Capítulo 15.
Abriste los ojos despacio, con flojera. Te desperezaste un poco y estiraste las piernas, aun estando en la camilla.
Ese había sido el sueño más lindo que hubieras podido tener en mucho tiempo.
–Pero si no fue un sueño… –murmuraste sonrojándote de pronto–. Eso quiere decir que…
De repente te diste con fuerza contra un muro invisible. La realidad. Lo recordabas. Empezabas a recordar.
-.-
– ¡Hanji! –Gritaste corriendo por los pasillos con la bata aun puesta y cerca de cuatro enfermeras detrás de ti, alegando que no te habían dado de alta.
¡Qué más daba! Era una gran noticia la que debías darle a la científica.
– ¡Hanji Zoe, aparece de una vez! –Gritaste con más ganas, haciendo que la mujer saliera asustada a más no poder de su laboratorio, con el rostro pálido del susto.
– ¿[Nombre]? –Indagó incrédula, viéndote de pies a cabeza, así como la forma en que corrías hacia ella, siendo perseguida por las enfermeras.
–Casi no sales… –alegaste tomando aire, llegando junto a ella–. Funcionó.
–Disculpa, ¿qué?
– ¡Funcionó Hanji; la cosa rara que me inyectaste ayer, funcionó!
–No lo puedo creer… –sus ojos se iluminaron al instante–. ¡Funcionó, mi experimento funcionó!
Ambas soltaron un grito de niña y se abrazaron al borde de un colapso.
–Tienes que decirme qué recordaste.
Ese era el punto… Sería vergonzoso contarle.
–Bueno… ehm…
–Señorita –regañó una de las enfermeras llegando finalmente a donde habías terminado dando–. Le dije que no podía levantarse.
Soltaste una risita nerviosa y te rascaste la nuca.
–Supongo que para escuchar qué fue lo que recordé, tendrás que seguirme hasta la enfermería.
–Encantada –rió la de cabello caoba, siguiéndote rumbo al dichoso sitio que ya detestabas.
-.-
–No puedo creerlo… –murmuró la teniente acomodando sus lentes con asombro una vez terminaste tu relato.
–Ni me lo digas… –susurraste intentando disimular tu reciente sonrojo.
–Y… ¿cómo te sientes ahora? –Preguntó mostrando una enorme sonrisa.
–No entiendo de qué hablas.
–Me refiero a Levi –aclaró la de cabello castaño sujetando tus manos–. ¿No lo ves? Esto es lo que él ha estado ocultado. Tiene miedo.
– ¿Miedo?
–Sí, porque tú no recordabas lo que fueron, y mucho menos lo que siente. Además estaba el factor Eren.
–Hanji, ¿a qué te refieres con "factor Eren"?
–Bueno, cuando reapareciste estabas con él, y se nota que son muy cercanos. Eso debió hacerle creer que lo habías dejado de lado por "el mocoso".
Te llevaste la mano a la boca negando con asombro.
–Pero no es cierto.
–Oooh… ¿quiere decir que…?
–No saques conclusiones –le interrumpiste mirándola con un aura inquisidora–. Es solo que…
– ¡Todavía lo quieres! –Exclamó la mujer con un leve grito que te alarmó.
– ¡Hanji!
–Veo que interrumpo algo –escucharon la voz gruesa de Erwin, quien se acercaba a ustedes con una sonrisa cálida mientras cerraba la puerta de la enfermería–. ¿A quién todavía quieres, [Nombre]?
–Ahm… Bueno…
– ¡Al enano, Erwin! ¿No es tierna? –Chilló la científica haciendo que la miraras peor de lo que lo habías podido haber hecho antes.
–Sí, supongo que lo es.
Eso te sorprendió. ¿No estaban tu hermano y Levi en un conflicto constante, por tu causa? Era improbable que de un momento a otro el rubio cambiara de opinión, mucho menos respecto a que sintieras algo por el pelinegro. De hecho, esperabas algo así como una mirada de desagrado mientras intentaba disimular su disgusto para no afectarte.
–Erwin, no entiendo.
El nombrado soltó una breve risa y despeinó tu cabello.
–Oye, soy tu hermano ¿no? Debo apoyarte.
Aquella frase, tan simple, te calentó el corazón como nunca antes nadie pudo haberlo hecho hasta donde recordabas bien.
¿En serio quería con tantas ganas recuperar esa relación fraternal que habían tenido al ser pequeños? Porque a ese paso lo conseguiría, se ganaría tu cariño incondicional como hermano posesivo y dulce que era.
Sonreíste y le abrazaste con calidez.
–Gracias –murmuraste a su oído mientras veías a Hanji por sobre el hombro del mayor, quien envolvió sus brazos alrededor de tu cintura, casi protegiéndote de vaya-quién-a-saber-qué-cosa.
–Oooow… Me harán llorar –dijo la mujer de coleta con los dedos entrelazados y sus manos puestas a un costado de su cabeza mientras mantenía una expresión conmovida–. Tanta ternura debería ser ilegal.
Ambos rieron y se separaron para verse de nuevo. Erwin volvió a pasarte una mano por el cabello, solo que esta vez, arreglándolo.
–Eres igual a mamá –dijo con voz suave. Sabías que tu madre no era su madre real, pero también recordabas que él la quería como a una.
–He-hermano… ¿Cómo era ella? –Odiabas tener que preguntar algo así, odiabas no poder hacer memoria, pero costaba tanto que no podías sino esperar.
–Bueno… Físicamente, eres su reflejo. Tenía el cabello [corto/largo] y [tu color de cabello], sus ojos eran un poco más pequeños que los tuyos, pero igual de expresivos y [color de ojos]… Era muy dulce y precavida. Así como posesiva y nerviosa. Una combinación rara si me permites decir.
La curva en tus labios se agrandó. Estaba hablando tan bien de ella, que podías ver cuánto la seguía queriendo.
–Y… ¿Y papá?
–En el caso de papá, soy idéntico a él en casi todos los aspectos. –Hizo una breve pausa y tomó aire–. A él no lograste conocerlo. Pero te puedo decir que se parecía a mí… Y que tienes su mentón –completó tocando dicha zona con la punta de su dedo, haciendo que rieras con suavidad–. Siempre quiso poder verte nacer…
Un pequeño nudo se formó en tu garganta al tiempo que tragabas saliva.
–También me hubiese gustado conocerlo.
Un silencio sepulcral invadió la enfermería, Hanji hacía una mueca que no supiste interpretar, mientras Erwin acariciaba tus manos con suavidad, manteniendo la mirada clavada en ellas.
Tal vez era un silencio respetuoso, ya que no resultaba incómodo, pero supusiste que tu hermano aprovechaba ese momento para recordarlo, por lo que decidiste seguir con prudencia.
–Erwin… –murmuraste buscando sus ojos con los tuyos–. Quiero contarte qué fue lo que recordé.
El rubio asintió con una pequeña sonrisa cerrada en los labios.
-/-/-
–Em, Eren –murmuró un rubio de estatura baja, jalando la manga de su amigo con algo de incomodidad y la mirada fija en otro punto del comedor.
Era tan solo la hora del desayuno, y tus tres amigos de infancia aún no recibían noticia de ti, por lo que permanecían lo más calmados que podían, y actuaban con la mayor naturalidad del caso.
– ¿Qué pasa Armin?
–Yo… bueno… –El muchacho tragó saliva y se encogió con timidéz–. ¿Por qué el capitán nos mira tanto?
El gesto del castaño se mostró confundido hasta que se giró y encontró lo ojos azules y fríos de su superior.
Ya había tenido su mirada clavada antes, mientras estudiaba cuál sería su reacción ante cualquier situación, siempre a la defensiva y lleno de desconfianza. Pero ahora por fin lo hizo estremecerse en serio. Sus ojos podrían matarlo si tuviera esa habilidad. Lo miraba con tanto odio y hasta repulsión, que llegó a sentirse como el peor ser de la tierra.
Regresó la mirada a su plato de comida y se encogió también, recibiendo una mirada curiosa de Mikasa.
–No lo sé, pero nunca antes me había mirado así.
Ambos chicos se mantuvieron quietos en sus lugares, ahora sintiendo ese par de cuchillas clavadas en sus espaldas. Era muy incómodo.
– ¿Les parece si vamos con [Nombre]? Empiezo a extrañarla –se le ocurrió decir al rubio mientras se levantaba con afán.
–Es una excelente idea, debe sentirse muy sola –apoyó Eren entendiendo la perfecta vía de escape que tu condición les ofrecía.
–Pero no han terminado de comer –alegó la pelinegra con el ceño fruncido, no entendiendo la situación.
–Eso es lo de menos, ¿acaso vas a abandonar a tu amiga así?
–Eren, llevamos cerca de tres días sin visitarla, podemos…
–Nada, vámonos ya –el de ojos verdes levantó a la chica de un solo tirón y empezó a caminar con afán hacia la puerta sin ver hacia ningún lado, chocando con quien quería evitar.
– ¿A dónde van, mocosos?
Los ojos de Armin y Eren se ampliaron en un gesto lleno de susto, la asiática aún no comprendía.
–Em, bueno, nosotros…
–Queremos visitar a [Nombre] –dijo la pelinegra viéndolo fijo.
–No pueden ahora. No es hora de visitas y no están autorizados a retirarse del comedor.
–Pero no tenemos horarios de…
–Es una orden.
Los dos chicos asintieron con mucha velocidad, regresando por donde habían llegado, casi llevándose a Mikasa a cuestas.
–Tch. –El capitán miró al castaño una vez más y salió del comedor con paso fuerte, sabiendo su punto de llegada.
Putos celos de mierda.
