Tío Iroh me había dicho que podía contar con la ayuda de alguien o hacerlo solo. En Azula ni siquiera me había molestado en pensar. La última vez que nos habíamos ayudado en algo había sido antes de que ambos aprendiéramos a escribir: fue en la casa de Ember, cuando Azula se subió a mis hombros para alcanzar un tarro de confitura de moras, que nos comimos a escondidas regodeándonos por el éxito de nuestra travesura.

Además, quería mantener a Madre apartada de todo el asunto. Me daba la sensación de que si descubría mis indagaciones se preocuparía aún más por mí, y ya estaba cansado de causarle tanto sufrimiento. Así éramos Madre y yo, una especie de frente común ante en las adversidades, protegiéndonos el uno al otro, aunque yo aún no fuera del todo consciente de ello.

De alguna manera, sentía que aquella búsqueda era un objetivo personal, algo entre Padre y yo, donde no podía inmiscuirse nadie más.

Eso, por supuesto, no la hacía menos terrorífica. Madre salió a despedirme al Portón del Este la mañana de mi partida a la Universidad Pontificia. Había contestado con evasivas sus insistentes preguntas sobre Genealogía del Dominio, diciéndole que sólo era un manual de técnicas de Dominio del fuego. Después de abrazarme por enésima vez y recolocarme la cola de caballo, se apartó un poco para poder verme mejor, y sus ojos pasaron de mis botas puntiagudas, que brillaban del lustre, al chaleco firmemente enfajado alrededor de mi torso, y a mis puños doblados hacia atrás. Luego asintió con aprobación.

- ¿Seguro que no quieres que te acompañe? -preguntó Madre, esforzándose por ocultar la aprensión.

- No te preocupes, Madre, estaré bien -respondí, aunque cada palabra me costaba una fuerza titánica pronunciarla-. He quedado con el rector a las doce, y Padre dice que los intelectuales son muy quisquillosos con la puntualidad.

- Por supuesto -coincidió Madre, que aún así se resistía a dejarme ir, y no hizo un sólo gesto de volver a las puertas de Palacio. Miró por encima de mi hombro al palanquín que esperaba detrás de mí, rodeado por siete de sus guardias imperiales (no fue hasta convertirme en príncipe heredero que se me asignó mi propia guardia personal). Entonces, su rostro se endureció y asintió para sí-. Ve, hijo, y ten cuidado.

Subí al palanquín y me despedí de Madre con la mano. Su delgada figura, de pie en medio de la grandiosidad del Portón del Este (columnas forradas de azabache, una majestuosa y puntiaguda cúpula del color del atardecer) fue haciéndose cada vez más diminuta, hasta que giramos por una esquina y Madre y el Palacio desaparecieron.

Rápidamente eché las cortinas temerosamente, porque los entrometidos súbditos del Señor del Fuego se paraban a observar aquel palanquín que llevaba la insignia del Palacio Real. Pero no lograba que el ruido de las empedradas avenidas de Ciudad Ígnea no se colara en el sombrío espacio. Oía el crujido de las ruedas de los carros, el frufrú de las túnicas, los pasos de cientos de personas, voces furiosas, impacientes tintineos de campanillas, mugidos de ganado. El alboroto de las calles de la capital de la Nación se me presentaba en todo su esplendor. Agazapado tras la ventana, podía atisbar bajo el resquicio de las cortinas fragmentos de las fachadas de los edificios, curiosamente inconmovibles, ancestrales, invencibles en su estoica lucha contra el tiempo.

Lo cierto es que me causaba un miedo atroz salir de Palacio solo, porque era como entrar en otro mundo. En Palacio todo restaba en silencio, y era limpio y ordenado. Elegantes y estrechas arcadas, imponentes escalinatas de mármol rojo, apacibles y desiertos corredores abovedados, con polvorientos haces de luz entrando por las ventanas. Parecía que el Palacio estuviera regido por unas leyes distintas que las que regían el resto del mundo, porque allí todo sucedía más lentamente. Los nobles se desplazaban sin prisas por los engalanados salones, la brisa agitaba los majestuosos estandartes y los tapices, todo el mundo hablaba con voz queda, educadamente, y hacía reverencias y sorbía el té sin hacer ruido. Era un universo tórrido, de colores rojizos, aletargado, adormecido. Fuera de sus imponentes muros, la realidad era ruidosa, caótica y estridente, la gente se peleaba, soltaba tacos, escupía, maldecía. Algunos iban sucios y harapientos, con las uñas largas y el cabello desgreñado. Niños de mi edad de bocas desdentadas daban vueltas alrededor de mi palanquín, con las rodillas raspadas, la piel llena de costras, rodeados por un olor curioso, no demasiado agradable.

Y es que los súbditos del Señor del Fuego me parecían seres completamente ajenos a mi realidad, criaturas extrañas y misteriosas, de costumbres y de creencias desconocidas. No quería reconocerlo, pero los plebeyos me intimidaban, con sus ademanes bruscos y sus espaldas encorvadas. Y me producían una extraña vergüenza, un comezón de incomodidad que ni yo mismo me sabía explicar.

Yo había nacido en Palacio, y aunque mi felicidad se veía empañada con cada vez más frecuencia (por Padre, por Azula, por toda la corte) no me imaginaba viviendo en ningún otro sitio.

Aun tardé cierto tiempo en darme cuenta de la verdadera atmósfera de Palacio, esa eterna calma contenida, escenario de los furiosos juegos de poder de la clase dirigente, que sin embargo eran finos, limpios, donde nadie se manchaba las manos, aunque eso no los hacía menos horripilantes, ni , sobre todo, menos peligrosos. Pero eso llegó más tarde. El Palacio de mi infancia fue siempre un lugar desolado y silencioso, un refugio del complicado abismo que era el mundo exterior. En realidad, fue Madre la que nos permitió disfrutar de una infancia relativamente tranquila, porque nos alejó de las intrigas palaciegas de Padre y de las camarillas cortesanas. A eso se añadió la inusual estabilidad durante el reinado de mi abuelo, debido a que la guerra obligaba a las casas nobiliarias a dejar atrás sus rencillas por el poder y a unir fuerzas por el esfuerzo bélico, cosa que se traducía en una fidelidad ciega hacia el Señor del Fuego.

- Ya hemos llegado, alteza -me anunció el lacayo que me acompañaba aquella mañana.

Yo tragué saliva. Hacer aquel tipo de gestiones, y más solo, era una de las cosas que más miedo me daban. Sabía que habría sido mucho más fácil permitir que Madre me acompañara, para que ella hiciera todas las presentaciones, hiciera todos los trámites y llevara todas las conversaciones de rigor (todo magistralmente), mientras me quedaba cómodamente en segundo plano como el hijo de la princesa, sin necesidad de que nadie me dirigiera la palabra. Pero mi obstinación de dejar a Madre fuera de aquello me obligaba a acarrear con las consecuencias.

La verdad es que odiaba hablar con las personas. Temía meter la pata, o faltarles el respeto sin querer, o hacer el ridículo, o que después todos comentaran entre sí lo inexperto, lo inseguro, lo infantil que era y lo mucho que necesitaba que me espabilasen si no quería acabar siendo un mojigato. Era consciente de que había dejado de ser un niño, y que había ciertas faltas que ya no se me permitían. Faltas que, hasta hacía mucho muy poco, ni siquiera había percibido, o había pasado por alto. La mayoría de ellas tenían que ver con el enrevesado protocolo de la vida en Palacio (coger la servilleta con tres dedos, cortar las hojas de palma con el cuchillo correcto, no alzar la cabeza al beber agua), o con los misterios de las convenciones sociales. Y en ningún otro lugar se acentuaba más mi ineptitud para desenvolverme entre adultos como hablando con los funcionarios imperiales, tan secos e intransigentes. Todas esas críticas no hacían más que aumentar mi inseguridad, ya de naturaleza torpe y tímida, y hacían que odiase cualquier encuentro con adultos. Y, sin embargo, allí estaba, a punto de entrevistarme con el rector de la Universidad Pontificia.

Respiré hondo, intentando contener los imperceptibles temblores de mis manos.

El lacayo abrió la portezuela del palanquín y me tendió una mano enguantada para ayudarme a descender por los tres desvencijados escalones de madera. Al apearme y poner un pie en la calle, tuve que taparme los ojos para evitar que el blanquísimo sol de la Nación me deslumbrara.

A trompicones, y parpadeando para acostumbrarme a la claridad, el lacayo me condujo hasta la agradable sombra de un gran porche de piedra, donde una delegación de hombres de aspecto venerable me esperaban, impasibles. Detrás de mí, dos guardias imperiales seguían mis pasos.

- Su Alteza Real el príncipe Zuko -anunció el lacayo. Después se retiró a mi izquierda.

El hombre que parecía más importante se acercó a mí (llevaba un estrambótico sombrero, muy alto y vertical, y una pesada túnica ribeteada de dorado), haciendo una pronunciada y ceremoniosa reverencia. Yo le correspondí de igual modo, aunque de forma más elegante y refinada, a mi parecer. Ya estaba acostumbrado a aquellos protocolos. Ante tal pantomima, algunos de los que merodeaban por el inmenso porche se habían detenido a observarnos y habían entrado a toda prisa en el edificio.

- Bienvenido a la Universidad Pontificia de Ciudad Ígnea, alteza. En nombre de toda la institución, os transmito mi más sincera satisfacción de que decidáis honrar este lugar con vuestra presencia. Soy el rector Jiǎngxuéjīn, y os acompañaré a mi despacho con mucho gusto.

Yo asentí, un poco intimidado. El rector, con ademanes ceremoniosos, me fue presentando a todos los decanos de la Universidad, y después de breves conversaciones, en las que me desenvolví más o menos bien, el rector me hizo un gesto para que le siguiera, pero un hombre muy joven, con barbita rala y con pinta de ansioso me abordó de repente, haciendo muchas preguntas.

- Chiang Kai-Shek, del Sol Dorado. ¿Qué ha motivado la visita del príncipe a la Universidad? ¿Acaso los nietos del Señor del Fuego adelantarán sus estudios académicos? ¿Qué opina del funcionamiento de la Universidad Pontificia?

- Ah, periodistas -murmuró el rector con irritación, haciendo un ademán para ahuyentar al hombre, como si fuera una mosca pesada. Rápidamente empecé a sudar y a ruborizarme-. Será mejor que contestéis, aunque sea solo una pregunta. Si no, no os dejará en paz.

- Eso se puede arreglar, vuestra alteza -intervino uno de los guardias imperiales, echando al periodista una mirada de desagrado.

El hombre había interrumpido su flujo de preguntas, y ahora observaba al rector y al guardia con temor.

- No será necesario, capitán - dije apresuradamente. Luego, me acerqué al hombre con vacilación-. Creo que la Universidad hace una labor loable al perpetuar el conocimiento de la Nación -dije, repitiendo palabra por palabra lo que había oído decir a Madre la semana pasada.

Luego me alejé de él lo más rápido que pude y el rector y yo entramos en el vestíbulo, dejando al frustrado periodista con la palabra en la boca.

El rector me condujo por grandes plazas y corredores, llenos de estudiantes cargados de pergaminos que entraban y salían de las majestuosas aulas. Me mostró las facultades, el paraninfo, el campo de césped, el aula magna. Finalmente, entramos en una agradable estancia con un ojo de buey que daba al lago de la Universidad (los guardias imperiales se quedaron fuera, vigilando la entrada). Colgados detrás del escritorio del rector, se encontraba el perceptivo busto de Agni y el retrato del Señor del Fuego.

- Sentaos, por favor -me invitó el rector con amabilidad.

Ya más relajado, me senté delante de él y le expuse mi interés en los estudios del profesor Kokishin.

- Me alegra que os intereséis por manuscritos perdidos... -el rector asintió con aprobació Universidad posee los expedientes de todos los profesores de su historia, así como un registro de sus obras y estudios, si es que tuvieron alguno. Se encuentran en el Archivo Privado, de entrada exclusiva al rector y a quien pueda conseguir el permiso. No hace falta señalar que cualquier miembro de la familia real puede consultarlo cuando lo solicite, si es ese su deseo -añadió rápidamente.

- ¿De todos los profesores, lord rector? -pregunté escéptico-. Eso se remonta a...

- Ochocientos veintitrés años, alteza -terminó el rector inclinando la cabeza, mirándome con una mezcla de indulgencia y piedad-. Si hay algo que me gusta de nuestro noble y fiero pueblo es la costumbre de apuntarlo todo. Uno de los objetivos de la Universidad es generar información, es por eso que cualquier hecho relacionado con su larga historia queda debidamente registrado. Es más, estoy seguro que vuestra visita ya ha sido anotada, alteza.

- ¿Por qué tanta meticulosidad? -pregunté curioso.

- Cualquier dato puede ser útil para futuras investigaciones, vuestra alteza -contestó el rector con severidad.

Yo asentí muy impresionado.

- Disculpadme -mi voz vaciló, pero llevaba todo el rato preguntándome aquello. Y el rector era un hombre paciente y agradable, y, aunque un poco pomposo, tenía esa aura erudita que te animaba a hacer preguntas. Con él había conseguido dejar atrás la aprensió siempre he creído que el rector de la Universidad Pontificia era...

- ¿El Pontífice? -el rector sonrió al decir aquello-. Os equivocáis, alteza. Los Sabios del Fuego ponen los fondos. A cambio, nosotros enseñamos su doctrina y organizamos sus liturgias en la Universidad. Además, somos una Universidad de profunda inspiración religiosa...

El rector me pidió que aguardase unos instantes, y él salió por una puerta lateral. Volvió al cabo de diez minutos portando un fajo de papeles.

- Bien, aquí lo tenemos. Profesor Ryu Kokishin. Ocupante de la cátedra de Biología Humana durante el reinado del Señor del Fuego Zilan. Al parecer, sus estudios estuvieron encaminados principalmente hacia la investigación de los efectos del Dominio en el organismo humano, desde un punto de vista anatómico, quiero decir, y no místico o espiritual. Estuvo muy influenciado por la obra del conde Tosaku... -dicho esto su voz empezó a vacilar.

- ¿Quién es el conde Tosaku? -inquirí rápidamente.

El rector se estiró de su almidonado cuello. Parecía incómodo.

- Verá, vuestra alteza, el asunto del conde Tosaku es un tema difícil de abordar para toda la ciencia ígnea. Y no creo que sea adecuado tratar de esos menesteres a vuestra edad.

- Por favor, señor. Deseo saberlo -supliqué. Él asintió con gesto de rendición. Por aquel entonces ya tenía ligeramente claro mi poder sobre las personas, por el hecho de ser hijo de Padre, pero aún no comprendía que le pidiera lo que le pidiese, ese hombre estaba obligado a concedérmelo. Como en muchos otros aspectos, Azula también se me adelantó respecto a ese punto. Lo que yo intentaba conseguir con ruegos y súplicas (como cualquier otro niño) ella lo conseguía con gritos intimidatorios y ásperas órdenes que, sin embargo, eran bastante más eficaces.

- No es un tema agradable, pero si insistís... El conde Tosaku mandó asesinar a toda una aldea de sus dominios. Con sus cuerpos realizó el trabajo de anatomía más magistral de todos los tiempos. Gracias a él, la medicina ígnea se desarrolló hasta límites insospechables. Nadie pone en duda la indispensabilidad de su obra, pero la comunidad científica no puede aplaudir tan atroz crimen... Entenderá que no es un tema del que solamos hablar en la Universidad.

- Lo entiendo, lo entiendo... -musité débilmente, deseando no haber insistido en que me contar la historia de aquel infausto conde. Con las tripas revueltas, cambié rápidamente de tema-: ¿Qué estudios realizó el profesor Kokishin?

- Según consta aquí, al profesor se le conoce una única obra, que es, en efecto, la que es de vuestro interés. Genealogía del Dominio investigaba sobre el papel de los antepasados en la transmisión del Dominio. Pero... ¡Oh, por Agni! -exclamó acercándose las hojas de pergamino a los ojos.

- ¿Qué? ¿Qué pasó? -pregunté ansiosamente irguiéndome un poco sobre el escritorio.

- Se descubrió que lo que pretendía Kokishin -me fijé que el rector se había tomado la libertad de quitarle el título de «profesor», como si quisiera desvincularlo a toda costa de la Universidad-, era crear una especie de Avatar capaz de dominar los cuatro elementos -emití un gritito de incredulidad. Apenas sabía nada del Avatar, una criatura enemiga de la Nación que mi bisabuelo Sozin había borrado valientemente del mapa hacía más de noventa años, pero a juzgar por el estupor del rector, intentar crear otro debía ser algo realmente grave-. Estudió los resultados entre uniones de diferentes razas y registró todas las posibles combinaciones. Maestra del aire nieta de maestros del agua con un maestro de la tierra hijo de una pareja de maestros del fuego, y cosas así. Intentó crear árboles genealógicos ficticios que dieran con la fórmula correcta para engendrar un descendiente que poseyera los cuatro Dominios... No lo consiguió, por supuesto. Sus estudios incluyeron a los Nómadas del Aire, única nación compuesta exclusivamente por maestros, y a la única familia conocida hasta la fecha cuyos miembros, todos sin excepción, han sido maestros: la familia real de la Nación del Fuego -al decir esto, noté una nota de orgullo en su voz mientras levantaba la vista del pergamino para observarme con aprobación.

Aquella declaración me robó el aliento. ¡Ese hombre había investigado a mi familia! ¡Tal vez ese libro contenía las respuestas que buscaba!

- ¿Y qué ocurrió? -pregunté vehementemente.

- Fue declarado hereje por los Sabios del Fuego, se le revocó su cátedra en la Universidad y fue condenado a muerte. Además, toda su obra fue requisada, y el libro en cuestión fue incluido en el Códice Infame por proclama imperial del Señor del Fuego Zilan.

- ¡Entonces el libro no desapareció, sino que fue prohibido!

- ¿Y por qué yo no sé nada de todo este escándalo? -susurró el rector, que parecía muy sorprendido por el descubrimiento, ultrajado incluso-. Siendo el presidente de la institución...

- ¿Podrá ayudarme a encontrarlo? -pregunté llevado por la emoción.

El rector me observó con incredulidad, dejó los pergaminos sobre el escritorio y mudó el semblante.

- Vuestra alteza sabe que no puedo ir contra los designios del Señor del Fuego ni contra la ley -explicó con delicadeza-. Si ese título está incluido en la lista de libros prohibidos, será imposible dar con alguna copia, si es que ha sobrevivido alguna hasta hoy en día. La investigación se verá frustrada al primer obstáculo por las autoridades imperiales.

- ¿Hay alguna manera de solucionarlo?

- Podéis pedirle a vuestro señor abuelo, el Señor del Fuego Azulon, que revoque la proclama de su antecesor -el rector no me miraba, sino que parecía muy concentrado en colocar bien las hojas de pergamino-. Sólo rehabilitando la obra en cuestión podéis tener posibilidades de encontrarla.

- Muchas gracias, señor. Hablaré con él.

- Bien. Mientras tanto, me encontraré con el decano de la Facultad de Biología, a ver si puedo recabar alguna información de este misterioso profesor Kokishin. Hasta entonces, vuestra alteza. El Imperio prevalecerá.

- El Imperio prevalecerá. Buenos días, lord rector -dije, inclinando la cabeza con respeto.

Me condujo de vuelta al porche, donde el palanquín me esperaba, y me despidió allí. El viaje de vuelta no pudo ser más diferente. Volví con las cortinas subidas, sintiéndome confiado, intrépido, un auténtico aventurero capaz de resolver todos los obstáculos que se le plantasen. Tan contento estaba, que aún no había extraído las conclusiones que se derivaban si quería seguir adelante con mi búsqueda, que requerirían mucha más valentía que la que había necesitado para ir a la Universidad.

Debía hablar con el Señor del Fuego.