Capítulo 13.
Esa mañana habías decidido quedarte recostada una hora más de lo habitual. Lo curioso era que ni Isabel, ni Farlan, ni siquiera Levi (quien no toleraba tu flojera), te habían despertado para empezar el día como siempre.
Abriste los ojos con flojera y te estiraste, dándote cuenta de que no había nadie en la casa donde vivían. La alarma se plantó en tu cara al instante.
Algo raro pasaba.
No era común que ellos decidieran simplemente desaparecer sin dejar notas o siquiera despertarte siempre enojados. ¿Y si les había pasado algo? Era poco probable, después de todo tú también estabas allí, te abrías visto involucrada de una u otra forma.
Te vestiste lo más rápido que pudiste, algo en verdad no estaba bien. Hasta el aire se sentía más pesado.
– ¡Isabel! –Empezaste a gritar recorriendo la casa–. ¡Farlan!
Nada, ningún alma aparte de la tuya estaba presente en esa casa.
Empezaste a sollozar, como el momento en que llegaste por primera vez a la ciudad subterránea, sintiéndote sola y desamparada, sin entender tu entorno.
–Por favor… –sorbiste tu nariz y empezaste a mirar en cada habitación hasta llegar a la del pelinegro–. L-Levi…
Tampoco estaba. ¿En dónde diablos se habían metido todos?
Corriste a la salida y abriste la puerta de un tirón que casi la rompe, cuidando cerrar aún con el afán que mostrabas.
Llevabas el equipo tridimensional que te habían asignado luego de convencer a Levi de que eras totalmente capaz de hacer lo que ellos hacían.
Accionaste el cable de tensión y volaste por sobre los tejados, con la capota bien puesta y viendo cada rincón del subsuelo.
"¿Dónde pudieron meterse?"
Tu figura se movía con sagacidad y cierta gracia por entre los edificios, cuidando no ser muy evidente.
No había ni rastro de esos tres, hasta que viste un grupo de personas moviéndose también con equipos tridimensionales. Imposible, ustedes cuatro eran los únicos que los usaban en ese lugar. Ni siquiera la policía militar era capaz de perseguirlos, no sabías si era por flojera, pero eran incapaces y punto. ¿Entonces quiénes eran ell…?
–Oye, ¡tú! –Te llamó uno de ellos, cambiando su dirección hacia ti, haciendo que reaccionaras a tu pequeño trance tarde, recibiendo su cuerpo con toda la fuerza de su impulso, perdiendo el equilibrio, soltándote del agarre y cayendo sobre tu espalda.
A duras penas lograste gemir en protesta.
Mientras que el tipo se quitaba de encima, te levantaste y retrocediste con el ceño enojado y una postura que te permitiera sacar la navaja en caso de ser necesario para atacar.
–Mike –Llamó otro, aterrizando junto al tipo que recién había caído sobre ti–. ¿Estás bien?
–Sí, pero esta niña puede ser uno de ellos, y… huele un poco a ti.
El que parecía ser el líder, giró hacia ti y te miró de pies a cabeza. No podía verte bien ni tú a él. Las capuchas de ambos se lo impedían al otro.
–Mike, ¿estás seguro? –Preguntó con voz ahora suave, acercándose a ti con cuidado, recibiendo un asentimiento silencioso del otro.
Gruñiste por lo bajo y sacaste la navaja, lanzándote hacia él al instante en que intento tocarte y ver tu cara. Enviaste golpes a diestra y siniestra, pero el tipo era bueno, evitaba tus golpes ya fuese bloqueándolos o esquivándolos.
En uno de esos movimientos logró pararte y hacer que cayeras de bruces, al alzar la mirada tu capucha cayó y reveló tu cabello [color] algo despeinado, una mirada desconfiada y enojada, así como tu identidad.
Mierda.
–No puede ser… –murmuró de repente el otro, quitándose él mismo la capucha–. [Nombre], soy yo… E-Erwin.
Abriste los ojos con asombro. Tantos años, tantos malditos años esperando ese día en que tu hermano volviera, ¿por qué hasta ahora? Llegaste a pensar que no te quería, que solo se había deshecho de ti porque eras un estorbo, y de no ser por la compañía de Isabel, Farlan y Levi, habrías entrado en una depresión inmensa.
–No puedo creerlo –continuó el otro, acercándose esta vez con mucha más confianza–. Pensé que… no, me alegra mucho verte.
–Aléjese.
Sus pasos se detuvieron mientras te miraba incrédulo, tu mirada seguía igual, no parecía que le apreciaras o si quiera lo conocieras. Te habías prometido no extrañarlo más, olvidar tus orígenes. Todo.
–No… no entiendo. ¿No me recuerdas? Soy tu hermano, eres una Smith.
–No, no lo soy –dijiste con amargura, evitando derramar una sola lágrima–. Desde que decidieron dejarme aquí para no volver a buscarme, no tengo apellido. Ni siquiera aceptaría el Ackerman.
– ¿Ackerman?
–Estoy segura de que recuerdas a Kenny… –dijiste con voz algo gruesa. El rubio empezaba a entender. Intentó acercarse.
– [Nombre]…
–Dije que sin acercarse.
Sorbiste la nariz y negaste, marchándote sin aparente rumbo, pero segura del lugar a dónde ibas.
Querías salir, respirar el aire de afuera. No soportarías ese encuentro con la posibilidad de que encontrara allí abajo.
Volviste a ponerte la capucha y descendiste, corriendo para poder dar con la salida. Llegaste a las escaleras, sintiendo un peso fuera de tu espalda, pero justo cuando pensabas avanzar otro paso, frenaste en seco, sintiendo una punzada en el cuello.
–Nunca creí que fuese tan descuidado –habló un hombre a tus espaldas. Gimoteaste llamando su atención, un líquido espeso ahora corría por tus venas, haciendo que gruñeras ante el dolor–. Esperen… este no es él… ni siquiera es un hombre… ¿¡No se supone que Levi estaría vestido así!?
¿Levi? ¿Qué querían ellos con él?
–Maldita sea, gastamos el líquido para nada. ¿Qué le diremos al jefe?
–Nada, déjenla arriba, después de todo perderá la memoria.
–La… ¿La memoria? –balbuceaste con tono ronco.
El tipo te miró con indiferencia e hizo una señal, haciendo que un par de hombres robustos te llevaran hasta la entrada de las escaleras a la ciudad subterránea. Te cubrieron con una manta (simulando que eras una indigente cualquiera) y te dejaron allí, a tu suerte.
Así habías perdido la memoria. Tan simple como un error. Uno que agradeciste, no sabías cómo habrías reaccionado si en verdad hubieran dado con Levi en su momento.
Afortunadamente para ese entonces, el pelinegro, Isabel y Farlan, lidiaban con la legión de reconocimiento, que los había ya reclutado. Siendo Erwin quien había decidido rendirse ante tu notoria rabia contenida contra él. Luego podría volver por ti. Lo que no sabía, era que dentro de poco serías encontrada por tres niños más jóvenes que tú.
-/-/-
Abriste los ojos asustada, de nuevo la enfermería. Bufaste y te pasaste la mano por el cabello, intentando aliviar un dolor punzante en tu cabeza.
Qué recuerdo tan importante.
–Será mejor que descanse de nuevo, lo que sea que le pasó la tiene con la tensión muy alta.
–Em… está bien –murmuraste decidiendo obedecer a la enfermera. Esperando que eso aliviara tu dolor de cabeza. Que estaba muy insoportable.
Y con eso, volviste a dormir.
