Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, solo la trama es mía.
-Capítulo 9-
Tras aquella nueva muestra de pasión nos metimos en la ducha pues estábamos pegajosos a causa del helado, que finalmente habíamos usado bastante, y sudorosos. Allí dentro descubrí que Alice tenía muchas cosquillas y que se reía a carcajada limpia según dónde la tocara, y ella encontró la marca de nacimiento con forma de nuez que yo tenía justo en el centro de la espalda. Pasamos casi una hora en remojo, dedicándonos besos interminables y caricias llenas de pasión hasta que finalmente nos atrevimos a salir envueltos en una nube de vapor. Después de secarnos nos metimos en la cama dispuestos a dormir aunque fuera un rato, y me sorprendió muchísimo el hecho de no querer separarme de Alice cuando se acurrucó a mi lado apoyando la cabeza en mi hombro y dejando su mano sobre mi pecho. Al contrario, pues rodeé su cuerpo con uno de mis brazos y entrelacé la mano que me quedaba libre con la que ella tenía en mi pecho.
—Jasper —murmuró con los ojos cerrados, a punto de quedarse dormida.
— ¿Qué?
—Mañana tenemos que hablar y resolver esto, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Tenía que ser así. Tenía que hablar con Alice largo y tendido para explicarle de principio a fin todo lo que había sucedido con Peter y lo que finalmente me había pasado a mí con ella. Era preciso que le contara que me costaba aceptarlo, pero que no me importaría pasar tiempo con ella para averiguar si realmente lo que sentía era lo que tanto temor me había provocado en el pasado por culpa de una mala experiencia.
Con esos pensamientos se me cerraron los ojos y acabé durmiéndome sin darme cuenta. El rostro desencajado de Peter apareció en mi cabeza y su voz llamándome traidor hizo que se me acelerara el corazón y que me faltara el aire. Quería decirle que no, que todo era un error y que se lo explicaría si me dejaba, pero la dichosa palabra me agobiaba sin dejar de resonar en mi mente. Me desperté intranquilo y sobresalté a Alice, que dio un respingo a mi lado y me miró medio dormida aún.
— ¿Qué pasa? —me preguntó frotándose los ojos e incorporándose lentamente en la cama.
Intenté recuperar el aire y normalizar los latidos de mi corazón. Me pasé una mano por el pelo y respiré hondo, dándome cuenta de que todo había sido una pesadilla y de que Peter no estaba ahí.
—Solo… un mal sueño —murmuré con la voz pastosa.
Alice me acarició el rostro con suavidad y después me besó en la mejilla, tumbándose de nuevo a mi lado. A pesar de que darme cuenta de que aquella pesadilla no era real me había aliviado, continuaba algo nervioso porque la palabra traidor seguía repitiéndose en mi mente de manera insistente. Para Peter podría ser un traidor, ¿y para Alice? ¿Qué sucedería si ella me consideraba un cerdo o un desgraciado por haberla engañado? Lo entendería porque era un cerdo y un desgraciado que la había engañado, pero el pensar que quizá jamás volveríamos a estar en aquella especie de burbuja íntima y perfecta me aterraba, por lo que la miré detenidamente, preocupado. Ella abrió un ojo al percibir que me movía y que la miraba, y después abrió el otro.
— ¿Qué te sucede?
Me humedecí los labios resecos y respiré hondo.
—Te necesito —admití sencillamente.
Alice entendió lo que le estaba pidiendo, pues se tumbó boca arriba en la cama y abrió los brazos para que pudiera situarme entre ellos y rodearla con los míos. Antes de nada saqué un preservativo del cajón que se había caído de la caja y lo dejé en la almohada. Después besé a Alice en la boca lentamente y dejé que me acariciara la espalda y los hombros, relajándome y haciéndome sentir vivo. La acaricié de la misma manera, disfrutando de su piel y de su cuerpo sin ninguna prisa. Aquella bien podía ser la última vez que hiciéramos el amor y quería hacerlo bien, grabando en mi mente su olor y su sabor. Tras ponerme el preservativo me coloqué entre sus piernas, y cuando me rodeó con ellas y me introduje en su cuerpo, me sentí en casa de nuevo.
.
.
.
Me despertó el sonido del teléfono, por lo que levanté la cabeza de la almohada. Con los ojos todavía cerrados esperé hasta que dejó de sonar y después volví a acomodarme junto al cuerpo de Alice, que tenía su espalda contra mi pecho y que dormía profundamente. Al cabo de un rato el mismo ruido me volvió a molestar por lo que, tras incorporarme lentamente, me dirigí al salón. Con los ojos medio cerrados aún miré quién era el que llamaba, y al ver que era Peter me desentendí del asunto. Era plenamente consciente de que tenía que hablar con él, pero lo haría al día siguiente cuando nos viéramos en la empresa. Antes tenía que hablar con Alice.
Me dirigí al cuarto de baño y me lavé la cara, pues había mirado el reloj y ya eran las once menos cuarto de la mañana, así que ya no tenía mucho sentido volver a meterme en la cama. Cuando estuve más o menos despejado encendí mi teléfono móvil y vi que tenía casi diez llamadas y un sinfín de mensajes de Peter, por lo que suspiré. Tendría que esperar unas horas más, porque no me veía con corazón para hablar con él en esos momentos. Tras volver a apagar el móvil me dirigí a mi habitación y durante unos segundos contemplé a Alice, que dormía plácidamente de costado en mi cama, cubierta hasta el cuello con la sábana. Hasta ese momento no caí en la cuenta de que había permitido que se quedara toda la noche y que, además, habíamos dormido abrazados. No solía dormir con mis amantes, al menos no abrazado a ellas, y nunca durante toda la noche, pero con Alice… había sido distinto.
Había sido distinto desde que nuestros labios se tocaron por primera vez la tarde anterior. Alice no era como las demás, y aunque pensé que darme cuenta de ello me preocuparía, lo cierto era que no lo hacía. Ella era especial y, a pesar de mi insistente negativa a mantener ningún tipo de relación que no fuera sexual con ninguna mujer, quería ver hasta dónde podía llegar con Alice. No lo sabría si no lo intentaba, y desde luego quería hacerlo.
Me puse los pantalones y salí de la habitación sin hacer ruido, cerrando la puerta a mis espaldas para dejar que durmiera. Habíamos pasado una noche un tanto movida y era normal que estuviera cansada.
Me preparé un café y me aseguré de que hubiera galletas y mermelada para cuando Alice se despertara, y después desayuné de pie, dándole vueltas a lo mucho que había cambiado mi vida en apenas unas horas. El sonido del timbre me descentró y me puso nervioso a la vez porque… ¿y si era Peter? De puntillas me acerqué a la puerta y eché un vistazo por la mirilla. El corazón se me detuvo al ver a mi amigo parado frente a mi puerta y tragué saliva con dificultad. Volvió a llamar al timbre con insistencia y después le dio unos golpes a la puerta directamente.
—Venga, tío, sé que estás ahí. ¡Levanta el culo de la cama de una vez, gandul! —alzó la voz, y para que no molestara a todo el edificio con sus gritos abrí la puerta de malas maneras y me lo encontré sonriendo—. Buenos días, desaparecido.
— ¿Qué haces aquí? —le pregunté, nervioso, intentando mantenerlo fuera del piso. No obstante, él caminó hacia delante, entrando tranquilamente ajeno al malestar que acababa de instalarse en mí.
—Así me pagas el que me preocupe por ti, ¿eh? El viernes tu padre me comentó que tenías migraña y que no ibas a ir a trabajar. Te llamé ayer pero tenías el móvil apagado y no me respondiste a las llamadas del fijo. Te he llamado antes pero también has pasado de mí, así que he optado por hacerte una visita. ¿Ya te encuentras mejor? —me preguntó sentándose en el reposabrazos del sofá.
—Eh… sí. Gracias por preocuparte.
—Nada, para eso estamos los amigos —aquella frase me sentó como un balde de agua helada y comencé a sentirme como un verdadero cabrón—. ¿No me vas a invitar a desayunar? —preguntó al ver que no le respondía—. Me vendría bien una taza de café.
—Sí, ¿por qué no nos lo tomamos fuera?
—Vaya, veo que se te fue rápido la migraña —comentó Peter entre risas, y me señaló la camiseta de mi pijama que había llevado Alice la noche anterior tirada en el suelo, cerca de la mesa donde continuaba el tarro del helado de vainilla completamente deshecho y la caja de preservativos—. ¿Continúa tu acompañante aquí o ya la has echado como a todas las demás?
No sabía qué responderle, pues todo estaba a punto de irse al garete si no encontraba pronto alguna manera de remediarlo.
— Hola, Peter —la voz de Alice me hizo palidecer, lo mismo que le sucedió a Peter cuando la vio saliendo de mi habitación. Gracias al cielo se había vestido, pero aun así el shock fue el mismo para ambos. Por lo visto ella era totalmente ajena a lo que su presencia acababa de provocar, pero de todas formas la culpa no era suya, sino total y exclusivamente mía—. ¿Qué tal estás?
Peter me miró con lentitud, dedicándome una mirada que me dejó helado en el sitio, sin saber cómo reaccionar. Él se puso en pie poco a poco y me encaró, apretando los puños a sus costados.
—Peter, yo… puedo explicarlo.
—Eres un hijo de puta —fueron sus únicas palabras justo antes de estrellar uno de sus puños contra mi barbilla. El golpe fue tan fuerte que me hizo trastabillar hacia atrás y asustó a Alice, que se tapó la boca con las manos, sin comprender absolutamente nada de lo que estaba presenciando—. No quiero saber nada más de ti —me dijo con la voz ronca, sobándose el puño, justo antes de darse la vuelta y de marcharse del piso dando un portazo.
Sabía que seguirle era inútil pues lo conocía lo suficiente como para saber que hasta que no se le pasara el enfado sería imposible hablar con él. Sus palabras dichas a media voz me habían dolido mil veces más que si me hubiera gritado como un loco. Me palpé la barbilla y me di cuenta de que tenía el labio partido, pero aquel dolor no se comparaba en absoluto al que las palabras de Peter habían provocado. Alice se apresuró a acercarse a mí para asegurarse de que estaba bien pero yo me alejé de ella, siendo plenamente consciente de que el momento de ser sincero de una vez por todas había llegado.
—Dios mío, Jasper, ¿qué le ha pasado? ¿Por qué ha reaccionado de esa forma al verme? —preguntó Alice sin entender nada, con las manos temblorosas. Me las colocó en el rostro pero yo se las aparté con suavidad.
—Tengo algo que contarte… Algo que no te va a gustar.
Ella me miró con cautela, como si no supiera qué esperar.
—Vale.
—Tiene que ver con Peter y… también contigo. Y conmigo, claro. Pero antes de nada quiero que me escuches y que… intentes mantener la mente abierta, ¿vale?
—Sí.
Me senté en el sofá y Alice me imitó, colocándose a mi lado, mirándome con algo de temor.
—Hace unas semanas Peter me pidió un favor… porque está algo así como enamorado de ti —el rostro de Alice pasó de cauteloso a sorprendido en un instante—. Él es muy tímido y no se atrevía a acercarse a ti para hablarte, así que me pidió que lo hiciera yo para después presentaros.
En aquel instante Alice comprendió por dónde iban los tiros, pues en su cara pude ver que se debatía entre hablar o permanecer callada para escuchar toda la historia antes de decidir qué hacer conmigo. Optó por la segunda opción, por lo que proseguí:
—Esa era mi intención inicial: hablar un poco contigo y después presentaros de alguna manera, pero todo salió al revés. Aquella mañana fui a la tienda porque Peter estaba nervioso y quería conocerte ya, así que lo único que se me ocurrió para acelerar las cosas fue fingir que necesitaba comprar algo y decirte que él me había recomendado la tienda.
—Me mentiste —habló Alice con la voz entrecortada aunque con los labios apretados.
—Sí. Nada salió como esperaba… Por la tarde te acompañé a tu casa y cuando me propusiste subir me asustaron tanto las ganas que me entraron de decirte que sí que tuve que marcharme… Yo solo tenía que ser el intermediario entre Peter y tú, no meterme en medio —sacudí la cabeza—. Después, el lunes siguiente volví a la cafetería y a pesar de que no quería alargar las cosas solo me apetecía hablar contigo, y me invitaste a cenar y no pude negarme…
—Pero huiste de todas formas —me reprochó Alice sin mirarme.
—Sí… me di cuenta de algo que me asustó y no quise aceptarlo. El martes Peter se decidió a ir a la cafetería al fin y no pude hacer más que acompañarle para presentaros de una vez. Me dije que sería una especie de despedida tácita entre tú y yo, y así fue hasta que viniste ayer aquí. Sé que me he portado como un mal amigo y que te he mentido, pero nada ha salido como yo lo esperaba, Alice.
Ella continuaba sin mirarme, mordiéndose el labio inferior como si no supiera exactamente qué hacer.
—Te has portado mal con Peter y también conmigo —musitó, y cuando al fin me miró me percaté de que le brillaban los ojos—. Le has mentido a él y también me has mentido a mí.
—Lo sé, lo sé, y de verdad que lo siento mucho, pero… —quise explicarle, pero ella me interrumpió:
—Pero no te negaste a acostarte conmigo anoche.
—No fue así, Alice. No me negué, pero… —tenía razón, pero lo último que quería era que pensara que solo la había utilizado para saciar mi lujuria. No había sido así en absoluto.
—Has jugado conmigo durante todo este tiempo y has traicionado a tu mejor amigo —masculló en voz baja y con la voz temblorosa justo antes de levantarse del sofá.
—No, espera, por favor. Deja que te lo explique —casi le supliqué poniéndome en pie también.
—No tienes nada que explicarme, me ha quedado todo muy claro.
—No, crees que soy un cabrón por cómo me he portado y…
— ¡No sabes lo que creo y no sabes lo que siento! ¡No sabes nada! —gritó sin poder evitar que una lágrima le descendiera por la mejilla. Se la secó al instante, intentando serenarse—. Si lo hubieras sabido no me habrías mentido… O eso quiero creer.
—Alice, por favor, escúchame.
—No. Ya lo he hecho, y si sigo haciéndolo al final volveré a creerte y yo… necesito pensar en todo. Déjame en paz, por favor —se dirigió a la puerta, pero yo me negué a dejarla ir, por lo que corrí tras ella y la sujeté del brazo.
—No, Alice, por favor, por favor. No quiero que te vayas.
— ¿Y por qué no? Según ha dicho Peter antes, sueles echar a tus amantes de tu casa —aquellas palabras me detuvieron al instante. ¿Lo había oído? Joder—. Yo me voy sin que tengas que echarme, eso que te ahorras.
—No, ¡no quiero que te vayas! Tú eres diferente a ellas, Alice. Eso es lo que intento explicarte y tú no me dejas.
Ella solo sorbió por la nariz y respiró entrecortadamente sin mirarme. Era como si le doliera el hecho de hacerlo.
—Por eso mismo me voy… porque no quiero creerte cuando me digas que soy especial. Será otra mentira entre todas las demás —negué con la cabeza frenéticamente, viendo cómo se me escapaba de las manos como si fuera agua entre mis dedos—. Por favor, no vuelvas a la cafetería y tampoco a la tienda. No quiero volver a verte, Jasper. Será lo mejor para todos.
Abrió la puerta del piso y se marchó sin darme la oportunidad de decirle nada más. La escuché sollozar y quise echar a correr tras ella, pero parecía que mis pies se habían quedado clavados en el suelo.
Al final había sucedido… Había perdido a mi mejor amigo y acababa de perder a Alice, la única mujer por la que había sentido algo más que simple lujuria y que me había hecho sentir vivo por primera vez en muchos años.
Bueno, bueno, bueno... Todos sabíamos que esto iba a pasar, que iba a ser inevitable... Y que ahora le toca sufrir a Jasper :( Sabéis que yo lo adoro pero en esta ocasión se lo merece. ¿Qué os ha parecido este capítulo? Porque ahora Alice y Peter han descubierto todo el pastel en cero coma después de haber vivido en la inopia en todos los demás capítulos, jajajaja.
¿Qué creéis que tiene que hacer Jasper? ¿O qué creéis que hará? Espero vuestras sugerencias/opiniones con muuuuuuuchas ansias. Y también deseo que os haya gustado el capítulo aunque "se nos haya acabado lo bueno".
¿Nos leemos el viernes? XoXo
