Capítulo 12.

Habían pasado varios días en que habías aguardado en la enfermería, pues habías sufrido varios bajones y la enfermera en jefe no estaba convencida de darte de alta.

Los experimentos con Eren habían continuado su curso normal, y Armin se había acercado para contarte que habían capturado a la titán hembra, consiguiendo causar un desastre mayúsculo dentro de los muros, solo obteniendo como resultado que Annie quedara "enfrascada" en un enorme cristal imposible de romper, y que el capitán empeorara la lesión de su tobillo.

La historia te había dejado muda, no solo porque Erwin había llegado a hablarte de sus sospechas contra ella, sino porque recordabas haber pasado un par de buenos momentos con la rubia. Jamás en tu vida hubieras si quiera contemplado esa posibilidad.

Era tarde y te sentías exhausta, casi tanto como para volver a dormir, pero era algo que no querías, porque considerabas que habías descansado lo suficiente.

Y qué más daba, el paisaje que veías por la ventana era hermoso, ese ocaso que se ocultaba en la laguna que usabas como tu escondite en días de llanto te relajaba lo suficiente como para olvidar cualquier estrés o cualquier cosa que te pudiera agobiar.

Olvidar.

Sentías que faltaba poco –muy poco de hecho–, para colocar todas las piezas de tu memoria en su lugar. Era como tenerlas sobre la mesa, y no saber cómo armarlas.

– ¿Puedo pasar? –Oíste la voz gruesa y suave de Levi.

Sonreíste y le diste un asentimiento como respuesta.

–He escuchado a las enfermeras decir que todo va mucho mejor –dijo tomo bajo, sentándose en el asiento que habían ocupado Armin, Mikasa, Eren, Erwin y hasta Hanji en su momento.

–Sí. Espero poder volver a entrenar pronto, empiezo a sentir que me vuelvo sedentaria.

–También lo espero.

Lo viste incrédula y te acomodaste mejor, quedando sentada. Te acercaste hacia él y tomaste su mano con suavidad, viéndolo con timidez.

–Yo, em… –Tragaste saliva y soltaste una risa apenas audible–. Quería decirte algo hace un tiempo…

– ¡Oh, [Nombre], te traigo buenas noticias!

Pegaste un brinco y soltaste de inmediato al capitán, quien le dedicó una mirada de pocos amigos a Hanji.

–Creo que interrumpí algo…

–No importa. ¿Pasa algo? –Indagaste con una pequeña sonrisa.

–Hablé con el doctor, ¡y te darán de alta! ¿No es genial?

Abriste los ojos con asombro y te levantaste de la camilla casi cayendo en el proceso debido a un repentino mareo. Te apoyaste en la cama y Levi sujetó tu brazo con cuidado.

–Espero que no sea broma…

–Vamos… ¿bromearía contigo? –Sonrió la científica sujetándote de los hombros para zarandearte un poco.

–Pues no –le sonreíste con mayor naturalidad–. Pero entonces, ¿quiere decir que puedo volver a entrenar?

La de pelo caoba te soltó y caminó un poco rascándose la nuca.

–Bueno, sobre eso… es gracioso, ¿sabes?

–No me dejaron, ¿verdad?

–No. –Respondió la mujer jugando con sus dedos–. El doctor te tomó unos cuantos exámenes y dijo que tu resistencia aún no era suficiente como para soportar un entrenamiento en la legión.

Bufaste agotada y te sentaste en el borde de la cama. El pelinegro solo observaba.

– ¿Entonces con quién estaré?

–Conmigo –demandó de pronto el sargento, haciendo que la atención de las dos se dirigiera hacia él.

–Pues… sobre eso también… mmm… no –dijo Hanji alejándose cada vez más.

– ¿Contigo? –Inquirió levantando una ceja sin perturbar su gesto frío.

–Casi lo consigo, pero dijeron que mis experimentos podrían empeorarla.

Abriste los ojos y te levantaste de nuevo, esta vez con mayor fuerza y sujetando los brazos de la mujer.

–Con mi hermano, ¿no? –Afirmaste pasando tus manos a las de ella.

–Sí. Erwin ya te declaró como su hermana frente a toda la legión.

Sentiste un segundo bajón que hizo que tus piernas temblaran. Ya todos lo sabían, ¿cómo es que no te había hablado sobre eso?

La soltaste y diste dos pasos hacia atrás, tus rodillas se doblaron y tu rostro empalideció, por lo que perdiste el equilibrio y te dejaste caer. Aún consciente.

Levi te sujetó de nuevo.

–Veo que la noticia te tomó por sorpresa –rió Hanji nerviosa.

La miraste desde donde estabas e inhalaste la mayor cantidad de aire posible para soltarlo con fuerza.

– ¿Por qué no me dijo que lo había anunciado? Ni siquiera lo consultó –murmuraste en tono suave apoyándote en los hombros del pelinegro para levantarte de nuevo.

– [Nombre], no te esfuerces demás. Recuerda que tu cerebro ya está haciendo un esfuerzo muy grande para recuperar tus memorias.

–Lo sé, lo sé. Pero debió hablar conmigo… ¿cómo espera que tengamos algún vínculo si me oculta cosas así?

Hubo un silencio incómodo en el que Levi te recostó en la camilla y removió un par de mechones de tu cara.

–Hablaré con él. –Demandó irguiéndose sin dejar de mirarte–. Justo ahora la situación es complicada, y él es quien debe dar la cara por la legión y el desastre que dejamos en la ciudad.

–Pero…

–Descansa, [Nombre]. –Te ordenó clavando la mirada esta vez en Hanji–. Tú no intentes nada raro.

La científica le mostró una sonrisa torcida, cruzando los dedos tras su espalda y levantando la mirada hacia el techo, asintiendo.

Eso dejó mucho menos confiado al pelinegro, pero no había más opciones por ahora, así que salió dando una última ojeada a la habitación en general.

Esperaste a que la puerta se cerrara y suspiraste, por alguna razón, sabías que Hanji tenía algo entre manos, y ese algo, te involucraba.

–Así que… ¿qué quieres que haga?

La mujer de cabello caoba sonrió mucho más que antes –lo cual considerabas que no era posible hasta que lo hizo–, y casi corriendo tomó asiento a tu lado, sacando una maleta llena de tarros y líquidos raros, de detrás de una silla.

–Hanji…

–Tranquila, te aseguro que no dolerá… –hubo un momento de vacilación mientras la mujer llenaba una jeringa–. Al menos no mucho.

–Espera, ¿qué?

– ¿Preparada?

–No, no… ¿qué es eso? ¿Para qué es?

–Recuperará las memorias que te quedan. Mientras dormías te saqué exámenes sanguíneos y descubrí una sustancia rara y densa, es lo que te impide continuar el proceso.

–Pero, acabas de decir que dolerá. No quiero.

–No me digas que le tienes miedo a las jeringas –te reprochó como si fueras una pequeña en su cita con el médico.

–Es que… –tragaste saliva–. ¿Segura que funcionará?

–Claro que lo hará. Estás hablando conmigo, ¿cuántas veces he fallado?

Levantaste una ceja y la miraste con reproche.

Fallar era su segundo nombre, y no querías ser parte de uno más de sus experimentos sin éxito.

–Está bien, entendí el punto. –Dijo suspirando y verificando que el líquido saliera de forma correcta por el agujero de la aguja, lo que hizo que tus músculos se tensaran–. Pero te aseguro que esta vez… –Tomó tu brazo de repente y clavó el objeto con afán–. ¡Funcionará!

– ¡Auch! ¡Pudiste haber sido…! Oh…–tu vista de repente empezó a agravarse mientras tu cuerpo se iba de lado. Hanji tuvo que sujetarte mientras el antídoto ingresaba a tu sistema circulatorio causando un dolor agudo del que apenas te quejaste, y un frío que empezó a recorrer tus brazos hasta los dedos de tus manos, y por todo el cuerpo hasta los pies–. ¿Qué acabas de hacerme?

–Tranquila, es un efecto secundario –te aclaró recostándote con cuidado–. Dentro de poco tendrás de vuelta todas esas memorias que hacen falta en tu cabecita.

Asentiste sintiendo tus párpados pesados. No podías combatir contra ese sueño, por lo que dejaste que tu cabeza cayera en la almohada y te sumieras en un profundo estado de inconsciencia.