Siempre es lo mejor.

Marinette nunca creyó que una limosina pudiese ser tan amplia, lo suficiente para recostarse cómodamente.

- Oh…

Las manos de la chica se aferraron al extremo del asiento, mientras su pie pateaba con cierta fuerza el cristal de la puerta contraria.

- Lo siento… -susurró, recogiendo sus piernas aun sabiendo que en cualquier momento…- Oh…

Sus pies se apoyaron sobre el finísimo cuero que cubría el asiento y sintió sus caderas levantarse sin saber exactamente qué estaba buscando hacer. En el acto, supo que estaba levantando a Adrien con ella pero no había podido evitarlo. Lo escuchó reírse suavemente contra su cuello, dándole más escalofríos y obligándola a cerrar con más fuerza sus manos en la manija de la puerta, agradeciendo que estuviese puesto el seguro o saldría volando por ahí. Aunque, tuvo que admitir, mientras ocultaba su rostro contra el asiento, sí ella hubiese sabido que la puerta estaba abierta no hubiese podido evitar todo eso. No, no hubiese hecho nada para detenerlo. La boca de Adrien bajó peligrosamente hasta su clavícula y le dio una larga lamida hasta que ella sintió que su voz se había perdido del todo.

El sonido del cascabel la hizo estremecer, porque sabía que algo iba a ocurrir y no estaría preparada para lo que fuese pero tontamente era consciente que no haría nada para detenerlo. Sus rodillas temblaban y sus manos se aferraron con más fuerza.

- ¡Adrien! –jadeó y rápidamente se tapó la boca, sorprendida.

Pero él continuó deslizando sus dedos por la parte trasera de su muslo, con la suficiente fuerza para obligarla a levantar las caderas y sentirlo ascender sin ninguna intención de detenerse. Ni siquiera cuando su pierna terminó y los dedos del chico se cerraron perezosamente en su trasero y la apretó suavemente.

- Princesa… -el chico levantó el rostro, relamiéndose los labios- No hagas ruido. –le recordó, tomándola de la muñeca para que no tapara sus labios- Te puede oír.

Marinette quiso gritarle, pero su voz se había perdido en algún punto. Desde que Nathalie se había bajado, dejándolos completamente solos, Adrien había aplastado un botón para que el espejo polarizado que dividía esa cabina con el asiento del chofer subiera del todo y los aislara. Un parpadeo después, el rubio la había tumbado en el asiento, con una sonrisa traviesa, felina, justo antes de besarla justo debajo de su cuello hasta que ella olvidó que debía detenerlo.

- ¿El gato te comió la lengua? –preguntó casualmente Adrien, bajando sus labios y besándola en cada uno de sus nudillos, lentamente, muy caballerosamente.

Claro, sin contar la mano que la tenía fuertemente agarrada y la obligaba a levantar las caderas, justo contra las de él, en un acto que podía ser todo menos caballeroso.

- Si nos descubren… -fue lo único que ella pudo decir, antes de soltar otro suspiro contenido cuando la mano traviesa subió por debajo de su camiseta y acarició su espalda en pequeños círculos.

- Nunca permitiría que alguien te viera así. –Adrien se separó solo un poco, mirándole la mano- Nadie menos yo. –y levantó la mirada.

Oh… no…

Él tenía esa sonrisa traviesa, planificada, que no podía significar nada bueno. Y no tenía que ver su boca para saber que estaba sonriendo de lado, confiado, seguro, apretándose a ella en un prolongado suspiro sobre sus dedos, que aún tenía capturados.

- Esto es venganza. –murmuró el chico, inclinándose lentamente y abriendo sus labios hasta cerrarlos sobre su dedo anular.

- ¿A-Adrien…? –se movió inquieta bajo él y toda fuerza se fue de su cuerpo cuando sintió la presión exacta para estremecerla ante el roce entre sus caderas.

El rubio le dio una ligera mordida, conteniéndose y con su mano libre la sostuvo de las caderas para que no se moviera, para que no lo torturara otra vez y le hiciera perder el control del juego. Aun así, no se separó y acorde lamía el dedo de Marinette, deslizó sus dientes por lo largo de este y succionó su delicada piel hasta que la chica ahogó un grito y pareció luchar con sus caderas que por suerte él tenía retenidas. Adrien sonrió, deleitándose con la vista de ella sonrojada, acalorada y con la mirada turbia. La liberó un segundo, dejándola respirar y volvió a besar, a lamer y morder su dedo índice hasta la delicada piel que había entre sus dedos. La miró fijamente, encantado de la forma en que ella lo observaba y luchaba al mismo tiempo para cerrar los ojos.

- Siempre había querido hacer esto. –confesó el chico, dejando caer una hilera de besos en la palma de la mano femenina- Siempre que veía estos diestros dedos, esta ágil mano, quería besar cada parte. –se acercó a ella, solo un poco, para obligarla a mirarlo- Cuando te veía dibujar sentía el mismo impulso, Marinette, pensaba que eran hermosos tus dedos y el impulso de besarlos casi me asfixiaba. Me sentía tan mal por pensar eso, por distraerme con tus manos cuando solo debía pensar en las de mi lady. –la hizo girar la mano, para que esta mirase hacia arriba- ¿Puedo…?

Ella asintió, sin siquiera saber por qué o para qué. No podía pensar bien cuando él la miraba así, tan devotamente, con tanta intensidad y aun así en control. Un prolongado suspiro escapó de sus labios cuando sintió otra hilera de besos justo sobre su muñeca, lentos, despacio, mucho más calmos. Ella cerró los ojos, sintiendo la caricia y como la mano traviesa dejaba su cadera y subía hasta su cintura, sobre la ropa. Muy despacio Adrien la fue sentando, acunándola contra él y antes de darse cuenta Marinette estuvo apoyada contra su costado, acurrucada aunque con el cuerpo ligeramente frustrado, extrañamente caliente, tanto o más que el de él.

- Estamos próximos a llegar. –susurró Adrien, dándole un último beso y mirándola.

- Dijiste… -se aclaró la garganta al notar que tenía la voz casi ida- Dijiste que era una venganza.

- Oh… -él sonrió, mucho más dulce, besándole los nudillos despacio- Estuve recordando algo…

- ¿Por qué suena a que estoy en problemas? –se quejó Marinette, solo por hacerlo, más entretenida con la forma en que él parecía encantado de besar su mano tan despacio.

- Tal vez lo estés, princesa. –la miró, aun inclinado sobre su mano- Alguien estuvo jugando conmigo por años.

- ¿Disculpa…?

- Oh, no pongas esa cara. –el chico sonrió gratamente, con esa enorme sonrisa que solía poner cuando usaba su máscara- Un poco más despejado, me di cuenta de algo… -la miró divertido- Ladybug, para estar interesada en mantenerme alejado…

- A Chat Noir. –le recordó, sin poder evitarlo.

- ...no era muy consistente con su deseo –el chico buscó su celular y no tardó en llegar al blog de Alya, solo para hacer una rápida búsqueda de fotografías y se las fue mostrando- ¿No crees?

Marinette se sorprendió por su pregunta, hasta que notó que cada fotografía mostraba a Ladybug tocando a Chat Noir. A lo largo de los años, cada foto tenía un perfecto ángulo para mostrar como ella tenía su mano sobre el hombro del chico, recargándose ligeramente o tomándolo del brazo. Otras, aunque no estuviese tocándolo, lo miraba con superioridad, divertida y cierto grado de…

…coquetería…

Los ojos de la pelinegra se abrieron por pura sorpresa y le arrebató el celular sin darse cuenta. No podía creer lo que estaba mirando ¡Hasta había un video que la hacía ver como si estuviese dándole un largo vistazo, de arriba abajo al chico! No, no podía ser. Marinette cerró los ojos ¿Cuándo había sido eso? Ella recordaba que había caído al suelo y él la había levantado, delicadamente. Bien, eso era normal. Y mientras él galanteaba, ella… Oh no…

Ese día había pensado que tenía cierto encanto.

Bien, a veces pensaba eso.

- Estas roja. –acusó Adrien, orgulloso- Muy roja.

- No… -ella le devolvió el celular y se cruzó de brazos- Solo… yo… No estaba jugando contigo…

- Nunca creería eso. –Adrien la miró fijamente y la tomó del mentón para lograr que lo mirara- Bueno, si era un juego, pero no uno malo, no buscabas dañarme.

- Es que… cuando hacías esas cosas… -se mordió el labio inferior- Me despertaba una vena divertida, me gustaba el juego que teníamos. Me gustaba quedarme con la última palabra. Pero no quería lastimarte.

- Y te quedabas con la última palabra. –la observó con ternura al notar lo preocupada que lucía- Pero me gusta más este nuevo juego. –bromeó, buscando animarla, mientras rozaba su nariz contra el cuello de la chica.

Marinette soltó una abierta risa, buscando apartarlo. Nunca se había dado cuenta que estuvo coqueteando con él, pero viéndolo desde esa nueva perspectiva, era inevitable hacerlo.

El cascabel sonó justo cerca de su oído, cuando él besó su pómulo y parecía estar buscando sus labios desde un camino muy raro, por sobre sus mejillas, bajando por su nariz.

- Ahora que lo pienso… -Marinette logró soltarse un poco- Te quedaste con esa gargantilla.

- Fue por ti.

Oh no…

¿Se habría dado cuenta de la forma en que le temblaban las rodillas cuando escuchaba esa condenada campanita?

- Contigo me siento capaz de ser yo mismo. Y creo que, poco a poco, podría ser más… yo, con el resto. Esto… -acarició el cascabel- va a ser un recordatorio.

- ¿Vas a soltar juegos de palabras sobre gatos? –Marinette sonrió divertida- Porque, como tu novia, debo decirte que no son graciosos.

- Y yo te digo que tu caja de la risa está dañada. –se defendió el chico- Además… -sonrió de lado- no voy a iniciar un rogatorio.

- ¡Adrien! –regañó.

- Es que no soy ningún pelagato.

- ¡Para!

- Debes ser realmente cegata para no admirar esta gracia. –bromeó él, con una enorme sonrisa, divertido al verla completamente angustiada.

- No puedo creer que pensara que eras genial… -se tapó la cara- Todos estos años, creí que eras tan sofisticado y elegante…

- Oh, princesa, tus palabras me desgarran.

Marinette ahogó un grito contra su mano.

- Estoy atrapada en una limosina con un gato. –se quejó.

- Ese sería un título interesante para un libro. –aceptó Adrien y cuando la chica retiró sus manos lentamente para mirarlo, agregó- Personalmente, yo agarraría esa historia.

- Te voy a golpear. –amenazó, fulminándolo con la mirada- Si el mundo se enterara…

- ¿Se les desgarraría el corazón?

- Te detesto… -se quejó, dándole un golpe en el hombro.

- Oh, me amas… -canturreó el chico, atrayéndola sobre su regazo y dándole un beso en la mejilla- Espera…

- ¿Qué…? –se quejó ella, lista para cualquier otro ridículo chiste.

- Me amas. –dijo, abriendo los ojos con grata sorpresa.

- ¿Eh…? –ella levantó la mirada y notó la admiración en los ojos de él- Espera… ¿No te lo dije? Estoy segura que sí.

- No exactamente… -negó con fuerza- Me dijiste que amabas a este chico… Bueno, se lo dijiste a Chat Noir. Pero no me dijiste que era yo. No dijiste que me amabas, no a mí, directamente. Pero me amas.

Marinette abrió los ojos con sorpresa, notando algo curioso en la mirada del chico.

Y entendió.

Adrien estaba desesperado por un afecto así, enorme, lleno de palabras y muestras de afecto, de compañía y tacto. Él necesitaba que se lo dijera en voz alta. Aun cuando ella sabía y estaba segura, de que era amada. Él si necesitaba las palabras.

- Gatito… -tomó su rostro, suavemente y lo acercó a sus labios para que pudiera sentir sobre los suyos cada palabra- Te amo. –y lo dijo claramente, mirándolo a los ojos- Te amo, a ti. Aun con tus ridículos chistes.

Y en lugar de reírse, de bromear al respecto, él la abrazó con fuerza contra su cuerpo, enterrando su rostro contra el cuello femenino. La sensación de ser completamente rodeada por él la sorprendió y de grata manera, mientras lo abrazaba también. Adrien necesitaba eso, lo sabía y se juró que se lo demostraría más veces de las que creería necesarias. Porque él se lo merecía.

La puerta de la limosina se abrió de golpe y el chofer los observó con sorpresa al encontrarlos así, con ella sobre el regazo de Adrien, abrazándose con desesperación. Marinette no sabía si era porque la posición era comprometedora o porque esperaba que estuviesen haciendo algo mucho peor y menos romántico.

Adrien levantó el rostro y le sonrió al chofer, bajándola de su regazo y caballerosamente la ayudó a levantarse. Ambos habían llegado al hogar de la chica. El rubio despidió al chofer, indicándole que lo llamaría si necesitaba algo.

- Descuida, es un hombre discreto, no dirá nada.

- Lo dices como si hubiésemos hecho algo malo… –acusó Marinette, arreglándose el cabello.

Y él sonrió de lado, de forma traviesa.

- …que él pudiese ver. –completó, ligeramente sonrojada- Treinta y tres: Vas a ser mi ruina.

Marinette dio un paso y notó un ligero tirón en la manga de su chaqueta. Sorprendida, lo regresó a ver, encontrándolo paralizado, mirando el lugar y luego a ella. La sonrisa había desaparecido totalmente y sus grandes ojos no estaban quietos.

Oh…

- ¿Crees…?

- ¡Ven! –lo jaló con ella, sonriéndole.

La única manera en que Adrien entendiera iba a ser viéndolo por sí mismo. No, viviéndolo. Y ella sabía que todo saldría bien. Su madre tenía un corazón de oro y una habilidad para saber cuándo otros la necesitaban ¿Y su padre? Tal vez fuese el hombre más dulce y cálido que existiese. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios. Adrien ya había entrado a su casa con anterioridad desde la ventana de su habitación y también como compañero de clase. Pero esa sería la primera vez que lo haría como su novio y sabía que se encontraría con un mundo diferente.

- Marinette… -rogó con un tono ligeramente nervioso.

- Ya vivimos tu mundo. Ahora vas a integrarte al mío. –ordenó, mirándolo sobre su hombro con una sonrisa divertida.

Y sin esperar más, abrió la puerta, porque sabía que la panadería estaba en sus últimos momentos de trabajo. Su madre estaba apoyada contra el mostrador que separaba la tienda de la zona de ventas y tenía los ojos clavados en un pequeño televisor que había traído.

"…siempre me habían advertido lo difícil que sería encontrar a alguien que aceptara mi atareada vida. Pero Marinette ha sido mi apoyo todo este tiempo, sin esperar ningún reconocimiento. En lo personal, creo que tengo suerte…"

En el televisor se podía ver la rueda de prensa de la que acaban de salir ambos. Ahí Adrien estaba parado frente a una hilera de micrófonos y sus movimientos eran fluidos. En la mesa, atrás de él, estaban varias personas, pero la más cercana era una sonrojada Marinette que en lugar de mirar a los periodistas, tenía sus ojos clavados en él.

La mujer apartó la mirada y cuando notó quien era, apagó el televisor rápidamente y una amplia sonrisa se formó en sus labios.

- Bienvenidos. –extendió sus manos hacia ellos- ¿Cómo les fue hoy? Al parecer, atareados.

Adrien abrió los ojos, sorprendido, mientras Marinette lo guiaba y ambos tomaban una de las manos extendidas, pequeña y cálida. El picor en sus ojos fue tonto, eso lo sabía él, la cálida sorpresa en su corazón debía ser exagerada y la sonrisa en sus labios no debía ser tan grande.

Pero…

Era la primera vez, en años, que alguien le preguntaba cómo había sido su día.

- Cansado. –admitió Marinette, dejando caer sus hombros.

- Bien. –y fue sincero, había sido un gran día para él- Muy bien.

- ¿Se divirtieron? –consultó la mujer y movió ligeramente su rostro, con curiosidad genuina.

Ambos se miraron y asintieron con seguridad. Definitivamente, después de todo había sido un día divertido.

- ¡Tom! –la mujer se giró y se encaminó hacia la cocina- ¡Tom! Los niños están aquí. –se detuvo y miró hacia Adrien- ¿Vas a llamarme Sabine, verdad? No voy a admitir un "No" por respuesta.

- Pero…

La mujer sonrió suavemente y negó.

- Por favor, eres el novio de Marinette. Un buen avance sería que nos tutees.

Adrien se vio salvado de contestar cuando la puerta de la cocina se abrió y un corpulento hombre de gran estatura apareció. Aunque había visto en otras ocasiones al padre de Marinette, tuvo que reconocer que tenía el físico de un leñador pero el rostro de una afable persona.

- Bienvenidos, se nota que tuvieron un día ajetreado ¿Están seguros que quieren cocinar? Sabine y yo podríamos preparar algo en un abrir y cerrar de ojos.

- Ustedes también debieron tener un día agotador. –antes de darse cuenta Adrien estaba hablando- Para nosotros sería un honor servirles algo, mientras ustedes descansan. –inclinó ligeramente el rostro, en una pequeña reverencia- Si les parece bien.

Sabine le dio una ligera palmada en el brazo a su esposo, con una sonrisa orgullosa.

Maternalmente orgullosa.

Tom, contuvo una risa agradable y asintió, despidiéndose de los chicos, mientras subían al departamento.

- Eso fue impresionante. –Marinette halagó, mirando al chico- Te adoran.

- Ellos… -el rubio negó con fuerza- Tienes una hermosa familia.

La chica abrió los ojos con sorpresa al darse cuenta de lo importante que era todo eso para él.

- Gatito… -lo tomó de las mejillas- Te los presto cuando quieras.

Adrien soltó una pequeña risa sin poder evitarlo al notar lo ridícula que se escuchaba esa conversación. Así que respiró hondo y se quitó la chaqueta con una nueva resolución.

- ¡Bien! ¿Qué vamos a preparar? –se encogió de hombros- O mejor dicho ¿En qué te voy a asistir, princesa?

- Vamos a usar la cocina de la panadería para tener algo más de privacidad. –propuso Marinette, empujándolo a través de las puertas- Estoy segura que agradecerás que no te exponga frente a mis padres en la cocina con vista al comedor que tenemos.

- Realmente lo agradezco. –el chico observó la cocina industrial con cierta curiosidad- ¿Preparan cosas saladas aquí?

- ¿Tú de dónde crees que viene el quiche? –preguntó la chica divertida, encaminándose hacia su delantal rojo de cocina y le extendió uno verde que solían tener para el ayudante de su padre- ¿O el hachis parmentier? –soltó una pequeña risa al notar la sorpresa en su cara- Las panaderías también hacemos cosas saladas. En verdad, creería que tú piensas que aparecen por arte de magia para que las comas.

- No exactamente… -el chico observó a su alrededor- Solo creía que venían de restaurantes ese tipo de ¿Tortas saladas? Ni siquiera sé de qué especie es lo que mencionaste y eso que es delicioso.

- Ingenuo gatito, bienvenido al mundo real. –la chica se encaminó entre los estantes, sacando varios ingredientes con la familiaridad de quien está acostumbrada a ayudar a su padre- Pensaba hacer una tartaleta de cebolla y queso.

En ese momento Plagg salió de la chaqueta que colgaba del brazo de Adrien y voló extremadamente cerca del rostro de Marinette.

- ¿Queso? –parpadeó emocionado- ¿Dijiste queso?

- ¡Plagg! –regañó Adrien, intentando atrapar a su no tan pequeño compañero.

- Descuida, no está haciendo nada malo. –Marinette negó ligeramente- Así que a ti te gusta el queso ¿Eh? –la chica golpeó ligeramente su mentón, meditando.

- ¿Y me darás pastel a mí? –Tikki apareció desde el bolso de la chica y voló junto a su compañero- Me gustaría mucho algo de comer justo ahora.

- Por supuesto… -Marinette observó a su alrededor, con curiosidad y sonrió ampliamente- Bien, tengo una idea…

Sin dar tiempo a nada, avanzó hasta un mostrador de repostería y en uno de los niveles puso pequeños adornos hasta crear una alargada mesa con pequeños asientos improvisados y dejó ahí un pedazo de pastel y un trozo algo grande de queso Crottin de Chavignol semi-maduro. Marinette se giró sobre sus pies, buscando una manta con la que se solía cubrir el pan recién hecho y cuando regresó a ver, encontró a Plagg y Tikki dentro del exhibidor, en una conversación tan baja que ni siquiera pudo escuchar.

- Son rápidos. –admitió, cubriendo con la tela blanquecina el mostrador por si alguien entraba a la cocina.

Aunque sabía que eso era totalmente improbable.

- Al parecer se extrañaban. –Adrien se cruzó de brazos, con una pequeña sonrisa- Si han estado acompañando a nuestros antecesores, una y otra vez, siempre se han visto separados hasta que desaparecieran las identidades secretas entre sus protegidos y pudieran estar uno junto al otro. Aun así, si lo piensas siguen apartados ahora, dado que se ven atados a nosotros. Su tiempo se limita al que compartamos entre nosotros. Ni más ni menos.

Marinette abrió los ojos con sorpresa, dejando los utensilios que iban a usar para cocinar y observó al exhibidor aunque no podía saber qué estaba ocurriendo dentro.

- Eso es muy triste… -susurró, levantando la mirada hacia Adrien- Tal vez debamos hacer algo al respecto.

- ¿Qué sugieres, princesa? –el chico se apoyó sobre el mesón de trabajo y la observó con curiosidad.

- Bueno, ellos dependen de nosotros para reunirse. Así que podríamos vernos de vez en cuando, en un lugar seguro y darles algo de privacidad… -miró el techo, meditabunda- ¿Dónde…?

- ¿Podría ser aquí? –Adrien se acercó, con una sonrisa ladeada- ¿En tu habitación? ¿En la noche? Ya tenemos la costumbre, pero esta vez lo haríamos absolutamente por ellos. Por ninguna otra razón. –jugó.

- Oh… pobres de nosotros ¿Qué haremos mientras tanto? –ironizó la chica, notando como Adrien se acercaba a ella- Tendremos que pensar en algo.

- Tengo un par de ideas. –susurró el chico cuando llegó hasta ella- Todo por una buena causada.

- Tan sacrificado… -admiró Marinette, con cierto tono sarcástico y lo rodeó por la cintura.

La mirada del chico brilló astutamente, listo para su siguiente movimiento. Pero en esa ocasión estaban en el territorio de la pelinegra y no se iba a dejarse ganar tan fácilmente. Si él podía sacar a Chat Noir a jugar con ella hasta dejarla sin aliento.

¿Por qué no dejar a Ladybug hacer lo mismo con el dulce Adrien?

La chica sonrió de lado, entrecerrando los ojos. El efecto fue inmediato, el rubio parpadeó con inocente sorpresa al ver perdido su control sobre ella tan repentinamente. Y ella lo tomó por la cintura, empujándolo rápidamente, hasta hacerlo casi tropezar contra la pared al otro lado de la cocina. Sin darle tiempo a pensar, le quitó el delantal en un par de agiles movimientos y dejó caer la tela a los pies del chico. Adrien lucía claramente sorprendido y parecía haber perdido la voz en ese momento. Eso estaba mucho mejor. Los dedos de la chica se deslizaron hacia abajo, hasta el borde de la camiseta del rubio y volvieron a subir, arrastrando la tela con ellos. Él contuvo el aliento, sorprendido y Marinette se acercó solo un poco más, dejando sus labios muy cerca de la boca masculina pero dejando un ligero espacio de aire que parecía calentarse entre ambos a cada milímetro que ella ascendía sobre el vientre del chico con la yema de sus dedos.

Cuando notó que intentaba decirle algo, ella besó muy despacio su cuello, cerca de su clavícula, deslizando su lengua por la cálida piel hasta que lo escuchó jadear y resbalarse un poco hacia el suelo.

¿Acaso le estaban temblando las rodillas a Adrien?

En lugar de sentir clemencia, una amplia sonrisa se posó en sus labios y bajó sus manos hasta las caderas del chico, mientras usaba sus rodillas para que él separara las piernas.

Si, estaba temblando.

No solo respiraba por la boca con jadeos entrecortados. En verdad estaba temblando, completamente caliente aun sobre la tela de su pantalón. Marinette sonrió y se presionó contra él, metiéndose entre sus piernas y haciéndolo gemir en voz entrecortada.

- Te van a oír, guapo. –bromeó, moviéndose en pequeñas mordidas hasta la garganta del chico y dándole una larga lamida sobre su manzana de Adán- Y no quieres eso…

- Mi lady… -rogó, cerrando las manos en el delantal de ella.

Pero ella prefirió interpretar eso como una súplica. Así que subió su boca, encontrándose con la brillante mirada del chico y sus mejillas sonrojadas. La camiseta la tenía hasta sobre su cintura y respiraba por la boca entreabierta.

- Muy guapo… -halagó, justo antes de besarlo, con fuerza, invadiendo su boca.

Adrien se estremeció contra ella y fue una sensación de deleite. El chico se deslizó un poco más contra la pared y ella lo agarró por la cintura descubierta, sosteniéndolo, besándolo invasivamente y sintiendo como buscaba seguirle el ritmo y rindiéndose a cada mordida y caricia que sus dientes demandaban contra la boca masculina. La dulzura de Adrien despertaba eso en ella, una exigencia inesperada y una necesidad de conquistarlo como venganza contra la forma en que parecía dominarla con el sonido de un simple cascabel.

Muy lentamente se separó, ayudándolo a mantenerse en pie. Lo miró con cierta diversión al notar que él parecía desorientado, observando su alrededor como si nunca hubiese estado ahí. O tal vez, como si nunca hubiese sentido algo así.

- Eso es venganza por lo de la limosina. –explicó.

- Vas a matarme… -susurró el chico, cuando por fin recuperó el aliento y se bajó la camiseta aun sorprendido.

- Ahora estamos a mano. –explicó ella, avanzando tranquilamente hacia el mesón.

Por fortuna, una de las ventajas de ser mujer es que aparentar estar bien era fácil.

- Oh no… -el chico se movió con torpeza, para deleite de Marinette- Claro que no.

Ella se encogió de hombros, porque muy en el fondo le agradaba la idea de no estar empatados. Después de todo su compañero se caracterizaba por ser ingenioso, así que estaría esperando su próximo ataque.

- Así que… -Adrien observó a su alrededor- ¿Qué íbamos a cocinar…?

La chica rio abiertamente y a los pocos minutos pudo asegurar que el dato treinta y cuatro de Adrien es que tenía poco instinto culinario y además, como número treinta y cinco, no podría cocinar algo ni para salvarse a sí mismo.

- ¡No es gracioso! –se quejó el rubio, secándose las lágrimas que corrían por su cara- Te juro que no lo sabía.

- ¿Quién se rasca los ojos después de haber manipulado cebolla recién cortada? –preguntó Marinette, abrazándose el vientre- No necesitas saber de cocina para tener este elemental conocimiento. Hasta los dibujos animados hacen referencia a esto.

- Yo… creí que era una exageración. –se quejó el chico, apretando sus labios ligeramente infantil- No pensé que ardería tanto.

- Tampoco te toques los ojos cuando manipulas pimiento cortado o ají. –la chica le comunicó, como si tratara con un niño- Gritarías de dolor ¿Sabes qué? No te toques los ojos con las manos sucias.

- Lo sé, tú creerías que recordaría algo tan básico como eso. –el chico se lamentó, mirando el horno y sintiendo el cálido ambiente que se esparcía en la habitación- Nunca creí que cocinar fuese tan divertido.

- Nunca creí que alguien tan hábil como tú no pudiese batir clara de huevo. –la chica ladeó el rostro- Por otro lado, si pienso en Chat Noir, me lo imagino haciéndolo tan rápido que saldría volando la mezcla por todos lados.

- Me tienes mucha fe y tan poca al mismo tiempo. –Adrien se cruzó de brazos, sin saber si sentirse halagado o insultado- Soy bueno en las cosas intelectuales. Mis manos no son tan hábiles.

- Pero eres bueno en videojuegos y eso requiere coordinación. –Marinette enmarcó una ceja- Y eres ágil con tu arma.

- La cual suele salir volando en muchas peleas. –le recordó- Y soy bueno memorizando los combos de ataques de mis personajes favoritos. Eso es diferente, tú, por otro lado, pareces una pianista hábil cuando tocas los botones de un control de videojuego y cortas a la velocidad de la luz los vegetales. Marinette, tienes habilidades varias. Yo soy solo soy un gato de un solo truco.

La chica se sorprendió por sus palabras y avanzó a él, tomándolo del rostro con sus manos heladas por haber estado lavando los platos. El rubio la observó con sorpresa pero ella se mantuvo seria, segura, ni siquiera tuvo que pensar en lo que diría.

- Tú eres el héroe de París. Por años, has salvado a esta ciudad.

- Pero tú…

- No. Gatito… -suavizó sus facciones- ¿Sabes por qué soy tan buena en vencer a nuestros enemigos? Porque sé que estás ahí, cuidándome. Así que puedo ser algo impulsiva, muy arriesgada, porque sé que todo va a salir bien, porque estás ahí. Además, yo necesito toda mi atención para vencer a un gran enemigo, pero tú en minutos puedes vencer a ejércitos de soldados o grupos de gente entrenada para combatir. Yo no podría eso. –apoyó su dedo índice sobre el entrecejo del chico- Alguien me atacaría por la espalda y me vencería. Tú puedes con múltiples enemigos al mismo tiempo ¿Y eso te parece algo simple? Ahora, suma el hecho que tienes una vida académica equilibrada y una carrera de alta tensión como modelo. Si, soy hábil en muchas cosas, pero tú también. –entrecerró los ojos- Así que deja de desacreditar a mi novio y a mi compañero de equipo o te golpearé. –amenazó.

Adrien parpadeó varias veces. Un cosquilleo cálido llenó su pecho. No solo por las palabras de Marinette ni tampoco porque fuese ella quien lo tuviese en tan alta estima. En realidad, se sentía dichoso de ver que ella lo tenía como un igual, que lo admiraba. La idea lo hacía sentir capaz de mover montañas.

- Creo que exageras….

- Creo que quieres que te golpee. –cortó ella, separándose justo cuando el horno dejó sonar su campana de aviso- ¿Huele bien, verdad?

- Si y solo porque mantuviste mi contribución al mínimo. –bromeó Adrien.

- Voy a darte clases de cocina. Desde hoy estoy legítimamente aterrada de que podrías morirte de hambre por tu cuenta.

- ¿Vas a mantenerme vigilado?

- Esa es una posibilidad. –jugó la chica, apoyando su dedo índice justo por debajo de la boca del chico- O ponerte una correa. –enganchó su dedo índice por la gargantilla del rubio.

- Promesas… promesas… -suspiró teatralmente Adrien- Simples promesas.

- Si el mundo supiera el tipo de pensamientos que el modelo conocido como el ángel del Paris tiene… -Marinette llevó la comida al elevador de alimentos que conectaba la cocina de la panadería con el departamento sobre esta.

- Tal vez sospecharían que soy Chat Noir ¿Has visto que hay páginas web donde la gente debate sobre quienes somos atrás de las máscaras?

- Oh, si… -la chica se mordió el labio inferior, mirando el exhibidor de postres donde estaban Tikki y Plagg- Tú estás entre las posibles opciones de… ser tú. Yo adoro el hecho que esa tal condesa de no sé qué sea la opción más viable de Ladybug. –obviamente, al no ser una figura pública, no le extrañaba que la gente ni siquiera la considerara en el Internet- ¿Chicos…? –tocó el cristal- Ya vamos a subir…

Adrien se asomó sobre el hombro de Marinette, mientras ella quitaba el mantel que creaba privacidad. Para su sorpresa, encontró a sus compañeros dormitando en un rincón del exhibidor.

- ¿No te parece que duermen mucho? –susurró el rubio.

Marinette contuvo los escalofríos que le recorrieron al sentir el aliento masculino sobre su cuello y logró asentir, mientras metía su mano y sacaba a los dos pequeños del lugar, tomando primero a Plagg con ambas manos al ser mucho más grande que su compañera.

- Tal vez debamos… -pero se cortó al escuchar el celular del chico.

- Oh… lo siento… -Adrien contestó, con cierta sorpresa- ¿Padre…? ¿Yo…? Bueno… En este momento estoy en la casa de Marinette, estamos a punto de comer… Pero… -abrió los ojos- ¿Qué…? Si… si las escucho… Pero ¿No puede esperar a mañana? Ya es de noche… Si… -dejó caer sus hombros- Así veo… -los ojos del chico se clavaron en su novia- Voy para allá… -se desató el delantal de cocina- Bien. Adiós.

- ¿Problemas en el trabajo? –consultó, cargando a Tikki hacia su bolsillo.

- Innecesarios problemas que mi padre quiere arreglarlos ahora. –suspiró- Él es muy dedicado a su trabajo. –explicó, sonriendo pesadamente- Eso es admirable.

Ahí estaba, quejándose justamente y al mismo tiempo justificando a su padre. Lo que siempre había hecho como Chat Noir cuando la visitaba.

- Lo lamento… -el chico la observó dolorosamente - ¿Me disculparías con tus padres? La limosina ya debe estar afuera…

- Descuida… -lo acompañó fuera de la panadería y se sorprendió al ver que era verdad.

El padre de Adrien había logrado que la limosina casi se apareciera ahí, como magia. Marinette podía jurar que era estadísticamente imposible que llegase tan rápido.

- Nos… -el chico observó al chofer que mantenía la puerta abierta- Nos vemos mañana.

- Claro. –ella lo besó despacio, sintiendo algo melancólico el ambiente alrededor del rubio pero lo dejó apartarse.

- ¿Vengo a recogerte? –ofreció Adrien, con una chispa de esperanza en su mirada.

- Obviamente. –Marinette le sonrió con más ánimo para alegrarlo- Y vas a tener que llamarme para lograr que me levante y así no retrasarnos.

Y funcionó, el chico sonrió un poco más, dando un par de pasos hacia atrás, acercándose a la limosina.

- Será un honor, princesa.

Pero Marinette acortó la distancia entre ambos y se acercó al oído del chico, mordiéndose el labio inferior.

- No olvides venir después ¿Recuerdas? Por Tikki y Plagg… Nos debemos sacrificar. Así que debes volver. –se separó- ¿Entendido?

Y ahora en verdad se veía contento. Adrien asintió con fuerza y corrió hacia la limosina, animando a su chofer para que lo llevara rápido al importante problema de trabajo.

Marinette negó ligeramente, dando unos ligeros pasos hacia atrás. Sus padres entenderían la partida del chico. Ella comprendía. No le gustaba, claro, pero entendía. Aun así… Nadie podría quitarles las noches.

Hasta días atrás, Ladybug y Chat Noir tomaban las noches para patrullar. Pero también eran las horas en que Marinette escuchaba a su pequeño gatito perdido, animándolo.

Ahora sería mejor. Siempre sería mejor.

¡Saludos! Espero que les gustara el final.

¡Nos leemos!

Nocturna4