato y también a Alice.

—Tengo que irme. Lo siento, pero me tengo que ir.

— ¿Qué? —Alice me miró con el ceño fruncido, sin comprender mi extraño comportamiento.

—Yo… acabo de recordar algo que tengo que entregar para mañana y… Lo siento. Me voy. Gracias por todo.

—Jasper, espera un momento.

No le hice caso, me puse la chaqueta de cualquier manera y comencé a caminar a trompicones, chocándome con el sofá, haciendo que George huyera despavorido a esconderse bajo la cama de Alice.

—Jasper —volvió a llamarme ella, pero no quise escucharla. Abrí la puerta del piso y salí casi corriendo y sin detenerme a esperar el ascensor. Bajé las escaleras como una exhalación y, una vez en la calle, me metí en mi coche sin pensármelo, arrancando al segundo siguiente y conduciendo casi como un loco por las calles de Seattle.

Al llegar a casa aquel estado de nervios no había hecho más que aumentar, por lo que saqué mi teléfono móvil y busqué en mis contactos el número de cualquier mujer, cualquiera que pudiera quitarme de encima aquel malestar y aquella sensación tan desconocida para mí. Escogí uno al azar y, justo cuando estaba a punto de pulsar el botón de llamada, me frené en seco. No. No había manera alguna de quitarme aquella sensación, lo sabía. El hecho de acostarme con una desconocida aquella noche no me iba a aliviar, ni a salvar, ni nada. No tenía solución. Ya no.

Lancé el teléfono al sofá de malas maneras, enfadado y cabreado conmigo mismo, con Alice y con Peter por meterme en esa mierda. Después me senté y me tapé el rostro con las manos. Estaba temblando. Peter me lo había pedido, pero yo había aceptado y había jugado con fuego hasta que había terminado quemándome. Ya no había marcha atrás. Estaba metido en aquel lío hasta el fondo.


*Algo en su manera de moverse me atrae como ningún otro amante, algo en su manera de seducirme… (Something, The Beatles, 1969).

**En algún lugar en su sonrisa ella sabe que no necesito ningún otro amante. (Something, The Beatles, 1969).


¡Hola! Ya sé que hoy no es mi día de actualizar y que me toca hacerlo el sábado, pero estoy teniendo problemas con internet y es posible que esté mañana y el fin de semana sin conexión, por lo que prefiero aprovechar para dejaros el capítulo hoy (y así no haceros esperar demasiado).

Bueno, bueno, bueno... No sé cómo Jasper no se ha vuelto loco ya, el pobre xD Tiene unos líos mentales que ni él mismo entiende (y la verdad es que eso me hace gracia porque soy una mala persona, muahahaha). Y qué decir de Alice, que la pobre está en plan X_X sin comprender la actitud de este muchacho... Aish.

Espero que os haya gustado mucho este capítulo (porque es de los importantes, por así decirlo) y que me lo digáis con muchos reviews. Nada más comentar que ya se viene lo bueno y que podéis empezar a frotaros las manos, si queréis ;) No sé exactamente cuándo volveré por aquí (espero que dentro de tres días o cuatro como máximo, y si no, lo siento mucho), pero en cuanto vuelva a tener internet aquí estaré de nuevo.

¡Hasta pronto! XoXo

PD: La canción de Something es preciosa, si no la habéis escuchado hacedlo porque se os van a poner los pelos de punta ;)