Capítulo 10.

Habían pasado algunos minutos en que te habías guardado los sentimientos arremolinados en tu mente. Intentabas digerir lo poco y mucho que te había dicho Erwin.

Un hermano. Una familia. Tenías una familia.

– ¿Cómo es que…? ¿Por qué me lo dice hasta ahora? –Preguntaste con una sonrisa herida, al borde de un llanto desconsolado que retenías por orgullo.

–Lo sé… –tu acompañante se llevó la mano a las cienes y recostó su codo izquierdo en su rodilla, adoptando una posición curvada–. Solo… no supe enfrentar todo esto. Tu pérdida de memoria, y tu reaparición…

Negaste con la cabeza. Era demasiado. Demasiado.

–No sé qué hacer –dijiste con la voz sonando débil, ahora quebrada mientras contenías tus pucheros y las lágrimas que se acumulaban impidiéndote la vista. Te pasaste una mano por los ojos con brusquedad, dejando tu rostro húmedo para mirarle con el ceño fruncido–. Es que… pensé que no tenía una familia sanguínea… –tomaste aire de nuevo–. ¡Lo busqué por tanto tiempo! ¡Eren me decía que lo dejara así… que ellos eran mi nueva familia!

– [Nombre]…

– ¿¡Por qué me abandonaron!? –Chillaste llevándote las manos a la cabeza, sujetando tu cabello con fuerza mientras soltabas lo que asemejaba ser una risa burlona–. ¿Por qué… por qué me dejó, comandante?

El rubio suspiró y esperó un par de segundos.

– ¿En verdad quieres saber, por mi boca, qué fue lo que pasó? –Indagó inseguro, con una mirada intensa que se clavaba en tu figura reducida. Tenías el pecho pegado a las rodillas, y tus brazos cubrían y rodeaban tu cabeza.

–Sí –demandaste irguiéndote con posición segura y severa. Casi autoritaria.

Recibiste un asentimiento como respuesta mientras se acomodaba mejor en su lugar y pasaba una mano por su cabello.

(...)

–Esta situación va de mal en peor –escuchó un niño de ojos azules que se encontraba recostado en una puerta. Atento–. Erwin le contó a alguien y ahora van tras de ti.

–Ya lo sé –declaró otra voz, más fuerte y profunda, masculina–. Pero no le culpo, aún es un niño.

–Sabes que tampoco lo culpo, pero ¿qué pasará entonces? La policía militar ya sabe de tus conocimientos sobre el mundo exterior…

La charla giraba en torno al mismo tema: hacía pocos días, Erwin, en ese entonces con sus nueve años, debido a su inocencia y falta de malicia, había roto por accidente la promesa que había hecho a su padre, sobre no contarle a nadie de sus deseos y conocimientos acerca del mundo exterior. En un principio no vio problema alguno, pero fue luego de un tiempo que se percató del error que le costaría la vida a su progenitor.

El pequeño rubio apretó los puños con frustración y corrió con rapidez hasta su habitación. Enojado consigo mismo, consiguiendo como única solución temporal recostarse y dormir.

La nueva esposa del señor Smith, había llegado un par de años luego del fallecimiento de su madre debido a una terrible epidemia que azotó la ciudad natal del niño. Durante un largo tiempo solo habían sido ellos dos, padre e hijo, y el pequeño se sentía terrible al ver a su padre tan demacrado. Por lo que, más que ira, sintió alivio al ver que por fin llegaba esa mujer a curar su malestar.

Después de tres años, su nueva mamá empezó a tener el vientre abultado, tanto su padre como ella lo acariciaban y le hablaban riéndose, como si alguien dentro de su barriga les escuchara. No entendió en un principio, como era de esperarse, pero luego le contaron que se trataba de un hermano o hermana que tendría pronto.

Ahora, luego del incidente causado por la boca de Erwin, la nueva mamá parecía tensa y preocupada, siempre que llevaba al mercado al rubio veía a sus espaldas y abrazaba más que antes a su padre una vez regresaba a casa. Él también tenía miedo, pero no lo expresaba tanto como ella.

En cuando a su vientre, seguía abultado. Muy abultado. Y ciertamente empezaba a cuestionar si en verdad un bebé saldría de ahí en algún momento, pues ya habían pasado muchos meses.

Con el tiempo la gente empezó a murmurar sobre ellos, los niños ya no se le acercaban y pasaba todo el día en casa con su nueva mamá. En las tardes llegaba su padre, lo que formaba siempre un gesto de alivio en la mujer, pero cierto día, quien tocó a la puerta, fue un miembro de la policía.

El niño, ahora con diez años, fue enviado arriba por la mayor, a cuidar de la bebita recién nacida. Erwin había notado su gesto furioso y triste; y mientras subía las escaleras rumbo a las habitaciones del segundo piso, se detuvo y vio cómo el hombre desconocido le hacía preguntas extrañas a la pobre y desconsolada madre. Ella negaba casi todo. De seguro preguntaban si su esposo ahora fallecido le había contado algo raro o fuera de lo normal.

Le sorprendió que a ella no le hicieran nada, porque estaba seguro que su padre había sido asesinado.

Pasaron un par de años más en que fue la nueva mamá quien se hizo cargo de todo. Cuidaba de su pequeña hija biológica, que tendría apenas unos tres años, y de Erwin, a quien no menospreciaba y consentía como si fuese propio.

Pero ya nada era seguro. También a la mujer empezaron a seguirla, y entró en pánico y desesperación.

El rubio había madurado demasiado rápido y le apoyaba en lo que podía, tomando una decisión que, aunque en un principio la mayor rechazó, luego vio cómo su única salida.

Ambos sabían lo que vendría, la muerte era segura. Pero podían salvarse dos vidas. Las de los niños.

Cierto día, su madre sustituta tomó a la pequeña en brazos y abandonó la casa rumbo al lugar de donde, según dijo, había salido antes de conocer a su padre: la ciudad subterránea. Erwin le acompañaba, ya que quería despedirse de su media hermana.

Caminaron bajando las escaleras del lugar con cautela. La mayor llevaba bien envuelta a la niña que dormía, y con la mano libre sujetaba al rubio, quien era la viva imagen de su padre.

–Vaya, vaya… –se escuchó una voz tras ellos. La mujer tembló y dio media vuelta, encontrándose con el hombre que había abandonado junto con esa ciudad hacía tiempo.

–Ackerman.

–Qué formal te volviste, sabes que aún soy Keny –se burló el otro, viendo al niño, como al pequeño bulto que se mantenía apenas móvil–. Veo que lograste reconstruir tu vida arriba… y no perdiste el tiempo –pasó su mano por el cabello largo de la viuda y removió la cobija que cubría tu cara–. Y mira que ternura…

–Por favor… basta –murmuró corriéndose para atrás.

– ¿Qué te trae por aquí? –Inquirió sacando una navaja para examinar su filo, pareciendo desinteresado–. ¿Acaso descubrieron tu vida pasada?

–Dentro de poco seré capturada por la policía militar. Se encargarán de matarme y necesito que… –Erwin la vio tragar saliva, era duro, tal vez consideraba retroceder, entregarle la niña a otro, pero las circunstancias no le daban más vías de escape, nadie arriba confiaba en ellos–. Que cuides a [Nombre].

– ¿Así se llama la pequeña?

–Sí –aclaró ella viendo la cara serena de la niña, quien se removía haciendo intentos de despertarse con flojera–. ¿Recuerdas ese favor que me debes?

–Lo recuerdo.

–Bien, lamento decirlo de esta forma, pero te lo cobraré ahora –dijo ahora más determinada–. Solo es ella. Erwin se irá a la milicia ya que tiene edad suficiente, y así evitaremos más sospechas.

El hombre se quedó viendo cómo te despertabas con un bostezo y veías a tu madre, tu hermano y al desconocido con curiosidad y una mirada intensa.

–Mamá… –llamaste algo asustada, aferrándote a ella.

–Tranquila, [Nombre]… –murmuró con tono suave, sonriéndote–. Él es… el tío Keny, te cuidará un tiempo, ¿está bien?

Al hombre pareció no gustarle el término de "tío", pero no dijo nada.

– ¿Qué pasa? –Indagaste sintiendo que tu madre te bajaba hasta quedar de pie en el suelo.

–No es nada –respondió con una sonrisa falsa–. Solo serán unos días, ¿de acuerdo? Luego Erwin vendrá por ti y volveremos a estar juntos.

–Pero no quiero que te vayas…

La mujer se mordió el labio, reteniendo sus lágrimas. Tu hermano mayor solo miraba.

–Te prometo que te daré un regalo cuando volvemos a vernos –habló con dificultad. Plantando un beso en tu frente para alejarse y darte la espalda.

Ibas a acercarte cuando sentiste la mano del tal Keny en tu hombro, lo miraste sin entender nada, luego fue el rubio quien se puso frente a ti.

–Tranquila, [Nombre] –te dijo con una sonrisa tranquilizadora–. No pasará mucho tiempo antes de que nos volvamos a ver. Tú solo quédate con Keny y espérame.

Lo abrazaste con fuerza luego de asentir y los viste irse. Aún sin entender nada.

–Bien, [Nombre], acompáñame –dijo el hombre soltándote para dar media vuelta y empezar a caminar.

Tú te quedaste inmóvil, viendo cómo las figuras de tu madre y hermano desaparecían en las escaleras a la superficie.

– ¿No fui claro?

Pegaste un brinco y te giraste hacia tu tío, asintiendo obediente para correr hasta alcanzarlo y seguirle el paso.

(...)

–Entonces… –hiciste una pausa, tragando saliva–. ¿Terminé en la ciudad subterránea durante mi infancia, porque mi vida corría peligro?

Erwin asintió en silencio, algo avergonzado todavía.

–Escucha, no quisiera arruinar más los planes de Levi. Al menos ya sabes cómo fue que llegaste a la ciudad subterránea, pero el resto se lo dejaré a él, porque, en efecto, aún no lo recuerdas. ¿Verdad?

Miraste tus pies y te quedaste pensativa durante un buen rato. Veías flashes, pequeños momentos. Una mujer; veías a una mujer muy similar a ti que te sonreía desde lo alto, debías ser bastante pequeña en ese entonces, pues realmente parecía un gigante.

¿Quieres salir a jugar? Bueno, ¿qué tal si esperamos a tu hermanito y te diviertes un poco con él? Mami tiene que hacer algunas cosas…

Te llevaste la mano a la frente, empezaba a dolerte la cabeza.

[Nombre], ahora no puedo jugar, si quieres puedo leerte el libro que tengo justo aquí...

La imagen del rubio junto a ti, pero mucho más pequeño te asombró por completo, ahora te sentías mucho más familiarizada.

Los flashes empezaron a ser más rápidos y cortos, momentos buenos, momentos malos, caídas, golpes, un hombre alto… Keny, mirándote con ojos penetrantes y ordenándote que mejoraras rápido. Había otro niño… un pelinegro, una pelirroja y un castaño cenizo.

Ellos serán tus compañeros de entrenamiento: Isabel, Farlan… y Levi…

La parte de atrás de tus ojos empezó a punzar al tiempo que apretabas tu cabeza y gimoteabas, en menos de nada, Erwin se encontraba a tu lado, sujetando tus hombros y llamándote preocupado. Era como escuchar una voz en el agua.

Otro de los muchos flashes te llevó a los días en que aún vivías fuera de la ciudad subterránea. Estabas siendo consolada por tu madre, mientras Erwin parecía apretar los puños.

Esos niños no saben nada, no te preocupes…

Te dejaste caer en el pecho de tu hermano mayor y tomaste aire, parpadeando varias veces con desespero.

–No veo nada… –murmuraste con voz baja, sintiendo tu tensión baja al igual que tu temperatura–. Erwin…

–Aquí estoy.

Esperaste un momento y viste un último flash, la sonrisa de tu madre antes de irse.

–No te vayas esta vez…

Y luego, solo oscuridad.