¿Realmente estaba dispuesto a ir tan lejos para encontrar un libro declarado herético? Después de todo, ¿por qué quería leerlo? Es cierto, la transmisión del Dominio de padres a hijos era un tema interesante, pero, ¿eso me ayudaría a descubrir si Padre hubiese sido capaz de matarme? Porque la sola idea de preguntárselo, así sin más, me parecía ridícula, porque si la respuesta no era la que me esperaba, estaba seguro de que me desmayaría allí mismo, delante de él.
El profesor Kokishin había intentado crear un nuevo Avatar. ¿Quién era exactamente ese personaje? A veces era mencionado en las conversaciones de los mayores, de pasada, con cierta incomodidad. Era un enemigo derrotado por el Señor del Fuego Sozin, pero yo sabía que los Sabios del Fuego tenían muchos santuarios en su honor a lo largo y ancho de la Nación y que incluso habían habido Avatares ígneos. Según mis maestros, el Avatar era la encarnación del espíritu del mundo... y poco más me habían contado. ¿Estaba por encima o por debajo de Agni? Si era un espíritu, ¿cómo podía ser eliminado?
Olvidé esos interrogantes que no llevaban a ningún sitio (ya tendría tiempo para pensar en ellos, ya) y me centré en el asunto que tenía entre manos: pedir una audiencia con el Señor del Fuego.
Me había propuesto pedirle el menor número de cosas posibles a Padre, como mucho la sal en las comidas, así que esa vez acudí, con mucho más alivio, a Madre.
Creo que no era consciente del todo de lo que intentaba averiguar: si mi padre era capaz de matarme. Tal abominación era sencillamente monstruosa, y creo que mi cabeza no la acababa de asimilar del todo. La percibía con cierta vaguedad, y un niño como yo, tan fácilmente impresionable, no se habría mantenido tan impertérrito ni hubiera manejado con tanta ligereza el asunto si hubiera valorado seriamente lo que implicaba aquello. Que Padre pudiera, o quisiera, matarme.
En el fondo, yo tenía la certeza absoluta de que Padre no podía hacerme daño de verdad, como sabía que tumbarse en la cama era cómodo y que torcerse el tobillo era doloroso. Aquella idea venía en mi mente junto con los más básicos preceptos que formaban el universo. Era algo evidente, natural. Mis padres me protegían y me amaban. Y aunque, lenta pero inexorablemente, esa idea empezaba a resquebrajarse, no había llegado al extremo de pensar que Padre pudiera, o quisiera, acabar con mi vida.
Además, tío Iroh ya me había asegurado que eso era imposible. Y me sentía un poco culpable por dudar de él, pero necesitaba una certeza definitiva, algo que desterrara por fin de mi memoria la amenaza que se cernía sobre de mí desde aquella tarde. «... tú tuviste suerte de nacer». Tal vez, saber si mis antepasados eran capaces de matar a sus hijos no-maestros me ayudaría a esclarecer las cosas. Y el profesor había investigado a mi familia, así que...
Madre estaba cómodamente reclinada en su diván, leyendo un libro de poesía. Como siempre, su mera visión me hizo sentirme más tranquilo. Al observarme, se le iluminó el semblante y extendió los brazos.
- ¡Zuko, has vuelto! ¿Cómo ha ido? ¿Te han tratado bien?
Se levantó y me abrazó dulcemente, sintiéndome de repente en el lugar más seguro de la tierra, donde nada malo podía alcanzarme. Se inclinó para ponerme un par de mechones detrás de la oreja, y luego se sentó en el diván, haciéndome sitio.
- ¡Cuéntamelo todo! Espero que tu visita haya sido todo un éxito.
Yo esbocé una amplia sonrisa, contemplando a Madre, fascinado, cuyo rostro era el rostro de todo lo bueno que existió en mi infancia. No había en él el menor signo de discordia o de amenaza o de decepción, todo era dulzura, recogimiento, descanso, amor. Ella era una dama imperturbable, incólume. Nunca la vi sudar, ni jadear, ni ensuciarse, siempre restaba perfecta ante cualquier situación que se le presentase. Sus rasgos, tan dulces y suaves, sus ojos grandes y luminosos y su melena azabache que caía majestuosamente por su espalda no podía ser más diferente del semblante de Padre, siempre tan duro, tan severo, con las cejas muy juntas y los labios muy fruncidos. Amenazante, con la mandíbula muy marcada, con ese aire de ira contenida, a punto de reprenderte por cualquier cosa. Ella, la figura de la seguridad y el amor. Él, la tensión, la severidad, las expectativas frustradas, el odio hacia la vida. Muchas veces me preguntaba como dos personas tan diferentes podían haber acabado formando una familia.
- El rector fue muy amable conmigo -expliqué mientras me acomodaba a su lado y ponía los pies en su regazo -. Me dijo que no podía ayudarme con el libro que buscaba porque está incluido en el Códice Infame.
- ¡Oh, cielos! -exclamó Madre. Casi se le cayó el libro de poesía de la impresión-. Los libros del Códice contienen información peligrosa, ya lo sabes -dijo tras recomponerse, con voz más tranquila-. No puedes ir indagando por allí, podrías meterte en problemas muy serios...
- Lo sé. Por eso... -mi voz se extinguió brevemente-. Por eso me gustaría hablar con el Señor del Fuego.
Mi declaración fue seguida por un silencio. Después, Madre soltó una carcajada.
- ¡Pero Zuko! -dijo con dulzura-. Puedes hablar con el abuelo siempre que quieras.
Desde que éramos pequeños, Madre había insistido en que llamáramos al Señor del Fuego con el cariñoso apelativo de «abuelo», o incluso con el formal y rimbombante «señor abuelo». Sin embargo, ni Azula ni yo hacíamos esfuerzo alguno en complacerla en ese sentido. Yo al menos, sentía que tratar de esa manera al Señor del Fuego, de forma tan familiar, era poco más que una falta de respeto. Además, no lo sentía como una cercana figura paternal, sólo como un hombre imponente, sentado todo el día en su trono de llamas, tan poderoso y sabio, sabedor de cosas incomprensibles para mí, de un modo que mi abuelo se me antojaba casi como un ser divino. En su presencia, me creía totalmente que él fuera los ojos y la espada del Señor.
- Lo sé, Madre -dije sin embargo-. Precisamente por eso quiero una audiencia en toda regla. No quiero hablar con él como un nieto, como un familiar. Después de todo, yo también soy súbdito del Señor del Fuego, y tengo derecho a una audiencia con él. El asunto que quiero hablar con él es muy importante para mí, y sé que si no es a través de una audiencia, el Señor del Fuego no va a tomarme en serio -apreté la mandíbula, y observé a Madre con seriedad, con desafío incluso. Necesitaba que comprendiera que aquello no era un simple capricho de niño pequeño.
- ¡Vaya, Zuko! -Madre silbó impresionada, aunque una sombra de inquietud asomó por sus bellos ojos ámbar. Se incorporó un poco para poder verme mejor-. ¿Puedes explicarme de una vez por qué estás tan obsesionado con ese libro?
- Ya te lo he dicho, Madre -dije apartando la vista-. Contiene información sobre el Dominio del fuego.
- No puede hablar sólo de Dominio si está en el Códice Infame -señaló Madre sagazmente.
- Tío Iroh me lo recomendó antes de marcharse -dije con evasivas.
Aquello pareció tranquilizar a Madre, porque dejó de insistir.
- De acuerdo, Zuko. Pediré una audiencia para...
- Cuanto antes mejor.
- Para cuanto antes mejor -terminó ella con una sonrisa.
Nos quedamos un rato en silencio, pues Madre se enfrascó de nuevo en su lectura. Me sorprendió bastante que no me ofreciese su compañía para enfrentarme al temible Señor del Fuego. Creo que Madre percibió que aquella era un empresa en la que quería embarcarme solo, y que, después de todo, ya era lo suficientemente mayor como para guardar secretos. Sin embargo, estoy seguro que detrás de todo eso, Madre se sintió muy triste ante la posibilidad de perderme, algo a lo que, tarde o temprano, todas las madres deben enfrentarse.
En cuanto a mí, sentí una mezcla de regocijo y aprensión al darme cuenta que Madre me estaba tratando como a una persona mayor.
Estuvimos un buen rato así, en silencio, disfrutando de la compañía del otro, oyendo el trino de los pájaros que se colaba por las celosías abiertas y el trémulo y quedo sonido de los cortinajes, meciéndose al viento. De vez en cuando, Madre leía en voz alta algunos versos, suspirando extasiada, mientras me acariciaba el cabello. «¿No es hermoso, Zuko?» Una quietud absoluta dominaba toda la habitación, y me empezó a invadir una agradable somnolencia, los párpados cada vez más y más pesados. Me sentía tan a gusto, tan feliz y seguro...
De repente, me maravillé que el mismo mundo pudiera albergar a la vez cosas tan opuestas como la guerra, la pobreza, o nuestras cenas, y por otro lado, los aposentos de Madre, que parecía que alejaran todo aquello hacia lugares inhóspitos e inalcanzables, donde no podían hacerme daño.
- Tengo que irme a mis clases de tarde, Madre -murmuré adormilado, temeroso de perturbar la quietud del lugar, tan sagrada como la de los templos.
- Es cierto - Madre marcó una página y cerró su libro con un suspiro.
- Padre dice que los poetas son músicos fracasados -recordé mientras me levantaba-. Dice que la poesía es música sin melodía.
Madre hizo un gesto de desdén y puso una mueca de amargado, imitando a Padre. Yo solté una carcajada. Aunque intentó reprenderme con la mirada, fue incapaz de ocultar la sonrisa.
Atravesé la estancia hasta el umbral de la puerta cuando entonces me invadió la culpa. Madre confiaba en mí al cien por cien, y yo estaba ocultándole cosas y contándole verdades a medias. Tanto secretismo me recordaba desagradablemente a Azula, todo el día metiendo las narices en sus turbios asuntos. Y Madre ya tenía suficiente con una hija así... Yo era el niño bueno, el que compensaba los desvaríos de Azula, el que no ponía un pie fuera de la zona permitida, el que se quedaba quieto y callado cuando se lo pedían. Obediente y solícito, yo era el buen hijo por excelencia (otra decepción para Padre. Para él, someterse y defender las normas era de pusilánimes. Los auténticos príncipes hacían lo que les viniera en gana, debían ser intrépidos, arrojadizos, rebeldes, indomables. Excepto, por supuesto, cuando eso implicaba desobedecer órdenes suyas).
Pero, por otra parte, descubrir lo que me llevaba a buscar con tanto ahínco Genealogía del Dominio la horrorizaría, y yo quería ahorrarle el tremendo disgusto que se llevaría. Tampoco quería preguntárselo directamente a ella. No quería ponerla en la estacada de tener que responderme. Quería descubrir la verdad por mí mismo.
- Ozai odia muchas cosas, Zuko -dijo entonces Madre, mientras ella también se levantaba del diván-. Demasiadas como para ser feliz, en mi opinión.
Me giré de sopetón, y la miré con ojos como platos. ¡Ahí estaba la respuesta! Me acababa de dar cuenta, con un alivio mortal, que un Padre asesino era, al menos, improbable. Pero aquella explicación tenía mucho más sentido.
- Padre me odia -llegué a la conclusión en voz baja. La alegría por el descubrimiento fue rápidamente enturbiada por el contenido de ese descubrimiento.
Madre fue rápidamente hasta mí, alarmada, y se inclinó para que nuestros ojos quedaran a la misma altura.
- Zuko, eso no es verdad -dijo muy seria.
- Es cierto. Se avergüenza de mí. Me odia. Si yo muriera, él se alegraría, estoy seguro.
Dije aquello pensando en voz alta, sabiendo perfectamente que Madre estaba delante de mí. De alguna manera, decir aquellas barbaridades en voz alta me aliviaba un poco de la desesperación que se empezaba a adueñar de mí. Padre me odiaba, y así me lo demostraban sus resoplidos de impaciencia cada vez que yo abría la boca, sus insultos, sus gritos, ese rictus de desprecio cada vez que me veía, del asco más profundo y absoluto.
Madre abría mucho los ojos con horror, y una pequeñísima parte de mí (que hablaba con la voz de Azula) se sintió bien al escandalizarla, al forzarla a enfrentarse a la verdad. Esa horripilante parte de mí deseaba que Madre dejara de insistir en fingir que todo en nuestra familia era normal.
- Dime que Padre no me odia -le increpé con intensidad-. Dímelo
Reconozco que en aquel momento puse a Madre en una encrucijada. Cuando era más pequeño y Padre se enfadaba conmigo, Madre solía consolarme diciéndome «Yo sí que te quiero, y no voy a dejar que te pase nada», y con eso me quedaba tranquilo. Pero ahora... ¿qué debía decir? ¿Qué Padre no me odiaba, sino que me quería profundamente? Eso me haría pensar que el hecho que Padre me tratara mal era, entonces, por mi culpa, y me condenaría a años intentando agradarle, llenos de incomprensión y frustración. Pero, ¿decirme que me odiaba? ¿Qué clase de persona puede decirle eso a un niño?
- Ozai no te odia -dijo Madre con serenidad, aunque con una voz ligeramente ahogada-. Lo que pasa es que... no es capaz de ver todo lo bueno que hay en ti. Cree que el mundo sólo puede ser de una manera, su manera, y no concibe otra cosa más allá de su unanimidad.
Yo asentí sin mirarla y salí de sus aposentos.
[...]
Esa noche, Padre y Madre discutieron acaloradamente («¿Cómo puedes decir cosas así?» «¡Tú no puedes decirme lo que debo hacer!»). Pies apresurados, gritos furibundos, algún que otro reproche de Madre («¡Despertarás a los niños!»). Yo lo oía todo, acurrucado en medio de mi inmensa cama con dosel, oyendo sus voces en la oscuridad. No distinguía muy bien lo que decían, lo único que sentía era que los cimientos de toda la realidad se desmoronaban sin remedio a mi alrededor. Me sentía como si hubiera nada claro, nada a lo que aferrarme, como si estuviera en medio de una caída eterna.
Distinguí a Azula, de pie en medio del umbral de mi habitación, mirándome totalmente inexpresiva. Se sentó a los pies de mi cama, y nos quedamos así, sin movernos y sin intercambiar palabra, hasta que, al fin, se hizo el silencio.
- Hablaban de ti -dijo Azula antes de desaparecer.
