N:A: LOS PERSONAJES PERTENECEN A ECHIIRO ODA Y LA HISTORIA NO ES MÍA SOLO ES UN ADAPTACIÓN LA CUAL LA PASE A ESTE ANIME QUE ME GUSTA MUCHO.
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Nami había sabido desde octavo que Luffy tenía fama de besar muy bien. Una vez, en una fiesta para chicas, habían hecho una votación, y Luffy le había ganado el honor de ser el chico que mejor besaba.
Nami no había podido votar aquella noche porque nunca había besado a Luffy… al menos no de la manera de la que hablaban las chicas. Pero ya sí podía hacerlo, y definitivamente votaba por Luffy como el hombre que mejor la había besado en toda su vida. Había sentido sus labios suaves y firmes, y de ellos había emanado una calidez que le había recorrido el cuerpo de la cabeza a los pies.
Había empezado a pensar en el beso desde que se despertó aquella mañana y no dejó de pensar en él mientras conducía a casa de Luffy con un cargamento de objetos personales.
Era otro magnífico día soleado de primavera, que prometía la llegada inminente del verano. Condujo con la ventanilla bajada, disfrutando del aroma de los campos y de los prados. Pensó en la semana que tenía por delante y el corazón le dio un vuelco. El viernes era el último día de colegio y el sábado se casaría con Luffy.
Se casaría con Luffy. Pero el pulso no se le aceleró al pensar en Luffy, sino en lo que vendría después de la ceremonia. Luffy y ella tendrían sexo. Y como el único fin del matrimonio, según ella lo veía, era quedarse embarazada, era posible que tuvieran que hacer el amor más de una vez. Si el beso había sido una señal, tener sexo con Luffy sería magnífico… como debe ser la primera vez.
Cuando el rancho de Luffy apareció frente a ella apartó conscientemente de su mente los pensamientos sobre besos y sexo. Siempre le había encantado la casa de Luffy. El rancho blanco estaba rodeado de robles antiguos que contribuían a refrescar el porche en verano. El porche pedía a gritos un columpio, pero Luffy siempre había rechazado la idea, diciendo que los columpios eran para parejas que llevaban mucho tiempo casadas, no para un soltero.
Nami detuvo su vehículo frente a la casa mientras Luffy salía del granero para recibirla. Apagó el motor y salió del coche, dándose cuenta que, aunque ni siquiera era mediodía, Luffy parecía exhausto.
—Hola —dijo él.
—Hola —contestó ella—. Tienes un aspecto horrible.
El se pasó una mano por el cabello y suspiró profundamente.
—El sheriff me ha llamado muy temprano esta mañana. Agarró a un traficante de cachorros y va a traer unos veinte perros desnutridos, deshidratados y llenos de pulgas y lombrices. He pasado la mayor parte de la mañana revisando mi suministro médico y la comida para asegurarme que puedo hacerme cargo de ellos. Ahora tengo que preparar las jaulas.
—¿Necesitas ayuda? —Señaló el coche—. Puedo descargar todo eso después.
Él le ofreció la primera sonrisa de la mañana.
—Eso sería estupendo.
—¿Quién tenía los cachorros? —preguntó ella mientras se dirigían al granero.
—No lo conozco. Vive en la antigua casa de Mason—llegaron a la puerta y él la abrió para permitir que Nami pasara.
«Granero» era una palabra demasiado simple para describir el novedoso hospital para animales que Luffy había creado dentro. Caldeada en el invierno y con aire acondicionado en el verano, la clínica contaba con una sala de reconocimientos, un quirófano último modelo y una sala empleada únicamente para bañar a todo tipo de animales.
La condujo hasta el fondo del granero, donde las jaulas estaban alineadas contra los muros y también había un gran corral vallado para que los animales pudieran correr y jugar.
—Tengo que poner algo de paja fresca en el corral —dijo él, y después señaló las jaulas—. Hay que limpiarlas todas con jabón bactericida y agua. Ahí hay un cubo. No sabes cuánto te agradezco tu ayuda.
Ella sonrió.
—No hay problema. Para eso están los amigos.
Se puso en el suelo frente a las jaulas y acercó el cubo. En unos minutos el granero olía a paja fresca y al aroma penetrante del jabón bactericida.
—¿Qué tipo de cachorros son? —preguntó ella mientras limpiaba la primera jaula.
—La mayoría son schnauzer miniaturas y hay una camada o dos de cocker spaniels. El sheriff dijo que estaban en condiciones deplorables.
—Pobrecitos —dijo ella mientras comenzaba con la segunda jaula.
Durante unos minutos trabajaron en silencio, y el único sonido era el de Luffy tarareando. Siempre tarareaba cuando estaba inmerso en sus pensamientos. Era una costumbre que le había dado problemas con los profesores en el instituto, pero a Nami le resultaba tan familiar como su propio latido. Muchas veces había empezado a tararear con él sin darse cuenta.
Se preguntó si tal vez a Hancock le habría irritado esa costumbre y en parte por eso lo había dejado. Luffy nunca había sido muy específico sobre lo que había ido mal en su matrimonio, sólo mencionaba que la vida en la pequeña ciudad no iba con el carácter de su hermosa mujer.
Terminó de extender la paja y se unió a ella con las jaulas, trabajando mientras tarareaba una canción de los Beatles.
—¿Dijo el sheriff Cocodrile cuándo iba a traer a los cachorros? —preguntó ella, sintiendo el aroma de su amigo.
—Lo espero en cualquier momento. Tenía que buscar una forma de transportar a los perros y cuando llamó todavía tenía que preparar un montón de cosas.
—Luffy, ¿cómo vas a atender a veinte cachorros?
Él se puso en cuclillas y frunció el ceño.
—Tengo espacio y tengo los medios, pero probablemente tendré que contratar a alguien a media jornada.
—¿Como quién? —preguntó ella con curiosidad.
—Puede que llame a Conis para ver si puede ayudarme unas horas por las mañanas y un poco por las tardes. Me ayudó el verano pasado y sé que ahora sólo trabaja a tiempo parcial en el almacén familiar.
—Ella también es una aspirante a Miss Vaca Lechera —contestó Bella sonriendo—. Seguramente pensará que será maravilloso trabajar para el juez.
Luffy gruñó.
—Eso es horrible.
—Sí, la verdad es que sí.
Escucharon el sonido de un camión, y por encima del ruido del motor se oyeron los gemidos de los perros.
—Parece que han llegado nuestros invitados —dijo Luffy levantándose.
Le tendió una mano para ayudarla a levantarse del suelo y, al tocarla, Nami sintió una corriente de electricidad que le recorrió el cuerpo desde la punta de los dedos hasta el estómago. La sensación la tomó por sorpresa, pero afortunadamente él no pareció notar nada extraño.
Salieron del granero y Nami no tuvo tiempo de pensar qué era lo que le había causado esa reacción, porque fuera del granero reinaba el caos. No sólo había un enorme camión de ganado frente a la casa, sino que también estaba el coche del sheriff y había varios bomberos voluntarios.
—Luffy… Nami—el sheriff Cocodrile los saludó con una sonrisa cansada. Miró a Nami—. Ya es hora de que hagas de él un hombre honesto. Enhorabuena.
—Puedo hacer de él un hombre casado, pero no estoy segura de poder convertirlo en un hombre honesto —dijo mientras le daba un ligero golpe a Luffy en las costillas.
—Descarguemos los perritos —dijo el sheriff—. He traído algunos voluntarios para hacer esto lo más rápidamente posible. Brook necesita que le devolvamos el camión dentro de una hora.
—De momento los pondremos en el corral que hay al fondo del granero —dijo Luffy.
Durante la siguiente hora todos trabajaron juntos sacando a los cachorros y a sus madres del camión y metiéndolos en el corral que había preparado Luffy. El sheriff les dijo que no habían podido encontrar a los machos adultos y que sospechaba que el propietario del lugar donde estaban los había llevado a otro sitio.
Cuando los voluntarios volvieron a sus coches Nami y Luffy los acompañaron. Justo antes de que el conductor del camión se sentara en su asiento, Nami creyó oír un débil gimoteo en la parte trasera del camión.
—Espera un momento —le dijo al conductor, y después se subió a la parte trasera y escuchó con atención.
—¿Qué ocurre? —Luffy se asomó al camión.
—Creo que nos hemos olvidado uno —volvió a escuchar el gemido, y Nami lo siguió hasta el rincón más lejano, donde estaba acurrucado un schnauzer de color negro azabache con unos preciosos y tristes ojos marrones.
—Eh, pequeño —dijo ella mientras lo tomaba en brazos. El cachorro se apretó contra Nami, como si no sólo buscara el calor de su pecho, sino también el sonido reconfortante de sus latidos. En ese momento Nami se enamoró perdidamente de él.
Luffy la ayudó a bajar del camión y sonrió.
—Conozco esa mirada. Los cachorros siempre consiguen que las mujeres tengan esa mirada boba y atontada.
—Estás celoso, porque nadie te mira con esa mirada boba y atontada —contestó ella mientras sostenía al perrito contra su cuerpo.
Luffy puso los ojos en blanco y despidió con la mano al sheriff y a los voluntarios, que empezaron a alejarse del granero.
—Hay mucho que hacer. Estos perros necesitan reconocimientos, medicamentos, comida y agua inmediatamente.
—Entonces será mejor que empecemos —dijo ella.
Él la miró sorprendido.
—¿Te quedas?
—Claro. Soy tu futura mujer, ¿no es mi deber ayudar a mi futuro marido? —lo dijo en broma, pero se le aceleró el corazón.
—Eso es. Como mi futura mujer, se supone que tienes que ayudarme en mi trabajo, hacerme la comida y recoger mis calcetines sucios.
Ella se rió, aliviada al ver que Luffy se había tomado su comentario a la ligera.
—Ya te lo dije, lo de recoger calcetines no entra en el trato —respondió mientras volvían al granero.
Durante las siguientes tres horas bañaron a unos perritos sucios y asustados. Después, mientras Luffy los examinaba uno a uno, Nami introdujo en el ordenador información sobre su descripción física y su estado. Después les puso nombre y metió a cada uno en una jaula, etiquetada con sus nuevos nombres.
No pudo evitar admirar la suavidad con que Nami los trataba. Los hablaba con voz suave y tranquilizadora mientras los acariciaba y les examinaba las bocas y las orejas. Nami se preguntó si usaría el mismo tono de voz con ella durante los preliminares al acto sexual, y la idea le provocó un estremecimiento. Después si preguntó si tendrían preliminares. Al fin y al cabo, no eran necesarios para hacer un bebé.
Por fin empezaron a trabajar con el último perro, el pequeño schnauzer negro que estaba escondido al fondo del camión.
—Es el único negro —comentó Luffy mientras lo examinaba—. Y ninguna de las hembras adultas quería tener nada que ver con él.
—Pobre pequeño —murmuró Nami acariciándolo. Después del baño, su pelaje era suave y sedoso—. Yo seré su mamá —miró a Luffy con curiosidad—. ¿Cómo es que tú no tienes un perro? Te gustan tanto que podrías tener una docena.
Él se encogió de hombros y terminó de examinar al cachorro. Después se lo dio a ella.
—Una vez tuve uno… ¿Te acuerdas de Champ?
—Ah, sí, lo había olvidado. Pero de eso hace muchos años —Champ era un perro labrador que los padres de Luffy habían tenido durante años. Lo había atropellado un coche cuando Luffy tenía doce años.
Nami recordaba ese día muy bien. Luffy había ido a su casa para decirle que Champ había muerto. Se habían sentado juntos en el porche de la casa de los padres de ella durante una hora. Luffy no había llorado ni había hablado del profundo dolor que se reflejaba en sus ojos.
Durante todos los años que había durado su amistad, Nami había aprendido que Luffy compartía su felicidad con todo el mundo, sus sueños con ella, pero no compartía su dolor con nadie.
Ya había atardecido cuando por fin dejaron el granero y se dirigieron a la casa. Los dos estaban mugrientos y hambrientos, pero Luffy le había prometido una ducha y una cena caliente antes de que se marchara.
—¿Sabes?, he estado pensando —dijo ella.
—Guau, levantad las banderas, lanzad fuegos artificiales, esto hay que celebrarlo —bromeó y se rió cuando ella intentó golpearlo en el brazo.
—Hablo en serio. He estado pensando en lo de contratar a alguien para que te ayude —se detuvieron junto al coche de Nami, y ella abrió el maletero, dejando ver varias cajas con ropa y otros objetos.
—¿Y qué has pensado? —agarró una de las cajas más grandes y ella tomó otra algo más pequeña.
—Sólo me queda esta semana de clase, y después puedo estar aquí todo el día. Durante esta semana podría venir una hora o así por las mañanas y volver después del colegio. Creo que no es necesario que contrates a alguien.
—Eso puede funcionar —contestó mientras abría la puerta de la casa con el codo—. ¿Estás segura de que no te importa hacerlo?
—Tengo que cuidar a mi bebé —dijo mientras dejaba la caja en el salón, que apenas estaba decorado.
—Gracias, me gusta que cuiden de mí —dejó la caja en el suelo y miró a Nami mientras se le formaba un hoyuelo junto a la boca.
—No estaba hablando de ti, sino del pequeño Squirt.
El suspiró.
—Supongo que querrás que ese chucho se quede en la casa.
Se acercó dando saltos hacia donde él estaba.
—¿De verdad, Luffy? ¿No te importaría?
—El sheriff me dijo que intentara encontrarles un buen hogar, y sé que tú siempre has querido un perro.
—Sí, es verdad… y creo que me quiere un poquito —emocionada, le puso los brazos alrededor del cuello y le plantó un sonoro beso en la mejilla —Luffy puso una mano automáticamente en su espalda, y el contacto volvió a enviar una oleada de calor al cuerpo de Nami. Se separó de él rápidamente, desconcertada por esa reacción tan inesperada—. Me pido la ducha primero —dijo abriendo la caja más pequeña y sacando un par de pantalones cortos limpios y una camiseta.
—Vale, mientras te duchas me ocuparé de la cena.
Momentos después, bajo el chorro del agua caliente, Nami intentó quitarle importancia a la reacción que acababa de tener. Supuso que era normal, ya que lo veía de otra manera. Al fin y al cabo, siete días después estarían casados. También era normal que comenzara a darse cuenta de cosas que antes no había visto, como que sus manos tenían una bonita forma y dedos fuertes, o como que su mejilla había estado cálida y ligeramente áspera cuando lo había besado.
Terminó de ducharse, se secó y se vistió rápidamente. Después regresó al salón, donde encontró a Luffy sentado en el sofá y bebiendo una cerveza fría.
—Creí que te ibas a encargar de la cena.
—Ya lo he hecho. He pedido pizza, y como postre tenemos el famoso pastel de cereza de la señora Olivia.
—¿Por qué te hizo un pastel?
Luffy le pasó su cerveza, ella tomó dos sorbos y se la devolvió. Nami nunca se bebía una cerveza entera, y mucho tiempo atrás habían adoptado la costumbre de que ella bebiera de la de Luffy.
—Me gustaría creer que lo ha hecho porque soy un buen tipo, pero cuando lo dejó mencionó que su nieta, Monet, es una de las aspirantes —se levantó y se terminó la cerveza—. El dinero para la pizza está en la mesa, por si vienen mientras estoy en la ducha.
Ella lo observó mientras se alejaba, paseando la mirada por su espalda amplia y por su cintura y cadera delgadas. Volvió a sentir una oleada de calor, apartó la mirada y se fue a la cocina para poner la mesa.
Le encantaba la casa de Luffy por fuera, pero por dentro era la vivienda típica de un soltero. Aunque la ventana de la cocina tenía cortinas de color amarillo brillante, no había mantel en la mesa ni ningún centro o adorno que aportara algo de color. En la encimera blanca sólo había un microondas de color negro y una lata de café que Luffy había olvidado guardar por la mañana.
Al empaquetar algunas de sus cosas ese mismo día, consciente de la falta de calidez en la casa de su amigo, había añadido algunos objetos para adornar la casa. Si iba a vivir en ella durante un mes o dos, quería sentirse cómoda. Decidió no sacar los manteles individuales que había en el fondo de una de las cajas. Cuando la boda hubiera pasado podría sacarlo todo e introducirlo en la esterilidad de la decoración de Luffy.
Mientras ponía la mesa intentó no pensar en las extrañas sensaciones que Luffy le había provocado desde que accedió a casarse con ella. La hacían sentirse incómoda.
Cuando hubieran hecho el amor, toda esa incomodidad desaparecería, pensó. No era Luffy quien la ponía tan tensa, ni pensar en hacer el amor con él. Lo que la ponía nerviosa era pensar en hacer el amor con cualquier persona.
Durante todos los años que Luffy había sido su amigo, Nami sólo le había ocultado un pequeño secreto… que aún era virgen. Sabía que él creía que había hecho el amor con un chico con el que estuvo saliendo en la universidad y, aunque nunca le había mentido directamente, tampoco había hecho nada para que él pensara otra cosa.
Pero parecía adecuado que al final le fuera a ofrecer su virginidad al hombre en quien más había confiado.
El timbre de la puerta sonó, devolviéndola a la realidad. Agarró el dinero de la mesa y se apresuró a abrir al chico, que le dio la pizza. Acababa de dejarla en la mesa cuando apareció Luffy, con unos vaqueros limpios y una camiseta blanca.
—Muy oportuno —dijo ella.
—Bien. Me muero de hambre —se sentó frente a ella en la mesa y cada uno tomó un trozo de la pizza caliente y especiada.
Cada uno comió dos porciones sin hablar, y cuando Luffy alargó la mano para agarrar una tercera ella apartó su plato y se reclinó en la silla.
—Supongo que debo avisarte que cuando salí de casa esta mañana mi madre estaba hablando por teléfono con la tuya, y no creo que estuvieran intercambiando recetas de cocina.
Luffy sonrió levemente.
—Sí, mi madre me llamó casi antes de que amaneciera para preguntarme si sabía qué flores querrías para la ceremonia.
—¿Y qué le dijiste?
—Primero le recordé que queríamos una ceremonia sencilla, y después le dije que margaritas. ¿Pensabas que no sabía cuál es tu flor favorita? —dijo sonriendo.
Ella le devolvió la sonrisa, sintiendo la camaradería que siempre había existido entre ellos.
—No estaba segura de que lo recordaras —se inclinó hacia delante y agarró un trozo de salchichón de una de las porciones—. Sé que tengo la manía de irme por las ramas, y nunca sé si me sigues o no.
—Perdona, ¿qué estabas diciendo? —Luffy se rió mientras ella amenazaba con arrojarle el salchichón—. Al menos tenemos una excusa para no tener una luna de miel tradicional.
—Los cachorros.
Él asintió con la cabeza.
—¿Estás segura de que no te importa trabajar conmigo para cuidarlos?
—En absoluto. ¿Has terminado o te vas a dar un atracón?
Él agitó una mano para rechazar el último trozo de pizza.
—Ya no quiero más.
Ella se levantó y puso la porción que había sobrado en la encimera, donde la cubrió con plástico transparente y después la metió en la nevera. Cuando se giró para mirarlo de nuevo, la expresión de Luffy era sombría y pensativa.
—¿Qué? —preguntó, sabiendo que estaba pensando algo.
—No le gustaban los animales.
—¿A quién? ¿A Hancock? —Bella volvió a sentarse frente a él, sorprendida de que hubiera sacado el tema. Casi nunca hablaba de ella.
—Pensaba que los perros eran sucios y que los gatos tenían demasiado pelo. Y mejor no hablar de cualquier animal que se pareciera a un roedor.
—¿Por qué una mujer que odia a los animales se casaría con un veterinario?
Luffy se reclinó en su silla y se rascó la barbilla. Sus intensos ojos negros eran inescrutables.
—Pensó que podría convencerme para que me convirtiera en un médico de personas y que nos mudaríamos a la ciudad, donde viviríamos como reyes.
—¿No se dio cuenta de que vives como un rey aquí en Rafthel? Quiero decir, eres respetado y además tienes tu propio estanque.
Luffy se rió y alargó un brazo para tomarle la mano.
—A veces me pregunto qué haría sin ti, Nami —durante un momento sus palabras la estremecieron—. Eres la mejor amiga que un hombre podría tener.
Ella le apretó la mano y después la soltó y se levantó.
—Claro que lo soy —dijo con brío—. Y ahora esta amiga se va a ir a casa —él se levantó y la acompañó a la puerta—. Estaré aquí mañana temprano. Traeré algunas cajas más y te ayudaré con los perros.
—Tendré el café preparado —se inclinó y la besó en la frente—. Buenas noches, Nami.
—Buenas noches, Luffy.
Mientras conducía hacia su casa pensó en lo que Luffy había dicho. Se preguntaba qué haría sin ella en su vida. Durante un momento Nami deseó que hubiera estado hablando de ella como mujer, no como amiga.
Sacudió la cabeza, preguntándose si la locura de Miss Vaca Lechera no la hubiese afectado también a ella.
KYAA! NAMI ES VIRGENN! Y LUFFY NO SABE NADA.
CADA VEZ ESTAMOS MÁS CERCA DE LA BODA.
EN FIN ESPERO QUE LES GUSTE Y FINALMENTE ¿REVIEWS?
